La Pascua para colorear

La Pascua para colorear

Serie de láminas infantiles para descubrir la alegría de Cristo resucitado


1. Presentación

La Pascua es el centro de la fe cristiana: Jesús ha resucitado, está vivo y camina con nosotros. Para los niños, esta verdad no debe presentarse como una idea lejana o complicada, sino como una noticia luminosa, cercana y llena de alegría. Estas láminas para colorear quieren ayudar a los más pequeños a contemplar, poco a poco, los grandes momentos del tiempo pascual.

No se trata solo de “pintar dibujos religiosos”. Cada imagen está pensada como una pequeña puerta de entrada al misterio de la Pascua. El niño colorea, mira, pregunta, reconoce personajes, descubre símbolos y se familiariza con las escenas principales: el cirio, el sepulcro vacío, las apariciones de Jesús resucitado, Emaús, la pesca milagrosa, la Ascensión y la oración de María con los discípulos antes de Pentecostés.

La serie está especialmente orientada a niños pequeños, por eso se ha buscado un estilo de línea clara, sencilla y amable, sin personajes deformados, sin cabezas exageradas y sin espacios excesivamente pequeños que dificulten el coloreado. Las figuras son proporcionadas, reconocibles y serenas, de modo que el dibujo resulte infantil sin empobrecer el contenido religioso.

Volver al índice


2. Criterios pedagógicos y catequéticos

Estas láminas siguen un criterio muy concreto: ayudar al niño a rezar mirando. Una imagen para colorear no debe estar sobrecargada, porque el exceso de detalles cansa, distrae y acaba convirtiendo la actividad en una tarea mecánica. Por eso, las escenas buscan espacios amplios, gestos claros y símbolos reconocibles.

El dibujo infantil cristiano debe ser sencillo, pero no infantilizado de cualquier manera. Cristo resucitado aparece como un hombre joven, sereno y lleno de vida; no como un anciano ni como una figura abstracta. Su aura con rayos o “piquillos” ayuda a los niños a reconocer que no se trata solo de Jesús antes de la Pasión, sino de Jesús glorioso, vencedor de la muerte.

También se ha cuidado la presencia de María. En la serie aparece como Madre de Jesús y Madre de la Iglesia, especialmente en la escena de la espera junto a los discípulos. Su lugar central no es decorativo: ayuda a los niños a comprender que la Iglesia aprende a esperar, rezar y confiar junto a María.

El conjunto de láminas puede utilizarse durante todo el tiempo pascual, en sesiones de catequesis, encuentros familiares, celebraciones infantiles o como material complementario para Primera Comunión. Cada dibujo puede trabajarse de manera independiente, pero el recorrido completo permite presentar una pequeña catequesis visual de la Pascua.

Volver al índice


3. Cómo usar estas láminas en casa o en catequesis

Antes de entregar la lámina, conviene dedicar uno o dos minutos a mirar la imagen con los niños. No hace falta dar una explicación larga. Basta con preguntar: “¿Qué ves?”, “¿Quién está en el centro?”, “¿Qué está haciendo Jesús?”, “¿Qué sienten los discípulos?”. Cuando el niño responde, empieza a entrar en la escena.

Después se puede leer una frase breve del Evangelio o presentar una idea muy sencilla. Por ejemplo: “Jesús está vivo”, “Jesús nos da la paz”, “Jesús se queda con nosotros”, “María reza con la Iglesia”. La clave está en que el niño no coloree sin sentido, sino que sepa qué misterio está contemplando.

Durante el coloreado, el catequista o los padres pueden acercarse y comentar suavemente algunos detalles. No hace falta corregirlo todo ni convertir la actividad en un examen. El objetivo es que el niño disfrute, se calme, mire con atención y asocie la Pascua con una experiencia de luz, vida, confianza y alegría.

Al terminar, puede hacerse una oración breve: “Jesús resucitado, quédate con nosotros”, “Jesús vivo, llena nuestra casa de alegría”, “María, enséñanos a esperar y rezar”. Así la lámina no queda solo como una manualidad, sino como una pequeña experiencia de fe.

Volver al índice


4. Lámina 1 · El cirio pascual

El cirio pascual es uno de los signos más hermosos de la Pascua. Su luz recuerda que Cristo resucitado vence la oscuridad. Para los niños, esta imagen es muy adecuada al comienzo de la serie, porque presenta la Pascua mediante un símbolo sencillo, visible y fácil de reconocer.

El catequista puede explicar que, en la Vigilia Pascual, la iglesia comienza a oscuras y una luz nueva entra en medio del pueblo. Esa luz no es una decoración: representa a Jesús vivo. Por eso el cirio permanece encendido durante el tiempo pascual y en celebraciones importantes como el Bautismo.

Frase para los niños: “Jesús resucitado es la luz que nunca se apaga”.

Pregunta para mirar la imagen: “¿Qué parte del dibujo te recuerda más a la luz de Jesús?”

Oración breve: Jesús resucitado, ilumina mi corazón y ayúdame a vivir como hijo de la luz. Amén.

Volver al índice


5. Lámina 2 · La alegría de la Pascua en familia

La Pascua no es solo una fiesta de la iglesia: está llamada a entrar en la casa, en la vida diaria y en la familia. Esta lámina ayuda a presentar a los niños una verdad muy importante: Jesús resucitado quiere llenar de alegría nuestro hogar.

Conviene subrayar que la alegría cristiana no significa estar siempre riendo o no tener problemas. La alegría pascual nace de saber que Jesús vive, nos ama y no nos abandona. Por eso la familia puede mirar a Cristo en medio de sus trabajos, cansancios, juegos, celebraciones y dificultades.

Frase para los niños: “Jesús vivo quiere estar en mi casa”.

Pregunta para mirar la imagen: “¿Cómo se nota que esta familia está contenta con Jesús?”

Oración breve: Jesús resucitado, llena mi familia de paz, cariño y alegría. Amén.

Volver al índice


6. Lámina 3 · Jesús sale del sepulcro

Esta escena presenta el núcleo de la Pascua: Jesús ha vencido la muerte. El sepulcro abierto, la piedra retirada y la figura de Cristo lleno de vida ayudan al niño a comprender que la Resurrección no es un símbolo vacío ni un simple recuerdo bonito. Es la gran noticia de la fe cristiana.

Para los niños pequeños conviene expresarlo con palabras muy claras: Jesús murió en la cruz, fue puesto en el sepulcro, pero al tercer día resucitó. Ya no está muerto. Vive para siempre. Por eso los cristianos celebramos la Pascua con tanta alegría.

Frase para los niños: “Jesús vive para siempre”.

Pregunta para mirar la imagen: “¿Qué cosas del dibujo nos dicen que ha pasado algo maravilloso?”

Oración breve: Jesús resucitado, gracias porque has vencido la muerte y nos das vida nueva. Amén.

Volver al índice


7. Lámina 4 · Jesús se aparece a María Magdalena

María Magdalena fue una de las primeras personas que encontró a Jesús resucitado. Al principio lloraba, buscaba al Señor y no entendía lo que había ocurrido. Pero Jesús la llamó por su nombre, y entonces ella lo reconoció. Esta escena es muy hermosa para los niños porque muestra que Jesús conoce y llama personalmente.

El catequista puede explicar que María Magdalena no encuentra a Jesús porque sea más lista o más fuerte que los demás, sino porque lo busca con amor. Jesús se acerca a quien lo busca, consuela al que llora y convierte la tristeza en misión.

Frase para los niños: “Jesús me llama por mi nombre”.

Pregunta para mirar la imagen: “¿Cómo mira María Magdalena a Jesús?”

Oración breve: Jesús resucitado, ayúdame a escucharte cuando me llamas y a responder con alegría. Amén.

Volver al índice


8. Lámina 5 · Jesús se aparece a los discípulos

Después de la Resurrección, los discípulos estaban encerrados y tenían miedo. Entonces Jesús se presentó en medio de ellos y les dio la paz. Esta escena ayuda a los niños a descubrir que Jesús resucitado entra allí donde hay miedo y trae una paz que no depende de que todo sea fácil.

Es importante explicar que los discípulos no fueron héroes perfectos. Habían tenido miedo, se habían escondido y estaban confundidos. Pero Jesús no llega para humillarlos, sino para levantarlos. La Pascua es también esto: Jesús vuelve a reunir a sus amigos y los prepara para anunciar el Evangelio.

Frase para los niños: “Jesús resucitado nos da la paz”.

Pregunta para mirar la imagen: “¿Qué sienten los discípulos cuando ven a Jesús?”

Oración breve: Jesús resucitado, entra en mi corazón cuando tengo miedo y dame tu paz. Amén.

Volver al índice


9. Lámina 6 · Jesús y santo Tomás

Santo Tomás quería ver y tocar las llagas de Jesús. A veces se le llama “incrédulo”, pero esta escena debe presentarse a los niños con cuidado: Tomás no es simplemente un discípulo malo, sino un hombre que necesita ser ayudado en su fe. Jesús se acerca a él con paciencia y le muestra sus heridas gloriosas.

La imagen enseña algo muy profundo de manera sencilla: Jesús resucitado conserva las señales de su amor. Sus llagas no son derrota, sino prueba de que nos ha amado hasta el extremo. Tomás, al verlas, reconoce al Señor.

Frase para los niños: “Jesús me ayuda cuando me cuesta creer”.

Pregunta para mirar la imagen: “¿Por qué Jesús enseña sus heridas a Tomás?”

Oración breve: Jesús resucitado, aumenta mi fe y enséñame a confiar en ti. Amén.

Volver al índice


10. Lámina 7 · La pesca milagrosa

La pesca milagrosa recuerda que cuando los discípulos escuchan a Jesús, todo cambia. La barca, las redes y los peces ayudan a los niños a entender que Jesús no solo aparece para consolar, sino también para volver a llamar a sus amigos a la misión.Esta escena puede trabajarse diciendo a los niños que los discípulos habían pescado durante la noche sin conseguir nada. Pero Jesús resucitado los esperaba en la orilla. Cuando obedecen su palabra, la red se llena. Así ocurre también en la vida cristiana: cuando escuchamos a Jesús, nuestra vida da fruto.Frase para los niños: “Con Jesús, mi vida da fruto”.Pregunta para mirar la imagen: “¿Qué cambia cuando los discípulos escuchan a Jesús?”Oración breve: Jesús resucitado, enséñame a escucharte y a confiar en tu palabra. Amén.

Volver al índice


11. Lámina 8 · Emaús: Jesús parte el pan

Los discípulos de Emaús caminaban tristes porque no habían entendido todavía la Resurrección. Jesús se acercó, caminó con ellos, les explicó las Escrituras y, al partir el pan, lo reconocieron. Esta escena es preciosa para los niños porque muestra que Jesús camina con nosotros aunque a veces no sepamos verlo.

La fracción del pan permite introducir, con mucha sencillez, el sentido eucarístico de la Pascua. Jesús resucitado no se aleja de sus amigos: se queda con ellos de un modo nuevo. Por eso los cristianos reconocemos a Jesús especialmente en la Eucaristía.

Frase para los niños: “Jesús se queda con nosotros en el pan de la Eucaristía”.

Pregunta para mirar la imagen: “¿Qué están descubriendo los discípulos cuando Jesús parte el pan?”

Oración breve: Jesús resucitado, quédate conmigo y ayúdame a reconocerte en la Eucaristía. Amén.

Volver al índice


12. Lámina 9 · María y Juan con Jesús resucitado

Esta lámina presenta una escena de recogimiento y esperanza. María y Juan aparecen junto a Jesús resucitado, iluminados por su presencia. Es una imagen muy útil para recordar a los niños que, en la Cruz, Jesús entregó a María como Madre al discípulo amado, y que María permanece cerca de la Iglesia naciente.

El aura de Cristo resucitado indica que Jesús está glorioso. Las auras de María y Juan ayudan a reconocer su santidad y su cercanía al Señor. La escena no necesita mucho movimiento: su fuerza está en la paz, la mirada y la comunión.

Frase para los niños: “María nos acompaña junto a Jesús”.

Pregunta para mirar la imagen: “¿Cómo miran María y Juan a Jesús?”

Oración breve: Jesús resucitado, gracias por darnos a María como Madre. María, ayúdame a estar cerca de Jesús. Amén.

Volver al índice


13. Lámina 10 · Jesús enseña desde la barca

Jesús enseña desde la barca y la gente escucha desde la orilla. En esta serie pascual, la escena recuerda que Cristo resucitado sigue enseñando a su Iglesia. No es un maestro del pasado, sino el Señor vivo que habla a sus discípulos y los guía.

Para los niños, la imagen se puede explicar de forma sencilla: Jesús nos habla para enseñarnos a vivir, a amar, a perdonar y a confiar. La barca puede recordar también a la Iglesia, donde los discípulos escuchan la voz del Señor y aprenden a llevar su palabra a los demás.

Frase para los niños: “Jesús vivo me enseña el camino”.

Pregunta para mirar la imagen: “¿Qué hacen las personas que están escuchando a Jesús?”

Oración breve: Jesús resucitado, enséñame a escuchar tu palabra y a vivir como tú quieres. Amén.

Volver al índice


14. Lámina 11 · La Ascensión del Señor

En la Ascensión, Jesús sube al cielo y los discípulos miran hacia lo alto. No significa que Jesús se desentienda de nosotros. Al contrario: Cristo resucitado entra en la gloria del Padre y promete estar siempre con su Iglesia.

La imagen ayuda a explicar que Jesús no desaparece como alguien que abandona a sus amigos. Él los bendice, los envía y los prepara para recibir el Espíritu Santo. La Ascensión enseña a los niños que nuestra vida no termina en la tierra: estamos llamados al cielo con Jesús.

Frase para los niños: “Jesús nos abre el camino del cielo”.

Pregunta para mirar la imagen: “¿Por qué los discípulos miran hacia arriba?”

Oración breve: Jesús resucitado, ayúdame a caminar hacia el cielo haciendo el bien cada día. Amén.

Volver al índice


15. Lámina 12 · María y los discípulos esperan al Espíritu Santo

Después de la Ascensión, los discípulos no se dispersan ni empiezan a actuar por su cuenta. Permanecen reunidos en oración con María. Esta lámina representa ese momento de espera serena antes de Pentecostés: la Iglesia aprende a rezar unida.

Es importante que la imagen no tenga llamas, porque todavía no representa Pentecostés. Aquí los discípulos y las mujeres están esperando el don del Espíritu Santo. María aparece en el centro no para ocupar el lugar de Jesús, sino como Madre que acompaña, sostiene y enseña a confiar.

Frase para los niños: “Con María, aprendemos a esperar y rezar”.

Pregunta para mirar la imagen: “¿Qué hacen todos juntos en el cenáculo?”

Oración breve: María, Madre de Jesús, enséñame a rezar y a esperar con confianza al Espíritu Santo. Amén.

Volver al índice


16. Lámina final · La Pascua

La lámina final resume todo el recorrido. En el centro aparece Jesús resucitado, con los brazos abiertos y rodeado de luz. A su alrededor se presentan algunos signos principales de la Pascua: el sepulcro vacío, la barca, el cirio, el pan, el cáliz, María, los discípulos y la paloma que recuerda el don del Espíritu Santo.

Esta imagen no pretende contarlo todo con muchos detalles, sino recoger lo esencial: Jesús vive, reúne a sus discípulos, alimenta a la Iglesia y nos envía su Espíritu. Por eso es una buena lámina de cierre para una sesión o para un pequeño cuaderno pascual.

Conviene invitar a los niños a colorearla después de haber trabajado varias escenas anteriores. Así podrán reconocer los símbolos y recordar lo aprendido. El catequista puede preguntar: “¿Qué partes de la Pascua aparecen aquí?”, “¿Dónde está Jesús?”, “¿Qué signo te gusta más?”, “¿Qué nos quiere regalar Jesús resucitado?”.

Frase para los niños: “La Pascua es la alegría de Jesús vivo”.

Pregunta para mirar la imagen: “¿Qué signos de la Pascua reconoces en esta lámina?”

Oración breve: Jesús resucitado, gracias por tu Pascua. Gracias porque vives, nos reúnes y llenas la Iglesia de alegría. Amén.

Volver al índice

17. Lámina 14 · Pentecostés

En Pentecostés, el Espíritu Santo desciende sobre los discípulos y los llena de fuerza y alegría. Las lenguas de fuego sobre sus cabezas indican que Dios está actuando en ellos de una manera nueva. Ya no tienen miedo: ahora están preparados para anunciar a Jesús resucitado.

María aparece en el centro, en actitud de oración. Ella no recibe el Espíritu como algo nuevo, porque ya vivía llena de Él desde la Anunciación, pero acompaña a la Iglesia en este momento decisivo. La escena muestra que la Iglesia nace en oración, unida y guiada por el Espíritu Santo.

Para los niños, es importante destacar que el Espíritu Santo no es un fuego que quema, sino un fuego que ilumina, fortalece y llena el corazón de amor. Gracias a Él, los discípulos salen al mundo con valentía.

Frase para los niños: “El Espíritu Santo nos da fuerza para amar y anunciar a Jesús”.

Pregunta para mirar la imagen: “¿Qué cambia en los discípulos cuando reciben el Espíritu Santo?”

Oración breve: Espíritu Santo, ven a mi corazón, lléname de tu luz y ayúdame a seguir a Jesús con alegría. Amén.

Volver al índice


18. Oración final

Jesús resucitado, tú eres la luz de la Pascua. Tú saliste vivo del sepulcro y llenaste de alegría a tus amigos. Tú llamaste a María Magdalena por su nombre, diste la paz a los discípulos, ayudaste a santo Tomás a creer, caminaste con los de Emaús y partiste para ellos el pan.

También hoy quieres estar con nosotros. Quédate en nuestra casa, en nuestra parroquia, en nuestra catequesis y en nuestro corazón. Enséñanos a escucharte, a confiar en ti y a vivir como hijos de la luz.

María, Madre de Jesús y Madre de la Iglesia, enséñanos a rezar unidos, a esperar con paciencia y a recibir con alegría el don del Espíritu Santo.

Jesús resucitado, danos tu paz y tu alegría. Amén.

Volver al índice


 

Vivir la Pascua en familia

Vivir la Pascua en familia

De la Resurrección a Pentecostés: un camino de fe, esperanza y misión en el hogar cristiano

La Pascua es el centro de la vida cristiana. No es simplemente una celebración, sino el acontecimiento que transforma la historia: Jesucristo, muerto y resucitado, abre para el hombre el acceso a una vida nueva. Como enseña el Catecismo, «el misterio pascual de la cruz y la resurrección de Cristo está en el centro de la Buena Nueva» (CEC, 571). Este misterio no pertenece al pasado: es una realidad viva que se actualiza en la Iglesia y alcanza cada hogar cristiano.

El tiempo pascual —desde la Resurrección hasta Pentecostés— es un verdadero camino espiritual. En él, la Iglesia contempla al Resucitado, se deja transformar por su presencia y se dispone a recibir el Espíritu Santo. La familia es el lugar privilegiado donde este camino se hace vida concreta.

La familia como lugar del misterio pascual

El Concilio Vaticano II afirma que la familia es «iglesia doméstica» (Lumen Gentium, 11). San Juan Pablo II desarrolla esta verdad afirmando que la familia es «el primer camino de la Iglesia» (Familiaris Consortio, 2). Esto significa que el misterio de Cristo no se vive solo en el templo, sino también en el hogar.

En la vida familiar se hace presente el misterio pascual: en el amor que se entrega, en el sacrificio silencioso, en el perdón ofrecido, en la fidelidad cotidiana. Benedicto XVI recordaba que el cristianismo no es una idea, sino el encuentro con una Persona que transforma la vida (Deus Caritas Est, 1). Ese encuentro sucede también en lo ordinario de la vida familiar.

La familia que vive así se convierte en un lugar donde Cristo está presente y actúa, donde la cruz se transforma en vida y donde cada día puede vivirse como una pequeña Pascua.

La Resurrección: origen de una vida nueva

La Resurrección no es un regreso a la vida anterior, sino la entrada en una vida nueva. Benedicto XVI explicó que en ella acontece un “salto cualitativo” en la historia, una novedad radical que inaugura una nueva creación (cf. Homilía Pascua, 2006, vatican.va).

San Juan Pablo II proclamó con fuerza que Cristo resucitado es «la esperanza que no defrauda» (Redemptor Hominis, 18). El Papa Francisco insiste en que el cristiano no puede vivir con rostro triste, porque Cristo vive y actúa.

En la familia, esta vida nueva se concreta en la capacidad de recomenzar, de perdonar, de mirar el futuro con esperanza. La Pascua enseña que ninguna situación está cerrada cuando Cristo está presente.

El tiempo pascual: un camino de crecimiento

Durante cincuenta días, la Iglesia acompaña a los discípulos en su encuentro con el Resucitado. Este tiempo muestra un proceso: del miedo a la fe, de la duda a la certeza, del encierro a la misión.

El Papa Francisco recuerda que la fe es un camino que crece en la vida concreta (Evangelii Gaudium, 6). La familia es el lugar donde este crecimiento se hace visible: en la oración compartida, en el diálogo, en la educación de los hijos, en la vivencia del Evangelio.

Como los discípulos de Emaús, también las familias están llamadas a descubrir que Cristo camina con ellas, incluso cuando no lo reconocen.

La Eucaristía: presencia viva del Resucitado

La Eucaristía es el corazón del tiempo pascual. En ella, Cristo resucitado se hace realmente presente. «La Iglesia vive de la Eucaristía» (Ecclesia de Eucharistia, 1), afirma san Juan Pablo II.

Benedicto XVI la define como «el sacramento del amor» (Sacramentum Caritatis, 1), y el Papa Francisco recuerda que es alimento para el camino.

Para la familia, la Eucaristía no es un elemento más, sino el centro. Allí aprende a vivir unida, a alimentarse de Cristo y a configurarse con Él.

La espera del Espíritu: la familia que ora

Antes de Pentecostés, los discípulos perseveran en la oración con María (cf. Hch 1,14). Este momento enseña que toda fecundidad nace de la oración.

San Juan Pablo II presentó a María como Madre de la Iglesia (Redemptoris Mater), y Benedicto XVI subrayó que la oración abre el corazón a la acción de Dios.

La familia que ora unida se convierte en un espacio donde Dios actúa con fuerza. Allí se aprende a esperar, a confiar y a acoger.

Pentecostés: la familia enviada

Pentecostés es la plenitud de la Pascua. El Espíritu Santo transforma el miedo en valentía y a los discípulos en misioneros.

El Papa Francisco insiste en que la Iglesia está llamada a ser «una Iglesia en salida» (Evangelii Gaudium, 20). Esta llamada comienza en la familia.

La familia cristiana no solo conserva la fe, sino que la transmite. En su vida cotidiana se convierte en signo visible del Evangelio.

Mensaje final: la Pascua continúa en la vida

La Pascua no termina: se prolonga en la vida. Cada acto de amor, cada sacrificio, cada perdón, cada esperanza vivida es participación en la Resurrección.

La familia que vive la Pascua no es perfecta, pero sí está en camino. Es un hogar donde Cristo vive, actúa y transforma.

Porque Cristo ha resucitado, la vida siempre puede recomenzar.

Evangelio del día: Pentecostés

Evangelio del día: Pentecostés

Juan 20, 19-23. Solemnidad de Pentecostés. ¿Estoy abierto a la novedad del Espíritu Santo? ¿Me dejo guiar por el Espíritu Santo? ¿Permito que el Espíritu Santo me conduzca a la misión que Dios me tiene encomendada?

Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!». Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes». Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió «Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Libro de los Hechos de los Apóstoles, Hch 2, 1-11

Salmo: Sal 104(103), 1ab.24ac.29bc-30.31.34

Segunda lectura: Carta I de San Pablo a los Corintios, 1 Cor 12, 3b-7.12-13

Oración introductoria

Ven, Espíritu Santo,

Llena los corazones de tus fieles

y enciende en ellos

el fuego de tu amor.

Envía, Señor, tu Espíritu.

Que renueve la faz de la Tierra.

Petición

Espíritu Santo, Espíritu de Gozo, otórgame la santa alegría, propia de los que viven en tu gracia.

Meditación del Santo Padre Francisco

Queridos hermanos y hermanas:

En este día, contemplamos y revivimos en la liturgia la efusión del Espíritu Santo que Cristo resucitado derramó sobre la Iglesia, un acontecimiento de gracia que ha desbordado el cenáculo de Jerusalén para difundirse por todo el mundo.

Pero, ¿qué sucedió en aquel día tan lejano a nosotros, y sin embargo, tan cercano, que llega adentro de nuestro corazón? San Lucas nos da la respuesta en el texto de los Hechos de los Apóstoles que hemos escuchado (2,1-11). El evangelista nos lleva hasta Jerusalén, al piso superior de la casa donde están reunidos los Apóstoles. El primer elemento que nos llama la atención es el estruendo que de repente vino del cielo, «como de viento que sopla fuertemente», y llenó toda la casa; luego, las «lenguas como llamaradas», que se dividían y se posaban encima de cada uno de los Apóstoles. Estruendo y lenguas de fuego son signos claros y concretos que tocan a los Apóstoles, no sólo exteriormente, sino también en su interior: en su mente y en su corazón. Como consecuencia, «se llenaron todos de Espíritu Santo», que desencadenó su fuerza irresistible, con resultados llamativos: «Empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse». Asistimos, entonces, a una situación totalmente sorprendente: una multitud se congrega y queda admirada porque cada uno oye hablar a los Apóstoles en su propia lengua. Todos experimentan algo nuevo, que nunca había sucedido: «Los oímos hablar en nuestra lengua nativa». ¿Y de qué hablaban? «De las grandezas de Dios».

A la luz de este texto de los Hechos de los Apóstoles, deseo reflexionar sobre tres palabras relacionadas con la acción del Espíritu: novedad, armonía, misión.

1. La novedad nos da siempre un poco de miedo, porque nos sentimos más seguros si tenemos todo bajo control, si somos nosotros los que construimos, programamos, planificamos nuestra vida, según nuestros esquemas, seguridades, gustos. Y esto nos sucede también con Dios. Con frecuencia lo seguimos, lo acogemos, pero hasta un cierto punto; nos resulta difícil abandonarnos a Él con total confianza, dejando que el Espíritu Santo anime, guíe nuestra vida, en todas las decisiones; tenemos miedo a que Dios nos lleve por caminos nuevos, nos saque de nuestros horizontes con frecuencia limitados, cerrados, egoístas, para abrirnos a los suyos. Pero, en toda la historia de la salvación, cuando Dios se revela, aparece su novedad —Dios ofrece siempre novedad—, trasforma y pide confianza total en Él: Noé, del que todos se ríen, construye un arca y se salva; Abrahán abandona su tierra, aferrado únicamente a una promesa; Moisés se enfrenta al poder del faraón y conduce al pueblo a la libertad; los Apóstoles, de temerosos y encerrados en el cenáculo, salen con valentía para anunciar el Evangelio. No es la novedad por la novedad, la búsqueda de lo nuevo para salir del aburrimiento, como sucede con frecuencia en nuestro tiempo. La novedad que Dios trae a nuestra vida es lo que verdaderamente nos realiza, lo que nos da la verdadera alegría, la verdadera serenidad, porque Dios nos ama y siempre quiere nuestro bien. Preguntémonos hoy: ¿Estamos abiertos a las «sorpresas de Dios»? ¿O nos encerramos, con miedo, a la novedad del Espíritu Santo? ¿Estamos decididos a recorrer los caminos nuevos que la novedad de Dios nos presenta o nos atrincheramos en estructuras caducas, que han perdido la capacidad de respuesta? Nos hará bien hacernos estas preguntas durante toda la jornada.

2. Una segunda idea: el Espíritu Santo, aparentemente, crea desorden en el Iglesia, porque produce diversidad de carismas, de dones; sin embargo, bajo su acción, todo esto es una gran riqueza, porque el Espíritu Santo es el Espíritu de unidad, que no significa uniformidad, sino reconducir todo a la armonía. En la Iglesia, la armonía la hace el Espíritu Santo. Un Padre de la Iglesia tiene una expresión que me gusta mucho: el Espíritu Santo «ipse harmonia est». Él es precisamente la armonía. Sólo Él puede suscitar la diversidad, la pluralidad, la multiplicidad y, al mismo tiempo, realizar la unidad. En cambio, cuando somos nosotros los que pretendemos la diversidad y nos encerramos en nuestros particularismos, en nuestros exclusivismos, provocamos la división; y cuando somos nosotros los que queremos construir la unidad con nuestros planes humanos, terminamos por imponer la uniformidad, la homologación. Si, por el contrario, nos dejamos guiar por el Espíritu, la riqueza, la variedad, la diversidad nunca provocan conflicto, porque Él nos impulsa a vivir la variedad en la comunión de la Iglesia. Caminar juntos en la Iglesia, guiados por los Pastores, que tienen un especial carisma y ministerio, es signo de la acción del Espíritu Santo; la eclesialidad es una característica fundamental para los cristianos, para cada comunidad, para todo movimiento. La Iglesia es quien me trae a Cristo y me lleva a Cristo; los caminos paralelos son muy peligrosos. Cuando nos aventuramos a ir más allá (proagon) de la doctrina y de la Comunidad eclesial – dice el Apóstol Juan en la segunda lectura – y no permanecemos en ellas, no estamos unidos al Dios de Jesucristo (cf. 2 Jn v. 9). Así, pues, preguntémonos: ¿Estoy abierto a la armonía del Espíritu Santo, superando todo exclusivismo? ¿Me dejo guiar por Él viviendo en la Iglesia y con la Iglesia?

3. El último punto. Los teólogos antiguos decían: el alma es una especie de barca de vela; el Espíritu Santo es el viento que sopla la vela para hacerla avanzar; la fuerza y el ímpetu del viento son los dones del Espíritu. Sin su fuerza, sin su gracia, no iríamos adelante. El Espíritu Santo nos introduce en el misterio del Dios vivo, y nos salvaguarda del peligro de una Iglesia gnóstica y de una Iglesia autorreferencial, cerrada en su recinto; nos impulsa a abrir las puertas para salir, para anunciar y dar testimonio de la bondad del Evangelio, para comunicar el gozo de la fe, del encuentro con Cristo. El Espíritu Santo es el alma de la misión. Lo que sucedió en Jerusalén hace casi dos mil años no es un hecho lejano, es algo que llega hasta nosotros, que cada uno de nosotros podemos experimentar. El Pentecostés del cenáculo de Jerusalén es el inicio, un inicio que se prolonga. El Espíritu Santo es el don por excelencia de Cristo resucitado a sus Apóstoles, pero Él quiere que llegue a todos. Jesús, como hemos escuchado en el Evangelio, dice: «Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros» (Jn 14,16). Es el Espíritu Paráclito, el «Consolador», que da el valor para recorrer los caminos del mundo llevando el Evangelio. El Espíritu Santo nos muestra el horizonte y nos impulsa a las periferias existenciales para anunciar la vida de Jesucristo. Preguntémonos si tenemos la tendencia a cerrarnos en nosotros mismos, en nuestro grupo, o si dejamos que el Espíritu Santo nos conduzca a la misión. Recordemos hoy estas tres palabras: novedad, armonía, misión.

La liturgia de hoy es una gran oración, que la Iglesia con Jesús eleva al Padre, para que renueve la efusión del Espíritu Santo. Que cada uno de nosotros, cada grupo, cada movimiento, en la armonía de la Iglesia, se dirija al Padre para pedirle este don. También hoy, como en su nacimiento, junto con María, la Iglesia invoca: «Veni Sancte Spiritus! – Ven, Espíritu Santo, llena el corazón de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor». Amén.

Santo Padre Francisco: Solemnidad de Pentecostés

Homilía del domingo, 19 de mayo de 2013

Oración al Espíritu Santo para pedir sus dones

¡Oh Espíritu Santo!, llena de nuevo mi alma con la abundancia de tus dones y frutos. Haz que yo sepa, con el don de Sabiduría, tener este gusto por las cosas de Dios que me haga apartar de las terrenas.

Que sepa, con el don del Entendimiento, ver con fe viva la importancia y la belleza de la verdad cristiana.

Que, con el don del Consejo, ponga los medios más conducentes para santificarme, perseverar y salvarme.

Que el don de Fortaleza me haga vencer todos los obstáculos en la confesión de la fe y en el camino de la salvación.

Que sepa con el don de Ciencia, discernir claramente entre el bien y el mal, lo falso de lo verdadero, descubriendo los engaños del demonio, del mundo y del pecado.

Que, con el don de Piedad, ame a Dios como Padre, le sirva con fervorosa devoción y sea misericordioso con el prójimo.

Finalmente, que, con el don de Temor de Dios, tenga el mayor respeto y veneración por los mandamientos de Dios, cuidando de no ofenderle jamás con el pecado.

Lléname, sobre todo, de tu amor divino; que sea el móvil de toda mi vida espiritual; que, lleno de unción, sepa enseñar y hacer entender, al menos con mi ejemplo, la belleza de tu doctrina, la bondad de tus preceptos y la dulzura de tu amor.

Amén.

Propósito

Dedicar diez minutos a meditar el siguiente texto del Catecismo de la Iglesia Católica:

Cristo es el verdadero Templo de Dios, «el lugar donde reside su gloria»; por la gracia de Dios los cristianos son también templos del Espíritu Santo, piedras vivas con las que se construye la Iglesia.

Catecismo de la Iglesia Católica, n.º 1197

Diálogo con Cristo (Oración de Consagración de la familia al Espíritu Santo)

¡Oh Dios Espíritu Santo! Postrados ante tu divina majestad, venimos a consagrarnos a Ti con todo lo que somos y tenemos.

Por un acto de la omnipotencia del Padre hemos sido creados, por gracia del Hijo hemos sido redimidos, y por tu inefable amor has venido a nuestras almas para santificarnos, comunicándonos tu misma vida divina.

Desde el día de nuestro bautismo has tomado posesión de cada uno de nosotros, transformándonos en templos vivos donde Tú moras juntamente con el Padre y el Hijo; y el día de la Confirmación fue la Pentecostés en que descendiste a nuestros corazones con la plenitud de tus dones, pera que viviéramos una vida íntegramente cristiana.

Permanece entre nosotros para presidir nuestras reuniones; santifica nuestras alegrías y endulza nuestros pesares; ilumina nuestras mentes con los dones de la sabiduría, del entendimiento y de la ciencia; en horas de confusión y de dudas asístenos con el don del consejo; para no desmayar en la lucha y el trabajo concédenos tu fortaleza; que toda nuestra vida religiosa y familiar esté impregnada de tu espíritu de piedad; y que a todos nos mueva un temor santo y filial para no ofenderte a Ti que eres la santidad misma.

Asistidos en todo momento por tus dones y gracias, queremos llevar una vida santa en tu presencia.

Por eso hoy te hacemos entrega de nuestra familia y de cada uno de nosotros por el tiempo y la eternidad. Te consagramos nuestras almas y nuestros cuerpos, nuestros bienes materiales y espirituales, para que Tú sólo dispongas de nosotros y de lo nuestro según tu beneplácito. Sólo te pedimos la gracia que después de haberte glorificado en la tierra, pueda toda nuestra familia alabarte en el cielo, donde con el Padre y el Hijo vives y reinas por los siglos de los siglos.

Así sea.

Amén.

*  *  *

Evangelio en Catholic.net

Evangelio en Evangelio del día

 

Evangelio del día: Solemnidad de Pentecostés

Evangelio del día: Solemnidad de Pentecostés

Juan 20, 19-23. Domingo. Solemnidad de Pentecostés. ¿Estoy abierto a la novedad del Espíritu Santo? ¿Me dejo guiar por el Espíritu Santo? ¿Permito que el Espíritu Santo me conduzca a la misión que Dios me tiene encomendada?

Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!». Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes». Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió «Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Libro de los Hechos de los Apóstoles, Hch 2, 1-11

Salmo: Sal 104(103), 1-2.24.34

Segunda lectura: Carta I de san Pablo a los Corintios, 1 Cor 12, 3b-7.12-13

Oración introductoria

Ven, Espíritu Santo,

Llena los corazones de tus fieles

y enciende en ellos

el fuego de tu amor.

Envía, Señor, tu Espíritu.

Que renueve la faz de la Tierra.

Petición

Espíritu Santo, Espíritu de Gozo, otórgame la santa alegría, propia de los que viven en tu gracia.

Meditación del Santo Padre Francisco

Queridos hermanos y hermanas:

En este día, contemplamos y revivimos en la liturgia la efusión del Espíritu Santo que Cristo resucitado derramó sobre la Iglesia, un acontecimiento de gracia que ha desbordado el cenáculo de Jerusalén para difundirse por todo el mundo.

Pero, ¿qué sucedió en aquel día tan lejano a nosotros, y sin embargo, tan cercano, que llega adentro de nuestro corazón? San Lucas nos da la respuesta en el texto de los Hechos de los Apóstoles que hemos escuchado (2,1-11). El evangelista nos lleva hasta Jerusalén, al piso superior de la casa donde están reunidos los Apóstoles. El primer elemento que nos llama la atención es el estruendo que de repente vino del cielo, «como de viento que sopla fuertemente», y llenó toda la casa; luego, las «lenguas como llamaradas», que se dividían y se posaban encima de cada uno de los Apóstoles. Estruendo y lenguas de fuego son signos claros y concretos que tocan a los Apóstoles, no sólo exteriormente, sino también en su interior: en su mente y en su corazón. Como consecuencia, «se llenaron todos de Espíritu Santo», que desencadenó su fuerza irresistible, con resultados llamativos: «Empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse». Asistimos, entonces, a una situación totalmente sorprendente: una multitud se congrega y queda admirada porque cada uno oye hablar a los Apóstoles en su propia lengua. Todos experimentan algo nuevo, que nunca había sucedido: «Los oímos hablar en nuestra lengua nativa». ¿Y de qué hablaban? «De las grandezas de Dios».

A la luz de este texto de los Hechos de los Apóstoles, deseo reflexionar sobre tres palabras relacionadas con la acción del Espíritu: novedad, armonía, misión.

1. La novedad nos da siempre un poco de miedo, porque nos sentimos más seguros si tenemos todo bajo control, si somos nosotros los que construimos, programamos, planificamos nuestra vida, según nuestros esquemas, seguridades, gustos. Y esto nos sucede también con Dios. Con frecuencia lo seguimos, lo acogemos, pero hasta un cierto punto; nos resulta difícil abandonarnos a Él con total confianza, dejando que el Espíritu Santo anime, guíe nuestra vida, en todas las decisiones; tenemos miedo a que Dios nos lleve por caminos nuevos, nos saque de nuestros horizontes con frecuencia limitados, cerrados, egoístas, para abrirnos a los suyos. Pero, en toda la historia de la salvación, cuando Dios se revela, aparece su novedad —Dios ofrece siempre novedad—, trasforma y pide confianza total en Él: Noé, del que todos se ríen, construye un arca y se salva; Abrahán abandona su tierra, aferrado únicamente a una promesa; Moisés se enfrenta al poder del faraón y conduce al pueblo a la libertad; los Apóstoles, de temerosos y encerrados en el cenáculo, salen con valentía para anunciar el Evangelio. No es la novedad por la novedad, la búsqueda de lo nuevo para salir del aburrimiento, como sucede con frecuencia en nuestro tiempo. La novedad que Dios trae a nuestra vida es lo que verdaderamente nos realiza, lo que nos da la verdadera alegría, la verdadera serenidad, porque Dios nos ama y siempre quiere nuestro bien. Preguntémonos hoy: ¿Estamos abiertos a las «sorpresas de Dios»? ¿O nos encerramos, con miedo, a la novedad del Espíritu Santo? ¿Estamos decididos a recorrer los caminos nuevos que la novedad de Dios nos presenta o nos atrincheramos en estructuras caducas, que han perdido la capacidad de respuesta? Nos hará bien hacernos estas preguntas durante toda la jornada.

2. Una segunda idea: el Espíritu Santo, aparentemente, crea desorden en el Iglesia, porque produce diversidad de carismas, de dones; sin embargo, bajo su acción, todo esto es una gran riqueza, porque el Espíritu Santo es el Espíritu de unidad, que no significa uniformidad, sino reconducir todo a la armonía. En la Iglesia, la armonía la hace el Espíritu Santo. Un Padre de la Iglesia tiene una expresión que me gusta mucho: el Espíritu Santo «ipse harmonia est». Él es precisamente la armonía. Sólo Él puede suscitar la diversidad, la pluralidad, la multiplicidad y, al mismo tiempo, realizar la unidad. En cambio, cuando somos nosotros los que pretendemos la diversidad y nos encerramos en nuestros particularismos, en nuestros exclusivismos, provocamos la división; y cuando somos nosotros los que queremos construir la unidad con nuestros planes humanos, terminamos por imponer la uniformidad, la homologación. Si, por el contrario, nos dejamos guiar por el Espíritu, la riqueza, la variedad, la diversidad nunca provocan conflicto, porque Él nos impulsa a vivir la variedad en la comunión de la Iglesia. Caminar juntos en la Iglesia, guiados por los Pastores, que tienen un especial carisma y ministerio, es signo de la acción del Espíritu Santo; la eclesialidad es una característica fundamental para los cristianos, para cada comunidad, para todo movimiento. La Iglesia es quien me trae a Cristo y me lleva a Cristo; los caminos paralelos son muy peligrosos. Cuando nos aventuramos a ir más allá (proagon) de la doctrina y de la Comunidad eclesial – dice el Apóstol Juan en la segunda lectura – y no permanecemos en ellas, no estamos unidos al Dios de Jesucristo (cf. 2 Jn v. 9). Así, pues, preguntémonos: ¿Estoy abierto a la armonía del Espíritu Santo, superando todo exclusivismo? ¿Me dejo guiar por Él viviendo en la Iglesia y con la Iglesia?

3. El último punto. Los teólogos antiguos decían: el alma es una especie de barca de vela; el Espíritu Santo es el viento que sopla la vela para hacerla avanzar; la fuerza y el ímpetu del viento son los dones del Espíritu. Sin su fuerza, sin su gracia, no iríamos adelante. El Espíritu Santo nos introduce en el misterio del Dios vivo, y nos salvaguarda del peligro de una Iglesia gnóstica y de una Iglesia autorreferencial, cerrada en su recinto; nos impulsa a abrir las puertas para salir, para anunciar y dar testimonio de la bondad del Evangelio, para comunicar el gozo de la fe, del encuentro con Cristo. El Espíritu Santo es el alma de la misión. Lo que sucedió en Jerusalén hace casi dos mil años no es un hecho lejano, es algo que llega hasta nosotros, que cada uno de nosotros podemos experimentar. El Pentecostés del cenáculo de Jerusalén es el inicio, un inicio que se prolonga. El Espíritu Santo es el don por excelencia de Cristo resucitado a sus Apóstoles, pero Él quiere que llegue a todos. Jesús, como hemos escuchado en el Evangelio, dice: «Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros» (Jn 14,16). Es el Espíritu Paráclito, el «Consolador», que da el valor para recorrer los caminos del mundo llevando el Evangelio. El Espíritu Santo nos muestra el horizonte y nos impulsa a las periferias existenciales para anunciar la vida de Jesucristo. Preguntémonos si tenemos la tendencia a cerrarnos en nosotros mismos, en nuestro grupo, o si dejamos que el Espíritu Santo nos conduzca a la misión. Recordemos hoy estas tres palabras: novedad, armonía, misión.

La liturgia de hoy es una gran oración, que la Iglesia con Jesús eleva al Padre, para que renueve la efusión del Espíritu Santo. Que cada uno de nosotros, cada grupo, cada movimiento, en la armonía de la Iglesia, se dirija al Padre para pedirle este don. También hoy, como en su nacimiento, junto con María, la Iglesia invoca: «Veni Sancte Spiritus! – Ven, Espíritu Santo, llena el corazón de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor». Amén.

Santo Padre Francisco: Solemnidad de Pentecostés

Homilía del domingo, 19 de mayo de 2013

Oración al Espíritu Santo para pedir sus dones

¡Oh Espíritu Santo!, llena de nuevo mi alma con la abundancia de tus dones y frutos. Haz que yo sepa, con el don de Sabiduría, tener este gusto por las cosas de Dios que me haga apartar de las terrenas.

Que sepa, con el don del Entendimiento, ver con fe viva la importancia y la belleza de la verdad cristiana.

Que, con el don del Consejo, ponga los medios más conducentes para santificarme, perseverar y salvarme.

Que el don de Fortaleza me haga vencer todos los obstáculos en la confesión de la fe y en el camino de la salvación.

Que sepa con el don de Ciencia, discernir claramente entre el bien y el mal, lo falso de lo verdadero, descubriendo los engaños del demonio, del mundo y del pecado.

Que, con el don de Piedad, ame a Dios como Padre, le sirva con fervorosa devoción y sea misericordioso con el prójimo.

Finalmente, que, con el don de Temor de Dios, tenga el mayor respeto y veneración por los mandamientos de Dios, cuidando de no ofenderle jamás con el pecado.

Lléname, sobre todo, de tu amor divino; que sea el móvil de toda mi vida espiritual; que, lleno de unción, sepa enseñar y hacer entender, al menos con mi ejemplo, la belleza de tu doctrina, la bondad de tus preceptos y la dulzura de tu amor.

Amén.

Catecismo de la Iglesia Católica, CEC

V El Espíritu y la Iglesia en los últimos tiempos

Pentecostés

731 El día de Pentecostés (al término de las siete semanas pascuales), la Pascua de Cristo se consuma con la efusión del Espíritu Santo que se manifiesta, da y comunica como Persona divina: desde su plenitud, Cristo, el Señor (cf. Hch 2, 36), derrama profusamente el Espíritu.

732 En este día se revela plenamente la Santísima Trinidad. Desde ese día el Reino anunciado por Cristo está abierto a todos los que creen en Él: en la humildad de la carne y en la fe, participan ya en la comunión de la Santísima Trinidad. Con su venida, que no cesa, el Espíritu Santo hace entrar al mundo en los «últimos tiempos», el tiempo de la Iglesia, el Reino ya heredado, pero todavía no consumado:

«Hemos visto la verdadera Luz, hemos recibido el Espíritu celestial, hemos encontrado la verdadera fe: adoramos la Trinidad indivisible porque ella nos ha salvado» (Oficio Bizantino de las Horas. Oficio Vespertino del día de Pentecostés, Tropario 4)

El Espíritu Santo, el don de Dios

733 «Dios es Amor» (1 Jn 4, 8. 16) y el Amor que es el primer don, contiene todos los demás. Este amor «Dios lo ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5).

734 Puesto que hemos muerto, o, al menos, hemos sido heridos por el pecado, el primer efecto del don del Amor es la remisión de nuestros pecados. La comunión con el Espíritu Santo (2 Co 13, 13) es la que, en la Iglesia, vuelve a dar a los bautizados la semejanza divina perdida por el pecado.

735 Él nos da entonces las «arras» o las «primicias» de nuestra herencia (cf. Rm 8, 23; 2 Co 1, 21): la vida misma de la Santísima Trinidad que es amar «como él nos ha amado» (cf. 1 Jn 4, 11-12). Este amor (la caridad que se menciona en 1 Co 13) es el principio de la vida nueva en Cristo, hecha posible porque hemos «recibido una fuerza, la del Espíritu Santo» (Hch 1, 8).

736 Gracias a este poder del Espíritu Santo los hijos de Dios pueden dar fruto. El que nos ha injertado en la Vid verdadera hará que demos «el fruto del Espíritu, que es caridad, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza»(Ga 5, 22-23). «El Espíritu es nuestra Vida»: cuanto más renunciamos a nosotros mismos (cf. Mt 16, 24-26), más «obramos también según el Espíritu» (Ga 5, 25):

«Por el Espíritu Santo se nos concede de nuevo la entrada en el paraíso, la posesión del reino de los cielos, la recuperación de la adopción de hijos: se nos da la confianza de invocar a Dios como Padre, la participación de la gracia de Cristo, el podernos llamar hijos de la luz, el compartir la gloria eterna (San Basilio Magno, Liber de Spiritu Sancto, 15, 36: PG 32, 132).

El Espíritu Santo y la Iglesia

737 La misión de Cristo y del Espíritu Santo se realiza en la Iglesia, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo. Esta misión conjunta asocia desde ahora a los fieles de Cristo en su comunión con el Padre en el Espíritu Santo: El Espíritu Santo prepara a los hombres, los previene por su gracia, para atraerlos hacia Cristo. Les manifiesta al Señor resucitado, les recuerda su palabra y abre su mente para entender su Muerte y su Resurrección. Les hace presente el misterio de Cristo, sobre todo en la Eucaristía para reconciliarlos, para conducirlos a la comunión con Dios, para que den «mucho fruto» (Jn 15, 5. 8. 16).

738 Así, la misión de la Iglesia no se añade a la de Cristo y del Espíritu Santo, sino que es su sacramento: con todo su ser y en todos sus miembros ha sido enviada para anunciar y dar testimonio, para actualizar y extender el Misterio de la Comunión de la Santísima Trinidad (esto será el objeto del próximo artículo):

«Todos nosotros que hemos recibido el mismo y único espíritu, a saber, el Espíritu Santo, nos hemos fundido entre nosotros y con Dios. Ya que por mucho que nosotros seamos numerosos separadamente y que Cristo haga que el Espíritu del Padre y suyo habite en cada uno de nosotros, este Espíritu único e indivisible lleva por sí mismo a la unidad a aquellos que son distintos entre sí […] y hace que todos aparezcan como una sola cosa en él . Y de la misma manera que el poder de la santa humanidad de Cristo hace que todos aquellos en los que ella se encuentra formen un solo cuerpo, pienso que también de la misma manera el Espíritu de Dios que habita en todos, único e indivisible, los lleva a todos a la unidad espiritual» (San Cirilo de Alejandría, Commentarius in Iohannem, 11, 11: PG 74, 561).

739 Puesto que el Espíritu Santo es la Unción de Cristo, es Cristo, Cabeza del Cuerpo, quien lo distribuye entre sus miembros para alimentarlos, sanarlos, organizarlos en sus funciones mutuas, vivificarlos, enviarlos a dar testimonio, asociarlos a su ofrenda al Padre y a su intercesión por el mundo entero. Por medio de los sacramentos de la Iglesia, Cristo comunica su Espíritu, Santo y Santificador, a los miembros de su Cuerpo (esto será el objeto de la Segunda parte del Catecismo).

740 Estas «maravillas de Dios», ofrecidas a los creyentes en los Sacramentos de la Iglesia, producen sus frutos en la vida nueva, en Cristo, según el Espíritu (esto será el objeto de la Tercera parte del Catecismo).

741 «El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables» (Rm 8, 26). El Espíritu Santo, artífice de las obras de Dios, es el Maestro de la oración (esto será el objeto de la Cuarta parte del Catecismo).

Catecismo de la Iglesia Católica

Propósito

Dedicar diez minutos a meditar el siguiente texto del Catecismo de la Iglesia Católica:

Cristo es el verdadero Templo de Dios, «el lugar donde reside su gloria»; por la gracia de Dios los cristianos son también templos del Espíritu Santo, piedras vivas con las que se construye la Iglesia.

Catecismo de la Iglesia Católica, n.º 1197

Diálogo con Cristo (Oración de Consagración de la familia al Espíritu Santo)

¡Oh Dios Espíritu Santo! Postrados ante tu divina majestad, venimos a consagrarnos a Ti con todo lo que somos y tenemos.

Por un acto de la omnipotencia del Padre hemos sido creados, por gracia del Hijo hemos sido redimidos, y por tu inefable amor has venido a nuestras almas para santificarnos, comunicándonos tu misma vida divina.

Desde el día de nuestro bautismo has tomado posesión de cada uno de nosotros, transformándonos en templos vivos donde Tú moras juntamente con el Padre y el Hijo; y el día de la Confirmación fue la Pentecostés en que descendiste a nuestros corazones con la plenitud de tus dones, pera que viviéramos una vida íntegramente cristiana.

Permanece entre nosotros para presidir nuestras reuniones; santifica nuestras alegrías y endulza nuestros pesares; ilumina nuestras mentes con los dones de la sabiduría, del entendimiento y de la ciencia; en horas de confusión y de dudas asístenos con el don del consejo; para no desmayar en la lucha y el trabajo concédenos tu fortaleza; que toda nuestra vida religiosa y familiar esté impregnada de tu espíritu de piedad; y que a todos nos mueva un temor santo y filial para no ofenderte a Ti que eres la santidad misma.

Asistidos en todo momento por tus dones y gracias, queremos llevar una vida santa en tu presencia.

Por eso hoy te hacemos entrega de nuestra familia y de cada uno de nosotros por el tiempo y la eternidad. Te consagramos nuestras almas y nuestros cuerpos, nuestros bienes materiales y espirituales, para que Tú sólo dispongas de nosotros y de lo nuestro según tu beneplácito. Sólo te pedimos la gracia que después de haberte glorificado en la tierra, pueda toda nuestra familia alabarte en el cielo, donde con el Padre y el Hijo vives y reinas por los siglos de los siglos.

Así sea.

Amén.

*  *  *

Evangelio del día en «Catholic.net»

Evangelio del día en «Evangelio del día»

Evangelio del día en «Orden de Predicadores»

Evangelio del día en «Evangeli.net»

*  *  *





Evangelio del día: Solemnidad de Pentecostés

Evangelio del día: Solemnidad de Pentecostés

Juan 20, 19-23. Domingo. Solemnidad de Pentecostés. ¿Estoy abierto a la novedad del Espíritu Santo? ¿Me dejo guiar por el Espíritu Santo? ¿Permito que el Espíritu Santo me conduzca a la misión que Dios me tiene encomendada?

Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!». Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes». Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió «Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Libro de los Hechos de los Apóstoles, Hch 2, 1-11

Salmo: Sal 104(103), 1-2.24.34

Segunda lectura: Carta I de san Pablo a los Corintios, 1 Cor 12, 3b-7.12-13

Oración introductoria

Ven, Espíritu Santo,

Llena los corazones de tus fieles

y enciende en ellos

el fuego de tu amor.

Envía, Señor, tu Espíritu.

Que renueve la faz de la Tierra.

Petición

Espíritu Santo, Espíritu de Gozo, otórgame la santa alegría, propia de los que viven en tu gracia.

Meditación del Santo Padre Francisco

Queridos hermanos y hermanas:

En este día, contemplamos y revivimos en la liturgia la efusión del Espíritu Santo que Cristo resucitado derramó sobre la Iglesia, un acontecimiento de gracia que ha desbordado el cenáculo de Jerusalén para difundirse por todo el mundo.

Pero, ¿qué sucedió en aquel día tan lejano a nosotros, y sin embargo, tan cercano, que llega adentro de nuestro corazón? San Lucas nos da la respuesta en el texto de los Hechos de los Apóstoles que hemos escuchado (2,1-11). El evangelista nos lleva hasta Jerusalén, al piso superior de la casa donde están reunidos los Apóstoles. El primer elemento que nos llama la atención es el estruendo que de repente vino del cielo, «como de viento que sopla fuertemente», y llenó toda la casa; luego, las «lenguas como llamaradas», que se dividían y se posaban encima de cada uno de los Apóstoles. Estruendo y lenguas de fuego son signos claros y concretos que tocan a los Apóstoles, no sólo exteriormente, sino también en su interior: en su mente y en su corazón. Como consecuencia, «se llenaron todos de Espíritu Santo», que desencadenó su fuerza irresistible, con resultados llamativos: «Empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse». Asistimos, entonces, a una situación totalmente sorprendente: una multitud se congrega y queda admirada porque cada uno oye hablar a los Apóstoles en su propia lengua. Todos experimentan algo nuevo, que nunca había sucedido: «Los oímos hablar en nuestra lengua nativa». ¿Y de qué hablaban? «De las grandezas de Dios».

A la luz de este texto de los Hechos de los Apóstoles, deseo reflexionar sobre tres palabras relacionadas con la acción del Espíritu: novedad, armonía, misión.

1. La novedad nos da siempre un poco de miedo, porque nos sentimos más seguros si tenemos todo bajo control, si somos nosotros los que construimos, programamos, planificamos nuestra vida, según nuestros esquemas, seguridades, gustos. Y esto nos sucede también con Dios. Con frecuencia lo seguimos, lo acogemos, pero hasta un cierto punto; nos resulta difícil abandonarnos a Él con total confianza, dejando que el Espíritu Santo anime, guíe nuestra vida, en todas las decisiones; tenemos miedo a que Dios nos lleve por caminos nuevos, nos saque de nuestros horizontes con frecuencia limitados, cerrados, egoístas, para abrirnos a los suyos. Pero, en toda la historia de la salvación, cuando Dios se revela, aparece su novedad —Dios ofrece siempre novedad—, trasforma y pide confianza total en Él: Noé, del que todos se ríen, construye un arca y se salva; Abrahán abandona su tierra, aferrado únicamente a una promesa; Moisés se enfrenta al poder del faraón y conduce al pueblo a la libertad; los Apóstoles, de temerosos y encerrados en el cenáculo, salen con valentía para anunciar el Evangelio. No es la novedad por la novedad, la búsqueda de lo nuevo para salir del aburrimiento, como sucede con frecuencia en nuestro tiempo. La novedad que Dios trae a nuestra vida es lo que verdaderamente nos realiza, lo que nos da la verdadera alegría, la verdadera serenidad, porque Dios nos ama y siempre quiere nuestro bien. Preguntémonos hoy: ¿Estamos abiertos a las «sorpresas de Dios»? ¿O nos encerramos, con miedo, a la novedad del Espíritu Santo? ¿Estamos decididos a recorrer los caminos nuevos que la novedad de Dios nos presenta o nos atrincheramos en estructuras caducas, que han perdido la capacidad de respuesta? Nos hará bien hacernos estas preguntas durante toda la jornada.

2. Una segunda idea: el Espíritu Santo, aparentemente, crea desorden en el Iglesia, porque produce diversidad de carismas, de dones; sin embargo, bajo su acción, todo esto es una gran riqueza, porque el Espíritu Santo es el Espíritu de unidad, que no significa uniformidad, sino reconducir todo a la armonía. En la Iglesia, la armonía la hace el Espíritu Santo. Un Padre de la Iglesia tiene una expresión que me gusta mucho: el Espíritu Santo «ipse harmonia est». Él es precisamente la armonía. Sólo Él puede suscitar la diversidad, la pluralidad, la multiplicidad y, al mismo tiempo, realizar la unidad. En cambio, cuando somos nosotros los que pretendemos la diversidad y nos encerramos en nuestros particularismos, en nuestros exclusivismos, provocamos la división; y cuando somos nosotros los que queremos construir la unidad con nuestros planes humanos, terminamos por imponer la uniformidad, la homologación. Si, por el contrario, nos dejamos guiar por el Espíritu, la riqueza, la variedad, la diversidad nunca provocan conflicto, porque Él nos impulsa a vivir la variedad en la comunión de la Iglesia. Caminar juntos en la Iglesia, guiados por los Pastores, que tienen un especial carisma y ministerio, es signo de la acción del Espíritu Santo; la eclesialidad es una característica fundamental para los cristianos, para cada comunidad, para todo movimiento. La Iglesia es quien me trae a Cristo y me lleva a Cristo; los caminos paralelos son muy peligrosos. Cuando nos aventuramos a ir más allá (proagon) de la doctrina y de la Comunidad eclesial – dice el Apóstol Juan en la segunda lectura – y no permanecemos en ellas, no estamos unidos al Dios de Jesucristo (cf. 2 Jn v. 9). Así, pues, preguntémonos: ¿Estoy abierto a la armonía del Espíritu Santo, superando todo exclusivismo? ¿Me dejo guiar por Él viviendo en la Iglesia y con la Iglesia?

3. El último punto. Los teólogos antiguos decían: el alma es una especie de barca de vela; el Espíritu Santo es el viento que sopla la vela para hacerla avanzar; la fuerza y el ímpetu del viento son los dones del Espíritu. Sin su fuerza, sin su gracia, no iríamos adelante. El Espíritu Santo nos introduce en el misterio del Dios vivo, y nos salvaguarda del peligro de una Iglesia gnóstica y de una Iglesia autorreferencial, cerrada en su recinto; nos impulsa a abrir las puertas para salir, para anunciar y dar testimonio de la bondad del Evangelio, para comunicar el gozo de la fe, del encuentro con Cristo. El Espíritu Santo es el alma de la misión. Lo que sucedió en Jerusalén hace casi dos mil años no es un hecho lejano, es algo que llega hasta nosotros, que cada uno de nosotros podemos experimentar. El Pentecostés del cenáculo de Jerusalén es el inicio, un inicio que se prolonga. El Espíritu Santo es el don por excelencia de Cristo resucitado a sus Apóstoles, pero Él quiere que llegue a todos. Jesús, como hemos escuchado en el Evangelio, dice: «Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros» (Jn 14,16). Es el Espíritu Paráclito, el «Consolador», que da el valor para recorrer los caminos del mundo llevando el Evangelio. El Espíritu Santo nos muestra el horizonte y nos impulsa a las periferias existenciales para anunciar la vida de Jesucristo. Preguntémonos si tenemos la tendencia a cerrarnos en nosotros mismos, en nuestro grupo, o si dejamos que el Espíritu Santo nos conduzca a la misión. Recordemos hoy estas tres palabras: novedad, armonía, misión.

La liturgia de hoy es una gran oración, que la Iglesia con Jesús eleva al Padre, para que renueve la efusión del Espíritu Santo. Que cada uno de nosotros, cada grupo, cada movimiento, en la armonía de la Iglesia, se dirija al Padre para pedirle este don. También hoy, como en su nacimiento, junto con María, la Iglesia invoca: «Veni Sancte Spiritus! – Ven, Espíritu Santo, llena el corazón de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor». Amén.

Santo Padre Francisco: Solemnidad de Pentecostés

Homilía del domingo, 19 de mayo de 2013

Oración al Espíritu Santo para pedir sus dones

¡Oh Espíritu Santo!, llena de nuevo mi alma con la abundancia de tus dones y frutos. Haz que yo sepa, con el don de Sabiduría, tener este gusto por las cosas de Dios que me haga apartar de las terrenas.

Que sepa, con el don del Entendimiento, ver con fe viva la importancia y la belleza de la verdad cristiana.

Que, con el don del Consejo, ponga los medios más conducentes para santificarme, perseverar y salvarme.

Que el don de Fortaleza me haga vencer todos los obstáculos en la confesión de la fe y en el camino de la salvación.

Que sepa con el don de Ciencia, discernir claramente entre el bien y el mal, lo falso de lo verdadero, descubriendo los engaños del demonio, del mundo y del pecado.

Que, con el don de Piedad, ame a Dios como Padre, le sirva con fervorosa devoción y sea misericordioso con el prójimo.

Finalmente, que, con el don de Temor de Dios, tenga el mayor respeto y veneración por los mandamientos de Dios, cuidando de no ofenderle jamás con el pecado.

Lléname, sobre todo, de tu amor divino; que sea el móvil de toda mi vida espiritual; que, lleno de unción, sepa enseñar y hacer entender, al menos con mi ejemplo, la belleza de tu doctrina, la bondad de tus preceptos y la dulzura de tu amor.

Amén.

Catecismo de la Iglesia Católica, CEC

V El Espíritu y la Iglesia en los últimos tiempos

Pentecostés

731 El día de Pentecostés (al término de las siete semanas pascuales), la Pascua de Cristo se consuma con la efusión del Espíritu Santo que se manifiesta, da y comunica como Persona divina: desde su plenitud, Cristo, el Señor (cf. Hch 2, 36), derrama profusamente el Espíritu.

732 En este día se revela plenamente la Santísima Trinidad. Desde ese día el Reino anunciado por Cristo está abierto a todos los que creen en Él: en la humildad de la carne y en la fe, participan ya en la comunión de la Santísima Trinidad. Con su venida, que no cesa, el Espíritu Santo hace entrar al mundo en los «últimos tiempos», el tiempo de la Iglesia, el Reino ya heredado, pero todavía no consumado:

«Hemos visto la verdadera Luz, hemos recibido el Espíritu celestial, hemos encontrado la verdadera fe: adoramos la Trinidad indivisible porque ella nos ha salvado» (Oficio Bizantino de las Horas. Oficio Vespertino del día de Pentecostés, Tropario 4)

El Espíritu Santo, el don de Dios

733 «Dios es Amor» (1 Jn 4, 8. 16) y el Amor que es el primer don, contiene todos los demás. Este amor «Dios lo ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5).

734 Puesto que hemos muerto, o, al menos, hemos sido heridos por el pecado, el primer efecto del don del Amor es la remisión de nuestros pecados. La comunión con el Espíritu Santo (2 Co 13, 13) es la que, en la Iglesia, vuelve a dar a los bautizados la semejanza divina perdida por el pecado.

735 Él nos da entonces las «arras» o las «primicias» de nuestra herencia (cf. Rm 8, 23; 2 Co 1, 21): la vida misma de la Santísima Trinidad que es amar «como él nos ha amado» (cf. 1 Jn 4, 11-12). Este amor (la caridad que se menciona en 1 Co 13) es el principio de la vida nueva en Cristo, hecha posible porque hemos «recibido una fuerza, la del Espíritu Santo» (Hch 1, 8).

736 Gracias a este poder del Espíritu Santo los hijos de Dios pueden dar fruto. El que nos ha injertado en la Vid verdadera hará que demos «el fruto del Espíritu, que es caridad, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza»(Ga 5, 22-23). «El Espíritu es nuestra Vida»: cuanto más renunciamos a nosotros mismos (cf. Mt 16, 24-26), más «obramos también según el Espíritu» (Ga 5, 25):

«Por el Espíritu Santo se nos concede de nuevo la entrada en el paraíso, la posesión del reino de los cielos, la recuperación de la adopción de hijos: se nos da la confianza de invocar a Dios como Padre, la participación de la gracia de Cristo, el podernos llamar hijos de la luz, el compartir la gloria eterna (San Basilio Magno, Liber de Spiritu Sancto, 15, 36: PG 32, 132).

El Espíritu Santo y la Iglesia

737 La misión de Cristo y del Espíritu Santo se realiza en la Iglesia, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo. Esta misión conjunta asocia desde ahora a los fieles de Cristo en su comunión con el Padre en el Espíritu Santo: El Espíritu Santo prepara a los hombres, los previene por su gracia, para atraerlos hacia Cristo. Les manifiesta al Señor resucitado, les recuerda su palabra y abre su mente para entender su Muerte y su Resurrección. Les hace presente el misterio de Cristo, sobre todo en la Eucaristía para reconciliarlos, para conducirlos a la comunión con Dios, para que den «mucho fruto» (Jn 15, 5. 8. 16).

738 Así, la misión de la Iglesia no se añade a la de Cristo y del Espíritu Santo, sino que es su sacramento: con todo su ser y en todos sus miembros ha sido enviada para anunciar y dar testimonio, para actualizar y extender el Misterio de la Comunión de la Santísima Trinidad (esto será el objeto del próximo artículo):

«Todos nosotros que hemos recibido el mismo y único espíritu, a saber, el Espíritu Santo, nos hemos fundido entre nosotros y con Dios. Ya que por mucho que nosotros seamos numerosos separadamente y que Cristo haga que el Espíritu del Padre y suyo habite en cada uno de nosotros, este Espíritu único e indivisible lleva por sí mismo a la unidad a aquellos que son distintos entre sí […] y hace que todos aparezcan como una sola cosa en él . Y de la misma manera que el poder de la santa humanidad de Cristo hace que todos aquellos en los que ella se encuentra formen un solo cuerpo, pienso que también de la misma manera el Espíritu de Dios que habita en todos, único e indivisible, los lleva a todos a la unidad espiritual» (San Cirilo de Alejandría, Commentarius in Iohannem, 11, 11: PG 74, 561).

739 Puesto que el Espíritu Santo es la Unción de Cristo, es Cristo, Cabeza del Cuerpo, quien lo distribuye entre sus miembros para alimentarlos, sanarlos, organizarlos en sus funciones mutuas, vivificarlos, enviarlos a dar testimonio, asociarlos a su ofrenda al Padre y a su intercesión por el mundo entero. Por medio de los sacramentos de la Iglesia, Cristo comunica su Espíritu, Santo y Santificador, a los miembros de su Cuerpo (esto será el objeto de la Segunda parte del Catecismo).

740 Estas «maravillas de Dios», ofrecidas a los creyentes en los Sacramentos de la Iglesia, producen sus frutos en la vida nueva, en Cristo, según el Espíritu (esto será el objeto de la Tercera parte del Catecismo).

741 «El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables» (Rm 8, 26). El Espíritu Santo, artífice de las obras de Dios, es el Maestro de la oración (esto será el objeto de la Cuarta parte del Catecismo).

Catecismo de la Iglesia Católica

Propósito

Dedicar diez minutos a meditar el siguiente texto del Catecismo de la Iglesia Católica:

Cristo es el verdadero Templo de Dios, «el lugar donde reside su gloria»; por la gracia de Dios los cristianos son también templos del Espíritu Santo, piedras vivas con las que se construye la Iglesia.

Catecismo de la Iglesia Católica, n.º 1197

Diálogo con Cristo (Oración de Consagración de la familia al Espíritu Santo)

¡Oh Dios Espíritu Santo! Postrados ante tu divina majestad, venimos a consagrarnos a Ti con todo lo que somos y tenemos.

Por un acto de la omnipotencia del Padre hemos sido creados, por gracia del Hijo hemos sido redimidos, y por tu inefable amor has venido a nuestras almas para santificarnos, comunicándonos tu misma vida divina.

Desde el día de nuestro bautismo has tomado posesión de cada uno de nosotros, transformándonos en templos vivos donde Tú moras juntamente con el Padre y el Hijo; y el día de la Confirmación fue la Pentecostés en que descendiste a nuestros corazones con la plenitud de tus dones, pera que viviéramos una vida íntegramente cristiana.

Permanece entre nosotros para presidir nuestras reuniones; santifica nuestras alegrías y endulza nuestros pesares; ilumina nuestras mentes con los dones de la sabiduría, del entendimiento y de la ciencia; en horas de confusión y de dudas asístenos con el don del consejo; para no desmayar en la lucha y el trabajo concédenos tu fortaleza; que toda nuestra vida religiosa y familiar esté impregnada de tu espíritu de piedad; y que a todos nos mueva un temor santo y filial para no ofenderte a Ti que eres la santidad misma.

Asistidos en todo momento por tus dones y gracias, queremos llevar una vida santa en tu presencia.

Por eso hoy te hacemos entrega de nuestra familia y de cada uno de nosotros por el tiempo y la eternidad. Te consagramos nuestras almas y nuestros cuerpos, nuestros bienes materiales y espirituales, para que Tú sólo dispongas de nosotros y de lo nuestro según tu beneplácito. Sólo te pedimos la gracia que después de haberte glorificado en la tierra, pueda toda nuestra familia alabarte en el cielo, donde con el Padre y el Hijo vives y reinas por los siglos de los siglos.

Así sea.

Amén.

*  *  *

Evangelio del día en «Catholic.net»

Evangelio del día en «Evangelio del día»

Evangelio del día en «Orden de Predicadores»

Evangelio del día en «Evangeli.net»

*  *  *





¡Vive Pentecostés! Inspírate para la venida del Espíritu Santo

¡Vive Pentecostés! Inspírate para la venida del Espíritu Santo

El Espíritu Santo nos enseña: es el Maestro interior. Nos guía por el justo camino, a través de las situaciones de la vida. Él nos enseña el camino, el sendero. En los primeros tiempos de la Iglesia, al cristianismo se le llamaba «el camino» (cf. Hch 9, 2), y Jesús mismo es el camino. El Espíritu Santo nos enseña a seguirlo, a caminar siguiendo sus huellas. Más que un maestro de doctrina, el Espíritu Santo es un maestro de vida. Y de la vida forma parte ciertamente también el saber, el conocer, pero dentro del horizonte más amplio y armónico de la existencia cristiana.

Santo Padre Francisco

Homilía del domingo, 8 de junio de 2014

*  *  *

Ven, Espíritu Santo,

Llena los corazones de tus fieles

y enciende en ellos

el fuego de tu amor.

Envía, Señor, tu Espíritu.

Que renueve la faz de la Tierra.


Oh Dios,

que llenaste los corazones de tus

fieles con la luz del Espíritu

Santo; concédenos que,

guiados por el mismo Espíritu,

sintamos con rectitud y

gocemos siempre de tu consuelo.

Por Jesucristo Nuestro Señor.

Amén.

*  *  *

Pentecostés (vídeo inspiracional)

*  *  *

Ven Espíritu – Pentecostés (canción)

*  *  *

Ven Espíritu – Pentecostés es nuestro (canción)

*  *  *

Eu navegare – Pentecostés (canción en portugués)

*  *  *

Vem Espíritu Santo (canción en portugués)

*  *  *

Ven Espíritu – Pentecostés (canción)

*  *  *

Veni Creator Spíritus

*  *  *



Invocación al Espíritu Santo (del álbum Pentecostés es nuestro)

Invocación al Espíritu Santo (del álbum Pentecostés es nuestro)

[…] los discípulos «regresaron a Jerusalén llenos de alegría. El don que Jesús les había dado —explicó el Papa— no era una cierta nostalgia», sino «alegría», que llena desde dentro, que es «como una unción del Espíritu», que «se encuentra en la seguridad de que Jesús está con nosotros y con el Padre». La alegría es una virtud de los grandes, «de aquellos grandes que —precisó el Santo Padre— están por encima de las mezquindades, de las pequeñeces humanas, que no se involucran en las pequeñas cosas internas de la comunidad, de la Iglesia; miran siempre hacia el horizonte». Y la alegría es una virtud del camino. «San Agustín decía: ¡Canta y camina!», recordó el Papa. «El cristiano canta con alegría y camina, y lleva esta alegría», aunque «se encuentra también algunas veces escondida en la cruz»; «pero canta y camina», «sabe alabar a Dios como los apóstoles después de la Ascensión de Jesús».

Santo Padre Francisco: Canta y camina

*  *  *


Invocación al Espíritu Santo – Audiovisual en Youtube

*  *  *


Invocación al Espíritu Santo – Letra

Ven Espíritu a nuestras almas

infúndenos tu don

Ven Espíritu ven pronto

sana con tu fuego y tu verdad

ven a derramar tus dones

santifícanos

ven a liberar del sueño

guíanos en nuestra oscuridad

Pentecostés es nuestro

Pentecostés es hoy

es tiempo de anunciar, tu vida

Ven Espíritu a nuestras almas

infúndenos tu don

ven Espíritu ven pronto

que necesitamos tu calor

Pentecostés es nuestro

Pentecostés es hoy

es tiempo de anunciar, tu vida

Pentecostés es hoy

es tiempo de anunciar tu vida

*  *  *


Invocación al Espíritu Santo – Acordes

Puedes ver los acordes de la canción (y puedes comprar la partitura a un precio muy razonable) en el portal web chordify.net.

Invocación al Espíritu Santo - Acordes

*  *  *

Un corazón convertido en nido (cuento para Pentecostés)

Un corazón convertido en nido (cuento para Pentecostés)

Anoche soñé que estaba en el campo, jugando con mis primos a elevar volantines y a trepar por todos lados. Agotados de tanto correr y brincar, nos tendimos sobre el pasto verde y nos pusimos a observar los pájaros que volaban sobre nuestras cabezas. De repente sentí que mi corazón que latía muy rápido se transformaba en un nido, en un nido tibio, suave y mullido. «Mi corazón se quedó quieto, muy quieto» exclamaba yo sorprendido. «Mi corazón se quedó quieto, paró de latir y se convirtió en un nido; tiene forma de nido, tiene color de nido, tiene tamaño de nido y está esperando a que un pajarito venga a vivir en él».

¿Era yo un árbol acaso? ¿Era yo un niño? ¿Por qué en vez de corazón tenía yo un nido? En ese momento me asusté mucho porque yo quería seguir siendo niño, no árbol. Estaba a punto de llorar cuando de repente sentí que a mi nido llegaba una palomita blanca, blanca como la nieve y muy linda.

«¿De dónde vienes tú?»  le pregunté todavía un poco asustado. Y curiosamente la paloma me respondió con una voz muy suave y amable:

«Vengo del cielo a vivir contigo, siempre que tú me invites a quedarme en tu corazón». Y yo, muy afligido y confundido le contesté:

«Es que ahora en vez de corazón, tengo un nido». Pareció que no le importaba mucho lo que le dije.

Y continué:  «En realidad, pensándolo bien para ti que eres un pájaro resulta mejor un nido que un corazón ¿verdad?».

«La verdad es que para mí resulta bien un corazón o un nido. La cosa es que aceptes que yo me instale a vivir contigo», me contestó la paloma.

«Por supuesto que me gustaría que te quedaras conmigo para siempre, serías mi amiga y mi compañera, irías conmigo a todas partes, podríamos conversar en cualquier momento. Como vienes del cielo me aconsejarías cómo hacer las cosas bien y yo me podría convertir en un niño alegre, servicial, cariñoso, obediente, solidario y amableMis papás y mis profes estarían contentos conmigo y yo más contento con ellos».

«A todo esto no te he dicho mi nombre. Me llamo Felipe y tú ¿tienes nombre?» le pregunté curioso.

«Yo soy el Espíritu Santo, enviado por el Padre y tu amigo Jesús para que viviendo conmigo no te olvides jamás de ellos».

En ese mismo momento desperté bruscamente y recordé la clase de ese día en que la tía nos había hablado de Pentecostés. No lo puedo explicar pero luego de despertar sentí una alegría inmensa y una paz increíble en mi corazón. Me sentía un niño bueno, bueno y feliz

¿Será que el Espíritu Santo nos transforma por dentro y nos hace ser buenas personas?

*  *  *

Artículo original en iglesia.cl. Todos los derechos pertenecen a su autora y al portal web iglesia.cl.

Pentecostés (dinámica completa para niños)

Pentecostés (dinámica completa para niños)

¡Oh Espíritu Santo!, llena de nuevo mi alma con la abundancia de tus dones y frutos. Haz que yo sepa, con el don de Sabiduría, tener este gusto por las cosas de Dios que me haga apartar de las terrenas.

Que sepa, con el don del Entendimiento, ver con fe viva la importancia y la belleza de la verdad cristiana.

Que, con el don del Consejo, ponga los medios más conducentes para santificarme, perseverar y salvarme.

Que el don de Fortaleza me haga vencer todos los obstáculos en la confesión de la fe y en el camino de la salvación.

Que sepa con el don de Ciencia, discernir claramente entre el bien y el mal, lo falso de lo verdadero, descubriendo los engaños del demonio, del mundo y del pecado.

Que, con el don de Piedad, ame a Dios como Padre, le sirva con fervorosa devoción y sea misericordioso con el prójimo.

Finalmente, que, con el don de Temor de Dios, tenga el mayor respeto y veneración por los mandamientos de Dios, cuidando de no ofenderle jamás con el pecado.

Lléname, sobre todo, de tu amor divino; que sea el móvil de toda mi vida espiritual; que, lleno de unción, sepa enseñar y hacer entender, al menos con mi ejemplo, la belleza de tu doctrina, la bondad de tus preceptos y la dulzura de tu amor. Amén.

Oración al Espíritu Santo para pedir sus dones

*  *  *


Jesús nos invita a recibir al Espíritu Santo


Objetivo específico de la dinámica

Comprender que el amor de Dios no tiene límites, nos envió al Espíritu Santo para que sea nuestra fuerza y ayuda constante.


Ambientación

Con una cartulina, crear un cartel con el siguiente dibujo (al que podéis acceder para su impresión pulsando sobre el enlace o sobre la imagen):

Dones del Espíritu Santo

1.- Saludo

Queridos niños: Jesús nos regala su paz que produce siempre alegría y nos promete su ayuda con la presencia del Espíritu Santo. Verdaderamente, el amor de Jesús no tiene comparación.


2.- Oración

(Catequista) Vamos a repetir todos, dos estrofas de un Himno muy antiguo de la Iglesia:

Ven, Espíritu divino,

manda tu luz desde el cielo,

Padre amoroso del pobre,

don, en tus dones espléndido,

luz que penetra las almas,

fuente del mayor consuelo.

Reparte tus siete dones, según la fe de tus siervos;

por tu bondad y tu gracia dale al esfuerzo su mérito,

salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno.

Amén.


3.- Revisión de compromiso

El catequista revisa con los niños el compromiso que hayan adoptado en catequesis anteriores y realiza breves comentarios y algunas preguntas sobre el tema.


4.- Actividad

A cada niño se le entrega una lámina con uno de los dones del Espíritu Santo: SABIDURÍA, ENTENDIMIENTO, CONSEJO, CIENCIA, PIEDAD, TEMOR DE DIOS, FORTALEZA. Cada niño deberá colorear la lámina como guste y cuando termine, entregará el dibujo al catequista.

Podéis acceder a las láminas para imprimir pulsando sobre los títulos o sobre las imágenes. 

Sabiduría Entendimiento Consejo Ciencia
Don de la Sabiduría Don del Entendimiento Don del Consejo Don de la Ciencia


Piedad Temor de Dios Fortaleza
Don de la Piedad Don del Temor de Dios Don de la Fortaleza



5.- Vamos a escuchar a Jesús

Se invita a los niños a escuchar el mensaje de la Palabra de Dios en Juan 20, 19-23.

Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz esté con ustedes». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría. De nuevo les dijo Jesús: «La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo». Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban al Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar».

Jn 20, 19-23


6.- Diálogo con el catequista

– ¿Cuál es el saludo de Jesús resucitado?

– Jesús, después de saludar, ¿a quién dice que recibamos?

– ¿Qué hace el Espíritu Santo en la Iglesia?


7.- Reflexión del catequista

Jesús dice a los discípulos que reciban al Espíritu Santo, después de saludarlos deseándoles la paz. El Espíritu Santo es una nueva presencia de Jesús en medio de su Iglesia, en medio de nosotros. Él es quien nos da ánimos y fortaleza ante las dificultades, ante las tentaciones. Él nos ayuda a buscar a Dios como lo más importante en nuestras vidas. Él nos une en comunidad haciéndonos superar las enemistades, las envidias, las categorías entre unos y otros. Él nos ilumina para entender la Palabra de Dios y comprender los porqués de los acontecimientos en nuestra vida y en la de los demás. Él nos da sus dones y nos regala sus frutos: paz, alegría, amor, paciencia, bondad, comprensión, castidad, fidelidad, mansedumbre…


8.- Celebración

Colocados de pie y formando un círculo, el catequista explica que el Espíritu Santo nos enseña también a compartir y que, por eso, entregará a cada niño un don que no es el suyo (se les da a los niños una lámina diferente a la que pintaron); así nos daremos cuenta que hemos recibido un don, el don que el Espíritu Santo ha querido. Teniendo cada niña la lámina en sus manos, daremos las gracias por el DON recibido.


9.- Compromiso

– Colocar «mi DON» en lugar visible de mi habitación.

– Dar las gracias al Espíritu Santo por todo su amor en la oración antes de acostarme.

– Hacer alguna tarjeta o algunas tarjetas en que se diga, (por ejemplo: El Espíritu Santo te ayuda) para dársela a algún compañero que está triste o a otra persona a quien creemos le puede hacer bien nuestro mensaje.

*  *  *


Hemos realizado una adaptación de la dinámica original que crearon sus autores de Infancia Misionera. Podéis ver la dinámica original en el portal web de Mercaba: Pentecostés para niños.