por Guillermo Mirecki | 29 Mar, 2026 | Primera comunión Dinámicas
Basada en Juan 13, 21-33.36-38 y en la imagen catequética
En esta escena vemos a Jesús durante la Última Cena con sus discípulos. Es un momento muy importante y también muy triste. Jesús anuncia que uno de sus amigos lo va a traicionar, y también dice a Pedro que lo negará. Aun así, Jesús sigue amando a todos. Esta catequesis ayuda a los niños a comprender que Jesús nos ama siempre, incluso cuando fallamos, y que nos invita a ser fieles, especialmente cuando lo recibimos en la Eucaristía.
1. Título de la sesión
“Jesús me ama siempre, aunque yo falle”
2. Objetivo de la sesión
Que los niños descubran el amor fiel de Jesús, comprendan la gravedad de la traición y de negar a Jesús, y aprendan a prepararse para recibirlo en la Eucaristía con un corazón sincero, fiel y arrepentido.
3. Edad orientativa
Niños de 7 a 10 años, en preparación para la Primera Comunión.
4. Duración total orientativa
60-75 minutos.
5. Materiales
- Imagen catequética
- Biblia
- Cartulinas o folios
- Lápices o rotuladores
- Una vela (opcional)
6. Texto evangélico base (adaptado)
Durante la cena, Jesús se entristeció y dijo: «Uno de vosotros me va a traicionar». Los discípulos se miraban sin saber de quién hablaba.
Jesús dio el pan a Judas. Entonces Judas salió. Y era de noche.
Pedro le dijo: «Señor, daré mi vida por ti». Jesús respondió: «¿Darás tu vida por mí? Antes de que cante el gallo, me negarás tres veces».
(Juan 13, 21-33.36-38)
7. Introducción catequética (a partir de la imagen)

El catequista muestra la imagen y deja un momento de silencio. Después pregunta:
- ¿Quién está en el centro?
- ¿Cómo está Jesús: contento o triste?
- ¿Qué está pasando en la mesa?
- ¿Quién parece que se va?
- ¿Qué dice Pedro?
Se ayuda a los niños a descubrir que es un momento serio: Jesús ama, pero algunos no responden bien.
8. Explicación sencilla del Evangelio
Jesús conoce nuestro corazón
Jesús sabe lo que hay dentro de cada persona. Sabe que Judas lo va a traicionar y que Pedro lo va a negar. Aun así, no deja de amarlos.
Judas traiciona
Judas decide alejarse de Jesús. Sale de la cena y se va. El Evangelio dice: “Y era de noche”. Eso significa que su corazón se aleja de la luz.
Pedro quiere ser fiel, pero es débil
Pedro ama a Jesús, pero confía demasiado en sí mismo. Dice que nunca fallará, pero Jesús le advierte que sí lo hará. Esto enseña a los niños que debemos ser humildes.
Jesús nunca deja de amar
Aunque Judas traiciona y Pedro niega, Jesús sigue amando. Este es el mensaje más importante: Jesús no deja de querernos.
9. Desarrollo de la sesión
Actividad 1. “¿Qué está pasando aquí?” (10-15 minutos)
Los niños describen la escena con sus palabras. El catequista guía para que entiendan que hay tres actitudes:
- Jesús: amor fiel
- Judas: traición
- Pedro: amor, pero debilidad
Se les ayuda a identificar estas actitudes en la vida diaria.
Actividad 2. “Mi corazón: luz o oscuridad” (15 minutos)
Los niños dibujan un corazón dividido en dos partes:
- Una parte con cosas buenas (amar, rezar, obedecer, ayudar)
- Otra parte con cosas malas (mentir, desobedecer, enfadarse, olvidarse de Dios)
Se explica que Jesús quiere llenar nuestro corazón de luz.
Actividad 3. “Quiero ser fiel a Jesús” (10-15 minutos)
Cada niño escribe una frase breve:
“Jesús, quiero ser fiel a Ti cuando…”
(por ejemplo: cuando me cuesta obedecer, cuando estoy con amigos, cuando tengo miedo…)
Actividad 4. Lectio divina (15-20 minutos)
¿Qué dice el texto? Jesús anuncia la traición y la negación.
¿Qué me dice Jesús? Que Él me ama siempre.
¿Qué le digo yo? “Jesús, perdóname cuando fallo”.
¿A qué me invita? A ser fiel y a confiar en Él.
Se termina con una oración en silencio.
10. Aplicación a la Primera Comunión
En la Comunión recibimos a Jesús, que nos ama siempre. Pero debemos recibirlo con un corazón sincero. No como Judas, que estaba cerca pero no amaba, ni como Pedro cuando confió solo en sí mismo. Debemos ser humildes, pedir perdón y confiar en Jesús.
La confesión y el deseo de mejorar preparan nuestro corazón para la Comunión.
11. Oración final para niños
Jesús,
Tú me amas siempre,
aunque yo a veces falle.
Perdóname cuando me alejo de Ti.
Ayúdame a ser fiel,
a confiar en Ti
y a quererte cada día más.
Quiero recibirte bien
en la Comunión.
Amén.
12. Oración en familia
Señor Jesús,
enséñanos a ser fieles a Ti.
Ayúdanos a no alejarnos nunca de tu amor.
Perdona nuestras faltas
y haznos crecer como familia cristiana.
Amén.
13. Compromiso semanal
- Decir cada día: “Jesús, ayúdame a ser fiel”
- Pedir perdón cuando se equivoquen
- Hacer un acto bueno sin que nadie lo vea
- Prepararse mejor para la Misa
14. Mensaje final
Jesús te ama siempre. Tú puedes elegir ser fiel a Él.
15. Para el catequista
No suavices demasiado este Evangelio: aquí se juega algo serio. Los niños deben entender que se puede estar cerca de Jesús y, aun así, fallar. Pero también deben salir con esperanza: Jesús perdona y levanta. Este equilibrio es clave para una buena preparación a la Primera Comunión.
por Catequesis en Familia | 16 May, 2017 | La Biblia
Mateo 5, 20-26. Jueves de la 10.ª semana del Tiempo Ordinario. Para cuidar qué decimos a los demas, pidamos al Señor la gracia para ajustar nuestra vida a la ley de la mansedumbre, del amor y de la paz.
Les aseguro que si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos. Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: «No matarás», y el que mata, debe ser llevado ante el tribunal. Pero yo les digo que todo aquel que se irrita contra su hermano, merece ser condenado por un tribunal. Y todo aquel que lo insulta, merece ser castigado por el Sanedrín. Y el que lo maldice, merece la Gehena de fuego. Por lo tanto, si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda ante el altar, ve a reconciliarte con tu hermano, y sólo entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Trata de llegar en seguida a un acuerdo con tu adversario, mientras vas caminando con él, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al guardia, y te pongan preso. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo.
Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede
Lecturas
Primera lectura: Segunda Carta de san Pablo a los Corintios, 2 Cor 3, 15; 4, 1.3-6
Salmo: Sal 85(84)
Oración introductoria
Señor, quiero tomar conciencia de la cercanía que Tú tienes conmigo, para que pueda valorar lo que Tú haces por mí. Señor, Tú me has perdonado muchas veces. Concédeme verlo y palparlo, para que, siguiendo tu ejemplo, mi corazón perdone y ame a los que me hieran de alguna forma.
Petición
Señor, que me dé cuenta de que soy un cristiano necesitado de tu gracia y de amor.
Meditación del Santo Padre Francisco
El enfado y el insulto al hermano pueden matar. Fue la advertencia del Papa Francisco […] comentando el pasaje del evangelio de Mateo (5, 20-26), donde se narra que quien se enfada con el propio hermano será procesado. Y al aludir también a san Juan, quien, respecto a aquel que expresa resentimiento y odio hacia el hermano, en realidad, en su corazón, ya lo mata, el Papa puso de relieve la necesidad de entrar en la lógica del perfeccionamiento, es decir, «ajustar nuestra conducta». Evidentemente se refiere al tema de «desacreditar al hermano a partir de pasiones interiores nuestras. Y en concreto el insulto». El Pontífice hizo notar irónicamente cuánto se ha extendido «en la tradición latina» recurrir al insulto con «una creatividad maravillosa, porque vamos inventando uno tras otro».
Cuando Jesús pronunció las palabras que recoge el Evangelio del día —recordó el Pontífice, hablando en esta ocasión en su español, ante la presencia de un nutrido grupo de argentinos—, inicia con una frase: «la justicia de ustedes tiene que ser superior a la justicia que están viendo ahora, la de los escribas y fariseos». Por ello —añadió el Santo Padre— quien «entra en la vida cristiana, el que acepta seguir este camino, tiene exigencias superiores a las de los demás». Y aquí una puntualización: «No tiene ventajas superiores. ¡No! Exigencias superiores». Jesús menciona algunas de ellas, como «las exigencias de la convivencia», pero luego indica también «el tema de la relación negativa hacia los hermanos». Las palabras de Jesús —subrayó— no dejan vía de escape: «Ustedes han oído que se dijo en el pasado: no matarás. Y el que mata debe ser llevado al tribunal. Pero yo les digo que todo aquél que se enoja contra su hermano merece ser condenado, y todo aquel que lo insulta merece ser castigado por el tribunal». Respecto al insulto —indicó el Papa—, Jesús es aún más radical y «va mucho más allá». Porque dice que cuando ya «en tu corazón hay algo negativo» contra el hermano y se expresa «con un insulto, con una maldición o con enojo, hay algo que no funciona, y te tenés que convertir, tenés que cambiarlo».
El Papa Francisco pidió al Señor la gracia para todos de «cuidar un poquito más la lengua con lo que decimos de los demás». Sin duda es «una pequeña penitencia, pero da buenos frutos». E insistió en la necesidad de pedir al Señor la gracia de «ajustar nuestra vida a esta nueva ley, que es ley de la mansedumbre, ley del amor, ley de la paz».
Santo Padre Francisco: Cuando la lengua mata
Meditación del jueves, 13 de junio de 2013
Catecismo de la Iglesia Católica, CEC
V. «Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden»
2838 Esta petición es sorprendente. Si sólo comprendiera la primera parte de la frase, —“perdona nuestras ofensas”— podría estar incluida, implícitamente, en las tres primeras peticiones de la Oración del Señor, ya que el Sacrificio de Cristo es “para la remisión de los pecados”. Pero, según el segundo miembro de la frase, nuestra petición no será escuchada si no hemos respondido antes a una exigencia. Nuestra petición se dirige al futuro, nuestra respuesta debe haberla precedido; una palabra las une: “como”.
«Perdona nuestras ofensas»…
2839 Con una audaz confianza hemos empezado a orar a nuestro Padre. Suplicándole que su Nombre sea santificado, le hemos pedido que seamos cada vez más santificados. Pero, aun revestidos de la vestidura bautismal, no dejamos de pecar, de separarnos de Dios. Ahora, en esta nueva petición, nos volvemos a Él, como el hijo pródigo (cf Lc 15, 11-32) y nos reconocemos pecadores ante Él como el publicano (cf Lc 18, 13). Nuestra petición empieza con una “confesión” en la que afirmamos, al mismo tiempo, nuestra miseria y su Misericordia. Nuestra esperanza es firme porque, en su Hijo, “tenemos la redención, la remisión de nuestros pecados” (Col 1, 14; Ef 1, 7). El signo eficaz e indudable de su perdón lo encontramos en los sacramentos de su Iglesia (cf Mt 26, 28; Jn 20, 23).
2840 Ahora bien, lo temible es que este desbordamiento de misericordia no puede penetrar en nuestro corazón mientras no hayamos perdonado a los que nos han ofendido. El Amor, como el Cuerpo de Cristo, es indivisible; no podemos amar a Dios a quien no vemos, si no amamos al hermano, a la hermana a quien vemos (cf 1 Jn 4, 20). Al negarse a perdonar a nuestros hermanos y hermanas, el corazón se cierra, su dureza lo hace impermeable al amor misericordioso del Padre; en la confesión del propio pecado, el corazón se abre a su gracia.
2841 Esta petición es tan importante que es la única sobre la cual el Señor vuelve y explicita en el Sermón de la Montaña (cf Mt 6, 14-15; 5, 23-24; Mc 11, 25). Esta exigencia crucial del misterio de la Alianza es imposible para el hombre. Pero “todo es posible para Dios” (Mt 19, 26).
… «como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden»
2842 Este “como” no es el único en la enseñanza de Jesús: «Sed perfectos “como” es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5, 48); «Sed misericordiosos, “como” vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6, 36); «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que “como” yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros» (Jn13, 34). Observar el mandamiento del Señor es imposible si se trata de imitar desde fuera el modelo divino. Se trata de una participación, vital y nacida “del fondo del corazón”, en la santidad, en la misericordia, y en el amor de nuestro Dios. Sólo el Espíritu que es “nuestra Vida” (Ga 5, 25) puede hacer nuestros los mismos sentimientos que hubo en Cristo Jesús (cf Flp 2, 1. 5). Así, la unidad del perdón se hace posible, «perdonándonos mutuamente “como” nos perdonó Dios en Cristo» (Ef 4, 32).
2843 Así, adquieren vida las palabras del Señor sobre el perdón, este Amor que ama hasta el extremo del amor (cf Jn 13, 1). La parábola del siervo sin entrañas, que culmina la enseñanza del Señor sobre la comunión eclesial (cf. Mt 18, 23-35), acaba con esta frase: “Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial si no perdonáis cada uno de corazón a vuestro hermano”. Allí es, en efecto, en el fondo “del corazón” donde todo se ata y se desata. No está en nuestra mano no sentir ya la ofensa y olvidarla; pero el corazón que se ofrece al Espíritu Santo cambia la herida en compasión y purifica la memoria transformando la ofensa en intercesión.
2844 La oración cristiana llega hasta el perdón de los enemigos (cf Mt 5, 43-44). Transfigura al discípulo configurándolo con su Maestro. El perdón es cumbre de la oración cristiana; el don de la oración no puede recibirse más que en un corazón acorde con la compasión divina. Además, el perdón da testimonio de que, en nuestro mundo, el amor es más fuerte que el pecado. Los mártires de ayer y de hoy dan este testimonio de Jesús. El perdón es la condición fundamental de la reconciliación (cf 2 Co 5, 18-21) de los hijos de Dios con su Padre y de los hombres entre sí (cf Juan Pablo II, Cart. enc. DM 14).
2845 No hay límite ni medida en este perdón, esencialmente divino (cf Mt 18, 21-22; Lc 17, 3-4). Si se trata de ofensas (de “pecados” según Lc 11, 4, o de “deudas” según Mt 6, 12), de hecho nosotros somos siempre deudores: “Con nadie tengáis otra deuda que la del mutuo amor” (Rm 13, 8). La comunión de la Santísima Trinidad es la fuente y el criterio de verdad en toda relación (cf 1 Jn 3, 19-24). Se vive en la oración y sobre todo en la Eucaristía (cf Mt 5, 23-24):
«Dios no acepta el sacrificio de los que provocan la desunión, los despide del altar para que antes se reconcilien con sus hermanos: Dios quiere ser pacificado con oraciones de paz. La obligación más bella para Dios es nuestra paz, nuestra concordia, la unidad en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo de todo el pueblo fiel» (San Cipriano de Cartago, De dominica Oratione, 23).
Catecismo de la Iglesia Católica
Propósito
Rezar un Ave María por aquellas personas que nos han ofendido y pedir a Dios la gracia de perdonar de corazón.
Diálogo con Cristo
Jesús, Tú me conoces muy bien y sabes cuánto quiero agradarte, pero también conoces cuán débil soy y que tengo muchas caídas a pesar de mis luchas. Ayúdame, por eso, Señor, a esforzarme por agradarte más, sirviendo a los hombres, quienes son tus hijos y mis hermanos. Quiero practicar cada día más la caridad, virtud principal de tu corazón. Ayúdame como cristiano a ser faro del amor. Pues sólo así seré reconocido como discípulo tuyo.
* * *
«Nada nos asemeja más a Dios que el estar siempre dispuestos a perdonar»
San Juan Crisóstomo, Hom. sobre S. Mateo, 61
* * *
Evangelio del día en «Catholic.net»
Evangelio del día en «Evangelio del día»
Evangelio del día en «Orden de Predicadores»
Evangelio del día en «Evangeli.net»
* * *
por Catequesis en Familia | 12 Mar, 2017 | La Biblia
Mateo 18, 21-35. Martes de la 3.ª semana del Tiempo de Cuaresma. Un cristiano que no es capaz de perdonar escandaliza: no es cristiano.
Entonces se adelantó Pedro y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?». Jesús le respondió: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores. Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda. El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: «Señor, dame un plazo y te pagaré todo». El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda. Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: «Págame lo que me debes». El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: «Dame un plazo y te pagaré la deuda». Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor. Este lo mandó llamar y le dijo: «¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?». E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía. Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos».
Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede
Lecturas
Primera lectura: Libro de Daniel, Dan 3, 25.34-43
Salmo: Sal 25(24), 4-9
Oración introductoria
Señor, yo necesito de tu perdón y tu misericordia. Sé que puedo acudir a ti con todos mis defectos y pecados. Tú me quieres perdonar. Me esperas con tu corazón de Padre para que yo llegue y acepte tu amor. Tú reinas y gobiernas con misericordia, y nada te agrada más que poder perdonar.
Petición
Señor Jesús, Tú moriste por mí en la cruz para librarme de mis pecados. ¡Ayúdame a reconocerlos y a pedirte perdón con un corazón humilde! ¡Dame la gracia de perdonar a los demás como Tú me perdonaste a mí!
Meditación del Santo Padre Francisco
Jesús, en el Evangelio, «habla del perdón y —destacó el Papa— nos aconseja que no nos cansemos de perdonar. ¿Por qué? Porque yo he sido perdonado». En efecto, «el primer perdonado en mi vida soy yo. Por esto no tengo derecho a no perdonar: estoy obligado, por el perdón recibido, a perdonar a los demás». Así, pues, «perdonar: una vez, dos, tres, setenta veces siete, ¡siempre! Incluso en el mismo día». En esto, aclaró el Pontífice, Jesús en cierto sentido «exagera para hacernos comprender la importancia del perdón». Porque «un cristiano que no es capaz de perdonar escandaliza: no es cristiano».
Esta verdad «está en el Padrenuestro: Jesús lo enseñó allí», recordó el Pontífice. Cierto, reconoció, el discurso del perdón «no se comprende con la lógica humana», «que te lleva a no perdonar, a la venganza; te conduce al odio, a la división». Así, vemos «cuántas familias divididas por no perdonarse, ¡cuántas familias! Hijos distanciados de sus padres; marido y mujer distanciados…». Por esta razón «es tan importante pensar esto: si yo no perdono no tengo, parece que no tendría, derecho a ser perdonado o no comprendí lo que significa que el Señor me haya perdonado».
Santo Padre Francisco: Cristianos escandalosos
Meditación del lunes, 10 de noviembre de 2014
Catecismo de la Iglesia Católica, CEC
V. «Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden»
2838 Esta petición es sorprendente. Si sólo comprendiera la primera parte de la frase, —“perdona nuestras ofensas”— podría estar incluida, implícitamente, en las tres primeras peticiones de la Oración del Señor, ya que el Sacrificio de Cristo es “para la remisión de los pecados”. Pero, según el segundo miembro de la frase, nuestra petición no será escuchada si no hemos respondido antes a una exigencia. Nuestra petición se dirige al futuro, nuestra respuesta debe haberla precedido; una palabra las une: “como”.
«Perdona nuestras ofensas»…
2839 Con una audaz confianza hemos empezado a orar a nuestro Padre. Suplicándole que su Nombre sea santificado, le hemos pedido que seamos cada vez más santificados. Pero, aun revestidos de la vestidura bautismal, no dejamos de pecar, de separarnos de Dios. Ahora, en esta nueva petición, nos volvemos a Él, como el hijo pródigo (cf Lc 15, 11-32) y nos reconocemos pecadores ante Él como el publicano (cf Lc 18, 13). Nuestra petición empieza con una “confesión” en la que afirmamos, al mismo tiempo, nuestra miseria y su Misericordia. Nuestra esperanza es firme porque, en su Hijo, “tenemos la redención, la remisión de nuestros pecados” (Col 1, 14; Ef 1, 7). El signo eficaz e indudable de su perdón lo encontramos en los sacramentos de su Iglesia (cf Mt 26, 28; Jn 20, 23).
2840 Ahora bien, lo temible es que este desbordamiento de misericordia no puede penetrar en nuestro corazón mientras no hayamos perdonado a los que nos han ofendido. El Amor, como el Cuerpo de Cristo, es indivisible; no podemos amar a Dios a quien no vemos, si no amamos al hermano, a la hermana a quien vemos (cf 1 Jn 4, 20). Al negarse a perdonar a nuestros hermanos y hermanas, el corazón se cierra, su dureza lo hace impermeable al amor misericordioso del Padre; en la confesión del propio pecado, el corazón se abre a su gracia.
2841 Esta petición es tan importante que es la única sobre la cual el Señor vuelve y explicita en el Sermón de la Montaña (cf Mt 6, 14-15; 5, 23-24; Mc 11, 25). Esta exigencia crucial del misterio de la Alianza es imposible para el hombre. Pero “todo es posible para Dios” (Mt 19, 26).
… «como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden»
2842 Este “como” no es el único en la enseñanza de Jesús: «Sed perfectos “como” es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5, 48); «Sed misericordiosos, “como” vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6, 36); «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que “como” yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros» (Jn13, 34). Observar el mandamiento del Señor es imposible si se trata de imitar desde fuera el modelo divino. Se trata de una participación, vital y nacida “del fondo del corazón”, en la santidad, en la misericordia, y en el amor de nuestro Dios. Sólo el Espíritu que es “nuestra Vida” (Ga 5, 25) puede hacer nuestros los mismos sentimientos que hubo en Cristo Jesús (cf Flp 2, 1. 5). Así, la unidad del perdón se hace posible, «perdonándonos mutuamente “como” nos perdonó Dios en Cristo» (Ef 4, 32).
2843 Así, adquieren vida las palabras del Señor sobre el perdón, este Amor que ama hasta el extremo del amor (cf Jn 13, 1). La parábola del siervo sin entrañas, que culmina la enseñanza del Señor sobre la comunión eclesial (cf. Mt 18, 23-35), acaba con esta frase: “Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial si no perdonáis cada uno de corazón a vuestro hermano”. Allí es, en efecto, en el fondo “del corazón” donde todo se ata y se desata. No está en nuestra mano no sentir ya la ofensa y olvidarla; pero el corazón que se ofrece al Espíritu Santo cambia la herida en compasión y purifica la memoria transformando la ofensa en intercesión.
2844 La oración cristiana llega hasta el perdón de los enemigos (cf Mt 5, 43-44). Transfigura al discípulo configurándolo con su Maestro. El perdón es cumbre de la oración cristiana; el don de la oración no puede recibirse más que en un corazón acorde con la compasión divina. Además, el perdón da testimonio de que, en nuestro mundo, el amor es más fuerte que el pecado. Los mártires de ayer y de hoy dan este testimonio de Jesús. El perdón es la condición fundamental de la reconciliación (cf 2 Co 5, 18-21) de los hijos de Dios con su Padre y de los hombres entre sí (cf Juan Pablo II, Cart. enc. DM 14).
2845 No hay límite ni medida en este perdón, esencialmente divino (cf Mt 18, 21-22; Lc 17, 3-4). Si se trata de ofensas (de “pecados” según Lc 11, 4, o de “deudas” según Mt 6, 12), de hecho nosotros somos siempre deudores: “Con nadie tengáis otra deuda que la del mutuo amor” (Rm 13, 8). La comunión de la Santísima Trinidad es la fuente y el criterio de verdad en toda relación (cf 1 Jn 3, 19-24). Se vive en la oración y sobre todo en la Eucaristía (cf Mt 5, 23-24):
«Dios no acepta el sacrificio de los que provocan la desunión, los despide del altar para que antes se reconcilien con sus hermanos: Dios quiere ser pacificado con oraciones de paz. La obligación más bella para Dios es nuestra paz, nuestra concordia, la unidad en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo de todo el pueblo fiel» (San Cipriano de Cartago, De dominica Oratione, 23).
Catecismo de la Iglesia Católica
Propósito
Hoy perdonaré de todo corazón a aquella persona que aún no he querido o no he sabido perdonar.
Diálogo con Cristo
Jesús, hoy te ofrezco mis pecados y mi debilidad, porque soy tu deudor. Sé que me quieres perdonar. Por eso vengo con una gran confianza. Confío en tus méritos y en tu muerte. Yo quiero ser el instrumento de tu perdón. Dame esta gracia. Yo sé que perdonar es la solución de muchos de mis problemas. Ayúdame a ser humilde y a aceptar mis propios defectos y los de las personas a mi lado. ¡Ayúdame a ser un apóstol de tu perdón!
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Señor, toma este corazón de piedra, y dame un corazón de hombre: un corazón que te ame, un corazón que se alegre en ti, que te imite y que te complazca.
San Ambrosio
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Evangelio del día en «Catholic.net»
Evangelio del día en «Evangelio del día»
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por Catequesis en Familia | 7 Mar, 2017 | La Biblia
Mateo 5, 20-26. Viernes de la 1.ª semana del Tiempo de Cuaresma. Para cuidar qué decimos a los demas, pidamos al Señor la gracia para ajustar nuestra vida a la ley de la mansedumbre, del amor y de la paz.
Les aseguro que si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos. Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: «No matarás», y el que mata, debe ser llevado ante el tribunal. Pero yo les digo que todo aquel que se irrita contra su hermano, merece ser condenado por un tribunal. Y todo aquel que lo insulta, merece ser castigado por el Sanedrín. Y el que lo maldice, merece la Gehena de fuego. Por lo tanto, si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda ante el altar, ve a reconciliarte con tu hermano, y sólo entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Trata de llegar en seguida a un acuerdo con tu adversario, mientras vas caminando con él, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al guardia, y te pongan preso. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo.
Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede
Lecturas
Primera lectura: Libro de Ezequiel, Ez 18, 21-28
Salmo: Sal 130(129), 1-8
Oración introductoria
Señor, quiero tomar conciencia de la cercanía que Tú tienes conmigo, para que pueda valorar lo que Tú haces por mí. Señor, Tú me has perdonado muchas veces. Concédeme verlo y palparlo, para que, siguiendo tu ejemplo, mi corazón perdone y ame a los que me hieran de alguna forma.
Petición
Señor, que me dé cuenta de que soy un cristiano necesitado de tu gracia y de amor.
Meditación del Santo Padre Francisco
El enfado y el insulto al hermano pueden matar. Fue la advertencia del Papa Francisco […] comentando el pasaje del evangelio de Mateo (5, 20-26), donde se narra que quien se enfada con el propio hermano será procesado. Y al aludir también a san Juan, quien, respecto a aquel que expresa resentimiento y odio hacia el hermano, en realidad, en su corazón, ya lo mata, el Papa puso de relieve la necesidad de entrar en la lógica del perfeccionamiento, es decir, «ajustar nuestra conducta». Evidentemente se refiere al tema de «desacreditar al hermano a partir de pasiones interiores nuestras. Y en concreto el insulto». El Pontífice hizo notar irónicamente cuánto se ha extendido «en la tradición latina» recurrir al insulto con «una creatividad maravillosa, porque vamos inventando uno tras otro».
Cuando Jesús pronunció las palabras que recoge el Evangelio del día —recordó el Pontífice, hablando en esta ocasión en su español, ante la presencia de un nutrido grupo de argentinos—, inicia con una frase: «la justicia de ustedes tiene que ser superior a la justicia que están viendo ahora, la de los escribas y fariseos». Por ello —añadió el Santo Padre— quien «entra en la vida cristiana, el que acepta seguir este camino, tiene exigencias superiores a las de los demás». Y aquí una puntualización: «No tiene ventajas superiores. ¡No! Exigencias superiores». Jesús menciona algunas de ellas, como «las exigencias de la convivencia», pero luego indica también «el tema de la relación negativa hacia los hermanos». Las palabras de Jesús —subrayó— no dejan vía de escape: «Ustedes han oído que se dijo en el pasado: no matarás. Y el que mata debe ser llevado al tribunal. Pero yo les digo que todo aquél que se enoja contra su hermano merece ser condenado, y todo aquel que lo insulta merece ser castigado por el tribunal». Respecto al insulto —indicó el Papa—, Jesús es aún más radical y «va mucho más allá». Porque dice que cuando ya «en tu corazón hay algo negativo» contra el hermano y se expresa «con un insulto, con una maldición o con enojo, hay algo que no funciona, y te tenés que convertir, tenés que cambiarlo».
El Papa Francisco pidió al Señor la gracia para todos de «cuidar un poquito más la lengua con lo que decimos de los demás». Sin duda es «una pequeña penitencia, pero da buenos frutos». E insistió en la necesidad de pedir al Señor la gracia de «ajustar nuestra vida a esta nueva ley, que es ley de la mansedumbre, ley del amor, ley de la paz».
Santo Padre Francisco: Cuando la lengua mata
Meditación del jueves, 13 de junio de 2013
Catecismo de la Iglesia Católica, CEC
V. «Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden»
2838 Esta petición es sorprendente. Si sólo comprendiera la primera parte de la frase, —“perdona nuestras ofensas”— podría estar incluida, implícitamente, en las tres primeras peticiones de la Oración del Señor, ya que el Sacrificio de Cristo es “para la remisión de los pecados”. Pero, según el segundo miembro de la frase, nuestra petición no será escuchada si no hemos respondido antes a una exigencia. Nuestra petición se dirige al futuro, nuestra respuesta debe haberla precedido; una palabra las une: “como”.
«Perdona nuestras ofensas»…
2839 Con una audaz confianza hemos empezado a orar a nuestro Padre. Suplicándole que su Nombre sea santificado, le hemos pedido que seamos cada vez más santificados. Pero, aun revestidos de la vestidura bautismal, no dejamos de pecar, de separarnos de Dios. Ahora, en esta nueva petición, nos volvemos a Él, como el hijo pródigo (cf Lc 15, 11-32) y nos reconocemos pecadores ante Él como el publicano (cf Lc 18, 13). Nuestra petición empieza con una “confesión” en la que afirmamos, al mismo tiempo, nuestra miseria y su Misericordia. Nuestra esperanza es firme porque, en su Hijo, “tenemos la redención, la remisión de nuestros pecados” (Col 1, 14; Ef 1, 7). El signo eficaz e indudable de su perdón lo encontramos en los sacramentos de su Iglesia (cf Mt 26, 28; Jn 20, 23).
2840 Ahora bien, lo temible es que este desbordamiento de misericordia no puede penetrar en nuestro corazón mientras no hayamos perdonado a los que nos han ofendido. El Amor, como el Cuerpo de Cristo, es indivisible; no podemos amar a Dios a quien no vemos, si no amamos al hermano, a la hermana a quien vemos (cf 1 Jn 4, 20). Al negarse a perdonar a nuestros hermanos y hermanas, el corazón se cierra, su dureza lo hace impermeable al amor misericordioso del Padre; en la confesión del propio pecado, el corazón se abre a su gracia.
2841 Esta petición es tan importante que es la única sobre la cual el Señor vuelve y explicita en el Sermón de la Montaña (cf Mt 6, 14-15; 5, 23-24; Mc 11, 25). Esta exigencia crucial del misterio de la Alianza es imposible para el hombre. Pero “todo es posible para Dios” (Mt 19, 26).
… «como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden»
2842 Este “como” no es el único en la enseñanza de Jesús: «Sed perfectos “como” es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5, 48); «Sed misericordiosos, “como” vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6, 36); «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que “como” yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros» (Jn13, 34). Observar el mandamiento del Señor es imposible si se trata de imitar desde fuera el modelo divino. Se trata de una participación, vital y nacida “del fondo del corazón”, en la santidad, en la misericordia, y en el amor de nuestro Dios. Sólo el Espíritu que es “nuestra Vida” (Ga 5, 25) puede hacer nuestros los mismos sentimientos que hubo en Cristo Jesús (cf Flp 2, 1. 5). Así, la unidad del perdón se hace posible, «perdonándonos mutuamente “como” nos perdonó Dios en Cristo» (Ef 4, 32).
2843 Así, adquieren vida las palabras del Señor sobre el perdón, este Amor que ama hasta el extremo del amor (cf Jn 13, 1). La parábola del siervo sin entrañas, que culmina la enseñanza del Señor sobre la comunión eclesial (cf. Mt 18, 23-35), acaba con esta frase: “Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial si no perdonáis cada uno de corazón a vuestro hermano”. Allí es, en efecto, en el fondo “del corazón” donde todo se ata y se desata. No está en nuestra mano no sentir ya la ofensa y olvidarla; pero el corazón que se ofrece al Espíritu Santo cambia la herida en compasión y purifica la memoria transformando la ofensa en intercesión.
2844 La oración cristiana llega hasta el perdón de los enemigos (cf Mt 5, 43-44). Transfigura al discípulo configurándolo con su Maestro. El perdón es cumbre de la oración cristiana; el don de la oración no puede recibirse más que en un corazón acorde con la compasión divina. Además, el perdón da testimonio de que, en nuestro mundo, el amor es más fuerte que el pecado. Los mártires de ayer y de hoy dan este testimonio de Jesús. El perdón es la condición fundamental de la reconciliación (cf 2 Co 5, 18-21) de los hijos de Dios con su Padre y de los hombres entre sí (cf Juan Pablo II, Cart. enc. DM 14).
2845 No hay límite ni medida en este perdón, esencialmente divino (cf Mt 18, 21-22; Lc 17, 3-4). Si se trata de ofensas (de “pecados” según Lc 11, 4, o de “deudas” según Mt 6, 12), de hecho nosotros somos siempre deudores: “Con nadie tengáis otra deuda que la del mutuo amor” (Rm 13, 8). La comunión de la Santísima Trinidad es la fuente y el criterio de verdad en toda relación (cf 1 Jn 3, 19-24). Se vive en la oración y sobre todo en la Eucaristía (cf Mt 5, 23-24):
«Dios no acepta el sacrificio de los que provocan la desunión, los despide del altar para que antes se reconcilien con sus hermanos: Dios quiere ser pacificado con oraciones de paz. La obligación más bella para Dios es nuestra paz, nuestra concordia, la unidad en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo de todo el pueblo fiel» (San Cipriano de Cartago, De dominica Oratione, 23).
Catecismo de la Iglesia Católica
Propósito
Rezar un Ave María por aquellas personas que nos han ofendido y pedir a Dios la gracia de perdonar de corazón.
Diálogo con Cristo
Jesús, Tú me conoces muy bien y sabes cuánto quiero agradarte, pero también conoces cuán débil soy y que tengo muchas caídas a pesar de mis luchas. Ayúdame, por eso, Señor, a esforzarme por agradarte más, sirviendo a los hombres, quienes son tus hijos y mis hermanos. Quiero practicar cada día más la caridad, virtud principal de tu corazón. Ayúdame como cristiano a ser faro del amor. Pues sólo así seré reconocido como discípulo tuyo.
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«Nada nos asemeja más a Dios que el estar siempre dispuestos a perdonar»
San Juan Crisóstomo, Hom. sobre S. Mateo, 61
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por Catequesis en Familia | 24 Sep, 2016 | La Biblia
Lucas 9, 51-56. Martes de la 26.ª semana del Tiempo Ordinario. El Señor vivió el culmen de su libertad en la cruz, como cumbre del amor.
Cuando estaba por cumplirse el tiempo de su elevación al cielo, Jesús se encaminó decididamente hacia Jerusalén y envió mensajeros delante de él. Ellos partieron y entraron en un pueblo de Samaría para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron porque se dirigía a Jerusalén. Cuando sus discípulos Santiago y Juan vieron esto, le dijeron: «Señor, ¿quieres que mandemos caer fuego del cielo para consumirlos?». Pero él se dio vuelta y los reprendió. Y se fueron a otro pueblo.
Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede
Lecturas
Primera lectura: Libro de Job 3, 1-3.11-17.20-23
Salmo: Sal 88(87), 2-8
Oración Introductoria
Padre bueno, que fácilmente juzgo a los demás en vez de estar más alerta sobre mi propio comportamiento, por eso yo si quiero recibirte hoy en mi corazón, sé que tu presencia en mi vida logrará cambiar las actitudes negativas que me alejan de la santidad.
Petición
¡Ven Señor Jesús! Transforma mi debilidad en fuerza de amor.
Meditación del Santo Padre emérito Benedicto XVI
Queridos hermanos y hermanas:
Las lecturas bíblicas de la misa de este [día] nos invitan a meditar en un tema fascinante, que se puede resumir así: libertad y seguimiento de Cristo. El evangelista san Lucas relata que Jesús, «cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, se dirigió decididamente a Jerusalén» (Lc 9, 51). En la palabra «decididamente» podemos vislumbrar la libertad de Cristo, pues sabe que en Jerusalén lo espera la muerte de cruz, pero en obediencia a la voluntad del Padre se entrega a sí mismo por amor.
En su obediencia al Padre Jesús realiza su libertad como elección consciente motivada por el amor. ¿Quién es más libre que él, que es el Todopoderoso? Pero no vivió su libertad como arbitrio o dominio. La vivió como servicio. De este modo «llenó» de contenido la libertad, que de lo contrario sería sólo la posibilidad «vacía» de hacer o no hacer algo. La libertad, como la vida misma del hombre, cobra sentido por el amor. En efecto, ¿quién es más libre? ¿Quien se reserva todas las posibilidades por temor a perderlas, o quien se dedica «decididamente» a servir y así se encuentra lleno de vida por el amor que ha dado y recibido?
El apóstol san Pablo, escribiendo a los cristianos de Galacia, en la actual Turquía, dice: «Hermanos, habéis sido llamados a la libertad; sólo que no toméis de esa libertad pretexto para vivir según la carne; antes al contrario, servíos por amor los unos a los otros» (Ga 5, 13). Vivir según la carne significa seguir la tendencia egoísta de la naturaleza humana. En cambio, vivir según el Espíritu significa dejarse guiar en las intenciones y en las obras por el amor de Dios, que Cristo nos ha dado.
Por tanto, la libertad cristiana no es en absoluto arbitrariedad; es seguimiento de Cristo en la entrega de sí hasta el sacrificio de la cruz. Puede parecer una paradoja, pero el Señor vivió el culmen de su libertad en la cruz, como cumbre del amor. Cuando en el Calvario le gritaban: «Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz», demostró su libertad de Hijo precisamente permaneciendo en aquel patíbulo para cumplir a fondo la voluntad misericordiosa del Padre.
Muchos otros testigos de la verdad han compartido esta experiencia: hombres y mujeres que demostraron que seguían siendo libres incluso en la celda de una cárcel, a pesar de las amenazas de tortura. «La verdad os hará libres». Quien pertenece a la verdad, jamás será esclavo de algún poder, sino que siempre sabrá servir libremente a los hermanos.
Contemplemos a María santísima. La Virgen, humilde esclava del Señor, es modelo de persona espiritual, plenamente libre por ser inmaculada, inmune de pecado y toda santa, dedicada al servicio de Dios y del prójimo. Que ella, con su solicitud materna, nos ayude a seguir a Jesús, para conocer la verdad y vivir la libertad en el amor.
Santo Padre emérito Benedicto XVI
Homilía del domingo, 1 de julio de 2007
Catecismo de la Iglesia Católica, CEC
1949 El hombre, llamado a la bienaventuranza, pero herido por el pecado, necesita la salvación de Dios. La ayuda divina le viene en Cristo por la ley que lo dirige y en la gracia que lo sostiene:
«Trabajad con temor y temblor por vuestra salvación, pues Dios es quien obra en vosotros el querer y el obrar como bien le parece» (Flp 2, 12-23).
Catecismo de la Iglesia Católica
Propósito
Perdonemos hoy a aquel que nos ofenda, a ejemplo de Cristo, que murió en esa Cruz y se ofreció como víctima al Padre tanto por los que le iban a amar como por los que le iban a crucificar.
Diálogo con Cristo
Jesucristo, quiero recibirte en mi interior con sencillez, apertura y humildad. Me pongo de rodillas ante Ti y te digo que acepto tu Reino. Quiero configurar toda mi vida con tu Evangelio. Quiero cambiar mis criterios, mis reacciones altaneras, para que todo lo haga por amor. Quiero saber agradecer y valorar a tantas personas santas que has puesto en mi camino. Dame tu gracia para que todo esto sea posible.
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por Catequesis en Familia | 14 Jul, 2016 | La Biblia
Mateo 18, 21-35; 19, 1. Jueves de la 19.ª semana del Tiempo Ordinario. Dios no se cansa nunca de perdonar (nos perdona setenta veces siete), somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia. También así nos pide el Señor que perdonemos a los demás.
Entonces se adelantó Pedro y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?». Jesús le respondió: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores. Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda. El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: «Señor, dame un plazo y te pagaré todo». El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda. Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: «Págame lo que me debes». El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: «Dame un plazo y te pagaré la deuda». Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor. Este lo mandó llamar y le dijo: «¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?». E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía. Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos». Cuando Jesús terminó de decir estas palabras, dejó la Galilea y fue al territorio de Judea, más allá del Jordán.
Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede
Lecturas
Primera lectura: Libro de Ezequiel, Ez 12, 1-12
Salmo: Sal 78(77), 56-62
Oración introductoria
Dios mío, creo que estás aquí presente. Espero y te suplico humildemente que guíes esta oración. Ayúdame a tener los mismos sentimientos de acogida y misericordia que tuvo tu Hijo, Jesús.
Petición
Jesús, haz mi corazón semejante al tuyo para amar y perdonar a los demás como los amas Tú.
Meditación del Santo Padre Francisco
Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque «nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor». Al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos. Éste es el momento para decirle a Jesucristo: «Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores». ¡Nos hace tanto bien volver a Él cuando nos hemos perdido! Insisto una vez más: Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia. Aquel que nos invitó a perdonar «setenta veces siete» (Mt 18,22) nos da ejemplo: Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría. No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia adelante!
Santo Padre Francisco
I. Alegría que se renueva y se comunica, n.3
Exhortación Apostólica EVANGELII GAUDIUM
sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual
Propósito
Imitar el amor misericordioso de Dios en mi propia vida, con cada persona con la que tenga contacto: familia, compañeros de estudio o trabajo, amigos.
Diálogo con Cristo
Padre mío, lo que puedo llegar a hacer, si dejo actuar tu gracia, es impresionante. Porque contestarle a Pedro que no sólo siete, sino setenta veces siete, es todo un desafío, imposible sin tu gracia e inspiración. Ayúdame a recorrer este camino de amor y misericordia hacia los demás.
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Evangelio del día en «Catholic.net»
Evangelio del día en «Evangelio del día»
Evangelio del día en «Orden de Predicadores»
Evangelio del día en «Evangeli.net»
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por Gloria.TV | 4 Abr, 2014 | Confirmación Narraciones
¿Qué ha dejado la Cruz en los que la han visto y en los que la han tocado? ¿Qué deja en cada uno de nosotros? Miren, deja un bien que nadie más nos puede dar: la certeza del amor fiel de Dios por nosotros. Un amor tan grande que entra en nuestro pecado y lo perdona, entra en nuestro sufrimiento y nos da fuerza para sobrellevarlo, entra también en la muerte para vencerla y salvarnos. En la Cruz de Cristo está todo el amor de Dios, está su inmensa misericordia. Y es un amor del que podemos fiarnos, en el que podemos creer. Queridos jóvenes, fiémonos de Jesús, confiemos en Él (cf. Lumen fidei, 16). Porque Él nunca defrauda a nadie. Sólo en Cristo muerto y resucitado encontramos la salvación y redención. Con Él, el mal, el sufrimiento y la muerte no tienen la última palabra, porque Él nos da esperanza y vida: ha transformado la Cruz de ser un instrumento de odio, y de derrota, y de muerte, en un signo de amor, de victoria, de triunfo y de vida.
Santo Padre Francisco
Discurso durante el «Vía Crucis» con los jóvenes
JMJ de Río de Janeiro, el viernes 26 de julio de 2013
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Cartas al padre Jacob – Sinopsis de la película
Leila es una mujer que, después de haber sido condenada a cadena perpetua, es indultada, y le ofrecen trabajo como ayudante de Jacob, un anciano cura rural ciego. Su trabajo consiste básicamente en responder a las cartas que los fieles le escriben al sacerdote pidiéndole ayuda y consejo. Esta labor que para el cura es vital, a Leila, en cambio, le parece una tarea estéril; en consecuencia, la relación entre ambos personajes es bastante tensa. Pero llega un momento en que Jacob deja de recibir cartas y, entonces, siente que su vida ha perdido todo sentido. Este hecho será el desencadenante de una dramática revelación.
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Cartas al padre Jacob – Ficha en IMDb
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Cartas al padre Jacob – Ficha de la película
Título original: Postia pappi Jaakobille
Año: 2009
Duración: 72 min.
País: Finlandia
Director: Klaus Härö
Guión: Klaus Härö, Jaana Makkonen
Música: Dani Strömbäck
Fotografía: Tuomo Hutri
Reparto: Kaarina Hazard, Heikki Nousiainen, Jukka Keinonen, Esko Roine
Productora: Kinotar / Yleisradio (YLE)
Género: Drama | Religión
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Portal web de Gloria.TV
Portal web de Film Affinity
por Aciprensa | 23 Oct, 2013 | Catequesis Testimonios
Es fácil decirle a una persona que tiene que perdonar a alguien que hace un mal. Quizás es un poco más difícil decir que perdones a alguien que hace un daño a tu familia. Pero perdonar al que asesinó a un hijo o a un hermano, eso sí es realmente cristiano. Quien ha tenido la bendición de tener hijos y hermanos, sabe que cuando alguno de ellos se enferma o sufre algún tipo de accidente, la preocupación y el dolor dentro del corazón es muy grande, pero ese dolor es aún más intenso e indescriptible cuando asesinan a un familiar de la manera más injusta.
«Soy católico, creo en Jesucristo», fueron las palabras de Hernán Prado, hermano de Sebastián, un médico argentino de 36 años asesinado en la puerta de su casa frente a sus hijos. La reacción normal ante esta situación hubiese sido de indignación y hasta de furia ante un acto tan injusto y gratuito.
Sin embargo, este hermano ante su terrible dolor tuvo como única respuesta que su vida cristiana le llamaba a perdonar hasta esta tremenda injusticia. El perdón debería estar impreso en el corazón del hombre, porque la Iglesia a través del Sacramento de la Reconciliación nos recuerda la infinita misericordia de Dios, misericordia que no tiene límites.
Perdonar en estas circunstancias tan dolorosas es un acto de suprema generosidad que seguramente será premiado por Dios. Solo se puede imaginar que en el corazón de este hermano resonaban las mismas palabra de Jesús en la cruz «Padre perdónalos porque no saben lo que hacen».
«El que mató a mi hermano es también un hermano mío. Esto es lo que quiero inculcarle a mis sobrinos e hijos: yo elijo el perdón, transmitir el perdón», dijo Hernán. El buscar la justicia hubiese sido también una correcta elección. Nadie hubiese podido criticar este deseo. Sin embargo el elegir por voluntad el perdón cristiano es un acto que sobrepasa a la misma justicia.
Sebastián, el hermano de Hernán, se defendió para no ser robado y por eso recibió varios disparos de bala. Ojalá este ladrón aproveche esta oportunidad y pueda regresar a la Casa del Padre como el Hijo Pródigo y decir como el buen ladrón: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino».
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Artículo original en Aciprensa
por P. Miguel Ángel Fuentes | 19 Abr, 2013 | Confirmación Liturgia
Cuando un hombre descubre sus faltas, Dios las cubre. Cuando un hombre las esconde, Dios las descubre…cuando las reconoce, Dios las olvida.
San Agustín
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En este artículo os presentamos un posible esquema para realizar el rito de la Reconciliación de forma práctica. Antes de acudir al confesor, os aconsejamos tener una idea clara de lo que estamos haciendo; para ello, nada mejor que estudiar o repasar el magisterio de la Iglesia, al que podéis acceder en estos dos artículos: La celebración del sacramento y La confesión de los pecados.
Esquema para realizar el rito de la Reconciliación
Recepción del penitente
El sacerdote te recibirá con amor y amabilidad. Una vez de rodillas en el confesionario (o si es en un lugar diferente al templo, junto al confesor), el penitente comienza diciendo una de las siguientes fórmulas:
- Hacer la señal de la cruz orando: En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
- Ave María purísima. (el sacerdote contestará: «Sin pecado concebido»).
- Bendígame padre, porque he pecado.
Invitación a la confianza
La realiza el sacerdote y al terminar el penitente dice «Amén».
Lectura
El sacerdote puede leer un pasaje del Evangelio o una oración como:
«El Señor esté en tu corazón para que te puedas arrepentir y confesar humildemente tus pecados.»
Confesión de los pecados
El penitente dice la última vez que se confesó, con una frase como «Padre hace X días, meses, años… que me confesé» y dice si cumplió o no la penitencia impuesta en la última confesión.
A continuación, el penitente expone todos sus pecados (los que recuerde). En esta parte, el sacerdote ayudará al penitente, si lo cree necesario, a realizar una confesión íntegra dándole algunos consejos.
Aceptación de la penitencia
A continuación el sacerdote dará la penitencia y el penitente laa aceptará diciendo: «Gracias, Padre» u otra fórmula de agradecimiento con la que el penitente se encuentre cómodo.
Oración del penitente
El penitente manifestará su contrición rezando el Acto de contrición.
Fórmula de la absolución
El sacerdote en nombre y con el poder de Cristo da la absolución, la cual perdona los pecados del penitente.
Alabanza a Dios
Comienza el sacerdote diciendo «Dad gracias al Señor porque es bueno»,
y el penitente responde «Porque es eterna su misericordia».
Despedida del penitente
El sacerdote despide al penitente diciendo «El Señor ha perdonado tus pecados. Vete en paz».
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Para realizar apropiadamente el rito de la Reconciliación, recuerda:
- Que no es necesario acordarse de todo el rito, es normal, sobre todo cuando uno no está acostumbrado. En este caso, lo importante es tener plena confianza en el sacerdote, quien te ayudará a hacer la confesión correctamente.
- Después de la confesión es mejor dar gracias al Señor por el inestimable beneficio del perdón, cumplir inmediatamente la penitencia impuesta y renovar el propósito de huir de los pecados y de sus ocasiones.
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Fuente original: El teóloco responde
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