Que los confirmandos descubran que el lavatorio de los pies no es un gesto moral aislado, sino una revelación del misterio de Cristo que salva, purifica y transforma, comprendiendo que la vida cristiana comienza en dejarse lavar por Él (Bautismo y Penitencia), se alimenta en su entrega (Eucaristía) y se expresa en un amor concreto y sacrificado hacia los demás.
Introducción
El Evangelio de san Juan sitúa esta escena en un momento decisivo: «Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora… los amó hasta el extremo» (Jn 13,1, Biblia CEE). Este “extremo” no indica solo intensidad afectiva, sino plenitud redentora. El lavatorio de los pies es ya una anticipación visible de la cruz, donde Cristo se abajará definitivamente para salvar al hombre.
El texto subraya además que Jesús actúa «sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía» (Jn 13,3). Es desde la conciencia de su divinidad desde donde se arrodilla. No se rebaja por debilidad, sino por amor. San Agustín lo expresa con profundidad: «El Señor… siendo tan grande, se hizo humilde para enseñarnos la humildad» (In Ioannem, 55).
Aquí aparece una verdad central de la fe cristiana: la grandeza de Dios se manifiesta en el amor que se abaja. Como enseña Benedicto XVI, «la grandeza de Dios se revela en la humildad de su amor» (Homilía, Jueves Santo, 2008). Este gesto no es solo ejemplo, sino misterio que transforma la vida del creyente.
Orientaciones para catequistas
El catequista debe evitar reducir este pasaje a una enseñanza moral sobre “ser humildes” o “servir a los demás”. Este texto es una revelación del misterio de Cristo y del modo en que Él salva. Cuando Jesús afirma: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo» (Jn 13,8), está indicando que la salvación no procede del esfuerzo humano, sino de la acción purificadora de Cristo.
Aquí se abre una clave sacramental fundamental. La tradición de la Iglesia ha visto en este gesto una referencia al Bautismo, donde el hombre es lavado completamente, y a la Penitencia, donde el cristiano, ya limpio, necesita ser purificado en su caminar. El Catecismo enseña que Cristo «manifestó el amor del Padre sirviendo hasta dar su vida» (CIC, 609), y este servicio se hace presente sacramentalmente en la vida de la Iglesia.
Al mismo tiempo, este gesto está inseparablemente unido a la Eucaristía. San Juan Pablo II enseña que el lavatorio expresa «el amor llevado hasta el extremo, el mismo que se realiza en la Eucaristía» (Ecclesia de Eucharistia, 20). No hay verdadera participación eucarística sin una vida transformada por el amor que sirve.
Es importante trabajar con profundidad la reacción de Pedro. Él ama a Cristo, pero rechaza un Dios que se abaja. En esto se refleja el corazón humano: aceptar a Dios mientras no cuestione nuestras seguridades. El catequista debe ayudar a descubrir que la fe comienza cuando dejamos a Cristo actuar en nosotros.
Texto bíblico completo (Jn 13, 1-15)
Evangelio según san Juan (Biblia CEE):
«Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.
Estaban cenando; y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, se levanta de la cena, se quita el manto, toma una toalla y se la ciñe; luego echa agua en una jofaina y se pone a lavar los pies a los discípulos.
Llegó a Simón Pedro y este le dice: “Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?”. Jesús respondió: “Lo que yo hago tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde”.
Pedro le dice: “No me lavarás los pies jamás”. Jesús le contestó: “Si no te lavo, no tienes parte conmigo”.
Cuando acabó, dijo: “Si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis”».
Profundización teológica, sacramental y patrística
El lavatorio de los pies es un signo que anticipa el misterio pascual. Cristo se abaja para purificar al hombre, y ese abajamiento culminará en la cruz. Por eso su palabra es tan radical: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo» (Jn 13,8). No se trata de un gesto simbólico sin más, sino de una acción que revela la necesidad de la gracia.
San Agustín interpreta este pasaje en clave sacramental: «El que ya ha sido lavado no necesita sino lavarse los pies» (In Ioannem, 56), indicando que el Bautismo purifica radicalmente, pero el caminar cristiano exige una purificación continua. Esta enseñanza conecta directamente con el sacramento de la Penitencia, donde Cristo sigue lavando al creyente.
San Juan Crisóstomo subraya la radicalidad del gesto: Cristo lava incluso los pies de Judas, mostrando que el amor de Dios es gratuito y no depende del mérito humano. Este amor precede siempre al hombre. Por eso la vida cristiana no comienza en el hacer, sino en el dejarse amar y purificar.
Santo Tomás de Aquino enseña que Cristo «instruyó más con las obras que con las palabras» (Suma Teológica, III, q. 40), estableciendo así la caridad como forma concreta de la vida cristiana. Esta caridad no es sentimental, sino sacrificada y real.
El Concilio Vaticano II recoge esta enseñanza afirmando que «la ley fundamental de la perfección es el mandamiento nuevo del amor» (Lumen gentium, 42). Y ese amor toma forma visible en el servicio humilde. La Eucaristía, en la que Cristo se entrega, exige una vida coherente con ese don recibido.
Por tanto, el lavatorio de los pies une tres dimensiones inseparables: la purificación (Bautismo y Penitencia), la entrega sacrificial (Eucaristía) y la vida transformada en caridad concreta. Separar estos elementos empobrece profundamente la comprensión del Evangelio.
Actividades catequéticas
Actividad 1. La resistencia de Pedro: dejarse salvar
Objetivo doctrinal: Descubrir que la vida cristiana comienza en aceptar que necesitamos ser purificados por Cristo, superando el orgullo y la autosuficiencia.
Tiempo: 10 minutos. Materiales: ninguno.
El catequista lee lentamente el diálogo entre Jesús y Pedro (Jn 13,6-9). A continuación invita a los jóvenes a identificarse con Pedro. No se trata de criticarlo, sino de descubrir que su reacción es profundamente humana.
Se guía la reflexión hacia esta idea: Pedro ama, pero no acepta un Dios que se abaja. Prefiere un Mesías fuerte antes que un Salvador que se humilla.
Microguion:
— Catequista: «¿Por qué Pedro no quiere que Jesús le lave los pies?»
— Grupo: respuestas.
— Catequista: «¿Qué hay detrás de esa reacción?»
— Grupo: orgullo, incomprensión.
— Catequista: «¿Nos pasa a nosotros algo parecido?»
— «¿En qué momentos te cuesta reconocer que necesitas a Dios?»
Indicaciones: el catequista debe llevar al silencio final. No cerrar con respuestas rápidas. La clave es que cada uno se reconozca necesitado de la gracia.
Actividad 2. El servicio concreto: amar de verdad
Objetivo doctrinal: Comprender que el amor cristiano se expresa en actos concretos, especialmente cuando cuestan.
Tiempo: 10 minutos. Materiales: papel y bolígrafo.
Se invita a cada participante a pensar en situaciones concretas donde servir le resulta difícil: en casa, con hermanos, en el estudio, con amigos.
Después se comparten algunas respuestas y se conecta con Cristo: Él no eligió servir cuando era fácil, sino cuando costaba.
Microguion:
— «¿Qué servicio te cuesta más?»
— «¿Por qué?»
— «¿Qué haría Cristo en tu lugar?»
— «¿Qué paso concreto puedes dar esta semana?»
Indicaciones: evitar generalidades. Llevar siempre a decisiones concretas y verificables.
Actividad 3. Sacramento y vida: dejarse lavar hoy
Objetivo doctrinal: Relacionar el lavatorio con los sacramentos del Bautismo y la Penitencia.
Tiempo: 10 minutos. Materiales: Biblia.
El catequista explica brevemente la relación con el Bautismo (lavado total) y la Penitencia (lavado continuo). Se pregunta a los jóvenes si viven estos sacramentos como encuentro con Cristo o como costumbre.
Microguion:
— «¿Qué significa que Cristo te lave hoy?»
— «¿Vives la confesión como encuentro con Él?»
— «¿Qué cambiaría si creyeras de verdad que Él te limpia?»
Indicaciones: tono serio y respetuoso. Puede ser momento de preparación para la confesión.
Actividad 4. Lectio divina
Objetivo doctrinal: Escuchar la Palabra de Dios y dejar que transforme el corazón.
Tiempo: 12 minutos. Materiales: Biblia.
Se proclama lentamente Jn 13,12-15. Se guarda silencio. Cada uno elige una palabra o frase.
Microguion:
— «¿Qué palabra te ha tocado?»
— «¿Qué te pide Cristo?»
— «¿Qué vas a cambiar esta semana?»
Se concluye con una oración breve.
Oración final
Señor Jesús,
Tú que te has abajado por amor,
lávame, purifícame, transfórmame.
Arranca de mí el orgullo,
enséñame a amar sirviendo,
y hazme vivir unido a Ti.
Amén.
Conclusión
El lavatorio de los pies revela que la vida cristiana no consiste en aparentar, sino en dejarse transformar por Cristo y reproducir su amor. El confirmado está llamado a vivir desde los sacramentos, alimentado por la Eucaristía, purificado en la gracia y entregado en el servicio.
Esta dinámica busca que los niños comprendan con sencillez y fe la grandeza de la Presencia real de Jesús en la Eucaristía, actúen con amor y respeto, y se preparen con alegría y recogimiento para recibirlo en la comunión.
1. Breve introducción (5 min)
Explica con palabras sencillas:
En la Misa, después de la consagración, el pan y el vino se convierten verdaderamente en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, aunque sigan pareciendo pan y vino. Esto se llama transubstanciación (Catecismo nº 1376‑1377).
Explica que en la Eucaristía Jesús está presente de forma real, verdadera y sustancial, con todo su cuerpo, sangre, alma y divinidad.
2. Actividades
Actividad 1: “El tesoro escondido” (10 min)
Materiales: pequeña cajita cerrada, dibujo de un niño buscando un tesoro.
Desarrollo:
Enseña la cajita y pregunta: “¿Qué hay dentro?”
Explica que Jesús es un tesoro escondido. Aunque parezca pan, en realidad es Él, nuestro tesoro más grande.
Dibuja el proceso: pan preparado → consagración → pan que es Jesús.
Objetivo: que comprendan que Jesús está realmente presente, aunque no lo vean con los ojos.
Actividad 2: “Mi corazón adorador” (15 min)
Materiales: corazones de papel, pegatinas, rotuladores, purpurina.
Desarrollo:
Cada niño decora un corazón y escribe frases como: “Te amo, Jesús”, “Jesús está aquí”, “Gracias por estar conmigo”.
Luego, en círculo, dicen una frase al compartir su corazón.
Objetivo: expresar sencillamente lo que sienten ante Jesús presente en la Eucaristía.
Actividad 3: “Silencio y escucha” (10 min)
Desarrollo:
Invita a sentarse en silencio mirando hacia el Sagrario o al lugar donde esté expuesto el Santísimo.
Guiados, cierran los ojos y escuchan al Señor en silencio, durante 2‑3 minutos.
Explicación para los niños: Aunque no lo veamos, Jesús está realísimo en ese silencio. Lo escuchamos con el corazón.
3. Oración de adoración al Santísimo Sacramento
Señor Jesús,
te adoramos con humildad y amor.
Aunque parezcas pan, sabemos que eres Tú,
verdadero, real y eterno.
Quédate en nuestro corazón,
guíanos y ámanos siempre.
Gracias por estar aquí con nosotros,
en cuerpo, sangre, alma y divinidad.
Te amamos, Jesús Eucaristía.
Amén.
4. Indicaciones para los padres
Preparar en familia: lean con los niños pasajes del Papa Juan Pablo II sobre la Eucaristía como “fuente y cumbre” de la vida cristiana.
Enseñar el “¿por qué?” de arrodillarse, hacer genuflexión y mostrar reverencia, explicando que honran a Jesús que está realmente presente.
Actitud de respeto y silencio: fomenten el hábito de hablar en voz baja y actuar con recogimiento al pasar junto al Sagrario.
Oración breve antes de comulgar: sugieran frases como “Jesús, vengo a ti” o “Señor, aquí estoy”.
Reflexión después de comulgar: pregunten con cariño cómo se sienten y celebren ese momento de encuentro con Jesús.
El don total de Cristo: presencia, sacrificio y comunión
Objetivo de la sesión
Que los participantes comprendan que la Eucaristía no es un símbolo ni un recuerdo, sino la presencia real de Jesucristo que se entrega sacramentalmente como sacrificio, alimento y comunión, y que este misterio constituye el centro de la vida cristiana y de la Iglesia.
Introducción
En la Última Cena, Jesucristo realiza uno de los actos más decisivos de toda la historia de la salvación. No solo anticipa su muerte, sino que la hace sacramentalmente presente. Lo que va a suceder al día siguiente en la cruz queda ya contenido en forma misteriosa en el pan y en el vino. La Iglesia siempre ha comprendido que en este gesto se entrega todo el misterio de Cristo.
San Juan Pablo II afirma con claridad que «la Iglesia vive de la Eucaristía» (Ecclesia de Eucharistia, 1). No se trata de una devoción más, sino del centro real de la vida cristiana. Todo converge en la Eucaristía: la redención, la presencia de Cristo, la comunión con Dios y la unidad de la Iglesia.
El peligro actual es reducir este misterio a un símbolo, a una reunión o a un acto comunitario sin profundidad sacrificial. Por eso es necesario volver a escuchar las palabras mismas de Cristo y la enseñanza constante de la Iglesia.
Texto bíblico completo
Evangelio según san Lucas (Lc 22, 14-20, Biblia CEE):
«Llegada la hora, se sentó a la mesa y los apóstoles con él. Y les dijo: “Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que no la volveré a comer hasta que se cumpla en el reino de Dios”.
Y tomando una copa, dio gracias y dijo: “Tomad esto, repartidlo entre vosotros; porque os digo que desde ahora no beberé del fruto de la vid hasta que venga el reino de Dios”.
Y tomando pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía”.
Después de cenar, hizo lo mismo con la copa diciendo: “Esta copa es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros”».
Profundización teológica, sacramental y patrística
Las palabras de Cristo son directas y no admiten reducción simbólica: «Esto es mi cuerpo… esta es mi sangre» (Lc 22,19-20). La Iglesia ha entendido siempre estas palabras en sentido real. El Concilio de Trento enseña que en la Eucaristía «está contenido verdadera, real y sustancialmente el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo» (Sesión XIII, cap. 1).
Santo Tomás de Aquino explica que no se trata de un cambio aparente, sino real: «Por la consagración del pan y del vino se realiza la conversión de toda la sustancia del pan en el Cuerpo de Cristo» (Suma Teológica, III, q. 75, a. 4). Esta conversión es lo que la Iglesia llama transubstanciación.
La Eucaristía es también sacrificio. No se repite la cruz, pero se hace presente sacramentalmente. Como enseña el Catecismo, «el sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son un único sacrificio» (CIC, 1367). Esto significa que en cada Misa estamos realmente ante el misterio de la cruz.
Los Padres de la Iglesia son unánimes en esta fe. San Ignacio de Antioquía habla de la Eucaristía como «la carne de nuestro Salvador Jesucristo» (Carta a los Esmirniotas, 7), y san Cirilo de Jerusalén enseña: «No lo consideres como pan y vino, porque es el cuerpo y la sangre de Cristo» (Catequesis Mistagógicas, 4).
Además, la Eucaristía es comunión. Cristo no solo se ofrece, sino que se da como alimento. San Agustín lo expresa de manera profunda: «No me transformarás tú en ti, como el alimento de tu cuerpo, sino que tú te transformarás en mí» (Confesiones, VII, 10). Comulgar no es un gesto externo, sino una transformación interior.
Por eso, la Eucaristía exige una disposición adecuada. San Pablo advierte con fuerza: «Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente será reo del cuerpo y de la sangre del Señor» (1 Cor 11,27, Biblia CEE). La Iglesia ha mantenido siempre la necesidad de estar en gracia para recibir dignamente este sacramento.
Orientaciones para catequistas
El catequista debe insistir en tres ideas inseparables: presencia real, sacrificio y comunión. Si se separan, se deforma la comprensión de la Eucaristía. No es solo presencia sin sacrificio, ni sacrificio sin comunión, ni comunión sin presencia real.
Es fundamental evitar un lenguaje ambiguo. Los jóvenes necesitan claridad. Cristo no dijo “esto representa”, sino “esto es”. Esta claridad no debe presentarse con dureza, sino con profundidad y belleza.
Conviene también ayudar a descubrir que la Eucaristía transforma la vida. No se puede comulgar y vivir igual. La coherencia entre fe y vida es parte esencial de la catequesis.
Actividades catequéticas
Actividad 1. ¿Qué significa “esto es mi cuerpo”?
Objetivo: Comprender la presencia real de Cristo en la Eucaristía.
Tiempo: 10 minutos. Materiales: Biblia.
El catequista lee el texto lentamente y pide a los participantes que se detengan en la frase central.
Microguion:
— «¿Por qué Jesús no dice “esto simboliza”?»
— «¿Qué cambia en tu vida si esto es real?»
— «¿Cómo te acercas a comulgar?»
Indicaciones: llevar a una toma de conciencia personal.
Actividad 2. La Misa como sacrificio
Objetivo: Descubrir la relación entre la Eucaristía y la cruz.
Tiempo: 10 minutos.
El catequista explica brevemente la unidad entre cruz y Misa.
Microguion:
— «¿Qué ocurre realmente en la Misa?»
— «¿Cómo cambiaría tu actitud si pensaras que estás ante la cruz?»
Indicaciones: evitar superficialidad, insistir en la realidad sacrificial.
Actividad 3. Prepararse para comulgar
Objetivo: Tomar conciencia de la necesidad de preparación interior.
Tiempo: 10 minutos.
Se invita a revisar la propia vida antes de la comunión.
Microguion:
— «¿Cómo te preparas para comulgar?»
— «¿Qué significa estar en gracia?»
Indicaciones: puede enlazar con la confesión.
Actividad 4. Lectio divina
Objetivo: Escuchar a Cristo y responder.
Se lee Lc 22,19 en silencio.
Microguion:
— «¿Qué te dice Jesús?»
— «¿Qué le respondes?»
Oración final
Señor Jesús,
creo que estás realmente presente en la Eucaristía.
Aumenta mi fe,
purifica mi corazón,
y enséñame a vivir unido a Ti.
Amén.
Conclusión
La Eucaristía es el centro de la vida cristiana. En ella Cristo se entrega realmente. El confirmado está llamado a vivir de este misterio, a participar con fe y a dejarse transformar por Él.
La Semana Santa y la Pascua constituyen el centro del año litúrgico y el núcleo mismo de la vida cristiana. En estos días, la Iglesia no se limita a recordar unos acontecimientos del pasado, sino que celebra sacramentalmente el misterio de la redención, haciéndolo presente para que los fieles participen en él de manera real y eficaz. Como enseña el Concilio Vaticano II, «nuestro Salvador, en la última Cena, instituyó el sacrificio eucarístico de su Cuerpo y de su Sangre… para perpetuar por los siglos el sacrificio de la cruz» (Sacrosanctum Concilium, 47). Esta afirmación revela que la liturgia no es un simple memorial simbólico, sino la actualización viva del misterio pascual.
En este horizonte, la familia cristiana aparece como un lugar privilegiado donde este misterio puede ser acogido, vivido y transmitido. El mismo Concilio enseña que la familia es «como una iglesia doméstica» (Lumen Gentium, 11), en la que los padres ejercen una misión insustituible como primeros educadores en la fe. Esta enseñanza no es una simple indicación pastoral, sino una afirmación teológica de gran alcance: el hogar cristiano participa, de manera real, en la misión de la Iglesia.
San Juan Pablo II profundiza en esta verdad al afirmar que la familia es «santuario de la vida y ámbito privilegiado de evangelización» (Familiaris Consortio, 52). En la Semana Santa, esta vocación se manifiesta con especial intensidad, porque en ella se revela el amor de Cristo que se entrega hasta el extremo. Los padres y catequistas están llamados a introducir a los hijos en este misterio, no solo mediante explicaciones, sino a través de una experiencia viva que toque el corazón.
Benedicto XVI recuerda que «la liturgia no es algo que nosotros hacemos, sino que es acción de Dios en nosotros» (Homilía, Jueves Santo, 2008). Esta acción divina no se agota en el templo, sino que está llamada a prolongarse en la vida cotidiana. El papa Francisco insiste en esta dimensión al señalar que «en la familia se aprende a creer, a amar y a rezar» (Amoris Laetitia, 287), subrayando que la fe se transmite en la vida concreta, en los gestos sencillos y en la convivencia diaria.
Por ello, vivir la Semana Santa en familia no consiste simplemente en asistir a celebraciones litúrgicas, sino en permitir que el misterio de Cristo transforme el hogar, ilumine las relaciones y dé sentido a la vida cotidiana. Este artículo quiere ofrecer una reflexión profunda que ayude a padres y catequistas a recorrer este camino con conciencia, fe y profundidad.
El misterio pascual en el centro de la vida cristiana
El misterio pascual —la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo— constituye el acontecimiento central de la historia de la salvación. No es un episodio más dentro de la revelación, sino el momento en el que se realiza plenamente el designio de Dios. San Pablo lo expresa con una contundencia que no deja lugar a dudas: «Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe» (1 Cor 15,14, Biblia CEE). La Resurrección no es un añadido, sino el fundamento mismo de la fe cristiana.
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que «el misterio pascual de Cristo es el acontecimiento central de la historia de la salvación» (CEC, 571), porque en él se revela el amor de Dios que entrega a su Hijo para la redención del mundo. La Cruz, lejos de ser un fracaso, es la manifestación suprema de ese amor. Cristo mismo lo afirma: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13, Biblia CEE). En esta entrega se revela el corazón de Dios.
San León Magno contempla este misterio afirmando que «la muerte de Cristo es el sacrificio por el cual fue destruida la muerte y restaurada la vida» (Sermón 8 sobre la Pasión). La Cruz, por tanto, no es solo sufrimiento, sino victoria; no es solo dolor, sino redención. Esta perspectiva es esencial para comprender el sentido de la Semana Santa.
Benedicto XVI profundiza en la dimensión ontológica de la Resurrección cuando afirma que no se trata de un retorno a la vida anterior, sino «del paso a una nueva dimensión de la existencia» (Jesús de Nazaret, vol. II). La Resurrección inaugura una nueva creación, una vida que ya no está sometida a la muerte. Esta vida es la que se comunica a los creyentes.
Para la familia cristiana, este misterio no es abstracto. En él encuentran sentido las realidades más profundas de la vida: el amor, el sufrimiento, el perdón, la fidelidad y la esperanza. El misterio pascual ilumina la vida familiar mostrando que el amor verdadero implica entrega, que el sufrimiento puede tener sentido y que la esperanza se funda en la victoria de Cristo.
El hogar como iglesia doméstica y lugar teológico
La tradición de la Iglesia ha reconocido siempre que el hogar cristiano es un lugar donde Dios actúa. No se trata de una metáfora piadosa, sino de una realidad teológica. El Concilio Vaticano II enseña que los padres son «los primeros predicadores de la fe» (Lumen Gentium, 11), lo que implica que la transmisión de la fe comienza en el seno de la familia.
San Juan Crisóstomo exhortaba a los padres a convertir sus hogares en «pequeñas Iglesias», donde se viva la fe de manera concreta. Esta enseñanza tiene una actualidad extraordinaria en el contexto actual, donde la familia está llamada a ser un lugar de resistencia espiritual frente a la superficialidad y el secularismo.
La Semana Santa ofrece una oportunidad privilegiada para vivir esta realidad. El hogar puede convertirse en espacio de oración, de silencio, de escucha de la Palabra y de contemplación del misterio de Cristo. No se trata de añadir actividades, sino de transformar el ambiente familiar.
El papa Francisco recuerda que «la fe se transmite por contagio» (Discurso, JMJ Río 2013). Este contagio no se produce principalmente por discursos, sino por la experiencia compartida. Cuando los hijos ven a sus padres vivir la fe con autenticidad, la fe se convierte para ellos en una realidad creíble.
De este modo, la familia se convierte en un verdadero lugar de evangelización, donde el misterio pascual no solo se explica, sino que se vive y se experimenta.
El Jueves Santo: la Eucaristía como forma de vida y la lógica del servicio
El Jueves Santo introduce a la Iglesia en el corazón mismo del misterio pascual mediante la celebración de la Última Cena, en la que Cristo instituye la Eucaristía y el sacerdocio ministerial. El Evangelio recoge las palabras de Jesús con una solemnidad que revela su carácter fundante: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía» (Lc 22,19, Biblia CEE). En estas palabras no solo se instituye un rito, sino que se entrega un modo de vivir, una forma de existencia configurada por la donación total.
El Concilio Vaticano II enseña que la Eucaristía es «fuente y culmen de toda la vida cristiana» (Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, 11), indicando que todo en la Iglesia nace de ella y hacia ella se orienta. San Juan Pablo II profundiza en esta verdad afirmando que «la Iglesia vive de la Eucaristía» (Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, 1), subrayando que no se trata de un elemento entre otros, sino del principio vital que sostiene la existencia eclesial.
Sin embargo, el Evangelio de san Juan no narra directamente la institución eucarística, sino que sitúa en su lugar el gesto del lavatorio de los pies. «Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis» (Jn 13,15, Biblia CEE). Este gesto revela que la Eucaristía no puede separarse del servicio, que la comunión con Cristo implica asumir su misma lógica de amor que se entrega. San Agustín interpreta este pasaje señalando que «el Señor se humilló para enseñarnos la humildad» (In Ioannis Evangelium Tractatus, 55), mostrando que la grandeza cristiana se mide por la capacidad de servir.
Benedicto XVI insiste en esta unidad entre Eucaristía y caridad cuando afirma que «la ‘mística’ del Sacramento tiene un carácter social» (Deus Caritas Est, 14), indicando que la comunión con Cristo necesariamente se traduce en amor concreto al prójimo. La Eucaristía forma el corazón del cristiano para hacerlo capaz de amar como Cristo ama.
En la vida familiar, este misterio adquiere una dimensión particularmente concreta. El amor eucarístico se traduce en la entrega diaria, en la paciencia, en la capacidad de perdonar, en el cuidado de los más débiles. La familia está llamada a convertirse en un espacio donde la lógica de la Eucaristía —la lógica del don— se haga visible. No se trata de grandes gestos extraordinarios, sino de la fidelidad en lo pequeño, en el servicio silencioso que sostiene la vida cotidiana.
De este modo, el Jueves Santo invita a las familias a redescubrir que la vida cristiana no consiste en prácticas aisladas, sino en una existencia transformada por la Eucaristía. Allí donde se vive el amor que se entrega, allí se prolonga el misterio de la Última Cena.
El Viernes Santo: la Cruz como revelación suprema del amor y redención del mundo
El Viernes Santo sitúa a la Iglesia ante el misterio de la Cruz, que constituye el momento culminante de la obra redentora de Cristo. El Evangelio recoge las últimas palabras del Señor en un clima de absoluta entrega: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46, Biblia CEE). En esta expresión se revela la total confianza filial de Cristo y la consumación de su misión.
La teología de la Iglesia ha comprendido siempre la Cruz como el acto supremo del amor divino. El Catecismo enseña que «Jesús ha ofrecido libremente su vida en sacrificio expiatorio» (Catecismo de la Iglesia Católica, 613), subrayando que su muerte no es un acontecimiento pasivo, sino un acto libre de entrega. En este sentido, la Cruz no es simplemente un sufrimiento, sino una oblación redentora.
San León Magno afirma que «en la cruz del Señor se ha realizado el juicio del mundo y el poder del diablo ha sido destruido» (Sermón 10 sobre la Pasión), indicando que en este acontecimiento se produce una transformación radical de la historia. San Agustín, por su parte, contempla la Cruz como «la cátedra del amor», desde la cual Cristo enseña a amar hasta el extremo (In Ioannis Evangelium Tractatus, 119).
San Juan Pablo II, en una de sus reflexiones más profundas sobre el sufrimiento, enseña que «el sufrimiento humano ha sido redimido en Cristo» (Juan Pablo II, Salvifici Doloris, 18), lo que significa que el dolor ya no es absurdo, sino que puede convertirse en participación en la obra redentora. Benedicto XVI añade que en la Cruz «Dios mismo sufre por amor al hombre» (Deus Caritas Est, 12), mostrando que el misterio de la Cruz revela la intimidad misma de Dios como amor.
Para la vida familiar, la Cruz constituye una luz imprescindible. En ella se comprende que el amor verdadero no consiste en evitar el sufrimiento, sino en atravesarlo con sentido. Las dificultades, las renuncias, los sacrificios propios de la vida familiar encuentran en la Cruz su significado más profundo. Allí donde se vive el amor fiel en medio de la prueba, allí se hace presente el misterio del Viernes Santo.
La contemplación de la Cruz educa el corazón en la capacidad de amar sin condiciones, de perdonar sin medida, de perseverar en la fidelidad. La familia que aprende a mirar la Cruz aprende también a amar de verdad.
El Sábado Santo: el silencio de la fe y la esperanza que persevera
El Sábado Santo es el día del gran silencio, el tiempo en el que la Iglesia permanece en espera, contemplando el misterio de Cristo sepultado. No hay celebración eucarística, no hay palabras, solo silencio. Este silencio no es vacío, sino plenitud contenida, esperanza que aguarda su cumplimiento.
La tradición de la Iglesia ha visto en este día una escuela de fe. María, la Madre del Señor, permanece firme en la esperanza. San Juan Pablo II la presenta como «la primera creyente que, en la oscuridad de la fe, espera la victoria de su Hijo» (Juan Pablo II, Redemptoris Mater, 18). En ella se realiza de modo perfecto la actitud del creyente que confía incluso cuando no ve.
Los místicos han profundizado especialmente en este aspecto del camino espiritual. San Juan de la Cruz describe la experiencia de la «noche» como un tiempo de purificación en el que Dios parece ausente, pero en el que en realidad está actuando en lo más profundo del alma (Noche oscura). Esta enseñanza ilumina el sentido del Sábado Santo como momento de espera fecunda.
Benedicto XVI señala que el silencio de Dios no es abandono, sino una forma de presencia que invita a una fe más profunda. En este sentido, el Sábado Santo enseña a los cristianos a permanecer, a sostener la esperanza incluso cuando las circunstancias parecen contradecirla.
En la vida familiar, este misterio adquiere una importancia especial. Hay momentos de oscuridad, de incertidumbre, de prueba. El Sábado Santo enseña que la fe no consiste solo en ver, sino en confiar. La familia que aprende a vivir este silencio aprende también a esperar en Dios.
Este día prepara el corazón para la alegría pascual. En el silencio se gesta la vida nueva. En la espera se madura la esperanza. La familia que sabe esperar, sabe también acoger la gracia cuando llega.
La Resurrección: nueva creación y plenitud de la esperanza cristiana
La celebración de la Pascua constituye la culminación del misterio cristiano. El anuncio de los ángeles en el sepulcro vacío resuena como el centro de la fe: «No está aquí, ha resucitado» (Lc 24,6, Biblia CEE). Esta afirmación no es solo un dato histórico, sino la proclamación de una realidad que transforma radicalmente la existencia humana.
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que «la Resurrección de Jesucristo es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo» (Catecismo de la Iglesia Católica, 638). En ella se manifiesta definitivamente que la muerte ha sido vencida y que el pecado no tiene la última palabra. San Pablo lo expresa con fuerza: «¿Dónde está, muerte, tu victoria?» (1 Cor 15,55, Biblia CEE), indicando que la Resurrección inaugura un horizonte completamente nuevo.
Benedicto XVI ha profundizado en esta realidad afirmando que la Resurrección no es un simple retorno a la vida anterior, sino «el salto a una dimensión totalmente nueva» (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, vol. II). En Cristo resucitado comienza una nueva creación, en la que la vida divina se comunica a los hombres.
San Agustín contempla este misterio como el paso de la muerte a la vida en el corazón del creyente: «Cristo resucitó para que también nosotros resucitemos» (Sermón 229). De este modo, la Resurrección no es solo un acontecimiento externo, sino una realidad que transforma la vida interior del cristiano.
En la vida familiar, la Pascua se convierte en fuente de esperanza. Allí donde hay perdón, reconciliación, renovación del amor, allí se hace presente la fuerza de la Resurrección. La familia cristiana está llamada a ser signo visible de esta vida nueva.
La transformación interior del cristiano: vivir la Pascua en la vida cotidiana
El misterio pascual no se agota en la celebración litúrgica, sino que está llamado a transformar la existencia del creyente. San Pablo expresa esta transformación con palabras de gran densidad espiritual: «Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20, Biblia CEE). La vida cristiana es, en su esencia, participación en la vida de Cristo.
El Concilio Vaticano II enseña que «la liturgia impulsa a los fieles a que, saciados con los sacramentos pascuales, vivan unidos en la caridad» (Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, 10), mostrando que la celebración conduce necesariamente a la transformación de la vida. La fe no se limita al ámbito interior, sino que se expresa en la conducta, en las relaciones y en las decisiones cotidianas.
San Josemaría Escrivá insistía en que la santidad se encuentra en la vida ordinaria, enseñando que «ahí donde están tus hermanos los hombres, ahí donde están tus aspiraciones, tu trabajo, tus amores, ahí está el lugar de tu encuentro con Cristo» (Conversaciones, 114). Esta enseñanza ilumina de modo particular la vida familiar, donde lo cotidiano se convierte en camino de santificación.
En este sentido, la vivencia de la Pascua en familia implica dejar que el misterio celebrado transforme las relaciones: aprender a perdonar, a comenzar de nuevo, a amar con mayor profundidad. La Resurrección no es solo una verdad que se cree, sino una vida que se vive.
La dimensión mística del misterio pascual en la vida familiar
La tradición espiritual de la Iglesia ha mostrado que el misterio pascual no solo se contempla, sino que se experimenta interiormente. Los grandes místicos han descrito el camino del alma como una participación en la Pasión y Resurrección de Cristo.
Santa Teresa de Jesús enseña que el alma avanza hacia Dios mediante un camino de purificación y unión, en el que el amor se va haciendo cada vez más puro (Libro de la Vida). San Juan de la Cruz describe este proceso como un paso por la noche, que conduce a la unión transformante (Noche oscura).
Estas enseñanzas no están reservadas a unos pocos, sino que iluminan la vida de todo cristiano. En la familia, este camino se realiza en la vida cotidiana: en el sacrificio, en la entrega, en la fidelidad. Allí donde se vive el amor con perseverancia, allí se realiza una auténtica experiencia pascual.
La vida familiar se convierte así en un lugar de encuentro con Dios, donde el misterio de Cristo se hace presente de manera concreta y transformadora.
La pedagogía divina: Dios educa a través de la experiencia
Dios no educa al hombre únicamente mediante enseñanzas abstractas, sino a través de la experiencia. La historia de la salvación es un proceso pedagógico en el que Dios guía a su pueblo paso a paso.
San Juan Pablo II afirma que «la fe madura en la experiencia vivida» (Juan Pablo II, Redemptor Hominis, 10), subrayando que el conocimiento de Dios no es solo intelectual, sino existencial. La Semana Santa es una expresión privilegiada de esta pedagogía divina.
En la familia, esta pedagogía se hace especialmente visible. Los niños y jóvenes aprenden la fe no solo mediante explicaciones, sino a través de la participación en la vida de la Iglesia y de la experiencia compartida. La vivencia de los días santos deja una huella profunda porque introduce en el misterio.
De este modo, la familia se convierte en el lugar donde Dios continúa su obra educativa, formando el corazón de los creyentes.
Síntesis teológica: la familia como lugar del misterio pascual
La reflexión realizada permite comprender que la familia cristiana no es un simple ámbito sociológico, sino un verdadero lugar teológico. El Concilio Vaticano II la define como «iglesia doméstica» (Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, 11), y san Juan Pablo II la presenta como «el primer camino de la Iglesia» (Juan Pablo II, Familiaris Consortio, 2).
En la familia, el misterio pascual se hace presente de manera concreta. La entrega, el sacrificio, el perdón y la esperanza encuentran en ella un espacio donde encarnarse. La vida familiar se convierte así en una participación real en el misterio de Cristo.
Por ello, vivir la Semana Santa en familia no es una opción secundaria, sino una expresión profunda de la vocación cristiana. Es en el hogar donde el misterio celebrado en la liturgia se hace vida.
Conclusión
La Semana Santa y la Pascua constituyen un camino de transformación espiritual que alcanza todas las dimensiones de la vida. En la familia cristiana, este camino se convierte en experiencia concreta, en vida compartida, en fe vivida.
El misterio pascual ilumina el amor, el sufrimiento, el perdón y la esperanza. Enseña a vivir con sentido, a confiar en Dios, a amar con fidelidad. La familia que vive este misterio se convierte en signo de la presencia de Dios en el mundo.
Así, la vivencia de estos días no se reduce a una celebración anual, sino que se convierte en un camino permanente de santificación. La Pascua no termina: se prolonga en la vida.
Oración final
Señor Jesucristo, que has vencido la muerte y nos has abierto el camino de la vida nueva, concede a nuestras familias vivir con fe tu Pasión, con esperanza tu Resurrección y con amor tu presencia constante. Haz de nuestros hogares un reflejo de tu amor y un lugar donde tu gracia transforme la vida cotidiana. Amén.
¡Tomen asiento! ¡Buenas tardes! Sé que vienen de todas las parroquias de la ciudad y de las diócesis sufragáneas y de algunos colegios. Muchas gracias por la visita.
Le voy a pedir a Jesús que los haga crecer con mucho amor, con mucho amor, como tenía Él. Con mucho amor para ser cristianos en serio, para cumplir el mandamiento que Jesús nos dio: Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como Jesús los amó, como a nosotros mismos o más, como Él nos amó.
Y le vamos a pedir a la Virgen también que nos cuide, que nos bendiga. Sobre todo, cada uno de ustedes, ahora, piense en su corazón en la familia que tiene y en los amigos, y si están peleados con alguno, también piensen en él, y también le vamos a pedir para que la Virgen lo cuide: es una manera de ir haciéndonos amigos y no tantos enemigos, porque la vida no es linda con enemigos, y El que hace los verdaderos amigos es Dios en nuestro corazón.
Entonces, en silencio, pensamos en la familia, en nuestros amigos, en aquellos con quienes estamos peleados, para que Dios los bendiga y por todas las personas que nos ayudan —las monjas, los curas los profesores, los maestros en la escuela— todos los que nos están ayudando a crecer. Y una bendición especial también para papá, mamá y los abuelos. Silencio, cerramos los ojos y pedimos todo esto.
(Dios te salve, María…)
Y les pido por favor que recen por mi. Lo van a hacer? (Responden: “¡Sí!”). ¡Así me gusta!
Saludo al coro que le ha dedicado una canción
Los felicito, los felicito en serio. El arte, el deporte ensanchan el alma y hacen crecer bien, con aire fresco y no aplastan la vida. Sigan siendo creativos, sigan así, buscando la belleza, las cosas lindas, las cosas que duran siempre, y nunca se dejen pisotear por nadie. ¿Está claro? ¿Les doy la bendición? (Responden: “¡Sí!”)
(Bendición apostólica)
Y por favor les pido que recen por mí, y que de vez en cuando también me canten una canción aunque esté lejos. ¡Ciao! Hasta luego. Que Dios los bendiga.
VIAJE APOSTÓLICO DEL PAPA FRANCISCO A MÉXICO (12-18 DE FEBRERO DE 2016)
Con la celebración de este domingo se inicia la Semana Santa. En la celebración de hoy invitaremos a participar en el Triduo Sacro, aunque se esté fuera del lugar habitual de vivienda, pero al mismo tiempo seremos conscientes de que, para algunos niños y adultos, ésta va a ser la única celebración de Semana Santa y Pascua, dado que el lugar de vacaciones, muchas veces, no favorece la participación en las celebraciones.
En la celebración de hoy distinguiremos con claridad dos partes: la conmemoración de la entrada del Señor en Jerusalén –tono festivo, color rojo, mejor en lugar fuera del templo, con algo o mucho de procesión– y la conmemoración de la Pasión del Señor.
Se cuida, de manera especial, la lectura dialogada del evangelio. Ensayar a unos buenos lectores.
Un signo para la celebración: La cruz procesional adornada con ramos de laurel u olivo. El laurel, palmas o ramas de olivo darán la nota ambiental a la celebración. También se puede destacar algún cartel, que se puede llevar en la procesión, con la expresión: ¡Hosanna!
Una canción para la celebración: «Hosanna, hey» (Cristificación del universo). «Alabaré a mi Señor». Se pueden usar para el momento de la procesión, aclamación con los ramos.
1. Ambientación
Han salido fuera de la Iglesia, o en el lugar acostumbrado, el sacerdote y un grupo de monaguillos. Un monaguillo, u otra persona, lleva la cruz procesional, adornada con ramos de olivo. Otro monaguillo lleva el recipiente con el agua bendita. Estando todos reunidos, y hecho el silencio necesario, un monitor lee la monición.
2. Monición de acogida
Amigos: Con alegría nos hemos reunido en este domingo de Ramos para aclamar a Jesús, como un día fue aclamado en Jerusalén. Después leeremos, por primera vez en esta semana, el relato de su pasión y muerte en la cruz. Os animo a todos a que vivamos estos gestos como algo nuestro, algo que tiene que ver con nosotros. Amigos, con esta celebración iniciamos la Semana Santa. No te quedes fuera de nuestro grupo, anímate y celebra estas fiestas de Pascua.
3. Saludo del sacerdote y bendición de los ramos
El sacerdote saluda cordialmente y, después de decir la oración propuesta en el misal, rocía los ramos con agua bendita. A continuación lee el evangelio de la entrada de Jesús en Jerusalén. Todos tienen los ramos en alto.
4. Evangelio
(Mateo 21, 1-11)
Lectura del santo evangelio según san Mateo:
Cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé, junto al monte de los Olivos, Jesús mandó dos discípulos, diciéndoles: «Id a la aldea de enfrente y encontraréis en seguida una borrica atada con su pollino, desatadlos y traédmelos. Si alguien os dice algo, contestadle que el Señor los necesita y los devolverá pronto». Fueron los discípulos e hicieron lo que les había mandado Jesús: trajeron la borrica y el pollino, echaron encima sus mantos y Jesús se montó. La multitud extendió sus mantos por el camino; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada. Y la gente que iba delante y detrás gritaba: «Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!». Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad preguntaba alborotada: «¿Quién es éste?» La gente que venía con él decía: «Es Jesús, el profeta de Nazaret de Galilea».
Palabra del Señor
5. Monición
Con la muchedumbre que aclamaba a Jesús en Jerusalén, acompañamos también nosotros con alegría al Señor.
6. Cantos
Se inicia una procesión festiva. Abre la procesión la cruz. Se entonan cantos.
Hosanna, hey
Hosanna-hey, hosanna-ha,
Hosanna-hey, hosanna-hey.
Hosanna-ha. (bis)
Él es el santo,
es el hijo de María,
es el Dios de Israel,
es el hijo de David.
Vamos a Él
con espigas de mil trigos,
y con mil ramos de olivos,
siempre alegres, siempre en paz.
Tambien puede cantarse:
Alabaré a mi Señor
Alabare alabare alabare alabare
alabare a mi señor
Alabare alabare alabare alabare
alabare a mi señor
Juan vio el numero de los redimientos
y todos alababan al señor
unos cantaban otros oraban
y todos alababan al senor
Alabare alabare alabare alabare
alabare a mi señor
Alabare alabare alabare alabare
alabare a mi señor
todos unidosalegres cantamos
gloria y alabansasa al señor
gloria el padre
gloria al hijo
gloria al espiriru dfe amor
Alabare alabare alabare alabare
alabare a mi señor
Alabare alabare alabare alabare
alabare a mi señor
7. Primera lectura
(Filipenses 2, 6-11).
Al llegar al altar, después de haber dicho la oración colecta, cambia el tono de la celebración. Toma protagonismo la lectura de la Pasión. Ésta primera lectura prepara el ambiente.
Lectura de la Carta del apóstol san Pablo a los Filipenses:
Hermanos: Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango, y tomó la condición de un esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo ensalzó sobre todo, y todos debemos aclamar: «Jesucristo es el Señor».
Palabra de Dios.
8. Canto.
«Oh, Dios, ¿por qué nos has abandonado? (Cantalapiedra). Se canta o se recita.
Oh, Dios, ¿por qué
nos has abandonado? (bis)
Al vernos nos maltratan,
gritan a nuestro lado,
si esperaron en Dios,
que Él los ponga a salvo.
9. Lectura de la Pasión del Señor
(Mateo 26, 14-27, 66)
Lo más apropiado es tomar el texto del Leccionario y, habiéndolo ensayado, leerlo en el modo dialogado. Se puede abreviar siguiendo las indicaciones de los paréntesis. Se podría hacer un momento de silencio destacado cuando se lee la expresión: «Jesús dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu». En ese momento puede sonar una música ambiental, que invite a la reflexión, por ejemplo un motivo musical de la banda sonora de «La Misión». También se puede acompañar la lectura de la Pasión con la proyección de algunos dibujos o imágenes de la película «La Pasión» o «Jesús de Nazaret», en los momentos más destacados del relato).
Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según san Mateo
C. En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso:
S. -«¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?» C. Ellos se ajustaron con él en treinta monedas. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.
C. El primer día de los Ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: S. -«¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?» C. Él contestó + -«Id a la ciudad, a casa de Fulano, y decidle: «El Maestro dice: Mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos.»» C. Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.
C. Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo: + -«Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar.» C. Ellos, consternados, se pusieron a preguntarle uno tras otro: S. -«¿Soy yo acaso, Señor?» C. Él respondió: + -«El que ha mojado en la misma fuente que yo, ése me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él; pero, ¡ay del que va a entregar al Hijo del hombre!; más le valdría no haber nacido. » C. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: S. -«¿Soy yo acaso, Maestro?» C. Él respondió: + -«Tú lo has dicho.»
C. Durante la cena, Jesús cogió pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: + -«Tornad, comed: esto es mi cuerpo.» C.. Y, cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias y se la dio diciendo: + -«Bebed todos; porque ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos para el perdón de los pecados. Y os digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre. » C. Cantaron el salmo y salieron para el monte de los Olivos.
C. Entonces Jesús les dijo: + -«Esta noche vais a caer todos por mi causa, porque está escrito: «Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño.» Pero cuando resucite, iré antes que vosotros a Galilea.» C. Pedro replicó: S. -«Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré.» C. Jesús le dijo: + -«Te aseguro que esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces. » C . Pedro le replicó: S. -«Aunque tenga que morir contigo, no te negaré. » C . Y lo mismo decían los demás discípulos.
C. Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y les dijo:
+ -«Sentaos aquí, mientras voy allá a orar.» C. Y, llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a entristecerse y a angustiarse. Entonces dijo: + -«Me muero de tristeza: quedaos aquí y velad conmigo.» C. Y, adelantándose un poco, cayó rostro en tierra y oraba diciendo: + -«Padre mío, si es posible, que pase y se aleje de mí ese cáliz. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres.» C. Y se acercó a los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro: + -«¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu es decidido, pero la carne es débil. » C. De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo: + -«Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad.» C. Y, viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque tenían los ojos cargados. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba, repitiendo las mismas palabras. Luego se acercó a sus discípulos y les dijo: + -«Ya podéis dormir y descansar. Mirad, está cerca la hora, y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega.»
C. Todavía estaba hablando, cuando apareció Judas, uno de los Doce, acompañado de un tropel de gente, con espadas y palos, mandado por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta contraseña: S. -«Al que yo bese, ése es; detenedlo.» C. Después se acercó a Jesús y le dijo: S. -«¡Salve, Maestro!» C. Y lo besó. Pero Jesús le contestó: + -«Amigo, ¿a qué vienes?» C. Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano para detenerlo. Uno de los que estaban con él agarró la espada, la desenvainó y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús le dijo: + -«Envaina la espada; quien usa espada, a espada morirá. ¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría en seguida más de doce legiones de ángeles. Pero entonces no se cumpliría la Escritura, que dice que esto tiene que pasar.» C. Entonces dijo Jesús a la gente: + -«¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos, como a un bandido? A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me detuvisteis.» C. Todo esto ocurrió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. En aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.
C. Los que detuvieron a Jesús lo llevaron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos, hasta el palacio del sumo sacerdote, y, entrando dentro, se sentó con los criados para ver en qué paraba aquello. Los sumos sacerdotes y el sanedrín en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban, a pesar de los muchos falsos testigos que comparecían. Finalmente, comparecieron dos, que dijeron: S. -«Éste ha dicho: «Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días.»» C. El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo: S. -«¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que levantan contra ti?» C. Pero Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo: S. -«Te conjuro por Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios.» C. Jesús le respondió: + -«Tú lo has dicho. Más aún, yo os digo: Desde ahora veréis que el Hijo del hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene sobre las nubes del cielo.» C. Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: S. -«Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué decidís?» C. Y ellos contestaron: S. -«Es reo de muerte.» C. Entonces le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros lo golpearon, diciendo: S. -«Haz de profeta, Mesías; ¿quién te ha pegado?»
C. Pedro estaba sentado fuera en el patio, y se le acercó una criada y le dijo: S. -«También tú andabas con Jesús el Galileo.» C. Él lo negó delante de todos, diciendo: S. -«No sé qué quieres decir.» C. Y, al salir al portal, lo vio otra y dijo a los que estaban allí: S. -«Éste andaba con Jesús el Nazareno.» C. Otra vez negó él con juramento: S. -«No conozco a ese hombre.» C. Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro: S. -«Seguro; tú también eres de ellos, te delata tu acento.» C. Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar, diciendo: S. -«No conozco a ese hombre.» C. Y en seguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: «Antes de que cante el gallo, me negarás tres veces.» Y, saliendo afuera, lloró amargamente.
C. Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús. Y, atándolo, lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gobernador.
C. Entonces Judas, el traidor, al ver que habían condenado a Jesús, sintió remordimiento y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y ancianos, diciendo:
S. -«He pecado, he entregado a la muerte a un inocente.» C. Pero ellos dijeron: S. -«¿A nosotros qué? ¡Allá tú!» C. Él, arrojando las monedas en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó. Los sumos sacerdotes, recogiendo las monedas, dijeron: S. -«No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas, porque son precio de sangre.» C. Y, después de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para cementerio de forasteros. Por eso aquel campo se llama todavía «Campo de Sangre». Así se cumplió lo escrito por Jeremías, el profeta: «Y tomaron las treinta monedas de plata, el precio de uno que fue tasado, según la tasa de los hijos de Israel, y pagaron con ellas el Campo del Alfarero, como me lo había ordenado el Señor.»
C. Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó: S. -«¿Eres tú el rey de los judíos?» C. Jesús respondió: + -«Tú lo dices.» C. Y, mientras lo acusaban los sumos sacerdotes y los ancianos, no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó: S. -«¿No oyes cuántos cargos presentan contra fi?» C. Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. Por la fiesta, el gobernador solía soltar un preso, el que la gente quisiera. Había entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, les dijo Pilato: S. -«¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías? » C. Pues sabía que se lo habían entregado por envidia. Y, mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir: S. -«No te metas con ese justo, porque esta noche he sufrido mucho soñando con él.» C. Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente que pidieran el indulto de Barrabás y la muerte de Jesús. El gobernador preguntó: S. -«¿A cuál de los dos queréis que os suelte?» C. Ellos dijeron: S. -«A Barrabás. » C . Pilato les preguntó: S. -«¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?» C. Contestaron todos: S. -«Que lo crucifiquen.» C. Pilato insistió: S. -«Pues, ¿qué mal ha hecho?» C. Pero ellos gritaban más fuerte: S. -«¡Que lo crucifiquen!» C. Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos en presencia de la multitud, diciendo: S. -«Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!» C. Y el pueblo entero contestó: S. -«¡Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!» C. Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.
C. Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la compañía: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante él la rodilla, se burlaban de él, diciendo: S. -«¡Salve, rey de los judíos!» C. Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y, terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.
C. Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a que llevara la cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir: «La Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa, echándola a suertes, y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de su cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Éste es Jesús, el rey de los judíos». Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda.
C. Los que pasaban lo injuriaban y decían, meneando la cabeza: S. -«Tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz.» C. Los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también, diciendo: S. -«A otros ha salvado, y él no se puede salvar. ¿No es el rey de Israel? Que baje ahora de la cruz, y le creeremos. ¿No ha confiado en Dios? Si tanto lo quiere Dios, que lo libre ahora. ¿No decía que era Hijo de Dios?» C. Hasta los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban.
C. Desde el mediodía hasta la media tarde, vinieron tinieblas sobre toda aquella región. A media tarde, Jesús gritó: + -«Elí, Elí, lamá sabaktaní.» C. (Es decir: + -«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?») C. Al oírlo, algunos de los que estaban por allí dijeron: S. -«A Elías llama éste.» C. Uno de ellos fue corriendo; en seguida, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio a beber. Los demás decían: S. -«Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo.» C. Jesús dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu.
Todos se arrodillan, y se hace una pausa.
C. Entonces, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se rajaron. Las tumbas se abrieron, y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron. Después que él resucitó, salieron de las tumbas, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a muchos. El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, el ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados: S. -«Realmente éste era Hijo de Dios.» C. Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para atenderlo; entre ellas, María Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los Zebedeos.
C. Entonces, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se rajaron. Las tumbas se abrieron, y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron. Después que él resucitó, salieron de las tumbas, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a muchos. El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, el ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados: S. -«Realmente éste era Hijo de Dios.» C. Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para atenderlo; entre ellas, María Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los Zebedeos.
C. Al anochecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Éste acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en el sepulcro nuevo que se había excavado en una roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó. María Magdalena y la otra María se quedaron allí, sentadas enfrente del sepulcro.
C. A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron: S. -«Señor, nos hemos acordado que aquel impostor, estando en vida, anunció: «A los tres días resucitaré.» Por eso, da orden de que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, roben el cuerpo y digan al pueblo: «Ha resucitado de entre los muertos.» La última impostura sería peor que la primera.» C. Pilato contestó: S. -«Ahí tenéis la guardia: id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis. » C. Ellos fueron, sellaron la piedra y con la guardia aseguraron la vigilancia del sepulcro.
Palabra de Dios
10. Comentario
Tiene que ser muy breve.
La celebración ya ofrece suficientes motivos de catequesis.
Animar a no asistir a todo esto como «espectador», sino como alguien que hace suyo estos mensajes y vivencias de la Semana Santa y Pascua. Para ello hemos hecho el camino de la Cuaresma.
11. Oración de los fieles. Peticiones
Para que esta Semana Santa nos llegue al corazón y demos ejemplo de ser seguidores de Jesús. Roguemos al Señor.
Para que toda la Iglesia demos testimonio de nuestra fe en estos días tan importantes para los cristianos. Roguemos al Señor.
Por los niños y niñas, y por los adultos que recibirán el bautismo en estos días. Roguemos al Señor.
Para que esta Semana Santa y las fiestas de Pascua nos ayuden a ser mejores personas en nuestra vida de cada día. Roguemos al Señor.
Por los niños y niñas que no conocen nada de lo que celebramos los cristianos, para que nuestro ejemplo les ayude a conocer a Jesús. Roguemos al Señor.
12. Acción de gracias
Canto: La sal y la luz (Brotes de Olivo).
También se puede hacer silencio y dar gracias.
La sal y la luz
El que me sigue en la vida
sal de la tierra será,
mas si la sal se adultera,
los hombres la pisarán.
Que sea mi vida la sal.
Que sea mi vida la luz.
Sal que sala, luz que brilla.
Sal y fuego es Jesús.
Sois como la luz del mundo,
que a la ciudad alumbra,
ésta se pone en la cima
donde el monte se encumbra.
Que brille así vuestra luz
ante los hombres del mundo,
que palpen las buenas obras
de lo externo a lo profundo.
13. Para la vida
La despedida debe animar a vivir la Semana Santa en clave cristiana, y comunicar a la Asamblea de las celebraciones, oficios y demás actos de la semana.
En la Cuaresma actual pueden distinguirse las siguientes partes:
Miércoles de ceniza
Los domingos I-II y III-V
Las ferias de las semanas I-V
El domingo VI
Las ferias II-IV de la semana santa
La misa crismal
* * *
Miércoles de ceniza
La ceniza es un signo de penitencia muy fuerte en la Biblia (cf. Jn 3, 6; Jdt 4, 11; Jer 6, 26). Recuerda una antigua tradición del pueblo hebreo, que cuando se sabían en pecado o cuando se querían preparar para una fiesta importante en la que debían estar purificados se cubrían de cenizas y vestían con un saco de tela áspera. De esta forma nos reconocemos pequeños, pecadores y con necesidad de perdón de Dios, sabiendo que del polvo venimos y que al polvo vamos.
Siguiendo esta tradición, en la Iglesia primitiva eran rociados con cenizas los penitentes «públicos» como parte del rito de reconciliación, que recibirían al final de la cuaresma, el Jueves Santo, a las puertas de la Pascua. Vestidos con hábito penitencial y con la ceniza que ellos mismos se imponían en la cabeza, se presentaban ante la comunidad y expresaban así su conversión. Al desaparecer la penitencia «pública» allá en el siglo XI, la Iglesia conservó este gesto penitencial para todos los cristianos, que se reconocían pecadores y dispuestos a emprender el camino de la conversión cuaresmal.
El Pueblo de Dios tiene un particular aprecio por el miércoles de ceniza: sabe que ese día comienza la Cuaresma. Y participando del rito de la ceniza –acompañado del ayuno y la abstinencia- manifiesta el propósito de caminar decididamente hacia la Pascua. Ese recorrido pasa por la conversión y la penitencia, el cambio de vida, de mentalidad, de corazón.
La ceniza está hecha con ramos de olivos y otros árboles, bendecidos el año precedente en el domingo de Ramos, siguiendo una costumbre muy antigua (siglo XII). El domingo de Ramos eran ramas que agitábamos en señal de victoria y triunfo. ¿Y ahora? Esas mismas ramas se han quemado y son ceniza: lo que fue signo de victoria y de vida, ramas de olivo, se ha convertido pronto en ceniza. Así es todo lo creado: polvo, ceniza, nada.
Se bendice con una fórmula que se refiere a la situación pecadora de quienes van a recibirla, a la conversión y al inicio de la Cuaresma; a la vez que pide la gracia necesaria para que los cristianos, siendo fieles a la práctica cuaresmal, se preparan dignamente a la celebración del misterio pascual de Jesucristo.
El rito es muy sencillo: el sacerdote impone la ceniza a cuantos se acercan a recibirla, mientras dice una de estas dos fórmulas: «Acuérdate que eres polvo y al polvo volverás» o «Conviértete y cree en el Evangelio». La primera es la clásica y está inspirada en Gn 3, 19; la segunda es de nueva creación y se inspira en Mc 1, 15. Las dos se complementan, pues mientras la una recuerda la caducidad humana –simbolizada en el polvo y la ceniza-, la otra apunta a la actitud de conversión interior a Cristo y a su evangelio, actitud específica de la Cuaresma.
El simbolismo
La condición débil y caduca del hombre, que marcha inexorablemente hacia la muerte, lo cual provoca pensamientos de honda meditación y humildad, y da a la vida cristiana seriedad en los planteamientos y compromisos. La ceniza es la combustión por el fuego de las cosas o de las personas. Este símbolo ya se emplea en la primera página de la Biblia cuando se nos cuenta que «Dios formó al hombre con polvo de la tierra» (Gn 2, 7). Eso es lo que significa el nombre de «Adán». Y se le recuerda enseguida que ése es precisamente su fin: «hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella fuiste hecho» (Gn 3, 19). Por extensión representa la conciencia de la nada, de la nulidad de la creatura con respecto al Creador, según las palabras de Abraham: «Aunque soy polvo y ceniza, me atrevo a hablar a mi Señor» (Gn 18, 27). Esto nos lleva a todos a asumir una actitud de humildad (humildad viene de humus, tierra): polvo y ceniza son los hombres (Si 17, 32), «todos caminan hacia una misma meta: todos han salido del polvo y al polvo retornan (Sal 104, 29). Por tanto, la ceniza significa también el sufrimiento, el luto, el arrepentimiento. En Job (42, 6) es explícitamente signo de dolor y de penitencia. De aquí se desprendió la costumbre, por largo tiempo conservada en los monasterios, de extender a los moribundos en el suelo recubierto con ceniza dispuesta en forma de cruz. La ceniza se mezcla a veces con los alimentos de los ascetas y la ceniza bendita se utiliza en ritos como la consagración de una iglesia.
La condición pecadora del hombre y la penitencia interior, la necesidad de conversión, la tristeza por el mal que habita en el corazón humano, la actitud de liberación de cuanto contradice la condición bautismal, y la decisión firme de emprender el camino que conduce a participar en la Muerte y Resurrección de Cristo. Además de caducos (primer significado), somos pecadores. Las lecturas del miércoles de ceniza (Jl 2, 2 Cor 5 y Mt 6) son llamadas apremiantes a la conversión: «Conviértanse de todo corazón…déjense reconciliar con Dios». Se trata de iniciar un «combate cristiano contra las fuerzas del mal» (colecta). Y todos tenemos experiencia de ese mal. Por eso tienen sentido «estas cenizas que vamos a imponer sobre nuestras cabezas en señal de penitencia» (monición inicial). En la Biblia el gesto simbólico de la ceniza es uno de los más usados, como dijimos, para expresar la actitud de penitencia interior. Las malas noticias (la muerte de Elí, la de Saúl) las traen mensajeros con vestidos rotos y cubierta de polvo la cabeza (cf. 1 S 2, 12; 2 Sa 1, 2); las calamidades se afrontan con el mismo gesto: «Cuando Mardoqueo supo lo que pasaba (la amenaza contra el pueblo) rasgó sus vestidos, se vistió de saco y ceniza y salió por la ciudad lanzando grandes gemidos» (Estimado en Cristo, padre 4, 1): «Josué desgarró sus vestidos, se postró rostro en tierra y todos esparacieron polvo sobre sus cabezas y oraban a Yavé» (Jos 7, 6). Israel llora su mal con saco y ceniza, hay duelo, porque viene el saqueador sobre nosotros» (Jr 6, 26). La penitencia se manifiesta así: «retracto mis palabras, me arrepiento en el polvo y las cenizas» (Jb 42, 6). El ejemplo típico es el de Nínive ante la predicación de Jonás: «Los ninivitas creyeron en Dios, ordenaron un ayuno y se vistieron de saco, y el rey se sentó en la ceniza» (Jon 3, 5-6).
La oración (al estilo de Judit 9, 1, o de los hombres de Macabeo en 2 Mac 10, 25), la súplica ardiente al Señor para que venga en nuestro auxilio. Otras veces aparece la ceniza en la Biblia como expresión de una plegaria intensa, con la que se quiere pedir la salvación de Dios. Judit pide la liberación de su pueblo: «rostro en tierra, echó ceniza sobre su cabeza, dejó ver el saco que tenía puesto y clamó al Señor en alta voz» (Jdt 9, 1). Todo el pueblo se postró también ante Dios, «se cubrieron de ceniza sus cabezas y extendieron las manos ante el Señor» (Jdt 4, 11). «Los hombres del Macabeo, en rogativas a Dios, cubrieron de polvo su cabeza y ciñeron de saco su cintura, y pedían a Dios» (2 M 10, 25). Cuando la comunidad cristiana quiere empezar la «subida a Jerusalén», unida a Cristo, y anhela verse liberada del mal y llena de la vida de la Pascua, es bueno que intensifique su oración con gestos como éste, que es a la vez acto de humildad, de conversión y de súplica ardiente ante el que todo lo puede, incluso llenar de vida nueva nuestra existencia.
La resurrección, dado que las cenizas de este día recuerdan no sólo que el hombre es polvo, sino también que está destinado a participar en el triunfo de Cristo. A través de la renuncia, de la cruz y de la muerte, Dios convierte la ceniza en trigo que cae en la tierra y produce fruto abundante: muriendo con Cristo al pecado, resucitaremos con Él a la nueva vida. Venimos del polvo, es cierto, y nuestro cuerpo mortal tornará al polvo. Pero eso no es toda nuestra historia ni todo nuestro destino. Nuestra ceniza tiene ya el germen de la vida nueva. Es ceniza pascual. Nos recuerda que la vida es cruz, muerte, renuncia, pero a la vez nos asegura que el programa pascual es dejarse alcanzar por la Vida Nueva y gloriosa del Señor Jesús. Como el barro de Adán, por el soplo de Dios, se convirtió en ser viviente, nuestro barro de hoy, por la fuerza del Espíritu que resucitó a Jesús está destinado también a la vida de Pascua. De las cenizas Dios saca vida. Como el grano de trigo que se hunde en la tierra. A través de la cruz, Cristo fue exaltado a la vida definitiva. A través de la cruz, el cristiano es también incorporado a la corriente de la vida pascual de Cristo. Por eso, Pablo nos anuncia que hoy es «un día de gracia y salvación» (segunda lectura).
La Pascua, pues la ceniza del comienzo de la cuaresma se encontrará con el agua purificadora en la Vigilia Pascual: lo que es signo de muerte y destrucción, se trocará en fuente de vida en la Vigilia Pascual, gracias a las aguas regeneradoras del Bautismo. La Cuaresma se convierte, desde su primer momento de ceniza en «sacramento de la Pascua», en signo pedagógico y eficaz de un éxodo, de un «tránsito» de la muerte a la vida. La ceniza es el símbolo de que participamos en la cruz de Cristo, de que «el hombre es llamado a tomar parte en el dolor de Dios hasta la muerte del Hijo eterno el Viernes Santo» (Juan Pablo II, cuaresma de 1982), para con el pasar a la vida podamos llegar con el corazón limpio a la celebración del misterio pascual de Cristo, y alcanzar la imagen de Cristo resucitado.
Por tanto, el miércoles de ceniza es una llamada a la conversión, como comunidad cristiana y como Iglesia. La Cuaresma es el gran tiempo de preparación a la Pascua. La Iglesia nos invita a aprovechar este «tiempo favorable» y a prepararnos para la celebración del Misterio Pascual de Jesucristo. Por eso, la Cuaresma debería ser como un «gran retiro espiritual» vivido por toda la Iglesia, porque es un itinerario penitencial, bautismal y pascual. La Cuaresma es también el tiempo propicio para la oración personal y comunitaria, alimentada por la Palabra de Dios y propuesta cotidianamente en la liturgia.
Desde el Miércoles de ceniza, se nos ofrece una serie de medios para llevar a cabo esta purificación y renovación interior: la limosna, la oración, el ayuno, la escucha de la Palabra de Dios, el sacramento de la Reconciliación y la conversión.
Veamos primero el leccionario, después las oraciones y, finalmente, los prefacios.
1. El leccionario
Es doble: del dominical y el ferial. El dominical tiene tres ciclos: A, B, C; el ferial, en cambio, repite todos los años las mismas lecturas.
En los domingos primero y segundo de todos los ciclos se han conservado las narraciones de las tentaciones y de la transfiguración, si bien se leen según los tres sinópticos. En los domingos siguientes se siguen estas narraciones:
Ciclo A: samaritana (tercer domingo: agua viva), ciego de nacimiento (cuarto domingo: la luz) y la resurrección de Lázaro (quinto domingo: la vida) , con clara resonancia bautismal. No aparecen como hechos pasados sino como realidades presentes. Lo que se prefiguró en el A.T. se actualizó en el N.T. con Cristo.
La primera lectura está muy relacionada con el evangelio, donde aparecen los grandes temas de la historia salvífica: la creación del hombre (primer domingo), la vocación de Abraham (segundo domingo), el agua en el desierto (tercer domingo), la elección y consagración de David (cuarto domingo) y la visión de la resurrección de Daniel (quinto domingo).
La segunda lectura aporta una contribución específica de cara a una pedagogía teológica sobre la conversión y el camino hacia el misterio de la pascua. Supuesta la obra salvífica de Cristo, el paso primero y decisivo que cada hombre ha de dar es elegir entre Cristo y las potencias del mal (primer domingo). Una respuesta positiva la encontramos en la aceptación de Abraham a la propuesta divina de abandonar su patria (segundo domingo). También nosotros hemos recibido esa llamada en y por Jesucristo, que ha muerto por nosotros. Esto ha de provocar la conversión y adhesión a Cristo, temática desarrollada en los últimos domingos.
Ciclo B: la expulsión de los vendedores del templo (tercer domingo), «tanto amó Dios al mundo» (cuarto domingo), «Si el grano de trigo…» (quinto domingo), con clara resonancia pascual: morir para resucitar. Este ciclo ofrece una buena catequesis sacramental. El evangelio del primer domingo relata la tentación de Cristo en el desierto, pero pone el acento en la presencia del reino, que exige una conversión sin dilaciones: la buena noticia se dirige a nosotros (primer domingo). Elegido el camino de la conversión, somos llevados, como Cristo, a la transfiguración (segundo domingo). De este modo entramos en las tres semanas inmediatamente anteriores a la Pascua. El anuncio de la muerte y resurrección es proclamado por el mismo Señor desde el tercer domingo, en el signo del templo, destruido y reconstruido en tres días. El cuarto domingo presenta un tema sacramental: el de la serpiente de bronce, signo de Cristo en la Cruz, que con su muerte y resurrección se convierte en triunfo y vida para quienes creen en Él. Ese Cristo muerto y resucitado marca el punto culminante del misterio pascual: la reconstrucción del hombre y del mundo (quinto domingo).
Las orientaciones de la primera lectura son fundamentales: alianza con Noé, que encuentra su plena realización en Cristo (primer domingo) y alianza con Abraham, que inaugura el verdadero sacrificio, consistente en cumplir, con Cristo, la voluntad del Padre (segundo domingo). El tema de la Alianza continúa en los siguientes domingos. Esta se concreta en el don de la ley, sobre todo en la ley del amor (tercer domingo). Al don divino de la ley debe corresponder el pueblo, aceptando su palabra y cumpliendo su mensaje (cuarto domingo). La alianza ha de ser aceptada sobre todo en el corazón, pues se trata de que el Padre pueda decir «yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo» (quinto domingo). La teología de estas lecturas es la de la Alianza, que será reiterada y realizada plenamente en el misterio pascual.
La segunda lectura son concreciones morales que se derivan de esta alianza que Dios ha hecho con nosotros: llevar una vida digna, propia de un cristiano.
Ciclo C: Es una llamada a la conversión a Dios. Los domingos primero y segundo presentan también las tentaciones y la transfiguración. Los otros domingos desarrollan el tema de la paciencia y del perdón de Dios: el Señor es paciente y sabe esperar (tercer domingo: «Si no os convertís, todos pereceréis»), aguarda nuestro retorno con los mismos anhelos y actitudes que el padre del hijo pródigo (cuarto domingo) y nos acoge si nos convertimos; basta con que ese arrepentimiento sea sincero y no queramos pecar más (quinto domingo: la mujer adúltera). Todos estos domingos están orientados, por tanto, en la misma dirección: la conversión, la paciencia divina y el perdón, concedido a quienes, sintiéndose culpables, se esfuerzan por cambiar de vida.
La primera y la segunda lectura están muy unidas entre sí en todos los domingos. El Señor, por tanto, nos salva si elevamos a Él nuestro grito (primera lectura del primer domingo), que es el grito de la fe (segunda lectura del primer domingo). Como Él quiere realmente salvarnos, toma la iniciativa de la alianza con los hombres (primera lectura del segundo domingo), la cual realiza en Cristo, y con tal perfección que somos ciudadanos del cielo y aguardamos la transformación de nuestro cuerpo a semejanza del suyo (segunda lectura del segundo domingo). Para realizar la salvación, Dios quiere estar presente en medio de su pueblo y manifestarse a Moisés en la zarza ardiente (primera lectura del tercer domingo). Pero esa presencia es insuficiente: se requiere una respuesta de fe y de fidelidad (segunda lectura del tercer domingo). Llegamos así a un punto importante de la historia de la salvación: el Pueblo de Dios celebra la Pascua en la tierra prometida (primer lectura del cuarto domingo). También el bautizado se encuentra en una tierra prometida: el mundo nuevo, redimido por la muerte y resurrección de Jesucristo, mundo que él debe reconciliar realmente con Dios (segunda lectura del cuarto domingo). Sin embargo, mientras dura su peregrinación en el desierto de este mundo (primera lectura del quinto domingo), el bautizado ha de sentir, con progresiva intensidad, la fuerza de la resurrección de Cristo y entrar en comunión con los sufrimientos de su pasión, reproduciendo en sí mismo la muerte de Cristo, con la esperanza de una resurrección gloriosa (segunda lectura del quinto domingo).
El domingo de Ramos se lee la Pasión del Señor de los tres sinópticos.
Las lecturas del Antiguo Testamento se refieren, como dijimos, a la historia de la salvación, que es uno de los temas específicos y clásicos de la catequesis cuaresmal. Los textos varían cada año, pero siempre recogen los principales momentos de esta historia, desde el principio hasta la promesa de la Nueva Alianza.
Las lecturas del apóstol han sido seleccionadas con este criterio: que estén relacionadas con las del evangelio y las del A.T. y, en cuanto sea posible, tengan una adecuada conexión con ellas.
En cuanto a las lectura feriales, de los días de semana se han seleccionado de modo que tengan una mutua relación y tratan una serie de temas propios de la catequesis cuaresmal, acomodados al significado espiritual de este tiempo. A partir del lunes de la cuarta semana se lee, en forma semicontinua el evangelio de san Juan, donde aparecen los textos de este evangelio que mejor responden a las peculiaridades de la Cuaresma.
Podemos sintetizar así las lecturas feriales:
El bautismo es una purificación (curación de Naamán, el hijo del centurión, la piscina de Betsaida).
Para que las aguas bautismales sean activas y podamos participar en la resurrección bautismal, se requiere la fe, cuyo modelo es la fe de Abraham.
Pero estamos en camino hacia la pascua: somos salvados en la muerte y resurrección de Cristo. Por eso, el episodio de José, vendido por sus hermanos, la parábola de los viñadores homicidas, las conspiraciones contra el justo y las tentativas de apresar a Jesús –el cordero conducido al matadero-, las agitaciones contra Jesús, la serpiente de bronce y Cristo levantado en la cruz, evocan la pasión inminente del Señor, en la cual radica nuestra liberación.
Junto a esta tipología bautismal (bautismo, fe, pascua) se inserta la penitencial, pues la acción de Dios exige la cooperación del hombre. Unidos con ella están los temas de la conversión, el perdón, el amor al prójimo, y los medios que a ellos conducen: la gracia, la oración, la renuncia personal (humildad, ayuno, limosna, etc.).
2. Las oraciones
La temática de las oraciones cuaresmales es muy rica. Se ha cuidado mucho que reflejen el tema principal de la Pascua, ya que la cuaresma es, sobre todo, una preparación a la misma. Varias oraciones hablan del sentido escatológico de la cuaresma y de la pascua.
Otras oraciones se refieren al bautismo, bien como nuevo nacimiento, bien como sacramento de la fe. Sin embargo, el elemento bautismal es menos rico que en el leccionario.
Tampoco faltan textos relativos al tema del ayuno, contemplado en una perspectiva más amplia que la mera abstención de alimentos, aunque este aspecto también está acentuado. Tanto el ayuno como las otras obras penitenciales tienen que ayudar a la conversión del corazón y a una verdadera renovación espiritual (ayuno, oración, limosna). También hay oraciones referidas a la penitencia, desde un aspecto positivo. Otras hablan de la necesidad de alimentarse de la Palabra de Dios.
Y en las oraciones de poscomunión los temas son los de la purificación del mal, del pecado, de las malas costumbres; y los que se refieren al crecimiento en el bien y en la vida cristiana. Es decir, a los aspectos positivos y negativos de la salvación.
3. Los prefacios.
Son nueve prefacios. El más rico es el primero, que presenta una síntesis completa de la cuaresma: preparación a la celebración de la pascua por medio de la purificación en la alegría del Espíritu, que la convierten por ello en tiempo ascético fuerte –caracterizado por la oración y la caridad-, y en tiempo sacramental, por la actualización y renovación de los sacramentos pascuales, en los que la Pascua nos hace plenamente partícipes.
Los otros tres se refieren a la penitencia del espíritu, a los frutos de la abstinencia y a los frutos del ayuno, respectivamente.
Los prefacios dominicales expresan en su embolismo los temas de las lecturas evangélicas.
La Constitución “Sacrosanctum Concilium” (nn. 109-110) considera a la Cuaresma como el tiempo litúrgico en el que los cristianos se preparan a celebrar el misterio pascual, mediante una verdadera conversión interior, el recuerdo o celebración del bautismo y la participación en el sacramento de la Reconciliación.
A facilitar y conseguir estos objetivos tienden las diversas prácticas a las que se entrega más intensamente la comunidad cristiana y cada fiel, tales como la escucha y meditación de la Palabra de Dios, la oración personal y comunitaria, y otros medios ascéticos, tradicionales, como la abstinencia, el ayuno y la limosna.
La celebración de la Pascua es, por tanto, la meta a la que tiende toda la Cuaresma, el núcleo en el que se convergen todas las intenciones y el elemento que regula su dinamismo. La Iglesia quiere que durante este tiempo los cristianos tomen más conciencia de las exigencias vitales que derivan de hacer de la Pascua de Cristo centro de su fe y de su esperanza.
No se trata, por tanto, de preparar una celebración histórica (drama) o meramente ritual de la Pascua de Cristo, sino de disponerse a participar en su misterio; es decir, en la muerte y resurrección del Señor. Esta participación se realiza mediante el bautismo –recibido o actualizado-, la penitencia –como muerte al hombre viejo e incorporación al hombre nuevo-, la Eucaristía –reactualización mistérica de la muerte y resurrección de Cristo-, y por todo lo que contribuye a que estos sacramentos sean mejor participados y vividos.
La Constitución «Sacrosanctum Concilium» (nn. 109-110) considera a la Cuaresma como el tiempo litúrgico en el que los cristianos se preparan a celebrar el misterio pascual, mediante una verdadera conversión interior, el recuerdo o celebración del bautismo y la participación en el sacramento de la Reconciliación.
A facilitar y conseguir estos objetivos tienden las diversas prácticas a las que se entrega más intensamente la comunidad cristiana y cada fiel, tales como la escucha y meditación de la Palabra de Dios, la oración personal y comunitaria, y otros medios ascéticos, tradicionales, como la abstinencia, el ayuno y la limosna.
La celebración de la Pascua es, por tanto, la meta a la que tiende toda la Cuaresma, el núcleo en el que se convergen todas las intenciones y el elemento que regula su dinamismo. La Iglesia quiere que durante este tiempo los cristianos tomen más conciencia de las exigencias vitales que derivan de hacer de la Pascua de Cristo centro de su fe y de su esperanza.
No se trata, por tanto, de preparar una celebración histórica (drama) o meramente ritual de la Pascua de Cristo, sino de disponerse a participar en su misterio; es decir, en la muerte y resurrección del Señor. Esta participación se realiza mediante el bautismo –recibido o actualizado-, la penitencia –como muerte al hombre viejo e incorporación al hombre nuevo-, la Eucaristía –reactualización mistérica de la muerte y resurrección de Cristo-, y por todo lo que contribuye a que estos sacramentos sean mejor participados y vividos.