Santa Inés para colorear

Santa Inés para colorear

Considerada en la Iglesia como patrona de la pureza, es una de las más populares santas cristianas, y su nombre está incluido en el canon de la misa. Debido a sus riquezas y hermosura, la santa –a la edad de trece años- fue pretendida por varios jóvenes de las principales familias romanas; sin embargo, la joven había consagrado su virginidad al Señor Jesús. 

Ante esta negativa, sus pretendientes la denunciaron como cristiana al gobernador, quien utilizó halagos y amenazas para persuadirla, pero todo fue en vano, pues Inés se mantuvo firme en su decición. Al ver esto, el gobernador la envió a una casa de prostitución, donde acudieron muchos jóvenes licenciosos pero que no se atrevieron a acercársele, pues se llenaron de terror y espanto al ser observados por la santa. El gobernador enfurecido la condenó a ser decapitada. El cuerpo de la santa fue sepultado a corta distancia de Roma, junto a la Vía Nomentana.

Santa Inés para colorear

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San Sebastián, con recursos audiovisuales

San Sebastián, con recursos audiovisuales

Sebastián era hijo de familia militar y noble, oriundo de Milán (263). Fue tribuno de la primera cohorte de la guardia pretoriana en la que era respetado por todos y muy apreciado por el Emperador, que desconocía su cualidad de cristiano.

Cumplía con la disciplina militar, pero no participaba en los sacrificios idolátricos. Como buen cristiano, no solo ejercitaba el apostolado entre sus compañeros sino que también visitaba y alentaba a los cristianos encarcelados por causa de Cristo.

Fue a partir del encarcelamiento de dos jóvenes, Marco y Marceliano, cuando Sebastián empezó a ser reconocido públicamente como cristiano. Los dos jóvenes fueron arrestados y les fue concedido un plazo de treinta días para renegar de su fe en Dios o seguir creyendo en Él. Sebastián, enterado de la situación, bajó a los calabozos para dar palabras de ánimo a los muchachos. A partir de ese momento, se produjeron muchas conversiones y, como terrible consecuencia, martirios, entre ellos el de los dos muchachos encarcelados, Marco y Marceliano. (Esta historia la tienes más ampliada en este artículo.)

Martirio de San Sebastián

Debido a todo esto, el Papa San Cayo le nombró defensor de la Iglesia. Sin embargo, el Emperador Diocleciano también se enteró de que Sebastián era cristiano y mandó arrestarlo. Sebastián fue apresado en el momento en que enterraba a otros mártires, conocidos como los «Cuatro Coronados». Fue llevado ante Diocleciano que le dijo: «Yo te he tenido siempre entre los mejores de mi palacio y tú has obrado en la sombra contra mí, injuriando a los dioses».

San Sebastián no se amedrentó con estas palabras y reafirmó nuevamente su fe en Jesucristo. La pena ordenada por el Emperador era que Sebastián fuera atado y cubierto de flechas en zonas no vitales del cuerpo humano, de forma que no muriera directamente por los flechazos, sino que falleciera al cabo de un tiempo, desangrado, entre grandes y largos dolores. Los soldados, cumpliendo las órdenes del Emperador, lo llevaron al estadio, lo desnudaron, lo ataron a un árbol y lanzaron sobre él una lluvia de saetas. Cuando acabaron su misión y vieron que Sebastián ya estaba casi muerto, dejaron el cuerpo inerte del santo acribillado por las flechas. Sin embargo, sus amigos que estaban al acecho, se acercaron, y al verlo todavía con vida, lo llevaron a casa de una noble cristiana romana, llamada Irene, que lo mantuvo escondido en su casa y le curó las heridas hasta que quedó sano.

Cuando Sebastián estuvo nuevamente restablecido, sus amigos le aconsejaron que se ausentara de Roma, pero el santo se negó rotundamente pues su corazón ardoroso del amor de Cristo, impedía que él no continuase anunciando a su Señor. Volvió a presentarse con valentía ante el Emperador, cuando éste se encontraba en plena ofrenda a un dios, quedando desconcertado porque lo daba por muerto, momento que Sebastián aprovechó para arremeter con fuerza contra él y sus creencias. Maximiano ordenó que lo azotaran hasta morir (año 304), y esta vez, los soldados se aseguraron bien de cumplir sin errores la misión.

El cuerpo sin vida de San Sebastián fue recogido por los fieles cristianos y sepultado en la en un cementerio subterráneo de la Vía Apia romana, que hoy lleva el nombre de Catacumba de San Sebastián.

Aparece atestiguado en la Depositio Martyrum o deposición de los mártires de la Iglesia Romana, que nos dice que San Sebastián está enterrado en el cementerio Ad Catacumbas. Nos dan fe de su culto el Calendario de Cartago y el Sacramentario Gelasiano y Gregoriano, así como diversos Itinerarios. Concretamente el Calendario jeronimiano especifica más el lugar de su sepulcro: en una galería subterránea, junto a la memoria de los apóstoles Pedro y Pablo. Durante la peste de Roma (680) fue invocada su protección particular y desde entonces la Iglesia Universal ve en él al abogado especial contra la peste y en general se le considera como gran defensor de la Iglesia.

San Sebastián en el arte

La iconografía de San Sebastián es amplísima. La representación más antigua data del siglo V, descubierta en la cripta San Cecilia, en la catacumba de San Calixto. A partir del Renacimiento los artistas lo representan como soldado, generalmente semidesnudo atado a un árbol y erizado de flechas. Por ser uno de los santos más reproducidos por el arte es conocido como el Apolo cristiano.

San Ambrosio, en el siglo IV, nos da un testimonio sobre él: «aprovechemos el ejemplo del mártir San Sebastián, cuya fiesta celebramos hoy. Era oriundo de Milán y marchó a Roma en tiempo en que la fe sufría allí persecución tremenda. Allí padeció, esto es, allí fue coronado».

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Otras fuentes en la red

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Recursos audiovisuales

San Sebastián, mártir, por Encarni Llamas en DiócesisTV

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Himno a San Sebastián, patrono de Purranque (Chile)

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San Sebastián, apóstol de mártires

San Sebastián, apóstol de mártires

Sebastián nació en la ciudad de Narbona, siendo su padre originario del Languedoc, en la Galia, y su madre, de Milán. En esta última ciudad recibió educación esmerada en la religión cristiana, que ya profesaban sus padres.

Desde joven sintió inclinación por la vida militar. Su dulzura, su prudencia, su apacible genio, su generosidad y otras bellas cualidades que poseía hicieron que pronto fuera conocido en la Corte imperial. Alcanzó el grado de centurión o capitán de cohorte de la guardia pretoriana, rango que normalmente sólo se concedía a personas de ilustre prosapia.

Fortaleza en la fe

Sebastián fue un cristiano fervoroso, pero no iba proclamando su condición cristiana, sino que procedió con un sentido muy exacto de la discreción, que le permitió intervenir en favor de sus hermanos en la fe, necesitados de su auxilio siempre oportuno. De esta forma pudo socorrer y alentar a los cristianos perseguidos y a los que estaban en los calabozos. En este quehacer empleó muchas de sus energías y bienes, sin perdonar trabajos ni fatigas.

Mantuvo a muchos que titubeaban en los tormentos y fortaleció a no pocos que flaqueaban a la vista de los suplicios. Era apóstol de los confesores y de los mártires.

Cuando fueron apresados los hermanos Marcos y Marcelino a causa de su fe católica, y después de haber soportado heroicamente la tortura, iban a ser degollados, he aquí que su padre Tranquilino y su madre Marcia, ambos gentiles, acompañados de las mujeres e hijos de los confesores de la fe en Cristo, se echaron a los pies de Cromacio, prefecto de Roma, y con ruegos y lágrimas obtuvieron de él que aplazase la ejecución por espacio de un mes.

Durante este período de tiempo aquellos familiares de los dos hermanos pusieron todos los medios para que Marcos y Marcelino renegasen de la fe cristiana y de esta forma conservar la vida. Éstos vacilaron ante tantas súplicas y gemidos de sus seres más queridos. Lo advirtió enseguida Sebastián que los visitaba con frecuencia, y consiguió de Dios sostener los ánimos de los dos hermanos que ya comenzaban a flaquear. Y además convirtió a la fe cristiana a Nicóstrato, oficial de Cromacio, y a su mujer Zoé, a Claudio, alcaide de la cárcel, a sesenta y cuatro presos, lo que es más admirable, al padre, a la madre, a los hijos y a las mujeres de Marcos y Marcelino.

Conversiones

Tan admirables conversiones no se produjeron sin milagro. Zoé que estaba muda desde hacía ya bastante tiempo, recobró el uso de la lengua cuando Sebastián hizo la señal de la cruz sobre su boca. Los neófitos que padecían alguna enfermedad o indisposición corporal, recibieron la salud del cuerpo al mismo tiempo que por el bautismo lograban la del alma.

Pero el mayor de todos los prodigios fue la conversión de Cromacio. Éste mandó llamar a Tranquilino para saber si sus hijos se habían dejado persuadir de sus súplicas y lágrimas. Sorpresa grande se llevó cuando supo que el mismo Tranquilino se había hecho cristiano.

—Mis hijos son dichosos, y yo también lo soy desde que Dios me abrió los ojos del alma para conocer la verdad y la santidad de la religión cristiana, fuera de la cual no hay salvación, dijo Tranquilino.

¿Con qué tú también al cabo de tus años te has vuelto loco?, le interrumpió Cromacio.

No, señor, antes bien nunca tuve entendimiento ni juicio hasta que logré la dicha de ser cristiano. Porque no hay mayor locura que preferir, como yo lo había hecho aquí, y como tú lo estás haciendo el día de hoy, el error a la verdad, y la muerte eterna a una vida de felicidad sin fin, respondió el anciano.

Y ¿te atreverás a probarme concluyentemente la verdad de la religión cristiana?, le preguntó el prefecto.

Sí, con tal que quieras prestar oídos dóciles y humildes a las palabras de Sebastián y mías.

La conversación no duró mucho. Cromacio convencido pidió a Sebastián que le curase de una dolencia que padecía, pues tenía noticias de las curaciones milagrosas de Tranquilino, de Zoé y de otros que habían recibido el bautismo. Sebastián le puso tres condiciones: la fe, el bautismo y destruir todos los ídolos de su jardín y de su palacio.

Cromacio aceptó. Se convirtió, y con él, toda su familia. Y también cuatrocientos esclavos suyos recibieron el bautismo y fueron puestos en libertad. Destruyó más de doscientos ídolos. Pero no se curó. Al quejarse a Sebastián, éste le preguntó: ¿Pero has destruido todos los ídolos? Cromacio respondió afirmativamente. Entonces Sebastián le dijo: Sin embargo, has conservado un amuleto de cristal que aprecias mucho y es muy valioso: por eso Dios no te ha concedido la curación.

Poco después, Cromacio rompió el amuleto y quedó curado de su dolencia.

Doble martirio

Días después, la persecución contra los cristianos se hizo más intensa. Se vio la conveniencia que Cromacio, después de haber renunciado al cargo público que tenía, se retirase a la campiña, donde su casa sería asilo de los fieles perseguidos. Todos los cristianos persuadían a Sebastián que también se fuese de Roma, pero él prefirió quedarse en Roma para animar y socorrer a los muchos fieles que estaban en las cárceles. El papa Cayo le dijo estas palabras: Quédate en buena hora, hijo mío, en el campo de batalla; y en traje de oficial del Emperador sé glorioso defensor de la Iglesia de Jesucristo.

Pronto se vio cuán necesaria era su presencia para el socorro y aliento de los mártires. En muy poco tiempo dieron su vida por Cristo: Zoé, Tranquilino, Nicóstrato, su hermano Castor, Claudio, el alcaide de la cárcel, su hijo Sinforiano, y su hermano Victoriano, el hijo de Cromacio ‑Tiburcio‑, Castulo, Marcos y Marcelino.

Sebastián se mantuvo en su lugar, pero cuando los hechos no pregonados, pero tampoco ocultados, terminaron por levantar sospechas sobre su condición, la misma discreción con que supo siempre actuar le forzó a confesar con sus palabras lo que con sus gestos hacía tiempo que profesaba.

Un infeliz apóstata dio parte al sucesor de Cromacio en la Prefectura de Roma de la condición cristiana de Sebastián. Y que era él el que convertía a los gentiles, y el que mantenía en la fe a los cristianos. El Prefecto no se atrevió a arrestarle, por el elevado empleo que ocupaba en la Corte, hasta dar parte al Emperador, informándole de la religión y del celo ardiente del primer capitán de sus guardias.

Asombrado Maximiano, mandó traer a su presencia a Sebastián, y con expresión violenta le recriminó su ingratitud por haber intentando atraer la cólera de los dioses contra el Emperador y contra el Imperio, introduciendo hasta en la misma casa imperial una creencia tan perniciosa al Estado.

Sebastián, con tranquila dignidad y con el mayor respeto, confiesa su fe en Cristo. Y a continuación dijo que a su modo de entender no podía hacer servicio más importante al Emperador y al Imperio que adorar a un solo Dios verdadero; y que estaba tan distante de faltar a su deber por el culto que rendía a Jesucristo, que antes bien nada podía ser tan ventajoso al Príncipe y al Estado como tener vasallos fieles que, menospreciando a los dioses falsos, hiciesen oración incesantemente al Creador del universo por la salud del Emperador y del Imperio.

Las palabras de inocencia y honradez que pronunció Sebastián son completamente inútiles. Irritado el Emperador mandó al instante, sin otra forma de proceso, que Sebastián fuese asaeteado por los mismos soldados de la guardia. Aun así, el capitán de la guardia pretoriana agradeció al que le había delatado la oportunidad que le brindaba de morir por Cristo.

Para cumplir la sentencia del César condujeron a Sebastián al estadio del Monte Palatino. Allí fue asaeteado por sus mismos soldados. Dándolo por muerto, es abandonado atado al árbol del suplicio. Los cristianos van a recoger su cuerpo y descubren con admiración y gozo que aún tiene vida. Una ilustre romana, la matrona Irene, viuda del mártir Castulo, lo oculta en su casa y cuida de sus heridas hasta que se restablece plenamente.

Una vez restablecido, Sebastián -conocedor ahora en carne propia de las inmensas dificultades y atroces tormentos a que son sometidos los cristianos, sin amilanarse lo más mínimo, se siente llamado a dar una prueba más de reciedumbre y entereza cristianas- fue a buscar al Emperador, y en el lugar llamado Mirador de Heliogábalo, comparece espontáneamente ante él para interceder a favor de los cristianos.

¿Es posible, señor, que eternamente os habéis de dejar engañar de los artificios y de las calumnias que perpetuamente se están inventando contra los pobres cristianos? Tan lejos están, gran príncipe, de ser enemigos del Estado, que no tenéis otros vasallos más fieles y que a solas sus oraciones sois deudor de todas vuestras prosperidades, le dice con valor y respeto.

Atónito Maximiano al ver y al oír hablar a un hombre que ya tenía por muerto, le pregunta:

¿Eres tú aquél mismo Sebastián a quien yo mandé quitar la vida, condenándole a que fuese asaeteado?

Y ésta fue la respuesta del antiguo capitán de la guardia pretoriana:

Sí, señor, el mismo Sebastián soy; y mi Señor Jesucristo me conservó la misma vida, para que en presencia de todo este pueblo viniese ahora a dar público testimonio de la impiedad y de la injusticia que cometéis persiguiendo con tanto furor a los cristianos.

El Emperador reacciona coléricamente ordenando que fuese allí mismo apaleado hasta que muriese. Orden que cumplida al momento. Este segundo y definitivo martirio tuvo lugar en el año 304.

Veneración al santo mártir

Queriendo los paganos impedir que se diese sepultura al cuerpo del mártir que Dios lo distinguió con el mérito de un doble martirio, lo arrojaron a una cloaca de la ciudad. El cuerpo quedó milagrosamente suspendido de un garfio, sin caer al fondo ni ser arrastrado por las aguas negras. El mismo Sebastián se apareció aquella misma noche a una dama virtuosa, llamada Lucina, para que recogiera su cuerpo.

Lucina recuperó aquella sagrada reliquia y el cuerpo fue sepultado en un cementerio subterráneo de la Via Apia romana, que hoy lleva el nombre de Catacumba de San Sebastián.

A partir de su martirio se empezó a dar culto a Sebastián. Durante la peste mortífera de Roma (año 608) fue invocada su protección particular y desde entonces la Iglesia universal ve en él al abogado especial contra la peste, y en general se le considera como gran defensor del Iglesia. Muchas ciudades han acudido a su patrocinio eligiéndole como Patrón de la ciudad, como la que lleva su nombre en Vascogandas, Huelva, Palma de Mallorca, Antequera y otras muchas.

Un gran asceta egipcio: Macario de Alejandría, el Grande

Un gran asceta egipcio: Macario de Alejandría, el Grande

El nombre de Macario, de origen griego, significa ‘aquel que ha encontrado la felicidad’, y no puede ser más apropiado para este gran santo de la Iglesia copta de Alejandría.

Macario, al que llamarían el Grande, nació en el alto Egipto, hacia el año 300, y pasó su juventud como pastor. Movido por una intensa gracia, se retiró del mundo a temprana edad, confinándose en una estrecha celda, donde repartía su tiempo entre la oración, las prácticas de penitencia y la fabricación de esteras.

Una mujer le acusó falsamente de que había intentado hacerle violencia. A resultas de ello, Macario fue arrastrado por las calles, apaleado y tratado de hipócrita disfrazado de monje. Todo lo sufrió con paciencia, y aun envió a la mujer el producto de su trabajo, diciéndose: «Macario, ahora tienes que trabajar más, pues tienes que sostener a otro». Pero Dios dio a conocer su inocencia: la mujer que le había calumniado no pudo dar a luz, hasta que reveló el nombre del verdadero padre del niño. Con ello, el furor del pueblo se tornó en admiración por la humildad y paciencia del santo. Para huir de la estima de los hombres, Macario se refugió en el vasto y melancólico desierto de Scete, cuando tenía alrededor de treinta años. Ahí vivió sesenta años y fue el padre espiritual de innumerables servidores de Dios que se confiaron a su dirección y gobernaron sus vidas con las reglas que él les trazó. Todos vivían en ermitas separadas. Sólo un discípulo de Macario vivía con él y se encargaba de recibir a los visitantes. Un obispo egipcio mandó a Macario que recibiera la ordenación sacerdotal a fin de que pudiese celebrar los divinos misterios para sus ermitaños. Más tarde, cuando los ermitaños se multiplicaron, fueron construidas cuatro iglesias, atendidas por otros tantos sacerdotes.

Las austeridades de Macano eran increíbles. Sólo comía una vez por semana. En una ocasión, su discípulo Evagrio, al verle torturado por la sed, le rogó que tomase un poco de agua; pero Macario se limitó a descansar brevemente en la sombra, diciéndole: «En estos veinte años, jamás he comido, bebido, ni dormido lo suficiente para satisfacer a mi naturaleza». Su cuerpo estaba debilitado y tembloroso; su rostro, pálido. Para contradecir sus inclinaciones, no rehusaba beber un poco de vino, cuando otros se lo pedían, pero después se abstenía de toda bebida durante dos o tres días. En vista de lo cual, sus discípulos decidieron impedir que los visitantes le ofrecieran vino. Macario empleaba pocas palabras en sus consejos, y recomendaba el silencio, el retiro y la continua oración -sobre todo esta última- a toda clase de personas. Acostumbraba decir: «En la oración no hace falta decir muchas cosas ni emplear palabras escogidas. Basta con repetir sinceramente: Señor, dame las gracias que Tú sabes que necesito. O bien: Dios mío, ayúdame». 

Enviaron una vez a san Macario unas uvas muy frescas y sabrosas: tuvo ganas de comer de ellas, mas para vencer aquel gusto y apetito no las quiso tocar; antes las envió a otro monje que estaba enfermo; recibiólas éste con agradecimiento, y por mortificarse tampoco las comió, sino enviólas a otro monje; y en suma las uvas anduvieron de mano en mano por todos los monjes Y volvieron a san Macario, el cual dio gracias al Señor por la virtud de todos aquellos santos.

Para vencer el sueño que le estorbaba la oración, estuvo veinte noches sin acostarse debajo de tejado; y viéndose una vez tentado del espíritu de la fornicación, pasó seis meses desnudo en carnes en un lugar donde había innumerables y grandes mosquitos, los cuales dejaron su cuerpo tan lastimado, que parecía un leproso. Caminó veinte días por un desierto sin comer bocado, y estando fatigado y desmayado le proveyó el Señor milagrosamente de sustento. Una vez cavando en un pozo le mordió un áspid: tomóle el santo en las manos e hízole pedazos sin recibir lesión alguna.

Su mansedumbre y paciencia eran extraordinarias, y lograron la conversión de un sacerdote pagano y de muchos otros.

Macario ordenó a un joven que le pedía consejos que fuese a un cementerio a insultar a los muertos y a alabarlos. Cuando volvió el joven, Macario le preguntó qué le habían respondido los difuntos. «Los muertos no contestaron a mis insultos, ni a mis alabanzas», le dijo el joven. «Pues bien, —le aconsejó Macario—, haz tú lo mismo y no te dejes impresionar ni por los insultos, ni por las alabanzas. Sólo muriendo para el mundo y para ti mismo, podrás empezar a servir a Cristo». A otro le aconsejó: «Está pronto a recibir de la mano de Dios la pobreza, tan alegremente como la abundancia; así dominarás tus pasiones y vencerás al demonio». Como cierto monje se quejara de que en la soledad sufría grandes tentaciones para quebrantar el ayuno, en tanto que en el monasterio lo soportaba gozosamente, Macario le dijo: «El ayuno resulta agradable cuando otros lo ven, pero es muy duro cuando está oculto a las miradas de los hombres». Un ermitaño que sufría de fuertes tentaciones de impureza, fue a consultar a Macario. El santo, después de examinar el caso, llegó el convencimiento de que las tentaciones se debían a la indolencia del ermitaño; así pues, le aconsejó que no comiera nunca antes de la caída del sol, que se entregara a la contemplación durante el trabajo, y que trabajara sin cesar. El otro siguió estos consejos y se vio libre de sus tentaciones. Dios reveló a Macario que no era tan perfecto como dos mujeres casadas que vivían en la ciudad. El santo fue a visitarlas para averiguar los medios que empleaban para santificarse, y descubrió que nunca decían palabras ociosas ni ásperas; que vivían en humildad, paciencia y caridad, acomodándose al humor de sus maridos, y que santificaban todas sus acciones con la oración, consagrando a la gloria de Dios todas sus fuerzas corporales y espirituales.

Un hereje de la secta de los hieracitas, que negaban la resurrección de los muertos, había inquietado en su fe a varios cristianos. Sozomeno, Paladio y Rufino relatan que San Macario resucitó a un muerto para confirmar a esos cristianos en su fe. Según Casiano, el santo se limitó a hacer hablar al muerto y le ordenó que esperase la resurrección en el sepulcro. Lucio, obispo arriano que había usurpado la sede de Alejandría, envió tropas al desierto para que dispersaran a los piadosos monjes, algunos de los cuales sellaron con su sangre el testimonio de su fe. Los principales ascetas. Isidoro, Pambo, los dos Macarios y algunos otros, fueron desterrados a una pequeña isla del delta del Nilo, rodeada de pantanos. El ejemplo y la predicación de los hombres de Dios convirtió a todos los habitantes de la isla, que eran paganos. Lucio autorizó más tarde a los monjes a retornar a sus celdas. Sintiendo que se acercaba a su fin, Macario hizo una visita a los monjes de Nitria y les exhortó, con palabras tan sentidas, que estos se arrodillaron a sus pies llorando. «Sí, hermanos, —les dijo Macario—, dejemos que nuestros ojos derramen ríos de lágrimas en esta vida, para que no vayamos al sitio en que las lágrimas alimentan el fuego de la tortura».

Acreditó nuestro Señor su santidad con el don de milagros, y entre muchos enfermos que curó, vino a él un clérigo de misa, que estaba con un cáncer en la cabeza, tan disforme, que se la comía toda; mas el santo monje puso las manos sobre él, y le envió sano a su casa.

Siendo ya viejo, se fue disimulado al monasterio de San Pacomio, en el cual vivían a la sazón mil y cuatrocientos monjes. Siete días tardaron en recibirle, alegando que por su vejez no podría llevar los trabajos que llevaban los jóvenes. Mas fue tal la austeridad de su vida, que espantó a todos los religiosos, pareciéndoles que era más que hombre.

Finalmente, lleno de virtudes y merecimientos, murió de edad muy avanzada por el año 394, dejando a los monjes preciosísimos documentos de altísima perfección. La vida de este santo la escribió Paladio, que moró tres años con él en la soledad. Macario fue llamado por Dios a los noventa años, después de haber pasado sesenta en el desierto de Scete. Según el testimonio de Casiano, Macario fue el primer anacoreta de este vasto desierto. Algunos autores sostienen que fue discípulo de San Antonio, quien vivía a unos quince días de viaje del sitio en donde estaba Macario.

San Macario es conmemorado en el canon de la misa en los ritos copto y armenio.

Fuente catholic.net y la Verdadera Libertad.

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Plática sobre San Macario, en Lazos de Amor Mariano

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Vida de san Antonio, abad, con recursos de animación

Vida de san Antonio, abad, con recursos de animación

Conocemos la vida del abad Antonio, cuyo nombre significa «floreciente» y al que la tradición llama el Grande, principalmente a través de la biografía redactada por su discípulo y admirador, San Atanasio, a fines del siglo IV. Este escrito, fiel a los estilos literarios de la época y ateniéndose a las concepciones entonces vigentes acerca de la espiritualidad, subraya en la vida de Antonio (más allá de los datos maravillosos), la permanente entrega a Dios en un género de consagración, del cual él no es históricamente el primero, pero sí el prototipo, y esto no sólo por la inmensa influencia de la obrita de Atanasio.

En su juventud, Antonio, que era egipcio e hijo de acaudalados campesinos, se sintió conmovido por las palabras de Jesús, que le llegaron en el marco de una celebración eucarística:

«Si quieres ser perfecto, ve y vende todo lo que tienes y dalo a los pobres…»

Así lo hizo el rico heredero, reservando sólo parte para una hermana, a la que entregó, parece, al cuidado de unas vírgenes consagradas. Llevó inicialmente vida apartada en su propia aldea, pero pronto se marchó al desierto, adiestrándose en las prácticas eremíticas junto a un cierto Pablo, anciano experto en la vida solitaria. En su busca de soledad y persiguiendo el desarrollo de su experiencia, llegó a fijar su residencia entre unas antiguas tumbas. ¿Por qué esta elección? Era un gesto profético, liberador. Los hombres de su tiempo (como los de nuestros días) temían desmesuradamente a los cementerios, que creían poblados de demonios. La presencia de Antonio entre los abandonados sepulcros era un claro mentís a tales supersticiones y proclamaba, a su manera, el triunfo de la resurrección. Todo (aún los lugares que más espantan a la naturaleza humana) es de Dios, que en Cristo lo ha redimido todo; la fe descubre siempre nuevas fronteras dónde extender la salvación.

El trabajo manual, la oración y la lectura constituyeron en adelante su principal ocupación. A los 54 años de edad, hacia el año 305, abandonó su celda en la montaña y fundó un monasterio en Fayo. El monasterio consistía originalmente en una serie de celdas aisladas, pero no podemos afirmar con certeza que todas las colonias de ascetas fundadas por San Antonio, estaban concebidas de igual manera. Más tarde, fundó otro monasterio llamado Pispir, cerca del Nilo. San Antonio exhortaba a sus hermanos a preocuparse lo menos posible por su cuerpo, pero se guardaba bien de confundir la perfección, que consiste en el amor de Dios, con la mortificación. Aconsejaba a sus monjes que pensaran cada mañana que tal vez no vivirían hasta el fin del día, y que ejecutaran cada acción, como si fuera la última de su vida.

«El demonio, decía, teme al ayuno, la oración, la humildad y las buenas obras, y queda reducido a la impotencia ante la señal de la cruz».

Pronto la fama de su ascetismo se propagó y se le unieron muchos fervorosos imitadores, a los que organizó en comunidades de oración y trabajo. Dejando sin embargo esta exitosa obra, se retiró a una soledad más estricta en pos de una caravana de beduinos que se internaba en el desierto. No sin nuevos esfuerzos y desprendimientos personales, alcanzó la cumbre de sus dones carismáticos, logrando conciliar el ideal de la vida solitaria con la dirección de un monasterio cercano, e incluso viajando a Alejandría para terciar en las interminables controversias arriano-católicas que signaron su siglo. Ahí predicó la consustancialidad del Hijo con el Padre, acusando a los arrianos a confundirse con los paganos «que adoran y sirven a la creatura más bien que al Creador», ya que hacían del Hijo de Dios una creatura.

Sobre todo, Antonio, fue padre de monjes, demostrando en sí mismo la fecundidad del Espíritu. Una multisecular colección de anécdotas, conocidas como «apotegmas» o breves ocurrencias que nos ha legado la tradición, lo revela poseedor de una espiritualidad incisiva, casi intuitiva, pero siempre genial, desnuda como el desierto que es su marco y sobre todo implacablemente fiel a la sustancia de la revelación evangélica. Se conservan algunas de sus cartas, cuyas ideas principales confirman las que Atanasio le atribuye en su «Vida».

Antonio murió muy anciano, hacia el año 356, en las laderas del monte Colzim, próximo al mar Rojo; al ignorarse la fecha de su nacimiento, se le ha adjudicado una improbable longevidad, aunque ciertamente alcanzó una edad muy avanzada. La figura del abad delineó casi definitivamente el ideal monástico, que perseguirían muchos fieles de los primeros siglos. No siendo hombre de estudios, no obstante, demostró con su vida lo esencial de la vida monástica, que intenta ser precisamente una esencialización de la práctica cristiana; una vida bautismal despojada de cualquier aditamento. Para nosotros, Antonio encierra un mensaje aún válido y actual: el monacato del desierto continúa siendo un desafío, el del seguimiento extremo de Cristo, el de la confianza irrestricta en el poder del Espíritu de Dios.

Las imágenes representan generalmente a San Antonio con una cruz en forma de T, una campanita, un cerdo, y a veces un libro. La liturgia bizantina invoca el nombre de San Antonio en la preparación eucarística, y el rito copto.

Fuentes: Textos de EWTN – Fe y de Aciprensa.
Artículo original en Amor Eterno.

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Otras fuentes en la red

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Biografías animadas de san Antonio, abad.

San Antonio, abad, película de Nazaret TV

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San Antonio, abad, en «Un nombre, un santo»

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San Raimundo de Peñafort, con recursos audiovisuales

San Raimundo de Peñafort, con recursos audiovisuales

Nunca es tarde para responder al llamado del Señor. ¡Raimundo respondió a los 40 años! y Dios le compensó su entrega, concediéndole servir a la Iglesia hasta que cumplió los 100 años. Así a veces son los caminos del Señor.

Nació el año 1175, en Peñafort, cerca de Barcelona, España. Tenía una inteligencia extraordinaria y a los 20 años ya es profesor de filosofía en Barcelona y a los 30, se doctora y enseña en la famosa Universidad de Bolognia en Italia. El testimonio de los dominicos, Orden recientemente fundada por Santo Domingo de Guzmán, le cuestiona y decide desprenderse de todo y formar parte de estos frailes predicadores.

 

Raimundo estaba turbado en su interior. ¡Cuanto se había vanagloriado por su inteligencia! Pide por ello a sus nuevos hermanos que le asignaran los cargos más humildes de la comunidad. Pero el Plan de Dios era otro para él. Le piden investigue como podían responder los confesores a los casos más difíciles de moral. Raimundo se pone a trabajar en este proyecto cuyo resultado es el famoso libro: «Summa de casibus paenitentialibus», la primera obra de su género.

Paralelamente a su trabajo intelectual se dedica a la predicación, la catequesis y a la confesión. Recorre las provincias españolas de Aragón, Castilla y Cataluña, logrando una gran cantidad de conversiones.

En 1230 el Papa Gregorio IX llama a Raimundo a Roma y le pide que sea su confesor. Además, conocedor de sus dotes intelectuales, le pide que reúna todos los decretos dados por los Papas y los Concilios. Esta segunda misión la completa el santo en tres años de intensa investigación, al cabo de los cuáles, publicó su famosísimo libro de 5 volúmenes titulado Decretales, que sirvió a los canonistas durante cerca de 800 años, pues recién en 1917 se publica un nuevo Código de Derecho Canónico.

Cuando tenía 60 años, el Papa lo nombra obispo de Tarragona a pesar suyo. Al poco tiempo enferma y el Papa lo liberó del cargo a condición de que Raimundo propusiera un buen candidato. Cómo era común en esos tiempos, los médicos le recomiendan volver a su tierra para recuperar la salud. Allí, recuperado de su enfermedad, es muy solicitado por los reyes y el Papa, quienes le consultan sobre diversos asuntos.

Muerto el segundo superior general de los Dominicos, San Jordán de Sajonia, el capítulo general lo elige general de la Orden, otra vez a pesar suyo. Visita a pie muchos conventos dominicos y ayuda a definir las Constituciones de su comunidad, a la que sirve por dos años más como general, pues aduce que su edad ya no le permite cumplir ducha función de servicio.

Preocupado por la evangelización de los musulmanes, que aún eran fuertes en su natal España y de los judíos; pide a Santo Tomás de Aquino (dominico también) que escribiera la Summa contra Gentiles y consiguió que se enseñara árabe y hebreo en varios conventos de su Orden. Fundó un convento en Túnez y otro en Murcia, contribuyendo a la impresionante conversión de más de 10.000 musulmanes.

San Raimundo murió en Barcelona el 6 de enero de 1275, a los 100 años de edad, rodeado por el cariño de sus hijos y el reconocimiento de la gente que lo aclamó como santo. Fue canonizado en 1601.

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Enlaces a diversas biografías de san Raimundo

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Recursos audiovisuales

San Raimundo de Peñafort, en apostleshipofprayer.org (inglés)

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San Raimundo de Peñafort, en Comunidade Católica El Shaddai (portugués)

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San Raimundo de Peñafort, por Encarni Llamas en DiócesisTV (español)

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Recursos para catequesis sobre san Juan Bosco, apóstol de los niños

Recursos para catequesis sobre san Juan Bosco, apóstol de los niños

El 31 de enero la Iglesia Universal celebra al santo de los niños, san Juan Bosco (1815-1888). Con intención de dar a conocer su testimonio, os ofrecemos unos pequeños retazos biográficos seleccionados por el padre Francisco Daparo, salesiano argentino, y diversos enlaces a materiales que os servirán para la catequesis.

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1815. Napoleón Bonaparte, Emperador de los franceses, que con tanta jactancia había llevado a sus ejércitos victoriosos, haciendo temblar toda Europa, obcecado por el orgullo, quiso someter también a la Iglesia y se atrevió a llevar prisionero a Fontanebleau al Papa Pío VII. Este le envió la excomunión. El Emperador se rió y dijo: Tal vez la excomunión del Papa podrá hacer caer los fusiles de mano de mis soldados siempre victoriosos!! …. En la campaña militar de Rusia sufrió la tremenda derrota en Waterloo justo porque por el frío les caían los fusiles de las manos congeladas… El astro napoleónico ya se eclipsó… «Dios depone a los poderosos de sus tronos y exalta a los humildes» (Magnificat)

En el mismo año 1815 apareció un nuevo astro destinado a irradiar una luz benéfica para toda la humanidad: JUANITO BOSCO!!!

Nació de una familia humilde el 16 de Agosto de 1815 en un pueblito «Y Becchi… en Castelnuovo d’Asti (ahora Castelnuovo Don Bosco). Su santa madre «mamá Margarita» fue educándolo a la fe protegiéndolo de la prepotencia de su hermano mayor Antonio, que no quería que él estudiara…

El niño quedó huérfano por la muerte del padre, pero bajo el cuidado de la madre, fue creciendo en edad y en gracia como el niño Jesús, lleno de ansia de santidad y de apostolado.

Pequeñito ejercía la tarea de catequista en medio de los compañeritos, que reunía frente a la Iglesia transmitiéndoles lo que le enseñaba la mamá o lo que aprendía en los sermones del Párroco, y también divirtiéndolos con sus capacidades de pequeño saltimbanqui y de mago. Dotado de grande inteligencia, fue creciendo en el estudio: siendo pobre, fue alternando el estudio con el trabajo, para costearse los libros. Fue empleado en distintas actividades.

Tiene grande importancia el Sueño-Visión a los 9 años…

Vio un campo lleno de animales feroces, que al rato se transformaron en corderitos. Vio un campo lleno de niños y muchachos, que peleaban, blasfemaban… Indignado Juanito empezó a darles patadas y golpes a derecha y a izquierda. Pero el personaje que apareció lo paró de inmediato diciéndole:..» Juanito, no con golpes, sino con la bondad y la mansedumbre puedes transformar a estos niños y jóvenes en corderitos…». Juanito lloró, no sabiendo cómo hacer. El Personaje le dijo: «…Juanito, yo te daré la la guía y la maestra»…En el momento le apareció la Virgen vestida de blanco y de azul… Terminó el sueño: Juanito comprendió la misión a la cual lo destinaba Dios: salvar a la juventud… La Virgen Auxiliadora fue acompañándolo en la adolescencia hasta entrar al seminario de Chieri, hasta el sacerdocio (año 1840).

8 de Diciembre de 1841: se preparaba Don Bosco a rezar la Misa en la Iglesia de San Francisco de Asís. Un chico de 14 años (Bartolomé Garelli) estaba a la puerta de la sacristía mirando. El sacristán lo invitó a ayudar la santa Misa…El chico se excusa por no saber… el sacristán indignado fue a golpearlo con la caña de encender las velas y aquél se escapó. Don Bosco, que vio todo esto se entristeció y dijo.: «Qué has hecho!! es mi amigo…llámalo»…. El niño lleno de miedo, regresó y Don Bosco lo trató con mucho cariño y le hizo muchas preguntas. Las respuestas fueron todas negativas: Era un pobre huérfano, no tenía casa, dormía detrás de la puerta de alguna iglesia o bajo los pórticos de Turín, y no sabía nada de religión… Don Bosco lo invitó a rezar con él una Ave María y lo invitó a volver con muchos otros compañeros. En ese momento nació la Obra del Oratorio.

Don Bosco no tenía lugar para el Oratorio y fue juntando a los chicos en cualquier terreno baldío de las afueras de Turín… Cada domingo era un problema por las protestas de los vecinos, que acudían a la policía. Pero un día se le presentó un enviado del Sr. Pirando, que le propuso la venta a buen precio de un tinglado…. Don Bosco lo compró en cuotas. Fue así la «Casa Pinardi»el primer oratorio estable, que fue creciendo de manera milagrosa hasta ser la casa madre de los salesianos con un complejo de grandes construcciones.

La Basílica de María Auxiliadora en Turín fue el monumento material de la gratitud de Don Bosco a la Virgen que «lo había hecho todo…» La construcción de ese maravilloso templo fue milagrosa. Cuando el constructor suspendió los trabajos por falta de pago, Don Bosco quiso pagarle: «Abra las manos….»….Don Bosco arrojó en las manos todo el dinero del monedero (0,40 centavos de aquellos). El constructor se puso pálido….»Esto, » dijo el santo «es lo que puede pagar el pobre Don Bosco, pero pronto lo hará la Virgen y mandará dinero no sólo para la construcción del templo, sino también mandará dinero para la construcción de un gran edificio, para niños pobres»….. y comenzaron los milagros.

Don Bosco quiso agradecer a la Virgen también con un monumento de piedras vivas, fundando con Santa María Dominga Mazzarello el Instituto de las Hijas de María Auxiliadora, la rama femenina de la Obra de Don Bosco.

Don Bosco fue un predestinado, figura de primer plano en la historia de la Iglesia y de la humanidad. Supo realizar una obra religiosa social de gran envergadura y con visión de futuro y sigue creciendo como árbol gigantesco, cuyas ramas se extienden en 124 países de los 5 continentes.

» Dotado de extraordinario talento y fina distinción, pudo ser un gran orador, un gran historiador, un gran estadista:… pudo ser… lo que se hubiera propuesto. Pero se quedó en ser…lo que Dios quiso que fuera:…el hombre que supo amar a todos y hacerse amar por todos….»

(Mons. M. Olaechea s.d.b. – Arzobispo de Valencia)

«Don Bosco es un hombre providencial. En toda su obra se descubre la mano de Dios»

(Papa León XIII)

«…un gigante de enormes brazos que ha logrado abrazar al mundo entero…»

(Cardenal Nina a León XIII)

«Don Bosco es un gigante de santidad. Conviví algunos días con él en los ya lejanos días de mi juventud, desde entonces supe que era Santo…»

(Pío XI)

«Cuando pienso en la obra de Don Bosco, pienso en la multiplicación milagrosa de los panes y peces»

(Mons. Fulton Scheen)

«!San Juan Bosco, su nombre es todo un poema de gracia y de apostolado. Desde una aldea de Piamonte ha llevado la gloria y los triunfos de la caridad de Cristo hasta los más lejanos confines de la tierra…»

(Beato Juan XXIII)

«Don Bosco es un hombre de leyenda…»

(Víctor Hugo)

Fue dotado de grandes dones naturales y sobrenaturales, como los grandes santos. Tuvo el don de profecía, el don de milagros. Se adelantó 100 años al Concilio Vaticano II y eso por su espíritu evangélico.

Don Bosco fue un soñador. A los 9 años Dios le manifestó su misión. Durante toda su vida soñó Oratorios, Colegios, Escuelas Primarias, Secundarias, Escuelas de capacitación laboral, Bachilleratos comerciales, Pedagógicos, Técnicos y Agrícolas, Industriales, Electrónicos, Residencias Universitarias, casas de Retiros Espirituales, Parroquias, Iglesias, Capellanías, Editoriales, Centros de Comunicación Social y misiones para los más desheredados en todas las naciones del mundo….

Soñó la Primera Misión Salesiana en la Patagonia…. Envió la primera expedición de misioneros, que llegaron a Buenos Aires el 14 de diciembre de 1875 al frente del P. Juan Cagliero, (luego obispo y primer cardenal salesiano)

Nuestra Iglesia «Mater Misericordiae», fue la primera sede y el trampolín para la Patagonia, para nuestro país y para los países de América Latina.

¡¡¡ GLORIA A DON BOSCO SANTO !!!

Junio de 2001

Recursos sobre Don Bosco