Cuento narrado para niños que nos enseña que el amor no es un sentimiento sino un gran compromiso con Dios y con los demás.
El cuento está publicado por Ciudad Oración, que, según su propia descripción, es «una Asociación Civil, regida por las leyes Civiles y por sus propios Estatutos, Fundamentos, amparada en el Derecho natural de libre asociación que Dios les dio a los hombres para buscar fines de beneficio común».
Una vez vio fray León en sueños los preparativos para el juicio divino. Veía a los ángeles que tocaban trompetas y otros varios instrumentos y congregaban grandísima muchedumbre en un campo. A un lado colocaron una escala roja que llegaba de la tierra al cielo, y a la parte opuesta otra que era blanca, y bajaba del cielo a la tierra. En la cima de la roja apareció Cristo en ademán de un Señor ofendido y muy irritado. San Francisco estaba en la misma escala algunas gradas más debajo de Cristo, y bajando más, llamaba y decía con gran voz y fervor:
—Venid, frailes míos, venid confiadamente, no temáis, venid y acercaos al Señor, que os llama.
Al oír a san Francisco, corrieron a su encuentro los frailes y subían, muy confiados, por la escalera roja. Pero, cuando ya estaban todos en ella, comenzaron a caerse, quien del tercer escalón, quien del cuarto, quien del quinto o del sexto, y caían todos, uno tras otro, de suerte que no quedó ninguno en la escala.
A vista de tal desgracia, movido san Francisco a compasión de sus frailes, como padre piadoso, rogaba por sus hijos al Juez para que tuviese misericordia de ellos. Y Cristo le mostraba las llagas sangrientas y le decía:
—Mira lo que me han hecho tus frailes.
El santo, después de insistir un poco en la misma súplica bajó algunas gradas, y llamando a los frailes que habían caído de la escala roja, les decía:
—Levantaos, hijos y hermanos míos, tened confianza, no os desaniméis, corred seguros a la escala blanca y subid por ella, que así seréis admitidos en el Reino de los Cielos.
Corrieron los frailes, enseñados por su Padre, a la dicha escala, y en la cima apareció, piadosa y clemente, la gloriosa Virgen María, Madre de Jesucristo, y los recibió. Y así entraron sin ninguna dificultad en el Reino Eterno.
* * *
Noticias Cristianas: «Historias para amar a la Virgen»
¿Habéis intentado alguna vez comprender bien el siguiente versículo del Evangelio: Buscad primeramente el reino de Dios, y lo restante se os dará por añadidura? ¿Y ante la Sagrada Eucaristía os habéis dicho: He aquí las palabras del Señor, y todo lo que Él dice es verdad. Si me ocupo, pues, en Dios, en su gloria, en una palabra, en sus asuntos, Dios se ocupará en los míos, y entonces cuán tranquilo estaré, cuán fuerte seré, cuán dichosa será mi vida?
Escuchad una historia:
Se trata de dos hermanos; los dos se querían mucho, y bajo el cuidado de su madre los dos oraban, trabajaban, jugaban juntos, hasta la edad en que empezaron la carrera.
Uno se hizo sacerdote, el otro continuó el oficio de su padre y se dedicó a la joyería.
Honrado y hábil, el obrero artista tuvo pronto rica clientela; pero se asoció con un lapidario, el cual le arrastró a tales especulaciones, que en menos de seis meses, encontrándose a las puertas de la bancarrota, y no viendo delante de sí más que la miseria y la deshonra, perdió toda la energía y estaba a punto de abandonarse a la desesperación.
Acudió su hermano, y le dijo:
—Hay un medio de levantarte.
—¿Cuál? —preguntó el comerciante súbitamente impresionado.
—Asociarte esta vez con un hombre rico, hábil y honrado.
—Ta no se encuentran con esas cualidades.
—Conozco uno.
—¿Quién es?
—¡Dios!
El joyero miró a su hermano con una sonrisa que parecía decir: ¡No te burles de mí!
—No me chanceo —dijo el sacerdote; —inténtalo.
—Lo que necesito es dinero.
—¿Por ventura le falta a Dios? —Hombre de poca fe, ¿qué arriesgas? ¡Inténtalo!
El joyero aceptó. El sacerdote redactó un acta de debida forma de asociación comercial con Dios, asegurándole, si el comercio marchaba, la mitad de los beneficios.
El contrato fue firmado, de una parte, por el joyero, y, de la otra, por el sacerdote en nombre de Dios.
Al día siguiente un deudor hizo una restitución a la hora de la muerte; ocho días después, llegó un pedido considerable; el dinero restituido sirvió para las primeras compras.
El trabajo se hizo con un ardor y una habilidad inconcebibles:
Me siento como impulsado —decía el artista.
Es que su asociado le ayudaba.
Confiando en este auxilio, que para él era tangible y real, notaba que crecía su inteligencia, su fuerza de voluntad, su destreza… Volvía el bienestar, y aun la fortuna.
Y mantuvo su palabra; y cada año dio a los pobres, por conducto de su hermano, la mitad de sus beneficios.
¿Por qué no intentar una sociedad semejante?
Toda sociedad supone:
Amistad entre los asociados.
Un capital común.
1.º La amistad. Por parte de Dios. ¿No veis que hay amistad tierna, real y práctica sobre todo? ¿No se entreaga Dios enteramente a vosotros? Y entregarse ¿no es amistad?
De vuestra parte. ¡Ah, si vaciláis en entregaros a Dios, en dejarle hacer lo que quiera de vosotros; si murmuráis contra los acontecimientos que permite, contra las personas de que os rodea… no le amáis bastante!
2.º El capital. Por parte de vosotros, deberá consistir en el celo para dar a conocer a Dios, en la caridad para soportar, cuidar, amar a los hijos de Dios, es decir, a nuestro prójimo, en la aplicación al deber cotidiano con espíritu de sumisión a su voluntad.
Por parte de Dios… no sé precisamente lo que Dios pondría, pero lo que sé es que una vez constituida seriamente la sociedad, se produce en el alma una sensación de paz que aleja toda inquietud, una fuerza que nada quebranta, una actividad asombrosa para el trabajo.
Se siente uno apoyado por un ser invisible, pero poderoso, y lo que hacemos, está realmente mejor hecho.
Lo que se llama éxito material puede faltar alguna vez, pero ya no experimentamos aquellas decepciones que otras veces humillaban y desanimaban; no solamente nos mostramos tranquilos, siempre dispuestos a continuar el trabajo cotidiano, sino que estamos seguros de que hay un provecho real aun en el fracaso.
Una vez más ¿por qué no intentar una sociedad con Dios?
* * *
Noticias Cristianas: «Historias para amar a Dios n.º 5»
Hay un pajarito que en medio de los rigores del invierno, cuando las demás aves han emigrado por temor de la nieve y de los hielos, se queda único señor del bosque, y por esta razón se le llama el pajarito del frío.
Cuenta una tradición que en una ocasión en que el sol estaba escondido detrás de unas nubes grises, y una niebla fría envolvía como una gasa sutil árboles y casas, salió a pasear por el bosque el Genio del Frío para gozarse en su obra: cuando hirió sus oídos el alegre canto del pajarillo.
— ¿Dónde pasaste la noche?, le preguntó.
—Entré en una cuadra. Y ¡qué calentito se estaba allí!
—Donde entras tú, también podré entrar yo, gruñó el Frío, al siguiente día se encontró en el bosque al reyezuelo, destrenzando arpegios y trinos como si tal cosa.
—¡Demonio de bicho!, pensó para su capote el Frío. Dime bribón: ¿No te has muerto todavía?
El pajarillo, reyezuelo del bosque, siguió lanzando al aire sus primorosos gorjeos.
—¿Qué cantas?, preguntó de mal talante el Frío. ¿Dónde has pasado la noche que tan cantarín estás?
—Me acurruqué en un huequecito que había en el techo de un lavadero en que las lavanderas habían hecho hervir la lejía.
—Bueno, bueno. Ya llegaré yo también hasta allí, volvió a gruñir el Frío mientras se alejaba.
¡Cómo heló aquella noche! Hasta el agua cliente de la lejía se enfrió y llegó a helarse.
A la mañana siguiente el pajarillo cantaba nuevamente. El Frío, asombrado, vencido, le volvió a preguntar airado:
—Pero, ¿no has muerto?
—¿Morir? ¿Por qué?
—¿Pues dónde pasaste la noche?
—Estuve junto al corazón de una madre, que tenía estrechamente abrazado a su chiquitín, para defenderlo del frío. Te aseguro que lugar más caliente no lo hubiera podido encontrar.
El Frío exclamó con visible mal humor: ¡Este es un sitio a donde yo jamás podré llegar!
Y tenía razón, porque el frío de la indiferencia o del olvido podrá llegar a muchos corazones, pero jamás al corazón de una madre.
* * *
Noticias Cristianas: «Historias para amar al prójimo n.º 6»
En tiempo de S. Gregorio vivía un estudiante a quien, en su infancia, su buena madre había educado muy cristianamente inculcándole una tierna devoción a la gloriosa Virgen María.
No obstante, como quedó huérfano siendo aún muy joven, fue arrastrado por el torbellino de la vida; y aunque de vez en cuando invocaba a la Madre de Dios, llevaba una vida bastante desordenada.
La Virgen, como buena madre de todos los huérfanos, tuvo compasión de él; y una noche en que se había acostado muy tarde por haber estado de francachela, tuvo la visión, en sueños, del Juicio Final.
Vio cómo la mayor desolación se esparcía por toda la tierra; cómo se desbordaban los mares y ríos, los volcanes arrojaban fuego y lava, los astros caían del firmamento, ciudades enteras quedaban sepultadas con todos sus habitantes, las montañas se hundían con horrísono estruendo, y el hambre, la guerra, la peste, la miseria y la muerte cundían por doquier.
En tan terribles instantes, cuando ya en el mundo no quedaba un ser viviente, bajaban los ángeles del cielo tocando unas largas y potentes trompetas, a cuyo sonido se levantaban todos los muertos tomando carne mortal. Entonces, en una nube de gloria vio descender al divino Crucificado, quien, sentado en un trono que formaban las nubes, iba juzgando a unos y a otros, Allí se veía cómo iban saliendo las faltas y los pecados de todos, y cómo ni los padres podían salvar a los hijos, ni los hijos a los padres; cada uno era responsable de sus propios actos.
Jesucristo los iba enviando, unos a la derecha y otros a la izquierda; los de la derecha marchaban derechitos a la gloria del Padre, y los de la izquierda eran sepultados en los profundos infiernos, donde debían arder eternamente y ser martirizados por los demonios.
El joven se encontraba entre la multitud de almas que habían de ser juzgadas. Mirándose a sí mismo y comprendiendo que por todos sus pecados estaba irremisiblemente condenado, no sabía qué hacer para salvarse y se iba corriendo hacia atrás, con el fin de retardar más su condenación.
Tanto y tanto retrocedió, que al final se vio separado de la gente y se encontró completamente solo.
Levantando los ojos hacia arriba, como buscando alguna ayuda, distinguió a la gloriosa Virgen María, y empezó a dar gritos diciéndole que tuviera compasión de él; que puesto que Ella era abogada de los pecadores, intercediese cerca de su divino Hijo para que le perdonase y le permitiese entrar en la Gloria ya que todo el mundo sabía que a su Madre no le negaba nada.
La Virgen, con una dulce sonrisa, le prometió interceder por él; pero le dijo que habría que hacer mucha penitencia como desagravio a la Divina Majestad por lo mucho que la había ofendido.
El joven se lo prometió así, y desapareciendo de sus ojos la divina visión, sintió que le llamaban ante el Tribunal de Dios.
La impresión que le produjo aquella llamada le despertó, y al levantarse y mirarse en el espejo pudo comprobar que sus cabellos, que eran negros como el ébano, se habían vuelto blancos como la nieve de las colinas. El estudiante comprendió claramente que había recibido un aviso de la Santísima Virgen para que se corrigiera y cambiara de vida; y abandonando todos los bienes terrenos, entró en una orden religiosa y murió santamente.
La noticia de lo sucedido cundió muy pronto por toda la ciudad; ante tal hecho muchos hicieron penitencia y glorificaron más y más a la soberana Reina de los Cielos.
¡Cuántos seres, si pudieran ver claramente su alma, como el estudiante de la leyenda, se quedarían horripilados al ver la sentencia que les espera en el Juicio de Dios!
* * *
Noticias Cristianas: «Historias para amar a la Virgen n.º 2» en Historias para amar, pp. 36-38.
Camino de la ciudad, andaba enteramente solo un viajero. Era a la puesta del sol.
El rostro del viajero era siniestro; bajo sus espesas cejas erizadas, brillaban sus ojos cual si fueran ascuas. Horrible sonrisa se dibujaba en sus labios; y, centelleantes, como briznas de acero enrojecidas al horno, tenía erizados sus cabellos.
De las arrugas de su cráneo manaba un sudor infecto, cuyas gotas corrían el suelo como la mordedura de un ácido.
A su paso temblaba la tierra y producía extraños ruidos; las aves interrumpían sus cantos y ocultaban a sus pequeñuelos bajo sus alas; los árboles gemían como en los días en que el viento ruge de cólera, y la hierba, en el espacio en que era cubierta por la sombra del caminante, quedaba negra como si hubiera sido quemada por una lluvia de carbones encendidos.
Cuando, al pasar junto a una fuente, el viajero hundió en ella la extremidad de su bastón, el agua se puso a hervir de pronto; se vio subir por el aire una espesa niebla y el líquido quedó turbio como el fango de un pantano.
Mientras caminaba, cantaba el viajero una canción de aire desconocido, siniestro, capaz de infundir pavor a los hombres más valientes; esta impía canción asustó a los ecos, y no se atrevieron a repetirla.
Caminaba asomándose a todas las ventanas de las casas en que, dormidos o despiertos, había seres humanos; y a medida que se asomaba, salía de su boca como un humo espeso que, atravesando las paredes penetraban en el alma de los que allí estaban y daba a su fisonomía un no sé qué extraño y aterrador.
Mas en las casas en donde, ello no obstante, nada parecía haber cambiado, se oían sonidos apenas articulados que parecían blasfemias.
Luego se enderazaba el caminante rechinando los dientes, y continuaba su camino, sin dejar de visitar ninguna casa.
Mas he aquí que a veces se detenía temblando, y luego retrocedía espantado… Es que había visto en la cuna del niño, o a la cabecera de una piadosa madre, Un crucifijo. Sus odiosos rasgos se contraían un instante, luego continuaba su camino, yendo siempre de casa en casa.
Terminado su viaje, se sentó a la puerta de la ciudad, prorrumpió en una aguda carcajada y murmuró: Mi amo estará satisfecho.
Este viajero era un emisario del infierno, que tenía por misión sembrar el pecado.
Noticias Cristianas: «Historias para amar a Dios n.º 5» enHistorias para amar,pp. 14-15.
Un científico, que vivía preocupado con los problemas del mundo, estaba resuelto a encontrar los medios para aminorarlos. Pasaba días en su laboratorio en busca de respuestas para sus dudas.
Cierto día, su hijo de siete años invadió su santuario decidido a ayudarlo con el trabajo. El científico, nervioso por la interrupción, le pidió al niño que fuese a jugar a otro lugar. Viendo que era imposible sacarlo, el padre pensó en algo que pudiese darle, con el objetivo de distraer su atención. De repente, encontró una revista en cuya contratapa había un mapa del mundo, ¡justo lo que precisaba!
Con unas tijeras recortó el mapa en varios pedazos y junto con un rollo de cinta se lo entregó a su hijo diciendo:
—Como te gustan los rompecabezas, te voy a dar el mundo todo roto, para que lo repares sin ayuda de nadie.
Entonces, calculó que al pequeño le llevaría un par de horas componer el mapa, y él tendría una tarde tranquila para seguir pensando e investigando sobre los problemas más acuciantes del mundo.
Pero, para su sorpresa, no fue así. Pasados algunos minutos, escuchó la voz del niño que lo llamaba calmadamente:
—¡Papá, papá, ya hice todo! ¡Conseguí terminarlo!
Al principio, el padre no dio crédito a las palabras del niño. Pensó que sería imposible que, a su edad, hubiera conseguido recomponer un mapa que jamás había visto antes. Desconfiado, el científico levantó la vista de sus anotaciones con la certeza de que vería el trabajo digno de un niño.
¡Para su gran asombro, el mapa estaba completo! Todos los pedazos habían sido colocados en sus debidos lugares. ¿Cómo era posible? ¿Cómo el niño había sido capaz?
—¡Hijito, tú no sabías cómo era el mundo! ¿Cómo lograste armarlo?
—Papá, yo no sabía cómo era el mundo, pero cuando sacaste el mapa de la revista para recortarlo, vi que del otro lado estaba la figura de un hombre. Así que di vuelta los recortes y comencé a recomponer al hombre, que sí sabía como era.
¡Cuando conseguí arreglar al hombre, di vuelta la hoja y vi que había arreglado al mundo…!
Basado en Mamerto Menapace: «Solución Sencilla», Inventario de cuentos, p. 13.
* * *
Para la reflexión personal
¡Cuántas veces necesitamos tomar distancia de las cuestiones que nos aquejan o preocupan y las soluciones aparecen a la vista! Quizás, se trate de dar vuelta los problemas, para encontrar el costado más sencillo y el comienzo de una resolución. Hay veces que es cuestión de barajar de vuelta y observar las cosas desde un punto de vista diferente. Lo individual involucra lo social, lo micro se ve reflejado en lo macro, lo pequeño en lo grande y viceversa.
Evidentemente los problemas del mundo se solucionan cuando resolvemos los problemas del hombre. La solución, sin embargo, está en los hombres mismos. El cosmos tiene en sí el germen para resolver los grandes problemas que acucian a la humanidad. Dios nos ha regalado todas nuestras capacidades para ponerlas al servicio de la humanidad, especialmente de los más necesitados.
El sentido último del trabajo del hombre en el mundo es completar la creación de Dios, de manera que todos los hombres y mujeres puedan vivir con dignidad y armonía. En el compromiso y en la acción concreta; en el hombre como artífice y co–creador de su historia, se encuentra el destino de la humanidad.
Para compartir en familia o en grupo
¿Cuál es el problema del mundo que más nos preocupa? Realizar un listado en común.
¿En qué medida podemos hacer algo para solucionar parte de esos problemas?
Enumerar, grupalmente, cinco acciones concretas, a nuestro alcance que pueden ayudarnos a resolver dichos problemas.
De las cinco acciones planteadas, elegir una para llevar a la práctica entre todos.
Plantearnos un proyecto en común para desarrollar; teniendo en cuenta objetivos, cursos de acción, responsabilidades, plazos, etc. para emprender dicho proyecto.
Apenas su padre se había sentado al llegar a casa, dispuesto a escucharle como todos los días lo que su hija le contaba de sus actividades en el colegio, cuando está en voz algo baja, como con miedo, le dijo:
— ¿Papa?
— Sí, hija, cuéntame
— Oye, quiero… que me digas la verdad
— Claro, hija. Siempre te la digo —respondió el padre un poco sorprendido
— Es que… —titubeó Blanca
— Dime, hija, dime.
— Papá, ¿existen los Reyes Magos?
El padre de Blanca se quedó mudo, miró a su mujer, intentando descubrir el origen de aquella pregunta, pero solo pudo ver un rostro tan sorprendido como el suyo que le miraba igualmente.
— Las niñas dicen que son los padres. ¿Es verdad?
La nueva pregunta de Blanca le obligó a volver la mirada hacia la niña y tragando saliva le dijo:
— ¿Y tú qué crees, hija?
— Yo no sé, papá: que sí y que no. Por un lado me parece que sí que existen porque tú no me engañas; pero, como las niñas dicen eso.
— Mira, hija, efectivamente son los padres los que ponen los regalos pero…
— ¿Entonces es verdad? —cortó la niña con los ojos humedecidos—. ¡Me habéis engañado!
— No, mira, nunca te hemos engañado porque los Reyes Magos sí que existen —respondió el padre cogiendo con sus dos manos la cara de Blanca.
— Entonces no lo entiendo, papá.
— Siéntate, Blanquita, y escucha esta historia que te voy a contar porque ya ha llegado la hora de que puedas comprenderla —dijo el padre, mientras señalaba con la mano el asiento a su lado.
Blanca se sentó entre sus padres ansiosa de escuchar cualquier cosa que le sacase de su duda, y su padre se dispuso a narrar lo que para él debió de ser la verdadera historia de los Reyes Magos:
— Cuando el Niño Jesús nació, tres Reyes que venían de Oriente guiados por una gran estrella se acercaron al Portal para adorarle. Le llevaron regalos en prueba de amor y respeto, y el Niño se puso tan contento y parecía tan feliz que el más anciano de los Reyes, Melchor, dijo:
— ¡Es maravilloso ver tan feliz a un niño! Deberíamos llevar regalos a todos los niños del mundo y ver lo felices que serían.
— ¡Oh, sí! —exclamó Gaspar—. Es una buena idea, pero es muy difícil de hacer. No seremos capaces de poder llevar regalos a tantos millones de niños como hay en el mundo.
Baltasar, el tercero de los Reyes, que estaba escuchando a sus dos compañeros con cara de alegría, comentó:
— Es verdad que sería fantástico, pero Gaspar tiene razón y, aunque somos magos, ya somos ancianos y nos resultaría muy difícil poder recorrer el mundo entero entregando regalos a todos los niños. Pero sería tan bonito.
Los tres Reyes se pusieron muy tristes al pensar que no podrían realizar su deseo. Y el Niño Jesús, que desde su pobre cunita parecía escucharles muy atento, sonrió y la voz de Dios se escuchó en el Portal:
— Sois muy buenos, queridos Reyes Magos, y os agradezco vuestros regalos. Voy a ayudaros a realizar vuestro hermoso deseo. Decidme: ¿qué necesitáis para poder llevar regalos a todos los niños?
— ¡Oh, Señor! —dijeron los tres Reyes postrándose de rodillas. Necesitaríamos millones y millones de pajes, casi uno para cada niño que pudieran llevar al mismo tiempo a cada casa nuestros regalos, pero no podemos tener tantos pajes., no existen tantos.
— No os preocupéis por eso —dijo Dios—. Yo os voy a dar, no uno sino dos pajes para cada niño que hay en el mundo.
— ¡Sería fantástico! Pero, ¿cómo es posible? —dijeron a la vez los tres Reyes Magos con cara de sorpresa y admiración.
— Decidme, ¿no es verdad que los pajes que os gustaría tener deben querer mucho a los niños? —preguntó Dios.
— Sí, claro, eso es fundamental — asistieron los tres Reyes.
— Y, ¿verdad que esos pajes deberían conocer muy bien los deseos de los niños?
— Sí, sí. Eso es lo que exigiríamos a un paje —respondieron cada vez más entusiasmados los tres.
— Pues decidme, queridos Reyes: ¿hay alguien que quiera más a los niños y los conozca mejor que sus propios padres?
Los tres Reyes se miraron asintiendo y empezando a comprender lo que Dios estaba planeando, cuando la voz de nuevo se volvió a oír:
— Puesto que así lo habéis querido y para que en nombre de los Tres Reyes Magos de Oriente todos los niños del mundo reciban algunos regalos, YO, ordeno que en Navidad, conmemorando estos momentos, todos los padres se conviertan en vuestros pajes, y que en vuestro nombre, y de vuestra parte regalen a sus hijos los regalos que deseen. También ordeno que, mientras los niños sean pequeños, la entrega de regalos se haga como si la hicieran los propios Reyes Magos. Pero cuando los niños sean suficientemente mayores para entender esto, los padres les contarán esta historia y a partir de entonces, en todas las Navidades, los niños harán también regalos a sus padres en prueba de cariño. Y, alrededor del Belén, recordarán que gracias a los Tres Reyes Magos todos son más felices.
Cuando el padre de Blanca hubo terminado de contar esta historia, la niña se levantó y dando un beso a sus padres dijo:
— Ahora sí que lo entiendo todo papá. Y estoy muy contenta de saber que me queréis y que no me habéis engañado.
Y corriendo, se dirigió a su cuarto, regresando con su hucha en la mano mientras decía:
— No sé si tendré bastante para compraros algún regalo, pero para el año que viene ya guardaré más dinero.
Y todos se abrazaron mientras, a buen seguro, desde el Cielo, tres Reyes Magos contemplaban la escena tremendamente satisfechos.
Un hermoso día de primavera, una pareja de avecillas —eran grises e insignificantes— estaban sentadas en su nido, en un arbusto denso que se apoyaban en el muro de Jerusalén. En el nido había tres pequeños huevos. Dentro de pocos días debían salir los pichones.
De repente desde la cercana puerta de la ciudad se oía una gritería. Apareció una masa de gente enardecida de cólera. Un soldado sentado en su caballo abría el desfile de los militares armados. Luego se veía a tres hombres, cargando cada uno con su cruz. Uno de ellos llamaba la atención por su porte noble en medio de la tortura y humillación. A los que llevaban al Gólgota, donde se realizaban los ajusticiamientos de muerte.
Entonces acontecieron muchas cosas que no se podían distinguir bien. Pero luego la pareja de avecillas vio lo siguiente: el hombre de porte noble —Jesucristo, nuestro Salvador— fue estrechado sobre la cruz que se había tirado al suelo. Un tipo particularmente rudo sacó un clavo del grosor de un dedo meñique, de 20 centímetros de largo. Arrastró la mano hasta el extremo del transversal y comenzó a clavar la mano en la madera. Cuando vieron esto las avecillas, sus plumas se pusieron de punta de terror. El ave madre dijo: «Tenemos que ayudar». El papá dijo: » Sencillamente les quitamos los clavos». Dicho y hecho. Volaron al lugar de la crucifixión y se sentaron en la cajita de los clavos. El ave mamá tomó la punta más delgada en su pico y el papá la parte superior. Con mucho esfuerzo levantaron vuelo. Cuando llegaron al arbusto dejaron caerlo entre las ramas y desapareció. Antes de continuar con la tarea tenían que mirar el nido para asegurarse que todo estaba bien. Cuando llegaron de nuevo al lugar donde estaban las cruces el verdugo estaba justo clavando la otra mano de Jesús en la cruz. Vio a las avecillas y les gritó: «¡Malditas, aléjense!» Y los ahuyentó con su pesado martillo. Luego buscó los clavos restantes y encontró solo uno, el tercero. Lo agarró y blasfemaba porque le hacía falta el cuarto clavo. Le habían malogrado su cruel tarea. ¿Cómo continuar con la crucifixión? Luego puso los pies de Jesús uno sobre el otro y los perforó son un solo clavo para fijarlos en la cruz.
Con mucha gritería e insultos levantaron la cruz. Cuando las avecillas vieron a Jesús colgado entre tantos dolores, dijo el papá: «Lo que se ha clavado se puede sacar otra vez. Ven, vamos a sacar los clavos». Ambas avecillas volaron hasta la cruz, se sentaron en el palo horizontal e intentaron con un máximo esfuerzo sacar el clavo. Sus fuerzas no eran suficientes para logarlo. Jesús los miró con gratitud. Luego volvieron a su nido. Allí vieron que las plumas de sus pechos estaban pintadas de rojo con la sangre de la mano de Jesús.
El día domingo los pichones salieron de sus huevos. Era la mañana de Pascua de Resurrección. Los papás alimentaban a sus pequeños y trajeron lo mejor que podían encontrar. Cuando hicieron una pausa, sentados en el borde del nido, la mamá dijo: «Papá, mira. Nuestros hijos tienen plumas rojas». El papá miró y dijo: «Es verdad. Justo donde también nosotros tenemos las manchas de sangre del crucificado de anteayer». —Él nos lo ha dejado a nosotros y a nuestros niños como recuerdo», dijo la mamá. Era verdad. Como señal de gratitud por su esfuerzo por el Salvador crucificado estas avecillas grises y insignificantes llevan un el pecho y la garganta una mancha roja. Por eso se llaman petirrojos. En cada Santa Misa estamos junto a la cruz. Su pasión y su muerte, su sacrificio es para nosotros. Recordamos como Jesús sufrió tanto por nosotros el Viernes Santo. Debería sucedernos igual que a las avecillas grises: Que nos preocupemos por Jesús, que le ayudemos, que tomemos parte en su sacrificio que le ayudemos en su cuidado por los hombres. Entonces seremos marcados y sellados por Jesús. No llevamos una mancha roja visible. Sin embargo nuestro corazón estará lleno de Él, dispuesto para Él y del mismo sentir con Él. El Apóstol San Pablo dice: «Cristo vive en mí y yo en Él». Este es el efecto más hermoso de la Santa Misa: Cuando el cristiano se convierte más y más en Cristo.