Santa Luisa de Marillac, fundadora de las Hermanas Vicentinas

Santa Luisa de Marillac, fundadora de las Hermanas Vicentinas

Nació en Francia el 12 de Agosto de 1591. Huérfana a los 14 años, sintió un fuerte deseo de hacerse religiosa, pero por su delicada salud, y su débil constitución no fue admitida. Un sacerdote le dijo: «Probablemente, Nuestro Señor te ha destinado a formar un hogar».

Se casó entonces con Antonio Le Grass, secretario de la reina de Francia, María de Médicis.

Dicen sus biógrafos: «Luisa fue un modelo de esposa. Con su bondad y amabilidad logró transformar a su esposo que era duro y violento, y hasta obtuvo que en su casa todos rezaran en común las oraciones de cada día».

Dios le concedió un hijo, al cuál amó de tal manera que San Vicente le escribió diciéndole: «Jamás he visto una madre tan madre como usted».

Y en otra carta le dice el santo: «Que felicidad nos debe traer el pensar que somos hijos de Dios. Pues Nuestro Señor nos ama con afecto muchísimo más grande que el que Usted le tiene a su hijo. Y eso que yo no he visto en ninguna otra madre un amor tan grande por el propio hijo, como el que Usted tiene hacia el suyo».

A los 34 años queda viuda y entonces decide hacerse religiosa. «Ya he servido bastante tiempo al mundo, ahora me dedicaré totalmente a servir a Dios». Claro está que en la vida «mundana» que había tenido se había comportado tan sumamente bien que los que la conocieron están de acuerdo en afirmar que lo más probable es que ella no cometió ni siquiera un solo pecado mortal en toda su vida.

Esta santa mujer tuvo la dicha inmensa de tener como directores espirituales a dos santos muy famosos y extraordinariamente guías de almas: San Francisco de Sales y San Vicente de Paúl. Con San Francisco de Sales tuvo frecuentes conversaciones espirituales en París en 1618 (tres años antes de la muerte del santo) y con San Vicente de Paúl trabajó por treinta años, siendo su más fiel y perfecta discípula y servidora.

San Vicente de Paúl había fundado grupos de mujeres que se dedicaban a ayudar a los pobres, atender a los enfermos e instruir a los ignorantes. Estos grupos de caridad existían en los numerosos sitios en donde San Vicente había predicado misiones, pero sucedía que cuando el santo se alejaba los grupos disminuían su fervor y su entusiasmo. Se necesitaba alguien que los coordinara y los animara. Y esa persona providencial iba a ser Santa Luisa de Marillac.

Cuando Luisa se ofreció para coordinar y dirigir los grupos de caridad, el santo se entusiasmó y le escribió diciendo: «Vaya en nombre del Señor. Que Dios la acompañe. Que El sea su fuerza en el trabajo y su consuelo en las dificultades».

En aquellos tiempos los viajes eran muy penosos y peligrosos. Los caminos eran largos, las comidas malas, y los alojamientos incómodos. La santa tenía una constitución muy débil, pero San Vicente exclamaba: «Su salud es poca, sus tribulaciones son muchas y su actividad es infatigable. Pero sólo Dios sabe la fuerza de ánimo y de voluntad que esta mujer tiene».

Dicen sus biógrafos que Luisa recorría el país visitando las asociaciones de caridad y que levaba siempre gran cantidad de ropas y medicinas para regalar y que casi todo lo compraba con dinero que ella misma por sus propios esfuerzos había conseguido.

Apenas llegaba al lugar, reunía a las mujeres de la asociación de la caridad, les recordaba los deberes y virtudes que debían cumplir quienes formaban parte de aquella asociación, las entusiasmaba con sus recomendaciones y se esforzaba por conseguir nuevas socias. Ella misma visitaba a los enfermos e instruía a los ignorantes y repartía ayuda a los pobres, y esto lo hacía con tal entusiasmo y tan grande bondad, que cuando marchaba de ahí, quedaba todo renovado y rejuvenecido.

La familia Marillac, que ocupaba altos puestos en el gobierno, cayó en desgracia del rey Luis Trece y uno fue condenado a muerte y otros fueron a la cárcel. Luisa, aunque sufría mucho a causa de esto, no permitía que nadie hablara mal en su presencia contra el rey, y su primer ministro Richelieu que tanto los habían hecho padecer.

En 1633, el 25 de marzo, las primeras cuatro jóvenes hacen votos de pobreza, castidad y obediencia, bajo la dirección de Luisa, Así nació la más grande comunidad femenina que existe, las Hermanas Vicentinas, Hijas de la Caridad.

San Vicente les hizo este reglamento: «Por monasterio tendrán las casas de los enfermos. Por habitación una pieza arrendada. Por claustro tendrán las calles donde hay pobres que socorrer. Su límite de acción será la obediencia. Puerta y muro de defensa será el temor de ofender a Dios. El velo protector será la modestia o castidad»

En aquellos años de 1633, Francia estaba pasando por una situación dificilísima de guerras, miseria, ignorancia y abandono. Fue entonces cuando guiadas por el incansable San Vicente de Paúl, las Hijas de la Caridad se dedicaron a colaborar en todos los frentes posibles, para socorrer a los más necesitados.

Santa Luisa consiguió una casa grande y allí reunía a los pordioseros y los ponía a trabajar. Las mujeres a hilar y a coser y los hombres a hacer diversas obras manuales. Así los fue transformando en personas útiles a la sociedad. La alegría y el trabajo reinaban en aquel inmenso asilo ocupado por la mayoría de los mendigos de París. Y las Vicentinas los atendían con exquisita caridad.

Consiguió otra casa y allí recogía a los locos o enfermos mentales, y a base de una buena alimentación y de medicinas y de mucho cariño, con sus religiosas los atendía esmeradísimamente, y lograba en muchísimos casos su recuperación.

En 1655, el Arzobispado de París le concede la aprobación a la Nueva Comunidad. Y San Vicente reúne a sus religiosas y les dice: «De hoy en adelante llevarán siempre el nombre de Hijas de la Caridad. Conserven este título que es el más hermoso que puedan tener».

De Santa Luisa se puede decir lo que Fray Luis de León dijo acerca de Santa Teresa: «Para conocer cómo era su personalidad, basta conocer cómo fueron las religiosas que ella formó y las obras que escribió». Las religiosas formadas por Luisa fueron personas dedicadas con cuerpo y alma y por toda la vida a las obras de la caridad y de apostolado. Y sus escritos causan asombro al considerar de dónde sacó tiempo para escribir centenares de cartas con consejos muy prácticos y provechosos, y para resumir las numerosas conferencias que dictaba San Vicente, copiarlas y hacerlas circular, y para hacer extractos de las meditaciones y de los Retiros Espirituales que predicaba el Santo, y formar así tres volúmenes de 1,500 páginas. Y todo esto en medio de una actividad asombrosa en favor de los enfermos, mendigos e ignorantes.

Trece años antes de que ella muriera, dijo San Vicente: «La hermana Luisa, por su debilidad y agotamiento debería haber muerto hace diez años. Al verla, parece que hubiera salido de una tumba: tan débil está su cuerpo y tan pálido su rostro. Pero sin embargo, trabaja y trabaja sin dejarse vencer por el cansancio».

San Vicente no pudo asistir a su santa discípula en la hora de la muerte porque el se hallaba también muy enfermo pero le escribió una nota diciéndole: «Usted se va adelante hacia la eternidad. Pero yo la seguiré muy pronto, y nos volveremos a ver en el cielo». Y así sucedió.

El 15 de Marzo de 1660, después de sufrir una dolorosa enfermedad y la gangrena de un brazo murió santamente, dejando fundada y muy extendida la más grande comunidad de religiosas. (San Vicente murió el 27 de Septiembre de ese mismo año).

Las 33,000 religiosas vicentinas o hijas de la Caridad tienen más de 3.300 casas en el mundo. En la casa donde está sepultada su fundadora, en París, allí mismo sucedieron las apariciones de la Virgen de la Medalla Milagrosa a la vicentina Santa Catalina Labouré. Las religiosas fundadas por Santa Luisa se dedican exclusivamente a obras de caridad.

El Papa Pío XI declaró santa a Luisa de Marillac en 1934, y el san Juan XXIII la declaró Patrona de los Asistentes Sociales.

Fuente: EWTN.com

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Otras biografías en la red

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Recursos audiovisuales

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San Vicente de Paúl – Película –

San Vicente de Paúl – Película –

Así pues, hermanos míos, vayamos y ocupémonos con un amor nuevo en el servicio de los pobres, y busquemos incluso a los más pobres y abandonados; reconozcamos delante de Dios que son ellos nuestros señores y nuestros amos, y que somos indignos de rendirles nuestros pequeños servicios.

San Vincente de Paúl

Fundador de La Congregación de la Misión

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Monsieur Vincent es una película francesa del año 1947 que narra la vida del sacerdote Vicente de Paúl, conocido como el santo de la caridad, quien pasó la mayor parte de su vida dedicado a la caridad con los más pobres en una Francia del siglo XVII devastada por las epidemias de peste negra.

La película fue galardonada en 1949 con un Óscar honorífico a la mejor película de habla no inglesa.

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San Vincente de Paúl (película en Gloria TV)

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San Vicente de Paúl (película en Youtube)

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San Vicente de Paúl – Ficha de la película

Título original: Monsieur Vincent

Año: 1947

Duración: 111 min.

Género: Drama | Biográfico

Director: Maurice Cloche

Guión: Maurice Cloche, Jean Bernard-Luc, Jean Anouilh

Música: Jean-Jacques Grünenwald

Fotografía: Claude Renoir

Reparto: Pierre Fresnay, Aimé Clariond, Jean Debucourt, Lise Delamare, Germaine Dermoz, Gabrielle Dorziat, Pierre Dux, Michel Bouquet, Yvonne Gaudeau, Jean Carmet, Gabrielle Fontan

Oscar en 1949, premio especial a la mejor película en lengua extranjera

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Vida de san Vicente de Paúl – Obra audiovisual para niños

Vida de san Vicente de Paúl – Obra audiovisual para niños

[…] nuestra vocación no consiste en ir a una parroquia ni sólo a un obispado, sino a toda la tierra; y ¿para qué? Para inflamar el corazón de los hombres, para hacer lo que hizo el Hijo de Dios, que vino para prender fuego en el mundo, a fin de inflamarlo con su amor. Por tanto, es verdad que soy enviado, no sólo para amar a Dios, sino también para hacer que los demás lo amen. No me basta amar a Dios si mi prójimo no lo ama.

San Vicente de Paul, fundador de La Congregación de la Misión

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Vida de san Vicente de Paúl – Primera parte

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Vida de san Vicente de Paúl – Segunda parte

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Vida de san Vicente de Paúl – Tercera parte

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Biografía de san Vicente de Paul en la Enciclopedia Católica Online

San Vicente de Paúl, el santo de la Caridad

San Vicente de Paúl, el santo de la Caridad

¡Cómo! ¡Ser cristiano y ver afligido a un hermano, sin llorar con él ni sentirse enfermo con él! Eso es no tener caridad; es ser cristiano en pintura.

San Vicente de Paul

Fundador de La Congregación de la Misión

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Biografía de san Vicente de Paul

Nació San Vicente en el pueblecito de Pouy en Francia, en 1580. Su niñez la pasó en el campo, ayudando a sus padres en el pastoreo de las ovejas. Desde muy pequeño era sumamente generoso en ayudar a los pobres.

San Vicente de Paul: contexto histórico y juventud

Los papás lo enviaron a estudiar con los padres franciscanos y luego en la Universidad de Toulouse, y a los 20 años, en 1600 fue ordenado de sacerdote.

Dice el santo que al principio de su sacerdocio lo único que le interesaba era hacer una carrera brillante, pero Dios lo purificó con tres sufrimientos muy fuertes.

1º. El Cautiverio. Viajando por el mar, cayó en manos de unos piratas turcos los cuales lo llevaron como esclavo a Túnez donde estuvo los años 1605, 1606 y 1607 en continuos sufrimientos.

2º. Logró huir del cautiverio y llegar a Francia, y allí se hospedó en casa de un amigo, pero a este se le perdieron 400 monedas de plata y le echó la culpa a Vicente y por meses estuvo acusándolo de ladrón ante todos los que encontraba. El santo se callaba y solamente respondía: «Dios sabe que yo no fui el que robó ese dinero». A los seis meses apareció el verdadero ladrón y se supo toda la verdad. San Vicente al narrar más tarde este caso a sus discípulos les decía: «Es muy provechoso tener paciencia y saber callar y dejar a Dios que tome nuestra defensa».

3º. La tercera prueba fue una terrible tentación contra la fe, que aceptó para lograr que Dios librara de esa tentación a un amigo suyo. Esto lo hizo sufrir hasta lo indecible y fue para su alma «la noche oscura». A los 30 años escribe a su madre contándole que amargado por los desengaños humanos piensa pasar el resto de su vida retirado en una humilde ermita. Cae a los pies de un crucifijo, consagra su vida totalmente a la caridad para con los necesitados, y es entonces cuando empieza su verdadera historia gloriosa.

San Vicente de Paul: conversión y madurez espiritual

Hace voto o juramento de dedicar toda su vida a socorrer a los necesitados, y en adelante ya no pensará sino en los pobres. Se pone bajo la dirección espiritual del Padre Berule (futuro cardenal) sabio y santo, hace Retiros espirituales por bastantes días y se lanza al apostolado que lo va a volver famoso.

Dice el santo «Me di cuenta de que yo tenía un temperamento bilioso y amargo y me convencí de que con un modo de ser áspero y duro se hace más mal que bien en el trabajo de las almas. Y entonces me propuse pedir a Dios que me cambiara mi modo agrio de comportarme, en un modo amable y bondadoso y me propuse trabajar día tras día por transformar mi carácter áspero en un modo de ser agradable». Y en verdad que lo consiguió de tal manera, que varios años después, el gran orador Bossuet, exclamará: «Oh Dios mío, si el Padre Vicente de Paúl es tan amable, ¿Cómo lo serás Tú?».

San Vicente contaba a sus discípulos: «Tres veces hablé cuando estaba de mal genio y con ira, y las tres veces dije barbaridades». Por eso cuando le ofendían permanecía siempre callado, en silencio como Jesús en su santísima Pasión».

Se propuso leer los escritos del amable San Francisco de Sales y estos le hicieron mucho bien y lo volvieron manso y humilde de corazón. Con este santo fueron muy buenos amigos.

Vicente se hace amigo del Ministro de la marina de Francia, y este lo nombra capellán de los marineros y de los prisioneros que trabajan en los barcos. Y allí descubre algo que no había imaginado: la vida horrorosa de los galeotes. En ese tiempo para que los barcos lograran avanzar rápidamente les colocaban en la parte baja unos grandes remos, y allá en los subterráneos de la embarcación (lo cual se llama galera) estaban los pobres prisioneros obligados a mover aquellos pesados remos, en un ambiente sofocante, en medio de la hediondez y con hambre y sed, y azotados continuamente por los capataces, para que no dejaran de remar.

San Vicente se horrorizó al constatar aquella situación tan horripilante y obtuvo del Ministro, Sr. Gondi, que los galeotes fueran tratados con mayor bondad y con menos crueldad. Y hasta un día, él mismo se puso a remar para reemplazar a un pobre prisionero que estaba rendido de cansancio y de debilidad. Con sus muchos regalos y favores se fue ganando la simpatía de aquellos pobres hombres.

El Ministro Gondi nombró al Padre Vicente como capellán de las grandes regiones donde tenía sus haciendas. Y allí nuestro santo descubrió con horror que los campesinos ignoraban totalmente la religión. Que las pocas confesiones que hacía eran sacrílegas porque callaban casi todo. Y que no tenían quién les instruyera. Se consiguió un grupo de sacerdotes amigos, y empezó a predicar misiones por esos pueblos y veredas y el éxito fue clamoroso. Las gentes acudían por centenares y miles a escuchar los sermones y se confesaban y enmendaban su vida. De ahí le vino la idea de fundar su Comunidad de Padres Vicentinos, que se dedican a instruir y ayudar a las gentes más necesitadas. Son ahora 4,300 en 546 casas.

San Vicente de PaulEl santo fundaba en todas partes a donde llegaba, unos grupos de caridad para ayudar e instruir a las gentes más pobres. Pero se dio cuenta de que para dirigir estas obras necesitaba unas religiosas que le ayudaran. Y habiendo encontrado una mujer especialmente bien dotada de cualidades para estas obras de caridad, Santa Luisa de Marillac, con ella fundó a las hermanas Vicentinas, que son ahora la comunidad femenina más numerosa que existe en el mundo. Son ahora 33,000 en 3,300 casas y se dedican por completo a socorrer e instruir a las gentes más pobres y abandonadas, según el espíritu de su fundador.

San Vicente poseía una gran cualidad para lograr que la gente rica le diera limosnas para los pobres. Reunía a las señoras más adineradas de París y les hablaba con tanta convicción acerca de la necesidad de ayudar a quienes estaban en la miseria, que ellas daban cuanto dinero encontraban a la mano. La reina (que se confesaba con él) le dijo un día: «No me queda más dinero para darle», y el santo le respondió: «¿Y esas joyas que lleva en los dedos y en el cuello y en las orejas?», y ella le regaló también sus joyas, para los pobres.

Parece casi imposible que un solo hombre haya podido repartir tantas, y tan grandes limosnas, en tantos sitios, y a tan diversas clases de gentes necesitadas, como lo logró San Vicente de Paúl. Había hecho juramento de dedicar toda su vida a los más miserables y lo fue cumpliendo día por día con generosidad heroica. Fundó varios hospitales y asilos para huérfanos. Recogía grandes cantidades de dinero y lo llevaba a los que habían quedado en la miseria a causa de la guerra.

Se dio cuenta de que la causa principal del decaimiento de la religión en Francia era que los sacerdotes no estaban bien formados. Él decía que el mayor regalo que Dios puede hacer a un pueblo es dale un sacerdote santo. Por eso empezó a reunir a quienes se preparaban al sacerdocio, para hacerles cursos especiales, y a los que ya eran sacerdotes, los reunía cada martes para darles conferencias acerca de los deberes del sacerdocio. Luego con los religiosos fundados por él, fue organizando seminarios para preparar cuidadosamente a los seminaristas de manera que llegaran a ser sacerdotes santos y fervorosos. Aún ahora los Padres Vicentinos se dedican en muchos países del mundo a preparar en los seminarios a los que se preparan para el sacerdocio.

San Vicente caminaba muy agachadito y un día por la calle no vio a un hombre que venía en dirección contraria y le dio un cabezazo. El otro le dio un terrible bofetón. El santo se arrodilló y le pidió perdón por aquella su falta involuntaria. El agresor averiguó quien era ese sacerdote y al día siguiente por la mañana estuvo en la capilla donde le santo celebraba misa y le pidió perdón llorando, y en adelante fue siempre su gran amigo. Se ganó esta amistad con su humildad y paciencia.

Siempre vestía muy pobremente, y cuando le querían tributar honores, exclamaba: «Yo soy un pobre pastorcito de ovejas, que dejé el campo para venirme a la ciudad, pero sigo siendo siempre un campesino simplón y ordinario».

En sus últimos años su salud estaba muy deteriorada, pero no por eso dejaba de inventar y dirigir nuevas y numerosas obras de caridad. Lo que más le conmovía era que la gente no amaba a Dios. Exclamaba: «No es suficiente que yo ame a Dios. Es necesario hacer que mis prójimos lo amen también».

El 27 de septiembre de 1660 pasó a la eternidad a recibir el premio prometido por Dios a quienes se dedican a amar y hacer el bien a los demás. Tenía 80 años.

El Santo Padre León XIII proclamó a este sencillo campesino como Patrono de todas las asociaciones católicas de caridad.

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Texto original en EWTN Television

Artículos audiovisuales en el portal web de La Congregación de la Misión

Breve biografía de san Vicente de Paul en formato pdf



San Vicente, diácono y mártir, con recursos audiovisuales

San Vicente, diácono y mártir, con recursos audiovisuales

Fue San Vicente uno de los mas ilustres mártires de la Iglesia de España, en quien se hizo mas visible cuanto puede la gracia de Jesucristo.

Nació en Huesca de una de las mejores y más distinguidas casas del país. Desde niño le entregaron sus padres al gobierno y a la dirección de Valerio obispo de Zaragoza, que le crió en toda piedad haciéndole instruir así en los misterios como en las obligaciones de la religión, sin olvidar el estudio de las ciencias humanas. En poco tiempo aprovecho mucho Vicente; y viendo el santo prelado los progresos que hacia en todo, le ordeno diacono de su Iglesia, encargándole el ministerio de la predicación, que no podía ejercitar el santo obispo por razón de su avanzada edad. Desempeñóle Vicente con dignidad y con feliz suceso porque predicando tanto con las obras como con las palabras, no solo enseñaba y fortalecía a los fieles, sino que también convertía a la fe mucho numero de gentiles.

Hacia el fin del año de 303, que fue el principio de la persecución que los emperadores Daciano y Maximiniano movieron en España, queriendo Daciano gobernador de la provincia de Tarragona, a cuya jurisdicción pertenecía a Zaragoza y Valencia ampliar su celo y su actividad en que fuesen obedecidos los decretos de los emperadores, mando prender a Valerio y a Vicente dando orden para que fuesen conducidos a Valencia cargados de cadenas. Lisonjeabase con la esperanza de que se desalanterarian con las fatigas y con los malos tratamientos que había encargado se le hiciesen en el camino; y le adquirirían la gloria de haber preso a los dos mayores héroes cristianos que se conocían a la sazón en la nación española. Pero quedo no poco admirado cuando los vio en su presencia tan frescos y robustos como si nada hubieran padecido, a pesar de las diligencias que se había hecho para matarlos de hambre en tan prolijo y penoso viaje.

Sugiriole a Daciano que para persuadir a unos hombres de aquel carácter tendrían por fuerza los buenos términos que la severidad y las amenazas. Con esta idea dirigía primero la palabra a Valerio, le presento que su avanzada edad estaba pidiendo de justicia algún descanso, y sus muchos achaques una vejes dulce y tranquila; que uno y otro lo hallaría obedeciendo a las ordenes justas de los emperadores.

Volviendo después a Vicente le dijo con afectada blandura: «tu hijo mío estoy seguro que no degeneras de la nobleza de tu sangre». Tienes talentos y eres noble por lo que espero te harás acreedor a las honras que la generosidad de los emperadores se dignaran dispensarte. Eres joven, eres galán, eres generoso, eres discreto, puedes esperar los grandes favores con que te brinda la fortuna la cual se te presenta colmada de gracias y de dichas. Para merecerlas no has menester más diligencias que abandonar la religión de tus padres ven hijo mío, ríndete a lo que ordenan los emperadores y te expongas por una obstinación a una muerte anticipada y afrentosa.

El santo viejo Valerio padecía alguna dificultad en la lengua y no podía explicarse bastante expedición por lo que ordenó a Vicente que respondiese por los dos.

Tomando este la palabra hablo a Daciano con valerosa intrepidez declarándole bajo concepto que hacían de los demonios transformados en dioses del imperio añadió «no creas que las amenazas de la muerte nos han de acobardar, ni las desdobles honras de la vida pueden movernos a faltar a nuestra obligación; porque as tener entendido que no hay cosa tan estimable ni tan dichosa en el mundo que se acerque de mil leguas al consuelo y a la honra de morir por Jesucristo».

Vacilo Daciano de la generosa libertad del santo diacono, se contento con desterrar a Valerio y descargo toda su cólera sobre San Vicente. Dio orden a los verdugos para que empleasen los tormentos más crueles y para que inventasen también los más terribles que pudiesen discurrir, a fin de vengar a los dioses del desprecio que se les habían hecho; y fueron ejecutadas sus ordenes con la mayor exactitud y en la mayor puntualidad.

Poniéndole al punto sobre la canasta aplicándole los cordeles, y comienzan a tirarle de piernas y las manos, jugando el artificio de aquella horrible maquina con tanta violencia que luego se oyó el ruido y se percibió la dislocación de todos los huesos de suerte apenas se mantenían los miembros unidos al cuerpo sino por pedazos de los nervios viendo el tirano que el santo se reía de aquel tormento, mando que rasgasen las espaldas con uñas o garfios acerados; lo que se ejecuto de un modo tan cruel, que se le descubrieron las costillas hasta el espinazo. Esperaba Daciano que el santo mártir lanzaría por lo menos un suspiro o dejaría corre alguna lágrima; pero queriendo el Señor dar a entender a los hombres que sabe muy bien cuando quiere endulzar las penas y trabajos que se padecen por su amor hizo que el santo sufriese este segundo suplicio contacta constancia y con tanta alegría como había sufrido el primero quedo atónito el tirano al ver aquella asombrosa tranquilidad del Santo Mártir en que los mas vivos dolores pero cuando le oyó hacer como burla y chacota de la maldad de los verdugos, y que al él mismo le desafiaba que le hiciese sufrir todo lo que se le antojase espumaba de cólera, teniéndolo por especie de insulto.

Sabiendo que las yagas en dejándose enfriar son mas dolorosas si se vuelven abrir ordeno que fuese despedazado de nuevo, lo que se hizo con tanta crueldad arranquandole crecidos pedazos de carne, dejaban ver patentes las entrañas donde corrían arroyos de sangra por todas partes, y solo se miraba un esqueleto que vivía en fuerza de milagro. Comprendió bien el tirano que en aquella constancia estaba alguna cosa sobre natural y que nunca podría vencer una fuerza tan superior a la suya mando que se cesasen los tormentos; pero, sin querer manifestarse vencido le ordeno que a lo menos le entregase los libros Sagrados para arrojarlos al fuego, ofreciéndole la vida si le obedecía en esto.

Vicente, con modo grato, pero santamente intrépido respondió al juez que el fuego con que amenazaba a los libros estaría mejor empleado en el mismo Santo para acabar el sacrificio en las llamas; y también me veo obligado a prevenirte añadió el invicto mártir, que algún día arderás tu por toda la eternidad en las del infierno sino a renuncias al culto de los falsos dioses.

Apurado todo el sufrimiento de Daciano al oír tan no esperada respuesta y no pudiendo contener la indignación en el pecho, mando que al instante le extendiesen en una cama de hierro ardiendo aplicándole por todo el cuerpo laminas o planchas encendidas.

Renovoce la alegría de Vicente a vista del nuevo tormento que le esperaba. Todo su gusto era pasar de un suplicio a otro, del eculio o del potro a las parrillas, las cuales se componían de unas barras atravesadas, no de plano, sino de esquinas, abiertas en forma de sierra y salpicadas a trechos de púas agudas a manera de rayo. Su elevaron era de una cuarta escasa, y se colocaban sobre cartones encendidos que estaba continuamente avivando los verdugos. Llenavanse todos de horror al ver aquel cuerpo medio desollado amarrado con cadenas a la parrilla cubierto de planchas ardiendo por la parte superior, mientras por la inferior le derretía el bracero. La grasa que el Santo cuerpo destilaba añadía mucha fuerza a la violencia del fuego y como si aquel conjunto de tormentos no bastase a causarle un dolor agudísimo y cruel, cuidaban los verdugos de avivársele, llenándole de sal las yagas y las heridas.

Permanecía Vicente inmóvil los ojos fijos en el cielo y el semblante risueño, adorando y bendiciendo sin cesar al Señor en aquella postura de inmolación y de victima. Pero como la mano del Todopoderoso se descubría tan visiblemente en la alegría y en la constancia de Santo Mártir no podía permanecer expuesto por mucho tiempo a los ojos del publico un espectáculo que tanto desacreditaba el culto de los ídolos todos admiraban la fuerza prodigiosa del paciente y hasta los mismos gentiles clamaban que aquello no podía ser sin gran milagro: de suerte que se vio precisado Daciano a mandar retirar al invicto mártir diacono. Encerrándole en un oscuro calabozo donde le tendieron para descansar sobre pedazos de hierro con severa prohibición de que no se le diese el menor alimento ni el mas ligero alivio pero el Señor tubo providencia de su ciervo, porque de repente bajo una celestial luz que despidió las tinieblas del calabozo, y al mismo tiempo derramo Dios en el alma de aquel héroe una divina dulzura, un consuelo de superior orden que le inundo de alegría hallase de repente restituido a su antigua robustez y mejorado en su natural hermosura exhalando de cuerpo un suavizo olor que llenaba de fragancia aquel lugar hediondo.

Bajaron a hacerle compañía escuadrones de espíritus angélicos y se dejaron percibir los celestiales cánticos con que entonaban alabanzas al Señor de manera que aquella horrorosa prisión se convirtió en paraíso de delicias. La fragancia, la música y el resplandor llenaron de admiración a los guardias pero quedaron atónitos cuando vieron a Vicente sin la más leve señal de los tormentos pasados y convertidos en rosas los pedazos de hierro de que estaba alfombrado el calabozo no era fácil resistir a tanto tropel de prodigios convirtieronse a Cristos el alcaide con los guardias; y llegando la noticia a Daciano lo que pasaba, tomo (fuese desesperación o despique) una resolución bien extraña manda que al punto saque al Santo del calabozo ordena que le acuesten en la cama mas blanda y mas regalada que se pueda disponer y da providencia para que se le cuide sin perdonar a regalo ni a remedio. Publicase en toda la ciudad este decreto: acuden los fieles en tropas a la cárcel; conducen al santo como en triunfo en las calles; pero Vicente en el regalado lecho que se tenia prevenido, cuando, como si fuera el aquel mayor de los tormentos, espiro y volo su alma al cielo a recibir la corona y el premio de su victoria sucediendo esto el día 22 de enero del año 304 o 305.

Rabioso y fuera de si Daciano al verse vencido y confundido por aquel héroe Cristiano mando que fuese su cadáver y que sacándole al campo le arrojasen en un barranco donde sirviese de pasto a las aves y a las fieras; pero envió Dios un cuervo de grandeza extraordinaria que le hizo centinela y le defendió de los demás animales ordeno el tirano que le echase en alta mar, porque no le diesen culto y careciese de ese consuelo la devoción de los fieles; pero el Señor que se burla de todos los artificios de la humana prudencia, condujo a la orilla al Santo Cuerpo; y acudiendo los Cristianos, le enterraron secretamente fuera de las murallas de Valencia en el mismo lugar donde hoy es venerado en una magnifica iglesia en el año 542 sitio y tomo a Zaragoza Gildeberto, Rey de Francia y se contento con llevarse la estola que había servido al Santo diacono, y se la entrego a San German Obispo de Paris conservase esta preciosa reliquia en la Iglesia de San German, que Antiguamente se llamaba de San Vicente.

Martirio de San Vicente Mártir a través del frontal de Liesa (Huesca, España)

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