El gigante egoísta: el valor de la generosidad

El gigante egoísta: el valor de la generosidad

Os presentamos el cuento de El gigante egoísta, una bonita historia para que los niños aprendan el valor de la generosidad. 

El gigante egoísta

Todas las tardes al salir de la escuela los niños tenían la costumbre de ir a jugar al jardín del gigante.

Era un jardín grande y bello, con suave y verde hierba. Acá y allá, sobre la hierba, brotaban preciosas flores semejantes a estrellas, y había doce melocotoneros que en primavera se cubrían de delicadas flores color rosa y perla, y que en otoño daban sabroso fruto.

Los pájaros se posaban en los árboles y cantaban tan melodiosamente que los niños dejaban de jugar para escucharles.

—¡Qué felices somos aquí! —se gritaban unos a otros. 

Un día regresó el gigante. Había ido a visitar a su amigo el ogro de Cornualles, y se había quedado con él durante siete años. Al cabo de los siete años había agotado todo lo que tenía que decir, pues su conversación era limitada, y decidió volver a su castillo. Al llegar, vio a los niños que estaban jugando en el jardín.

—¿Qué estáis haciendo aquí? —gritó con voz muy bronca.

Y los niños se escaparon corriendo.

—¡Mi jardín es mi jardín! —exclamó el gigante—; cualquiera puede entender eso, y no permitiré que nadie más que yo juegue en él.

Así que lo cercó con una alta tapia, y puso este letrero:


SE PERSEGUIRÁ A LOS TRANSGRESORES


Era un gigante muy egoísta.

Los pobres niños no tenían ya dónde jugar. Intentaron jugar en la carretera, pero la carretera estaba muy polvorienta y llena de duros guijarros, y no les gustaba. Solían dar vueltas alrededor del alto muro cuando terminaban las clases y hablaban del bello jardín que había al otro lado.

—¡Qué felices éramos allí! —se decían.

Luego llegó la primavera y todo el campo se llenó de florecillas y de pajarillos.

Solo en el jardín del gigante egoísta seguía siendo invierno. A los pájaros no les interesaba cantar en él, ya que no había niños, y los árboles se olvidaban de florecer. En una ocasión una hermosa flor levantó la cabeza por encima de la hierba, pero cuando vio el letrero sintió tanta pena por los niños que se volvió a deslizar en la tierra y se echó a dormir. Los únicos que se alegraron fueron la nieve y la escarcha.

—La primavera se ha olvidado de este jardín —exclamaron—, así que viviremos aquí todo el año.

La nieve cubrió la hierba con su gran manto blanco, y la escarcha pintó todos los árboles de plata. Luego invitaron al viento del Norte a vivir con ellas, y acudió. Iba envuelto en pieles, y bramaba todo el día por el jardín, y soplaba sobre las chimeneas hasta que las tiraba.

—Este es un lugar delicioso —dijo—. Tenemos que pedir al granizo que nos haga una visita.

Y llegó el granizo. Todos los días, durante tres horas, repiqueteaba sobre el tejado del castillo hasta que rompió casi toda la pizarra, y luego corría dando vueltas y más vueltas por el jardín tan deprisa como podía. Iba vestido de gris, y su aliento era como el hielo.

—No puedo comprender por qué la primavera se retrasa tanto en llegar —decía el gigante egoísta cuando sentado a la ventana contemplaba su frío jardín blanco—. Espero que cambie el tiempo.

Pero la primavera no llegaba nunca, ni el verano. El otoño dio frutos dorados a todos los jardines, pero al jardín del gigante no le dio ninguno.

—Es demasiado egoísta —decía.

Así es que siempre era invierno allí, y el viento del Norte y el granizo y la escarcha y la nieve danzaban entre los árboles.

Una mañana, cuando estaba el gigante en su lecho, despierto, oyó una hermosa música. Sonaba tan melodiosa a su oído que pensó que debían de ser los músicos del rey que pasaban. En realidad era solo un pequeño pardillo que cantaba delante de su ventana, pero hacía tanto tiempo que no oía cantar a un pájaro en su jardín que le pareció la música más bella del mundo. Entonces el granizo dejó de danzar sobre su cabeza, y el viento del Norte dejó de bramar, y llegó hasta él un perfume delicioso a través de la ventana abierta.

—Creo que la primavera ha llegado por fin —dijo el gigante.

Y saltó del lecho y se asomó. ¿Y qué es lo que vio?

Vio un espectáculo maravilloso. Por una brecha de la tapia, los niños habían entrado arrastrándose, y estaban sentados en las ramas de los árboles. En cada árbol de los que podía ver había un niño pequeño. Y los árboles estaban tan contentos de tener otra vez a los niños, que se habían cubierto de flores y mecían las ramas suavemente sobre las cabezas infantiles. Los pájaros revoloteaban y gorjeaban de gozo, y las flores se asomaban entre la hierba verde y reían. Era una bella escena.

Solo en un rincón seguía siendo invierno. Era el rincón más apartado del jardín, y había en él un niño pequeño; era tan pequeño, que no podía llegar a las ramas del árbol, y daba vueltas a su alrededor, llorando amargamente. El pobre árbol estaba todavía enteramente cubierto de escarcha y de nieve, y el viento del Norte soplaba y bramaba sobre su copa.

—Trepa, niño —decía el árbol—, e inclinaba las ramas lo más que podía.

Pero el niño era demasiado pequeño. Y el corazón del gigante se enterneció mientras miraba.
—¡Qué egoísta he sido! —se dijo—; ahora sé por qué la primavera no quería venir aquí. Subiré a ese pobre niño a la copa del árbol y luego derribaré la tapia, y mi jardín será el campo de recreo de los niños para siempre jamás.

Realmente sentía mucho lo que había hecho.

Así que bajó cautelosamente las escaleras y abrió la puerta principal muy suavemente y salió al jardín. Pero cuando los niños le vieron se asustaron tanto que se escaparon todos corriendo, y en el jardín volvió a ser invierno. Solo el niño pequeño no corrió, pues tenía los ojos tan llenos de lágrimas que no vio llegar al gigante. Y el gigante se acercó a él silenciosamente por detrás y le cogió con suavidad en su mano y le subió al árbol. Y al punto el árbol rompió en flor, y vinieron los pájaros a cantar en él; y el niño extendió sus dos brazos y rodeó con ellos el cuello del gigante, y le besó.

Y cuando vieron los otros niños que el gigante ya no era malvado, volvieron corriendo, y con ellos llegó la primavera.

—El jardín es vuestro ahora, niños —dijo el gigante.

Y tomó un hacha grande y derribó la tapia.

Y cuando iba la gente al mercado a las doce encontró al gigante jugando con los niños en el más bello jardín que habían visto en su vida.

Jugaron todo el día, y al atardecer fueron a decir adiós al gigante.

—Pero ¿dónde está vuestro pequeño compañero —preguntó él—, el niño que subí al árbol? Era al que más quería el gigante, porque le había besado.

—No sabemos —respondieron los niños—; se ha ido.

—Tenéis que decirle que no deje de venir mañana —dijo el gigante.

Pero los niños replicaron que no sabían dónde vivía, y que era la primera vez que le veían; y el gigante se puso muy triste.

Todas las tardes, cuando terminaban las clases, los niños iban a jugar con el gigante. Pero al pequeño a quien él amaba no se le volvió a ver. El gigante era muy cariñoso con todos los niños; sin embargo, echaba en falta a su primer amiguito, y a menudo hablaba de él.

—¡Cómo me gustaría verle! —solía decir.

Pasaron los años, y el gigante se volvió muy viejo y muy débil. Ya no podía jugar, así que se sentaba en un enorme sillón y miraba jugar a los niños, y admiraba su jardín.

—Tengo muchas bellas flores —decía—, pero los niños son las flores más hermosas.

Una mañana de invierno miró por la ventana mientras se vestía. Ya no odiaba el invierno, pues sabía que era tan solo la primavera dormida, y que las flores estaban descansando.
De pronto, se frotó los ojos, como si no pudiera creer lo que veía, y miró, y miró.

Ciertamente era un espectáculo maravilloso. En el rincón más lejano del jardín había un árbol completamente cubierto de flores blancas; sus ramas eran todas de oro, y de ellas colgaba fruta de plata, y al pie estaba el niño al que el gigante había amado.

Bajó corriendo las escaleras el gigante con gran alegría, y salió al jardín.

Atravesó presurosamente la hierba y se acercó al niño. Y cuando estuvo muy cerca su rostro enrojeció de ira, y dijo: —¿Quién se ha atrevido a herirte? Pues en las palmas de las manos del niño había señales de dos clavos, y las señales de dos clavos estaban asimismo en sus piececitos.

—¿Quién se ha atrevido a herirte? —gritó el gigante—; dímelo y cogeré mi gran espada para matarle.

—¡No! —respondió el niño—; estas son las heridas del amor.

—¿Quién eres tú? —dijo el gigante, y le embargó un extraño temor, y se puso de rodillas ante el niño.

Y el niño sonrió al gigante y le dijo: —Tú me dejaste una vez jugar en tu jardín; hoy vendrás conmigo a mi jardín, que es el Paraíso.

Y cuando llegaron corriendo los niños aquella tarde, encontraron al gigante que yacía muerto bajo el árbol, completamente cubierto de flores blancas.

*  *  *

Para la catequesis familiar

Este maravilloso cuento de Óscar Wilde plantea, en lenguaje sencillo y con preciosas imágenes literarias, el tema de la generosidad. En las dos partes del cuento aparece el protagonista, el gigante, adornado por un vicio —el egoísmo— y su virtud contraria —la generosidad—. El gigante egoísta está enfadado y oscurece todo lo que tiene a su alrededor: la alegría y la luz se alejan de él… solo la lluvia, el granizo y el viento se alían con én; sin embargo, el gigante generoso procura alegría para todos, sabe valorar las cosas sencillas y entrega su vida a hacer el bien a los demás… y, por ello, recibe el más fabuloso premio, el Paraíso.

Estas preguntas pueden servirte para hacer catequesis con tus hijos:

  • ¿Por qué crees que al gigante no le gusta que los niños jueguen en su jardín? ¿Es que acaso lo quiere todo para él solo?
  • ¿Es feliz el gigante con su solitario jardín?
  • ¿Por qué crees que el invierno acampa en el jardín y la primavera no quiere entrar en él?
  • ¿Qué hace cambiar de actitud al gigante para que permita que los niños jueguen en su jardín?
  • ¿Quién es el niño amiguito del gigante? ¿Es también amigo tuyo?
  • ¿Quiere el gigante a su amiguito? ¿También tú?
  • ¿Sabes por qué son heridas de amor las que tiene el amiguito del gigante?
  • ¿Sabes qué es el Paraíso? ¿Por qué el Niño se lleva al gigante a ese lugar?
  • Y tú, ¿cómo eres… avinagrado como el gigante egoísta o dichoso como el gigante generoso?


    De corvinas y chipirones: un cuento sobre el valor de la amistad

    De corvinas y chipirones: un cuento sobre el valor de la amistad

    Os presentamos este precioso cuento con el que pueden tratarse los valores de amistad, desprendimiento y generosidad. Aunque lo incluimos en la sección de Primera comunión, es muy adecuado también para poscomunión y confirmación.

    *  *  *

    I

    Verano de 2005. Mundaka.

    Son las cuatro de la tarde del viernes 12 de agosto de 2005 y, como todas las tardes a la misma hora, don Antonio Orobengoa sale del puerto de Mundaka en su pequeño bote de madera. Don Antonio frisa ya los ochenta y rema siempre con todo el cuerpo –piernas, espalda, brazos y manos- con un ritmo lento y cadencioso, procurando que la proa de su bote ataque bien las olas y enfile en todo momento hacia isla de Izaro. Siempre va hacia la isla porque allí se encuentra el caladero por el que suelen andar y cebarse los chipirones.

    Don Antonio, que lleva ya muchos años veraneando en Mundaka, conoce muy bien los secretos de la Ría de Mundaka en cuya bocana se encuentra el pequeño pueblo pesquero que le da nombre. Y es bien sabido en el pueblo que él es de los que más saben sobre la vida y las costumbres de los chipirones. Chipirones que, año tras año, se acercan en verano hasta las templadas y claras aguas que bañan la isla de Izaro.

    Don Antonio también conoce y disfruta con la pesca de anzuelo, y la practica con frecuencia, pero él siempre ha preferido el engaño sutil de la potera. De la potera tradicional, la de plomo con forma de huso, la que suele estar recubierta con hilos de colores vistosos y unida por uno de sus extremos al sedal que sujeta el pescador. Del otro extremo, del que queda más cerca del fondo, surgen unas finas púas de acero que salen juntas del huso como los chorros de agua de una fuente y se abren y curvan luego hacia el cuerpo de la potera, hacia arriba, de forma que sus puntas quedan siempre mirando hacia la superficie de las aguas cuando el plomo cuelga del sedal.

    A don Antonio le gusta más la pesca con potera porque es más sutil y menos violenta que la pesca con anzuelo. La pesca con potera es un arte difícil de aprender. Requiere un talante especial. Un talante paciente, delicado y atento. Y gran capacidad de concentración. Y requiere también experiencia, mucha experiencia, porque para atraer a los chipirones hay que aprender a mover la potera tirando del sedal con soltura, arriba y abajo, a un lado y a otro, con un ritmo siempre nuevo, siempre cambiante, pero con suavidad, sin brusquedades, y con una bien estudiada elegancia, para seducirlos así con mimo, con delicadeza, sin asustar nunca a ninguno de los chipirones que puedan merodear cerca del engaño. En esta pesca hay que estar siempre muy atento para notar enseguida ese ligero aumento de resistencia en el sedal que se produce cuando el bicho atrapa con sus tentáculos el engaño de colores, se cuelga y se engancha en las púas. Porque si al chipirón no se le sube enseguida, en cuanto se cuelga y engancha, él mismo se zafa de las púas y suelta una nube de tinta negra muy densa y huye, se larga lejos, volando. Volando y dejando tras de sí unos regueros de tinta que sus congéneres advierten enseguida y emprenden también la huida. Y, cuando esto ocurre, cuando se escapa un chipirón de la potera y suelta su chorro de tinta, hay veces en las que no se acerca ningún otro chipirón en todo el día. Un verdadero desastre.

    Todos los días del verano, Don Antonio se entretiene, descansa y disfruta con la pesca del chipirón. Pesca con la mente centrada en la potera, como si la estuviera viendo moverse en los fondos marinos, pero deja siempre que su mirada divague, distendida y serena, por los relieves de la costa y por la superficie del mar. Y allí, en la mar, él solo, mientras procura atraer a los chipirones moviendo el aparejo con suavidad, arriba y abajo, siente un placer especial. Un placer que adquiere un matiz de peculiar emoción cada vez que algún chipirón entra al engaño y él nota que el bicho se ha colgado. Placer que va creciendo mientras recoge el sedal y sube la pieza con una estudiada velocidad, sin parones, que harían que el chipirón se soltara. Placer que se convierte en sonriente satisfacción cuando, por fin, tras una última y bien calculada brazada, alcanza la potera con los dedos índice y pulgar de su mano derecha y los introduce, potera y chipirón, dentro del bote para, sin solución de continuidad y mediante un habilidoso giro de muñeca, depositar al cefalópodo con sumo cuidado en la cesta de pesca. Allí el animal se queda como aplanado, pegado al mimbre, y muere enseguida, porque sus afanes por aspirar el agua de mar son siempre escasos e inútiles.

    Don Antonio también disfruta después, al anochecer, cuando llega a casa con sus chipirones recién pescados. Allí los limpia concienzudamente en la cocina y prepara una salsa densa y sabrosa con la tinta que extrae de su interior. Él siempre añade a la tinta aceite de oliva, algo de ajo y un poco de harina, para darle consistencia, suele decir. Y lo macera todo muy bien en una especie de crisol de barro que hace tiempo que hizo suyos los colores de la tinta. Y, obviamente, después de hacer los chipirones, don Antonio disfruta degustándolos durante la cena, bien acompañados de un Rioja y pan de hogaza. Porque, a pesar de su edad o, quizás por ello, don Antonio tiene un paladar muy fino y, gracias a Dios, todavía goza de buenas digestiones. Cuando pesca suficientes chipirones, don Antonio siempre se hace una cazuelilla por las noches pero, sí saca más de los que necesita para su cazuela o alguno especialmente grande, los utiliza como carnada para las corvinas.

    Porque a don Antonio también se le dan bien las corvinas. Conoce, y muy bien por cierto, el carácter, las costumbres y los gustos de estos grandes peces. Las busca cuando se desperezan y salen de sus cuevas para comer, a última hora de la tarde, mientras cae el sol. Y utiliza como carnada las barbas de los chipirones recién sacados del mar, o trozos de sus cuerpos cortados en pequeñas tiras. Lo hace siempre así porque tiene bien experimentado que la corvina grande entra siempre al chipirón fresco. Y lo hace con irresistible voracidad. Sabe también don Antonio que la corvina es un pez astuto, que sabe latín –dice-, porque con mucha frecuencia se acerca al anzuelo y se lleva la carnada con los labios sin apenas rozar el anzuelo. Es un pez fuerte y, cuando se engancha, se resiste con tal poderío y con tanto denuedo, que no es nada fácil dominarlo e izarlo hasta el bote. Si a la corvina no se la trabaja bien y no se la iza con suficiente cuidado, fácilmente rompe el aparejo o se desgarra la boca, y escapa.


    II

    Hoy viernes hace calor en la mar y los chipirones no han acudido a la potera de don Antonio como otros días. A media tarde, al llegar la hora de las corvinas, sólo ha conseguido sacar cinco y de los pequeños, de un tamaño como su dedo pulgar. Y al bueno de don Antonio se le ha planteado un serio dilema: Me vuelvo al puerto ya y me hago una cazuelita con los cinco o los utilizo e intento pescar una corvina para Paco.

    Paco es un viejo marinero amigo suyo con el que se encuentra todos los días cuando vuelve de pescar. De él aprendió casi todo lo que sabe sobre la mar y sobre la pesca. Y sabe que está delicado, muy delicado, que tiene una enfermedad progresiva e incurable, y que su estómago apenas acepta un poco de pescado blanco, pollo hervido, jamón de York y compota de manzana. Los médicos le han dicho que se cuide, que no se mueva mucho, pero él sigue acercándose al puerto con notable esfuerzo, todos los días, al caer la tarde, para ver a los pescadores que regresan. Le gusta cruzar con todos ellos algunas palabras. Y don Antonio siempre le regala la mejor corvina que coge.


    III

    Don Antonio se decidió por su amigo Paco. Le sacaré una bonita corvina para su cena. Y se acercó entonces a la zona donde las pesca y echó el ancla por allí. Cogió luego uno de los chipirones recién pescados y le arrancó las barbas con cuidado. Y cortó también el cuerpo con su navaja en varias tiras. Después ensartó la carnada minuciosamente en un anzuelo y lo dejó caer suavemente junto a la borda de su bote mientras soltaba el sedal con desenfadada maestría, como quien hace algo rutinario y bien sabido.

    Mas esa tarde tampoco le fue propicia a don Antonio con los peces, porque las corvinas entraban, pero no se enganchaban y le robaban la carnada. Y pronto tuvo que utilizar, con pena, un segundo chipirón. Y, más tarde, un tercero. ¡Adiós cazuela! -pensó don Antonio-. Pero insistió. El que insiste vence. Me quedan dos chipirones y tengo que sacar al menos una corvina para Paco.

    Las corvinas continuaron picoteando nerviosas. Tocaban el aparejo o robaban el cebo, pero ninguna se enganchaba. Era casi de noche, y apenas le quedaban dos tiras del último chipirón, cuando notó que algo grande, muy grande, había mordido y enganchado el anzuelo. Concentró entonces don Antonio todos sus sentidos en la operación y fue tirando y aflojando el sedal con sumo cuidado, con la maestría que le había dado la experiencia. Y se encomendó a todos los santos para que le ayudaran a sacar la pieza que intuía que era mayor de lo normal. Y al final, tras una larga y concienzuda pelea, don Antonio pudo sonreír satisfecho. Había sacado una hermosa corvina. ¡Menudo bicho! Debe pesar más casi cinco kilos. Y se ha tragado el anzuelo hasta dentro. Seguro que tenía atemorizadas y nerviosas a todas las demás.


    IV

    Tras recoger los aparejos e izar el ancla, don Antonio enfiló su bote hacia la bocana del puerto de Mundaka con la grata sensación de haber cumplido con creces un deber de amistad. Mientras remaba y se acercaba al puerto giraba la cabeza cada poco tiempo, sin dejar de remar, para ver si descubría la silueta de su amigo Paco junto a las escaleras, sentado en el banco de piedra, donde solía encontrarlo todos los días. Más de una vez pensó que quizás era tarde para Paco, y que se habría ido a casa.

    Pero Paco sabía que don Antonio no había regresado de la mar y allí estaba él, en el banco, como todos los días, esperándole.

    ¿Qué tal, don Antonio? ¿Cómo ha ido el día?… Así, así. Te traigo una corvina preciosa… Gracias, muchas gracias. ¿Cuántos chipirones han caído hoy?… Pocos. Justo para una cazuela pequeña. Ha sido un día raro… Sí. Demasiado calor. Y la presión ha subido mucho. ¿Tendrás hambre, no?… A estas horas siempre tengo un hambre de lobo… Pues vamos pa casa que es tarde… Vamos… Yo -dijo Paco mientras se dirigían al pueblo- en cuanto llegue, le daré la corvina a Lucía para que me la prepare… Tu nieta Lucía vale mucho. Es una joya. ¡Y es guapa como pocas!… Si, vale mucho, repitió Paco. Y añadió: Y me quiere mucho… Y a mí, exclamó don Antonio. Y, la verdad es que yo también la quiero a ella…

    Los dos pescadores, como todos los días, caminaron lentamente de vuelta a casa y, mientras charlaban acerca de ellos y de los sucesos de la jornada que estaba terminando, don Antonio, como solía hacer, con cierta frecuencia, desde hacía ya unos meses, le preguntó a su amigo Paco: ¿Cómo va lo tuyo?… Así, así, le contestó. Hoy, en cuanto termine de cenar, me voy a la cama, porque la verdad es que no me encuentro muy católico.


    V

    Pero Paco no se pudo acostar tan pronto como le pedía el cuerpo porque su nieta Lucía, al abrir la corvina para limpiarla, lanzó un grito de asombro que se oyó por toda la casa: ¡¡Abuelo!! ¡Ven! ¡Mira! ¡Mira lo que he encontrado dentro del pez!… ¡Parece un rubí!…


    Y efectivamente, era un rubí. Pero no un rubí cualquiera, sino un rubí enorme, precioso, un rubí por el que algunas personas pagarían millones de euros. ¡Somos ricos, abuelo, somos ricos!, dijo la nieta mientras daba brincos de alegría alrededor de su abuelo.

    Más Paco, el viejo Paco, que también sintió el tirón del rubí, se quedó un momento en silencio y luego comentó: No, Lucía. No es nuestro. La piedra esa es de don Antonio. Le pertenece a él. Él ha pescado la corvina y me la ha regalado, pero el rubí le pertenece a él.

    Paco, tras dejar bien clara su decisión y luego de comentar el extraño suceso con su nieta se fue a su cuarto, dejó el rubí encima de la mesilla de noche y se dedicó a cavilar durante un buen rato. Y llegó a la conclusión de que había que devolverle la piedra preciosa a su amigo cuanto antes, no fueran a caer en la tentación de quedársela. Pero no podía devolvérsela directamente, porque sabía que don Antonio no se la iba a aceptar. Así que pensó que podía meter el rubí en el interior de uno de los pollos que le traían sus hijos cuando venían a verle todos los fines de semana, y llevárselo luego a don Antonio antes de comer, como hacía todos los sábados. Mañana es sábado y vendrán con los pollos…


    VI

    Aquella noche del viernes, tras guardar el rubí con cuidado en el cajón de la mesilla, Paco se acostó. Se acostó tarde pero sereno, muy sereno, y especialmente contento. Una gran paz y una placentera sensación de felicidad le inundaba todo su ser en aquellos instantes. Y concilió el sueño muy pronto, y durmió divinamente. Y el sábado, a eso de las ocho, se despertó descansado y con una percepción nueva de su cuerpo. Una percepción nueva y muy agradable. No le dolía nada el estómago y se notaba con mucha más vitalidad de la habitual. Y con hambre, con mucha hambre. Y con enormes ganas de vivir.

    Paco era un hombre realista y práctico, y pronto superó el lógico desconcierto que le produjo su nuevo estado de salud. Así que decidió levantarse de la cama, se aseó canturreando con alegría y salió de casa para asistir a la Misa de nueve, como hacía siempre a diario cuando estaba sano. Y allí, en la iglesia, dio gracias a Dios por lo que parecía una radical mejoría en su estado de salud. Luego se desayunó en casa con mucho apetito, le comentó a Lucía que se encontraba bien y le ayudó a recoger y ordenar la cocina. Después sacó su silla hasta la puerta y se quedó allí sentado esperando a que llegaran sus hijos con los nietos y los pollos.

    Y, por fin llegaron. Llegaron sus hijos con toda la chiquillería. Y, tras los saludos y besos de rigor, a peques y a mayores, Paco preguntó por los pollos con más interés e ilusión que otras veces. Se le veía expectante y nervioso mientras seguía a su hija Elena camino del coche. Y en cuanto su hija le dio los pollos y los tuvo en sus manos, tras darle las gracias casi sin mirarle pero con mayor sentimiento que el habitual, se dirigió rápido a la cocina y allí los miró todos, despacio, y escogió el mejor, el que le pareció más sabroso. Lo agarró luego por las patas, lo acercó con resolución hacia su cuerpo, como si quisiera evitar que alguien se lo arrebatara y se lo llevó a su dormitorio mientras decía a Lucía que guardase los demás en el frigorífico.

    Ya en su cuarto, con sumo cuidado, introdujo el rubí en el interior del pollo y salió para decirle a Lucía que por favor se lo llevara pronto, cuanto antes, a su amigo Antonio.


    VII

    Cuanto volvió Lucía, se fueron todos juntos de paseo y acabaron almorzando en un restaurante al aire libre. Y Paco comió como uno más, con muy buen apetito, como una corvina pensaba él, y todos -hijos, hijos políticos y nietos- estaban asombrados del cambiazo que había dado el abuelo en tan poco tiempo. Especialmente Lucía, que se dedicaba a cuidarle desde que enfermó hacía ya un par de años. No acababan de creerse lo que veían. ¿No será esa mejoría la que suele darse en muchas personas enfermas poco antes de la muerte? Ayer por la tarde estaba fatal.

    Pero Paco no daba ninguna sensación de estar fatal. Todo lo contrario. Parecía más bien el fornido y afable marinero de antaño. Con buen color, dicharachero y guasón, sin ofender nunca a nadie, hablaba con todos y se preocupaba por cada uno. Y mostraba una habilidad especial para percatarse y hablar de lo que les interesaba a cada uno de sus nietos cada vez que se acercaban hasta él.. Y tenía ingeniosos detalles de cariño para con sus hijos, yernos y nueras. El abuelo es, otra vez, el de antes. ¿Te encuentras bien abuelo? ¿Quieres algo? ¿Qué te apetece? Nada, hijos nada. No quiero nada. Estoy muy bien con vosotros. Viéndoos a todos juntos, sanos y en armonía, yo soy feliz. Contadme cosas. ¿Cómo ha ido la semana? ¿Qué habéis hecho?

    Y cada uno fue contando sus historias entre bromas y veras hasta que, a media tarde, Paco carraspeó, se puso un poco serio, interrumpió la conversación y les hizo una petición que parecía casi una orden: Ahora, cuando volvamos a casa, me dejáis, por favor, en el puerto. Quiero estar allí antes de que don Antonio regrese de pescar.


    VIII

    Don Antonio también era un hombre honrado, que hacía ya tiempo que había dejado la presidencia de varias empresas y optado por una vida sencilla, sin las complicaciones y las inquietudes que traen consigo la avaricia y las riquezas, y, en cuanto abrió el pollo aquel sábado a mediodía y se encontró el rubí en su interior, pensó que él no debía quedárselo, que el rubí le pertenecía a su amigo Paco. Y que, además, le vendría muy bien, porque sabía que andaba muy justo con su pensión. Y pensó en cómo devolvérselo, porque sabía que Paco no aceptaría el rubí si se lo entregaba directamente. Así que estuvo dándole vueltas a la cabeza hasta que se le ocurrió introducirlo en una de las corvinas que pescara aquella misma tarde. La que pescaría para Paco.

    Y por la tarde, como todas las tardes, don Antonio salió temprano, a las cuatro, a pescar. Salió en busca de los chipirones con el rubí bien protegido y guardado en uno de los bolsillos del pantalón. Y sacó muchos chipirones, bastantes más que otros días. Y en cuanto el sol comenzó a declinar, se trasladó con prisa hasta la zona de las corvinas. Y, una vez allí, echó el ancla, preparó la carnada, la ensartó en el anzuelo y se dispuso para la faena. Y sacó también muchas corvinas, muchas más que las que sacaba habitualmente. Y, cuando llegó la hora de volver, recogió los aparejos con mayor rapidez que la habitual, eligió luego con esmero la corvina más hermosa e introdujo el rubí en su interior con sumo cuidado. Lo introdujo primero con los dedos, delicadamente, y después lo empujó con suavidad, despacio, una y otra vez, mediante una pequeña pieza de madera, hasta que se convenció de que el rubí se quedaba bien fijo en el fondo de la corvina. Después subió el ancla rápidamente y regresó al puerto en busca de Paco.


    IX

    Paco, mientras esperaba, estuvo pensando en cuál habría sido la reacción de su amigo Antonio al encontrarse el rubí dentro del pollo. Porque seguro que se lo ha encontrado. Todos los sábados, siempre que le regalo un pollo, lo abre, lo limpia bien y lo trocea. Y se lo fríe luego con cebolla y tomate. Y después se lo come a mediodía acompañado con pimientos del piquillo. Porque Antonio siempre ha sido un tipo de morro fino.

    Cuando don Antonio se acercó a la escalerilla se asombró de que Paco estuviera de pie, charlando amigablemente con los que habían llegado al puerto antes que él. Y le preguntó: pero Paco, ¿qué has hecho? Te veo con muy buen aspecto… ¿Yo? Nada. ¡La Providencia, que tiene sus caprichos y parece que me da una prórroga! Gracias a Dios hoy me encuentro muy bien. Estupendamente. Y a ti, ¿cómo te ha ido?… Bien, muy bien. Seis docenas de chipirones y veintitrés corvinas. Tengo una preciosa para ti. Ahora te la paso…

    Pero cuando don Antonio desembarcó tras amarrar el bote y se acercó hacia a su amigo con la corvina en la mano, Paco le habló así: Oye, Antonio… ¿Qué quieres?… ¿Puedo pedirte un favor?… Tú dirás… Tú no te vas a comer todos los chipirones ¿verdad?… No. Sólo una cazuela. Los demás los regalo… ¿Te importaría darme una docena, en vez de la corvina?…

    Con un desconcierto que se sumaba al que le había producido el buen aspecto de su amigo, don Antonio no pudo negarse a la propuesta, pero insistió, una y otra vez, en que se llevara también la corvina. Y Paco, aunque intentó no quedársela para no abusar de su amigo, tampoco pudo negarse al ofrecimiento y aceptó también la corvina diciendo: De acuerdo Antonio pero, si te parece bien, se la daré a Lucía de tu parte. Y entonces, don Antonio, que mantenía la cabeza y el corazón en plena forma, se sonrió para sus adentros y dijo: Bien. Me parece bien, Paco. Haz como a ti te parezca…


    X

    Ya en casa, Paco ayudó a su nieta a preparar los chipirones. Lucía no salía de su asombro y le insistía en que debía cuidarse: Pero abuelo, ¡no seas así! No los pongas todos. ¡Que te van a sentar mal! ¡Que hace mucho que no los comes!… Tú no te preocupes hija, que estoy muy bien. De verdad. Me encuentro superbien. Estoy como antes. Tú cómete la corvina, que yo hoy voy a disfrutar con la cazuela.

    Y ocurrió que, mientras hablaban entre ellos y se iban haciendo los chipirones, Lucía abrió cuidadosamente la corvina para limpiarla y, como era de esperar, se encontró con el rubí. El segundo descubrimiento del rubí la dejó muda, sin habla, con la mente en blanco, casi paralizada. Sólo pudo balbucear a duras penas: Abu, abu, ¡abuelo!… ¿Qué te pasa, hija? ¿Qué quieres?… Mi, mi, ¡mira!…

    Y Paco miró y vio la joya en el vientre de la corvina, y con los reflejos mentales que siempre tuvo cuando estaba sano, comprendió en ese instante casi todo lo que había pasado con el rubí. No todo, porque le faltaba un dato, pero sí lo suficiente. Y se sonrió placenteramente. Y fijó después sus ojos en los de su nieta y, con un tono de voz que no daba lugar a dudas, le dijo cariñosamente, pero con cierto aire de misterio en el semblante: Lucía, la corvina te la hemos regalado don Antonio y yo. Con el rubí y todo. El rubí es para ti… Por todo lo que haces por nosotros… ¡Eh!, y para que nunca te olvides de tus viejos, añadió…

    *  *  *