Cuento de Adviento

Cuento de Adviento

El comienzo del Adviento me ha traído a la memoria, una vez más, este cuento bien conocido…

Martín era un humilde zapatero de un pequeño pueblo de montaña. Vivía solo. Hacía años que había enviudado y sus hijos habían marchado a la ciudad en busca de trabajo.

Martín, cada noche, antes de ir a dormir leía un trozo de los evangelios frente al fuego del hogar. Aquella noche se despertó sobresaltado. Había oído claramente una voz que le decía: «Martín, mañana Dios vendrá a verte». Se levantó, pero no había nadie en la casa, ni fuera, claro está, a esas horas de la fría noche…

Se levantó muy temprano y barrió y adecentó su taller de zapatería. Dios debía encontrarlo todo perfecto. Y se puso a trabajar delante de la ventana, para ver quién pasaba por la calle. Al cabo de un rato vio pasar un vagabundo vestido de harapos y descalzo. Compadecido, se levantó inmediatamente, lo hizo entrar en su casa para que se calentara un rato junto al fuego. Le dio una taza de leche caliente y le preparó un paquete con pan, queso y fruta, para el camino y le regaló unos zapatos.

Llevaba otro rato trabajando cuando vio pasar a una joven viuda con su pequeño, muertos de frío. También los hizo pasar. Como ya era mediodía, los sentó a la mesa y sacó el puchero de la sopa excelente que había preparado por si Dios se quería quedar a comer. Además fue a buscar un abrigo de su mujer y otro de unos de sus hijos y se los dio para que no pasaran más frío.

Pasó la tarde y Martín se entristeció, porque Dios no aparecía. Sonó la campana de la puerta y se giró alegre creyendo que era Dios. La puerta se abrió con algo de violencia y entró dando tumbos el borracho del pueblo.

—¡Sólo faltaba este! Mira, que si ahora llega Dios… –se dijo el zapatero.

—Tengo sed –exclamó el borracho.

Y Martín acomodándolo en la mesa le sacó una jarra de agua y puso delante de él un plato con los restos de la sopa del mediodía.

Cuando el borracho marchó ya era muy de noche. Y Martín estaba muy triste. Dios no había venido. Se sentó ante el fuego del hogar. Tomó los evangelios y aquel día los abrió al azar. Y leyó: «Porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estaba desnudo y me vestistes…Cada vez que lo hiciste con uno de mis pequeños, a mí me lo hiciste…».

Se le iluminó el rostro al pobre zapatero. ¡Claro que Dios le había visitado! ¡No una vez, sino tres veces! Y Martín, aquella noche, se durmió pensando que era el hombre más feliz del mundo…

El Adviento es la esperanza de la venida de Dios que de muchas formas nos visita.

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Blog Iglesia y Nueva Evangelización de Ramiro Pellitero Iglesias

Suema, la esclava negra

Suema, la esclava negra

Suema pertenecía a una tribu situada al este del Niassa, uno de los lagos del interior del África. En su niñez vivía feliz con sus padres y hermanos, cuando, un día, vio caer a su padre en las garras de un león que le arrastró a la selva. La madre de Suema quedó viuda, y huyó de allí con sus hijos y con la miseria, que desde entonces no dejó de perseguirla. Los hermanos de Suema murieron, y ella quedó a su madre como único consuelo, viviendo juntas en una choza miserable.

Un día llegaron unos negreros con objeto de dar una batida por el país, y , hallándolas sin defensa, se apoderaron de la niña y de la madre. Nada más cruel e inhumano que una caravana de esclavos. Se les ata una larga cadena que llevan al cuello, y así se les hace marchar durante días enteros a través del desierto, sin tregua ni descanso, cargados con fardos pesadísimos; y si llegan a acortar el paso, rendidos por la fatiga y las privaciones, sus feroces guardianes les hacen acelerar la carrera a latigazos. Las víctimas de tantas maldades perecen en número considerable. Los sobrevivientes llegan a un estado lastimoso.

La madre de Suema pronto fue incapaz de llevar por más tiempo un pesado colmillo de elefante con que la habían cargado. Siendo ya inútil para la caravana, la privaron de su ración de alimento. Suema quiso desde luego partir la suya con su madre; pero, al ser descubierta por los guardianes, fue azotada hasta sacarle sangre en castigo de semejante delito. Los días siguientes tuvo la pobre niña el dolor de ver a su pobre madre consumirse de inanición.

Los esfuerzos de la desgraciada para no quedarse atrás eran cada vez más penosos, y no hacían otra cosa que retardar el momento fatal en que, agotadas por completo sus fuerzas, no pudiese seguir. Cayó, en efecto, sobre la arena, y la caravana continuó su camino, arrastrando consigo a Suema, la que viendo que cada paso la alejaba más de su madre, abandonada en la soledad del desierto, no pudo reprimirse, y emprendió la fuga en medio del silencio de la noche, volviéndose en busca de la que la había dado el ser.

La encontró en el mismo sitio en donde la habían dejado; las aves de rapiña revoloteaban en torno de ellas, como si esperaran que exhalara el último aliento para devorarla. La presencia de la hija reanimó a la madre moribunda, abrió los brazos, y, estrechando a Suema contra su corazón, la arrulló con dulzura, murmurando a su oído amorosas expresiones. Agobiada la desgraciada niña bajo el peso de tan tristes sentimientos y horrorosos trabajos, acabó por dormirse. Mas de súbito se sintió sacudir bruscamente. Estrechó entonces con más fuerza a su madre: unos hombres crueles se esforzaban en arrancarla de sus brazos. Eran los mismos de la caravana, que volvían persiguiendo a la fugitiva. Una lluvia de golpes cayó de pronto sobre la madre moribunda que daba voces lastimeras; abrió ésta sus brazos, y los verdugos se apoderaron de la hija, a la que arrastraron violentamente consigo.

Quebrantada de cuerpo y de espíritu, la desgraciada Suema apenas vivía cuando llegó a Zanzíbar, donde se hacía el mercado de esclavos. Allí estaban en la plaza pública, mezclados y confundidos, descarnados por el hambre, extenuados por la fatiga, sin aliento para sostenerse en pie. El comprador se acercaba a examinarlos, y para prueba los hacía correr, saltar, enseñar los dientes… ni más ni menos igual que si se tratara de la compra de animales.

Suema quedó tendida en un rincón del mercado. El conductor ya no pensó sino en desembarazarse de ella; no valía para nada, y había que enterrarla, porque exhalaría su último aliento antes de llegar a los muladares. La envolvieron, pues, en una estera que ataron como un saco, y la arrojaron a un foso, cubriéndola con una leve capa de arena. Había perdido el conocimiento y se diría que sólo volvió en sí para darse cuenta que la habían enterrado viva. Hizo un esfuerzo supremo forcejeando para respirar, y a sus gritos desgarradores acudió una partida de chacales hambrientos que iban a devorarla. En este momento, por divina Providencia, un joven cazador acertó a pasar por allí y los hizo huir no sin gran trabajo, y, movido a compasión, trasladó a Suema al hospital de la ciudad.

Allí, la solicitud y cuidados de las hermanas la devolvieron a la vida. Más aún: guardada en el recinto del orfanato e instruida en las verdades de la religión, pronto manifestó deseos de recibir el Bautismo y hacer su Primera Comunión.

Cierto día, una de las hermanas la llamó para que le ayudase a cuidar un moribundo que habían traído al hospital. Nuestra joven se acercó al lecho y reconoció a su perseguidor, al verdugo que había hecho perecer a su madre y que a ella misma le había hecho sufrir horribles torturas. Su corazón hubo de dar un vuelco en el pecho. ¿Habría que perdonarle? En aquel momento supremo Suema hizo un esfuerzo; alzó los ojos y vio una hermosa imagen de Nuestra Señora de los Dolores que, llena de luz y de bondad, presidía la gran sala del dolor; cayó de rodillas delante de ella, y la gracia divina triunfó a la resistencia que oponía la naturaleza. Perdonó a su cruel enemigo. Este acto heroico propio de una lama escogida, la hizo digna de la vocación religiosa.

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Noticias Cristianas: «Historias para amar al prójimo. VI Parte: Historia, n.º 11».

Historias para amar, páginas 108-110

Cuento sobre el Sagrado Corazón de Jesús

Cuento sobre el Sagrado Corazón de Jesús

Una madre y su niño caminan de la mano frente al mar. Es una noche fresca. El cielo despejado , todo lleno de estrellas. El niño camina preguntón: ¿Y qué es esto? ¿y eso? ¿y aquello?. De pronto se para; señalando al cielo dice:

—Mamá, quiero esa estrella, dámela, es mía.

La madre comprende la inocencia del niño y comienza a explicarle lo que son las estrellas. El niño le responde:

—Quiero esa estrella.

La madre una vez más; con paciencia de madre , va contándole historias, cubriéndolo de besos…

Ya llegan a la casa. Llorando por su estrella se quedó dormido. Ella, pensativa, preocupada, prende una lamparita frente a la imagen del Corazón de Jesús; imagen que la ha acompañado durante toda su vida. La luz de la lamparita, da de lleno sobre el corazón del Corazón de Jesús , iluminándolo. Ella, más que rezar, desea conversar con él. Son tantas las cosas que tiene que contarle. Necesita su ayuda.

Con amor se pone en sus manos; con entrega absoluta a su santa voluntad. De repente aquel corazón, por efecto de la luz, se ve brillar cada vez más y más. No les he dicho que ella, al igual que su niño anhelaba una estrella; hoy lo confiesa; siempre quiso una estrella, y por más que las estudió y estudió, siempre, muy dentro de ella, insistía: «quiero una estrella».

No, no es la luz de la lamparita . Algo pasa en aquel corazón; brilla de una forma tan intensa despidiendo rayos luminosos; donde se destacan: uno blanco y otro rojo. Impresionada, muda y quieta; se arrodilló, las manos fuertemente apretadas sobre su corazón. Recordó con cuanta crueldad fue traspasado ese corazón y la sangre y agua que brotó de él. Desde lo más profundo de su ser dijo:

Sagrado Corazón de Jesús en Vos confío. Y repitió: JESUS CONFIO EN TI. Yo te amo. Algo dentro de ella le susurraba: YO SOY TU ESTRELLA, la que tanto has anhelado , siempre la has tenido tan cerca . Yo soy tu amor. Mírame.

En ese momento oyó un grito: mamá. Ese grito de mamá, no sonó de miedo, ni de dolor; sonó de alegría. Corrió donde su niño. Se abrazó a ella diciendo: tuve un sueño con Papá Dios, él con su brazo tomó mi estrella y me la dio. La puso aquí en mi mano . Era toda de luz. Papá Dios me dijo que la guardara dentro de mi corazón. Así lo hice, por eso no la ves en mi mano, está guardadita aquí; y se apretaba su corazoncito. Se durmió, lo arropé, lo besé. De rodillas recé:


Padre Eterno,

te ofrezco el Cuerpo, la Sangre, el Alma,

y la Divinidad de Tu Amadísimo Hijo y Señor Nuestro Jesucristo,

por nuestros pecados y los pecados del mundo entero .

Por su Pasión Dolorosa ten Misericordia de nosotros y del mundo entero.

Amén.


La luz de la lamparita se consumía. Jesús le sonreía. Reconfortada, se durmió…

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Un corazón convertido en nido (cuento para Pentecostés)

Un corazón convertido en nido (cuento para Pentecostés)

Anoche soñé que estaba en el campo, jugando con mis primos a elevar volantines y a trepar por todos lados. Agotados de tanto correr y brincar, nos tendimos sobre el pasto verde y nos pusimos a observar los pájaros que volaban sobre nuestras cabezas. De repente sentí que mi corazón que latía muy rápido se transformaba en un nido, en un nido tibio, suave y mullido. «Mi corazón se quedó quieto, muy quieto» exclamaba yo sorprendido. «Mi corazón se quedó quieto, paró de latir y se convirtió en un nido; tiene forma de nido, tiene color de nido, tiene tamaño de nido y está esperando a que un pajarito venga a vivir en él».

¿Era yo un árbol acaso? ¿Era yo un niño? ¿Por qué en vez de corazón tenía yo un nido? En ese momento me asusté mucho porque yo quería seguir siendo niño, no árbol. Estaba a punto de llorar cuando de repente sentí que a mi nido llegaba una palomita blanca, blanca como la nieve y muy linda.

«¿De dónde vienes tú?»  le pregunté todavía un poco asustado. Y curiosamente la paloma me respondió con una voz muy suave y amable:

«Vengo del cielo a vivir contigo, siempre que tú me invites a quedarme en tu corazón». Y yo, muy afligido y confundido le contesté:

«Es que ahora en vez de corazón, tengo un nido». Pareció que no le importaba mucho lo que le dije.

Y continué:  «En realidad, pensándolo bien para ti que eres un pájaro resulta mejor un nido que un corazón ¿verdad?».

«La verdad es que para mí resulta bien un corazón o un nido. La cosa es que aceptes que yo me instale a vivir contigo», me contestó la paloma.

«Por supuesto que me gustaría que te quedaras conmigo para siempre, serías mi amiga y mi compañera, irías conmigo a todas partes, podríamos conversar en cualquier momento. Como vienes del cielo me aconsejarías cómo hacer las cosas bien y yo me podría convertir en un niño alegre, servicial, cariñoso, obediente, solidario y amableMis papás y mis profes estarían contentos conmigo y yo más contento con ellos».

«A todo esto no te he dicho mi nombre. Me llamo Felipe y tú ¿tienes nombre?» le pregunté curioso.

«Yo soy el Espíritu Santo, enviado por el Padre y tu amigo Jesús para que viviendo conmigo no te olvides jamás de ellos».

En ese mismo momento desperté bruscamente y recordé la clase de ese día en que la tía nos había hablado de Pentecostés. No lo puedo explicar pero luego de despertar sentí una alegría inmensa y una paz increíble en mi corazón. Me sentía un niño bueno, bueno y feliz

¿Será que el Espíritu Santo nos transforma por dentro y nos hace ser buenas personas?

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Artículo original en iglesia.cl. Todos los derechos pertenecen a su autora y al portal web iglesia.cl.

El cuento de la araña salvadora – Dinámica para el Tiempo de Pascua

El cuento de la araña salvadora – Dinámica para el Tiempo de Pascua

Para iniciar este tiempo de Pacua, os ofrecemos esta pequeña catequesis inicial, basada en las palabras del Papa Emérito Benedicto XVI durante la Pascua del pasado año, y elaborada por el Rvdo. D. José Martínez Colín para churchforum.org, de donde la recojemos para nuestra página.

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Para saber

En su mensaje de Pascua del Domingo de Resurrección del año 2012, el Papa Emérito Benedicto XVI nos envió el siguiente saludo: «Queridos hermanos y hermanas, Jesús, crucificado y resucitado, nos repite hoy este anuncio gozoso: «He resucitado, estoy siempre contigo ¡Aleluya!»».

Con ello nos invita a no perder la presencia de Dios en nuestras vidas, sino a procurar encontrarlo en el quehacer diario.

Anteriormente, el Papa, recordando a San Agustín, decía que este santo escribió un libro importante llamado La Ciudad de Dios. Lo escribió cuando habían invadido Roma y muchos se preguntaban por qué Dios no los había ayudado. El Santo responde que el Reino de Dios no es de este mundo. Es decir, las guerras, desastres o dolores no significan que Dios nos abandona. El mal no es introducido al mundo por Dios, sino por el hombre libre que no obra según el querer de Dios. Sin embargo, Dios no nos abandona y su Providencia sabe cuándo y cómo actuar.

A continuación, un relato nos ayudará a reflexionar al respecto.


Para pensar

Se cuenta que una vez un hombre, era perseguido por varios malhechores que querían matarlo. El hombre ingresó a una cueva la cual se subdividía, a su vez, en varias. Los malhechores empezaron a buscarlo por las cuevas anteriores de la que el se encontraba.

Al sentirse atrapado, elevó desesperado una plegaria a Dios, de la siguiente manera: «Dios todopoderoso, haz que dos ángeles bajen y tapen la entrada, para que no entren a matarme«». En ese momento escuchó a los hombres acercándose a la cueva en la que él se encontraba, y vio que apareció una arañita.

El cuento de la araña salvadora - Dinámica para el Tiempo de PascuaLa arañita empezó a tejer una telaraña en la entrada. El hombre volvió a elevar otra plegaria, esta vez más angustiado: «Señor, te pedí ángeles, no una araña». Y continuó: «Señor, por favor, con tu mano poderosa coloca un muro fuerte en la entrada para que los hombres no puedan entrar a matarme». Abrió los ojos esperando ver el muro tapando la entrada, y observo a la arañita tejiendo la telaraña. Estaban ya los malhechores ingresando en la cueva anterior de la que se encontraba el hombre y este quedó aterrado esperando su muerte.

Cuando los malhechores estuvieron frente a la cueva que se encontraba el hombre, ya la arañita había tapado toda la entrada, entonces se escuchó que uno de ellos decía: «Vamos, entremos a esta cueva». Pero otro de ellos le contestó: «No. No ves que hasta hay telarañas. Se ve que nadie ha entrado en esta cueva por años. Sigamos buscando en las demás cuevas».

En ocasiones esperamos que la respuesta de Dios sea según nuestro pobre pensar, olvidándonos de que Dios es infinitamente más sabio y poderoso. Pensemos cómo es nuestra oración al Señor.


Para vivir

El Papa nos exhorta a sentirnos en presencia de Dios: «Que nadie cierre el corazón a la omnipotencia de este amor redentor. Jesucristo ha muerto y resucitado por todos: ¡Él es nuestra esperanza! Esperanza verdadera para cada ser humano. Hoy… Jesús resucitado nos envía también a todas partes como testigos de su esperanza y nos garantiza: Yo estoy siempre con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo (cf. Mt 28,20)».

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Un cuento para la Pascua

Un cuento para la Pascua

El niño, Jacobo, dirigió se a su padre bajando la ladera pedregosa que se extendía desde Jericó en la valle, hasta Jerusalén sobre la montaña. Su padre, Ezra, quedó ciego al nacer. Desde la madrugada hasta el anochecer de cada día, se sentaba en una roca, siempre la misma roca, rogando por comida o dinero a los peregrinos en el camino. Algunos días eran escasos los peregrinos y solamente recibía pocos denarios, pero hoy había varios grupos viajando a Jerusalén para celebrar la Pascua.

Jacobo dejó a su padre y subió la ladera otra vez, al lugar donde cuidaba al rebaño de su vecino. Jacobo vivía con su padre Ezra, su madre Anna y sus hermanitos en una casucha cerca de la aldea Beth. Eran muy pobres, a veces no tenían nada más que un puñado de arroz en toda la casa.

Jacobo pasó todo el día en el campo cuidando las ovejas y los corderos recién nacidos. Era casi el anochecer cuando se dio cuenta de que faltaba un cordero. La oveja madre balaba lastimosamente y Jacobo salió en busca de la pequeña que se había extraviado de su madre. Cuando la halló ya era tarde y el sol se ponía detrás de la cuidad de Jerusalén. Bajó la ladera con saltos rápidos para regresar a casa con su padre.

Llegó al camino y corrió sobre el polvo y las piedras hacia la roca donde su padre siempre le esperaba, pero cuando llegó, ¡la roca estaba vacía! ¡Su padre no estaba ahí! Jacobo se detuvo, temblando de temor. ¿Había tratado papá de regresar sólo a casa, escalando la colina llena de rocas y espinos? Se le ocurrió algo peor: ¿Lo atacaron unos ladrones al ciego indefenso, robaron su dinero y lo tiraron a un precipicio? Entonces Jacobo levantó su mirada y vio a un hombre acercándose a él por el camino de Jerusalén. Caminaba erguido, pisando con cuidado pero también con decisión y protegiendo sus ojos como de una luz brillantísima. Parecía ser alguien digno de confianza y Jacobo se acercó para pedir su ayuda.

Entonces, cuando se juntaron, Jacobo se paró sorprendido. ¡Era su padre, Ezra!

«Jacobo», llamó Ezra, «¡Puedo ver! Estaba por el camino, escuchando a la gente que pasaba, y oí decir que venía Jesús de Nazaret, así le llamé por su nombre. ‘¿Qué quieres?’ él me preguntó. ‘Maestro, quiero ver,’ le dije. Entonces, hijo, me tocó en los ojos y lento, muy lentamente empecé a ver: primero sólo sombras, entonces personas, y arboles, y colinas — ¡todo! Seguí a la muchedumbre que caminaba para Jerusalén, deseando verlo. Lo tenía que hacer, Jacobo. Pero él se perdió entre la gente y yo tenía que regresar. Jacobo, ¿fue él el Mesías esperado? ¿El hombre que me dio la vista? ¿Fue él el Mesías esperado?». Jacobo y su padre ascendieron lentamente el camino pedregoso a su casa, preguntándose.

¡Qué alegría en la casa de Jacobo esa noche! Jacobo pasó los siguientes días mostrando a su padre las ovejas y los corderos y todas las flores en la colina. Le mostró las estrellas por la noche y le indicó las torres de Jerusalén. «Es tan bueno el Señor», dijo Ezra.

Unos días después, llegó la fiesta de la Pascua, y aunque apenas tenían con qué celebrar, sus corazones se rebosaron con gratitud a Dios.

«Quiero ir a Jerusalén en busca de Jesús», dijo Jacobo.

Su padre Ezra lo miró y dijo: «Pienso que tú debes ir, Jacobo. Debes buscar a Jesús y darle gracias por todos nosotros».

«Te vas después del sábado», dijo su madre Anna.

Muy temprano el domingo, la mañana después del sábado, Jacobo salió para Jerusalén. Ya había mucha gente en la calle de la ciudad, pero él siguió a un grupo de peregrinos y pronto llegó al atrio del templo. Se detuvo entre el tumulto de gritos, cantos y regateo. El niño se desconcertó. ¿Dónde iba a encontrar a Jesús? Entonces fue a un fariseo pasando por la multitud en dirección al santuario. Y le rogó, «Por favor, ¿dónde puedo encontrar a Jesús de Nazaret?».

El alto y orgulloso hombre miró hacia abajo. «¿Quién eres tú?», preguntó al niño.

«Soy Jacobo, hijo de Ezra, y busco Jesús de Nazaret».

El fariseo lo tomó del brazo y lo llevó a un rincón sin ruido atrás de una columna. «Jacobo», dijo, «no se debe ni mencionar ese nombre en el Templo. Aquel hombre ha sido azotado y crucificado por el gobernador romano. Y no hay más que decir».

«Pero…», replicó Jacobo, «a mi padre le dio la vista».

«Jacobo hijo de Ezra», dijo el orgulloso fariseo, «vete a casa y no cuentes eso nunca a nadie».

Lo empujó en dirección a la salida.

El niño salió del templo sollozando, y con los ojos llenos de lágrimas corrió y corrió a tropezones y sin dirección por las calles de Jerusalén, hasta que chocó con alguien. Cuando recobró el aliento, se halló en los brazos de una mujer.

«¿Qué te molesta, hijo?» ella le preguntó. Jacobo miró su cara llena de cariño y le contó todo.

Dulcemente, ella tomó su mano y le guio a su casa, donde había otras mujeres, y cuando terminó la cena que ella ofreció, dijo: «Sí, es verdad que la guardia romana llevó a nuestro Jesús, lo azotó y lo crucificó, pero sabemos que él fue el tan esperado Mesías. Hoy, cuando nuestras hermanas fueron al lugar de entierro, descubrieron que habían quitado la piedra que cubría el sepulcro. Un ángel estaba allí, y les dijo que Jesús había resucitado de entre los muertos, exactamente como él prometió. Es cierto que Jesús resucitó, y lo hemos visto y él nos habló. Jacobo, dile a tu padre que Jesús, quien le quitó su ceguera, fue el prometido Hijo de Dios».

«Si hubiera estado allí, habría luchado por Jesús», dijo Jacobo.

«Hijo, todavía puedes luchar por él, pero no con armas contra los romanos. Solo puedes luchar por él con amor, como él nos enseñó».

Al oír estas palabras, las lágrimas de Jacobo se convirtieron en alegría. Fuera de la ciudad de Jerusalén, lejos de la multitud trastornada, escandalosa y aglomerada en angostas calles; descendiendo por el camino, subiendo y bajando la colinita, Jacobo se apuró para contarles a su padre Ezra y a su madre Anna todo lo que había oído.

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© The Plough Publishing House, 2011. Usado con permiso.

Este libro electrónico es una publicación de Plough Publishing House, Rifton, NY 12471 EUA (www.plough.comy Robertsbridge, East Sussex, TN32 5DR, RU.


Dispuestas a morir

Dispuestas a morir

Se trata de una estudiante católica de Tienstsihn perteneciente a la Legión de María. Se llama Cecilia.

Los comunistas la citan a juicio y la encarcelan.

Un día que la dejan en libertad cuenta: «Me han agotado a fuerza de largos y maliciosos interrogatorios. Yo me encomendaba a la Virgen, y estaba dispuesta a morir, antes que apostar. Como no podían obtener lo que querían, quisieron intimidarme con las armas. Me colocaron delante de una tapia. Doce soldados armados se alinearon frente a mí, apuntándome con sus fusiles. El comisario dio la orden de fuego, y sonó una descarga cerrada. Todas las balas se estrellaron contra la tapia. Yo, pasado el primer instante de susto sonreí. —¿Te ríes?, rugió el comisario. ¿No tienes miedo a morir? —No, respondió Cecilia; yo estaba preparada para esto, y pensé que me ibas a mandar al paríso. —El comisario movió la cabeza con disgusto, despachó a los soldados y me mandó a casa».

Unos meses después Cecilia fue nuevamente detenida.

La llevaron a una gran plaza, llena de gran muchedumbre, convocada ex profeso. Allí se verificó el juicio popular. Se la acusó de querer coaccionar a una amiga pagana, Oha, a aceptar sus ideas cristianas. Oha estaba presente entre la multitud. Cecilia no perdió la serenidad. Volvió sus ojos dulces hacia la amiga, y después dijo en alta voz: «La fe que yo tengo es para mí un bien superior a ningún otro, y yo quiero tanto a mi amiga, que deseo proporcionarle este bien».

En la plaza se hizo un gran silencio. Toda la gente tenía los ojos fijos en Cecilia. Oha no pudo contenerse; de un salto se plantó en el tablado y las dos amigas se abrazaron y besaron largo rato. Después Oha, enlazando su brazo al cuello de su amiga, se volvió a los comisarios diciendo: «Esta es la verdad, y muy pronto yo seré también cristiana».

Entonces ocurrió lo indecible. La muchedumbre, encendida por aquel testimonio de fortaleza, acomenzó a aplaudir frenéticamente. Tuvieron que disolver el acto apresuradamente, clausurando el juicio pupular.

Cecilia y Oha fueron encerradas ambas en una cárcel, en un lugar de la China comunista. Nadie ha vuelto a saber de ellas.

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Noticias Cristianas: «Historias para amar a Dios. II Parte: Historia, n.º 5».

Historias para amar, páginas 29-30


Los dos nidos

Los dos nidos

Dos hombres eran vecinos y cada uno tenía una mujer, varios hijos y sólo su trabajo para vivir. Uno de ellos se inquietaba mucho diciendo: «Si llego a morir o me enfermo, ¿qué será de mi mujer y de mis hijos?».

Y este pensamiento se le clavaba en el corazón como un gusano que roe la fruta donde se esconde.

El otro padre, aunque le asaltaba el mismo pensamiento no se paraba con él, pues se decía: «Dios, que conoce todas las criaturas y vela por ellas, velará también por mi mujer y mis hijos». Y vivía tranquilo, mientras el primero no tenía un instante de reposo y de alegría.

Un día, mientras trabajaba en el campo triste y abatido, vio dos pajaritos entrar en un arbusto y salir luego para volver en breve. Se acercó y vio dos nidos, uno junto a otro y cada uno con varios polluelos recién nacidos y todavía sin plumas.

Vuelto a su trabajo, echaba la vista de vez en cuando para mirar a las madres que iban y venían con la comida de sus chicuelos.

Mas, he aquí que al momento de entrar una de las madres con su bocado, cae sobre ella un gavilán, la coge y arrebata, a pesar sus agudos gritos.

A esta vista, el hombre se sintió más turbado que nunca, pues pensaba que la muerte de la madre era la muerte de los hijos. «Los míos, decía, no me tienen más que a mí, para sustento, ¿qué será de ellos si les falto?».

Todo el día anduvo triste y mustio y no durmió por la noche. El día siguiente, al volver al campo, se dijo: «Quiero ver los polluelos de aquella madre; sin duda ya han muerto».

Y acercándose a la mata, vio a los chicuelos alegres y sanos, ninguno parecía haber sufrido nada. Admirado se escondió para ver lo que pasaba. A poco oye un ligero grito y ve a la segunda madre apresurarse a traer su comida y distribuirla indistintamente a los polluelos de ambos nidos; hubo para todos, y los huérfanos no quedaron abandonados.

Se fue luego a contar lo que había visto al otro padre. «¿Para qué preocuparte? —le dijo este—. Dios no abandona a los suyos. Su amor tiene secretos que no conocemos; amemos y sigamos en paz nuestro camino. Si muero antes que tú, serás tú el padre de mis hijos y si tú mueres primero, yo lo seré de los tuyos. Y si ambos morimos antes de que tengan edad de subvenir a sus necesidades, tendrán por padre al Padre que está en los cielos».

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Noticias Cristianas: «Historias para amar a Dios. I Parte: Cuentos y leyendas, n.º 8».

Historias para amar, páginas 17-18

Con María, el día de los Santos Inocentes

Con María, el día de los Santos Inocentes

Existen, en nuestra vida, dolores que nos resultan incomprensibles, atroces, injustos y, sobre todo, inmerecidos. Pero, sea cual fuere la reacción que tengamos frente al dolor, él sigue allí, y nos atraviesa el alma como una afilada espada. Hoy mi dolor y mi tristeza no me dejan verte, María, como ansía mi corazón, pero sé que estas allí, aunque no pueda sentirte, estas detrás de mi dolor para sostenerme, para transformar el llanto en camino hacia al Padre.

—En profecía cumplida… —dices a mi corazón, mas no comprendo.

—Hoy voy a hablarte de esos dolores incomprensibles que desgarran el alma y que luego, por la misericordia de Dios, se transforman en camino.

—Háblame Señora, que mi alma tiene tanta sed de tu compañía. Mi alma ansía caminos que no encuentro en la oscuridad de esta noche demasiado larga.

—Yo conozco bien las noches largas. Te hablaré de una en especial, que me pareció eterna. De una noche anunciada, tan anunciada como la nochebuena, pero olvidada luego por muchos y, lo que me desgarra el alma, una recordación tomada hoy, por tantos, como excusa para bromas.

Esta vez temo seguirte, no sé si tendré valor, pero igualmente me llevas… me llevas… y estamos nuevamente en el recinto de Belén. Vemos como José está despidiendo a tres extraños extranjeros que le habían llevado a tu hijo oro, como símbolo de su dignidad y gran valor, incienso, como símbolo de su comunión con Dios y mirra, para preparar el aceite sagrado de su unción. Tres extraños venidos de lejanas tierras siguiendo una estrella, tres extraños que, buscando al Rey de la Vida, fueron a preguntarle a un rey embriagado de poder, el camino para hallarlo… y, sin quererlo, despertaron en él fantasmas olvidados… la profecía, la profecía de Belén…

Los extranjeros, que el mundo llamará más tarde los tres Reyes Magos, parten a su tierra por otro camino, evitando pasar cerca del palacio de Herodes, quien los aguarda como un tigre al acecho, para saltar sobre el pequeño Rey desconocido que amenaza su seguridad.

Entramos a la precaria vivienda. José nos sigue y comienza a trabajar, pues el dueño de la finca le había encargado unos arreglos y le pagaría un buen precio por ellos. José tiene los pies sobre la tierra, sabe que debe alimentar a su familia y para ello sólo conoce un modo: su trabajo.

Tú, María, te dispones a preparar la cena. José no aparta la mirada de su labor, pero es evidente que sus pensamientos están en otro sitio, quizás detrás de los muros de un palacio, tratando de leer los pensamientos de un hombre fuera de sí, mas nada te dice. La cena transcurre en paz. La presencia de esos hombres y sus obsequios han dejado más preguntas que respuestas…¿Quiénes eran? ¿Por qué habían venido? ¿Cuál era el real significado de su presencia?… quizás representan a todos aquellos que no pertenecen al pueblo de Israel y para cuya Salvación también ha venido este niño. Demasiados acontecimientos y pocas explicaciones. La pareja se dispone a descansar pues al día siguiente deberán iniciar el camino hacia Jerusalén, para realizar la purificación de María, tal como lo establece la Ley.

Yo estoy allí, con ellos, no puedo dormir, siento miedo… conozco la historia… la he escuchado mil veces de labios de los sacerdotes. La he leído, pero no es lo mismo estar… estar… y todos, de alguna manera, alguna vez en la vida, también estamos dentro de esta historia… sólo que, enceguecidos por nuestro propio dolor, no nos damos cuenta.

A la mañana siguiente parten hacia Jerusalén, María me hace señas de que los siga. El camino es largo, el niño, pequeño aún. El animal que nos acompaña va cargado de las pocas pertenencias de los padres y, en su mayor parte, de los pañales y ropita del bebé, recibida generosamente de la esposa del dueño del pesebre.

Luego de la ceremonia del Templo volvimos a Belén, José se nota nervioso… no como quien desconfía de la protección de Dios, sino como un padre responsable que sólo desea actuar correctamente y no sabe cómo, pues presiente que Herodes no ha olvidado la presencia de los extranjeros, ni se quedará quieto ante lo que él considera una amenaza.

Durante los siguientes tres días la familia se dedica a organizar el retorno a Nazaret. José termina sus trabajos pendientes, consiguiendo de esta manera dinero para el viaje y retribuyendo, al mismo tiempo, la hospitalidad al dueño del pesebre, quien sólo pide como pago, el arreglo de una vieja mesa labrada herencia de su padre, trabajo realizado impecablemente por José.

Los planes del Señor y nuestros propios planes no van siempre por iguales caminos. La noche del tercer día no aparenta nada en especial, sólo un cielo cargado de nubarrones amenazantes. Hace frío, María amamanta a su niño y lo recuesta bien calentito en la cuna hecha por su esposo, y una blanca piel de cordero cubre las demás mantas con las que la joven madre abriga a su pequeño. El matrimonio cena al tiempo que comenta los últimos acontecimientos. José tiene largos silencios que inquietan el corazón de María quien, como esposa prudente, no pregunta. Tiran las mantas en el suelo y se disponen a dormir, yo hago lo mismo, María me besa la frente y me dice «Valor, amiga, lo necesitarás…» es la noche de la locura, pero igualmente me quedo dormida… lástima, no tuve el valor de esperar despierta, como tantas veces en la vida en las que no tengo el valor de dominar mi voluntad.

Me despiertan los gritos de José. El hombre está sentado en el suelo, empapado en sudor, su rostro está aterrado pero es solo por un instante… enseguida se pone en pie, da vueltas en el recinto tratando de ordenar sus pensamientos, seguidamente despierta a María, la toma por los hombros al tiempo que le clama en voz baja:

—¡María, María! Por el amor de Dios, ¡despiértate, María!— y la sacude casi con violencia.

Ella abre los ojos y se asusta…

—¿Qué pasa, José? ¡Por Dios! ¿Por qué hablas de esa forma? ¡Jesús, Jesús! ¿Le pasó algo al niño?

—No, pero le pasará si sigues allí acostada… María… he tenido un sueño, que no fue un sueño en realidad… un hombre vestido de blanco me clamaba que te tomara a ti y al niño y huyera a Egipto, pues Herodes busca al niño para matarlo.

—¡Matarlo!… Dios mío, José, que atroz pesadilla.

—María, esposa mía ¡Nos vamos a Egipto! ¡Y nos vamos ya! ¿Comprendes? ¡Ya!.

—¿Qué dices?, José… ¿Te das cuenta la distancia que nos separa de Egipto, que es medianoche, afuera arrecia el viento y el frío cala los huesos?…

—María ¿Confías en mí?

—José, confío en ti más que en nadie en esta tierra.

—Entonces, amada mía, junta todo y vámonos, los soldados se aproximan cada minuto, por cada palabra que decimos ellos están un metro más cerca… y vienen a matarlo… y no están jugando, pues un loco asesino les ha ordenado deshacerse de Jesús… la pregunta es ¿Cómo lo encontraran? Mientras a ese loco no se le ocurra… ¡Dios no puedo ni pensarlo!

—Mientras no se le ocurra matarlos a todos…— y María se estremece tanto que José debe sostenerla para que no caiga.

Yo estoy inmóvil, hubiera querido traerles un vehículo, un helicóptero, sacarlos prontamente de allí, pero eso pasa en las películas y esto es la vida real. Los padres (ahora me voy dando cuenta la clase de padre que Dios eligió para Jesús, un Hombre con mayúsculas) preparan todo prontamente, llevan sólo lo indispensable, deben dejar muebles, cuna, todo lo hecho por José. El oro de los magos les permitiría establecerse en Egipto. Dios siempre tan previsor, nos manda las pruebas y los medios para enfrentarlas. Salimos, el viento me termina de despertar, tengo varias mantas puestas encima, pero tiemblo como una hoja, parece que el corazón se me saldrá del pecho en cualquier momento. Montan los animales, María me hizo un lugar en el suyo… partimos… se ve poco, pero se ve, hay luna llena, los nubarrones ya no están, José se encamina hacia Egipto a través de la desértica región, apura el paso, no hay miradas extrañas que noten nuestra presencia. El hombre anda varias horas a marcha forzada, de tanto en tanto mira hacia atrás, con angustia, casi con desesperación. Yo, yo estoy muerta de miedo… veo soldados por todas partes… sé de sobra que no nos alcanzarán… pero una cosa es leerlo y otra estar… estar…

Falta poco para el amanecer. De pronto se escucha un galope cercano, se ve la arena removida por los cascos del animal que se acerca, es un jinete solitario, pero se dirige, peligrosamente, hacia nosotros. José nos recomienda calma, y no decir el nombre del niño. Por fin llega el personaje, un hombre más bien anciano, con la mirada perdida… loco… pobre infeliz… solo decía:

—¡Madres, corran, corran con sus hijos! ¡Huyan!…

José baja de su asno y se acerca al pobre hombre:

—¿Qué le ocurre, amigo? ¿Se siente usted bien?…

—¡Huyan, huyan mujeres con sus hijos! Sangre… muerte… niños muertos, en todo Belén… niños degollados, atravesadas sus carnecitas por las espadas de los soldados… no escapó ni uno… todo Belén es un grito… solo los pequeños murieron… los menores de dos años… ¿Por qué? ¿Por qué, Dios?— grita desgarradoramente el infeliz mirando al cielo— Huyan mujeres… huyan… corran… corran…

El pobre desquiciado comienza a cabalgar nuevamente repitiendo el ya inútil consejo. Tanto horror le ha enloquecido. Se pierde en el paisaje, queriendo huir de los macabros recuerdos pero no hay lugar en donde uno pueda esconderse de los recuerdos.

José y María se miran, abundantes lágrimas caen por sus mejillas, se abrazan y abrazan al niño. Es la noche más larga, más atroz, más cruel, que les ha tocado vivir a ambos. Es la noche anunciada por el profeta Jeremías:

«En Ramá se oyó una voz, hubo lágrimas y gemidos: es Raquel, que llora a sus hijos y no quiere que la consuelen porque ya no existen» (Mt 2, 18).

La travesía dura largos días, María se esconde muchas veces a llorar para que José no la vea… no quiere preocuparlo, más su corazón de madre está destrozado. Recuerda la espada anunciada por el anciano Simeón… ya ha comenzado a lastimarla. También veo a José llorar a escondidas, es el llanto de un hombre que se siente impotente ante la injusticia, es el llanto de un hombre justo clamando justicia.

Las primeras casas del poblado egipcio se divisan a la distancia. La noche larga ha terminado, el niño está a salvo, momentáneamente.

—Amiga— dices María, mirándome a los ojos, (mientras tus ropas y las mías vuelven a estos tiempos y el ruido de los automóviles nos sorprende frente la parroquia de Luján, en mi barrio) gracias por compartir conmigo esta noche, una de las más duras de mi tiempo en esta tierra. Realmente, cuesta ver a Dios detrás de tanto dolor, cuesta poder encontrarlo para que nos tome de la mano, cuesta no enloquecer como ese pobre viejo del desierto… cuesta, buena amiga, pero no es imposible, es más, es el único camino. Dios, tras el dolor que nos causan los seres humanos. Dios, sosteniendo. Dios, poniendo rosas sobre tantas espinas. Dios, transformando el dolor en camino de salvación. Dios, permitiendo que nuestra angustia ayude a otros a superar la suya. Cuando tu alma tenga más preguntas que respuestas, más dolor del que crees poder soportar, más soledad que compañía, más desilusión que sueños entonces, más que nunca, búscalo; que siempre habrá un Egipto donde puedas esconderte hasta que pase el temporal.

—Señora y apenas si puedo contener mis lágrimas— ¡Cuánto, cuánto me amas, cuánto me cuidas, cuánto me enseñas! ¿Te dije ya cuánto te amo?— y me arrojo en tus brazos y lloro por los niños muertos, lloro por mí, lloro por la humanidad.

Mientras te alejas, y yo seco mis lágrimas, un grupo de jóvenes pasa riéndose de uno de ellos, al tiempo que le dicen «¡Qué la inocencia te valga! Ja,ja,ja» típico comentario de las bromas del Día de los Inocentes.

Tengo ganas de gritar, ganas de decirles que el origen de esa recordación es la sangre de niños pequeños derramada por Jesús, pero siento que no vale la pena; prefiero escribir este relato, escribirlo para que tú, después de leerlo, ya no rías con las bromas de los 28 de diciembre. Porque si tú no ríes, si le cuentas esta historia a un amigo y él ya tampoco ríe… entonces… entonces algo habrá cambiado en este mundo… porque recordando a nuestros mártires, los honramos.

Nota de la autora: «Estos relatos sobre María Santísima han nacido en mi corazón y en mi imaginación por el amor que siento por ella, basados en lo que he leído. Pero no debe pensarse que estos relatos sean consecuencia de revelaciones o visiones o nada que se le parezca. El mismo relato habla de «Cerrar los ojos y verla» o expresiones parecidas que aluden exclusivamente a mi imaginación, sin intervención sobrenatural alguna.»

Si quieres contactar con la autora: susanaratero@yahoo.com.ar

Fuente: Cuento original en mercaba.org.