por Catequesis en Familia | 25 Abr, 2026 | Despertar religioso Juegos
Os ofrecemos tres dibujos en línea, para ser coloreados por niños de Infantil y Primaria. Cada uno de ellos lleva una cita bíblica, sobre la que podemos charlar con los niños.
Es aconsejable que, al imprimr estas ilustraciones, se elija la opción «ajustar», para que el dibujo se escale hasta ocupar la mayor parte de la hoja.


por Catequesis en Familia | 25 Abr, 2026 | La Biblia
Juan 10, 1-10. Cuarto Domingo del Tiempo de Pascua. La puerta del Señor es estrecha porque Jesús nos pide abrir nuestro corazón a Él, reconocernos pecadores, necesitados de su salvación, de su perdón, de su amor, de tener la humildad de acoger su misericordia y dejarnos renovar por Él.
En aquel tiempo dijo Jesús a los fariseos: «Les aseguro que el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino por otro lado, es un ladrón y un asaltante. El que entra por la puerta es el pastor de las ovejas. El guardián le abre y las ovejas escuchan su voz. El llama a cada una por su nombre y las hace salir. Cuando las ha sacado a todas, va delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz. Nunca seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen su voz». Jesús les hizo esta comparación, pero ellos no comprendieron lo que les quería decir. Entonces Jesús prosiguió: «Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos aquellos que han venido antes de mí son ladrones y asaltantes, pero las ovejas no los han escuchado. Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento. El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia».
Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede
Lecturas
Primera lectura: Libro de los Hechos de los Apóstoles, Hch 2, 14.36-41
Salmo: Sal 23(22), 1-6
Segunda lectura: Epístola I de San Pedro, 1 Pe 2, 20-25
Oración preparatoria
Padre, gracias por la encarnación de tu Hijo, nuestro Redentor y porque nos diste a María como madre. Confío en tu misericordia y por esto te quiero ofrecer en mi oración mi amor, débil y manchado por mi egoísmo y soberbia, pero dispuesto a escucharte y entrar por esa puerta estrecha que me señales.
Petición
Espíritu Santo, que no vacile y nunca tenga miedo a tus inspiraciones.
Meditación del Santo Padre Francisco
La imagen de la puerta se repite varias veces en el Evangelio y se refiere a la de la casa, del hogar doméstico, donde encontramos seguridad, amor, calor. Jesús nos dice que existe una puerta que nos hace entrar en la familia de Dios, en el calor de la casa de Dios, de la comunión con Él. Esta puerta es Jesús mismo (cf. Jn 10, 9). Él es la puerta. Él es el paso hacia la salvación. Él conduce al Padre. Y la puerta, que es Jesús, nunca está cerrada, esta puerta nunca está cerrada, está abierta siempre y a todos, sin distinción, sin exclusiones, sin privilegios. Porque, sabéis, Jesús no excluye a nadie. Tal vez alguno de vosotros podrá decirme: «Pero, Padre, seguramente yo estoy excluido, porque soy un gran pecador: he hecho cosas malas, he hecho muchas de estas cosas en la vida». ¡No, no estás excluido! Precisamente por esto eres el preferido, porque Jesús prefiere al pecador, siempre, para perdonarle, para amarle. Jesús te está esperando para abrazarte, para perdonarte. No tengas miedo: Él te espera. Anímate, ten valor para entrar por su puerta. Todos están invitados a cruzar esta puerta, a atravesar la puerta de la fe, a entrar en su vida, y a hacerle entrar en nuestra vida, para que Él la transforme, la renueve, le done alegría plena y duradera.
En la actualidad pasamos ante muchas puertas que invitan a entrar prometiendo una felicidad que luego nos damos cuenta de que dura sólo un instante, que se agota en sí misma y no tiene futuro. Pero yo os pregunto: nosotros, ¿por qué puerta queremos entrar? Y, ¿a quién queremos hacer entrar por la puerta de nuestra vida? Quisiera decir con fuerza: no tengamos miedo de cruzar la puerta de la fe en Jesús, de dejarle entrar cada vez más en nuestra vida, de salir de nuestros egoísmos, de nuestras cerrazones, de nuestras indiferencias hacia los demás. Porque Jesús ilumina nuestra vida con una luz que no se apaga más. No es un fuego de artificio, no es un flash. No, es una luz serena que dura siempre y nos da paz. Así es la luz que encontramos si entramos por la puerta de Jesús.
Cierto, la puerta de Jesús es una puerta estrecha, no por ser una sala de tortura. No, no es por eso. Sino porque nos pide abrir nuestro corazón a Él, reconocernos pecadores, necesitados de su salvación, de su perdón, de su amor, de tener la humildad de acoger su misericordia y dejarnos renovar por Él. Jesús en el Evangelio nos dice que ser cristianos no es tener una «etiqueta». Yo os pregunto: vosotros, ¿sois cristianos de etiqueta o de verdad? Y cada uno responda dentro de sí. No cristianos, nunca cristianos de etiqueta. Cristianos de verdad, de corazón. Ser cristianos es vivir y testimoniar la fe en la oración, en las obras de caridad, en la promoción de la justicia, en hacer el bien. Por la puerta estrecha que es Cristo debe pasar toda nuestra vida.
A la Virgen María, Puerta del Cielo, pidamos que nos ayude a cruzar la puerta de la fe, a dejar que su Hijo transforme nuestra existencia como transformó la suya para traer a todos la alegría del Evangelio.
Santo Padre Francisco: Sobre el tema de la Salvación
Ángelus del domingo, 25 de agosto de 2013
Catecismo de la Iglesia Católica, CEC
CREO EN JESUCRISTO, HIJO ÚNICO DE DIOS
ARTÍCULO 2
“Y EN JESUCRISTO, SU ÚNICO HIJO, NUESTRO SEÑOR”
I. Jesús
430 Jesús quiere decir en hebreo: «Dios salva». En el momento de la anunciación, el ángel Gabriel le dio como nombre propio el nombre de Jesús que expresa a la vez su identidad y su misión (cf. Lc 1, 31). Ya que «¿quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?»(Mc 2, 7), es Él quien, en Jesús, su Hijo eterno hecho hombre «salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1, 21). En Jesús, Dios recapitula así toda la historia de la salvación en favor de los hombres.
431 En la historia de la salvación, Dios no se ha contentado con librar a Israel de «la casa de servidumbre» (Dt 5, 6) haciéndole salir de Egipto. Él lo salva además de su pecado. Puesto que el pecado es siempre una ofensa hecha a Dios (cf. Sal 51, 6), sólo Él es quien puede absolverlo (cf. Sal 51, 12). Por eso es por lo que Israel, tomando cada vez más conciencia de la universalidad del pecado, ya no podrá buscar la salvación más que en la invocación del nombre de Dios Redentor (cf. Sal 79, 9).
432 El nombre de Jesús significa que el Nombre mismo de Dios está presente en la Persona de su Hijo (cf. Hch 5, 41; 3 Jn 7) hecho hombre para la Redención universal y definitiva de los pecados. Él es el Nombre divino, el único que trae la salvación (cf. Jn 3, 18; Hch 2, 21) y de ahora en adelante puede ser invocado por todos porque se ha unido a todos los hombres por la Encarnación (cf. Rm 10, 6-13) de tal forma que «no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos» (Hch 4, 12; cf. Hch 9, 14; St 2, 7).
433 El Nombre de Dios Salvador era invocado una sola vez al año por el sumo sacerdote para la expiación de los pecados de Israel, cuando había asperjado el propiciatorio del Santo de los Santos con la sangre del sacrificio (cf. Lv 16, 15-16; Si 50, 20; Hb 9, 7). El propiciatorio era el lugar de la presencia de Dios (cf. Ex 25, 22; Lv 16, 2; Nm 7, 89; Hb 9, 5). Cuando san Pablo dice de Jesús que «Dios lo exhibió como instrumento de propiciación por su propia sangre» (Rm 3, 25) significa que en su humanidad «estaba Dios reconciliando al mundo consigo» (2 Co 5, 19).
434 La Resurrección de Jesús glorifica el Nombre de Dios «Salvador» (cf. Jn 12, 28) porque de ahora en adelante, el Nombre de Jesús es el que manifiesta en plenitud el poder soberano del «Nombre que está sobre todo nombre» (Flp 2, 9). Los espíritus malignos temen su Nombre (cf. Hch 16, 16-18; 19, 13-16) y en su nombre los discípulos de Jesús hacen milagros (cf. Mc 16, 17) porque todo lo que piden al Padre en su Nombre, Él se lo concede (Jn 15, 16).
435 El Nombre de Jesús está en el corazón de la plegaria cristiana. Todas las oraciones litúrgicas se acaban con la fórmula Per Dominum nostrum Jesum Christum… («Por nuestro Señor Jesucristo…»). El «Avemaría» culmina en «y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús». La oración del corazón, en uso en Oriente, llamada «oración a Jesús» dice: «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí pecador». Numerosos cristianos mueren, como santa Juana de Arco, teniendo en sus labios una única palabra: «Jesús».
II. Cristo
436 Cristo viene de la traducción griega del término hebreo «Mesías» que quiere decir «ungido». Pasa a ser nombre propio de Jesús porque Él cumple perfectamente la misión divina que esa palabra significa. En efecto, en Israel eran ungidos en el nombre de Dios los que le eran consagrados para una misión que habían recibido de Él. Este era el caso de los reyes (cf. 1 S 9, 16; 10, 1; 16, 1. 12-13; 1 R 1, 39), de los sacerdotes (cf. Ex 29, 7; Lv 8, 12) y, excepcionalmente, de los profetas (cf. 1 R 19, 16). Este debía ser por excelencia el caso del Mesías que Dios enviaría para instaurar definitivamente su Reino (cf. Sal 2, 2; Hch 4, 26-27). El Mesías debía ser ungido por el Espíritu del Señor (cf. Is 11, 2) a la vez como rey y sacerdote (cf. Za 4, 14; 6, 13) pero también como profeta (cf. Is 61, 1; Lc 4, 16-21). Jesús cumplió la esperanza mesiánica de Israel en su triple función de sacerdote, profeta y rey.
437 El ángel anunció a los pastores el nacimiento de Jesús como el del Mesías prometido a Israel: «Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor» (Lc 2, 11). Desde el principio él es «a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo»(Jn 10, 36), concebido como «santo» (Lc 1, 35) en el seno virginal de María. José fue llamado por Dios para «tomar consigo a María su esposa» encinta «del que fue engendrado en ella por el Espíritu Santo» (Mt 1, 20) para que Jesús «llamado Cristo» nazca de la esposa de José en la descendencia mesiánica de David (Mt 1, 16; cf. Rm 1, 3; 2 Tm 2, 8; Ap 22, 16).
438 La consagración mesiánica de Jesús manifiesta su misión divina. «Por otra parte eso es lo que significa su mismo nombre, porque en el nombre de Cristo está sobreentendido Él que ha ungido, Él que ha sido ungido y la Unción misma con la que ha sido ungido: Él que ha ungido, es el Padre. Él que ha sido ungido, es el Hijo, y lo ha sido en el Espíritu que es la Unción» (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 3, 18, 3). Su eterna consagración mesiánica fue revelada en el tiempo de su vida terrena, en el momento de su bautismo, por Juan cuando «Dios le ungió con el Espíritu Santo y con poder» (Hch 10, 38) «para que él fuese manifestado a Israel» (Jn 1, 31) como su Mesías. Sus obras y sus palabras lo dieron a conocer como «el santo de Dios» (Mc 1, 24; Jn 6, 69; Hch 3, 14).
439 Numerosos judíos e incluso ciertos paganos que compartían su esperanza reconocieron en Jesús los rasgos fundamentales del mesiánico «hijo de David» prometido por Dios a Israel (cf. Mt 2, 2; 9, 27; 12, 23; 15, 22; 20, 30; 21, 9. 15). Jesús aceptó el título de Mesías al cual tenía derecho (cf. Jn 4, 25-26;11, 27), pero no sin reservas porque una parte de sus contemporáneos lo comprendían según una concepción demasiado humana (cf. Mt 22, 41-46), esencialmente política (cf. Jn 6, 15; Lc 24, 21).
440 Jesús acogió la confesión de fe de Pedro que le reconocía como el Mesías anunciándole la próxima pasión del Hijo del Hombre (cf. Mt 16, 23). Reveló el auténtico contenido de su realeza mesiánica en la identidad transcendente del Hijo del Hombre «que ha bajado del cielo» (Jn 3, 13; cf. Jn 6, 62; Dn 7, 13), a la vez que en su misión redentora como Siervo sufriente: «el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mt 20, 28; cf. Is 53, 10-12). Por esta razón, el verdadero sentido de su realeza no se ha manifestado más que desde lo alto de la Cruz (cf. Jn 19, 19-22; Lc 23, 39-43). Solamente después de su resurrección su realeza mesiánica podrá ser proclamada por Pedro ante el pueblo de Dios: «Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado» (Hch 2, 36).
III. Hijo único de Dios
441 Hijo de Dios, en el Antiguo Testamento, es un título dado a los ángeles (cf. Dt 32, 8; Jb 1, 6), al pueblo elegido (cf. Ex 4, 22;Os 11, 1; Jr 3, 19; Si 36, 11; Sb 18, 13), a los hijos de Israel (cf. Dt 14, 1; Os 2, 1) y a sus reyes (cf. 2 S 7, 14; Sal 82, 6). Significa entonces una filiación adoptiva que establece entre Dios y su criatura unas relaciones de una intimidad particular. Cuando el Rey-Mesías prometido es llamado «hijo de Dios» (cf. 1 Cro 17, 13; Sal2, 7), no implica necesariamente, según el sentido literal de esos textos, que sea más que humano. Los que designaron así a Jesús en cuanto Mesías de Israel (cf. Mt 27, 54), quizá no quisieron decir nada más (cf. Lc 23, 47).
442 No ocurre así con Pedro cuando confiesa a Jesús como «el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16) porque Jesús le responde con solemnidad «no te ha revelado esto ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos» (Mt 16, 17). Paralelamente Pablo dirá a propósito de su conversión en el camino de Damasco: «Cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo para que le anunciase entre los gentiles…» (Ga 1,15-16). «Y en seguida se puso a predicar a Jesús en las sinagogas: que él era el Hijo de Dios» (Hch 9, 20). Este será, desde el principio (cf. 1 Ts 1, 10), el centro de la fe apostólica (cf. Jn 20, 31) profesada en primer lugar por Pedro como cimiento de la Iglesia (cf. Mt 16, 18).
443 Si Pedro pudo reconocer el carácter transcendente de la filiación divina de Jesús Mesías es porque éste lo dejó entender claramente. Ante el Sanedrín, a la pregunta de sus acusadores: «Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?», Jesús ha respondido: «Vosotros lo decís: yo soy» (Lc 22, 70; cf. Mt 26, 64; Mc 14, 61). Ya mucho antes, Él se designó como el «Hijo» que conoce al Padre (cf. Mt 11, 27; 21, 37-38), que es distinto de los «siervos» que Dios envió antes a su pueblo (cf. Mt 21, 34-36), superior a los propios ángeles (cf. Mt 24, 36). Distinguió su filiación de la de sus discípulos, no diciendo jamás «nuestro Padre» (cf. Mt 5, 48; 6, 8; 7, 21; Lc 11, 13) salvo para ordenarles «vosotros, pues, orad así: Padre Nuestro» (Mt6, 9); y subrayó esta distinción: «Mi Padre y vuestro Padre» (Jn 20, 17).
444 Los evangelios narran en dos momentos solemnes, el Bautismo y la Transfiguración de Cristo, que la voz del Padre lo designa como su «Hijo amado» (Mt 3, 17; 17, 5). Jesús se designa a sí mismo como «el Hijo Único de Dios» (Jn 3, 16) y afirma mediante este título su preexistencia eterna (cf. Jn 10, 36). Pide la fe en «el Nombre del Hijo Único de Dios» (Jn 3, 18). Esta confesión cristiana aparece ya en la exclamación del centurión delante de Jesús en la cruz: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios» (Mc 15, 39), porque es solamente en el misterio pascual donde el creyente puede alcanzar el sentido pleno del título «Hijo de Dios».
445 Después de su Resurrección, su filiación divina aparece en el poder de su humanidad glorificada: «Constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su Resurrección de entre los muertos» (Rm 1, 4; cf. Hch 13, 33). Los apóstoles podrán confesar «Hemos visto su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad «(Jn 1, 14).
IV. Señor
446 En la traducción griega de los libros del Antiguo Testamento, el nombre inefable con el cual Dios se reveló a Moisés (cf. Ex 3, 14), YHWH, es traducido por Kyrios [«Señor»]. Señorse convierte desde entonces en el nombre más habitual para designar la divinidad misma del Dios de Israel. El Nuevo Testamento utiliza en este sentido fuerte el título «Señor» para el Padre, pero lo emplea también, y aquí está la novedad, para Jesús reconociéndolo como Dios (cf. 1 Co 2,8).
447 El mismo Jesús se atribuye de forma velada este título cuando discute con los fariseos sobre el sentido del Salmo 109 (cf. Mt 22, 41-46; cf. también Hch 2, 34-36; Hb 1, 13), pero también de manera explícita al dirigirse a sus Apóstoles (cf. Jn 13, 13). A lo largo de toda su vida pública sus actos de dominio sobre la naturaleza, sobre las enfermedades, sobre los demonios, sobre la muerte y el pecado, demostraban su soberanía divina.
448 Con mucha frecuencia, en los evangelios, hay personas que se dirigen a Jesús llamándole «Señor». Este título expresa el respeto y la confianza de los que se acercan a Jesús y esperan de Él socorro y curación (cf. Mt 8, 2; 14, 30; 15, 22, etc.). Bajo la moción del Espíritu Santo, expresa el reconocimiento del misterio divino de Jesús (cf. Lc 1, 43; 2, 11). En el encuentro con Jesús resucitado, se convierte en adoración: «Señor mío y Dios mío» (Jn20, 28). Entonces toma una connotación de amor y de afecto que quedará como propio de la tradición cristiana: «¡Es el Señor!» (Jn 21, 7).
449 Atribuyendo a Jesús el título divino de Señor, las primeras confesiones de fe de la Iglesia afirman desde el principio (cf. Hch 2, 34-36) que el poder, el honor y la gloria debidos a Dios Padre convienen también a Jesús (cf. Rm 9, 5; Tt 2, 13; Ap 5, 13) porque Él es de «condición divina» (Flp 2, 6) y porque el Padre manifestó esta soberanía de Jesús resucitándolo de entre los muertos y exaltándolo a su gloria (cf. Rm 10, 9;1 Co 12, 3; Flp 2,11).
450 Desde el comienzo de la historia cristiana, la afirmación del señorío de Jesús sobre el mundo y sobre la historia (cf. Ap 11, 15) significa también reconocer que el hombre no debe someter su libertad personal, de modo absoluto, a ningún poder terrenal sino sólo a Dios Padre y al Señor Jesucristo: César no es el «Señor» (cf. Mc 12, 17; Hch 5, 29). » La Iglesia cree que la clave, el centro y el fin de toda historia humana se encuentra en su Señor y Maestro» (GS 10, 2; cf. 45, 2).
451 La oración cristiana está marcada por el título «Señor», ya sea en la invitación a la oración «el Señor esté con vosotros», o en su conclusión «por Jesucristo nuestro Señor» o incluso en la exclamación llena de confianza y de esperanza: Maran atha («¡el Señor viene!») o Marana tha («¡Ven, Señor!») (1 Co 16, 22): «¡Amén! ¡ven, Señor Jesús!» (Ap 22, 20).
Catecismo de la Iglesia Católica
Propósito
Prepararme con un buen examen de conciencia y poner en mi agenda de actividades la fecha de mi próxima confesión.
Diálogo con Cristo
Jesucristo, no debo temer a la muerte porque ella es el paso que me acerca a lo que más he buscado en mi vida: gozar en plenitud de tu presencia. La vida es corta y tengo que aprovecharla para amarte y servirte, fortaleciéndome diariamente con la oración y los sacramentos. Confío en Ti y te digo que puedes venir a buscarme cuando Tú quieras, como Tú quieras y donde Tú quieras.
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Evangelio del día en «Catholic.net»
Evangelio del día en «Evangelio del día»
Evangelio del día en «Orden de Predicadores»
Evangelio del día en «Evangeli.net»
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por Varios en Internet | CeF | 18 Abr, 2026 | Despertar religioso Juegos
La segunda semana de Pascua es uno de los momentos más importantes para todos los cristianos, y más concretamente el pasaje de la Sagrada Escritura que se refiere al Camino de Emaús. En este pasaje bíblico aprendemos que Jesús está vivo y que nunca nos dejará. Es también uno de los pasajes más importantes para comprender la importancia de la fe y de la esperanza. Todas estas enseñanzas se pueden ver reforzadas en los niños coloreando dibujos que representan las escenas del Camino de Emaús.
Os presentamos las siguientes láminas para que los niños se diviertan y aprendan este episodio tan importante y siempre actual para todos los cristianos. Podéis acceder a las imágenes en tamaño real pulsando sobre la imagen o sobre el título de cada imagen.
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Dibujos para colorear el Camino de Emaús
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por Guillermo Mirecki | 14 Abr, 2026 | Postcomunión Dinámicas, Sin categoría
La vocación que acepta el desarraigo, la caridad que no se protege y la Eucaristía que sostiene una vida entregada
1. Objetivo
Esta sesión quiere ayudar a padres, hijos y catequistas a comprender que la caridad cristiana no se limita a una emoción compasiva ni a una ayuda ocasional, sino que es una forma de vida configurada por Cristo, capaz de aceptar el desarraigo, el sacrificio, la pérdida de seguridades y la entrega de sí por el bien del otro. El beato Damián de Molokai ofrece un testimonio singularmente fuerte porque su amor no permaneció en el plano de las palabras, sino que tomó cuerpo en decisiones concretas: dejar su tierra, aceptar una misión peligrosa, entrar en la vida de los enfermos y permanecer con ellos hasta el final.
El objetivo inmediato de la catequesis es que cada participante descubra si su fe ha llegado realmente a modificar su forma de amar. No se trata solo de admirar un ejemplo heroico, sino de revisar si la propia vida sigue organizada desde la protección de uno mismo o si empieza a abrirse a la lógica del Evangelio, que es la lógica del don. El objetivo más profundo es que la familia entienda que la Eucaristía no es un acto religioso aislado, sino la fuente real de una existencia entregada, y que sin unión viva con Cristo no se sostiene una caridad perseverante, humilde y fecunda.
2. Introducción
Una de las formas más frecuentes de empobrecer la vida cristiana es reducirla a una combinación de práctica religiosa, sentimientos nobles y cierta rectitud exterior. Esa forma de vivir puede parecer seria y respetable, pero con frecuencia deja intacto el centro del problema: el hombre sigue siendo el eje de sus decisiones. La fe aparece entonces como un acompañamiento, no como un principio transformador. Se cree, se reza, se participa, pero se continúa viviendo desde la lógica de la propia comodidad, del control, del miedo a perder o del deseo de no complicarse demasiado la vida.
El beato Damián obliga a revisar esta instalación espiritual. Su vida no admite una lectura cómoda. No se puede hablar de él sin hablar de desarraigo, de exposición, de riesgo asumido y de amor concreto. Y precisamente por eso es tan útil para una catequesis familiar de nivel alto. Su testimonio no permite refugiarse en una fe sentimental ni en un discurso piadoso sin consecuencias. Obliga a preguntarse si estamos dispuestos a dejar que el Evangelio entre en la organización real de nuestra vida.
Hay otro punto que esta sesión debe trabajar con seriedad: la diferencia entre compadecerse y compartir. Muchas personas sienten pena ante el sufrimiento ajeno, pero pocas están dispuestas a dejarse afectar de verdad por él. Damián no miró el dolor desde lejos, ni ayudó conservando siempre una distancia segura. Entró en él, lo asumió y, de algún modo, lo hizo suyo. Esa es una medida muy exigente, pero muy evangélica, del amor cristiano.
La pregunta que debe sostener toda la sesión es esta: ¿hasta qué punto mi vida de fe ha roto ya la lógica de protegerme a mí mismo y ha empezado a configurarse desde la entrega? Si esta pregunta se acoge con verdad, la catequesis puede producir fruto real.
3. Hagiografía

El beato Damián nació en Bélgica en el siglo XIX, en una familia cristiana y trabajadora. Desde joven se fue configurando en él un deseo de vida misionera que no debe entenderse como un entusiasmo superficial, sino como una verdadera disponibilidad interior. Este dato es importante: la entrega de su vida en Molokai no fue una improvisación nacida de una emoción repentina, sino la culminación de una vocación que había sido discernida y abrazada con seriedad.
Su entrada en la Congregación de los Sagrados Corazones lo situó ya en una lógica de entrega y obediencia, pero todavía quedaba por delante el gran paso del desarraigo. Cuando se abrió la posibilidad de ir a las misiones de Hawái, Damián se ofreció. Esta decisión tiene una enorme densidad espiritual. Irse significaba salir de la tierra propia, alejarse de la lengua, de la familia, de los hábitos conocidos, del paisaje interior que forma a una persona. El desarraigo no es solo geográfico. Es afectivo, cultural, existencial y espiritual. En la vocación cristiana, este desarraigo tiene un valor muy grande porque rompe la ilusión de que uno puede seguir a Cristo sin perder
La segunda imagen permite precisamente leer ese momento inicial de disponibilidad. Damián todavía no está en Molokai, todavía no ha tocado la lepra ni ha compartido la vida de los enfermos, pero ya se ha puesto interiormente en camino. Aquí se ve con claridad que la santidad no empieza en el momento heroico visible, sino en el “sí” humilde y decidido que acepta ser enviado. Esa petición humilde de ser misionero contiene ya la semilla de toda su futura entrega.
Una vez en Hawái, Damián fue conociendo la realidad del archipiélago y, en particular, la dramática situación de la colonia de leprosos de Molokai. Allí eran confinados los enfermos, apartados del resto de la sociedad por temor al contagio y condenados, en la práctica, a una existencia de abandono. La enfermedad no era solo física: iba acompañada de soledad, deterioro moral, pérdida de vínculos, desorden social y una profunda sensación de exclusión. No era simplemente un lugar con enfermos. Era un lugar donde la dignidad humana estaba siendo gravemente herida.
Cuando Damián se ofrece para ir a Molokai, no lo hace desconociendo esa realidad. Sabe que no va a un destino ordinario. Sabe que entra en un espacio de dolor, de marginación y de riesgo. Y, sin embargo, da el paso. Aquí aparece una verdad esencial de la vida cristiana: amar de verdad implica a veces aceptar situaciones que el hombre, por instinto, evitaría. No se trata de buscar el sufrimiento, sino de no rechazar el bien solo porque exige sufrimiento.
En Molokai, Damián no organiza su vida desde la distancia. No es un administrador religioso ni un visitador piadoso. Vive con los enfermos, trabaja para ellos, los cura, los toca, construye, limpia, acompaña, organiza, consuela, predica, celebra la Eucaristía y entierra a los muertos. Esto es crucial. Su caridad es concreta, material, corporal y espiritual. No separa el alma del cuerpo ni la evangelización de la atención humana. Precisamente por eso su testimonio quedó tan profundamente grabado en la conciencia de la Iglesia.
El avance de la enfermedad sobre su propia vida no interrumpió su entrega. Al contrario, la hizo aún más visible y más coherente. Cuando él mismo enfermó, ya no era solo el sacerdote que cuidaba a los leprosos: era uno de ellos. Esta transformación selló de forma dramática y luminosa la verdad de su caridad. Lo que había comenzado como misión acabó siendo comunión real en el sufrimiento. No permaneció junto a los enfermos mientras podía sentirse diferente a ellos. Permaneció hasta el punto de compartir su misma condición.

En todo este camino, la Eucaristía fue el centro. No fue una devoción secundaria ni un apoyo sentimental. Fue la fuente real de una existencia entregada. La tercera imagen, centrada en la celebración de la Misa en medio del sufrimiento, permite captar esto con mucha claridad: Damián no daba solo ayuda humana; daba a Cristo y vivía de Cristo. Sin esta raíz, su vida habría sido heroísmo natural. Con esta raíz, fue testimonio de caridad sobrenatural.
4. Virtudes, carismas y misión
La primera gran virtud del beato Damián es la disponibilidad. No se trata simplemente de generosidad espontánea, sino de una disposición estable a dejarse enviar. Muchos desean hacer el bien mientras no implique salir de lo conocido, renunciar a seguridades o alterar el propio proyecto. Damián, en cambio, acepta el desarraigo. Esta aceptación tiene un valor enorme porque la vocación cristiana se empobrece cuando se la somete siempre a las condiciones impuestas por el propio bienestar.
La segunda gran virtud es la caridad encarnada. Damián no ayuda de manera selectiva ni desde una distancia protegida. Su amor se vuelve concreto, perseverante y expuesto. Aquí aparece un rasgo muy importante para la catequesis familiar: la caridad no es auténtica si se organiza de tal manera que nunca hiera la propia comodidad. El amor evangélico toca, acompaña, pierde tiempo, se desgasta y, en ocasiones, queda humanamente irreconocible.
La tercera virtud es la fortaleza. No una fortaleza agresiva ni espectacular, sino la capacidad de permanecer. Permanecer donde otros huirían, permanecer cuando la misión deja de ser inspiradora y se vuelve áspera, permanecer incluso cuando la propia vida se ve alcanzada por el mal que se combate. Esta perseverancia es una forma muy alta de fidelidad.
Finalmente, debe subrayarse su dimensión eucarística. En Damián la Eucaristía no es una práctica añadida, sino el centro configurador. Esto es decisivo. Si se presenta al santo solo como un gran humanitario, se lo reduce. Su originalidad no está solo en haber ayudado mucho, sino en haber hecho de la entrega de Cristo el molde de su propia vida. Esa es su misión profunda y la enseñanza más fecunda que deja a la Iglesia y a la familia cristiana.
5. Profundización teológica y catequética
La figura del beato Damián permite trabajar con gran claridad la lógica evangélica de la pérdida de la propia vida. El cristianismo no llama a despreciar la vida en un sentido nihilista o enfermizo. No invita a odiar la propia existencia ni a destruirse. Pero sí exige renunciar a hacer de la propia conservación el criterio supremo de las decisiones. Este punto es fundamental y suele entenderse mal. Amar al prójimo como Cristo ama implica aceptar que, en determinadas circunstancias, el bien del otro vale más que la propia comodidad, la propia seguridad e incluso la propia salud.
Esta verdad no puede presentarse de manera abstracta. Debe explicarse con sobriedad. El amor de Cristo no es un amor que se da desde lejos. Él asume la condición humana, entra en el sufrimiento, toca la herida y se expone hasta la cruz. En Damián, esta forma de amor se vuelve visible de una manera muy concreta: comparte la vida de los leprosos y termina compartiendo también su enfermedad. No buscó el contagio, pero tampoco se defendió de tal modo que la caridad quedara neutralizada. Aquí está la diferencia cristiana entre imprudencia y entrega: la imprudencia se mueve sin discernimiento; la entrega asume riesgos por amor.
Esta distinción debe quedar muy clara para los catequistas y los padres. No se trata de enseñar a los jóvenes a despreciar su vida en sentido emocional o impulsivo, ni a confundir generosidad con falta de prudencia. Se trata de enseñar que la vida humana alcanza su plenitud cuando se ofrece, no cuando se encierra. Y que el cristiano no debe absolutizar la autoprotección. Una familia que educa solo en la seguridad, en la evitación del sufrimiento y en la comodidad, termina dificultando la maduración de una fe fuerte.
La Eucaristía aparece aquí como la clave teológica central. Cristo entrega sacramentalmente lo mismo que entregó históricamente en la cruz: su cuerpo y su sangre. Por eso, la Misa no es solo un rito devoto ni una reunión sagrada. Es el lugar donde la Iglesia recibe la forma del amor de Cristo. El cristiano que comulga no solo recibe consuelo; recibe una forma nueva de vivir. Si la Eucaristía no empuja hacia una existencia más entregada, queda recibida de forma empobrecida.
Desde el punto de vista catequético, esta sesión debe ayudar a comprender tres pasos. Primero, que la vocación cristiana pide disponibilidad y desarraigo interior. Segundo, que la caridad se prueba en lo concreto y en lo costoso. Tercero, que esta forma de vida no se sostiene por entusiasmo humano, sino por unión real con Cristo. Sin estos tres elementos —respuesta, entrega y Eucaristía—, la figura de Damián se trivializa o se reduce a un ejemplo humanitario admirable, pero no específicamente cristiano.
6. Lectura catequética de la primera imagen
La primera imagen presenta al beato Damián curando a un enfermo. Esta escena tiene un peso catequético enorme porque muestra una caridad corporal, tangible, no protegida. Damián no aparece observando, ni simplemente consolando de palabra, ni realizando un gesto simbólico. Está tocando la herida, implicándose en la realidad concreta del otro. Esta imagen permite enseñar que el amor cristiano no se queda en el plano de la compasión interior, sino que asume la tarea de cargar, aliviar y acompañar.
Hay aquí una gran enseñanza para la familia: amar no es solo tener buenos sentimientos, sino acercarse a aquello que duele. Muchas veces el amor familiar se empobrece porque se vuelve selectivo: se ama mientras no cueste demasiado, mientras no haya que perder tiempo, mientras no haya que soportar fragilidad, enfermedad, lentitud o dependencia. Esta imagen desmonta esa visión pobre del amor.
Clave catequética: la caridad verdadera no evita la herida del otro; entra en contacto con ella.
7. Lectura catequética de la segunda imagen
La segunda imagen, centrada en la juventud de Damián, es indispensable para no entender su vida como un heroísmo aislado o espontáneo. Antes de Molokai hubo un camino interior, un deseo de misión, una petición humilde, una disponibilidad concreta. La escena expresa muy bien que la santidad empieza en decisiones aparentemente menos visibles, pero muy reales. Aquí todavía no aparece la lepra, ni el sufrimiento extremo, ni la entrega final. Aparece el origen: un corazón que acepta ser enviado.
Esta imagen permite trabajar la dimensión del desarraigo. Toda vocación auténtica implica salir. A veces de una tierra, a veces de un ambiente, a veces de una forma de vivir centrada en uno mismo. El desarraigo no es un accidente externo de la vida cristiana; es una pedagogía del amor. Quien no acepta salir de sí mismo no puede entrar de verdad en la misión.
Clave catequética: el gran sí de una vida entregada comienza con pequeños síes humildes y obedientes.
8. Lectura catequética de la tercera imagen
La tercera imagen, que muestra al beato Damián celebrando la Misa en Molokai, es la clave de bóveda de toda la catequesis. Sin ella, las otras dos podrían leerse de manera incompleta. Aquí se ve con claridad que la entrega del santo no nace de un simple humanitarismo ni de una fortaleza psicológica excepcional. Nace del altar. Nace de Cristo que se entrega. Nace de una vida que ha aprendido a recibir para poder darse.
La imagen es teológicamente muy rica porque une tres realidades: la pobreza del lugar, el sufrimiento de la comunidad y la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Justamente ahí se comprende que la Misa no es ajena al dolor humano, sino su centro redentor. La familia debe aprender a mirar así la Eucaristía: no como un acto separado de la vida, sino como la fuente desde la que el cristiano aprende a vivir de otro modo.
Clave catequética: quien aprende a recibir a Cristo que se entrega empieza a poder entregarse también él.
9. Textos bíblicos completos
Juan 15,13 (CEE)
«Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos».
Mateo 16,24-25 (CEE)
«Entonces dijo a sus discípulos: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque quien quiera salvar su vida la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará”».
1 Juan 3,16-18 (CEE)
«En esto hemos conocido el amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos. Pero si uno tiene bienes del mundo y, viendo a su hermano en necesidad, le cierra sus entrañas, ¿cómo va a estar en él el amor de Dios? Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras».
10. Actividades catequéticas
Actividad 1: Descubrir dónde vivo protegiéndome
Tiempo total: 40 minutos.
Materiales: papel, bolígrafo, una Biblia, ambiente de silencio real.
Objetivo: ayudar a cada participante a identificar las zonas concretas de su vida donde el criterio dominante no es el amor, sino la autoprotección.
Desarrollo: El catequista debe iniciar esta actividad con seriedad, sin adornos y sin dramatismo artificial. Puede decir algo así: “Vamos a hacer un ejercicio de verdad. No venimos a decir cosas bonitas. Damián no vivió protegiéndose. La pregunta es si nosotros sí lo estamos haciendo. No penséis en cosas enormes. Pensad en la vida real”.
Se guarda un silencio de dos o tres minutos. Es importante que no se rompa con explicaciones. Después, cada participante responde por escrito a estas preguntas: ¿qué cosas no quiero dar porque siento que pierdo demasiado?, ¿dónde organizo mi vida para no complicarme?, ¿a qué personas o situaciones mantengo a distancia porque me desgastan?, ¿qué sacrificios evito sistemáticamente aunque sé que serían buenos?
Se proclama entonces Mateo 16,24-25 y se deja un nuevo silencio. Después puede comenzar una puesta en común moderada, siempre sin forzar a nadie a exponer cuestiones íntimas.
Microguion para el catequista: si alguien responde con vaguedad, reconducir con preguntas sencillas y directas. Por ejemplo: “Eso está bien, pero dime una situación concreta”. O también: “Piensa en esta semana. ¿Qué evitaste por no complicarte?”. Si el grupo se refugia en respuestas teóricas, decir: “No pensemos en general. Pensemos en casa, en el tiempo, en el cansancio, en la ayuda concreta”.
Orientación para los padres: deben ayudar a sus hijos a distinguir entre prudencia y comodidad. No se trata de exigir gestos extraordinarios, sino de enseñar a detectar cuándo uno se pone siempre en primer lugar.
Orientación para los jóvenes: se les puede ayudar a bajar esto al uso del tiempo, a la disponibilidad en casa, al trato con hermanos o abuelos, al servicio que nunca les apetece hacer.
Orientación para los niños: la formulación debe ser más sencilla: “¿Cuándo no quieres ayudar? ¿Cuándo te haces el despistado para que otro haga lo que te toca?”.
Aplicación familiar: al terminar, cada miembro de la familia debe formular en una frase breve un punto concreto donde descubre que vive demasiado protegido. Esa frase puede guardarse para revisarla al cabo de unos días.
Fruto esperado: romper la autojustificación y abrir un primer espacio de verdad interior.
Actividad 2: La caridad que no se queda en intención
Tiempo total: 35 minutos.
Materiales: la primera imagen visible, papel común o pizarra si se desea.
Objetivo: pasar de una idea general de caridad a una acción concreta que implique esfuerzo real.
Desarrollo: Se contempla en silencio la primera imagen de Damián curando. Después el catequista puede introducir así: “Aquí no hay teoría. Hay contacto, cercanía, cansancio, implicación. La pregunta no es si esto nos parece bonito, sino qué forma de amor estamos evitando nosotros”.
En familia o en pequeño grupo, se responde a estas cuestiones: ¿qué persona cercana necesita de verdad más tiempo, paciencia o ayuda por nuestra parte?, ¿qué tipo de servicio evitamos porque nos resulta desagradable o pesado?, ¿qué sufrimiento ajeno preferimos no mirar para no complicarnos?, ¿en qué aspecto nuestra caridad se queda en hablar y no en hacer?
Después, cada familia o cada participante concreta una acción real para la semana. Debe ser verificable. No vale “ser mejores” ni “ayudar más”. Debe formularse así: persona concreta, gesto concreto, momento concreto. Por ejemplo: visitar, acompañar, llamar, atender con paciencia, asumir una tarea molesta en casa sin protestar, acercarse a alguien que está aislado.
Microguion para el catequista: si aparece lenguaje piadoso pero vago, intervenir con sencillez: “Eso no está mal, pero todavía no es concreto. Dime a quién, cuándo y cómo”. Si alguien propone algo que no le cuesta, se puede decir: “Piensa si eso realmente te saca de tu comodidad. Si no te cuesta nada, busca un paso más verdadero”.
Orientación para los padres: no convertir este momento en un reparto frío de tareas. El punto no es solo “hacer cosas”, sino descubrir que el amor se demuestra donde la comodidad es herida.
Orientación para los jóvenes: insistir en que la caridad empieza donde termina el “no me apetece”. Hay que ayudarles a ver que el amor no es sentimiento espontáneo, sino decisión.
Orientación para los niños: traducirlo a gestos simples: ayudar sin que te lo digan, compartir, acompañar a quien está triste, no quejarse cuando toca servir.
Aplicación familiar: la familia elige además una acción común. Debe revisarse a la semana siguiente, no para felicitarse, sino para ver si se ha actuado realmente.
Fruto esperado: pasar de la caridad ideal a la caridad concreta.
Actividad 3: Aprender el desarraigo interior
Tiempo total: 30 minutos.
Materiales: la segunda imagen visible.
Objetivo: comprender que toda vocación cristiana implica una salida real de uno mismo y aceptar que seguir a Dios supone dejar algo.
Desarrollo: Se contempla la segunda imagen, la del joven Damián pidiendo humildemente ser enviado. El catequista introduce: “Antes de Molokai hubo un sí. Antes de la entrega extrema hubo un desprendimiento interior. Nadie llega a darse del todo si no ha aprendido antes a salir de sí”.
Se plantean entonces estas preguntas: ¿qué me costaría dejar si Dios me pidiera más?, ¿qué seguridades necesito demasiado?, ¿qué desarraigo me parece más difícil: tiempo, costumbres, comodidad, planes, imagen, afectos, control?, ¿qué significa para mí obedecer cuando eso altera mis planes?
Esta actividad no debe convertirse en un ejercicio imaginativo exagerado. No se trata de soñar con grandes misiones, sino de descubrir que el seguimiento de Cristo ya hoy pide salidas reales: dejar hábitos, renunciar a egoísmos, abrir espacio en la propia vida, aceptar obediencias que no gustan.
Microguion para el catequista: si el grupo tiende a idealizar, reconducir: “No pensemos ahora en irnos muy lejos. Pensemos en qué te pide Dios hoy que te cuesta dejar”. Si alguien responde de manera muy abstracta, aterrizar con ejemplos: tiempo, comodidad, pantallas, control del ambiente, necesidad de aprobación.
Orientación para los padres: conviene mostrar a los hijos que también los adultos necesitan convertirse en este punto. Los niños y jóvenes deben ver que sus padres no les exigen algo que ellos no están dispuestos a vivir.
Orientación para los jóvenes: ayudarles a descubrir que la vocación no empieza en lo extraordinario, sino en la disponibilidad diaria.
Orientación para los niños: se puede simplificar así: “¿Qué te cuesta dejar para hacer caso a Dios y ayudar a otros?”.
Aplicación familiar: elegir un pequeño desarraigo para la semana: renunciar a una comodidad concreta, a un tiempo de ocio, a una costumbre centrada en uno mismo, para dedicarlo a un bien mayor.
Fruto esperado: comprender que el amor cristiano pide desprendimiento interior y no solo buenas intenciones.
Actividad 4: La Eucaristía como fuente de una vida entregada
Tiempo total: 35 minutos.
Materiales: tercera imagen visible, Biblia, cuaderno o papel.
Objetivo: redescubrir la Misa no como un acto aislado, sino como la fuente real de la capacidad de entregarse.
Desarrollo: Se contempla en silencio la tercera imagen: Damián celebrando la Misa en Molokai. Después el catequista puede decir con sencillez: “Aquí está el centro. Damián no se sostuvo a base de fuerza de voluntad. Vivía de Cristo. Si quitamos el altar, no se entiende lo demás”.
Se proclama Juan 15,13 y, si se desea, también 1 Juan 3,16-18. Después se formulan estas preguntas: ¿qué lugar ocupa la Misa en nuestra vida real?, ¿vamos a recibir o a cumplir?, ¿la Eucaristía cambia algo en nuestra forma de tratar, servir o sufrir?, ¿qué relación hay entre comulgar y darnos a los demás?
Después, cada participante escribe una respuesta breve a esta pregunta: ¿qué tendría que cambiar en mí para vivir la próxima Misa con más verdad? Puede ser una preparación mejor, un silencio más consciente, una confesión pendiente, una intención concreta, un gesto de caridad después de comulgar.
Microguion para el catequista: si el grupo cae en respuestas devotas pero vagas, reconducir con claridad: “No basta decir que la Misa es importante. La cuestión es: ¿qué cambia?”. Si alguien se queda en teoría, bajar a vida: “Después de comulgar, ¿qué haces distinto?”.
Orientación para los padres: preparar la Misa en familia es mucho más formativo que exigir solo asistencia. Conviene hablar antes de ir, fijar una intención, cuidar el recogimiento y revisar después.
Orientación para los jóvenes: ayudarles a comprender que la Eucaristía no es un acto para sentirse bien, sino una participación real en el amor de Cristo.
Orientación para los niños: se puede formular así: “Jesús se nos da. ¿Cómo podemos parecernos un poco más a Él esta semana?”.
Aplicación familiar: preparar conscientemente la siguiente Misa del domingo: silencio previo, intención concreta, gesto de caridad posterior y una breve revisión al volver a casa.
Fruto esperado: redescubrir la Eucaristía como fuente concreta de una vida entregada.
11. Oraciones finales
Oración personal
Señor Jesucristo, Tú no amaste desde lejos, sino entregando tu vida. Mira mi corazón, tantas veces temeroso, cómodo y encerrado en sí mismo. Líbrame de vivir una fe que no me cambie. Enséñame a no protegerme tanto, a no justificar siempre mi comodidad, a no ponerme yo en el centro. Por intercesión del beato Damián, dame un corazón disponible, humilde y concreto, capaz de amar cuando amar cuesta. Amén.
Oración familiar
Señor, entra en nuestra familia y enséñanos a vivir desde el amor y no desde la comodidad. Que no nos acostumbremos a una fe correcta pero estéril. Danos ojos para ver al que necesita ayuda, valentía para acercarnos, paciencia para acompañar, y generosidad para ofrecer tiempo, esfuerzo y presencia. Que en nuestra casa se aprenda que amar de verdad cuesta, pero que contigo todo adquiere sentido. Amén.
Oración al beato Damián de Molokai
Beato Damián, tú que aceptaste el desarraigo, la misión difícil y la cercanía a los más heridos, ruega por nosotros. Enséñanos a no vivir protegiéndonos siempre, a no huir del sufrimiento ajeno y a sostener nuestra entrega en la Eucaristía. Ayuda a nuestros padres a educar en la generosidad, a nuestros jóvenes a no tener miedo de darse y a nuestros niños a crecer en un amor concreto y verdadero. Amén.
12. Conclusión
El beato Damián de Molokai no enseña una caridad decorativa ni una fe protegida. Enseña una vida desplazada del propio centro. Su historia muestra que la vocación empieza en la disponibilidad, madura en el desarraigo, se prueba en la entrega concreta y se sostiene en la Eucaristía. Por eso su figura no está hecha para emocionar superficialmente, sino para formar de verdad.
La gran lección de esta sesión es sencilla y exigente a la vez: el amor cristiano se reconoce en lo que está dispuesto a perder por el bien del otro. No todos vivirán una entrega tan extrema como la suya, pero todos están llamados a abandonar la lógica de protegerse siempre. Allí empieza la verdadera madurez del corazón cristiano.
13. Consejos para catequistas y familias
Para los catequistas: no presentéis al beato Damián como un personaje admirable pero lejano, sino como un testigo que obliga a revisar la propia vida. Evitad tanto el sentimentalismo como el moralismo. Lo importante es conducir a la verdad interior y a decisiones concretas.
Para los padres: no eduquéis solo en la seguridad y la comodidad. Ayudad a vuestros hijos a descubrir que amar de verdad implica esfuerzo, renuncia y disponibilidad. Mostrad también con vuestra vida que el amor concreto vale más que la mera buena intención.
Para las familias: revisad si la Misa ocupa realmente el centro de vuestra semana o si ha quedado reducida a costumbre. Si la Eucaristía no ilumina vuestra manera de trataros, de ayudaros y de daros, es necesario volver a su verdad más profunda.
Para los jóvenes: no esperéis a grandes ocasiones para entregaros. La lógica del Evangelio comienza en decisiones pequeñas pero reales: ayudar, servir, renunciar, obedecer, perder tiempo por otro, salir de la propia comodidad.
Para los niños: aprender a amar empieza en casa: ayudando, compartiendo, obedeciendo, esperando, acompañando y dejando a veces lo que uno quiere para hacer un bien mayor.
por Editorial Casals | 3 Abr, 2026 | Despertar religioso Historias de la Biblia
La Resurrección de Jesús
Pasados tres días, como ya había anunciado, resucita Jesús. Salió del sepulcro vivo y lleno de gloria. Un gran terremoto asustó a los soldados. Cuando María Magdalena y las otras mujeres llegan al sepulcro, un ángel resplandeciente les dice: «No temáis. ¿Buscáis a Jesús, el Crucificado? No está aquí. ¡Ha resucitado!».
* * *
«Oración al Ángel de la Guarda»
Ángel de la guarda,
Dulce compañía,
No me desampares
Ni de noche ni de día.
No me dejes solo
Que me perdería.
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Los discípulos de Emaús
Dos discípulos de Jesús, llenos de tristeza, se marchaban a su pueblo. Jesús resucitado se les acercó en el camino, sin que ellos lo reconocieran. Al llegar a Emaús, le invitaron a que se quedase a comer con ellos. Por fin, le reconocieron al partir el pan. Jesús desapareció y ellos corrieron a Jerusalén para decir a los Apóstoles que habían visto a Jesús resucitado.
«Jesús, que nunca me separe de ti»
* * *
Jesús sube al Cielo
Después de resucitar, Jesús se queda con los Apóstoles unos días, les anima y les enseña todo lo que tienen que hacer. Un día se los lleva la Monte de los Olivos y les dice: «Bajará el Espíritu Santo y estará siempre con vosotros para ayudaros. Entonces hablaréis de mí hasta el último rincón de la tierra».
Luego se despidió, los bendijo y empezó a subir hacia el Cielo, hasta que lo tapó una nube.
* * *
Somos discípulos de Jesús
Luego, con la fuerza del Espíritu Santo que les envió Jesús, los Apóstoles extendieron la Iglesia por todo el mundo… Para ser buenos cristianos tenemos que ser muy amigos de Jesús y conocer muy bien su vida y sus palabras. Él es nuestro Salvador. Él es el camino que nos lleva al Cielo; el Cielo es una fiesta maravillosa que no tiene fin…
«Gracias Jesús, por todo lo que has hecho por mí»
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De La Biblia más infantil, Casals, 1999. Páginas 119 a 122
Coordinador: Pedro de la Herrán
Texto: Miguel Álvarez y Sagrario Fernández Díaz
Dibujos: José Ramón Sánchez y Javier Jerez
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por Catequesis en Familia | 28 Mar, 2026 | La Biblia
Mateo 26, 14-75; 27, 1-66. Domingo de Ramos en la Pasión del Señor. ¿Dónde está mi corazón?… Que esta pregunta nos acompañe durante toda esta Semana Santa.
Procesión Mateo 21, 1-11
Cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé, en el monte de los Olivos, Jesús envió a dos discípulos, diciéndoles: «Id a la aldea de enfrente, y enseguida encontraréis una burra atada, y un pollino con ella; desatadlos y traédmelos. Y si alguien os dice algo, contestadle: “El Señor los necesita, y los devolverá pronto”».
Esto sucedió para que se cumpliese lo dicho por medio del profeta:
«Decid a la hija de Sión:
“Mira a tu rey, que viene a ti,
humilde, montado en una burra,
en un pollino, hijo de acémila”».
Fueron los discípulos e hicieron lo que les había mandado Jesús: trajeron la burra y el pollino, echaron encima sus mantos, y Jesús se montó.
La multitud extendió sus mantos por el camino; algunos cortaban ramas de los árboles y las tendían por el camino.
Y la gente que iba delante y detrás gritaba:
«¡Hosanna al Hijo de David!
¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
¡Hosanna en las alturas!».
Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad se sobresaltó, preguntando:
«¿Quién es este?».
Y la gente decía:
«Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea».
Después de haber dicho esto, Jesús siguió adelante, subiendo a Jerusalén. Cuando se acercó a Betfagé y Betania, al pie del monte llamado de los Olivos, envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: «Vayan al pueblo que está enfrente y, al entrar, encontrarán un asno atado, que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo; y si alguien les pregunta: «¿Por qué lo desatan?», respondan: «El Señor lo necesita». Los enviados partieron y encontraron todo como él les había dicho. Cuando desataron el asno, sus dueños les dijeron: «¿Por qué lo desatan?». Y ellos respondieron: «El Señor lo necesita». Luego llevaron el asno adonde estaba Jesús y, poniendo sobre él sus mantos, lo hicieron montar. Mientras él avanzaba, la gente extendía sus mantos sobre el camino. Cuando Jesús se acercaba a la pendiente del monte de los Olivos, todos los discípulos, llenos de alegría, comenzaron a alabar a Dios en alta voz, por todos los milagros que habían visto. Y decían:»¡Bendito sea el Rey que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!». Algunos fariseos que se encontraban entre la multitud le dijeron: «Maestro, reprende a tus discípulos». Pero él respondió: «Les aseguro que si ellos callan, gritarán las piedras».
Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede
Misa [Mateo 26, 14-75; 27, 1-66]
Entonces uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: «¿Cuánto me darán si se lo entrego?». Y resolvieron darle treinta monedas de plata. Desde ese momento, Judas buscaba una ocasión favorable para entregarlo. El primer día de los Acimos, los discípulos fueron a preguntar a Jesús: «¿Dónde quieres que te preparemos la comida pascual?». El respondió: «Vayan a la ciudad, a la casa de tal persona, y díganle: «El Maestro dice: Se acerca mi hora, voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos». Ellos hicieron como Jesús les había ordenado y prepararon la Pascua. Al atardecer, estaba a la mesa con los Doce y, mientras comían, Jesús les dijo: «Les aseguro que uno de ustedes me entregará». Profundamente apenados, ellos empezaron a preguntarle uno por uno: «¿Seré yo, Señor?». El respondió: «El que acaba de servirse de la misma fuente que yo, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!». Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó: «¿Seré yo, Maestro?». «Tú lo has dicho», le respondió Jesús. Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Tomen y coman, esto es mi Cuerpo». Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, diciendo: «Beban todos de ella, porque esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos para la remisión de los pecados. Les aseguro que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta el día en que beba con ustedes el vino nuevo en el Reino de mi Padre». Después del canto de los Salmos, salieron hacia el monto de los Olivos. Entonces Jesús les dijo: «Esta misma noche, ustedes se van a escandalizar a causa de mí. Porque dice la Escritura: Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño. Pero después que yo resucite, iré antes que ustedes a Galilea». Pedro, tomando la palabra, le dijo: «Aunque todos se escandalicen por tu causa, yo no me escandalizaré jamás». Jesús le respondió: «Te aseguro que esta misma noche, antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces». Pedro le dijo: «Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré». Y todos los discípulos dijeron lo mismo. Cuando Jesús llegó con sus discípulos a una propiedad llamada Getsemaní, les dijo: «Quédense aquí, mientras yo voy allí a orar». Y llevando con él a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse. Entonces les dijo: «Mi alma siente una tristeza de muerte. Quédense aquí, velando conmigo». Y adelantándose un poco, cayó con el rostro en tierra, orando así: «Padre mío, si es posible, que pase lejos de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya». Después volvió junto a sus discípulos y los encontró durmiendo. Jesús dijo a Pedro: «¿Es posible que no hayan podido quedarse despiertos conmigo, ni siquiera una hora? Estén prevenidos y oren para no caer en tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil». Se alejó por segunda vez y suplicó: «Padre mío, si no puede pasar este cáliz sin que yo lo beba, que se haga tu voluntad». Al regresar los encontró otra vez durmiendo, porque sus ojos se cerraban de sueño. Nuevamente se alejó de ellos y oró por tercera vez, repitiendo las mismas palabras. Luego volvió junto a sus discípulos y les dijo: «Ahora pueden dormir y descansar: ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levántense! ¡Vamos! Ya se acerca el que me va a entregar». Jesús estaba hablando todavía, cuando llegó Judas, uno de los Doce, acompañado de una multitud con espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado la señal: «Es aquel a quien voy a besar. Deténganlo». Inmediatamente se acercó a Jesús, diciéndole: «Salud, Maestro», y lo besó. Jesús le dijo: «Amigo, ¡cumple tu cometido!». Entonces se abalanzaron sobre él y lo detuvieron. Uno de los que estaban con Jesús sacó su espada e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja. Jesús le dijo: «Guarda tu espada, porque el que a hierro mata a hierro muere. ¿O piensas que no puedo recurrir a mi Padre? El pondría inmediatamente a mi disposición más de doce legiones de ángeles. Pero entonces, ¿cómo se cumplirían las Escrituras, según las cuales debe suceder así?». Y en ese momento dijo Jesús a la multitud: «¿Soy acaso un ladrón, para que salgan a arrestarme con espadas y palos? Todos los días me sentaba a enseñar en el Templo, y ustedes no me detuvieron». Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron. Los que habían arrestado a Jesús lo condujeron a la casa del Sumo Sacerdote Caifás, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del Sumo Sacerdote; entró y se sentó con los servidores, para ver cómo terminaba todo. Los sumos sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un falso testimonio contra Jesús para poder condenarlo a muerte; pero no lo encontraron, a pesar de haberse presentado numerosos testigos falsos. Finalmente, se presentaron dos que declararon: «Este hombre dijo: «Yo puedo destruir el Templo de Dios y reconstruirlo en tres días»». El Sumo Sacerdote, poniéndose de pie, dijo a Jesús: «¿No respondes nada? ¿Qué es lo que estos declaran contra ti?». Pero Jesús callaba. El Sumo Sacerdote insistió: «Te conjuro por el Dios vivo a que me digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios». Jesús le respondió: «Tú lo has dicho. Además, les aseguro que de ahora en adelante verán al hijo del hombre sentarse a la derecha del Todopoderoso y venir sobre las nubes del cielo». Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: «Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ustedes acaban de oír la blasfemia. ¿Qué les parece?». Ellos respondieron: «Merece la muerte». Luego lo escupieron en la cara y lo abofetearon. Otros lo golpeaban, diciéndole: «Tú, que eres el Mesías, profetiza, dinos quién te golpeó». Mientras tanto, Pedro estaba sentado afuera, en el patio. Una sirvienta se acercó y le dijo: «Tú también estabas con Jesús, el Galileo». Pero él lo negó delante de todos, diciendo: «No sé lo que quieres decir». Al retirarse hacia la puerta, lo vio otra sirvienta y dijo a los que estaban allí: «Este es uno de los que acompañaban a Jesús, el Nazareno». Y nuevamente Pedro negó con juramento: «Yo no conozco a ese hombre». Un poco más tarde, los que estaban allí se acercaron a Pedro y le dijeron: «Seguro que tú también eres uno de ellos; hasta tu acento te traiciona». Entonces Pedro se puso a maldecir y a jurar que no conocía a ese hombre. En seguida cantó el gallo, y Pedro recordó las palabras que Jesús había dicho: «Antes que cante el gallo, me negarás tres veces». Y saliendo, lloró amargamente.
Cuando amaneció, todos los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo deliberaron sobre la manera de hacer ejecutar a Jesús. Después de haberlo atado, lo llevaron ante Pilato, el gobernador, y se lo entregaron. Judas, el que lo entregó, viendo que Jesús había sido condenado, lleno de remordimiento, devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos, diciendo: «He pecado, entregando sangre inocente». Ellos respondieron: «¿Qué nos importa? Es asunto tuyo». Entonces él, arrojando las monedas en el Templo, salió y se ahorcó. Los sumos sacerdotes, juntando el dinero, dijeron: «No está permitido ponerlo en el tesoro, porque es precio de sangre». Después de deliberar, compraron con él un campo, llamado «del alfarero», para sepultar a los extranjeros. Por esta razón se lo llama hasta el día de hoy «Campo de sangre». Así se cumplió lo anunciado por el profeta Jeremías: Y ellos recogieron las treinta monedas de plata, cantidad en que fue tasado aquel a quien pusieron precio los israelitas. Con el dinero se compró el «Campo del alfarero», como el Señor me lo había ordenado. Jesús compareció ante el gobernador, y este le preguntó: «¿Tú eres el rey de los judíos?». El respondió: «Tú lo dices». Al ser acusado por los sumos sacerdotes y los ancianos, no respondió nada. Pilato le dijo: «¿No oyes todo lo que declaran contra ti?». Jesús no respondió a ninguna de sus preguntas, y esto dejó muy admirado al gobernador. En cada Fiesta, el gobernador acostumbraba a poner en libertad a un preso, a elección del pueblo. Había entonces uno famoso, llamado Barrabás. Pilato preguntó al pueblo que estaba reunido: «¿A quién quieren que ponga en libertad, a Barrabás o a Jesús, llamado el Mesías?». El sabía bien que lo habían entregado por envidia. Mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó decir: «No te mezcles en el asunto de ese justo, porque hoy, por su causa, tuve un sueño que me hizo sufrir mucho». Mientras tanto, los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la multitud que pidiera la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Tomando de nuevo la palabra, el gobernador les preguntó: «¿A cuál de los dos quieren que ponga en libertad?». Ellos respondieron: «A Barrabás». Pilato continuó: «¿Y qué haré con Jesús, llamado el Mesías?». Todos respondieron: «¡Que sea crucificado!». El insistió: «¿Qué mal ha hecho?». Pero ellos gritaban cada vez más fuerte: «¡Que sea crucificado!». Al ver que no se llegaba a nada, sino que aumentaba el tumulto, Pilato hizo traer agua y se lavó las manos delante de la multitud, diciendo: «Yo soy inocente de esta sangre. Es asunto de ustedes». Y todo el pueblo respondió: «Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos». Entonces, Pilato puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado. Los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron a toda la guardia alrededor de él. Entonces lo desvistieron y le pusieron un mano rojo. Luego tejieron una corona de espinas y la colocaron sobre su cabeza, pusieron una caña en su mano derecha y, doblando la rodilla delante de él, se burlaban, diciendo: «Salud, rey de los judíos». Y escupiéndolo, le quitaron la caña y con ella le golpeaban la cabeza. Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron de nuevo sus vestiduras y lo llevaron a crucificar. Al salir, se encontraron con un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo obligaron a llevar la cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota, que significa «lugar del Cráneo», le dieron de beber vino con hiel. El lo probó, pero no quiso tomarlo. Después de crucificarlo, los soldados sortearon sus vestiduras y se las repartieron; y sentándose allí, se quedaron para custodiarlo. Colocaron sobre su cabeza una inscripción con el motivo de su condena: «Este es Jesús, el rey de los judíos». Al mismo tiempo, fueron crucificados con él dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Los que pasaban, lo insultaban y, moviendo la cabeza, decían: «Tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar, ¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!». De la misma manera, los sumos sacerdotes, junto con los escribas y los ancianos, se burlaban, diciendo: «¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es rey de Israel: que baje ahora de la cruz y creeremos en él. Ha confiado en Dios; que él lo libre ahora si lo ama, ya que él dijo: «Yo soy Hijo de Dios». También lo insultaban los ladrones crucificados con él. Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, las tinieblas cubrieron toda la región. Hacia las tres de la tarde, Jesús exclamó en alta voz: «Elí, Elí, lemá sabactani», que significa: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Algunos de los que se encontraban allí, al oírlo, dijeron: «Está llamando a Elías». En seguida, uno de ellos corrió a tomar una esponja, la empapó en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña, le dio de beber. Pero los otros le decían: «Espera, veamos si Elías viene a salvarlo». Entonces Jesús, clamando otra vez con voz potente, entregó su espíritu. Inmediatamente, el velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo, la tierra tembló, las rocas se partieron y las tumbas se abrieron. Muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron y, saliendo de las tumbas después que Jesús resucitó, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a mucha gente. El centurión y los hombres que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y todo lo que pasaba, se llenaron de miedo y dijeron: «¡Verdaderamente, este era el Hijo de Dios!». Había allí muchas mujeres que miraban de lejos: eran las mismas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo. Entre ellas estaban María Magdalena, María –la madre de Santiago y de José– y la madre de los hijos de Zebedeo. Al atardecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también se había hecho discípulo de Jesús, y fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Pilato ordenó que se lo entregaran. Entonces José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo depositó en un sepulcro nuevo que se había hecho cavar en la roca. Después hizo rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, y se fue. María Magdalena y la otra María estaban sentadas frente al sepulcro. A la mañana siguiente, es decir, después del día de la Preparación, los sumos sacerdotes y los fariseos se reunieron y se presentaron ante Pilato, diciéndole: «Señor, nosotros nos hemos acordado de que ese impostor, cuando aún vivía, dijo: «A los tres días resucitaré». Ordena que el sepulcro sea custodiado hasta el tercer día, no sea que sus discípulos roben el cuerpo y luego digan al pueblo: ¡Ha resucitado!». Este último engaño sería peor que el primero». Pilato les respondió: «Ahí tienen la guardia, vayan y aseguren la vigilancia como lo crean conveniente». Ellos fueron y aseguraron la vigilancia del sepulcro, sellando la piedra y dejando allí la guardia.
Lecturas
Primera lectura: Libro de Isaías, Is 50, 4-7
Salmo: Sal 22(21), 8-9.17-24
Segunda lectrua: Carta de San Pablo a los Filipenses, Flp 2, 6-11
Oración introductoria
Ven, Espíritu Santo, ilumina mi mente y, sobre todo, mi corazón. No quiero ser un simple espectador, pasivo, indiferente, que hoy aclama ¡Hosanna! Bendito el que viene… para abandonarte o traicionarte en un par de días más.
Petición
Jesús, que esta oración me dé la fuerza de voluntad para decidirme a seguirte siempre de manera apasionada y fiel.
Meditación del Santo Padre Francisco
Esta semana comienza con una procesión festiva con ramos de olivo: todo el pueblo acoge a Jesús. Los niños y los jóvenes cantan, alaban a Jesús.
Pero esta semana se encamina hacia el misterio de la muerte de Jesús y de su resurrección. Hemos escuchado la Pasión del Señor. Nos hará bien hacernos una sola pregunta: ¿Quién soy yo? ¿Quién soy yo ante mi Señor? ¿Quién soy yo ante Jesús que entra con fiesta en Jerusalén? ¿Soy capaz de expresar mi alegría, de alabarlo? ¿O guardo las distancias? ¿Quién soy yo ante Jesús que sufre?
Hemos oído muchos nombres, tantos nombres. El grupo de dirigentes religiosos, algunos sacerdotes, algunos fariseos, algunos maestros de la ley, que habían decidido matarlo. Estaban esperando la oportunidad de apresarlo. ¿Soy yo como uno de ellos?
También hemos oído otro nombre: Judas. Treinta monedas. ¿Yo soy como Judas? Hemos escuchado otros nombres: los discípulos que no entendían nada, que se durmieron mientras el Señor sufría. Mi vida, ¿está adormecida? ¿O soy como los discípulos, que no entendían lo que significaba traicionar a Jesús? ¿O como aquel otro discípulo que quería resolverlo todo con la espada? ¿Soy yo como ellos? ¿Soy yo como Judas, que finge amar y besa al Maestro para entregarlo, para traicionarlo? ¿Soy yo, un traidor? ¿Soy como aquellos dirigentes que organizan a toda prisa un tribunal y buscan falsos testigos? ¿Soy como ellos? Y cuando hago esto, si lo hago, ¿creo que de este modo salvo al pueblo?
¿Soy yo como Pilato? Cuando veo que la situación se pone difícil, ¿me lavo las manos y no sé asumir mi responsabilidad, dejando que condenen – o condenando yo mismo – a las personas?
¿Soy yo como aquel gentío que no sabía bien si se trataba de una reunión religiosa, de un juicio o de un circo, y que elige a Barrabás? Para ellos da igual: era más divertido, para humillar a Jesús.
¿Soy como los soldados que golpean al Señor, le escupen, lo insultan, se divierten humillando al Señor?
¿Soy como el Cireneo, que volvía del trabajo, cansado, pero que tuvo la buena voluntad de ayudar al Señor a llevar la cruz?
¿Soy como aquellos que pasaban ante la cruz y se burlaban de Jesús : «¡Él era tan valiente!… Que baje de la cruz y creeremos en él»? Mofarse de Jesús…
¿Soy yo como aquellas mujeres valientes, y como la Madre de Jesús, que estaban allí y sufrían en silencio?
¿Soy como José, el discípulo escondido, que lleva el cuerpo de Jesús con amor para enterrarlo?
¿Soy como las dos Marías que permanecen ante el sepulcro llorando y rezando?
¿Soy como aquellos jefes que al día siguiente fueron a Pilato para decirle: «Mira que éste ha dicho que resucitaría. Que no haya otro engaño», y bloquean la vida, bloquean el sepulcro para defender la doctrina, para que no salte fuera la vida?
¿Dónde está mi corazón? ¿A cuál de estas personas me parezco? Que esta pregunta nos acompañe durante toda la semana.
Santo Padre Francisco: Domingo de Ramos en la Pasión del Señor
Homilía del domingo, 13 de abril de 2014
Meditación del Santo Padre Benedicto XVI
¡Queridos hermanos y hermanas!
El Domingo de Ramos es el gran pórtico que nos lleva a la Semana Santa, la semana en la que el Señor Jesús se dirige hacia la culminación de su vida terrena. Él va a Jerusalén para cumplir las Escrituras y para ser colgado en la cruz, el trono desde el cual reinará por los siglos, atrayendo a sí a la humanidad de todos los tiempos y ofrecer a todos el don de la redención. Sabemos por los evangelios que Jesús se había encaminado hacia Jerusalén con los doce, y que poco a poco se había ido sumando a ellos una multitud creciente de peregrinos. San Marcos nos dice que ya al salir de Jericó había una «gran muchedumbre» que seguía a Jesús (cf. 10,46).
En la última parte del trayecto se produce un acontecimiento particular, que aumenta la expectativa sobre lo que está por suceder y hace que la atención se centre todavía más en Jesús. A lo largo del camino, al salir de Jericó, está sentado un mendigo ciego, llamado Bartimeo. Apenas oye decir que Jesús de Nazaret está llegando, comienza a gritar: «¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí» (Mc 10,47). Tratan de acallarlo, pero en vano, hasta que Jesús lo manda llamar y le invita a acercarse. «¿Qué quieres que te haga?», le pregunta. Y él contesta: «Rabbuní, que vea» (v. 51). Jesús le dice: «Anda, tu fe te ha salvado». Bartimeo recobró la vista y se puso a seguir a Jesús en el camino (cf. v. 52). Y he aquí que, tras este signo prodigioso, acompañado por aquella invocación: «Hijo de David», un estremecimiento de esperanza atraviesa la multitud, suscitando en muchos una pregunta: ¿Este Jesús que marchaba delante de ellos a Jerusalén, no sería quizás el Mesías, el nuevo David? Y, con su ya inminente entrada en la ciudad santa, ¿no habría llegado tal vez el momento en el que Dios restauraría finalmente el reino de David?
También la preparación del ingreso de Jesús con sus discípulos contribuye a aumentar esta esperanza. Como hemos escuchado en el Evangelio de hoy (cf. Mc 11,1-10), Jesús llegó a Jerusalén desde Betfagé y el monte de los Olivos, es decir, la vía por la que había de venir el Mesías. Desde allí, envía por delante a dos discípulos, mandándoles que le trajeran un pollino de asna que encontrarían a lo largo del camino. Encuentran efectivamente el pollino, lo desatan y lo llevan a Jesús. A este punto, el ánimo de los discípulos y los otros peregrinos se deja ganar por el entusiasmo: toman sus mantos y los echan encima del pollino; otros alfombran con ellos el camino de Jesús a medida que avanza a grupas del asno. Después cortan ramas de los árboles y comienzan a gritar las palabras del Salmo 118, las antiguas palabras de bendición de los peregrinos que, en este contexto, se convierten en una proclamación mesiánica: «¡Hosanna!, bendito el que viene en el nombre del Señor. ¡Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!» (vv. 9-10). Esta alegría festiva, transmitida por los cuatro evangelistas, es un grito de bendición, un himno de júbilo: expresa la convicción unánime de que, en Jesús, Dios ha visitado su pueblo y ha llegado por fin el Mesías deseado. Y todo el mundo está allí, con creciente expectación por lo que Cristo hará una vez que entre en su ciudad.
Pero, ¿cuál es el contenido, la resonancia más profunda de este grito de júbilo? La respuesta está en toda la Escritura, que nos recuerda cómo el Mesías lleva a cumplimiento la promesa de la bendición de Dios, la promesa originaria que Dios había hecho a Abraham, el padre de todos los creyentes: «Haré de ti una gran nación, te bendeciré… y en ti serán benditas todas las familias de la tierra» (Gn 12,2-3). Es la promesa que Israel siempre había tenido presente en la oración, especialmente en la oración de los Salmos. Por eso, el que es aclamado por la muchedumbre como bendito es al mismo tiempo aquel en el cual será bendecida toda la humanidad. Así, a la luz de Cristo, la humanidad se reconoce profundamente unida y cubierta por el manto de la bendición divina, una bendición que todo lo penetra, todo lo sostiene, lo redime, lo santifica.
Podemos descubrir aquí un primer gran mensaje que nos trae la festividad de hoy: la invitación a mirar de manera justa a la humanidad entera, a cuantos conforman el mundo, a sus diversas culturas y civilizaciones. La mirada que el creyente recibe de Cristo es una mirada de bendición: una mirada sabia y amorosa, capaz de acoger la belleza del mundo y de compartir su fragilidad. En esta mirada se transparenta la mirada misma de Dios sobre los hombres que él ama y sobre la creación, obra de sus manos. En el Libro de la Sabiduría, leemos: «Te compadeces de todos, porque todo lo puedes, cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan. Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que hiciste;… Tú eres indulgente con todas las cosas, porque son tuyas, Señor, amigo de la vida» (Sb 11,23-24.26).
Volvamos al texto del Evangelio de hoy y preguntémonos: ¿Qué late realmente en el corazón de los que aclaman a Cristo como Rey de Israel? Ciertamente tenían su idea del Mesías, una idea de cómo debía actuar el Rey prometido por los profetas y esperado por tanto tiempo. No es de extrañar que, pocos días después, la muchedumbre de Jerusalén, en vez de aclamar a Jesús, gritaran a Pilato: «¡Crucifícalo!». Y que los mismos discípulos, como también otros que le habían visto y oído, permanecieran mudos y desconcertados. En efecto, la mayor parte estaban desilusionados por el modo en que Jesús había decidido presentarse como Mesías y Rey de Israel. Este es precisamente el núcleo de la fiesta de hoy también para nosotros. ¿Quién es para nosotros Jesús de Nazaret? ¿Qué idea tenemos del Mesías, qué idea tenemos de Dios? Esta es una cuestión crucial que no podemos eludir, sobre todo en esta semana en la que estamos llamados a seguir a nuestro Rey, que elige como trono la cruz; estamos llamados a seguir a un Mesías que no nos asegura una felicidad terrena fácil, sino la felicidad del cielo, la eterna bienaventuranza de Dios. Ahora, hemos de preguntarnos: ¿Cuáles son nuestras verdaderas expectativas? ¿Cuáles son los deseos más profundos que nos han traído hoy aquí para celebrar el Domingo de Ramos e iniciar la Semana Santa?
Queridos jóvenes que os habéis reunido aquí. Esta es de modo particular vuestra Jornada en todo lugar del mundo donde la Iglesia está presente. Por eso os saludo con gran afecto. Que el Domingo de Ramos sea para vosotros el día de la decisión, la decisión de acoger al Señor y de seguirlo hasta el final, la decisión de hacer de su Pascua de muerte y resurrección el sentido mismo de vuestra vida de cristianos. Como he querido recordar en el Mensaje a los jóvenes para esta Jornada – «alegraos siempre en el Señor» (Flp 4,4) –, esta es la decisión que conduce a la verdadera alegría, como sucedió con santa Clara de Asís que, hace ochocientos años, fascinada por el ejemplo de san Francisco y de sus primeros compañeros, dejó la casa paterna precisamente el Domingo de Ramos para consagrarse totalmente al Señor: tenía 18 años, y tuvo el valor de la fe y del amor de optar por Cristo, encontrando en él la alegría y la paz.
Queridos hermanos y hermanas, que reinen particularmente en este día dos sentimientos: la alabanza, como hicieron aquellos que acogieron a Jesús en Jerusalén con su «hosanna»; y el agradecimiento, porque en esta Semana Santa el Señor Jesús renovará el don más grande que se puede imaginar, nos entregará su vida, su cuerpo y su sangre, su amor. Pero a un don tan grande debemos corresponder de modo adecuado, o sea, con el don de nosotros mismos, de nuestro tiempo, de nuestra oración, de nuestro estar en comunión profunda de amor con Cristo que sufre, muere y resucita por nosotros. Los antiguos Padres de la Iglesia han visto un símbolo de todo esto en el gesto de la gente que seguía a Jesús en su ingreso a Jerusalén, el gesto de tender los mantos delante del Señor. Ante Cristo – decían los Padres –, debemos deponer nuestra vida, nuestra persona, en actitud de gratitud y adoración. En conclusión, escuchemos de nuevo la voz de uno de estos antiguos Padres, la de san Andrés, obispo de Creta: «Así es como nosotros deberíamos prosternarnos a los pies de Cristo, no poniendo bajo sus pies nuestras túnicas o unas ramas inertes, que muy pronto perderían su verdor, su fruto y su aspecto agradable, sino revistiéndonos de su gracia, es decir, de él mismo… Así debemos ponernos a sus pies como si fuéramos unas túnicas… Ofrezcamos ahora al vencedor de la muerte no ya ramas de palma, sino trofeos de victoria. Repitamos cada día aquella sagrada exclamación que los niños cantaban, mientras agitamos los ramos espirituales del alma: «Bendito el que viene, como rey, en nombre del Señor»» (PG 97, 994). Amén.
Santo Padre Benedicto XVI
Domingo de Ramos en la Pasión del Señor
Homilía del domingo, 1 de abril de 2012
Catecismo de la Iglesia Católica, CEC
III. Jesús y la fe de Israel en el Dios único y Salvador
587 Si la Ley y el Templo de Jerusalén pudieron ser ocasión de «contradicción» (cf. Lc 2, 34) entre Jesús y las autoridades religiosas de Israel, la razón está en que Jesús, para la redención de los pecados —obra divina por excelencia—, acepta ser verdadera piedra de escándalo para aquellas autoridades (cf. Lc 20, 17-18; Sal 118, 22).
588 Jesús escandalizó a los fariseos comiendo con los publicanos y los pecadores (cf. Lc 5, 30) tan familiarmente como con ellos mismos (cf. Lc 7, 36; 11, 37; 14, 1). Contra algunos de los «que se tenían por justos y despreciaban a los demás» (Lc 18, 9; cf. Jn 7, 49; 9, 34), Jesús afirmó: «No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores» (Lc 5, 32). Fue más lejos todavía al proclamar frente a los fariseos que, siendo el pecado una realidad universal (cf. Jn 8, 33-36), los que pretenden no tener necesidad de salvación se ciegan con respecto a sí mismos (cf. Jn 9, 40-41).
589 Jesús escandalizó sobre todo porque identificó su conducta misericordiosa hacia los pecadores con la actitud de Dios mismo con respecto a ellos (cf. Mt 9, 13; Os 6, 6). Llegó incluso a dejar entender que compartiendo la mesa con los pecadores (cf. Lc 15, 1-2), los admitía al banquete mesiánico (cf. Lc 15, 22-32). Pero es especialmente al perdonar los pecados, cuando Jesús puso a las autoridades de Israel ante un dilema. Porque como ellas dicen, justamente asombradas, «¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?» (Mc 2, 7). Al perdonar los pecados, o bien Jesús blasfema porque es un hombre que pretende hacerse igual a Dios (cf. Jn 5, 18; 10, 33) o bien dice verdad y su persona hace presente y revela el Nombre de Dios (cf. Jn 17, 6-26).
590 Sólo la identidad divina de la persona de Jesús puede justificar una exigencia tan absoluta como ésta: «El que no está conmigo está contra mí» (Mt 12, 30); lo mismo cuando dice que él es «más que Jonás […] más que Salomón» (Mt 12, 41-42), «más que el Templo» (Mt 12, 6); cuando recuerda, refiriéndose a que David llama al Mesías su Señor (cf. Mt 12, 36-37), cuando afirma: «Antes que naciese Abraham, Yo soy» (Jn 8, 58); e incluso: «El Padre y yo somos una sola cosa» (Jn 10, 30).
591 Jesús pidió a las autoridades religiosas de Jerusalén que creyeran en él en virtud de las obras de su Padre que él realizaba (Jn 10, 36-38). Pero tal acto de fe debía pasar por una misteriosa muerte a sí mismo para un nuevo «nacimiento de lo alto» (Jn 3, 7) atraído por la gracia divina (cf. Jn 6, 44). Tal exigencia de conversión frente a un cumplimiento tan sorprendente de las promesas (cf. Is 53, 1) permite comprender el trágico desprecio del Sanedrín al estimar que Jesús merecía la muerte como blasfemo (cf. Mc 3, 6; Mt 26, 64-66). Sus miembros obraban así tanto por «ignorancia» (cf. Lc 23, 34; Hch 3, 17-18) como por el «endurecimiento» (Mc 3, 5; Rm 11, 25) de la «incredulidad» (Rm 11, 20).
Catecismo de la Iglesia Católica
Propósito
¿A dónde vas a ir esta Semana Santa? ¿a la playa? ¿a la discoteca? No estoy diciendo que esto esté mal necesariamente, pero sí que podría estar mucho mejor. No basta con no pecar y con no hacer mal a nadie. Creo que bastantes de nosotros deberíamos cambiar –un poco al menos– nuestro modo de concebir y de pasar estos días. No son simples días de vacación, aunque no dudo que los tengamos merecidos. Pero aquí estamos hablando de algo mucho más profundo. Cristo va a ir a la cruz esta Semana Santa. Y tú, ¿a dónde?
Diálogo con Cristo
Jesús mío, se inicia un tiempo especial para crecer en el amor, en todos los sentidos. Permite que sepa desprenderme de todo lo que me impida entregarme plenamente a los demás, especialmente a aquellos con los que voy a pasar esta Semana Santa. Quiero desgastarme, trabajar y luchar, desde mi vocación, para que tu mensaje de amor alcance al mayor número posible de hombres y mujeres.
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Evangelio del día en «Catholic.net»
Evangelio del día en «Evangelio del día»
Evangelio del día en «Orden de Predicadores»
Evangelio del día en «Evangeli.net»
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Catequesis infantil sobre Mateo 21, 1-11
Jesús entra en Jerusalén como Rey humilde y Salvador
Esta catequesis infantil está basada en el Evangelio de san Mateo 21, 1-11 y en la imagen catequética de la entrada de Jesús en Jerusalén. La escena muestra a Jesús entrando en la ciudad montado en un burrito, mientras la gente lo aclama con alegría, extiende mantos en el camino y agita ramas. Es una escena llena de gozo, pero también muy profunda, porque enseña que Jesús es Rey, aunque no como los reyes de este mundo. Él viene humilde, en paz, y entra en Jerusalén para entregarse por amor y salvarnos.
1. Miramos la imagen
Antes de leer el Evangelio, conviene contemplar la imagen con calma.
Podemos fijarnos en varios detalles:
- Jesús aparece en el centro, montado en un burrito.
- Lleva túnica blanca y manto rojo.
- La gente lo recibe con alegría y levanta ramas.
- Algunos ponen mantos en el suelo para honrarlo.
- Los bocadillos muestran los gritos de alabanza: “¡Hosanna!” y “¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!”.
Se puede preguntar a los niños:
- ¿Quién aparece en el centro de la imagen?
- ¿Va Jesús en un caballo grande o en un burrito?
- ¿Cómo está la gente: alegre o triste?
- ¿Qué llevan en las manos?
- ¿Por qué creéis que todos reciben así a Jesús?
2. Escuchamos el Evangelio
En este Evangelio, Jesús se acerca a Jerusalén y manda a sus discípulos buscar una burra y un pollino. Todo sucede como Él lo había dispuesto. El Evangelio dice:
«Decid a la hija de Sión: “Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en una burra, en un pollino, hijo de acémila”».
(Evangelio según san Mateo 21, 5)
Los discípulos hicieron lo que Jesús les mandó, trajeron la burra y el pollino, pusieron encima sus mantos y Jesús se montó.
Entonces el Evangelio sigue diciendo:
«La multitud extendió sus mantos por el camino; algunos cortaban ramas de los árboles y las tendían por el camino».
(Evangelio según san Mateo 21, 8)
Y la gente gritaba con alegría:
«¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!»
(Evangelio según san Mateo 21, 9)
Cuando Jesús entró en Jerusalén, toda la ciudad preguntaba:
«¿Quién es este?»
(Evangelio según san Mateo 21, 10)
Y la gente respondía:
«Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea».
(Evangelio según san Mateo 21, 11)
3. ¿Qué enseña este Evangelio?
Jesús es Rey, pero un Rey humilde
Jesús entra en Jerusalén como Rey, pero no viene con soldados, ni montado en un caballo de guerra, ni buscando poder humano. Viene montado en un burrito, en señal de humildad y de paz. Esto enseña a los niños que Jesús reina con amor, sencillez y mansedumbre.
La gente reconoce que Jesús viene de Dios
Los gritos de la multitud no son cualquier grito. La gente está reconociendo que Jesús viene en nombre del Señor. Por eso lo aclaman y lo reciben con alegría.
Jesús viene a entregarse por nosotros
Aunque la escena es festiva, este Evangelio también nos prepara para la Pasión. Jesús entra en Jerusalén sabiendo que allí entregará su vida por nuestra salvación. Por eso, la alegría del Domingo de Ramos tiene un sentido muy profundo.
Nosotros también estamos llamados a recibir a Jesús
No basta con mirar la escena desde fuera. Este Evangelio invita a los niños a preguntarse si ellos también quieren abrir su corazón a Jesús y recibirlo con alegría.
4. Explicación sencilla para niños
Podemos explicarlo así:
Jesús llegó a Jerusalén y muchas personas salieron a recibirlo. Estaban muy contentas. Ponían mantos en el suelo, agitaban ramas y gritaban que Jesús venía en nombre de Dios.
Pero Jesús no quiso entrar como los reyes orgullosos. Entró montado en un burrito. Así enseñó que Él es un Rey humilde, bueno y cercano.
Jesús venía a Jerusalén para hacer algo muy grande: dar su vida por nosotros. Por eso lo recibimos con alegría, con amor y con gratitud.
Este Evangelio enseña que Jesús quiere entrar también en nuestro corazón. Quiere que lo recibamos con fe, con alegría y con amor.
5. Lo que nos enseña la imagen
Jesús en el centro
La imagen coloca a Jesús en el centro, porque Él es el centro de toda la escena y debe ser también el centro de la vida cristiana.
El burrito
El burrito es muy importante. Enseña que Jesús viene con humildad. No busca impresionar, sino salvar.
La alegría de la gente
Los rostros alegres, las ramas y los mantos muestran que la entrada de Jesús es una fiesta. Los niños comprenden así que seguir a Jesús no es una tristeza, sino una alegría grande.
Los gritos de “Hosanna”
Los bocadillos ayudan a entender que la gente aclama a Jesús como enviado de Dios. “Hosanna” es un grito de alabanza y súplica. Es como decir: “¡Sálvanos, Señor!”.
6. Aplicación para la vida de los niños
Este Evangelio también habla a los niños de hoy.
Nos enseña:
- que debemos recibir a Jesús con alegría,
- que Jesús es Rey, pero un Rey humilde,
- que seguir a Jesús es caminar con paz y amor,
- que también nosotros podemos aclamarlo con nuestra oración,
- que debemos abrirle el corazón cada día.
Se puede decir a los niños:
Cuando rezas, vas a Misa, obedeces a Dios, haces el bien y hablas con amor, estás extendiendo tu “manto” delante de Jesús y lo estás recibiendo en tu vida.
7. Preguntas para dialogar con los niños
- ¿Cómo entra Jesús en Jerusalén?
- ¿Por qué no entra como un rey orgulloso?
- ¿Qué hacía la gente para recibirlo?
- ¿Qué significa gritar “Hosanna”?
- ¿Cómo puedes tú recibir a Jesús en tu vida?
- ¿Qué te enseña el burrito de Jesús?
8. Frases para aprender de memoria
«Mira a tu rey, que viene a ti, humilde.»
(Evangelio según san Mateo 21, 5)
«¡Hosanna al Hijo de David!»
(Evangelio según san Mateo 21, 9)
«¡Bendito el que viene en nombre del Señor!»
(Evangelio según san Mateo 21, 9)
Jesús es un Rey humilde y quiere entrar en mi corazón.
9. Actividad catequética
Actividad: “Recibo a Jesús con alegría”.
Materiales: papel, colores, tijeras y ramas de papel o cartulina.
Se invita a los niños a dibujar la entrada de Jesús en Jerusalén o a hacer una pequeña rama de palma de papel. En ella pueden escribir una frase como estas:
- “¡Hosanna, Jesús!”
- “Quiero recibirte con alegría.”
- “Jesús, entra en mi corazón.”
Después, cada niño puede explicar qué significa para él recibir a Jesús como Rey.
10. Oración final para niños
Señor Jesús,
Tú entraste en Jerusalén
como Rey humilde y bueno.
Yo quiero recibirte con alegría,
con mi oración,
con mi amor
y con mi corazón abierto.
Hazme sencillo como Tú,
y enséñame a seguirte siempre.
Amén.
11. Conclusión
El Evangelio de Mateo 21, 1-11 enseña a los niños que Jesús entra en Jerusalén como Rey, pero de una manera humilde, pacífica y llena de amor. La imagen catequética ayuda a ver la alegría de la gente, las ramas, los mantos y el burrito, y todo ello muestra que Jesús es verdaderamente el enviado de Dios.
Esta escena nos invita a recibir a Jesús con fe y alegría, no solo en una fiesta, sino todos los días de nuestra vida. La gran invitación de esta catequesis es clara y sencilla:
Recibe a Jesús con alegría, aclámalo como Rey y síguelo con un corazón humilde.
por Editorial Casals | 27 Mar, 2026 | Despertar religioso Historias de la Biblia
El domingo de Ramos
La noticia del gran milagro llegó a todas partes. Cuando Jesús entró en la Ciudad de Jerusalén montado en un borriquillo, la gente salió a recibirle con palmas y ramos, cantando: «¡Bendito el que viene en nombre del Señor!».
«¡Bendito seas, Señor!»
* * *
La Última Cena
El Jueves Santo, un día antes de morir, Jesús se reunió con los Apóstoles y les invitó a cenar. Sería la Última Cena. Jesús les dijo: «Tenía muchas ganas de estar con vosotros esta noche…». Y les enseñó muchas cosas, que sus amigos nunca olvidarán.
«¡Jesús: que tenga muchas ganas de estar contigo!»
* * *
Jesús nos deja la Eucaristía
Después, Jesús, que nos quiere mucho, y todo lo puede, convirtió el pan y el vino en su Cuerpo y en su Sangre, y se los dio a sus discípulos. Los Apóstoles recibieron entonces su Primera Comunión. Jesús nos deja la Eucaristía para así quedarse siempre con nosotros. Él está en el Sagrario y podemos ir a visitarle.
«Jesús, gracias porque te has quedado en el Sagrario»
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Jesús nos da el Mandamiento Nuevo
Después de hacer aquel gran milagro, Jesús quiere que aprendamos su última lección: «Un nuevo mandamiento os doy: amaos los unos a los otros como yo os he amado. En esto conocerán todos que sois mis discípulos». Todos los cristianos formamos una gran familia y hemos de querernos mucho, ayudándonos unos a otros, en especial a los más necesitados.
«Jesús, ayúdame a querer a todos»
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De La Biblia más infantil, Casals, 1999. Páginas 106 a 109
Coordinador: Pedro de la Herrán
Texto: Miguel Álvarez y Sagrario Fernández Díaz
Dibujos: José Ramón Sánchez y Javier Jerez
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por Editorial Casals | 26 Mar, 2026 | Despertar religioso Historias de la Biblia
Marta y María
En un pueblecito llamado Betania, vivían tres hermanos: Marta, María y Lázaro, a los que Jesús quería mucho. Un día le llegó a Jesús una triste noticia: «Lázaro ha muerto». Entonces Jesús fue a Betania, donde le recibieron las dos hermanas llorando. Marta le dijo: «Si hubieras estado aquí, Lázaro no habría muerto». Jesús respondió: «No te preocupes, Lázaro resucitará».
«Que mis hermanos y yo seamos muy amigos tuyos»
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Jesús resucita a Lázaro
Jesús fue hasta el sepulcro y mandó quitar la piedra. El sepulcro donde estaba enterrado Lázaro era una cueva con una piedra tapando la entrada. Las hermanas le advirtieron que ya olía mal, pues llevaba cuatro días muerto. Pero obedecieron y abrieron la cueva. Jesús gritó con fuerte voz: «Lázaro, sal fuera». Y Lázaro salió vivo, vendado de pies y manos.
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De La Biblia más infantil, Casals, 1999. Páginas 104 a 105
Coordinador: Pedro de la Herrán
Texto: Miguel Álvarez y Sagrario Fernández Díaz
Dibujos: José Ramón Sánchez y Javier Jerez
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por Editorial Casals | 22 Mar, 2026 | Despertar religioso Historias de la Biblia
El paralítico (I)
Estaba Jesús explicando el Evangelio en casa de unos amigos. La casa estaba llena y no cabía nadie más. Fuera de la casa, estaba un paralítico que había oído hablar de Jesús y deseaba entrar. Unos amigos le ayudaron, metiéndole por una ventana y lo pusieron a los pies de Jesús. Jesús le dijo: «Confía en mí, tus pecados te son perdonados».
«Que yo también te acerque a mis amigos»
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El paralítico (II)
También estaban allí unos fariseos, para ver lo que hacía Jesús y espiarle. Los fariseos pensaron: «Éste miente, pues sólo Dios puede perdonar los pecados». Jesús, que conocía sus pensamientos, les dijo: «¿Por qué pensáis mal? ¿Qué es más fácil: perdonar los pecados o curar al paralítico y que ande?». Y para que vieran que es el Hijo de Dios y que puede perdonar los pecados, dijo al paralítico: «¡Levántate, coge tu camilla y vete a casa!». El paralítico se puso en pie muy contento y se fue a su casa.
«Jesús, perdóname cuanto me he portado mal»
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La hija de Jairo (I)
Otro día, Jairo, que era uno de los jefes de la sinagoga, se acercó llorando porque su hija se le estaba muriendo. Jesús le acompañó. Cuando llegó a la casa, la niña ya había muerto, pero Él les dijo a los que lloraban y daban gritos: «¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no está muerta, sino dormida». Algunos se reían de Él. Pero Jesús entró en el cuarto de la niña…
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La hija de Jairo (II)
La cogió de la mano… y la niña resucitó. Como Jesús es Dios, tiene poder sobre la vida y sobre la muerte. No tiene más que mandar. Por eso le bastó decirle a la hija de Jairo: «Niña, ¡levántate!». Y la niña muerta se levantó enseguida y se puso a andar. Y todos quedaron asombrados ante el poder de Jesús.
«Jesús, qué grande es tu poder»
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Multiplicación de los panes
Un día estaba Jesús hablando a mucha gente. Se iba haciendo de noche y estaban lejos de sus casas. Jesús les dijo a los Apóstoles que mandaran a todos sentarse y les dieran de cenar. Pero sólo tenían cinco panes y dos peces. Jesús bendijo los panes y los peces y se multiplicaron de tal manera, que los Apóstoles los repartieron y comieron todos y además sobró.
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Oración «Bendición de la mesa»
El niño Jesús, que nació en Belen,
Bendiga esta mesa y a nosotros también.
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De La Biblia más infantil, Casals, 1999. Páginas 94 a 98
Coordinador: Pedro de la Herrán
Texto: Miguel Álvarez y Sagrario Fernández Díaz
Dibujos: José Ramón Sánchez y Javier Jerez
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