por CeF | Fuentes varias | 31 Dic, 2013 | Postcomunión Vida de los Santos
San Silvestre, con ese aire de despedida del año viejo, tiene una significación especial en la historia de la Iglesia, no ya sólo por sus virtudes, sino también por la época difícil y maravillosa, a su vez, que le tocó vivir.
Debido a esta circunstancia, no es extraño que su venerable figura haya ido recogiendo a través de los siglos una multitud de leyendas piadosas, haciendo difícil distinguir entre ellas lo que pueda haber de falso o de verdadero. De San Silvestre nos hablan, casi por encima, los primeros historiadores cristianos: Eusebio de Cesarea, Sócrates y Sozomeno.
Más noticias encontramos en la relación de los papas que trae el Catalogo Liberiano y, sobre todo, en la multitud de detalles con que adorna su vida el famoso Pontifical Romano. Fue compuesta esta obra en diversos tiempos y por diversos autores, y en lo que toca a San Silvestre, recoge de lleno sus célebres actas, elaboradas durante el siglo v, y que, a pesar de ser admitidas por algunos Padres antiguos, fueron siempre consideradas como espúreas por la Iglesia de Roma.
El hecho de mezclar lo verídico con lo fabuloso, dieron a las actas de San Silvestre un gran predicamento durante toda la Edad Media, aunque pronto fueron cayendo en desuso, teniendo en cuenta, sobre todo, los dos hechos principales que en ellas se mencionan: la curación y conversión de Constantino y la donación que el emperador hace al papa Silvestre, no ya sólo de Roma, sino también de Italia y, como algunos llegaron a suponer, de todo ei Imperio de Occidente. Baronio, el autor de los Anales eclesiásticos, supone la autenticidad de las mismas y recurre al testimonio del papa Adriano I, que en el siglo Vlll las tiene como tales en una carta a los emperadores Constantino e Irene, cuando la lucha por las imágenes. Son citadas a su vez en la primera decretal del concilio II de Nicea, y autores no muy lejanos de la época, como San Gregorio de Tours y el obispo Hincmaro, traen a colación el bautismo de Constantino cuando narran el no menos famoso de Clodoveo.
La leyenda del bautismo parece estar tomada de una vida romanceado de San Silvestre, cuya fecha y patria se desconocen, pero que bien pudieran ser de la segunda mitad del siglo v. Duchesne la hace venir de Oriente, por el camino que trajeron todas las que se referían a la invención de la santa cruz, a Santa Elena y al mismo Constantino. Para otros, sin embargo, toda la leyenda tiene un carácter netamente romano.
Eusebio, el nada escrupuloso panegirista del emperador, nos dice con toda sencillez que Constantino fue bautizado al fin de su vida en Helenópolis de Bitinia, y nada menos que por un obispo arriano, Eusebio de Nicomedia. De ser cierto lo de las actas, no lo hubiera pasado por alto de ninguna de las maneras, pues vendría muy bien para exaltar la figura de aquel emperador, a quien hace lo posible por presentar como un príncipe simpatizante en todos sus hechos con el cristianismo. La costumbre, sin embargo, de aquellos tiempos, y, sobre todo, las disposiciones en que se encontraba el mismo Constantino, parecen convencer en seguida de lo contrario. Es verdad que manifiesta una verdadera simpatía por la nueva religión, pero no por eso deja de vivir en su juventud el paganismo depurado de su padre, Constancio Cloro. Cuando se proclama emperador en el año 306, adopta con la diadema el culto a la tetrarquía romana, y especialmente el de Júpiter y Hércules. Su contacto con los cristianos le lleva a un monoteísmo especial, que se concreta en el culto del sol invictus. Mas tarde, cuando vence a su rival Majencio en el 312, Constantino aparece identificado del todo con el cristianismo; pero este es supersticioso y con gran reminiscencia pagana. De hecho, nunca abandona las atribuciones de pontífice máximo, concibe el cristianismo como una religión imperial, semejante a la anterior, y en su misma vida no ofrece nunca las características de un auténtico convencido.
Algo semejante ocurre en lo que se refiere a la «Donación Constantiniana». Ya el emperador Otón III, por el siglo Xl, afirmaba que, a pesar de ser tan popular, habia de tenerse el documento como falso. Esto lo demuestra con buenas razones el humanista del siglo xv Lorenzo Valla, y hoy aparece claro cómo la noticia se inventó entre los siglos Vlll y IX con el fin de justificar en Roma la donación que de las tierras conquistadas a los lombardos hacen a diversos papas Pipino el Breve y Carlomagno.
Sólo teniendo en cuenta estas apreciaciones podemos conocer lo que de verdad hay sobre San Silvestre, sin temor a desvirtuar por ello su recia personalidad.
Nace San Silvestre alrededor del año 270, en época de relativa paz para la Iglesia. Su padre, Rufino, le pone desde niño bajo la dirección del prudente y piadoso presbitero romano Cirino, y en seguida se empieza a distinguir por una abnegada caridad, ofreciendo su casa a todos los peregrinos que acudían a visitar la tumba de los apostoles. En una ocasión llama a su puerta Timoteo de Antioquía, gran apóstol de la palabra y de santa vida. Pronto se dan cuenta de ello los paganos, y una noche, cuando vuelve cansado a la casa de Silvestre. es apresado por las turbas y condenado a morir entre los más horribles tormentos. Silvestre no se atemoriza ante el peligro, y poco después, aprovechando las sombras de la noche, se apodera de las reliquias y les da honrosa sepultura.
Sospechando el prefecto de Roma, Tarquinio Perpena de aquel celoso muchacho, y creyendo que acaso guardaba las riquezas que suponia tener Timoteo le manda llamar a su presencia, y entre ambos se entabla este diálogo, que nos han conservado las actas:
—Adora al instante a nuestros dioses—le dice el prefecto—-y deposita en sus altares los tesoros de Timoteo, si es que quieres salvar tu vida.
Silvestre no titubea, y más sabiendo la pobreza en que había vivido el mártir de Cristo.
—¡Insensato!—le dice—, yerras si piensas ejecutar tus amenazas, porque esta misma noche te será arrancada el alma, y así reconocerás que el único verdadero Dios es el que tú persigues; el mismo que adoramos los cristianos.
Tarquinio se enfurece y manda encerrar al joven; pero en la misma noche una espina que se le atraviesa en la garganta pone fin a su vida, y con ello Silvestre es puesto en libertad.
Sea lo que fuere del hecho, la verdad es que Silvestre era apreciado en la Roma de entonces por su humildad y apostolado, y muy pronto, a los treinta años, es ordenado sacerdote por el papa San Marcelino. Horas difíciles eran aquellas para la Iglesia. Desde el año 286, el emperador Diocleciano había asociado al Imperio al nada escrupuloso Maximiano Hercúleo, y poco más tarde ambos augustos adoptan como césares a Constancio Cloro para las Galias y Bretaña y al cruel Galerio para el Oriente. A qué obedeció la nueva postura de Diocleciano, se desconoce en parte; pero pronto se iba a organizar en su reinado una terrible persecución, que llevaba el intento de deshacer desde sus cimientos toda la Iglesia.
Por otra parte, no faltaban disensiones entre los mismos fieles, y sobre todo se hacia más acuciante el peligro de una nueva secta, el donatismo, que iba teniendo grandes prosélitos entre los cristianos de Africa. Silvestre toma parte por la ortodoxia, creándose pronto enemigos, pero esto no impide para que la Iglesia de Roma tenga puestos sus ojos en aquel varón de Dios, «puro, de piedad ferviente, mortificado y humilde», como le retratan las actas, y a quien había de designar para suceder al papa San Melquiades en la silla de San Pedro.
San Silvestre es elegido papa el 31 de enero del año 314, siendo cónsules Constantino y Volusiano y en el año noveno del imperio de Constantino. Largo va a ser su pontificado—veintitrés años, diez meses y once días—y lleno de grandes acontecimientos. Un año antes, en febrero del 313, había sido decretada la libertad de la Iglesia por el edicto de Milán, y desde entonces cuenta con el apoyo decidido del emperador y con la simpatía de los numerosos prosélitos que se presentan cada dia.
El paganismo, sin embargo, no podía acomodarse al nuevo sesgo que tomaban las cosas. Y de ser cierto lo del bautismo de Constantino que nos cuentan las actas, habríamos de encajarlo precisamente en estos primeros años del nuevo papa. Parece ser que, en una de las ausencias del emperador, los magistrados de Roma se aprovecharon para iniciar de nuevo la persecución. Silvestre mismo tiene que salir de la ciudad, y se refugia con sus sacerdotes en el monte Soracte o Syraptim, llamado después de San Silvestre, y que dista unas siete leguas de Roma. Cuando vuelve Constantino, se encuentra de manos con una tragedia dentro de su misma familia, pues nada menos que a Crispo, su hijo y heredero, se le acusaba de haber cometido adulterio con su segunda mujer, Fausta. Llevado de la cólera, el emperador manda darle muerte: pero es castigado de improviso con una repugnante lepra, que le cubre todo el cuerpo. En seguida acuden a palacio los médicos más renombrados, que se ven impotentes en procurarle remedio, y como última solución, y para aplacar la ira de los dioses, le proponen bañe su cuerpo en la sangre todavía caliente de una multitud de niños sacrificados con este fin. Cuando se van a hacer los preparativos y ya el cortejo imperial iba a subir las gradas del Capitolio, Constantino se conmueve ante los gemidos de las madres de los inocentes, que piden misericordia, y ordena se retire inmediatamente el sacrificio. Aquella misma noche se le aparecen en sueños dos venerables ancianos, Pedro y Pablo, que le recomiendan busque al obispo Silvestre, que está escondido, el cual les mostrará el verdadero baño de salvación que le curaría.
A la mañana siguiente aparece por las calles de Roma, y conducido con toda pompa por la guardia pretoriana, Silvestre, el perseguido. El encuentro con el emperador es benévolo. Entablan un diálogo de pura formación cristiana, y al fin el Pontífice le increpa con toda solemnidad: «Si así es, ¡oh príncipe!, humillaos en la ceniza y en las lágrimas, y durante ocho días deponed la corona imperial, y en el retiro de vuestro palacio confesad vuestros pecados, mandad que cesen los sacrificios de los ídolos, devolved la libertad a los cristianos que gimen en los calaboros y en las minas, repartid abundantes limosnas, y veréis cumplidos vuestros deseos».
Constantino lo promete todo, se fija el día para el bautismo, y, llegados por fin ante el baptisterio de San Juan de Letrán, se despoja el emperador de todas sus vestiduras, entra en la piscina, es bautizado por San Silvestre, y cuando sale, ante la expectación de todos, aparece completamente curado. De ahora en adelante, dicen las actas, Constantino será el gran favorecedor de los cristianos, y, no contento con eso, va a dejar al Papa su sede de Roma, retirándose con toda su corte a Constantinopla.
Toda esta historia nos indica, al menos, la gran preponderancia que iba tomando la Iglesia frente al Estado. De ello se ha de aprovechar San Silvestre para reconstruir iglesias devastadas y enmendar las corrompidas costumbres. Entre las nuevas leyes que bajo la égida del Pontífice iba a dar el emperador, sobresalen: la validez de la emancipación de esclavos realizada ante la Iglesia, el descanso dominical, contra los sodomitas; la educación de los hijos, revocación del destierro a que estaban condenados los cristianos, restitución de sus bienes, revocación de las leyes Julia y Popea contra el celibato, reconociendo de este modo la posibilidad de un celibato santo dentro del cristianismo: varios decretos asegurando el foro judicial de los clérigos, prohibición de los agoreros, de los juegos en que iban mezclada la inmoralidad y el engaño, etc., etc. Roma iba, de este modo, muriendo a su tradición pagana, para renacer poco a poco a la nueva Roma cristiana.
La gran labor pastoral en que se ve encuadrado el pontificado de San Silvestre ofrece unas facetas características, primicias todas ellas de la Iglesia, que se abre a nuevos horizontes, libre ya de trabas y de postergaciones.
Es su tiempo, la era de los grandes concilios, donde se fijan en detalle los cánones de la fe, el culto divino adquiere una grandeza insospechada, se establece una disciplina eclesiástica cuna de nuestro Derecho, y se extiende cada vez más la supremacía de la Iglesia de Roma. En el mismo año en que es elegido Papa, manda San Silvestre sus legados al concilio de Arlés, donde se resuelve la cuestión de los donatistas, que habían apelado otra vez en la causa de Ceciliano. Este concilio, juntamente con el primero ecumenico de Nicea (a. 325), son los dos puntales del esfuerzo dogmático de tiempos de San Silvestre. Mucho se ha discutido sobre la participación que en ellos tuvo el Pontífice de Roma, ya que tanto uno como otro fueron convocados a instancias del emperador Constantino: pero, a través de lo que en ellos se determina, no ofrece duda la presencia moral del Papa en las decisiones consulares. En Nicea, junto al presidente del concilio, Osio de Córdoba, se sientan los legados pontificios Vito y Vicente, y, de ser cierto el documento que recoge el Líber Pontiticalis, todos los obispos, al final de la asamblea, escriben una carta a Silvestre, donde le dan cuenta de las decisiones adoptadas.
Más claro y conmovedor es el testimonio de los Padres del concilio de Arlés. En esta asamblea, como en todas las que celebra Constantino, se ve, es cierto, una sumisión del episcopado al poder civil; pero al mismo tiempo un afecto y una gran sumisión al Papa. Es éste el que ha de dar su última palabra sobre los donatistas, quien ha de comunicar a las iglesias lo establecido en el concilio, y el que, en fin, ha de hacer poner en práctica sus acuerdos, sobre todo el que se refiere a la celebración de la Pascua. Dicen así en la segunda carta que le envían: «Al amadisimo papa Silvestre, Marino, Agnecio… Unidos en el común vínculo de caridad y de unidad de la madre Iglesia católica y reunídos en la ciudad de Arlés por la voluntad del piisimo emperador, te saludamos a ti, gloriosisimo Papa, con toda nuestra reverencia»,
Y añaden: «Ojalá, hermano dilectísimo, hubierais estado presente a este gran espectáculo, pues creemos que contra ellos (los donatistas ) se hubiera dado una sentencia más severa, y de ese modo, uniéndote tú mismo a nuestro juicio, nuestra asamblea hubiera exultado con mayor alegria. Pero, como no pudiste separarte de aquellas tierras en las cuales se asientan también los apóstoles, y cuya sangre testifica sin intermisión la gloria de Dios, por eso te mandamos…»
Esta presencia del Papa se extendió a su vez en la serie de concilios y sínodos que se fueron celebrando en su tiempo: sínodo de Roma (a. 315), concilios de Alejandría, Palestina, segundo de Alejandría, de Laodicea, Ancira, Nicomedia, Cartago, Cesarea de Palestina, etc.
En todos ellos y en otros decretos del mismo Papa se fue creando una liturgia nueva, que, unida a los cánones disciplinares, sirvieron de base a la reorganización interior de la Iglesia. Acaso se pueda rechazar como inventada posteriormente la famosa Constitución de San Siluestre, donde se encuentran una serie de prescripciones sobre los clérigos; pero no podemos dar de lado otras muchas, que sin duda se debieron al celo pastoral de nuestro santo. Citemos algunas:
Solamente el obispo puede preparar el santo crisma y servirse de él para confirmar a los bautizados.
Los diáconos usen dalmática y manipulo en el servicio del altar.
Queda prohibido el uso de la seda o paño de color para el santo sacrificio de la misa. Deben emplearse telas de lino, o sea corporales, que representen la sindone en que fue envuelto el cuerpo de Cristo.
Ningún laico tenga la osadía de presentarse como acusador contra un clérigo.
Ningun clérigo puede ser citado ante un tribunal laico para ser juzgado.
Los días de semana, menos el sábado y el domingo, se llaman ‘ferias». En cuanto a la recepción de las órdenes sagradas, determina el tiempo que ha de transcurrir entre una y otra: veinte años para el lectorado, treinta días para el exorcistado, cinco años para el acolitado, otros cinco para el subdiaconado, diez para el de custodio de los mártires, siete para el diaconado y tres, por fin, para el sacerdocio. Normas precisas da también respecto a la vida de los clérigos. Deben ser castos y han de procurar el grado sin ambición y sin ansia de lucro, y solamente pueden ser nombrados aquellos que sean elegidos en unanimidad por el pueblo y la clerecía. Los presbíteros han de tener una reputación bien probada, de modo que, aun los que están fuera de la Iglesia, puedan dar fiel testimonio de ellos. Otras prescripciones abundan; v. gr., sobre el ayuno, los réditos de la Iglesia, que han de dividirse en cuatro apartados; el culto divino, etc.
Y como detalle, esta nota disciplinar en el trato con los pecadores, que nos dice mucho de la delicadeza y caridad de San Silvestre: ‘En primer lugar—dice—se les ha de llamar paternalmente y se les ha de esperar siete dias, sin que se les prohiba nada de las cosas de la Iglesia. A este compás de espera se le deben añadir otros siete días, vedándoseles ya todo acceso a los divinos oficios. Siguen otros dos días, en los cuales, si no se arrepintieran, se les separa de la paz y comunión de la santa Iglesia. Otros dos días más, y, por fin, añadiendo todavía uno, y viendo que ya su caso es desesperado, se le debe condenar con el anatema».
En cuanto se refiere al culto divino, nunca conoció Roma, podemos decir, fuera del tiempo del Renacimiento, otra época de tanto esplendor y grandeza. El Pontifical Romano nombra en primer lugar una iglesia del título de Equitio, que mandó construir San Silvestre junto a las termas de Trajano, hoy llamada de los Santos Silvestre y Martín, y que fue como su primera sede y el sitio donde hacía las ordenaciones. Seis veces ordenó en el mes de diciembre, y de aquí salieron 40 presbíteros, 26 diáconos y 65 obispos, que se fueron repartiendo por diversas tierras.
En seguida empiezan las famosas fundaciones constantinianas de San Juan de Letrán, en el monte Cello—in aedibus Laterani—, de San Pedro, en el Vaticano, San Pablo, en la vía Ostiense, y Santa Cruz de Jerusalén, situada en el atrio Sessoriano, muy cerca del templo de Venus y Cupido, como réplica, dice Baronio, a la estatua de Venus que mandó poner Adriano en la cumbre del Calvario. En la misma Roma se levantan a su vez la basílica de Santa Inés, a instancias de la hija de Constantino: la de San Lorenzo, en el campo Verano; la de San Pedro y Marcelino, en la vía Labicana, y otras más en otras ciudades de Italia, como Ostia, Capua y Nápoles.
El papa San Dámaso, cuando termina de dar sus noticias sobre San Silvestre, acaba con esta sencilla frase: Qui catholicus et confessor quievit.
Católico, porque supo mantener la luz de su fe en un tiempo de fuertes herejías. Ecuménico, porque lleva su acción de Arlés a Nicea, de Cartago a Viena del Delfinado. Y, a la vez, confesor, es decir, santo, tomando la palabra en el sentido que se le daba entonces.
Y esta gran confesión o santidad la supo llevar, sobre todo, con una caridad y mansedumbre que fue puesta a prueba muchas veces por aquel que se decía favorecedor del cristianismo. Es sabido cómo a Constantino le aquejaba el prurito de quererse inmiscuir en todos los problemas interiores y exteriores de la Iglesia. Por su mandato se reúnen los obispos en Arlés, convoca el concilio de Nicea, reíne sínodos, lleva a su tribunal la causa de los donatistas e interviene con toda su autoridad en la condena de los arrianos. Alguien ha querido ver cierta timidez en San Silvestre frente al emperador; pero creemos que es desconocer todo lo delicado de aquellos primeros años del cristianismo libre cuando se le atribuye tal especie. San Siivestre asiste a un renacer de la Iglesia, demasiado frágil todavía en lo que a efectos civiles se refiere, y, por otra parte, Constantino sigue siendo el hombre de carácter fogoso, con muchos matices paganos, que a veces le llevan hasta el crimen. La persecución no se habia superado del todo, ya que hasta el 324, con la muerte de Licinio, aún se sigue martirizando en el Oriente y aún en las tierras de Constantino brotan de vez en cuando gritos de rebeldía pagana.
Por otra parte, la solución de aquellos primeros conflictos politico-religiosos de las primeras herejías dependía casi siempre del emperador, pues solían convertirse en verdaderas luchas intestinas, con gran peligro para la tranquilidad del Imperio. No es extraño, por tanto, que San Silvestre, aun consciente de su autoridad, tuviera que ceder muchas veces para no convertir en desfavorables unas posiciones que eran en gran manera ventajosas para la Iglesia. En eso precisamente estuvo su santidad: en saber sufrir los excesos del despotismo por bien de la comunidad, pasando muchas veces al segundo lugar, aunque en lo que tocaba a su ministerio siempre se mantuviera decisivo.
Ni las actas ni la leyenda nos dicen más de su vida. Pero bastante dice ya aquella floración de vida cristiana en que empieza a vivir Roma; el culto divino, que se engrandece con las basílicas; la nueva disciplina eclesiástica y el ejemplo de aquel varón venerable, que iba señalando a todos el nuevo sendero que se abria.
San Silvestre muere el 31 de diciembre del año 337. Fue sepultado en el cementerio de Priscila, en la vía Salaria, en una basílica donde estaba enterrado el papa San Marcelo, y que desde entonces se llamó de San Silvestre. Por el año 1890 se creyó identificar sus ruinas en el transcurso de unas excavaciones, y por fin lo logra en 1907 el arqueólogo Marucchi. Reconstruida una iglesia sobre los primitivos cimientos, fue inaugurada el 31 de diciembre del mismo año, reinando en la Iglesia el santo Pio X.
La Iglesia, por su parte, le ha venerado ya desde antiguo, incluyendo su nombre, juntamente con el de San Gregorio Magno, en la letania de los Santos, y desde tiempos de San Pío V se ha venido celebrando su fiesta con rito doble aun dentro de la octava de Navidad.
Francisco Martín Hernández
Fuente: Artículo en mercaba.org
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Otros recursos en la red
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Recursos audiovisuales
San Silvestre, poema de Rubén Darío
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Lectura espiritual sobre San Silvestre I
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San Silvestre I, papa, por Encarni Llamas en DiócesisTV
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por Editorial Casals | 31 Dic, 2013 | Postcomunión Narraciones
Dos hombres eran vecinos y cada uno tenía una mujer, varios hijos y sólo su trabajo para vivir. Uno de ellos se inquietaba mucho diciendo: «Si llego a morir o me enfermo, ¿qué será de mi mujer y de mis hijos?».
Y este pensamiento se le clavaba en el corazón como un gusano que roe la fruta donde se esconde.
El otro padre, aunque le asaltaba el mismo pensamiento no se paraba con él, pues se decía: «Dios, que conoce todas las criaturas y vela por ellas, velará también por mi mujer y mis hijos». Y vivía tranquilo, mientras el primero no tenía un instante de reposo y de alegría.
Un día, mientras trabajaba en el campo triste y abatido, vio dos pajaritos entrar en un arbusto y salir luego para volver en breve. Se acercó y vio dos nidos, uno junto a otro y cada uno con varios polluelos recién nacidos y todavía sin plumas.
Vuelto a su trabajo, echaba la vista de vez en cuando para mirar a las madres que iban y venían con la comida de sus chicuelos.
Mas, he aquí que al momento de entrar una de las madres con su bocado, cae sobre ella un gavilán, la coge y arrebata, a pesar sus agudos gritos.
A esta vista, el hombre se sintió más turbado que nunca, pues pensaba que la muerte de la madre era la muerte de los hijos. «Los míos, decía, no me tienen más que a mí, para sustento, ¿qué será de ellos si les falto?».
Todo el día anduvo triste y mustio y no durmió por la noche. El día siguiente, al volver al campo, se dijo: «Quiero ver los polluelos de aquella madre; sin duda ya han muerto».
Y acercándose a la mata, vio a los chicuelos alegres y sanos, ninguno parecía haber sufrido nada. Admirado se escondió para ver lo que pasaba. A poco oye un ligero grito y ve a la segunda madre apresurarse a traer su comida y distribuirla indistintamente a los polluelos de ambos nidos; hubo para todos, y los huérfanos no quedaron abandonados.
Se fue luego a contar lo que había visto al otro padre. «¿Para qué preocuparte? —le dijo este—. Dios no abandona a los suyos. Su amor tiene secretos que no conocemos; amemos y sigamos en paz nuestro camino. Si muero antes que tú, serás tú el padre de mis hijos y si tú mueres primero, yo lo seré de los tuyos. Y si ambos morimos antes de que tengan edad de subvenir a sus necesidades, tendrán por padre al Padre que está en los cielos».
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Noticias Cristianas: «Historias para amar a Dios. I Parte: Cuentos y leyendas, n.º 8».
Historias para amar, páginas 17-18
por EWTN-Fe | 30 Dic, 2013 | Postcomunión Vida de los Santos
Judit es una palabra israelita que significa: «alabado sea Dios».
Esta es una heroína famosa que expuso valientemente su vida con tal de obtener la libertad para su patria, Israel, y la libertad para su santa religión.
Uno de los libros más emocionantes de la S. Biblia es el de Judit. Allí se narra lo siguiente.
El general Holofernes, enviado por el rey Nabucodonosor rodeó la ciudad israelita de Betulia con un ejército de 120,000 hombres. Toda la gente de Israel se dedicó a orar a Dios con gran fervor. Los sacerdotes ofrecían sacrificios en el templo de Jerusalén. El pueblo sabía muy bien que sólo un favor especial de Dios podía librarlos de aquel gran peligro.
Holofernes preguntó a sus consejeros qué debía hacer para poder apoderarse de la nación de Israel. Y Ajior, jefe de los amonitas le dijo: «Este pueblo de Israel es muy favorecido por Dios. Cuando se dedican a comportarse mal los abandona y los deja en poder del enemigo; pero cuando cumplen bien sus santos mandamientos, Dios hace prodigios para defenderlos. Así que yo aconsejo: averigüese bien, pues si se están portando mal o han olvidado a Dios, los podemos atacar y los derrotaremos. Pero si están observando buena conducta y obedecen a Dios, no los ataquemos, porque Dios luchará por ellos y nos derrotará a nosotros». A Holofernes y a sus seguidores no les agradó nada esto que dijo Ajior y lo desterraron de allí.
Holofernes se propuso sitiar a Betulia y vencer a sus gentes por hambre y sed. Tapo todos los caminos y cortó las fuentes de agua que la abastecían. Después de 33 días de asedio en Betulia se acabó totalmente el agua, y las gentes caían desmayadas de hambre y de sed. El pueblo se reunió junto a su sacerdote y a sus jefes y les pidieron que se rindieran ante los ejércitos de Holofernes para no perecer de hambre y de sed. El sacerdote Ozías les dijo: «Esperen cinco días y en ese plazo decidiremos qué debemos hacer».
Entonces se presentó ante Ozías y los jefes una mujer llamada Judit. Se había quedado viuda hacía tres años y medio y estaba dedicada a orar, y a ayudar a los necesitados y hacía muchos sacrificios. Era muy hermosa y simpática y nadie podía criticar nada contra ella, porque su vida era la de una persona que tiene mucho temor de ofender a Dios.
Judit les dijo: -«Dios nos está probando pero no nos ha abandonado. Yo voy a hacer en estos días algo cuyo recuerdo se prolongará por muchos siglos. Esta noche saldré de la ciudad y luego Dios hará por mi mano algo que ahora no les puedo contar». Luego se postró ante Dios y le rogó que bendijera su plan y la ayudara. El sacerdote y los demás jefes le dijeron: «Vete en paz y que el Señor te proteja y te guíe».
Judit se adornó con sus mejores joyas y se puso sus más hermosos vestidos y acompañada de su criada salió de Betulia y se dirigió hacia el campo de los enemigos. Estaba hermosísima.
Un grupo de centinelas la vio y le preguntó a dónde iba. Ella les dijo que estaba huyendo de Betulia y quería entrevistarse con el general Holofernes. Ellos la llevaron hacia el cuartel del jefe. Cuando Holofernes y sus generales la vieron se quedaron admirados de su gran hermosura.
Judit le pidió a Holofernes que le permitiera quedarse unos días allí en el campamento y que diera órdenes a sus guardias para que la dejaran salir cada madrugada a un campo vecino a orar a Dios. El general aceptó su petición y ordenó que le ofrecieran los mejores alimentos, pero ella dijo que su criada había llevado provisiones para varios días y que esto les bastaba. Le fue señalada una habitación.
Holofernes se enamoró de la belleza extraordinaria de Judit y organizó un gran banquete en su honor; e invitó a sus mejores generales. Judit llegó al banquete adornada con sus mejores joyas y supremamente hermosa. El general encantado ante su presencia bebió esa noche más que nunca, y cuando los generales lo vieron totalmente borracho lo dejaron allí solo, frente a Judit que estaba a la mesa cenando también.
Cuando Judit vio que todos se habían ido y que ella había quedado completamente sola frente a Holofernes que estaba totalmente borracho y dormido a causa de su borrachera, pidió fortaleza a Dios y tomando la espada del general le cortó la cabeza y la echó entre un costal, y la pasó a su criada. Y como los guardias tenían orden de dejarla salir al campo durante la noche a rezar, la dejaron pasar sin decirle nada. Nadie sospechaba lo que había sucedido. Ella había preferido entre dos males el menor. Un mal era que moriría todo el pueblo de Israel a manos de los soldados de Holofernes, el otro era que muriera Holofernes, pero que el pueblo se salvara. Y Judit escogió este segundo medio.
Judit llegó a Betulia y anunció a Ozías y a los demás jefes lo que había hecho y los mostró la cabeza de Holofernes. La gente se llenó de entusiasmo y empezó a gritar de alegría.
Al amanecer los ayudantes de Holofernes fueron a su habitación y lo encontraron muerto. Y esta noticia causó una alarma tan espantosa que sus soldados se lanzaron a la dispersión, huyendo cada uno por su lado y dejaron libre la ciudad de Betulia y no la destruyeron, y en cambio le dejaron en sus alrededores grandes riquezas que no tuvieron tiempo de llevarse al salir huyendo.
El Sumo Sacerdote de Jerusalén y el senado de la nación fueron hacia Betulia a felicitar a Judit y le dijeron: «Tú eres la gloria de Jerusalén, el orgullo de Israel. Bendita seas por el Señor Omnipotente por todos los siglos». Y el pueblo respondió: «Amén».
Y Judit entonó un canto de acción de gracias a Dios diciendo: «Alabad a mi Dios con instrumentos musicales. Elevad al Señor cantos de acción de gracias. Porque el Señor es el único que es capaz de evitar las guerras. Bendito sea por siempre. Amén».
Judit vivió en Betulia hasta la edad de cien años. Nunca quiso volverse a casar, y era estimadísima por toda la población. Las riquezas que su marido le había dejado las repartió entre los que lo necesitaban, y después de haber libertado tan valientemente a su pueblo, adquirió un nombre famoso para siempre aquí en la tierra y un puesto en el cielo por sus buenas obras y su gran virtud.
Fuente: Artículo original en EWTN-Fe.
por Sagradafamilia.cat | 29 Dic, 2013 | Confirmación Dinámicas
El Templo Expiatorio de la Sagrada Familia es una iglesia monumental iniciada el 19 de marzo de 1882 a partir del proyecto del arquitecto diocesano Francisco de Paula del Villar (1828-1901). A finales de 1883, se encargó a Gaudí la continuación de las obras, labor que no abandonó hasta su muerte, en 1926. A partir de entonces, varios arquitectos han continuado la obra siguiendo la idea original de Gaudí.
El edificio está situado en el centro de Barcelona, y con los años se ha convertido en uno de los signos de identidad más universales de la ciudad y del país. Anualmente es visitado por millones de personas, y también son muchas las que estudian su contenido arquitectónico y religioso.
El templo siempre ha sido expiatorio; es decir, desde sus inicios, hace ahora más de 131 años, se construye a partir de donativos. En este sentido, el propio Gaudí dijo: «El Templo Expiatorio de la Sagrada Familia lo hace el pueblo y se refleja en él. Es una obra que está en las manos de Dios y en la voluntad del pueblo.»La construcción continúa y se podría terminar durante el primer tercio del siglo XXI.
Si quieres realizar una visita virtual, pincha en este enlace.
por María Susana Ratero | 28 Dic, 2013 | Primera comunión Cuentos
Existen, en nuestra vida, dolores que nos resultan incomprensibles, atroces, injustos y, sobre todo, inmerecidos. Pero, sea cual fuere la reacción que tengamos frente al dolor, él sigue allí, y nos atraviesa el alma como una afilada espada. Hoy mi dolor y mi tristeza no me dejan verte, María, como ansía mi corazón, pero sé que estas allí, aunque no pueda sentirte, estas detrás de mi dolor para sostenerme, para transformar el llanto en camino hacia al Padre.
—En profecía cumplida… —dices a mi corazón, mas no comprendo.
—Hoy voy a hablarte de esos dolores incomprensibles que desgarran el alma y que luego, por la misericordia de Dios, se transforman en camino.
—Háblame Señora, que mi alma tiene tanta sed de tu compañía. Mi alma ansía caminos que no encuentro en la oscuridad de esta noche demasiado larga.
—Yo conozco bien las noches largas. Te hablaré de una en especial, que me pareció eterna. De una noche anunciada, tan anunciada como la nochebuena, pero olvidada luego por muchos y, lo que me desgarra el alma, una recordación tomada hoy, por tantos, como excusa para bromas.
Esta vez temo seguirte, no sé si tendré valor, pero igualmente me llevas… me llevas… y estamos nuevamente en el recinto de Belén. Vemos como José está despidiendo a tres extraños extranjeros que le habían llevado a tu hijo oro, como símbolo de su dignidad y gran valor, incienso, como símbolo de su comunión con Dios y mirra, para preparar el aceite sagrado de su unción. Tres extraños venidos de lejanas tierras siguiendo una estrella, tres extraños que, buscando al Rey de la Vida, fueron a preguntarle a un rey embriagado de poder, el camino para hallarlo… y, sin quererlo, despertaron en él fantasmas olvidados… la profecía, la profecía de Belén…
Los extranjeros, que el mundo llamará más tarde los tres Reyes Magos, parten a su tierra por otro camino, evitando pasar cerca del palacio de Herodes, quien los aguarda como un tigre al acecho, para saltar sobre el pequeño Rey desconocido que amenaza su seguridad.
Entramos a la precaria vivienda. José nos sigue y comienza a trabajar, pues el dueño de la finca le había encargado unos arreglos y le pagaría un buen precio por ellos. José tiene los pies sobre la tierra, sabe que debe alimentar a su familia y para ello sólo conoce un modo: su trabajo.
Tú, María, te dispones a preparar la cena. José no aparta la mirada de su labor, pero es evidente que sus pensamientos están en otro sitio, quizás detrás de los muros de un palacio, tratando de leer los pensamientos de un hombre fuera de sí, mas nada te dice. La cena transcurre en paz. La presencia de esos hombres y sus obsequios han dejado más preguntas que respuestas…¿Quiénes eran? ¿Por qué habían venido? ¿Cuál era el real significado de su presencia?… quizás representan a todos aquellos que no pertenecen al pueblo de Israel y para cuya Salvación también ha venido este niño. Demasiados acontecimientos y pocas explicaciones. La pareja se dispone a descansar pues al día siguiente deberán iniciar el camino hacia Jerusalén, para realizar la purificación de María, tal como lo establece la Ley.
Yo estoy allí, con ellos, no puedo dormir, siento miedo… conozco la historia… la he escuchado mil veces de labios de los sacerdotes. La he leído, pero no es lo mismo estar… estar… y todos, de alguna manera, alguna vez en la vida, también estamos dentro de esta historia… sólo que, enceguecidos por nuestro propio dolor, no nos damos cuenta.
A la mañana siguiente parten hacia Jerusalén, María me hace señas de que los siga. El camino es largo, el niño, pequeño aún. El animal que nos acompaña va cargado de las pocas pertenencias de los padres y, en su mayor parte, de los pañales y ropita del bebé, recibida generosamente de la esposa del dueño del pesebre.
Luego de la ceremonia del Templo volvimos a Belén, José se nota nervioso… no como quien desconfía de la protección de Dios, sino como un padre responsable que sólo desea actuar correctamente y no sabe cómo, pues presiente que Herodes no ha olvidado la presencia de los extranjeros, ni se quedará quieto ante lo que él considera una amenaza.
Durante los siguientes tres días la familia se dedica a organizar el retorno a Nazaret. José termina sus trabajos pendientes, consiguiendo de esta manera dinero para el viaje y retribuyendo, al mismo tiempo, la hospitalidad al dueño del pesebre, quien sólo pide como pago, el arreglo de una vieja mesa labrada herencia de su padre, trabajo realizado impecablemente por José.
Los planes del Señor y nuestros propios planes no van siempre por iguales caminos. La noche del tercer día no aparenta nada en especial, sólo un cielo cargado de nubarrones amenazantes. Hace frío, María amamanta a su niño y lo recuesta bien calentito en la cuna hecha por su esposo, y una blanca piel de cordero cubre las demás mantas con las que la joven madre abriga a su pequeño. El matrimonio cena al tiempo que comenta los últimos acontecimientos. José tiene largos silencios que inquietan el corazón de María quien, como esposa prudente, no pregunta. Tiran las mantas en el suelo y se disponen a dormir, yo hago lo mismo, María me besa la frente y me dice «Valor, amiga, lo necesitarás…» es la noche de la locura, pero igualmente me quedo dormida… lástima, no tuve el valor de esperar despierta, como tantas veces en la vida en las que no tengo el valor de dominar mi voluntad.
Me despiertan los gritos de José. El hombre está sentado en el suelo, empapado en sudor, su rostro está aterrado pero es solo por un instante… enseguida se pone en pie, da vueltas en el recinto tratando de ordenar sus pensamientos, seguidamente despierta a María, la toma por los hombros al tiempo que le clama en voz baja:
—¡María, María! Por el amor de Dios, ¡despiértate, María!— y la sacude casi con violencia.
Ella abre los ojos y se asusta…
—¿Qué pasa, José? ¡Por Dios! ¿Por qué hablas de esa forma? ¡Jesús, Jesús! ¿Le pasó algo al niño?
—No, pero le pasará si sigues allí acostada… María… he tenido un sueño, que no fue un sueño en realidad… un hombre vestido de blanco me clamaba que te tomara a ti y al niño y huyera a Egipto, pues Herodes busca al niño para matarlo.
—¡Matarlo!… Dios mío, José, que atroz pesadilla.
—María, esposa mía ¡Nos vamos a Egipto! ¡Y nos vamos ya! ¿Comprendes? ¡Ya!.
—¿Qué dices?, José… ¿Te das cuenta la distancia que nos separa de Egipto, que es medianoche, afuera arrecia el viento y el frío cala los huesos?…
—María ¿Confías en mí?
—José, confío en ti más que en nadie en esta tierra.
—Entonces, amada mía, junta todo y vámonos, los soldados se aproximan cada minuto, por cada palabra que decimos ellos están un metro más cerca… y vienen a matarlo… y no están jugando, pues un loco asesino les ha ordenado deshacerse de Jesús… la pregunta es ¿Cómo lo encontraran? Mientras a ese loco no se le ocurra… ¡Dios no puedo ni pensarlo!
—Mientras no se le ocurra matarlos a todos…— y María se estremece tanto que José debe sostenerla para que no caiga.
Yo estoy inmóvil, hubiera querido traerles un vehículo, un helicóptero, sacarlos prontamente de allí, pero eso pasa en las películas y esto es la vida real. Los padres (ahora me voy dando cuenta la clase de padre que Dios eligió para Jesús, un Hombre con mayúsculas) preparan todo prontamente, llevan sólo lo indispensable, deben dejar muebles, cuna, todo lo hecho por José. El oro de los magos les permitiría establecerse en Egipto. Dios siempre tan previsor, nos manda las pruebas y los medios para enfrentarlas. Salimos, el viento me termina de despertar, tengo varias mantas puestas encima, pero tiemblo como una hoja, parece que el corazón se me saldrá del pecho en cualquier momento. Montan los animales, María me hizo un lugar en el suyo… partimos… se ve poco, pero se ve, hay luna llena, los nubarrones ya no están, José se encamina hacia Egipto a través de la desértica región, apura el paso, no hay miradas extrañas que noten nuestra presencia. El hombre anda varias horas a marcha forzada, de tanto en tanto mira hacia atrás, con angustia, casi con desesperación. Yo, yo estoy muerta de miedo… veo soldados por todas partes… sé de sobra que no nos alcanzarán… pero una cosa es leerlo y otra estar… estar…
Falta poco para el amanecer. De pronto se escucha un galope cercano, se ve la arena removida por los cascos del animal que se acerca, es un jinete solitario, pero se dirige, peligrosamente, hacia nosotros. José nos recomienda calma, y no decir el nombre del niño. Por fin llega el personaje, un hombre más bien anciano, con la mirada perdida… loco… pobre infeliz… solo decía:
—¡Madres, corran, corran con sus hijos! ¡Huyan!…
José baja de su asno y se acerca al pobre hombre:
—¿Qué le ocurre, amigo? ¿Se siente usted bien?…
—¡Huyan, huyan mujeres con sus hijos! Sangre… muerte… niños muertos, en todo Belén… niños degollados, atravesadas sus carnecitas por las espadas de los soldados… no escapó ni uno… todo Belén es un grito… solo los pequeños murieron… los menores de dos años… ¿Por qué? ¿Por qué, Dios?— grita desgarradoramente el infeliz mirando al cielo— Huyan mujeres… huyan… corran… corran…
El pobre desquiciado comienza a cabalgar nuevamente repitiendo el ya inútil consejo. Tanto horror le ha enloquecido. Se pierde en el paisaje, queriendo huir de los macabros recuerdos pero no hay lugar en donde uno pueda esconderse de los recuerdos.
José y María se miran, abundantes lágrimas caen por sus mejillas, se abrazan y abrazan al niño. Es la noche más larga, más atroz, más cruel, que les ha tocado vivir a ambos. Es la noche anunciada por el profeta Jeremías:
«En Ramá se oyó una voz, hubo lágrimas y gemidos: es Raquel, que llora a sus hijos y no quiere que la consuelen porque ya no existen» (Mt 2, 18).
La travesía dura largos días, María se esconde muchas veces a llorar para que José no la vea… no quiere preocuparlo, más su corazón de madre está destrozado. Recuerda la espada anunciada por el anciano Simeón… ya ha comenzado a lastimarla. También veo a José llorar a escondidas, es el llanto de un hombre que se siente impotente ante la injusticia, es el llanto de un hombre justo clamando justicia.
Las primeras casas del poblado egipcio se divisan a la distancia. La noche larga ha terminado, el niño está a salvo, momentáneamente.
—Amiga— dices María, mirándome a los ojos, (mientras tus ropas y las mías vuelven a estos tiempos y el ruido de los automóviles nos sorprende frente la parroquia de Luján, en mi barrio) gracias por compartir conmigo esta noche, una de las más duras de mi tiempo en esta tierra. Realmente, cuesta ver a Dios detrás de tanto dolor, cuesta poder encontrarlo para que nos tome de la mano, cuesta no enloquecer como ese pobre viejo del desierto… cuesta, buena amiga, pero no es imposible, es más, es el único camino. Dios, tras el dolor que nos causan los seres humanos. Dios, sosteniendo. Dios, poniendo rosas sobre tantas espinas. Dios, transformando el dolor en camino de salvación. Dios, permitiendo que nuestra angustia ayude a otros a superar la suya. Cuando tu alma tenga más preguntas que respuestas, más dolor del que crees poder soportar, más soledad que compañía, más desilusión que sueños entonces, más que nunca, búscalo; que siempre habrá un Egipto donde puedas esconderte hasta que pase el temporal.
—Señora— y apenas si puedo contener mis lágrimas— ¡Cuánto, cuánto me amas, cuánto me cuidas, cuánto me enseñas! ¿Te dije ya cuánto te amo?— y me arrojo en tus brazos y lloro por los niños muertos, lloro por mí, lloro por la humanidad.
Mientras te alejas, y yo seco mis lágrimas, un grupo de jóvenes pasa riéndose de uno de ellos, al tiempo que le dicen «¡Qué la inocencia te valga! Ja,ja,ja» típico comentario de las bromas del Día de los Inocentes.
Tengo ganas de gritar, ganas de decirles que el origen de esa recordación es la sangre de niños pequeños derramada por Jesús, pero siento que no vale la pena; prefiero escribir este relato, escribirlo para que tú, después de leerlo, ya no rías con las bromas de los 28 de diciembre. Porque si tú no ríes, si le cuentas esta historia a un amigo y él ya tampoco ríe… entonces… entonces algo habrá cambiado en este mundo… porque recordando a nuestros mártires, los honramos.
Nota de la autora: «Estos relatos sobre María Santísima han nacido en mi corazón y en mi imaginación por el amor que siento por ella, basados en lo que he leído. Pero no debe pensarse que estos relatos sean consecuencia de revelaciones o visiones o nada que se le parezca. El mismo relato habla de «Cerrar los ojos y verla» o expresiones parecidas que aluden exclusivamente a mi imaginación, sin intervención sobrenatural alguna.»
Si quieres contactar con la autora: susanaratero@yahoo.com.ar
Fuente: Cuento original en mercaba.org.
por Beato Juan Pablo II | 28 Dic, 2013 | Novios Magisterio
12. Ha llegado el momento de aludir, en el entramado de la presente Carta a las Familias, a dos cuestiones relacionadas entre sí. Una, la más genérica, se refiere a la civilización del amor; la otra, más específica, se refiere a la paternidad y maternidad responsables.
Hemos dicho ya que el matrimonio entraña una singular responsabilidad para el bien común: primero el de los esposos, después el de la familia. Este bien común está representado por el hombre, por el valor de la persona y por todo lo que representa la medida de su dignidad. El hombre lleva consigo esta dimensión en cada sistema social, económico y político. Sin embargo, en el ámbito del matrimonio y de la familia esa responsabilidad se hace, por muchas razones, más «exigente» aún. No sin motivo la Constitución pastoral Gaudium et spes habla de «promover la dignidad del matrimonio y de la familia». El Concilio ve en esta «promoción» una tarea tanto de la Iglesia como del Estado; sin embargo, en toda cultura, es ante todo un deber de las personas que, unidas en matrimonio, forman una determinada familia. La «paternidad y maternidad responsables» expresan un compromiso concreto para cumplir este deber, que en el mundo actual presenta nuevas características.
En particular, la paternidad y maternidad se refieren directamente al momento en que el hombre y la mujer, uniéndose «en una sola carne», pueden convertirse en padres. Este momento tiene un valor muy significativo, tanto por su relación interpersonal como por su servicio a la vida. Ambos pueden convertirse en procreadores —padre y madre— comunicando la vida a un nuevo ser humano. Las dos dimensiones de la unión conyugal, la unitiva y la procreativa, no pueden separarse artificialmente sin alterar la verdad íntima del mismo acto conyugal.
Esta es la enseñanza constante de la Iglesia, y los «signos de los tiempos», de los que hoy somos testigos, ofrecen nuevos motivos para confirmarlo con particular énfasis. San Pablo, tan atento a las necesidades pastorales de su tiempo, exigía con claridad y firmeza «insistir a tiempo y a destiempo» (cf. 2 Tim 4, 2), sin temor alguno por el hecho de que «no se soportara la sana doctrina» (cf. 2 Tim 4, 3). Sus palabras son bien conocidas a quienes, comprendiendo profundamente las vicisitudes de nuestro tiempo, esperan que la Iglesia no sólo no abandone «la sana doctrina», sino que la anuncie con renovado vigor, buscando en los actuales «signos de los tiempos» las razones para su ulterior y providencial profundización.
Muchas de estas razones se encuentran ya en las mismas ciencias que, del antiguo tronco de la antropología, se han desarrollado en varias especializaciones, como la biología, psicología, sociología y sus ramificaciones ulteriores. Todas giran, en cierto modo, en torno a la medicina, que es, a la vez, ciencia y arte (ars medica), al servicio de la vida y de la salud de la persona. Pero las razones insinuadas aquí emergen sobre todo de la experiencia humana que es múltiple y que, en cierto sentido, precede y sigue a la ciencia misma.
Los esposos aprenden por propia experiencia lo que significan la paternidad y maternidad responsables; lo aprenden también gracias a la experiencia de otras parejas que viven en condiciones análogas y se han hecho así más abiertas a los datos de las ciencias. Podría decirse que los «estudiosos» aprenden casi de los «esposos», para poder luego, a su vez, instruirlos de manera más competente sobre el significado de la procreación responsable y sobre los modos de practicarla.
Este tema ha sido tratado ampliamente en los Documentos conciliares, en la Encíclica Humanae vitae, en las «Proposiciones» del Sínodo de los Obispos de 1980, en la Exhortación apostólica Familiaris consortio, y en intervenciones análogas, hasta la Instrucción Donum vitae de la Congregación para la Doctrina de la Fe. La Iglesia enseña la verdad moral sobre la paternidad y maternidad responsables, defendiéndola de las visiones y tendencias erróneas difundidas actualmente. ¿Por qué hace esto la Iglesia? ¿Acaso porque no se da cuenta de las problemáticas evocadas por quienes en este ámbito sugieren concesiones y tratan de convencerla también con presiones indebidas, si no es incluso con amenazas? En efecto, se reprocha frecuentemente al Magisterio de la Iglesia que está ya superado y cerrado a las instancias del espíritu de los tiempos modernos; que desarrolla una acción nociva para la humanidad, más aún, para la Iglesia misma. Por mantenerse obstinadamente en sus propias posiciones —se dice—, la Iglesia acabará por perder popularidad y los creyentes se alejarán cada vez más de ella.
Pero, ¿cómo se puede sostener que la Iglesia, y de modo especial el Episcopado en comunión con el Papa, sea insensible a problemas tan graves y actuales? Pablo VI veía precisamente en éstos cuestiones tan vitales que lo impulsaron a publicar la Encíclica Humanae vitae. El fundamento en que se basa la doctrina de la Iglesia sobre la paternidad y maternidad responsables es mucho más amplio y sólido. El Concilio lo indica ante todo en sus enseñanzas sobre el hombre cuando afirma que él «es la única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma» y que «no puede encontrarse plenamente a sí mismo sino es en la entrega sincera de sí mismo». Y esto porque ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, y redimido por el Hijo unigénito del Padre, hecho hombre por nosotros y por nuestra salvación.
El Concilio Vaticano II, particularmente atento al problema del hombre y de su vocación, afirma que la unión conyugal —significada en la expresión bíblica «una sola carne»— sólo puede ser comprendida y explicada plenamente recurriendo a los valores de la «persona» y de la «entrega». Cada hombre y cada mujer se realizan en plenitud mediante la entrega sincera de sí mismo; y, para los esposos, el momento de la unión conyugal constituye una experiencia particularísima de ello. Es entonces cuando el hombre y la mujer, en la «verdad» de su masculinidad y femineidad, se convierten en entrega recíproca. Toda la vida del matrimonio es entrega, pero esto se hace singularmente evidente cuando los esposos, ofreciéndose recíprocamente en el amor, realizan aquel encuentro que hace de los dos «una sola carne» (Gén 2, 24).
Ellos viven entonces un momento de especial responsabilidad, incluso por la potencialidad procreativa vinculada con el acto conyugal. En aquel momento, los esposos pueden convertirse en padre y madre, iniciando el proceso de una nueva existencia humana que después se desarrollará en el seno de la mujer. Aunque es la mujer la primera que se da cuenta de que es madre, el hombre con el cual se ha unido en «una sola carne» toma a su vez conciencia, mediante el testimonio de ella, de haberse convertido en padre. Ambos son responsables de la potencial, y después efectiva, paternidad y maternidad. El hombre debe reconocer y aceptar el resultado de una decisión que también ha sido suya. No puede ampararse en expresiones como: «no sé», «no quería», «lo has querido tú». La unión conyugal conlleva en cualquier caso la responsabilidad del hombre y de la mujer, responsabilidad potencial que llega a ser efectiva cuando las circunstancias lo imponen. Esto vale sobre todo para el hombre que, aun siendo también artífice del inicio del proceso generativo, queda distanciado biológicamente del mismo, ya que de hecho se desarrolla en la mujer. ¿Cómo podría el hombre no hacerse cargo de ello? Es necesario que ambos, el hombre y la mujer, asuman juntos, ante sí mismos y ante los demás, la responsabilidad de la nueva vida suscitada por ellos.
Esta es una conclusión compartida por las ciencias humanas mismas. Sin embargo, conviene profundizarla, analizando el significado del acto conyugal a la luz de los mencionados valores de la «persona» y de la «entrega». Esto lo hace la Iglesia con su constante enseñanza, particularmente con la del Concilio Vaticano II.
En el momento del acto conyugal, el hombre y la mujer están llamados a ratificar de manera responsable la recíproca entrega que han hecho de sí mismos con la alianza matrimonial. Ahora bien, la lógica de la entrega total del uno al otro implica la potencial apertura a la procreación: el matrimonio está llamado así a realizarse todavía más plenamente como familia. Ciertamente, la entrega recíproca del hombre y de la mujer no tiene como fin solamente el nacimiento de los hijos, sino que es, en sí misma, mutua comunión de amor y de vida. Pero siempre debe garantizarse la íntima verdad de tal entrega. «Íntima» no es sinónimo de «subjetiva». Significa más bien que es esencialmente coherente con la verdad objetiva de aquéllos que se entregan. La persona jamás ha de ser considerada un medio para alcanzar un fin; jamás, sobre todo, un medio de «placer». La persona es y debe ser sólo el fin de todo acto. Solamente entonces la acción corresponde a la verdadera dignidad de la persona.
Al concluir nuestras reflexiones sobre este tema tan importante y delicado, deseo alentaros particularmente a vosotros, queridos esposos, y a todos aquéllos que os ayudan a comprender y a poner en práctica la enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio, sobre la maternidad y paternidad responsables. Pienso concretamente en los Pastores, en tantos estudiosos, teólogos, filósofos, escritores y periodistas, que no se plegan al conformismo cultural dominante, dispuestos valientemente a ir contra corriente. Mi aliento se dirige, además, a un grupo cada vez más numeroso de expertos, médicos y educadores —verdaderos apóstoles laicos—, para quienes promover la dignidad del matrimonio y la familia resulta un cometido importante de su vida. En nombre de la Iglesia expreso a todos mi gratitud. ¿Qué podrían hacer sin ellos los Sacerdotes, los Obispos e incluso el mismo Sucesor de Pedro? De esto me he ido convenciendo cada vez más desde mis primeros años de sacerdocio, cuando sentado en el confesionario empecé a compartir las preocupaciones, los temores y las esperanzas de tantos esposos. He encontrado casos difíciles de rebelión y rechazo, pero al mismo tiempo tantas personas muy responsables y generosas. Mientras escribo esta Carta tengo presentes a todos estos esposos y les abrazo con mi afecto y mi oración.
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Extracto de la Carta a las familias del Beato Juan Pablo II – Apartado n.º 12
por CeF | Fuentes varias | 28 Dic, 2013 | Postcomunión Historias de la Biblia
Recordemos aquel trozo de pequeña historia política: ante el reyezuelo Herodes aparecieron un día tres sabios, preguntándole, incautos como buenos sabios, dónde estaba el rey que acababa de nacer. Herodes, disimulando el terror para utilizarles a ellos mismos como manera de cortar el peligro, convocó doctores que le dijesen dónde anunciaban las profecías el nacimiento del futuro rey redentor—»liberador», diríamos modernamente—, y se dispuso a luchar con los presagios y con los profetas. Aquellos sabios, sin infundir sospechas por su misma buena fe, le servirían para descubrir el escondrijo del niño. Pero—ya lo recordáis—los sabios, avisados en sueños, volvieron por otros caminos hacia su patria. Y Herodes contó los días, nervioso, irritado consigo mismo por su estupidez. Al fin se decidió a explorar, y se convenció de la decepción: se habían ido. Su remedio fue frío, feroz, burocrático, con estilo del siglo xx: calculó los tiempos, la tardanza del viaje de los Magos, la ida a Belén. Ia espera; añadió un «margen de seguridad», redondeó; salían dos años.
Entonces decretó: que murieran todos los niños de esa comarca nacidos en los últimos dos años. Fue como una leva militar, dos «reemplazos» de niños para morir, arrancados a sus madres; algunos ya andando, diciendo sus primeras palabras balbucidas: otros muertos sobre los pechos maternos. Que dentro de unos años se notara un extraño fenómeno —un vacio de edad entre los mozos, menos brazos para la siega, una escasez de novios para las muchachas—, esto era un detalle administrativo sin importancia. Lo que importaba era durar en el mando, no ser depuesto del trono. Todavia, tiempo después, algún espia herodiano recorreria la región sonsacando, preguntando por los niños, preguntando si alguien confiaba en un futuro rey, si tal vez, ahora mismo… Pero habia un vacio tranquilizador. El baño de sangre parecía haber borrado el peligro.
Esos son los Santos Inocentes, los mártires sin culpa. Pero—nos dice nuestro instinto respondón—también sin mérito. Tendemos a pensar que la bienaventuranza es sólo el pago debido a trabajos y sufrimientos conscientes y voluntarios, y que el niño pequeño todavía no es quién para la gloria. «Angelitos al cielo», decimos como fórmula hueca de consuelo, pero nos resistimos a pensar que allí sean, no cabecitas tontas con alas, no juegos inconscientes, sino personas enteras, que acaso gozarán de Dios mejor que muchos sabios y muchos grandes hombres. Pero ¿es que cuenta tanto la diferencia del crecer, si no es a los tristes efectos de ser más responsables de nuestras maldades? «El que no se haga semejante a uno de estos pequeñuelos no entrará en el reino de los cielos.» ¿Acaso hemos ido mucho más allá del niño en comprender a Dios, en saber por qué hacemos lo que hacemos en la vida? A veces es al contrario; hemos enredado, con nuestro orgullo de creer que sabemos explicarlo todo, la clara simplicidad del mundo que teníamos al llegar, donde todo era tan natural y tan enterizo, risa y miedo, cariño y horror, y el sentir que dependemos de algo, al fondo de la vida, nunca bien visible.
El niño tiene también su manera de gloria. San Pablo dice que hay diferencias entre la gloria de las almas como entre la luz de las estrellas: y acaso podemos entender que no sólo es que haya más o menos luz, sino que la luz es diversa, pura y quieta en alguna estrella pequeña: parpadeante y de colores en alguna estrella grande y agitada. El niño todavía está hecho, sin más, para la gloria, sin tener que curarse del arrastre vivido para brillar en luz: su gloria no tendrá ciertas profundidades—ciertos «gozos accidentales», diría la teología—del alma que llega de un largo viaje dolorido, pero será también gloria total, «de mayor». El niño crecerá para Dios en su madurez eterna. Y es que nuestros «méritos»—esa palabra que deberia hacernos ruborizar cada vez que la usamos—valen porque sirven para que Cristo nos dé los suyos. Como los jornaleros del Evangelio, acaso nos irrita pensar que lo que se nos dará tras de tanto peligro y esfuerzo, ya lo tienen unos niñitos que ni siquiera pudieron ser tentados y que apenas tuvieron tiempo de ser buenos y malos. Otra vez Cristo responde «Y a ti qué te importa? ¿No es acaso un enorme regalo el que os hago a todos, en cuanto no os negáis a ello? ¿Por qué no iban a tener los pequeños esa suerte? ¿Creéis que vais a tocar a menos? Tal vez os molesta ya la compañía de los niños en la tierra, porque os señala la vaciedad de lo que creéis vuestros «méritos» de mayores, y porque os desconciertan con sus grandes preguntas, que vosotros empequeñecéis y contestáis con una bobada superficial. Y os desazona pensar que la gloria no es simplemente un asunto de los de «personas mayores», como vuestros oficios, vuestras visitas y vuestras costumbres; que es algo tan arrollador y abierto que seguramente los niños, como en el campo, pueden estar más a gusto allí que vosotros, Pero así hay que hacerse todos: puros e infatigables, como niños jugando, para disfrutar del gran recreo definitivo.
Pero el niño—lo sabemos—, si no se le aplica la redención de Cristo, queda al margen, sin pena ni gloria; no hereda la condena adánica, pero tampoco se puede agarrar a la mano que abre la gloria. Es el caso del niño sin bautizar. Pero, así como hay un «bautismo de sangre», aun sin agua sacramental, para los hombres que reciban la muerte por amor de Dios, también lo puede haber para los niños. Ya sabemos que no hace falta que el niño crezca y diga su voluntad para ser llevado a la pila por el bautismo y entrar en la Iglesia de Cristo; así, tampoco hizo falta que crecieran para que el bautismo de muerte, recibido en ignorancia, les hiciera cristianos en el último momento. Asi entraron en tropel a la gloria para jugar, atónitos, con Dios.
Desde ellos, casi continuamente, de vez en cuando, la historia ha dado «inocentes al cielo». Cada vez que en el mundo hay una guerra o una matanza por las cosas de Dios, hay mártires inconscientes, involuntarios, que mueren revestidos, sin saberlo, de la sangre de Cristo. Basta que no estén enemistados con Dios: un bombardeo, un fusilamiento en masa, convierte en héroes de gloria incluso a quienes, preguntados uno por uno, tal vez se hubiesen acobardado. Tienen derecho al titulo de compañeros de Cristo en su martirio, a través de los siglos, y no se les negará sólo porque ellos no lo hayan pedido. Ocurre lo mismo con la patria: tan héroe es el que dió su sangre acudiendo a alistarse voluntario como el que fue quizá de mala gana, porque tocaba su turnno. Sus nombres no se distinguen en las listas y las lápidas.
Hay aquí un profundo y olvidado consuelo. La historia camina sobre mieses de cadáveres que nos parecerían muertos en vano, a ciegas, como animales en cataclismo; pero de entre tanta carnicería a veces se elevan ejércitos enteros de almas santas, transfiguradas súbitamente de su mediocridad y de su olvido por el sagrado azar de que les tocó caer por causa de Cristo, como una de las infinitas pavesas que brotan del largo incendio traído por la palabra de Dios.
«De la boca de los que no saben hablar sacaste tu alabanza», dice el profeta Jeremías anunciando la gloria evangélica de los niños. Y nosotros hemos de inclinarnos sobre la matanza de los Santos Inocentes para meditar cómo ahí está la mejor gloria que el hombre da a Dios muriendo: todos sus trabajos, todas sus reflexiones y sus convicciones quedan como diminuto añadido al lado de la gran entrega de la vida, ni siquiera pensada, simplemente porque se estaba en las manos de Dios y al morir se ha caído en ese gran abismo de luz que todo lo transfigura. No es preciso que nos alcance la muerte violenta por la causa divina para morir por Dios, para que nuestra muerte se una a la de Cristo, elevándonos de la miseria en que pasamos los días: nos basta ser obscuros siervos, preparados y fieles, y que nuestra vida esté echada siempre ante Él, para que nuestra muerte, por plácida que sea, ocurra «en acto de servicio» y transfigure nuestro pasado vivir como en renovado bautismo sangriento.
José María Valverde (mercaba.org)
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Otras fuentes en la red
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Recursos audiovisuales
Los Santos Inocentes, reflexión del evangelio del día por el Hno. Marcelo Caballero
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El martirio de los Santos Inocentes, fragmento de la película Jesús de Nazareth
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Los Santos Inocentes, por Encarni Llamas en DiócesisTV
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por Varios en Internet | CeF | 28 Dic, 2013 | Primera comunión Dinámicas
Con motivo de la Fiesta de la Sagrada Familia, os presentamos las siguientes láminas para que los niños de la familia coloreen el modelo de familia más bonito y ejemplar para todos los católicos.
Podéis obtener las imágenes en tamaño real pulsando directamente sobre cada imagen o sobre el título de la imagen.
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Colorea la Sagrada Familia
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por CeF | Fuentes varias | 26 Dic, 2013 | Postcomunión Vida de los Santos
Vamos a presenciar el nacimiento del martirio cristiano y el sepelio del mártir primero según lo refieren, con una divina simplicidad, los Hechos de los Apóstoles.
«Y en aquellos días suscitóse en Jerusalén una gran persecución. Y los discípulos todos, menos los apóstoles, se esparcieron y anduvieron huidos por toda la Judea y Samaria. Y unos varones religiosos enterraron a Estaban e hicieron sobre él un llanto muy grande»
(Act 8, 2).
Harto da a entender este pasaje de los Hechos de los Apóstoles que la primera agresión inopinada y brutal contra la iglesia de Jerusalén, medrosa y pequeñita, confiada en su propia inocencia y parvedad, como la que asegura aI polluelo debajo de la protección del ala materna, ocasionó en los adeptos de la fe nueva una impresión de terror y desconcierto. Aquella violencia súbita desencadenada contra la chica grey de almas seguras y pacíficas produjo una indecible sorpresa y un afán instintivo de huida. El diácono Esteban, glorificado más tarde como abanderado y caudillo del innumerable ejército de los mártires, no tuvo laureles ni coronas de triunfo, sino funerales, exequias y duelo muy amargo. Así acaeció en Jerusalén. En Roma, no muchos años más tarde, el holocausto de los cristianos que dió Nerón al pasto de las llamas parece haber dejado asimismo el recuerdo de una deserción espantosa. Y en Jerusalén, y en Roma, y en dondequiera, las primeras colisiones con el fuerte armado, los furores primeros que se abatieron sobre las comunidades cristianas en su infancia más tierna, sembraron entre los fieles congoja, y dolor, y desconcierto, y fuga.
Pero bien pronto la conciencia cristiana se recobró y reaccionó con energía. El repentino ímpetu no debiera haberles tomado de sorpresa si hubiesen recibido las enseñanzas del divino Maestro con corazón reflexivo. Él habíales anunciado estas pruebas duras con palabras tan llanas y tan claras, que el propio martirio (sinónimo de testimonio) les era prometido con su nombre propio:
«Os entregarán en tribunales y en sinagogas, os azotarán, y aun a príncipes y a reyes seréis llevados por causa de Mí, por testimonio a ellos y a los gentiles». Y, al mismo tiempo, el divino Maestro proclamaba bienaventurados a quienes tocara una suerte para el sentido carnal tan recia y tan poco apetecible:
«Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados seréis cuando os denostaren y os persiguieren y dijeren con mentira todo linaje de mal contra vosotros. Alegraos entonces y gozaos, porque vuestra ganancia copiosa es en los cielos; así fueron perseguidos los profetas que han sido antes de vosotros.»
Diríase que las ímbeles iglesias primitivas no atinaron a interpretar el obvio sentido de estos pasajes que aquel dulce y fuerte obispo típico que fue San Cipriano denominó Evangelium Christi unde martyres fiunt: el Evangelio de Cristo, poderosa forja de mártires. Solamente los apóstoles, admitidos más profundamente en la intimidad del pensamiento de Cristo, se mostraron iniciados y penetrados de la doctrina nueva. En Jerusalén, conducidos a la presencia del sanedrín y azotados, ibant gaudentes, andaban con una alegría ostensible, con una rabiosa extravasación de júbilo, porque habíaseles juzgado dignos de sufrir baldones por el nombre de Jesús.
Pero ya no es la vena profunda y callada del gozo fiel, ni es la miel secreta de los padecimientos por amor de Cristo, ni tampoco el entrañable y manso río de Espíritu Santo el que los inunda, sino que es como un vino violento y una embriaguez más que dionisíaca la que hace prorrumpir a San Pablo en expresiones inflamadas por la muerte y por la cruz. Los más grandes cantores del placer es fuerza que enmudezcan ante ese sublime orgiasta del dolor. Nada ni nadie podrán separar a Pablo de la caridad de Cristo: Ni la tribulación, ni la angustia, ni la persecución, ni la desnudez, ni el hambre, ni el peligro, ni la espada. Cristo es mi vida —dice— y la muerte me es una ganancia.
El dolor es el camino de los astros. Fue nuestro Aurelio Prudencio quien halló esta expresión feliz condensada en aforismo: Ad astra doloribus itur. Pero no; el martirio no es doloroso. La primitiva liturgia cristiana encontró para el martirio un nombre refrigerante, consolador: llamóle bautismo, es decir, inmersión en la propia sangre, cual deleitoso baño en un fresco hontanar del paraíso. El manantial perenne que brota del costado de Jesús sumerge al mártir en el refrigerio de sus aguas vivas. Y, aunque fuera doloroso el martirio, no es precisamente el mártir quien lo soporta. Por una divina suplantación es Cristo quien lo padece: Christus in martyre est. Nuestro acérrimo Prudencio expresó esta divina suplantación al cantar la pasión de un mártir español en versos de una arrogancia y de una entereza más que numantinas:
«En lo más profundo de mi ser hay otro; otro a quien nada ni nadie pueden dañar; hay otro ser, sereno, quieto, libre, íntegro, exento de toda suerte de padecimiento.»
Así, en el torrente raudo del himno prudenciano, hablaba al verdugo con una altivez y reciedumbre saguntinas, no lejos de los muros de Sagunto, el diácono Vicente, y mientras su cuerpo, trabazón de lodo, y sus miembros, urdimbre de venas tenues, saltaban en pedazos, su intacto espíritu se mantenía ileso debajo de las ruinas del alcázar inderrocable.
Pero demos ya paso y aclaremos en la vanguardia de quienes blanquearon sus estolas en la sangre del Cordero al primer coronado con la corona incorruptible:
lo, Triumphe!
«Y en aquellos días, como el número de los discípulos iba en aumento, murmuraban los helenistas contra los hebreos, porque sus viudas eran desatendidas en la distribución de la limosna cotidiana.»
En aquel tiempo y sazón denominábanse helenistas quienes, aun siendo judíos de raza, procedían de las colonias griegas del Asia Menor y de Egipto. Habíalos muchos avecindados en la Ciudad Santa, y debieron de oír el estampido del Espíritu y contemplar la lluvia de lenguas ígneas y escuchar el sermón candente brotado en los labios de Pedro. Los helenistas, primicias de la conversión, constituían en Jerusalén un núcleo tan numeroso como los judíos nativos.
«Entonces los Doce convocaron la multitud de los discípulos y les dijeron: No es razón que nosotros abandonemos el ministerio de la palabra y sirvamos en las mesas. Escoged, pues, entre vosotros siete varones de probidad acrisolada, llenos de Espíritu Santo y de sabiduría, y constituidlos en el servicio de la distribución del pan, y nosotros continuaremos en la oración y en el ministerio de la palabra.»
Tres mil cristianos en su primera redada cogió el pescador de Galilea, trocado en pescador de hombres. Los conversos de Pedro no eran solamente judíos de Jerusalén sino que los había procedentes de toda nación que está debajo del cielo. ¿Cómo iban a cejar los apóstoles en el apostolado de la palabra que tan opimos y tan tempranos frutos les rendía?
Plugo a los discípulos el consejo de Pedro.
«Eligieron a Esteban, varón lleno de fe y de Espíritu Santo, y también a Felipe, Prócer, Nicanor, Timón, Pármenas y Nicolás. prosélito éste de Antioquía.» Helenistas son todos ellos y helénicos son sus nombres. Presentados a los apóstoles, les consagraron diáconos por la imposición de las manos. Callaron las murmuraciones, y las viudas de los helenistas fueron atendidas equitativamente. Con estos animosos predicadores nuevos la palabra evangélica crecía y los cristianos se multiplicaban.
«Esteban, lleno de gracia y de fortaleza, obraba en el pueblo prodigios y milagros grandes.»
Lucas, el cronista de estos sensacionales acontecimientos, no especifica ninguno de esos carismas que acompañaban y robustecían la palabra de Esteban y hacían avasalladora su predicación. En son de protesta de tamañas novedades irguiéronse algunos miembros de la sinagoga de los libertos, secundados por algunos otros recalcitrantes, originarios de Cirene y de Alejandría, y otros aún, procedentes de Cilicia y de Asia. Estos libertos que iniciaron la contraofensiva debieron de ser descendientes de aquellos judíos que, sesenta y tres años antes de que el Verbo de Dios se hiciese carne y habitase entre los hombres, trajo cautivos a Roma Pompeyo, que con su presencia exasperó el judaísmo, mancilló Jerusalén y profanó el santo de los santos. Vendidos en Roma por esclavos y recobrada temprano o tarde su libertad, tornaron a Jerusalén. Trabados en disputa con Esteban, arrollábalos su sabiduría y la vehemencia del Espíritu que caldeaba su palabra, que, como en la boca de Elías, ardía y crepitaba cual una antorcha.
El texto del discurso con que Esteban cerró su fulgurante ministerio y motivó su bárbara lapidación, tal como nos lo da el autor de los Hechos, es uno de los más venerables monumentos de la literatura cristiana. Es la primera de las homilías. Más que una autodefensa es una didaché. El primicerio de los diáconos, como le llama San Agustín, de acusado se convierte en acusador, contundente como un martillo. Erizadas contra él, a guisa de jabalíes, estaban todas las sectas del judaísmo, y él, con la firmeza de su palabra, sostuvo, solo y señero, la causa de Jesús y el honor del Evangelio. Recias de oír eran las verdades que Esteban les lanzaba al rostro. Mientras hablaba, su rostro resplandecía con lumbre purpúrea de juventud, como el de un ángel. Sus primeras palabras saliéronle de la boca bañadas en miel: Favus distillans labia tua. Abstúvose de decirles algo así como progenie de vitoras, aun a pesar de que le olan con estridor de dientes y con las entrañas secas como el peñón del desierto antes que la vara de Moisés lo convirtiera en hontanar.
«¡Hermanos y padres mios, escuchad!» Con estas palabras, las más tiernas del vocabulario humano, les recuerda la comunidad de su origen; no es entre ellos Esteban un desconocido, no es un alienigena. Es de la raza de Abraham; es partícipe de las mismas promesas y de las mismas esperanzas. Y con amargura de su alma despliega ante los ojos de ellos, con precisión geográfica, con exactitud cronológica, la larga cadena de sus infidelidades…
El parlamento, que empezó con mansedumbre y unción de homilía, con tranquilidad de exposición objetiva, en llegando a su fin, estalla en ese valentísimo apóstrofe:
«¡Duros de cerviz; incircuncisos de corazón! Siempre habéis resistido al Espiritu Santo. Como vuestros padres fueron, habéis sido vosotros. ¿Qué profeta no persiguieron? Dieron muerte a quienes les anunciaban la venida del Justo, a quien vosotros ahora traicionasteis y crucificasteis; vosotros, sí, vosotros, que por ministerio de ángeles recibisteis la Ley y no la observasteis…»
Ese impávido apóstrofe de Esteban pone en revuelo a los judíos. Más que ningún otro les exaspera ese postrer agravio directísimo que para ellos es el más insoportable de todos: la desobediencia a la Ley. Estalla un alto griterio: los judíos se tapan los oídos, lastimados por la blasfemia, en embestida unánime se arrojan sobre él: le arrastran fuera; le lapidan. Saulo asiente a la fiera lapidación y guarda celosamente los vestidos de los lapidadores. Esteban hunde en el cielo los errantes ojos y dice: Veo la gloria de Dios y los cielos abiertos y al Hijo del hombre en pie a la diestra de Dios.
¡El Hijo del hombre en pie!
¿Por qué, preguntase San Ambrosio, Esteban vió a Jesús stantem, puesto en pie? Pónese Jesús en pie por contemplar el combate de su atleta aguerrido; levántase de su silla por ver la victoria del adalid, cuya victoria es su propia victoria; yérguese y se inclina a la tierra por estar más dispuesto a coronarle; el héroe combate y triunfa de rodillas; su fuerza es su oración y reza a modo de brindis:
«Señor Jesús, recibe mi espíritu». Y con voz más recia, añade: «No les imputes, Señor, este pecado».
Si Esteban no hubiese orado y Dios no le hubiese oído, Saulo no se trocara en Pablo ni la Iglesia tendría el Apóstol de las Gentes.
Lorenzo Riber
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San Esteban, protomártir
Se le llama «protomartir» porque tuvo el honor de ser el primer mártir que derramó su sangre por proclamar su fe en Jesucristo.
Después de Pentecostés, los apóstoles dirigieron el anuncio del mensaje cristiano a los más cercanos, a los hebreos, despertando el conflicto por parte de las autoridades religiosas del judaísmo.
Como Cristo, los apóstoles fueron inmediatamente víctimas de la humillación, los azotes y la cárcel, pero tan pronto quedaban libres, continuaban la predicación del Evangelio. La primera comunidad cristiana, para vivir integralmente el precepto de la caridad fraterna, puso todo en común, repartían todos los días cuanto bastaba para el sustento. Cuando la comunidad creció, los apóstoles confiaron el servicio de la asistencia diaria a siete ministros de la caridad, llamados diáconos.
Entre éstos sobresalía el joven Esteban, quien, a más de desempeñar las funciones de administrador de los bienes comunes, no renunciaba a anunciar la buena noticia, y lo hizo con tanto celo y con tanto éxito que los judíos «se echaron sobre él, lo prendieron y lo llevaron al Sanedrín. Después presentaron testigos falsos, que dijeron: Este hombre no cesa de proferir palabras contra el lugar santo y contra la Ley; pues lo hemos oído decir que este Jesús, el Nazareno, destruirá este lugar y cambiará las costumbres que nos transmitió Moisés».
Esteban, como se lee en el capítulo 7 de Los Hechos de los apóstoles, «lleno de gracia y de fortaleza», se sirvió de su autodefensa para iluminar las mentes de sus adversarios. Primero resumió la historia hebrea desde Abrahán haste Salomón, luego afirmó que no había blasfemado contra Dios ni contra Moisés, ni contra la Ley o el templo. Demostró, efectivamente, que Dios se revela aun fuera del templo, e iba a exponer la doctrina universal de Jesús como última manifestación de Dios, pero sus adversarios no lo dejaron continuar el discurso, porque «lanzando grandes gritos se taparon los oídos…y echándolo fuera de la ciudad, se pusieron a apedrearlo».
Doblando las rodillas bajo la lluvia de piedras, el primer mártir cristiano repitió las mismas palabras de perdón que Cristo pronunció en la cruz: «Señor, no les imputes este pecado». En el año 415 el descubrimiento de sus reliquias suscitó gran conmación en el mundo cristiano.
Cuando parte de estas reliquias fueron llevadas más tarde por Pablo Orosio a la isla de Menorca, fue tal el entusiasmo de los isleños que, ignorando la lección de caridad del primer mártir, pasaron a espada a los hebreos que se encontraban allí. La fiesta del primer mártir siempre fue celebrada inmediatamente después de la festividad navideña, es decir, entre los comites Christi, los más cercanos a la manifestación del Hijo de Dios, porque fueron los primeros en dar testimonio de él.
P. Ángel Amo.
Fuente: Los dos artículos en mercaba.org
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Otras fuentes en la red
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Recursos audiovisuales
San Esteban en «Un nombre, un santo»
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San Esteban, el primer mártir cristiano, película realizada por el Club de Exploradores de la IASD
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San Esteban, el primer mártir de la Iglesia, Lectio Divina
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El martirio de san Esteban, fragmento de la película Los Hechos de los Apóstoles
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San Esteban, primer mártir, por Encarni Llamas en DiócesisTV
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