Evangelio del día: Yo soy la vid y mi Padre el viñador

Evangelio del día: Yo soy la vid y mi Padre el viñador

Juan 15, 1-8. Miércoles de la 5.ª semana del Tiempo de Pascua. La vida del alma es encuentro con Cristo, Rostro concreto de Dios: es oración silenciosa y perseverante, es vida sacramental, es Evangelio meditado, es acompañamiento espiritual, es pertenencia cordial a la Iglesia, a vuestras comunidades eclesiales

«Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. El corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía. Ustedes ya están limpios por la palabra que yo les anuncié. Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer. Pero el que no permanece en mí, es como el sarmiento que se tira y se seca; después se recoge, se arroja al fuego y arde. Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán. La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Libro de los Hechos de los Apóstoles, Hch 15, 1-6

Salmo: Sal 122(121), 1-5

Oración introductoria

Padre, mi gran y buen viñador. Que esta oración me ayude a descubrir todo lo que tenga que «podar» en mi vida, para poder unirme plenamente a tu amada vid, Cristo, que me da la gracia para vivir en plenitud, como discípulo y misionero de su amor.

Petición

Señor, dame la gracia de ser un sarmiento que viva siempre unido a Ti, para poder dar fruto.

Meditación del Santo Padre emérito Benedicto XVI

Queridos amigos, os invito a cultivar la vida espiritual. Jesús dijo: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5). Jesús no hace juegos de palabras; es claro y directo. Todos le entienden y toman posición. La vida del alma es encuentro con él, Rostro concreto de Dios. Es oración silenciosa y perseverante, es vida sacramental, es Evangelio meditado, es acompañamiento espiritual, es pertenencia cordial a la Iglesia, a vuestras comunidades eclesiales.

Pero ¿cómo se puede amar, entrar en amistad con alguien a quien no se conoce? El conocimiento impulsa al amor y el amor estimula el conocimiento. Así sucede también con Cristo. Para encontrar el amor con Cristo, para encontrarlo realmente como compañero de nuestra vida, ante todo debemos conocerlo. Como los dos discípulos que lo siguen después de escuchar las palabras del Bautista y le dicen tímidamente: «Rabbí, ¿dónde vives?» (Jn 1, 38), quieren conocerlo de cerca.

Es el mismo Jesús quien, hablando con los discípulos, distingue: «¿Quién dice la gente que soy yo?» (cf. Mt 16, 13), refiriéndose a los que lo conocen de lejos, por decirlo así «de segunda mano». «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?», refiriéndose a los que lo conocen «de primera mano», habiendo vivido con él, habiendo entrado realmente en su vida personalísima hasta convertirse en testigos de su oración, de su diálogo con el Padre.

Así, es importante que tampoco nosotros nos limitemos a la superficialidad de tantos que escucharon algo acerca de él: que era una gran personalidad, etc…, sino que entremos en una relación personal para conocerlo realmente. Y esto exige el conocimiento de la Escritura, sobre todo de los Evangelios, donde el Señor habla con nosotros. Estas palabras no siempre son fáciles, pero entrando en ellas, entrando en diálogo, llamando a la puerta de las palabras, diciendo al Señor: «Ábreme», encontramos realmente palabras de vida eterna, palabras vivas para hoy, tan actuales como lo fueron en aquel momento y como lo serán en el futuro.

Santo Padre emérito Benedicto XVI

Discurso del domingo, 18 de mayo de 2008

Propósito

Confirmamos día tras día en cada actividad de nuestra vida, el amor a Cristo y a su Iglesia.

Diálogo con Cristo

La Palabra de Dios es la verdad. «Pidan lo que quieran y se les concederá». Señor, ¿por qué conociendo tu Palabra no la hago vida? ¿Por qué mi meditación frecuentemente no es auténtica oración? Sin Ti, mi vida es incompleta, sin Ti, la vida no tiene un sentido pleno, sin Ti, no puedo dar fruto, por eso hoy te pido tu gracia para que mi oración me lleve a compartir con los demás la alegría de haberte encontrado.

*  *  *

Evangelio en Catholic.net

Evangelio en Evangelio del día

Evangelio del día: Orden de Predicadores

Itinerario de catequesis: Jesús, Camino al Padre

Itinerario de catequesis: Jesús, Camino al Padre

Itinerario catequético de Primera Comunión sobre Juan 14



Introducción

El capítulo 14 del evangelio de san Juan es uno de los textos más densos y decisivos de toda la Revelación cristiana, porque en él Jesucristo, en el contexto de la Última Cena, abre su corazón a los discípulos y les revela el sentido profundo de su partida: no se trata de un abandono, sino de un paso necesario para llevarlos al Padre y hacer posible una presencia nueva, más interior y más profunda. En este discurso, el Señor no solo consuela, sino que introduce a los suyos en el misterio mismo de Dios: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, unidos en una comunión que quiere habitar en el corazón del hombre.

Para la catequesis de Primera Comunión, este texto es clave porque permite comprender que la fe no es una idea, sino una relación viva con Jesucristo, que conduce al Padre y se realiza plenamente en la Eucaristía. El niño no recibe solo “algo”, sino a Alguien que le introduce en la vida misma de Dios. Por eso, este itinerario no pretende únicamente explicar, sino hacer experimentar progresivamente confianza, seguimiento, presencia, amor y paz, que son los movimientos interiores que recorren todo el capítulo.


Objetivos

Objetivo general: introducir al niño en el conocimiento y la experiencia de Jesucristo como Camino al Padre, presente en la Eucaristía y actuante en su interior por el Espíritu Santo.

Objetivos específicos:

– Comprender que Jesús no abandona, sino que conduce al Padre.
– Reconocer a Cristo como el único Camino, Verdad y Vida.
– Descubrir la presencia real de Dios en el alma por la gracia.
– Identificar la acción del Espíritu Santo como ayuda interior.
– Experimentar la paz que viene de la unión con Cristo.


Presentación del contenido

El capítulo 14 de san Juan recoge las palabras de Jesús en un momento decisivo: la víspera de su Pasión. Los discípulos perciben la inminencia de la separación y se llenan de inquietud, pero Cristo responde con una enseñanza que va mucho más allá del consuelo humano: revela que su marcha es necesaria para preparar un lugar en la casa del Padre y para abrir el acceso a una comunión definitiva con Dios. En este contexto, Jesús se presenta como el único camino hacia el Padre, no como una guía externa, sino como la mediación viva y personal que hace posible el encuentro con Dios.

El discurso avanza mostrando que esta relación no se queda en lo exterior: quien ama a Cristo guarda su palabra, y en esa fidelidad se produce un acontecimiento decisivo: Dios mismo viene a habitar en el alma. Esta inhabitación divina, sostenida por el Espíritu Santo, transforma la vida del creyente desde dentro, permitiéndole vivir en comunión con Dios. Finalmente, Jesús ofrece su paz, una paz distinta de la del mundo, que no elimina las dificultades, pero las atraviesa desde la confianza en el Padre.


Texto completo (Juan 14, CEE)

«No se turbe vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí…1No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. 2En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. 3Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. 4Y adonde yo voy, ya sabéis el camino». 5Tomás le dice: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». 6Jesús le responde: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. 7Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto». 8Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». 9Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? 10¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. 11Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras.12En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre. 13Y lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. 14Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré. 15Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. 16Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, 17el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros. 18No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. 19Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. 20Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. 21El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él». 22Le dijo Judas, no el Iscariote: «Señor, ¿qué ha sucedido para que te reveles a nosotros y no al mundo?». 23Respondió Jesús y le dijo: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. 24El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. 25Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, 26pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho. 27La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde. 28Me habéis oído decir: “Me voy y vuelvo a vuestro lado”. Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es mayor que yo. 29Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis. 30Ya no hablaré mucho con vosotros, pues se acerca el príncipe de este mundo; no es que él tenga poder sobre mí, 31pero es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que, como el Padre me ha ordenado, así actúo.


Fundamentación teológica y magisterial

Jesucristo como plenitud de la revelación del Padre no es una afirmación abstracta, sino el centro de la fe cristiana: en Él, Dios se da a conocer plenamente y se hace accesible al hombre. El Concilio Vaticano II afirma que Cristo, «ver al cual es ver al Padre», completa la revelación con su presencia, sus palabras y su entrega (Dei Verbum, 4). Esto ilumina directamente la afirmación de Jn 14,9, donde Jesús declara que quien lo ve a Él ha visto al Padre, mostrando que la fe cristiana no consiste en buscar a Dios a ciegas, sino en reconocerlo en la persona concreta de Jesucristo.

Esta revelación tiene una finalidad: introducir al hombre en la comunión con Dios. No se trata solo de conocer, sino de participar en la vida divina. Por eso, Jesús no se limita a enseñar el camino, sino que Él mismo es el Camino (Jn 14,6). San Agustín lo expresa con claridad al afirmar que no se nos pide encontrar el camino por nosotros mismos, sino acoger al Camino que viene a nosotros (San Agustín, citado en tradición patrística). Esta dimensión es esencial en catequesis: el niño no “inventa” su relación con Dios, sino que responde a una iniciativa divina.

La promesa del Espíritu Santo, el Paráclito, introduce la dimensión interior de la vida cristiana. Jesús anuncia que el Espíritu enseñará y recordará sus palabras (Jn 14,26), lo cual ha sido desarrollado por el Magisterio como la acción permanente de Dios en la Iglesia y en el corazón del creyente. Benedicto XVI señala que sin el Espíritu de la verdad no es posible comprender plenamente las palabras de Cristo (Verbum Domini, 16), subrayando que la fe no es solo comprensión intelectual, sino iluminación interior.

Esta acción del Espíritu conduce a un misterio central: la inhabitación divina. «Vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14,23) expresa una verdad que la Iglesia ha transmitido constantemente: Dios no quiere permanecer distante, sino vivir en el hombre. Como recuerda Lumen gentium, el Espíritu Santo habita en el corazón de los fieles como en un templo, haciendo de su vida una participación real en la vida trinitaria. Esta afirmación tiene una importancia decisiva para la Primera Comunión, porque permite comprender que la gracia no es simbólica, sino transformadora.

Finalmente, la paz que Cristo ofrece no es una simple tranquilidad emocional, sino el fruto de la unión con Dios. «La paz os dejo, mi paz os doy» (Jn 14,27) expresa una realidad que supera las circunstancias externas: es la seguridad de estar en manos del Padre. San Juan Pablo II explica que el Espíritu introduce al creyente en la verdad plena de la Revelación, lo cual implica también una estabilidad interior que no depende del mundo, sino de Dios. Esta paz es el signo de una vida unificada en Cristo.


Planteamiento catequético

Este itinerario no se plantea como una simple explicación del texto, sino como un recorrido interior que el niño debe experimentar progresivamente. Para ello, se estructura en torno a cinco movimientos que corresponden al desarrollo del capítulo:

– Del miedo a la confianza.
– De la duda al camino.
– De la ausencia a la presencia.
– De lo exterior a lo interior (Dios habita en el alma).
– De la inquietud a la paz.

Cada uno de estos movimientos se trabaja mediante imágenes catequéticas que no son decorativas, sino narrativas, y que permiten al niño descubrir el sentido del texto antes de recibir la explicación. El catequista no debe adelantarse, sino conducir mediante preguntas y acompañar el descubrimiento, de modo que la verdad no se imponga desde fuera, sino que sea reconocida desde dentro.


Aplicación a la Primera Comunión

La Primera Comunión es el lugar donde este texto se hace vida. Jesús no solo dice que es el Camino, sino que se da como alimento para acompañar ese camino; no solo promete la presencia de Dios, sino que la realiza sacramentalmente; no solo habla de la paz, sino que la comunica al alma que lo recibe. Por eso, este itinerario no puede quedarse en una preparación intelectual, sino que debe conducir a una experiencia concreta: el niño debe comprender que al comulgar, Jesús viene realmente a él y hace de su corazón una morada.

Desde esta perspectiva, la catequesis debe ayudar a que el niño descubra que la Comunión no es un momento aislado, sino el inicio de una vida en Cristo: una vida en la que se aprende a confiar, a seguir, a amar y a vivir en paz. Este es el verdadero fruto del capítulo 14 y el objetivo último de todo el itinerario.


Itinerario catequético a través de las imágenes

Duración orientativa: 60–75 minutos. Esta parte no consiste en “explicar imágenes”, sino en hacer que el niño entre en el Evangelio a través de ellas. Las imágenes son narrativas: no ilustran, sino que conducen.


Orientación general

El catequista debe situar a los niños en el contexto del texto: Jesús está hablando a sus discípulos en un momento muy importante, porque se va a ir. Ellos tienen miedo, no entienden, están confundidos. Lo que Jesús dice aquí no es teoría: es una respuesta a ese miedo.

Clave pedagógica: primero mirar, luego descubrir, después iluminar. No invertir el orden.

(Catequista): “Hoy no vamos a estudiar una historia… vamos a entrar en ella. Vamos a mirar, a pensar y a descubrir qué nos dice Jesús a nosotros.”

↩ Volver al índice


Imagen 1 — Jn 14, 1–12 · Jesús es el Camino

Explicación viñeta a viñeta:

Primera escena: los discípulos aparecen inquietos. Sus rostros muestran duda. Jesús se acerca.
(Catequista): “¿Qué les pasa a estos hombres? ¿Están tranquilos o preocupados?”

Segunda escena: Jesús habla con serenidad. “No se turbe vuestro corazón”.
(Catequista): “¿Qué hace Jesús cuando ve que tienen miedo?”

Escena central: Jesús camina delante, el camino se abre hacia la casa del Padre.
(Catequista): “¿Quién va delante? ¿Quién sabe el camino?”

Escena de Tomás: pregunta porque no entiende.
(Catequista): “¿Te ha pasado alguna vez no entender algo de Dios?”

Respuesta de Jesús: “Yo soy el camino”.
(Catequista): “No dice ‘yo os enseño el camino’… ¿qué dice?”

Guía de descubrimiento: el niño debe llegar a comprender que Jesús no solo guía, sino que es el camino mismo. No seguimos ideas, seguimos a una Persona.

Conclusión: Jesús no deja solos a los discípulos, sino que les muestra que con Él siempre hay camino, aunque no se vea.

Objetivo principal: descubrir que con Jesús nunca estamos perdidos.

Errores a evitar:

– Explicar antes de preguntar.
– Reducir el mensaje a “portarse bien”.
– No conectar con la experiencia real del miedo.

↩ Volver al índice


Imagen 2 — Jn 14, 13–20 · No os dejaré solos

Explicación viñeta a viñeta:

Escena inicial: Jesús habla con los discípulos con cercanía.
(Catequista): “¿Está Jesús lejos o cerca?”

Promesa: “Si me amáis…”
(Catequista): “¿Cómo se demuestra el amor a Jesús?”

Paráclito: aparece como luz suave, no visible plenamente.
(Catequista): “¿Vemos siempre a Dios? ¿O a veces sabemos que está aunque no lo veamos?”

Momento clave: “No os dejaré huérfanos”.
(Catequista): “¿Qué es un huérfano? ¿Qué promete Jesús?”

Escena final: los discípulos empiezan a estar más tranquilos.
(Catequista): “¿Qué cambia en ellos?”

Guía de descubrimiento: Jesús no desaparece, cambia su forma de estar. Esta es una idea clave que hay que dejar muy clara.

Conclusión: aunque no veamos a Jesús, Él está con nosotros.

Objetivo principal: experimentar que Jesús nunca abandona.

Errores a evitar:

– Representar el Espíritu como algo mágico o espectacular.
– Reducirlo a emoción (“sentir a Dios”).
– No explicar la diferencia entre ver y creer.

↩ Volver al índice


Imagen 3 — Jn 14, 21–26 · Dios vive en nosotros

Explicación viñeta a viñeta:

Escena central: un niño o discípulo con luz en el interior.
(Catequista): “¿Dónde está la luz? ¿Fuera o dentro?”

Escenas de enseñanza: Jesús habla a los discípulos.
(Catequista): “¿Qué hace el que ama a Jesús?”

Texto clave: “Haremos morada en él”.
(Catequista): “¿Qué significa que Dios vive en ti?”

Escena del Espíritu: enseñanza interior.
(Catequista): “¿Quién nos ayuda a entender a Jesús por dentro?”

Guía de descubrimiento: el niño debe captar que Dios no está solo en el cielo: quiere vivir en su corazón.

Conclusión: amar a Jesús abre el corazón a la presencia de Dios.

Objetivo principal: descubrir que Dios puede habitar en el alma.

Errores a evitar:

– Convertirlo en metáfora (“como si…”).
– No conectar con la Comunión.
– Explicarlo sin interioridad.

↩ Volver al índice


Imagen 4 — Jn 14, 27–31a · La paz de Jesús

Explicación viñeta a viñeta:

Escena central: Jesús en calma con los discípulos.
(Catequista): “¿Cómo es la cara de Jesús?”

Contraste: escenas de inquietud frente a serenidad.
(Catequista): “¿Dónde hay más ruido? ¿Dónde hay más paz?”

Texto clave: “La paz os doy”.
(Catequista): “¿Es igual esta paz que la de cuando todo va bien?”

Guía de descubrimiento: la paz de Jesús no depende de lo que pasa fuera, sino de la unión con Él.

Conclusión: con Jesús el corazón puede estar en paz incluso en dificultades.

Objetivo principal: reconocer la paz que viene de Cristo.

Errores a evitar:

– Reducir la paz a “estar tranquilo”.
– Evitar hablar del sufrimiento.
– No hacer contraste real con el mundo.

↩ Volver al índice


Imagen 5 — Síntesis final · Jesús vence y nos lleva al Padre

Explicación viñeta a viñeta:

Escena central: Jesús con los discípulos en comunidad.
(Catequista): “¿Están solos o juntos?”

Escena de conflicto: mundo agitado.
(Catequista): “¿Cómo es el mundo sin Dios?”

Escena de victoria: luz, esperanza.
(Catequista): “¿Quién vence?”

Guía de descubrimiento: Jesús no evita la dificultad, pero la vence. El camino termina en la vida.

Conclusión: seguir a Jesús conduce al Padre y da la vida verdadera.

Objetivo principal: comprender el sentido completo del camino cristiano.

Errores a evitar:

– Hacer una síntesis superficial.
– No conectar las cuatro imágenes anteriores.
– Presentar una fe sin lucha.

↩ Volver al índice



Actividades catequéticas

Duración orientativa total: 75–90 minutos. Las actividades no son añadidos, sino el lugar donde el niño interioriza lo que ha visto en las imágenes.


Actividad 1 · Personal — “Jesús es mi camino”

Duración: 15–20 minutos

Materiales: hoja, lápices de colores, rotuladores

Objetivo: que el niño identifique en su propia vida situaciones de inseguridad y descubra que Jesús puede guiarle.

Desarrollo: el catequista invita a los niños a pensar en momentos en los que no saben qué hacer (discusión, miedo, decisión, tristeza). A continuación, cada niño dibuja un “camino” que empieza en una situación difícil y termina con Jesús delante guiando.

(Catequista, microguion): “Todos alguna vez no sabemos qué hacer… ¿te ha pasado? Piensa en un momento así. Ahora dibuja ese momento… y después dibuja a Jesús delante de ti. No te empuja… te guía.”

Errores a evitar:

– Convertirlo en dibujo libre sin sentido.
– No ayudar al niño a concretar una situación real.
– Reducir la actividad a entretenimiento.

Conclusión: el catequista recoge: “Jesús no solo enseña… va delante de ti.”

Resultado esperable: el niño empieza a relacionar su vida concreta con la presencia de Cristo.


Actividad 2 · Grupal — “No estamos solos”

Duración: 20–25 minutos

Materiales: cuerda larga o lana, tarjetas

Objetivo: experimentar físicamente la idea de que Jesús permanece unido a nosotros.

Desarrollo: los niños forman un círculo y se pasan una cuerda, quedando todos conectados. El catequista suelta un momento la cuerda y muestra cómo se rompe la unidad, luego la vuelve a unir explicando que Jesús no rompe nunca ese vínculo.

(Catequista, microguion):
“Imagina que cada uno de vosotros es un discípulo… ¿qué pasa si soltamos?”
(Se suelta la cuerda)
“¿Cómo queda el grupo?”
(Pausa)
“Jesús ha dicho: ‘No os dejaré solos’. Eso significa que esta unión no se rompe… aunque no lo veamos.”

Errores a evitar:

– Convertirlo en juego sin explicación.
– No hacer silencio para interiorizar.
– No conectar con el Espíritu Santo.

Conclusión: “Jesús está con nosotros aunque no lo veamos.”

Resultado esperable: el niño comprende la presencia invisible de Cristo.


Actividad 3 · Familiar — “Dios vive en casa”

Duración en sesión: 10 minutos (explicación)
Aplicación en casa: 1 día completo

Materiales: tarjeta o hoja para llevar

Objetivo: trasladar la inhabitación de Dios al ámbito familiar.

Desarrollo: el niño se lleva una consigna: durante un día debe recordar en casa que “Dios vive en mí” y realizar un gesto concreto (obedecer, ayudar, rezar) desde esa conciencia.

(Catequista, microguion):
“Hoy te llevas una misión importante… durante un día vas a vivir como si Jesús estuviera dentro de ti… porque lo está. Cuando estés en casa, antes de hacer algo, piensa: ‘¿Jesús haría esto?’”

Errores a evitar:

– Dar una consigna genérica.
– No explicarlo a los padres.
– No revisarlo en la siguiente sesión.

Conclusión: “Dios no está lejos: vive contigo.”

Resultado esperable: inicio de conciencia de vida interior.


Actividad 4 · Social — “Llevar la paz de Jesús”

Duración: 15–20 minutos

Materiales: ninguno

Objetivo: aplicar la paz de Cristo a las relaciones cotidianas.

Desarrollo: se presentan situaciones reales (pelea, enfado, exclusión). Los niños proponen cómo actuar con la paz de Jesús.

(Catequista, microguion):
“Si alguien te molesta… ¿qué hace el mundo? ¿Y qué haría Jesús?”
(Pausa)
“La paz de Jesús no es quedarse quieto… es responder bien.”

Errores a evitar:

– Moralizar (“hay que portarse bien”).
– No poner ejemplos reales.
– No dejar que los niños respondan.

Conclusión: “La paz de Jesús se lleva a los demás.”

Resultado esperable: paso de interioridad a acción.

↩ Volver al índice


Orientaciones finales

Para catequistas: no expliquéis todo; acompañad el descubrimiento. La clave no es decir mucho, sino decir lo justo en el momento adecuado.

Para padres: reforzad en casa la idea de que Dios vive en el niño. No como frase, sino como experiencia diaria.

Para niños: Jesús no está lejos. Está contigo, te guía y quiere vivir en tu corazón.

↩ Volver al índice


Oraciones

Señor Jesús, te alabamos porque eres el Camino que nos lleva al Padre y nunca nos dejas perdidos; te damos gracias porque caminas delante de nosotros incluso cuando no entendemos y sentimos miedo; guíanos siempre con tu luz, sostén nuestro corazón en las dificultades y llévanos contigo a la casa del Padre. Amén.

Señor Jesús, te bendecimos porque no nos dejas solos y permaneces con nosotros de un modo invisible pero verdadero; te damos gracias porque vienes a habitar en nuestro corazón y nos enseñas por dentro con tu Espíritu; quédate siempre con nosotros, fortalece nuestra fe cuando no te vemos y haz de nuestra vida un lugar donde tú puedas vivir. Amén.

Señor Jesús, te alabamos porque nos das una paz que el mundo no puede dar y que nace de estar unidos a ti; te damos gracias porque en medio de las dificultades sostienes nuestro corazón y nos haces confiar en el Padre; regálanos tu paz, protégenos en los momentos de inquietud y ayúdanos a vivir siempre confiados en tu amor. Amén.

↩ Volver al índice


Aplicación familiar

Durante la semana, la familia dedicará un momento breve al día para recordar: “Jesús vive en nosotros”. Puede hacerse antes de cenar o al acostarse, con una frase sencilla y un gesto de silencio.

 


Conclusión

Este itinerario no termina en la sesión, sino en la vida. El niño ha recorrido un camino: del miedo a la confianza, de la duda a la fe, de la soledad a la presencia, de la inquietud a la paz. Todo ello encuentra su cumplimiento en la Eucaristía, donde Cristo se da realmente y hace de la vida del niño un lugar de encuentro con Dios.

↩ Volver al índice


Evangelio del día: Una entrevista al Cristo de los caminos

Evangelio del día: Una entrevista al Cristo de los caminos

Juan 14, 1-12. Quinto Domingo del Tiempo de Pascua. El compromiso de anunciar a Jesucristo, «el camino, la verdad y la vida», constituye la tarea principal de la Iglesia.

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. Ya conocen el camino del lugar adonde voy». Tomás le dijo: «Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?». Jesús le respondió: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto». Felipe le dijo: «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta». Jesús le respondió: «Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen?. El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Como dices: «Muéstranos al Padre»? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras. Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Libro de los Hechos de los Apóstoles, Hch 6, 1-7

Salmo: Sal 33(32), 1-2.4-5.18-19

Segunda lectura: Epístola I de San Pedro, 1 Pe 2, 4-9

Oración introductoria

Ven, Espíritu Santo, inspira este momento de oración, para descubrir o confirmar el camino, la verdad y el estilo de vida que me propone Cristo Resucitado y pueda vivir así, en plenitud, la voluntad de Dios.

Petición

Concédeme, Padre Bueno, vivir ese amor unitivo con Cristo, que Tú concedes a quienes te lo piden.

Meditación del Santo Padre Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas:

El Evangelio de este quinto domingo de Pascua propone un doble mandamiento sobre la fe: creer en Dios y creer en Jesús. En efecto, el Señor dice a sus discípulos: «Creed en Dios y creed también en mí» (Jn 14, 1). No son dos actos separados, sino un único acto de fe, la plena adhesión a la salvación llevada a cabo por Dios Padre mediante su Hijo unigénito. El Nuevo Testamento puso fin a la invisibilidad del Padre. Dios mostró su rostro, como confirma la respuesta de Jesús al apóstol Felipe: «Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14, 9). El Hijo de Dios, con su encarnación, muerte y resurrección, nos libró de la esclavitud del pecado para darnos la libertad de los hijos de Dios, y nos dio a conocer el rostro de Dios, que es amor: Dios se puede ver, es visible en Cristo. Santa Teresa de Ávila escribe que no hay que «apartarse de industria de todo nuestro bien y remedio, que es la sacratísima humanidad de nuestro Señor Jesucristo» (Castillo interior, 7, 6: Obras Completas, EDE, Madrid 1984, p. 947). Por tanto sólo creyendo en Cristo, permaneciendo unidos a él, los discípulos, entre quienes estamos también nosotros, pueden continuar su acción permanente en la historia: «En verdad, en verdad os digo —dice el Señor—: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago» (Jn 14, 12).

La fe en Jesús conlleva seguirlo cada día, en las sencillas acciones que componen nuestra jornada. «Es propio del misterio de Dios actuar de manera discreta. Sólo poco a poco va construyendo su historia en la gran historia de la humanidad. Se hace hombre, pero de tal modo que puede ser ignorado por sus contemporáneos, por las fuerzas de renombre en la historia. Padece y muere y, como Resucitado, quiere llegar a la humanidad solamente mediante la fe de los suyos, a los que se manifiesta. No cesa de llamar con suavidad a las puertas de nuestro corazón y, si le abrimos, nos hace lentamente capaces de «ver»» (Jesús de Nazaret II, Madrid 2011, p. 321). San Agustín afirma que «era necesario que Jesús dijese: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6), porque una vez conocido el camino faltaba por conocer la meta» (Tractatus in Ioh., 69, 2: ccl 36, 500), y la meta es el Padre. Para los cristianos, para cada uno de nosotros, por tanto, el camino al Padre es dejarse guiar por Jesús, por su palabra de Verdad, y acoger el don de su Vida. Hagamos nuestra la invitación de san Buenaventura: «Abre, por tanto, los ojos, tiende el oído espiritual, abre tus labios y dispón tu corazón, para que en todas las criaturas puedas ver, escuchar, alabar, amar, venerar, glorificar y honrar a tu Dios» (Itinerarium mentis in Deum, I, 15).

Queridos amigos, el compromiso de anunciar a Jesucristo, «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6), constituye la tarea principal de la Iglesia. Invoquemos a la Virgen María para que asista siempre a los pastores y a cuantos en los diversos ministerios anuncian el alegre mensaje de salvación, para que la Palabra de Dios se difunda y el número de los discípulos se multiplique (cf. Hch 6, 7).

Santo Padre Benedicto XVI

Regina Caeli del domingo, 22 de mayo de 2011

Catecismo de la Iglesia Católica, CEC

I. La Iglesia, Pueblo de Dios

781 «En todo tiempo y lugar ha sido grato a Dios el que le teme y practica la justicia. Sin embargo, quiso santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados, sin conexión entre sí, sino hacer de ellos un pueblo para que le conociera de verdad y le sirviera con una vida santa. Eligió, pues, a Israel para pueblo suyo, hizo una alianza con él y lo fue educando poco a poco. Le fue revelando su persona y su plan a lo largo de su historia y lo fue santificando. Todo esto, sin embargo, sucedió como preparación y figura de su alianza nueva y perfecta que iba a realizar en Cristo […], es decir, el Nuevo Testamento en su sangre, convocando a las gentes de entre los judíos y los gentiles para que se unieran, no según la carne, sino en el Espíritu» (LG 9).

Las características del Pueblo de Dios

782 El Pueblo de Dios tiene características que le distinguen claramente de todos los grupos religiosos, étnicos, políticos o culturales de la historia:

— Es el Pueblo de Dios: Dios no pertenece en propiedad a ningún pueblo. Pero Él ha adquirido para sí un pueblo de aquellos que antes no eran un pueblo: «una raza elegida, un sacerdocio real, una nación santa» (1 P 2, 9).

— Se llega a ser miembro de este cuerpo no por el nacimiento físico, sino por el «nacimiento de arriba», «del agua y del Espíritu» (Jn 3, 3-5), es decir, por la fe en Cristo y el Bautismo.

— Este pueblo tiene por Cabeza a Jesús el Cristo [Ungido, Mesías]: porque la misma Unción, el Espíritu Santo fluye desde la Cabeza al Cuerpo, es «el Pueblo mesiánico».

— «La identidad de este Pueblo, es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo» (LG 9).

— «Su ley, es el mandamiento nuevo: amar como el mismo Cristo mismo nos amó (cf. Jn 13, 34)». Esta es la ley «nueva» del Espíritu Santo (Rm 8,2; Ga 5, 25).

— Su misión es ser la sal de la tierra y la luz del mundo (cf. Mt 5, 13-16). «Es un germen muy seguro de unidad, de esperanza y de salvación para todo el género humano» (LG 9.

— «Su destino es el Reino de Dios, que él mismo comenzó en este mundo, que ha de ser extendido hasta que él mismo lo lleve también a su perfección» (LG 9).

Un pueblo sacerdotal, profético y real

783 Jesucristo es Aquél a quien el Padre ha ungido con el Espíritu Santo y lo ha constituido «Sacerdote, Profeta y Rey». Todo el Pueblo de Dios participa de estas tres funciones de Cristo y tiene las responsabilidades de misión y de servicio que se derivan de ellas (cf .RH1821).

784 Al entrar en el Pueblo de Dios por la fe y el Bautismo se participa en la vocación única de este Pueblo: en su vocación sacerdotal: «Cristo el Señor, Pontífice tomado de entre los hombres, ha hecho del nuevo pueblo «un reino de sacerdotes para Dios, su Padre». Los bautizados, en efecto, por el nuevo nacimiento y por la unción del Espíritu Santo, quedan consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo» (LG 10).

785 «El pueblo santo de Dios participa también del carácter profético de Cristo». Lo es sobre todo por el sentido sobrenatural de la fe que es el de todo el pueblo, laicos y jerarquía, cuando «se adhiere indefectiblemente a la fe transmitida a los santos de una vez para siempre» (LG 12) y profundiza en su comprensión y se hace testigo de Cristo en medio de este mundo.

786 El Pueblo de Dios participa, por último, en la función regia de Cristo. Cristo ejerce su realeza atrayendo a sí a todos los hombres por su muerte y su resurrección (cf. Jn 12, 32). Cristo, Rey y Señor del universo, se hizo el servidor de todos, no habiendo «venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20, 28). Para el cristiano, «servir a Cristo es reinar» (LG 36), particularmente «en los pobres y en los que sufren» donde descubre «la imagen de su Fundador pobre y sufriente» (LG 8). El pueblo de Dios realiza su «dignidad regia» viviendo conforme a esta vocación de servir con Cristo.

«La señal de la cruz hace reyes a todos los regenerados en Cristo, y la unción del Espíritu Santo los consagra sacerdotes; y así, además de este especial servicio de nuestro ministerio, todos los cristianos espirituales y perfectos debe saber que son partícipes del linaje regio y del oficio sacerdotal. ¿Qué hay más regio que un espíritu que, sometido a Dios, rige su propio cuerpo? ¿Y qué hay más sacerdotal que ofrecer a Dios una conciencia pura y las inmaculadas víctimas de nuestra piedad en el altar del corazón?» (San León Magno, Sermo 4, 1).

Catecismo de la Iglesia Católica

Propósito

Jesús, quiero seguir tu camino para llegar a la verdad y a la vida.

Diálogo con Cristo

Jesús, eres camino, camino al Padre. Jesús eres verdad, verdad de que podemos conocer a Dios y amarlo. Jesús eres vida, vida que da la paz, la alegría y la fuerza que tanto deseamos como Felipe.

*  *  *

Evangelio del día en «Catholic.net»

Evangelio del día en «Evangelio del día»

Evangelio del día en «Orden de Predicadores»

Evangelio del día en «Evangeli.net»

*  *  *

 

 

Evangelio del día: Conociéndome a mí, conoces al Padre

Evangelio del día: Conociéndome a mí, conoces al Padre

Juan 13, 16-20. Jueves de la 4.ª semana del Tiempo de Pascua. Evangelizar es menterse en la vida cotidiana de los demás con obras y gestos, es acercarse a los demás y asumir la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo.

Depués que Jesús lavó los pies a sus discípulos les dijo: «Les aseguro que el servidor no es más grande que su señor, ni el enviado más grande que el que lo envía. Ustedes serán felices si, sabiendo estas cosas, las practican. No lo digo por todos ustedes; yo conozco a los que he elegido. Pero es necesario que se cumpla la Escritura que dice: El que comparte mi pan se volvió contra mí. Les digo esto desde ahora, antes que suceda, para que cuando suceda, crean que Yo Soy. Les aseguro que el que reciba al que yo envíe, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me envió».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Libro de los Hechos de los Apóstoles, Hch 13, 13-25

Salmo: Sal 89(88), 2-3.21-27

Oración introductoria

Gracias, Señor, por esta oportunidad que me das para hacer oración. Gracias, Dios mío, por el don de la vida, de mi familia y de tu amistad. Te pido que me des la gracia de permanecer fiel a tu amor y a tu palabra. Tú, Jesús mío, conoces mi fragilidad y por eso te suplico que me ayudes a ser un cristiano auténtico. Yo quiero acogerte, Señor, en mi corazón y en mi vida para ser tu amigo fiel, sobre todo, en los momentos de dificultad.

Petición

Jesucristo, dame la gracia de ser fiel a tu amistad. No permitas que la cruz, el sufrimiento, los problemas, el mundo o mi egoísmo me separen de ti.

Meditación del Santo Padre Francisco

La Iglesia en salida es la comunidad de discípulos misioneros que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan. «Primerear»: sepan disculpar este neologismo. La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor (cf. 1 Jn 4,19); y, por eso, ella sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos (cf. Lc 14,23). Vive un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza difusiva. ¡Atrevámonos un poco más a primerear!

Como consecuencia, la Iglesia sabe «involucrarse». Jesús lavó los pies a sus discípulos. El Señor se involucra e involucra a los suyos, poniéndose de rodillas ante los demás para lavarlos. Pero luego dice a los discípulos: «Seréis felices si hacéis esto» (Jn 13,17). La comunidad evangelizadora se mete con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achica distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario, y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo. Los evangelizadores tienen así «olor a oveja» y éstas escuchan su voz (cf. Jn 10,3).

Santo Padre Francisco: El mensajero no es más grande que el que lo envía

Exhortación apostólica «Evangelii Gaudium» (La alegría del evangelio), n.º 24

Catecismo de la Iglesia Católica, CEC

III. Vida moral y testimonio misionero

2044 La fidelidad de los bautizados es una condición primordial para el anuncio del Evangelio y para la misión de la Iglesia en el mundo. Para manifestar ante los hombres su fuerza de verdad y de irradiación, el mensaje de la salvación debe ser autentificado por el testimonio de vida de los cristianos. “El mismo testimonio de la vida cristiana y las obras buenas realizadas con espíritu sobrenatural son eficaces para atraer a los hombres a la fe y a Dios” (AA 6).

2045 Los cristianos, por ser miembros del Cuerpo, cuya Cabeza es Cristo (cf Ef 1, 22), contribuyen a la edificación de la Iglesia mediante la constancia de sus convicciones y de sus costumbres. La Iglesia aumenta, crece y se desarrolla por la santidad de sus fieles (cf LG 39), “hasta que lleguemos al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud en Cristo” (Ef 4, 13).

2046 Llevando una vida según Cristo, los cristianos apresuran la venida del Reino de Dios, “Reino de justicia, de verdad y de paz” (Solemnidad de N. Señor Jesucristo Rey del Universo, Prefacio: Misal Romano). Esto no significa que abandonen sus tareas terrenas, sino que, fieles a su Maestro, las cumplen con rectitud, paciencia y amor.

Catecismo de la Iglesia Católica

Propósito

No ensordezcamos nuestro corazón cuando Él nos pide ser sus enviados.

Diálogo con Cristo

Ayúdame, Señor mío, a vivir cada momento de mi existencia de cara a ti. Si alguna vez te he fallado u ofendido quiero pedirte perdón a través del sacramento de la Reconciliación. Estoy dispuesto a levantarme y a seguir luchando porque te amo y quiero que seas el centro de mi vida. Te reconozco, Dios mío, como mi Señor y Creador. Lejos de ti, Padre Santo ¿a dónde puedo ir? Apartado de tu gracia ¿qué sentido y qué valor puede tener mi vida? Ayúdame a perseverar en la fe hasta el final.

*  *  *

Evangelio del día en «Catholic.net»

Evangelio del día en «Evangelio del día»

Evangelio del día en «Orden de Predicadores»

Evangelio del día en «Evangeli.net»

*  *  *

 

 

 

 

Evangelio del día: Fíesta de santa Catalina de Siena, patrona de Europa

Evangelio del día: Fíesta de santa Catalina de Siena, patrona de Europa

Mateo 11, 25-30. Fiesta de Santa Catalina de Siena, patrona de Europa. Aprendamos de santa Catalina a amar con valentía, de modo intenso y sincero, a Cristo y a la Iglesia.

*  *  *

Por misericordia nos has lavado en la sangre, por misericordia quisiste conversar con las criaturas. ¡Oh loco de amor! ¡No te bastó encarnarte, sino que quisiste también morir! (…) ¡Oh misericordia! El corazón se me ahoga al pensar en ti, porque adondequiera que dirija mi pensamiento, no encuentro sino misericordia.

Santa Catalina de Siena (cap. 30, pp. 79-80)

*  *  *

En esa oportunidad, Jesús dijo: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido. Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Carta I de san Juan, 1 Jn 1, 5; 2, 2

Salmo: Sal 103(102), 1-4.8-9.13-18

Oración preparatoria

Señor Dios, que por medio de la humildad y la sencillez de la fe encontramos nuestra verdadera paz.

Petición

Señor, ayúdame a poner a un lado todas mis distracciones, todo aquello que me separe de Ti.

Meditación del Santo Padre emérito Benedicto XVI

Santa Catalina de Siena

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy quiero hablaros de una mujer que tuvo un papel eminente en la historia de la Iglesia. Se trata de santa Catalina de Siena. El siglo en el que vivió —siglo XIV— fue una época tormentosa para la vida de la Iglesia y de todo el tejido social en Italia y en Europa. Sin embargo, incluso en los momentos de mayor dificultad, el Señor no cesa de bendecir a su pueblo, suscitando santos y santas que sacudan las mentes y los corazones provocando conversión y renovación. Catalina es una de estas personas y también hoy nos habla y nos impulsa a caminar con valentía hacia la santidad para que seamos discípulos del Señor de un modo cada vez más pleno.

Nació en Siena, en 1347, en el seno de una familia muy numerosa, y murió en Roma, en 1380. A la edad de 16 años, impulsada por una visión de santo Domingo, entró en la Tercera Orden Dominicana, en la rama femenina llamada de las Mantellate. Permaneciendo en su familia, confirmó el voto de virginidad que había hecho privadamente cuando todavía era una adolescente, se dedicó a la oración, a la penitencia y a las obras de caridad, sobre todo en beneficio de los enfermos.

Cuando se difundió la fama de su santidad, fue protagonista de una intensa actividad de consejo espiritual respecto a todo tipo de personas: nobles y hombres políticos, artistas y gente del pueblo, personas consagradas, eclesiásticos, incluido el Papa Gregorio XI que en aquel período residía en Aviñón y a quien Catalina exhortó enérgica y eficazmente a regresar a Roma. Viajó mucho para solicitar la reforma interior de la Iglesia y para favorecer la paz entre los Estados: también por este motivo el venerable Juan Pablo II quiso declararla copatrona de Europa: que el viejo continente no olvide nunca las raíces cristianas que están en la base de su camino y siga tomando del Evangelio los valores fundamentales que aseguran la justicia y la concordia.

Catalina sufrió mucho, como tantos santos. Alguien incluso pensó que había que desconfiar de ella hasta el punto de que, en 1374, seis años antes de su muerte, el capítulo general de los Dominicos la convocó a Florencia para interrogarla. Pusieron a su lado a un fraile erudito y humilde, Raimundo de Capua, futuro Maestro general de la Orden, el cual se convirtió en su confesor y también en su «hijo espiritual», y escribió una primera biografía completa de la santa. Fue canonizada en 1461.

La doctrina de Catalina, que aprendió a leer con dificultad y aprendió a escribir cuando ya era adulta, está contenida en El Diálogo de la Divina Providencia o Libro de la Divina Doctrina, una obra maestra de la literatura espiritual, en su Epistolario y en la colección de las Oraciones. Su enseñanza está dotada de una riqueza tal que el siervo de Dios Pablo VI, en 1970, la declaró doctora de la Iglesia, título que se añadía al de copatrona de la ciudad de Roma, por voluntad del beato Pío ix, y de patrona de Italia, según la decisión del venerable Pío XII.

En una visión que nunca se borró del corazón y de la mente de Catalina, la Virgen la presentó a Jesús que le dio un espléndido anillo, diciéndole: «Yo, tu Creador y Salvador, me caso contigo en la fe, que conservarás siempre pura hasta que celebres conmigo en el cielo tus nupcias eternas» (Raimundo de Capua, Santa Caterina da Siena, Legenda maior, n. 115, Siena 1998). Ese anillo sólo era visible para ella. En este episodio extraordinario reconocemos el centro vital de la religiosidad de Catalina y de toda auténtica espiritualidad: el cristocentrismo. Cristo es para ella como el esposo, con quien vive una relación de intimidad, de comunión y de fidelidad. Él es el bien amado sobre todo bien.

Ilustra esta unión profunda con el Señor otro episodio de la vida de esta insigne mística: el intercambio del corazón. Según Raimundo de Capua, que transmite las confidencias que recibió de Catalina, el Señor Jesús se le apareció con un corazón humano rojo esplendoroso en la mano, le abrió el pecho, se lo introdujo y dijo: «Amada hija mía, así como el otro día tomé tu corazón, que tú me ofrecías, ahora te doy el mío, y de ahora en adelante estará en el lugar que ocupaba el tuyo» (ib.). Catalina vivió verdaderamente las palabras de san Pablo, «ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20).

Como la santa de Siena, todo creyente siente la necesidad de uniformarse a los sentimientos del corazón de Cristo para amar a Dios y al prójimo como Cristo mismo ama. Y todos nosotros podemos dejarnos transformar el corazón y aprender a amar como Cristo, en una familiaridad con él alimentada con la oración, con la meditación sobre la Palabra de Dios y con los sacramentos, sobre todo recibiendo frecuentemente y con devoción la sagrada Comunión. También Catalina pertenece a la legión de santos eucarísticos con los cuales quise concluir mi exhortación apostólica Sacramentum caritatis (cf. n. 94). Queridos hermanos y hermanas, la Eucaristía es un extraordinario don de amor que Dios nos renueva continuamente para alimentar nuestro camino de fe, fortalecer nuestra esperanza, inflamar nuestra caridad, para hacernos cada vez más semejantes a él.

En torno a una personalidad tan fuerte y auténtica se fue constituyendo una verdadera familia espiritual. Se trataba de personas fascinadas por la autoridad moral de esta joven de elevadísimo nivel de vida, y a veces impresionadas también por los fenómenos místicos a los que asistían, como los frecuentes éxtasis. Muchos se pusieron a su servicio y sobre todo consideraron un privilegio ser dirigidos espiritualmente por Catalina. La llamaban «mamá» pues como hijos espirituales obtenían de ella el alimento del espíritu.

También hoy la Iglesia recibe un gran beneficio del ejercicio de la maternidad espiritual de numerosas mujeres, consagradas y laicas, que alimentan en las almas el pensamiento de Dios, fortalecen la fe de la gente y orientan la vida cristiana hacia cumbres cada vez más elevadas. «Hijo os declaro y os llamo —escribe Catalina dirigiéndose a uno de sus hijos espirituales, el cartujo Giovanni Sabbatini—, en cuanto yo os doy a luz mediante continuas oraciones y deseo en presencia de Dios, como una madre da a luz a su hijo» (Epistolario, carta n. 141: A don Giovanni de’ Sabbatini). Al fraile dominico Bartolomeo de Dominici solía dirigirse con estas palabras: «Amadísimo y queridísimo hermano e hijo en Cristo dulce Jesús».

Otro rasgo de la espiritualidad de Catalina está vinculado al don de lágrimas. Estas expresan una sensibilidad exquisita y profunda, capacidad de conmoción y de ternura. No pocos santos han tenido el don de lágrimas, renovando la emoción de Jesús mismo, que no retuvo ni escondió su llanto ante el sepulcro del amigo Lázaro y ante el dolor de María y de Marta, y a la vista de Jerusalén, en sus últimos días terrenos. Según Catalina, las lágrimas de los santos se mezclan con la sangre de Cristo, de la cual ella habló con tonos vibrantes e imágenes simbólicas muy eficaces: «Haced memoria de Cristo crucificado, Dios y hombre (…). Poneos como objetivo a Cristo crucificado, escondiéndoos en las llagas de Cristo crucificado; sumergíos en la sangre de Cristo crucificado» (Epistolario, carta n. 21: A uno cuyo nombre se calla).

Aquí podemos comprender por qué Catalina, aun consciente de las faltas humanas de los sacerdotes, siempre tuvo una grandísima reverencia por ellos, pues dispensan, mediante los sacramentos y la Palabra, la fuerza salvífica de la sangre de Cristo. La santa de Siena siempre invitó a los ministros sagrados, incluso al Papa, a quien llamaba «dulce Cristo en la tierra», a ser fieles a sus responsabilidades, impulsada siempre y solamente por su amor profundo y constante a la Iglesia. Antes de morir dijo: «Al separarme de mi cuerpo yo, en verdad, he consumido y dado la vida en la Iglesia y por la Iglesia santa, lo cual es una singularísima gracia» (Raimundo de Capua, Santa Caterina da Siena, Legenda maior, n. 363).

De santa Catalina, por tanto, aprendemos la ciencia más sublime: conocer y amar a Jesucristo y a su Iglesia. En El Diálogo de la Divina Providencia, ella, con una imagen singular, describe a Cristo como un puente tendido entre el cielo y la tierra. Está formado por tres escalones constituidos por los pies, el costado y la boca de Jesús. Elevándose a través de estos escalones, el alma pasa por las tres etapas de todo camino de santificación: el alejamiento del pecado, la práctica de la virtud y del amor, y la unión dulce y afectuosa con Dios.

Queridos hermanos y hermanas, aprendamos de santa Catalina a amar con valentía, de modo intenso y sincero, a Cristo y a la Iglesia. Por esto, hagamos nuestras las palabras de santa Catalina que leemos enEl Diálogo de la Divina Providencia, como conclusión del capítulo que habla de Cristo-puente: «Por misericordia nos has lavado en la sangre, por misericordia quisiste conversar con las criaturas. ¡Oh loco de amor! ¡No te bastó encarnarte, sino que quisiste también morir! (…) ¡Oh misericordia! El corazón se me ahoga al pensar en ti, porque adondequiera que dirija mi pensamiento, no encuentro sino misericordia» (cap. 30, pp. 79-80). Gracias.

Santo Padre emérito Benedicto XVI

Audiencia General del miércoles, 24 de noviembre de 2010

Propósito

Ante el agobio y cansancio del trabajo o de los problemas diré: Jesús, en ti confío.

Diálogo con Cristo

Señor Jesús, enséñame a someterme siempre a la voluntad del Padre, para encontrar el descanso que me ofreces. Es paradójico cómo busco evitar todo lo que implique pobreza, soledad, fatiga… cuando vividos contigo y por amor a Ti, son los medios excelentes que me pueden llevar a crecer en el amor. Ayúdame a ser manso y humilde de corazón.

*  *  *

Evangelio del día en «Catholic.net»

Evangelio del día en «Evangelio del día»

Evangelio del día en «Orden de Predicadores»

Evangelio del día en «Evangeli.net»

*  *  *

 

 

 

 

Evangelio del día: Jesús y el Padre son Uno

Evangelio del día: Jesús y el Padre son Uno

Juan 10, 22-30. Martes de la 4.ª semana del Tiempo de Pascua. Pidamos al Señor la gracia de la docilidad y que el Espíritu Santo nos ayude a defendernos de este otro «mal espíritu» de la suficiencia, del orgullo, de la soberbia, de la cerrazón del corazón al Espíritu Santo.

Se celebraba entonces en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Era invierno, y Jesús se paseaba por el Templo, en el Pórtico de Salomón. Los Judíos lo rodearon y le preguntaron: «¿Hasta cuándo nos tendrás en suspenso? Si eres el Mesías, dilo abiertamente». Jesús les respondió: «Ya se lo dije, pero ustedes no lo creen. Las obras que hago en nombre de mi Padre dan testimonio de mí, pero ustedes no creen, porque no son de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy Vida eterna: ellas no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mis manos. Mi Padre, que me las ha dado, es superior a todos y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre. El Padre y yo somos una sola cosa».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Libro de los Hechos de los Apóstoles, Hch 11, 19-26

Salmo: Sal 87(86), 1-7

Oración introductoria

Jesús, creo que eres el que dices ser: Hijo de Dios y Redentor de todos los hombres. Gracias por concederme el don de la fe. Viniste al mundo para que las ovejas perdidas, pudiéramos encontrarte. Gracias. Me diste el conocimiento de saber quién soy y lo que valgo… todo un Dios se hizo hombre para salvarme. Sal hoy a mi encuentro en esta oración para mostrarme el camino que debo seguir.

Petición

Ayúdame, Señor, a saber escucharte siempre que me llames.

Meditación del Santo Padre Francisco

El Espíritu Santo siempre está en acción. Corresponde al cristiano acogerlo o no. Pero la diferencia está y se ve: si se le acoge con docilidad, de hecho, se vive en la alegría y en la apertura a los demás; en cambio un modo de actuar cerrado, de «aristocracia intelectual», que pretende comprender las cosas de Dios sólo con la cabeza, conduce a una separación de la realidad de la Iglesia. A tal punto que ya no se cree, ni siquiera ante un milagro. Son estas las dos actitudes, opuestas entre sí, que el Papa Francisco presentó en la misa que celebró el [día de hoy] en la capilla de la Casa Santa Marta.

Las lecturas de la liturgia (Hechos de los apóstoles 11, 19-26 y Juan 10, 22-30), como explicó el obispo de Roma, «muestran un díptico: dos grupos de personas». En el pasaje de los Hechos se encuentran, ante todo, quienes «se habían dispersado con motivo de la persecución que se desató» tras el martirio de Esteban. «Se habían dispersado» pero «llevaron por todas partes la semilla del Evangelio», dirigiéndose, sin embargo, sólo a los judíos. «Y luego, de modo natural», continuó el Pontífice, «algunos de ellos, gente de Chipre y de Cirene, al llegar a Antioquía, se pusieron a hablar también a los griegos, anunciándoles que Jesús es el Señor». Y «así, lentamente, abrieron las puertas a los griegos, a los paganos».

Cuando esta noticia llegó a la Iglesia de Jerusalén, mandaron a Bernabé a Antioquía «para realizar una visita de inspección» y verificar personalmente lo que estaba sucediendo. Los Hechos refieren que «todos se alegraron» y que «una multitud considerable se adhirió al Señor».

En pocas palabras, afirmó el Papa, para evangelizar a «esta gente no dijo: vayamos primero a los judíos, luego a los griegos, luego a los paganos y más tarde a todos», sino que «se dejó conducir por el Espíritu Santo: fue dócil al Espíritu Santo». Obrando así, «una cosa surge de la otra», y luego «la otra, la otra también», y así «acaban abriendo las puertas a todos». Incluso «a los paganos —precisó— que, en su mentalidad, eran impuros». Esos cristianos «abrían las puertas a todos» sin hacer distinciones.

Y «este —explicó el Pontífice— es el primer grupo de personas» que presenta la liturgia. Quienes lo componen son personas «dóciles al Espíritu Santo», que «van adelante como lo hizo Pablo», con una «cierta naturalidad». Porque, destacó, «algunas veces el Espíritu Santo nos impulsa a hacer cosas grandes, como impulsó a Felipe a bautizar a ese señor de Etiopía» y «como impulsó a Pedro a ir a bautizar a Cornelio». Otras «veces el Espíritu Santo nos conduce suavemente». Por ello la verdadera virtud, afirmó, «está en dejarse conducir por el Espíritu Santo: no poner resistencia al Espíritu Santo, ser dóciles al Espíritu Santo». Seguros, sin embargo, de que «el Espíritu Santo actúa hoy en la Iglesia, actúa hoy en nuestra vida». Tal vez, continuó el Papa, «alguno de vosotros podrá decirme: ¡nunca lo he visto! Presta atención a lo que sucede, a lo que te viene a la mente, a lo que surge en el corazón: cosas buenas, es el Espíritu quien te invita a ir por ese camino». Pero, cierto, «es necesaria la docilidad al Espíritu Santo».

He aquí, luego, el segundo grupo de personas del «díptico» propuesto por la liturgia. Un grupo, explicó el obispo de Roma, compuesto por «intelectuales que se acercan a Jesús en el templo: los doctores de la ley». Son hombres que tenían «siempre un problema porque no acababan de comprender, daban vueltas sobre las mismas cosas, porque creían que la religión era una cosa sólo de cabeza, de ley, de hacer mandamientos, de cumplir mandamientos y nada más». Ellos, continuó el Pontífice, «no imaginaban que existiese el Espíritu Santo». Y, así, —se lee en el Evangelio de Juan— «rodeándolo, le preguntaban: ¿hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente». A lo que «Jesús respondió con toda naturalidad: «Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí»». Como si dijera: «Mirad a quienes recibieron un milagro, mirad las cosas que yo hago, las palabras que digo». Esos hombres, en cambio, miraban «sólo lo que tenían en la cabeza». Y así, «daban vueltas con argumentaciones, querían discutir». Para ellos, en efecto, «todo estaba en la cabeza, todo es intelecto».

La cuestión, afirmó el Pontífice, es que «en esta gente no está el corazón, no está el amor a la belleza, no está la armonía. Es gente que sólo quiere explicaciones». Pero si también «tú les das explicaciones» he aquí que inmediatamente «ellos, no convencidos, vuelven con otra pregunta». De este modo «dan vueltas, dan vueltas, como dieron vueltas alrededor de Jesús toda la vida, hasta el momento en que lograron detenerlo y matarlo». Se trata, continuó, de personas que «no abren el corazón al Espíritu Santo» y que «creen que las cosas de Dios se pueden comprender sólo con la cabeza, con las ideas, con las propias ideas: son orgullosos, creen saberlo todo y lo que no entra en su inteligencia no es verdad». Hasta el punto que «puedes resucitar a un muerto delante de ellos, pero no creen».

En el Evangelio se ve que «Jesús va más allá y dice algo muy fuerte: ¿por qué no creéis? Vosotros no creéis porque no formáis parte de mis ovejas. Vosotros no creéis porque no sois del pueblo de Israel, habéis salido del pueblo». Y continuó: «Os consideráis puros, y no podéis creer así». El Señor evidencia claramente su actitud que «cierra el corazón»: por esto «negaron al pueblo». Jesús les dijo: «Vosotros sois como vuestros padres que mataron a los profetas». Porque «cuando llegaba un profeta que decía algo que no les gustaba, lo mataban».

El verdadero problema, destacó el Pontífice, es que «esta gente se había separado del pueblo de Dios y por ello no podía creer». En efecto, «la fe es un don de Dios, pero la fe viene si tú estás en su pueblo; si tú estás ahora en la Iglesia; si tú eres ayudado por los sacramentos, por la asamblea; si tú crees que esta Iglesia es el pueblo de Dios». En cambio, «esta gente se había separado, no creía en el pueblo de Dios: creía sólo en sus cosas y así había construido todo un sistema de mandamientos que arrojaban fuera a la gente y no la dejaban entrar en la Iglesia, en el pueblo». Con esta actitud «no podían creer» y este es el pecado de «resistir al Espíritu Santo».

He aquí, ratificó el Papa, estos «dos grupos de gente». Por una parte están «los de la dulzura: la gente dulce, humilde, abierta y dócil al Espíritu Santo». Por otra parte, en cambio, está la «gente orgullosa, suficiente, soberbia, alejada del pueblo, aristocrática intelectualmente, que ha cerrado las puertas y resiste al Espíritu Santo». Su actitud «no es terquedad, es algo más: es tener el corazón duro». Y esto es incluso «más peligroso». Jesús les alerta diciendo expresamente: «Vosotros tenéis el corazón endurecido»; y lo dijo «también a los discípulos de Emaús».

Precisamente «mirando a estos dos grupos», concluyó el Papa Francisco, «pidamos al Señor la gracia de la docilidad al Espíritu Santo para seguir adelante en la vida, ser creativos, ser alegres». Los duros de corazón, en cambio, no son alegres sino que están siempre serios. Y, advirtió el Pontífice, «cuando hay tanta seriedad no está el Espíritu de Dios». Por lo tanto, al Señor «pidamos la gracia de la docilidad y que el Espíritu Santo nos ayude a defendernos de este otro mal espíritu de la suficiencia, del orgullo, de la soberbia, de la cerrazón del corazón al Espíritu Santo».

Santo Padre Francisco: Aquellos que abren las puertas

Meditación del martes, 13 de mayo de 2014

Meditación del Santo Padre Benedicto XVI

Jesús habla de sí como del buen Pastor que da la vida eterna a sus ovejas (cf. Jn 10, 28). La imagen del pastor está muy arraigada en el Antiguo Testamento y es muy utilizada en la tradición cristiana. Los profetas atribuyen el título de «pastor de Israel» al futuro descendiente de David; por tanto, posee una indudable importancia mesiánica (cf. Ez 34, 23). Jesús es el verdadero pastor de Israel porque es el Hijo del hombre, que quiso compartir la condición de los seres humanos para darles la vida nueva y conducirlos a la salvación. Al término «pastor» el evangelista añade significativamente el adjetivo kalós, hermoso, que utiliza únicamente con referencia a Jesús y a su misión. También en el relato de las bodas de Caná el adjetivo kalós se emplea dos veces aplicado al vino ofrecido por Jesús, y es fácil ver en él el símbolo del vino bueno de los tiempos mesiánicos (cf. Jn 2, 10).

«Yo les doy (a mis ovejas) la vida eterna y no perecerán jamás» (Jn 10, 28). Así afirma Jesús, que poco antes había dicho: «El buen pastor da su vida por las ovejas» (cf. Jn 10, 11). San Juan utiliza el verbo tithénai, ofrecer, que repite en los versículos siguientes (15, 17 y 18); encontramos este mismo verbo en el relato de la última Cena, cuando Jesús «se quitó» sus vestidos y después los «volvió a tomar» (cf. Jn 13, 4. 12). Está claro que de este modo se quiere afirmar que el Redentor dispone con absoluta libertad de su vida, de manera que puede darla y luego recobrarla libremente.

Cristo es el verdadero buen Pastor que dio su vida por las ovejas —por nosotros—, inmolándose en la cruz. Conoce a sus ovejas y sus ovejas lo conocen a él, como el Padre lo conoce y él conoce al Padre (cf. Jn 10, 14-15). No se trata de mero conocimiento intelectual, sino de una relación personal profunda; un conocimiento del corazón, propio de quien ama y de quien es amado; de quien es fiel y de quien sabe que, a su vez, puede fiarse; un conocimiento de amor, en virtud del cual el Pastor invita a los suyos a seguirlo, y que se manifiesta plenamente en el don que les hace de la vida eterna (cf. Jn 10, 27-28).

Santo Padre Benedicto XVI: Sobre el concepto del «pastor»

Homilía del IV Domingo de Pascua, 29 de abril de 2007

Catecismo de la Iglesia Católica, CEC

II La revelación de Dios como Trinidad

El Padre revelado por el Hijo

238 La invocación de Dios como «Padre» es conocida en muchas religiones. La divinidad es con frecuencia considerada como «padre de los dioses y de los hombres». En Israel, Dios es llamado Padre en cuanto Creador del mundo (Cf. Dt 32,6; Ml 2,10). Pues aún más, es Padre en razón de la Alianza y del don de la Ley a Israel, su «primogénito» (Ex 4,22). Es llamado también Padre del rey de Israel (cf. 2 S 7,14). Es muy especialmente «el Padre de los pobres», del huérfano y de la viuda, que están bajo su protección amorosa (cf. Sal 68,6).

239 Al designar a Dios con el nombre de «Padre», el lenguaje de la fe indica principalmente dos aspectos: que Dios es origen primero de todo y autoridad transcendente y que es al mismo tiempo bondad y solicitud amorosa para todos sus hijos. Esta ternura paternal de Dios puede ser expresada también mediante la imagen de la maternidad (cf. Is 66,13; Sal 131,2) que indica más expresivamente la inmanencia de Dios, la intimidad entre Dios y su criatura. El lenguaje de la fe se sirve así de la experiencia humana de los padres que son en cierta manera los primeros representantes de Dios para el hombre. Pero esta experiencia dice también que los padres humanos son falibles y que pueden desfigurar la imagen de la paternidad y de la maternidad. Conviene recordar, entonces, que Dios transciende la distinción humana de los sexos. No es hombre ni mujer, es Dios. Transciende también la paternidad y la maternidad humanas (cf. Sal 27,10), aunque sea su origen y medida (cf. Ef3,14; Is 49,15): Nadie es padre como lo es Dios.

240 Jesús ha revelado que Dios es «Padre» en un sentido nuevo: no lo es sólo en cuanto Creador; Él es eternamente Padre en relación a su Hijo único, que recíprocamente sólo es Hijo en relación a su Padre: «Nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11,27).

241 Por eso los Apóstoles confiesan a Jesús como «el Verbo que en el principio estaba junto a Dios y que era Dios» (Jn 1,1), como «la imagen del Dios invisible» (Col 1,15), como «el resplandor de su gloria y la impronta de su esencia» Hb 1,3).

242 Después de ellos, siguiendo la tradición apostólica, la Iglesia confesó en el año 325 en el primer Concilio Ecuménico de Nicea que el Hijo es «consubstancial» al Padre (Símbolo Niceno: DS 125), es decir, un solo Dios con él. El segundo Concilio Ecuménico, reunido en Constantinopla en el año 381, conservó esta expresión en su formulación del Credo de Nicea y confesó «al Hijo Único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado no creado, consubstancial al Padre» (Símbolo Niceno-Constantinopolitano: DS 150).

El Padre y el Hijo revelados por el Espíritu

243 Antes de su Pascua, Jesús anuncia el envío de «otro Paráclito» (Defensor), el Espíritu Santo. Este, que actuó ya en la Creación (cf. Gn 1,2) y «por los profetas» (Símbolo Niceno-Constantinopolitano: DS 150), estará ahora junto a los discípulos y en ellos (cf. Jn 14,17), para enseñarles (cf. Jn 14,16) y conducirlos «hasta la verdad completa» (Jn 16,13). El Espíritu Santo es revelado así como otra persona divina con relación a Jesús y al Padre.

244 El origen eterno del Espíritu se revela en su misión temporal. El Espíritu Santo es enviado a los Apóstoles y a la Iglesia tanto por el Padre en nombre del Hijo, como por el Hijo en persona, una vez que vuelve junto al Padre (cf. Jn 14,26; 15,26; 16,14). El envío de la persona del Espíritu tras la glorificación de Jesús (cf. Jn 7,39), revela en plenitud el misterio de la Santa Trinidad.

245 La fe apostólica relativa al Espíritu fue proclamada por el segundo Concilio Ecuménico en el año 381 en Constantinopla: «Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre» (DS 150). La Iglesia reconoce así al Padre como «la fuente y el origen de toda la divinidad» (Concilio de Toledo VI, año 638: DS 490). Sin embargo, el origen eterno del Espíritu Santo está en conexión con el del Hijo: «El Espíritu Santo, que es la tercera persona de la Trinidad, es Dios, uno e igual al Padre y al Hijo, de la misma sustancia y también de la misma naturaleza […] por eso, no se dice que es sólo el Espíritu del Padre, sino a la vez el espíritu del Padre y del Hijo» (Concilio de Toledo XI, año 675: DS 527). El Credo del Concilio de Constantinopla (año 381) confiesa: «Con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria» (DS 150).

246 La tradición latina del Credo confiesa que el Espíritu «procede del Padre y del Hijo (Filioque)». El Concilio de Florencia, en el año 1438, explicita: «El Espíritu Santo […] tiene su esencia y su ser a la vez del Padre y del Hijo y procede eternamente tanto del Uno como del Otro como de un solo Principio y por una sola espiración […]. Y porque todo lo que pertenece al Padre, el Padre lo dio a su Hijo único al engendrarlo a excepción de su ser de Padre, esta procesión misma del Espíritu Santo a partir del Hijo, éste la tiene eternamente de su Padre que lo engendró eternamente» (DS 1300-1301).

247 La afirmación del Filioque no figuraba en el símbolo confesado el año 381 en Constantinopla. Pero sobre la base de una antigua tradición latina y alejandrina, el Papa san León la había ya confesado dogmáticamente el año 447 (cf. Quam laudabilitier: DS 284) antes incluso que Roma conociese y recibiese el año 451, en el concilio de Calcedonia, el símbolo del 381. El uso de esta fórmula en el Credo fue poco a poco admitido en la liturgia latina (entre los siglos VIII y XI). La introducción del Filioque en el Símbolo Niceno-Constantinopolitano por la liturgia latina constituye, todavía hoy, un motivo de no convergencia con las Iglesias ortodoxas.

248 La tradición oriental expresa en primer lugar el carácter de origen primero del Padre por relación al Espíritu Santo. Al confesar al Espíritu como «salido del Padre» (Jn 15,26), esa tradición afirma que éste procede del Padre por el Hijo (cf. AG 2). La tradición occidental expresa en primer lugar la comunión consubstancial entre el Padre y el Hijo diciendo que el Espíritu procede del Padre y del Hijo (Filioque). Lo dice «de manera legítima y razonable» (Concilio de Florencia, 1439: DS 1302), porque el orden eterno de las personas divinas en su comunión consubstancial implica que el Padre sea el origen primero del Espíritu en tanto que «principio sin principio» (Concilio de Florencia 1442: DS 1331), pero también que, en cuanto Padre del Hijo Único, sea con él «el único principio de que procede el Espíritu Santo» (Concilio de Lyon II, año 1274: DS 850). Esta legítima complementariedad, si no se desorbita, no afecta a la identidad de la fe en la realidad del mismo misterio confesado.

Catecismo de la Iglesia Católica

Diálogo con Cristo

Señor, me muestras el camino que debo seguir, si quiero ser feliz. Sin embargo, desconfío en que realmente Tú lleves mi carga. Necesito verte y escucharte, no con mis sentidos sino con mi espíritu, para que cuando vengan los problemas te busque inmediatamente en la oración, porque eres la roca sobre el cual puedo edificar mi vida.

Propósito

Al terminar el día, o cuando pueda disponer de un tiempo, hacer una reflexión sobre mis actividades y, sobre todo, de mis actitudes en el día: ¿seguí la voluntad de Dios?

*  *  *

Evangelio del día en «Catholic.net»

Evangelio del día en «Evangelio del día»

Evangelio del día en «Orden de Predicadores»

Evangelio del día en «Evangeli.net»

*  *  *

 

 

 

 

Catequesis: El que cree en el Hijo tiene vida eterna

Catequesis: El que cree en el Hijo tiene vida eterna

Sesión de catequesis de Primera Comunión sobre Juan 3, 31-36

Jesucristo, enviado del Padre, plenitud del Espíritu y fuente de vida eterna

1. Introducción

El pasaje de Juan 3, 31-36 lleva a su culmen lo que Jesús ha revelado a Nicodemo. Aquí ya no se trata solo de comprender que es necesario nacer de nuevo o de descubrir el amor de Dios, sino de reconocer quién es verdaderamente Jesucristo. Él viene de lo alto, habla lo que ha visto junto al Padre y ha recibido el Espíritu sin medida. Por eso su palabra es verdadera y su persona es fuente de vida eterna.

Estas palabras introducen a los niños en una verdad decisiva: no todos los hombres hablan igual de Dios, ni todas las enseñanzas tienen el mismo valor. Jesucristo es único. Él es el enviado del Padre, el Hijo amado en quien el Padre ha puesto todo. Por eso creer en Él no es una opción más, sino el camino de la vida.

Este texto es especialmente importante para la Primera Comunión. El niño no va a recibir simplemente una bendición o un símbolo, sino a Aquel que viene del cielo, que posee la plenitud del Espíritu y que da la vida eterna. Esta sesión quiere que el niño entienda esto con claridad y lo viva con profundidad.

2. Objetivos

Objetivo general: Comprender que Jesucristo es el Hijo enviado por el Padre, que posee la plenitud del Espíritu y que da la vida eterna a quienes creen en Él.

Objetivos específicos:

  • Descubrir que Jesús viene de lo alto y habla con autoridad divina.
  • Comprender que el Padre ha puesto todo en manos del Hijo.
  • Entender que creer en Jesús es recibir la vida eterna.
  • Diferenciar entre aceptar o rechazar a Cristo.
  • Preparar el corazón para recibir a Jesús en la Eucaristía.

3. Edad y duración

Edad orientativa: niños de 7 a 10 años.

Duración total: entre 80 y 95 minutos.

4. Materiales

  • Imagen catequética horizontal sobre Jn 3, 31-36.
  • Imagen cuadrada de síntesis.
  • Biblia.
  • Vela grande o cirio pequeño para simbolizar a Cristo.
  • Cruz visible.
  • Cartulinas, folios, lápices y colores.
  • Tiras de papel o tarjetas pequeñas.
  • Si es posible, una mesa sencilla con mantel blanco para el momento final.

5. Fuentes

Texto base: Juan 3, 31-36. El pasaje enseña que Cristo viene de lo alto, da testimonio de lo que ha visto y oído, ha recibido del Padre el Espíritu sin medida, y que quien cree en el Hijo tiene vida eterna. El Catecismo enseña que Jesús es el Hijo único de Dios, enviado para nuestra salvación, y que la vida eterna se recibe por la fe y la gracia de Cristo (cf. CEC, 444-445, 458, 459, 679, 1026).

6. Sentido catequético

Esta sesión tiene un carácter profundamente cristológico. El centro no es una norma moral aislada, sino la persona de Jesucristo. El niño debe comprender que la fe cristiana no consiste en ideas religiosas generales, sino en la adhesión a Cristo, que viene del Padre y comunica la vida de Dios. La sesión quiere llevar al niño a una fe más personal: no basta saber que Jesús existe; es necesario comprender que todo depende de Él.

Además, el texto introduce con mucha claridad la dimensión de la respuesta. Dios ha hablado en su Hijo. El Padre lo ama y ha puesto todo en sus manos. Por tanto, creer o rechazar a Cristo no es algo pequeño. La vida eterna no aparece aquí como un premio externo o lejano, sino como el fruto de la fe en el Hijo. Esto conecta de modo muy directo con la Primera Comunión: quien se prepara para recibir a Jesús debe comprender cada vez mejor quién es Aquel a quien va a recibir.

7. Imagen catequética horizontal

La imagen horizontal debe trabajarse como una verdadera puerta de entrada al texto, no como una ilustración secundaria. El catequista hará bien en no comenzar explicando inmediatamente, sino dejando primero un breve silencio para que los niños miren. Después conviene conducir la observación de forma ordenada, ayudándoles a descubrir que la imagen no presenta simplemente a Jesús hablando, sino una revelación progresiva sobre quién es Él. La primera impresión visual ya dice mucho: Jesús ocupa una posición central, luminosa y serena; los oyentes aparecen escuchando; el conjunto está envuelto en un ambiente que sugiere altura, revelación y autoridad. Todo esto prepara interiormente la comprensión del pasaje.

Después de ese primer silencio, el catequista debe recorrer con los niños la secuencia de las cartelas y de las escenas. Conviene hacerles ver que el mensaje avanza desde la afirmación del origen divino de Cristo hasta la proclamación de la vida eterna para quien cree. No es una serie de frases sueltas. Primero se afirma que Jesús viene de arriba; luego se subraya que el Padre ama al Hijo y ha puesto todo en sus manos; más adelante se recuerda que habla lo que ha visto y oído; finalmente aparece la consecuencia decisiva: creer en el Hijo o cerrarse a Él. Esta progresión es esencial y no debe perderse, porque ahí está el verdadero nervio catequético de la imagen.

Es muy importante ayudar a los niños a leer también los signos visuales. El resplandor de Jesús no es un adorno bonito, sino una forma de indicar su procedencia divina y su autoridad. Los personajes que lo escuchan representan la actitud del discípulo que recibe la palabra. El contraste entre cercanía, escucha y claridad en unas figuras, y distancia o resistencia en otras, ayuda a mostrar que el Evangelio exige una respuesta personal. La imagen, por tanto, no solo informa: coloca al espectador en una situación de decisión.

Preguntas orientativas para el grupo:

  • ¿Quién ocupa el centro de la imagen y por qué?
  • ¿Qué os dice la luz que rodea a Jesús?
  • ¿Qué frases de las cartelas os parecen más importantes?
  • ¿Qué camino sigue la imagen desde el principio hasta el final?
  • ¿Qué parece pedir Jesús a quienes lo escuchan?

Desarrollo sugerido para el catequista: primero silencio; después observación general; a continuación lectura ordenada de las cartelas; luego preguntas de interpretación; finalmente una breve síntesis doctrinal. Este orden ayuda mucho a que los niños no se queden en una lectura superficial y aprendan a contemplar con sentido cristiano.

Microguion amplio para el catequista:

“Mirad bien antes de hablar. La imagen ya nos está enseñando algo.”

“Jesús no aparece aquí como uno más entre otros hombres: todo en la escena nos dice que viene de lo alto.”

“Fijaos en cómo la imagen avanza: primero quién es Jesús, después lo que el Padre le ha confiado, y al final lo que eso significa para nosotros.”

“La imagen no termina en una explicación bonita. Termina en una pregunta que nos alcanza: ¿creo de verdad en el Hijo?”

Usada de este modo, la imagen horizontal no solo introduce la sesión, sino que la estructura. Conviene incluso volver a ella en distintos momentos, porque ayuda a fijar el hilo doctrinal de todo el pasaje.

8. Imagen de síntesis

La imagen cuadrada debe ser trabajada de modo distinto. Aquí ya no interesa tanto seguir una secuencia como detenerse en una sola síntesis contemplativa del mensaje. La composición está concentrada: Jesús, con las dos manos abiertas, aparece como quien enseña y al mismo tiempo ofrece; los oyentes están situados en actitud receptiva; la luz procede de Cristo y se expande; el texto inferior resume la proclamación central del Evangelio. Esta imagen es muy valiosa porque visualiza de un golpe tres verdades fundamentales: la autoridad de Cristo, su procedencia divina y la necesidad de la fe para recibir la vida eterna.

El catequista puede utilizar esta imagen después de haber trabajado la horizontal, como un segundo momento más hondo y más contemplativo. Conviene invitar a los niños a mirar especialmente el gesto de las manos de Jesús. No es un detalle menor. Esas manos abiertas expresan a la vez enseñanza, autoridad, acogida y don. Él no está cerrado sobre sí mismo; se da. Tampoco habla con dureza agresiva; habla como quien trae una verdad que salva. Esa postura ayuda a evitar una lectura fría o abstracta del texto y permite presentar a Cristo como el Hijo que revela y comunica vida.

También es importante detenerse en la relación entre la luz y los oyentes. La luz no nace de ellos, sino de Cristo. Esto permite al catequista enseñar algo muy simple y muy profundo: la verdad y la vida no las produce el hombre desde sí mismo; las recibe del Hijo. Los oyentes, por su parte, no aparecen dispersos ni autosuficientes, sino orientados hacia Él. Esta disposición ayuda mucho a hablar de la fe como escucha, apertura y adhesión.

La cartela inferior, por su densidad, debe ser trabajada sin prisa. Conviene leerla despacio, subrayando las palabras “cree”, “Hijo”, “vida eterna”, “cielo”, “ha visto y oído”. En niños de Primera Comunión estas palabras deben dejar huella. No hace falta explicarlas todas de una vez, pero sí detenerse lo suficiente para que se perciba que estamos ante una revelación central del Evangelio.

Preguntas orientativas para el grupo:

  • ¿Qué os dice el gesto de las manos de Jesús?
  • ¿De dónde parece venir la luz de la escena?
  • ¿Qué actitud tienen los hombres que escuchan?
  • ¿Qué frase de la cartela resume mejor el mensaje de todo el texto?
  • ¿Qué te invita a hacer esta imagen delante de Jesús?

Desarrollo sugerido para el catequista: primero contemplación silenciosa; después lectura pausada de la cartela; luego fijación en el gesto de Jesús y en la luz; finalmente una breve síntesis espiritual que conduzca hacia la fe personal y la oración.

Microguion amplio para el catequista:

“Ahora ya no seguimos varias escenas. Miramos una sola, pero muy profunda.”

“Las manos abiertas de Jesús no solo explican: ofrecen. Él enseña y entrega.”

“La luz sale de Cristo. Eso quiere decir que la verdad y la vida vienen de Él.”

“Los que escuchan están vueltos hacia Jesús. Así es la fe: mirar, escuchar, recibir.”

“Esta imagen entera se puede resumir en una sola idea: la vida está en el Hijo.”

Esta segunda imagen es especialmente útil para preparar tanto la lectio divina como la oración final, porque coloca al niño de un modo más directo ante la persona de Cristo y su palabra salvadora.

9. Explicación del Evangelio

Jesús viene de lo alto. Esto significa que su origen no es solo terreno. Él viene del Padre y por eso conoce de verdad las cosas de Dios. No habla como alguien que ha oído rumores o ha pensado ideas bonitas, sino como el Hijo que vive unido al Padre. Esta es la primera gran verdad del texto y conviene repetirla con claridad a los niños: Jesús sabe quién es Dios porque viene de Dios. No es simplemente un hombre religioso que busca a Dios a tientas; es el Hijo que nos revela al Padre desde dentro de su propia unión con Él.

El texto añade que el Padre ama al Hijo y ha puesto todo en sus manos. Esta frase debe ser explicada con especial solemnidad, porque concentra buena parte del sentido del pasaje. El Padre no le ha confiado una tarea pequeña ni parcial. Le ha entregado todo: la verdad, la salvación, la gracia, el juicio, la vida. Por eso el cristiano no puede separar a Dios de Cristo. No existe un acceso verdadero al Padre al margen del Hijo. Todo lo que el Padre quiere darnos, nos lo da en Jesucristo. Esto debe quedar muy grabado en los niños, porque ayuda a formar una fe profundamente cristocéntrica.

El evangelista dice además que Dios no le da el Espíritu con medida. En lenguaje sencillo, esto significa que en Jesús habita la plenitud del Espíritu Santo. Nosotros recibimos la gracia de manera participada y limitada; en Cristo, en cambio, reside la plenitud. Él no solo posee el Espíritu, sino que lo comunica. Esto es muy importante para la preparación sacramental: Jesús no es solo un maestro que explica el camino, sino el Salvador que comunica la vida de Dios y derrama su gracia sobre los que creen.

Luego viene la afirmación culminante: «El que cree en el Hijo tiene vida eterna». Aquí el Evangelio no dice simplemente que tendrá un premio en el futuro, sino que tiene ya desde ahora la vida eterna como semilla y comienzo. Esto debe explicarse muy bien a los niños. La vida eterna no es solo “vivir después”, sino vivir ya en amistad con Dios, en gracia, en comunión con Cristo. Cuando un niño cree, reza, recibe los sacramentos y vive unido a Jesús, esa vida divina ya está creciendo en su alma.

El texto también contiene una advertencia seria: quien se cierra al Hijo no verá la vida. Esto no debe presentarse con tono amenazante, sino con verdad. El Evangelio enseña que rechazar a Cristo no es algo indiferente. Si la vida está en el Hijo, cerrarse a Él significa quedarse fuera de esa vida. Conviene decirlo con serenidad, sin dramatismos excesivos, pero sin rebajarlo. La catequesis no puede callar que la fe implica una respuesta real y que esa respuesta tiene consecuencias para toda la existencia.

Para niños de Primera Comunión, todo esto puede resumirse así: Jesús viene del Padre, lo sabe todo sobre Dios, tiene en sus manos la salvación, comunica el Espíritu y da la vida eterna a quien cree en Él. Por tanto, acercarse a la Comunión significa acercarse a Aquel en quien está la vida. No es un gesto pequeño ni rutinario. Es un encuentro con el Hijo venido de lo alto, lleno del Espíritu y enviado por amor para darnos la vida de Dios.

10. Desarrollo de la sesión y actividades

Actividad 1. “¿De dónde viene Jesús?” (15-18 minutos)

Objetivo catequético: Ayudar a los niños a comprender que Jesús no es solo un maestro humano, sino el Hijo que viene de lo alto y revela las cosas de Dios.

Texto base: «El que viene de arriba está por encima de todos» (Jn 3, 31).

Materiales: imagen horizontal, Biblia, folios y colores.

Desarrollo paso a paso: El catequista muestra la primera mitad de la imagen horizontal y pide a los niños que describan lo que ven. Después lee el versículo de san Juan. A continuación pregunta: “¿Qué diferencia hay entre un profeta, un sabio o un maestro, y Jesús?”. Se recogen respuestas sencillas. Luego el catequista explica que Jesús viene de lo alto, del Padre, y por eso conoce y enseña las cosas de Dios con autoridad única.

Después se reparte un folio a cada niño y se les invita a dibujar a Jesús enseñando desde lo alto, o bien a escribir una frase breve debajo de un dibujo sencillo, como por ejemplo: “Jesús viene del Padre”, “Jesús me enseña la verdad de Dios” o “Jesús viene del cielo”. Tras unos minutos, algunos niños comparten lo que han hecho, y el catequista refuerza las expresiones correctas.

Explicación para el catequista: Esta actividad no debe quedarse en un ejercicio plástico sin más. Su finalidad es que el niño dé un paso cristológico real. Muchos niños saben que Jesús es “muy bueno”, pero no siempre han asimilado que su autoridad nace de su origen divino. Por eso conviene insistir en que Jesús no habla solo sobre Dios: habla desde Dios, porque viene del Padre.

Microguion orientativo:

“Jesús no es uno más entre muchos.”

“Jesús viene de lo alto, viene del Padre.”

“Por eso, cuando Jesús habla, yo no escucho solo una opinión: escucho la verdad que Dios me quiere dar.”

Aplicación a la Primera Comunión: El niño debe empezar a entender que cuando se acerca a la Comunión no recibe una señal religiosa cualquiera, sino al Hijo venido del Padre.

Actividad 2. “El Padre ha puesto todo en sus manos” (18-20 minutos)

Objetivo catequético: Comprender que el Padre ama al Hijo y le ha confiado la obra de la salvación, ayudando a los niños a descubrir que todo lo importante de la vida cristiana se concentra en Cristo.

Texto base: «El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en su mano» (Jn 3, 35).

Materiales: imagen cuadrada, cartulinas pequeñas o tiras de papel, lápices.

Desarrollo paso a paso: El catequista muestra la imagen cuadrada y llama la atención sobre las manos de Jesús abiertas en gesto de enseñanza y de entrega. Después lee el versículo. Explica que en las manos de Jesús el Padre ha puesto todo: la verdad, la gracia, la salvación, la vida eterna. A continuación, pregunta a los niños qué cosas importantes recibimos de Jesús. Se pueden sugerir, si hace falta, respuestas como: el perdón, la paz, la verdad, la gracia, la vida, la amistad con Dios, el Espíritu Santo.

Después se reparte a cada niño varias tiras de papel. En cada una escriben una palabra o expresión breve: “perdón”, “vida”, “amor”, “gracia”, “luz”, “paz”, “Eucaristía”, “verdad”, “cielo”. Luego se colocan esas tiras alrededor de una imagen de Jesús o al pie de la cruz, formando una especie de corona o marco catequético. El catequista concluye explicando que todo eso nos llega por Cristo y en Cristo.

Explicación para el catequista: Esta actividad quiere evitar una visión fragmentada de la fe. A veces los niños piensan en el perdón por un lado, la oración por otro, la Comunión por otro y el cielo por otro. Aquí conviene mostrar la unidad: todo viene por el Hijo. La expresión “todo lo ha puesto en su mano” tiene una fuerza extraordinaria y debe ser explicada con solemnidad sencilla.

Microguion orientativo:

“Todo lo importante para tu salvación pasa por Jesús.”

“El Padre no ha dejado la vida cristiana repartida en muchas cosas sueltas: nos lo ha dado todo en su Hijo.”

“Si buscas la paz, la gracia, el perdón y la vida, tienes que ir a Jesús.”

Aplicación a la Primera Comunión: Esta actividad ayuda a que el niño comprenda que la Eucaristía no es un elemento aislado, sino el don supremo del mismo Cristo en quien el Padre nos ha entregado todo.

Actividad 3. “Creer o cerrarse” (20-22 minutos)

Objetivo catequético: Mostrar que la fe en Jesús implica una respuesta personal y que rechazar al Hijo no es una simple distracción, sino cerrarse a la vida que Dios ofrece.

Texto base: «El que cree en el Hijo tiene vida eterna; el que se resiste al Hijo no verá la vida» (Jn 3, 36).

Materiales: dos cartulinas grandes o dos espacios del encerado, una con el título “Creo en Jesús” y otra con el título “Me cierro a Jesús”.

Desarrollo paso a paso: El catequista lee lentamente el versículo y lo explica con cuidado. Después coloca las dos cartulinas o divide la pizarra en dos partes. Va proponiendo situaciones concretas y los niños deben ayudar a situarlas en uno de los dos lados, explicando por qué. Por ejemplo: rezar con atención, mentir y esconderse, perdonar, despreciar a otro, escuchar la palabra de Dios, burlarse de la fe, pedir perdón, negarse a obedecer a Dios. No se trata de moralismo simple, sino de mostrar que toda la vida se ordena o se desordena según la relación con Cristo.

Después se invita a cada niño a escribir en privado una frase breve comenzando así: “Quiero creer en Jesús cuando…”. Puede completarse con expresiones como “cuando me cueste obedecer”, “cuando tenga miedo”, “cuando me prepare para comulgar”, “cuando me equivoque”. El catequista no tiene por qué pedir que todos lo lean; basta con que el ejercicio se haga de verdad.

Explicación para el catequista: Esta actividad toca un punto delicado. No conviene reducirla a una mera clasificación moral de conductas, sino mostrar que toda la vida se ordena o se desordena según la relación con Cristo. El versículo habla de creer o resistirse al Hijo. Hay que explicar que el rechazo no es siempre odio explícito; muchas veces es indiferencia, cerrazón, desobediencia o vida sin Cristo.

Microguion orientativo:

“Creer en Jesús no es solo decir que sí con la boca.”

“Creer es abrirle la vida.”

“Resistirse a Jesús es cerrarle la puerta, aunque uno siga sabiendo cosas sobre Él.”

Aplicación a la Primera Comunión: El niño debe entender que comulgar bien no consiste solo en “llegar al día”, sino en querer abrir realmente el corazón al Hijo y vivir de Él.

Actividad 4. “La vida eterna empieza ahora” (18-20 minutos)

Objetivo catequético: Ayudar a los niños a comprender que la vida eterna no es solo algo del final, sino una vida nueva que ya comienza en la amistad con Jesús y crece especialmente en la Eucaristía.

Texto base: «El que cree en el Hijo tiene vida eterna» (Jn 3, 36).

Materiales: vela encendida, cruz, imagen cuadrada, cartulina o folio para cada niño.

Desarrollo paso a paso: El catequista coloca la vela encendida junto a la cruz y la imagen cuadrada. Explica que la vida eterna no es solo “vivir después de morir”, sino vivir ya desde ahora unidos a Dios por la gracia. Luego pregunta a los niños qué cosas alimentan esa vida de Jesús en nosotros. Se recogen respuestas y se orientan: la oración, la verdad, la confesión, la Misa, la Comunión, la obediencia, la caridad.

Después cada niño dibuja una lámpara encendida, una fuente o un árbol vivo, y alrededor escribe las cosas que ayudan a esa vida a crecer. El catequista comenta que la vida eterna comienza ya cuando vivimos unidos a Jesús, y que la Primera Comunión es uno de los grandes momentos en que esa vida se fortalece, porque recibimos sacramentalmente al mismo Cristo.

Explicación para el catequista: Esta actividad debe evitar que el niño entienda la vida eterna como una idea demasiado lejana y abstracta. Hay que enseñarle que la vida de Dios empieza aquí, ahora, en la gracia. Así la Eucaristía aparece no como simple rito, sino como alimento de esa vida sobrenatural. Conviene usar expresiones claras y repetidas.

Microguion orientativo:

“La vida eterna no empieza solo al final: empieza cuando Jesús vive en ti.”

“La gracia es ya una vida nueva.”

“La Primera Comunión no es solo una celebración; es alimento de la vida de Dios en tu alma.”

Aplicación a la Primera Comunión: Esta actividad pone directamente al niño ante el sentido profundo de la Comunión: recibir a Jesús para que la vida divina crezca en él.

11. Lectio divina

Texto clave: «El que cree en el Hijo tiene vida eterna» (Jn 3, 36).

El catequista proclama el versículo muy despacio, dos o tres veces, dejando pausas. Después invita a los niños a cerrar un momento los ojos y a repetir interiormente el nombre de Jesús. Puede decir con voz serena: “Piensa ahora en Jesús. Él viene del Padre. Él te conoce. Él quiere darte su vida.”

Después todos pueden repetir juntos, en voz baja y pausada: “Jesús, yo creo en ti”. Puede dejarse un breve silencio y concluir con una frase común: “Señor, aumenta mi fe”.

12. Relación con la Eucaristía

En la Comunión recibimos al Hijo que el Padre ha enviado. No recibimos una idea, ni una ayuda simbólica, ni un simple recuerdo: recibimos a Cristo vivo, al Hijo amado en quien el Padre ha puesto todo. Por eso este texto se relaciona tan bien con la Primera Comunión. El niño debe comprender que acercarse a la Eucaristía es acercarse a Aquel de quien depende la vida eterna.

Además, si el Padre ha puesto todo en manos del Hijo, entonces acercarse a Jesús en la Comunión es acercarse a la fuente de la gracia, del perdón, de la luz y de la salvación. La Primera Comunión, por tanto, debe ser presentada con toda su grandeza: es el encuentro con el Hijo venido del cielo, lleno del Espíritu, que quiere comunicar su propia vida.

13. Orientaciones para el catequista

El catequista debe sostener toda la sesión sobre un eje muy claro: la centralidad absoluta de Cristo. Este texto no permite una catequesis tibia ni genérica. Todo gira alrededor del Hijo. Por eso conviene evitar formulaciones que rebajen el pasaje a un simple mensaje moral o psicológico. La meta no es que el niño salga solo con ganas de “ser mejor”, sino con una fe más clara en Jesús.

Es fundamental también mantener la unidad entre doctrina y vida. La afirmación “el Padre ha puesto todo en sus manos” debe resonar durante toda la sesión. Las actividades están pensadas precisamente para que el niño no vea ideas sueltas, sino una sola realidad: todo se concentra en Cristo, todo viene por Él, todo conduce a Él.

El tono del catequista debe ser sereno, firme y luminoso. No hace falta dramatizar la parte del rechazo del Hijo, pero sí explicarla con verdad. La alternativa del texto es real: creer y recibir vida, o cerrarse y no dejar entrar la vida. Eso debe decirse con claridad, pero siempre mostrando primero la grandeza del don que Dios ofrece.

14. Orientaciones para los padres

Los padres pueden ayudar mucho a sus hijos repitiendo en casa una idea central de esta sesión: Jesús no es uno más; es el Hijo que viene del Padre. Basta una frase sencilla, repetida con fe, para abrir mucho el corazón del niño. También es muy útil hablar con ellos de la Primera Comunión no solo como preparación externa, sino como encuentro con Jesús vivo.

Sería bueno que durante la semana se repitiera en familia, quizá por la noche, una breve jaculatoria inspirada en este Evangelio, como por ejemplo: “Jesús, yo creo en ti” o “Señor, danos tu vida”. De este modo, la catequesis no queda encerrada en la sala parroquial, sino que entra en el ritmo del hogar.

15. Oración final

Señor Jesús,
tú vienes del Padre
y hablas con verdad.

El Padre te ama
y ha puesto todo en tus manos.
Yo quiero creer en ti,
escucharte,
seguirte
y recibir la vida que solo tú puedes dar.

Prepárame para la Primera Comunión.
Hazme acercarme a ti con fe,
con amor
y con el corazón abierto.

Amén.

16. Conclusión

Juan 3, 31-36 es un texto breve, pero inmenso. Presenta a Jesucristo en toda su singularidad: viene de lo alto, posee el Espíritu sin medida, es amado por el Padre y tiene todo en sus manos. Quien cree en Él recibe vida eterna. Esta sesión debe ayudar a que el niño no vea a Jesús solo como un personaje admirable, sino como el Hijo enviado por el Padre para darle vida.

Si esta verdad queda sembrada con fuerza en el alma del niño, la preparación a la Primera Comunión ganará una profundidad mucho mayor. Entonces la Eucaristía no será para él un acto aislado, sino el encuentro con el Hijo amado, fuente de vida eterna.

 

Evangelio del día: Jesús habla con Nicodemo

Evangelio del día: Jesús habla con Nicodemo

Juan 3, 7b-15. Martes de la 2.ª semana del Tiempo de Pascua. Es Dios quien nos llama. Es Dios quien nos convoca. Es Dios quien nos invita a formar parte de su pueblo… Y esta invitación está dirigida a todos, sin distinción, porque gracias a Su Misericordia quiere que todos nos salvemos.

En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo:  «No te extrañes de que te haya dicho: «Ustedes tienen que renacer de lo alto». El viento sopla donde quiere: tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu». «¿Cómo es posible todo esto?», le volvió a preguntar Nicodemo. Jesús le respondió: «¿Tú, que eres maestro en Israel, no sabes estas cosas? Te aseguro que nosotros hablamos de lo que hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero ustedes no aceptan nuestro testimonio. Si no creen cuando les hablo de las cosas de la tierra, ¿cómo creerán cuando les hable de las cosas del cielo? Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo. De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna.

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Libro de los Hechos de los Apóstoles, Hch 4, 32-37

Salmo: Sal 93(92), 1-2.5

Oración introductoria

Señor, creo en Ti. Humildemente te suplico que permitas que esta meditación me ayude a comprender que tu Palabra es mi luz y mi fortaleza, el alimento de mi alma, la fuente perenne de mi vida espiritual.

Petición

Señor, enséñame a renacer en la nueva familia de Dios: tu Iglesia.

Meditación del Santo Padre Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy desearía detenerme brevemente en otro de los términos con los que el Concilio Vaticano II definió a la Iglesia: «Pueblo de Dios» (cf. const. dogm. Lumen gentium, 9; Catecismo de la Iglesia católica, 782). Y lo hago con algunas preguntas sobre las cuales cada uno podrá reflexionar.

¿Qué quiere decir ser «Pueblo de Dios»? Ante todo quiere decir que Dios no pertenece en modo propio a pueblo alguno; porque es Él quien nos llama, nos convoca, nos invita a formar parte de su pueblo, y esta invitación está dirigida a todos, sin distinción, porque la misericordia de Dios «quiere que todos se salven» (1 Tm 2, 4). A los Apóstoles y a nosotros Jesús no nos dice que formemos un grupo exclusivo, un grupo de élite. Jesús dice: id y haced discípulos a todos los pueblos (cf. Mt 28, 19). San Pablo afirma que en el pueblo de Dios, en la Iglesia, «no hay judío y griego… porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gal 3, 28). Desearía decir también a quien se siente lejano de Dios y de la Iglesia, a quien es temeroso o indiferente, a quien piensa que ya no puede cambiar: el Señor te llama también a ti a formar parte de su pueblo y lo hace con gran respeto y amor. Él nos invita a formar parte de este pueblo, pueblo de Dios.

¿Cómo se llega a ser miembros de este pueblo? No es a través del nacimiento físico, sino de un nuevo nacimiento. En el Evangelio, Jesús dice a Nicodemo que es necesario nacer de lo alto, del agua y del Espíritu para entrar en el reino de Dios (cf. Jn 3, 3-5). Somos introducidos en este pueblo a través del Bautismo, a través de la fe en Cristo, don de Dios que se debe alimentar y hacer crecer en toda nuestra vida. Preguntémonos: ¿cómo hago crecer la fe que recibí en mi Bautismo? ¿Cómo hago crecer esta fe que yo recibí y que el pueblo de Dios posee?

La otra pregunta. ¿Cuál es la ley del pueblo de Dios? Es la ley del amor, amor a Dios y amor al prójimo según el mandamiento nuevo que nos dejó el Señor (cf. Jn 13, 34). Un amor, sin embargo, que no es estéril sentimentalismo o algo vago, sino que es reconocer a Dios como único Señor de la vida y, al mismo tiempo, acoger al otro como verdadero hermano, superando divisiones, rivalidades, incomprensiones, egoísmos; las dos cosas van juntas. ¡Cuánto camino debemos recorrer aún para vivir en concreto esta nueva ley, la ley del Espíritu Santo que actúa en nosotros, la ley de la caridad, del amor! Cuando vemos en los periódicos o en la televisión tantas guerras entre cristianos, pero ¿cómo puede suceder esto? En el seno del pueblo de Dios, ¡cuántas guerras! En los barrios, en los lugares de trabajo, ¡cuántas guerras por envidia y celos! Incluso en la familia misma, ¡cuántas guerras internas! Nosotros debemos pedir al Señor que nos haga comprender bien esta ley del amor. Cuán hermoso es amarnos los unos a los otros como hermanos auténticos. ¡Qué hermoso es! Hoy hagamos una cosa: tal vez todos tenemos simpatías y no simpatías; tal vez muchos de nosotros están un poco enfadados con alguien; entonces digamos al Señor: Señor, yo estoy enfadado con este o con esta; te pido por él o por ella. Rezar por aquellos con quienes estamos enfadados es un buen paso en esta ley del amor. ¿Lo hacemos? ¡Hagámoslo hoy!

¿Qué misión tiene este pueblo? La de llevar al mundo la esperanza y la salvación de Dios: ser signo del amor de Dios que llama a todos a la amistad con Él; ser levadura que hace fermentar toda la masa, sal que da sabor y preserva de la corrupción, ser una luz que ilumina. En nuestro entorno, basta con abrir un periódico —como dije—, vemos que la presencia del mal existe, que el Diablo actúa. Pero quisiera decir en voz alta: ¡Dios es más fuerte! Vosotros, ¿creéis esto: que Dios es más fuerte? Pero lo decimos juntos, lo decimos todos juntos: ¡Dios es más fuerte! Y, ¿sabéis por qué es más fuerte? Porque Él es el Señor, el único Señor. Y desearía añadir que la realidad a veces oscura, marcada por el mal, puede cambiar si nosotros, los primeros, llevamos a ella la luz del Evangelio sobre todo con nuestra vida. Si en un estadio —pensemos aquí en Roma en el Olímpico, o en el de San Lorenzo en Buenos Aires—, en una noche oscura, una persona enciende una luz, se vislumbra apenas; pero si los más de setenta mil espectadores encienden cada uno la propia luz, el estadio se ilumina. Hagamos que nuestra vida sea una luz de Cristo; juntos llevaremos la luz del Evangelio a toda la realidad.

¿Cuál es la finalidad de este pueblo? El fin es el Reino de Dios, iniciado en la tierra por Dios mismo y que debe ser ampliado hasta su realización, cuando venga Cristo, nuestra vida (cf. Lumen gentium, 9). El fin, entonces, es la comunión plena con el Señor, la familiaridad con el Señor, entrar en su misma vida divina, donde viviremos la alegría de su amor sin medida, un gozo pleno.

Queridos hermanos y hermanas, ser Iglesia, ser pueblo de Dios, según el gran designio de amor del Padre, quiere decir ser el fermento de Dios en esta humanidad nuestra, quiere decir anunciar y llevar la salvación de Dios a este mundo nuestro, que a menudo está desorientado, necesitado de tener respuestas que alienten, que donen esperanza y nuevo vigor en el camino. Que la Iglesia sea espacio de la misericordia y de la esperanza de Dios, donde cada uno se sienta acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio. Y para hacer sentir al otro acogido, amado, perdonado y alentado, la Iglesia debe tener las puertas abiertas para que todos puedan entrar. Y nosotros debemos salir por esas puertas y anunciar el Evangelio.

Santo Padre Francisco: Pueblo de Dios

Audiencia General del miércoles, 12 de junio de 2013

Diálogo con Cristo

Señor Jesús, por el bautismo somos ungidos en tu Espíritu. Sin embargo, la preocupación por lo material me domina con demasiada facilidad y no vivo de acuerdo a las grandes bendiciones que he recibido. Por eso confío en que esta oración me lleve a poner en primer lugar lo que Tú quieres, antes que mis planes.

Propósito

Hacer una visita a Cristo Eucaristía para renovar las promesas de mi bautismo.

*  *  *

Evangelio del día en «Catholic.net»

Evangelio del día en «Evangelio del día»

Evangelio del día en «Orden de Predicadores»

Evangelio del día en «Evangeli.net»

*  *  *

 

 

 

 

Evangelio del día: Jesús habla con Nicodemo

Evangelio del día: Jesús habla con Nicodemo

Juan 3, 7b-15. Martes de la 2.ª semana del Tiempo de Pascua. Es Dios quien nos llama. Es Dios quien nos convoca. Es Dios quien nos invita a formar parte de su pueblo… Y esta invitación está dirigida a todos, sin distinción, porque gracias a Su Misericordia quiere que todos nos salvemos.

En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo:  «No te extrañes de que te haya dicho: «Ustedes tienen que renacer de lo alto». El viento sopla donde quiere: tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu». «¿Cómo es posible todo esto?», le volvió a preguntar Nicodemo. Jesús le respondió: «¿Tú, que eres maestro en Israel, no sabes estas cosas? Te aseguro que nosotros hablamos de lo que hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero ustedes no aceptan nuestro testimonio. Si no creen cuando les hablo de las cosas de la tierra, ¿cómo creerán cuando les hable de las cosas del cielo? Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo. De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna.

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Libro de los Hechos de los Apóstoles, Hch 4, 32-37

Salmo: Sal 93(92), 1-2.5

Oración introductoria

Señor, creo en Ti. Humildemente te suplico que permitas que esta meditación me ayude a comprender que tu Palabra es mi luz y mi fortaleza, el alimento de mi alma, la fuente perenne de mi vida espiritual.

Petición

Señor, enséñame a renacer en la nueva familia de Dios: tu Iglesia.

Meditación del Santo Padre Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy desearía detenerme brevemente en otro de los términos con los que el Concilio Vaticano II definió a la Iglesia: «Pueblo de Dios» (cf. const. dogm. Lumen gentium, 9; Catecismo de la Iglesia católica, 782). Y lo hago con algunas preguntas sobre las cuales cada uno podrá reflexionar.

¿Qué quiere decir ser «Pueblo de Dios»? Ante todo quiere decir que Dios no pertenece en modo propio a pueblo alguno; porque es Él quien nos llama, nos convoca, nos invita a formar parte de su pueblo, y esta invitación está dirigida a todos, sin distinción, porque la misericordia de Dios «quiere que todos se salven» (1 Tm 2, 4). A los Apóstoles y a nosotros Jesús no nos dice que formemos un grupo exclusivo, un grupo de élite. Jesús dice: id y haced discípulos a todos los pueblos (cf. Mt 28, 19). San Pablo afirma que en el pueblo de Dios, en la Iglesia, «no hay judío y griego… porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gal 3, 28). Desearía decir también a quien se siente lejano de Dios y de la Iglesia, a quien es temeroso o indiferente, a quien piensa que ya no puede cambiar: el Señor te llama también a ti a formar parte de su pueblo y lo hace con gran respeto y amor. Él nos invita a formar parte de este pueblo, pueblo de Dios.

¿Cómo se llega a ser miembros de este pueblo? No es a través del nacimiento físico, sino de un nuevo nacimiento. En el Evangelio, Jesús dice a Nicodemo que es necesario nacer de lo alto, del agua y del Espíritu para entrar en el reino de Dios (cf. Jn 3, 3-5). Somos introducidos en este pueblo a través del Bautismo, a través de la fe en Cristo, don de Dios que se debe alimentar y hacer crecer en toda nuestra vida. Preguntémonos: ¿cómo hago crecer la fe que recibí en mi Bautismo? ¿Cómo hago crecer esta fe que yo recibí y que el pueblo de Dios posee?

La otra pregunta. ¿Cuál es la ley del pueblo de Dios? Es la ley del amor, amor a Dios y amor al prójimo según el mandamiento nuevo que nos dejó el Señor (cf. Jn 13, 34). Un amor, sin embargo, que no es estéril sentimentalismo o algo vago, sino que es reconocer a Dios como único Señor de la vida y, al mismo tiempo, acoger al otro como verdadero hermano, superando divisiones, rivalidades, incomprensiones, egoísmos; las dos cosas van juntas. ¡Cuánto camino debemos recorrer aún para vivir en concreto esta nueva ley, la ley del Espíritu Santo que actúa en nosotros, la ley de la caridad, del amor! Cuando vemos en los periódicos o en la televisión tantas guerras entre cristianos, pero ¿cómo puede suceder esto? En el seno del pueblo de Dios, ¡cuántas guerras! En los barrios, en los lugares de trabajo, ¡cuántas guerras por envidia y celos! Incluso en la familia misma, ¡cuántas guerras internas! Nosotros debemos pedir al Señor que nos haga comprender bien esta ley del amor. Cuán hermoso es amarnos los unos a los otros como hermanos auténticos. ¡Qué hermoso es! Hoy hagamos una cosa: tal vez todos tenemos simpatías y no simpatías; tal vez muchos de nosotros están un poco enfadados con alguien; entonces digamos al Señor: Señor, yo estoy enfadado con este o con esta; te pido por él o por ella. Rezar por aquellos con quienes estamos enfadados es un buen paso en esta ley del amor. ¿Lo hacemos? ¡Hagámoslo hoy!

¿Qué misión tiene este pueblo? La de llevar al mundo la esperanza y la salvación de Dios: ser signo del amor de Dios que llama a todos a la amistad con Él; ser levadura que hace fermentar toda la masa, sal que da sabor y preserva de la corrupción, ser una luz que ilumina. En nuestro entorno, basta con abrir un periódico —como dije—, vemos que la presencia del mal existe, que el Diablo actúa. Pero quisiera decir en voz alta: ¡Dios es más fuerte! Vosotros, ¿creéis esto: que Dios es más fuerte? Pero lo decimos juntos, lo decimos todos juntos: ¡Dios es más fuerte! Y, ¿sabéis por qué es más fuerte? Porque Él es el Señor, el único Señor. Y desearía añadir que la realidad a veces oscura, marcada por el mal, puede cambiar si nosotros, los primeros, llevamos a ella la luz del Evangelio sobre todo con nuestra vida. Si en un estadio —pensemos aquí en Roma en el Olímpico, o en el de San Lorenzo en Buenos Aires—, en una noche oscura, una persona enciende una luz, se vislumbra apenas; pero si los más de setenta mil espectadores encienden cada uno la propia luz, el estadio se ilumina. Hagamos que nuestra vida sea una luz de Cristo; juntos llevaremos la luz del Evangelio a toda la realidad.

¿Cuál es la finalidad de este pueblo? El fin es el Reino de Dios, iniciado en la tierra por Dios mismo y que debe ser ampliado hasta su realización, cuando venga Cristo, nuestra vida (cf. Lumen gentium, 9). El fin, entonces, es la comunión plena con el Señor, la familiaridad con el Señor, entrar en su misma vida divina, donde viviremos la alegría de su amor sin medida, un gozo pleno.

Queridos hermanos y hermanas, ser Iglesia, ser pueblo de Dios, según el gran designio de amor del Padre, quiere decir ser el fermento de Dios en esta humanidad nuestra, quiere decir anunciar y llevar la salvación de Dios a este mundo nuestro, que a menudo está desorientado, necesitado de tener respuestas que alienten, que donen esperanza y nuevo vigor en el camino. Que la Iglesia sea espacio de la misericordia y de la esperanza de Dios, donde cada uno se sienta acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio. Y para hacer sentir al otro acogido, amado, perdonado y alentado, la Iglesia debe tener las puertas abiertas para que todos puedan entrar. Y nosotros debemos salir por esas puertas y anunciar el Evangelio.

Santo Padre Francisco: Pueblo de Dios

Audiencia General del miércoles, 12 de junio de 2013

Diálogo con Cristo

Señor Jesús, por el bautismo somos ungidos en tu Espíritu. Sin embargo, la preocupación por lo material me domina con demasiada facilidad y no vivo de acuerdo a las grandes bendiciones que he recibido. Por eso confío en que esta oración me lleve a poner en primer lugar lo que Tú quieres, antes que mis planes.

Propósito

Hacer una visita a Cristo Eucaristía para renovar las promesas de mi bautismo.

*  *  *

Evangelio del día en «Catholic.net»

Evangelio del día en «Evangelio del día»

Evangelio del día en «Orden de Predicadores»

Evangelio del día en «Evangeli.net»

*  *  *