por Guillermo Mirecki | 18 Abr, 2026 | La Biblia
Lucas 24, 13-35. Tercer Domingo del Tiempo de Pascua. Emaús representa en realidad todos los lugares: el camino que lleva a Emaús es el camino de todo cristiano, más aún, de todo hombre. En nuestros caminos Jesús resucitado se hace compañero de viaje para reavivar en nuestro corazón el calor de la fe y de la esperanza y partir el pan de la vida eterna
Ese mismo día, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido. Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojo lo reconocieran. El les dijo: «¿Qué comentaban por el camino?». Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!». «¿Qué cosa?», les preguntó. Ellos respondieron: «Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les había aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron». Jesús les dijo: «¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No será necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?». Y comenzando por Moisés y continuando en todas las Escrituras lo que se refería a él. Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba». El entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista. Y se decían: «¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?». En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!». Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede
Lecturas
Primera lectura: Libro de los Hechos de los Apóstoles, Hch 2, 14.22-33
Salmo: Sal 16(15), 1-2a.5.7-8.9-10.11
Segunda lectura: Epístola I de San Pedro, 1 Pe 1, 17-21
Oración introductoria
Gracias, Señor, por buscarme, por no dejarme solo en el camino. Me conoces y sabes que soy presa fácil del desánimo y del abatimiento y me cuesta mucho reconocerte en mi oración. Ilumina mi mente y mi corazón para que sepa descubrirte y experimente esa cercanía que me llena de paz y amor.
Petición
Cristo resucitado, enciende el calor de mi fe y esperanza de tal manera, que en esta Pascua de resurrección, la vivencia de la caridad sea el distintivo de mi vida.
Meditación del Santo Padre Francisco
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Evangelio de este domingo, que es el tercer domingo de Pascua, es el de los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 13-35). Estos eran dos discípulos de Jesús, los cuales, tras su muerte y pasado el sábado, dejan Jerusalén y regresan, tristes y abatidos, hacia su aldea, llamada precisamente Emaús. A lo largo del camino Jesús resucitado se les acercó, pero ellos no lo reconocieron. Viéndoles así tristes, les ayudó primero a comprender que la pasión y la muerte del Mesías estaban previstas en el designio de Dios y anunciadas en las Sagradas Escrituras; y así vuelve a encender un fuego de esperanza en sus corazones.
Entonces, los dos discípulos percibieron una extraordinaria atracción hacia ese hombre misterioso, y lo invitaron a permanecer con ellos esa tarde. Jesús aceptó y entró con ellos en la casa. Y cuando, estando en la mesa, bendijo el pan y lo partió, ellos lo reconocieron, pero Él desapareció de su vista, dejándolos llenos de estupor. Tras ser iluminados por la Palabra, habían reconocido a Jesús resucitado al partir el pan, nuevo signo de su presencia. E inmediatamente sintieron la necesidad de regresar a Jerusalén, para referir a los demás discípulos esta experiencia, que habían encontrado a Jesús vivo y lo habían reconocido en ese gesto de la fracción del pan.
El camino de Emaús se convierte así en símbolo de nuestro camino de fe: las Escrituras y la Eucaristía son los elementos indispensables para el encuentro con el Señor. También nosotros llegamos a menudo a la misa dominical con nuestras preocupaciones, nuestras dificultades y desilusiones… La vida a veces nos hiere y nos marchamos tristes, hacia nuestro «Emaús», dando la espalda al proyecto de Dios. Nos alejamos de Dios. Pero nos acoge la Liturgia de la Palabra: Jesús nos explica las Escrituras y vuelve a encender en nuestros corazones el calor de la fe y de la esperanza, y en la Comunión nos da fuerza. Palabra de Dios, Eucaristía. Leer cada día un pasaje del Evangelio. Recordadlo bien: leer cada día un pasaje del Evangelio, y los domingos ir a recibir la comunión, recibir a Jesús. Así sucedió con los discípulos de Emaús: acogieron la Palabra; compartieron la fracción del pan, y, de tristes y derrotados como se sentían, pasaron a estar alegres. Siempre, queridos hermanos y hermanas, la Palabra de Dios y la Eucaristía nos llenan de alegría. Recordadlo bien. Cuando estés triste, toma la Palabra de Dios. Cuando estés decaído, toma la Palabra de Dios y ve a la misa del domingo a recibir la comunión, a participar del misterio de Jesús. Palabra de Dios, Eucaristía: nos llenan de alegría.
Por intercesión de María santísima, recemos a fin de que cada cristiano, reviviendo la experiencia de los discípulos de Emaús, especialmente en la misa dominical, redescubra la gracia del encuentro transformador con el Señor, con el Señor resucitado, que está siempre con nosotros. Siempre hay una Palabra de Dios que nos da la orientación después de nuestras dispersiones; y a través de nuestros cansancios y decepciones hay siempre un Pan partido que nos hace ir adelante en el camino.
Santo Padre Francisco
Regina coeli del Domingo, 4 de mayo de 2014
Meditación del Santo Padre Benedicto XVI
Queridos hermanos y hermanas:
El evangelio de este domingo —el tercero de Pascua— es el célebre relato llamado de los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 13-35). En él se nos habla de dos seguidores de Cristo que, el día siguiente al sábado, es decir, el tercero desde su muerte, tristes y abatidos dejaron Jerusalén para dirigirse a una aldea poco distante, llamada precisamente Emaús. A lo largo del camino, se les unió Jesús resucitado, pero ellos no lo reconocieron. Sintiéndolos desconsolados, les explicó, basándose en las Escrituras, que el Mesías debía padecer y morir para entrar en su gloria. Después, entró con ellos en casa, se sentó a la mesa, bendijo el pan y lo partió. En ese momento lo reconocieron, pero él desapareció de su vista, dejándolos asombrados ante aquel pan partido, nuevo signo de su presencia. Los dos volvieron inmediatamente a Jerusalén y contaron a los demás discípulos lo que había sucedido.
La localidad de Emaús no ha sido identificada con certeza. Hay diversas hipótesis, y esto es sugestivo, porque nos permite pensar que Emaús representa en realidad todos los lugares: el camino que lleva a Emaús es el camino de todo cristiano, más aún, de todo hombre. En nuestros caminos Jesús resucitado se hace compañero de viaje para reavivar en nuestro corazón el calor de la fe y de la esperanza y partir el pan de la vida eterna.
En la conversación de los discípulos con el peregrino desconocido impresiona la expresión que el evangelista san Lucas pone en los labios de uno de ellos: «Nosotros esperábamos…» (Lc 24, 21). Este verbo en pasado lo dice todo: Hemos creído, hemos seguido, hemos esperado…, pero ahora todo ha terminado. También Jesús de Nazaret, que se había manifestado como un profeta poderoso en obras y palabras, ha fracasado, y nosotros estamos decepcionados.
Este drama de los discípulos de Emaús es como un espejo de la situación de muchos cristianos de nuestro tiempo. Al parecer, la esperanza de la fe ha fracasado. La fe misma entra en crisis a causa de experiencias negativas que nos llevan a sentirnos abandonados por el Señor. Pero este camino hacia Emaús, por el que avanzamos, puede llegar a ser el camino de una purificación y maduración de nuestra fe en Dios.
También hoy podemos entrar en diálogo con Jesús escuchando su palabra. También hoy, él parte el pan para nosotros y se entrega a sí mismo como nuestro pan. Así, el encuentro con Cristo resucitado, que es posible también hoy, nos da una fe más profunda y auténtica, templada, por decirlo así, por el fuego del acontecimiento pascual; una fe sólida, porque no se alimenta de ideas humanas, sino de la palabra de Dios y de su presencia real en la Eucaristía.
Este estupendo texto evangélico contiene ya la estructura de la santa misa: en la primera parte, la escucha de la Palabra a través de las sagradas Escrituras; en la segunda, la liturgia eucarística y la comunión con Cristo presente en el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. La Iglesia, alimentándose en esta doble mesa, se edifica incesantemente y se renueva día tras día en la fe, en la esperanza y en la caridad. Por intercesión de María santísima, oremos para que todo cristiano y toda comunidad, reviviendo la experiencia de los discípulos de Emaús, redescubra la gracia del encuentro transformador con el Señor resucitado.
Santo Padre Benedicto XVI
«Regina Caeli» del III Domingo de Pascua, 6 de abril de 2008
Catecismo de la Iglesia Católica, CEC
I. La Eucaristía, fuente y culmen de la vida eclesial
1324 La Eucaristía es «fuente y culmen de toda la vida cristiana» (LG 11). «Los demás sacramentos, como también todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan. La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua» (PO 5).
1325 «La comunión de vida divina y la unidad del Pueblo de Dios, sobre los que la propia Iglesia subsiste, se significan adecuadamente y se realizan de manera admirable en la Eucaristía. En ella se encuentra a la vez la cumbre de la acción por la que, en Cristo, Dios santifica al mundo, y del culto que en el Espíritu Santo los hombres dan a Cristo y por él al Padre» (Instr. Eucharisticum mysterium, 6).
1326 Finalmente, por la celebración eucarística nos unimos ya a la liturgia del cielo y anticipamos la vida eterna cuando Dios será todo en todos (cf 1 Co 15,28).
1327 En resumen, la Eucaristía es el compendio y la suma de nuestra fe: «Nuestra manera de pensar armoniza con la Eucaristía, y a su vez la Eucaristía confirma nuestra manera de pensar» (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses 4, 18, 5).
Catecismo de la Iglesia Católica
Propósito
Hacer una visita a Cristo Eucaristía para reflexionar sobre la Divina Providencia, a fin de que nunca me decepcione o dude de su Palabra.
Diálogo con Cristo
Cristo has resucitado, estás vivo y caminas conmigo. ¡Qué maravilla! ¡Qué experiencia! Mi corazón rebosa de gozo y quiero cantar, quiero gritar, quiero trasmitir a otros esta certeza. No estoy solo, Cristo quiere estar conmigo. Está vivo en la Eucaristía, esperándome pacientemente. No puedo ser indiferente o pasivo ante tanto amor, por eso hoy te pido me des la fuerza para correr a compartir con mi familia, y con los demás, esta Buena Nueva.
* * *
Evangelio del día en «Catholic.net»
Evangelio del día en «Evangelio del día»
Evangelio del día en «Orden de Predicadores»
Evangelio del día en «Evangeli.net»
* * *
Lucas 24, 13-35. Tercer Domingo del Tiempo de Pascua. Emaús representa en realidad todos los lugares: el camino que lleva a Emaús es el camino de todo cristiano, más aún, de todo hombre. En nuestros caminos Jesús resucitado se hace compañero de viaje para reavivar en nuestro corazón el calor de la fe y de la esperanza y partir el pan de la vida eterna
Ese mismo día, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido. Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojo lo reconocieran. El les dijo: «¿Qué comentaban por el camino?». Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!». «¿Qué cosa?», les preguntó. Ellos respondieron: «Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les había aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron». Jesús les dijo: «¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No será necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?». Y comenzando por Moisés y continuando en todas las Escrituras lo que se refería a él. Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba». El entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista. Y se decían: «¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?». En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!». Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede
Lecturas
Primera lectura: Libro de los Hechos de los Apóstoles, Hch 2, 14.22-33
Salmo: Sal 16(15), 1-2a.5.7-8.9-10.11
Segunda lectura: Epístola I de San Pedro, 1 Pe 1, 17-21
Oración introductoria
Gracias, Señor, por buscarme, por no dejarme solo en el camino. Me conoces y sabes que soy presa fácil del desánimo y del abatimiento y me cuesta mucho reconocerte en mi oración. Ilumina mi mente y mi corazón para que sepa descubrirte y experimente esa cercanía que me llena de paz y amor.
Petición
Cristo resucitado, enciende el calor de mi fe y esperanza de tal manera, que en esta Pascua de resurrección, la vivencia de la caridad sea el distintivo de mi vida.
Meditación del Santo Padre Francisco
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Evangelio de este domingo, que es el tercer domingo de Pascua, es el de los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 13-35). Estos eran dos discípulos de Jesús, los cuales, tras su muerte y pasado el sábado, dejan Jerusalén y regresan, tristes y abatidos, hacia su aldea, llamada precisamente Emaús. A lo largo del camino Jesús resucitado se les acercó, pero ellos no lo reconocieron. Viéndoles así tristes, les ayudó primero a comprender que la pasión y la muerte del Mesías estaban previstas en el designio de Dios y anunciadas en las Sagradas Escrituras; y así vuelve a encender un fuego de esperanza en sus corazones.
Entonces, los dos discípulos percibieron una extraordinaria atracción hacia ese hombre misterioso, y lo invitaron a permanecer con ellos esa tarde. Jesús aceptó y entró con ellos en la casa. Y cuando, estando en la mesa, bendijo el pan y lo partió, ellos lo reconocieron, pero Él desapareció de su vista, dejándolos llenos de estupor. Tras ser iluminados por la Palabra, habían reconocido a Jesús resucitado al partir el pan, nuevo signo de su presencia. E inmediatamente sintieron la necesidad de regresar a Jerusalén, para referir a los demás discípulos esta experiencia, que habían encontrado a Jesús vivo y lo habían reconocido en ese gesto de la fracción del pan.
El camino de Emaús se convierte así en símbolo de nuestro camino de fe: las Escrituras y la Eucaristía son los elementos indispensables para el encuentro con el Señor. También nosotros llegamos a menudo a la misa dominical con nuestras preocupaciones, nuestras dificultades y desilusiones… La vida a veces nos hiere y nos marchamos tristes, hacia nuestro «Emaús», dando la espalda al proyecto de Dios. Nos alejamos de Dios. Pero nos acoge la Liturgia de la Palabra: Jesús nos explica las Escrituras y vuelve a encender en nuestros corazones el calor de la fe y de la esperanza, y en la Comunión nos da fuerza. Palabra de Dios, Eucaristía. Leer cada día un pasaje del Evangelio. Recordadlo bien: leer cada día un pasaje del Evangelio, y los domingos ir a recibir la comunión, recibir a Jesús. Así sucedió con los discípulos de Emaús: acogieron la Palabra; compartieron la fracción del pan, y, de tristes y derrotados como se sentían, pasaron a estar alegres. Siempre, queridos hermanos y hermanas, la Palabra de Dios y la Eucaristía nos llenan de alegría. Recordadlo bien. Cuando estés triste, toma la Palabra de Dios. Cuando estés decaído, toma la Palabra de Dios y ve a la misa del domingo a recibir la comunión, a participar del misterio de Jesús. Palabra de Dios, Eucaristía: nos llenan de alegría.
Por intercesión de María santísima, recemos a fin de que cada cristiano, reviviendo la experiencia de los discípulos de Emaús, especialmente en la misa dominical, redescubra la gracia del encuentro transformador con el Señor, con el Señor resucitado, que está siempre con nosotros. Siempre hay una Palabra de Dios que nos da la orientación después de nuestras dispersiones; y a través de nuestros cansancios y decepciones hay siempre un Pan partido que nos hace ir adelante en el camino.
Santo Padre Francisco
Regina coeli del Domingo, 4 de mayo de 2014
Meditación del Santo Padre Benedicto XVI
Queridos hermanos y hermanas:
El evangelio de este domingo —el tercero de Pascua— es el célebre relato llamado de los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 13-35). En él se nos habla de dos seguidores de Cristo que, el día siguiente al sábado, es decir, el tercero desde su muerte, tristes y abatidos dejaron Jerusalén para dirigirse a una aldea poco distante, llamada precisamente Emaús. A lo largo del camino, se les unió Jesús resucitado, pero ellos no lo reconocieron. Sintiéndolos desconsolados, les explicó, basándose en las Escrituras, que el Mesías debía padecer y morir para entrar en su gloria. Después, entró con ellos en casa, se sentó a la mesa, bendijo el pan y lo partió. En ese momento lo reconocieron, pero él desapareció de su vista, dejándolos asombrados ante aquel pan partido, nuevo signo de su presencia. Los dos volvieron inmediatamente a Jerusalén y contaron a los demás discípulos lo que había sucedido.
La localidad de Emaús no ha sido identificada con certeza. Hay diversas hipótesis, y esto es sugestivo, porque nos permite pensar que Emaús representa en realidad todos los lugares: el camino que lleva a Emaús es el camino de todo cristiano, más aún, de todo hombre. En nuestros caminos Jesús resucitado se hace compañero de viaje para reavivar en nuestro corazón el calor de la fe y de la esperanza y partir el pan de la vida eterna.
En la conversación de los discípulos con el peregrino desconocido impresiona la expresión que el evangelista san Lucas pone en los labios de uno de ellos: «Nosotros esperábamos…» (Lc 24, 21). Este verbo en pasado lo dice todo: Hemos creído, hemos seguido, hemos esperado…, pero ahora todo ha terminado. También Jesús de Nazaret, que se había manifestado como un profeta poderoso en obras y palabras, ha fracasado, y nosotros estamos decepcionados.
Este drama de los discípulos de Emaús es como un espejo de la situación de muchos cristianos de nuestro tiempo. Al parecer, la esperanza de la fe ha fracasado. La fe misma entra en crisis a causa de experiencias negativas que nos llevan a sentirnos abandonados por el Señor. Pero este camino hacia Emaús, por el que avanzamos, puede llegar a ser el camino de una purificación y maduración de nuestra fe en Dios.
También hoy podemos entrar en diálogo con Jesús escuchando su palabra. También hoy, él parte el pan para nosotros y se entrega a sí mismo como nuestro pan. Así, el encuentro con Cristo resucitado, que es posible también hoy, nos da una fe más profunda y auténtica, templada, por decirlo así, por el fuego del acontecimiento pascual; una fe sólida, porque no se alimenta de ideas humanas, sino de la palabra de Dios y de su presencia real en la Eucaristía.
Este estupendo texto evangélico contiene ya la estructura de la santa misa: en la primera parte, la escucha de la Palabra a través de las sagradas Escrituras; en la segunda, la liturgia eucarística y la comunión con Cristo presente en el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. La Iglesia, alimentándose en esta doble mesa, se edifica incesantemente y se renueva día tras día en la fe, en la esperanza y en la caridad. Por intercesión de María santísima, oremos para que todo cristiano y toda comunidad, reviviendo la experiencia de los discípulos de Emaús, redescubra la gracia del encuentro transformador con el Señor resucitado.
Santo Padre Benedicto XVI
«Regina Caeli» del III Domingo de Pascua, 6 de abril de 2008
Catecismo de la Iglesia Católica, CEC
I. La Eucaristía, fuente y culmen de la vida eclesial
1324 La Eucaristía es «fuente y culmen de toda la vida cristiana» (LG 11). «Los demás sacramentos, como también todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan. La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua» (PO 5).
1325 «La comunión de vida divina y la unidad del Pueblo de Dios, sobre los que la propia Iglesia subsiste, se significan adecuadamente y se realizan de manera admirable en la Eucaristía. En ella se encuentra a la vez la cumbre de la acción por la que, en Cristo, Dios santifica al mundo, y del culto que en el Espíritu Santo los hombres dan a Cristo y por él al Padre» (Instr. Eucharisticum mysterium, 6).
1326 Finalmente, por la celebración eucarística nos unimos ya a la liturgia del cielo y anticipamos la vida eterna cuando Dios será todo en todos (cf 1 Co 15,28).
1327 En resumen, la Eucaristía es el compendio y la suma de nuestra fe: «Nuestra manera de pensar armoniza con la Eucaristía, y a su vez la Eucaristía confirma nuestra manera de pensar» (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses 4, 18, 5).
Catecismo de la Iglesia Católica
Propósito
Hacer una visita a Cristo Eucaristía para reflexionar sobre la Divina Providencia, a fin de que nunca me decepcione o dude de su Palabra.
Diálogo con Cristo
Cristo has resucitado, estás vivo y caminas conmigo. ¡Qué maravilla! ¡Qué experiencia! Mi corazón rebosa de gozo y quiero cantar, quiero gritar, quiero trasmitir a otros esta certeza. No estoy solo, Cristo quiere estar conmigo. Está vivo en la Eucaristía, esperándome pacientemente. No puedo ser indiferente o pasivo ante tanto amor, por eso hoy te pido me des la fuerza para correr a compartir con mi familia, y con los demás, esta Buena Nueva.
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Evangelio del día en «Catholic.net»
Evangelio del día en «Evangelio del día»
Evangelio del día en «Orden de Predicadores»
Evangelio del día en «Evangeli.net»
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por Guillermo Mirecki | 18 Abr, 2026 | Primera comunión Dinámicas
El camino de Emaús: Palabra, encuentro y Eucaristía
Basada en Lucas 24, 13-35 y en la imagen catequética del camino de Emaús
1. Introducción
El relato de los discípulos de Emaús (Lc 24, 13-35) es uno de los textos más ricos de toda la Sagrada Escritura para comprender la vida cristiana. En él se condensa el camino de la fe: caminar con Cristo, escuchar su Palabra, reconocerlo en la fracción del pan y anunciarlo con alegría.
Los discípulos caminan tristes, desorientados. Han perdido la esperanza. Pero Cristo se acerca, camina con ellos y transforma su corazón. Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, «Cristo resucitado es el principio de nuestra justificación» (CEC, 654), es decir, el que devuelve sentido a la vida.
San Juan Pablo II explicaba que este pasaje es modelo de toda catequesis: «Jesús mismo se hace compañero de camino y explica las Escrituras» (cf. Dies Domini, 39). No es solo una historia: es lo que Cristo sigue haciendo hoy.
La clave de esta sesión es clara y profunda:
Jesús camina conmigo, me enseña y se me da en la Eucaristía.
2. Objetivos
Objetivo general: Descubrir el camino cristiano como encuentro con Cristo en la Palabra y en la Eucaristía.
- Conocer Lc 24, 13-35.
- Comprender el proceso interior de los discípulos.
- Descubrir la importancia de la Palabra de Dios.
- Reconocer a Cristo en la Eucaristía.
- Despertar el deseo de anunciar a Jesús.
3. Edad y duración
Edad: 7-10 años
Duración: 70-80 minutos
4. Materiales
- Imagen catequética horizontal
- Biblia (CEE)
- Cartulinas y rotuladores
- Vela encendida
- Pan sencillo (signo pedagógico)
5. Fuentes
Sagrada Escritura (CEE):
«Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos» (Lc 24, 15)
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino?» (Lc 24, 32)
«Lo reconocieron al partir el pan» (Lc 24, 35)
Tradición:
San Gregorio Magno enseña: «Arde el corazón cuando la Escritura se abre» (Homilías sobre los Evangelios). La Palabra de Dios no es información: transforma.
El Concilio Vaticano II recuerda que «la Iglesia siempre ha venerado la Sagrada Escritura como el mismo Cuerpo del Señor» (Dei Verbum, 21), mostrando la profunda unidad entre Palabra y Eucaristía.
6. Sentido catequético
El camino de Emaús revela la estructura de la vida cristiana: primero, Cristo se acerca; después, explica la Escritura; finalmente, se da en el pan. Esta secuencia es la misma de la Misa: Liturgia de la Palabra y Liturgia Eucarística.
Santo Tomás de Aquino enseña que los sacramentos «realizan lo que significan» (Suma Teológica). Por eso, en la fracción del pan no hay símbolo vacío: Cristo está realmente presente.
La catequesis debe ayudar a los niños a descubrir que la Misa no es algo externo, sino el lugar donde Cristo camina con nosotros hoy.
7. Observamos la imagen

Se guarda silencio. No se explica inmediatamente.
Microguion:
“¿Quién va en el centro?”
“¿Qué está haciendo Jesús?”
“¿Cuándo lo reconocen?”
Se conduce a los niños a ver el proceso: caminar → escuchar → reconocer.
8. Explicación del Evangelio
Los discípulos caminan tristes porque no han comprendido lo que ha pasado. Jesús se acerca, pero ellos no lo reconocen (Lc 24, 16). Esto muestra que la fe no es automática: necesita abrirse.
Entonces Jesús explica las Escrituras (Lc 24, 27). Aquí está una clave: la Palabra de Dios ilumina la vida.
Finalmente, en la mesa, «tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio» (Lc 24, 30). En ese momento lo reconocen. Este gesto anticipa claramente la Eucaristía.
San Juan Pablo II afirma: «La Iglesia vive de la Eucaristía» (Ecclesia de Eucharistia, 1). Es decir, ahí encontramos realmente a Cristo.
9. Desarrollo y actividades
Actividad 1. “Jesús camina conmigo” (15 min)
Objetivo: Descubrir la cercanía de Cristo.
Texto: «Jesús se acercó y caminaba con ellos» (Lc 24, 15)
Desarrollo: Los niños dibujan un camino y se representan caminando con Jesús.
Microguion:
“Jesús no está lejos… camina contigo.”
Clave: Cristo está presente en la vida cotidiana.
Actividad 2. “El corazón que arde” (20 min)
Objetivo: Comprender el efecto de la Palabra.
Texto: «¿No ardía nuestro corazón?» (Lc 24, 32)
Desarrollo: Leer el texto lentamente. Cada niño escribe o dibuja qué le ayuda a acercarse a Jesús.
Indicaciones catequista: crear silencio real y lectura pausada.
Clave doctrinal: la Palabra transforma el corazón.
Actividad 3. “Lo reconocieron al partir el pan” (20 min)
Objetivo: Descubrir la Eucaristía.
Texto: «Lo reconocieron al partir el pan» (Lc 24, 35)
Desarrollo: Mostrar pan sencillo. Explicar el gesto de Jesús.
Microguion:
“Esto no es solo pan… en la Misa es Jesús.”
Clave: presencia real de Cristo.
Actividad 4. “Volvieron a Jerusalén” (15 min)
Objetivo: Comprender la misión.
Texto: «Se levantaron y volvieron» (Lc 24, 33)
Desarrollo: Pensar acciones concretas para vivir la fe.
Microguion:
“Quien encuentra a Jesús, cambia.”
10. Lectio divina
Texto: Lc 24, 30-32
Meditación guiada:
“Jesús está contigo…”
“Te habla…”
“Parte el pan…”
Oración:
“Señor, quédate conmigo.”
11. Relación con la Eucaristía
Este pasaje es una explicación de la Misa. Primero escuchamos la Palabra, luego recibimos a Cristo.
El Catecismo enseña que la Eucaristía es «fuente y culmen de toda la vida cristiana» (CEC, 1324).
Para el niño: en la Comunión encuentro a Jesús vivo.
12. Orientaciones catequista
No precipitar. Dar espacio al silencio. Subrayar el proceso. Evitar moralismos. Llevar siempre a Cristo.
13. Orientaciones padres
Leer el Evangelio en casa. Explicar la Misa. Participar juntos en la Eucaristía.
14. Oración final
Señor Jesús, camina conmigo.
Enséñame tu Palabra.
Haz arder mi corazón.
Y quédate conmigo en la Eucaristía.
Amén.
15. Conclusión
El camino de Emaús es el camino de todo cristiano: Cristo se acerca, habla, se da y envía.
por Guillermo Mirecki | 4 Abr, 2026 | Primera comunión Dinámicas
Jesús camina con nosotros y se da a conocer al partir el pan
Basada en Lucas 24, 13-35 y en la imagen catequética del camino de Emaús
1. Introducción
Esta sesión de catequesis de Primera Comunión se centra en uno de los relatos más hermosos del Evangelio de san Lucas: el camino de Emaús. En este pasaje, dos discípulos caminan tristes y confundidos después de la muerte de Jesús. Mientras van de camino, el mismo Señor resucitado se acerca y camina con ellos, aunque al principio no lo reconocen. Les explica las Escrituras, entra en la casa con ellos, parte el pan y entonces sus ojos se abren. Después regresan con alegría para anunciar lo que han vivido.
La imagen catequética que acompaña esta sesión resume muy bien ese itinerario espiritual. A la izquierda se ve el camino, con los discípulos andando y dialogando. En la escena superior central se representa el momento decisivo del reconocimiento de Jesús al partir el pan. En las otras escenas aparece la vuelta gozosa y el anuncio a los demás. Todo ello convierte la imagen en una verdadera narración catequética, capaz de ayudar a los niños a comprender que Jesús camina con nosotros, nos habla en su Palabra y se nos da en la Eucaristía.
Esta sesión tiene una importancia especial para la Primera Comunión, porque el relato de Emaús une de manera muy clara dos dimensiones esenciales de la fe cristiana: la escucha de la Palabra y el reconocimiento de Jesús al partir el pan. En este sentido, el pasaje es profundamente eucarístico y muy apropiado para niños que se preparan para encontrarse sacramentalmente con el Señor.
2. Objetivos de la sesión
Objetivo general: Que los niños descubran que Jesús resucitado camina con ellos, les habla en su Palabra y se da a conocer especialmente al partir el pan, ayudándoles a comprender mejor el sentido de la Eucaristía y de la Primera Comunión.
Objetivos específicos:
- Conocer el relato de Lucas 24, 13-35 y su estructura básica.
- Comprender que Jesús resucitado acompaña a sus discípulos incluso cuando no lo reconocen.
- Descubrir la relación entre la explicación de las Escrituras y el partir el pan.
- Relacionar el camino de Emaús con la Misa y con la Primera Comunión.
- Aprender a reconocer a Jesús en la Palabra, en la Eucaristía y en la vida cotidiana.
- Fomentar en los niños la alegría de anunciar a Jesús a los demás.
3. Edad orientativa y duración
Edad orientativa: niños de 7 a 10 años, especialmente en preparación para la Primera Comunión.
Duración total orientativa: entre 60 y 75 minutos.
4. Materiales
- La imagen catequética del camino de Emaús.
- Una Biblia.
- Cartulinas o folios.
- Lápices, rotuladores o ceras.
- Si es posible, una mesa pequeña con mantel blanco, una vela y un pan o dibujo de pan para ambientar.
- Una cruz o imagen de Jesús visible en el espacio de catequesis.
5. Fuentes doctrinales y bíblicas
Sagrada Escritura:
«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída.» (Lucas 24, 29)
«Tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando.» (Lucas 24, 30)
«Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron.» (Lucas 24, 31)
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lucas 24, 32)
Catecismo de la Iglesia Católica:
«La liturgia de la Palabra y la liturgia eucarística constituyen juntas “un solo acto de culto”» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1346).
«Jesús escogió el tiempo de la Pascua para cumplir lo que había anunciado en Cafarnaún: dar a sus discípulos su Cuerpo y su Sangre» (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1339).
Sentido litúrgico y catequético:
El relato de Emaús ha sido siempre visto por la Iglesia como una luz para comprender la estructura de la Misa: primero el Señor explica las Escrituras y después se da a conocer al partir el pan.
6. Sentido catequético de la sesión
Esta sesión tiene una fuerza catequética enorme porque permite presentar a los niños un itinerario de fe muy completo. Los discípulos de Emaús pasan de la tristeza a la alegría, de la confusión al reconocimiento, del cansancio al anuncio. Ese camino es también el camino de todo cristiano. A veces uno no entiende, a veces está triste, a veces no ve a Jesús; pero el Señor sigue caminando a nuestro lado.
Para la Primera Comunión, este relato es especialmente fecundo porque ayuda a entender que en la Misa sucede algo parecido a lo que ocurrió en Emaús. Primero escuchamos la Palabra de Dios; después Jesús se nos da en el pan consagrado. El catequista debe subrayar esta relación sin complicar demasiado la explicación, pero sin empobrecerla. El niño debe salir de la sesión con una idea clara: Jesús me habla y Jesús se me da.
Además, este pasaje ayuda mucho a presentar la fe no solo como conocimiento, sino como encuentro. Los discípulos no reconocen a Jesús al principio; lo reconocen cuando Él parte el pan. Esto enseña a los niños que Jesús no siempre se hace presente de la manera que uno espera, pero sí se deja encontrar allí donde Él ha prometido estar.
7. Observamos la imagen

El catequista muestra la imagen y deja un breve momento de silencio. Después invita a los niños a describir lo que ven, dejando que hablen primero ellos. Es importante no empezar explicándolo todo desde el principio, sino permitir que la imagen despierte preguntas y observación.
Preguntas iniciales:
- ¿Cuántas escenas veis en la imagen?
- ¿Quiénes van caminando por el camino?
- ¿Qué hace Jesús en la mesa?
- ¿Cuándo parece que los discípulos se dan cuenta de quién es?
- ¿Qué ocurre después de reconocerlo?
Microguion para el catequista:
“Mirad la primera escena: los discípulos caminan tristes y no saben que Jesús está con ellos.”
“Mirad ahora la mesa: Jesús toma el pan, lo bendice, lo parte… y ahí sucede algo muy importante.”
“Fijaos en la última parte: ya no están tristes; ahora vuelven con alegría para contarlo.”
Esta primera observación ayuda a que los niños entiendan la historia no como escenas sueltas, sino como un camino interior que va transformando a los discípulos.
8. Explicación del Evangelio para niños
Dos discípulos se alejaban de Jerusalén porque estaban tristes. Habían seguido a Jesús, lo querían mucho, pero creían que todo había terminado. Mientras caminaban, Jesús se acercó, aunque ellos no lo reconocieron. Les preguntó qué les pasaba y los escuchó. Después les explicó las Escrituras y les ayudó a entender que todo lo sucedido formaba parte del plan de Dios.
Cuando llegaron al pueblo, invitaron a Jesús a quedarse con ellos. Y entonces pasó algo precioso: «Tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando» (Lucas 24, 30). En ese momento se les abrieron los ojos. Jesús era Él. Era el mismo Señor resucitado. Entonces comprendieron lo que antes no veían.
Después de reconocerlo, los discípulos no se quedaron quietos. Se levantaron y volvieron a Jerusalén para anunciar lo que les había pasado. Eso enseña algo muy importante: cuando uno se encuentra de verdad con Jesús, cambia y quiere contarlo.
Podemos explicárselo así a los niños: a veces también nosotros vamos tristes, distraídos o confundidos, y no nos damos cuenta de que Jesús está cerca. Pero Él camina con nosotros, nos habla en su Palabra y se nos da en la Misa. Cuando aprendemos a reconocerlo, el corazón se llena de alegría.
9. Desarrollo de la sesión y actividades
Actividad 1. “Seguimos el camino de Emaús” (10-15 minutos)
Objetivo: Comprender la secuencia del Evangelio y el paso de la tristeza al encuentro con Jesús.
Desarrollo: El catequista va señalando las distintas partes de la imagen y pide a los niños que cuenten qué está ocurriendo en cada una. Después resume el camino: caminar, escuchar, invitar, partir el pan, reconocer, anunciar.
Microguion completo:
“Primero los discípulos van caminando tristes. ¿Cómo creéis que se sienten?”
“Ahora Jesús se acerca y les habla. ¿Ellos saben quién es?”
“Llegan a la mesa. Jesús toma el pan. ¿Qué sucede entonces?”
“Después vuelven a Jerusalén. ¿Por qué ahora corren contentos?”
Explicación para el catequista: Esta actividad sirve para que el niño entienda que la fe también tiene un camino. Conviene insistir en que Jesús no rechaza a los discípulos por estar tristes o confundidos; al contrario, se acerca a ellos y los acompaña.
Actividad 2. “¿No ardía nuestro corazón?” (10-15 minutos)
Objetivo: Ayudar a los niños a descubrir que Jesús toca el corazón cuando habla.
Texto literal a usar:
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lucas 24, 32)
Desarrollo: El catequista escribe esta frase en grande o la lee lentamente. Después pregunta qué creen que significa que el corazón “arda”. Se aclara que no se trata de fuego de verdad, sino de alegría interior, emoción, fe y luz.
Microguion completo:
“Los discípulos dicen algo precioso: ‘¿No ardía nuestro corazón?’.”
“¿Qué quiere decir eso? ¿Que les dolía? ¿Que tenían calor? No. Quiere decir que Jesús les estaba cambiando por dentro.”
“Cuando escuchamos bien la Palabra de Dios, también nuestro corazón puede despertar.”
Aplicación: Cada niño puede decir una cosa que le ayuda a acercarse más a Jesús: rezar, ir a Misa, escuchar el Evangelio, ayudar a los demás, obedecer en casa. El catequista une estas respuestas con la idea del “corazón que arde”.
Actividad 3. “Lo reconocieron al partir el pan” (10-15 minutos)
Objetivo: Descubrir la relación entre Emaús y la Eucaristía.
Texto literal a usar:
«Tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron.» (Lucas 24, 30-31)
Desarrollo: El catequista muestra un pan o un dibujo de pan sobre una mesa preparada. Explica que en Emaús Jesús es reconocido al partir el pan, y que la Iglesia ve aquí una luz muy grande para entender la Eucaristía.
Microguion completo:
“Jesús había caminado con ellos, les había hablado… pero lo reconocen especialmente al partir el pan.”
“¿Os suena esto a algo?”
“Sí: a la Misa, a la Comunión. En la Eucaristía Jesús también se nos da.”
“Por eso, cuando os preparáis para la Primera Comunión, os estáis preparando para reconocer a Jesús como los discípulos de Emaús.”
Explicación para el catequista: Esta es una actividad central. Hay que hacerla con claridad, sin forzar demasiado el lenguaje, pero dejando bien establecida la relación entre el relato y la Misa. El niño debe entender que Jesús no solo enseña: se da.
Actividad 4. “Volvemos a anunciarlo” (10-15 minutos)
Objetivo: Comprender que quien encuentra a Jesús quiere anunciarlo.
Desarrollo: Los niños dibujan o escriben una frase breve sobre cómo pueden contar a otros que Jesús vive. Pueden aparecer ejemplos: invitar a un amigo a Misa, hablar bien de Jesús, rezar en familia, dar alegría, ayudar a quien está triste.
Microguion completo:
“Cuando los discípulos reconocen a Jesús, no se quedan sentados.”
“Vuelven corriendo para contarlo.”
“Si tú te encuentras con Jesús, también puedes anunciarlo. No hace falta dar un discurso; a veces se anuncia con una palabra buena o con una obra de amor.”
Explicación para el catequista: Esta actividad ayuda a que la sesión no termine solo en comprensión, sino en misión. Conviene presentar el anuncio con un lenguaje accesible: un niño anuncia a Jesús cuando vive como amigo suyo y no se avergüenza de Él.
Sugerencia práctica: Puede cerrarse esta parte colocando los dibujos o frases alrededor de una cruz o de una imagen de Jesús, como signo de que todo anuncio verdadero nace del encuentro con el Señor resucitado.
10. Lectio divina infantil
La última parte de la sesión puede adoptar la forma de una pequeña lectio divina adaptada a niños. No se trata de complicarla, sino de enseñarles a escuchar con calma la Palabra de Dios, a guardarla en el corazón y a responder con sencillez.
Texto a proclamar: Lucas 24, 13-35.
Primer paso: leer. El catequista proclama el texto lentamente, con pausas, procurando que los niños puedan seguirlo. Si el grupo lo permite, se pueden repartir algunos versículos entre varios niños para que participen.
Segundo paso: mirar. Después de la lectura, se deja un breve silencio. El catequista pregunta: “¿Qué escena te ha gustado más?”, “¿Qué palabra de Jesús recuerdas?”, “¿En qué momento cambia el corazón de los discípulos?”. No se trata de hacer un examen, sino de ayudar a que la Palabra sea recordada.
Tercer paso: escuchar con el corazón. El catequista puede decir con voz serena: “Imagina que tú también caminas con Jesús. Él sabe cómo estás, te escucha y te habla. No tengas prisa. Escucha en tu interior: Jesús está contigo.” Este momento debe ser breve, pero real, para que los niños aprendan que también el silencio forma parte del encuentro con Dios.
Cuarto paso: responder. Cada niño puede completar en voz baja o en alto una frase sencilla como estas: “Jesús, quédate conmigo cuando…”, “Jesús, ayúdame a reconocerte en…”, “Jesús, quiero anunciarte cuando…”. Con ello, la Palabra pasa de ser solo escuchada a ser respondida.
Quinto paso: orar juntos. Todos pueden repetir: “Quédate con nosotros, Señor”. El catequista añade: “Quédate con nosotros en casa, en el colegio, en la Misa, en los días alegres y en los días tristes.” Esta repetición sencilla ayuda mucho a fijar el sentido espiritual del texto.
Claves para el catequista: La lectio divina infantil no debe ser larga ni pesada. Debe ser cálida, pausada y clara. Lo importante no es que los niños den respuestas muy elaboradas, sino que aprendan que el Evangelio se escucha con fe y que Jesús sigue hablando hoy.
11. Relación con la Primera Comunión y la Eucaristía
El relato de Emaús está íntimamente unido a la preparación para la Primera Comunión porque muestra una experiencia muy parecida a la de la Misa. Los discípulos escuchan primero la explicación de las Escrituras; después, en la mesa, reconocen a Jesús al partir el pan. La Iglesia ha visto siempre en este episodio una clave preciosa para comprender la liturgia cristiana.
Los niños deben entender que en la Misa no asistimos a algo vacío ni repetitivo. Jesús mismo sale a nuestro encuentro. Nos habla en las lecturas, en el Evangelio y en la enseñanza de la Iglesia. Y luego se nos da realmente en la Eucaristía. Por eso no hay que separar estas dos partes: escuchar y comulgar, palabra y sacramento, corazón que arde y ojos que se abren.
Para un niño que va a recibir la Primera Comunión, este pasaje puede explicarse con una frase muy sencilla y verdadera: en la Misa Jesús hace con nosotros algo parecido a lo que hizo con los discípulos de Emaús. También a nosotros nos reúne, nos enseña, se queda con nosotros y se nos da.
El catequista puede insistir en que la Comunión no es solo un día bonito, ni una fiesta exterior, ni un recuerdo especial para las fotos. Es el encuentro con Jesús vivo. Del mismo modo que los discípulos no olvidaron nunca aquella cena, tampoco el niño debería preparar su Primera Comunión como una costumbre, sino como un verdadero encuentro con el Señor.
Además, Emaús enseña que la Eucaristía transforma. Los discípulos no terminan la historia iguales que al principio. Habían salido tristes y vuelven llenos de alegría. Así también la Comunión bien vivida fortalece el alma, aumenta el amor a Jesús y nos impulsa a vivir mejor.
12. Orientaciones amplias para el catequista
El catequista debe preparar esta sesión con gran serenidad interior. El relato de Emaús no necesita artificios exagerados; tiene por sí mismo una gran belleza. Conviene leerlo antes en oración, dejando que también el propio catequista se sienta acompañado por Jesús. Una sesión así se transmite mejor cuando quien la guía no solo la entiende, sino que la vive.
Es importante cuidar mucho el tono. Los niños de Primera Comunión pueden captar verdades hondas si se les presentan con claridad, afecto y sencillez. No hace falta darles explicaciones abstractas sobre teología litúrgica, pero sí es necesario no reducir el misterio a algo superficial. Hay que evitar una catequesis demasiado fría, pero también una catequesis banal.
La imagen debe utilizarse como apoyo narrativo real, no como simple adorno. Conviene detenerse en los gestos, en los rostros, en la mesa, en el camino, en el cambio de actitud de los discípulos. Los niños comprenden mucho por medio de lo visual, y la imagen les ayuda a entrar en el Evangelio con imaginación y atención.
Si el grupo es inquieto, puede alternarse la explicación con pequeñas preguntas para mantener la participación. Si el grupo es más tranquilo, se puede dejar más espacio al silencio y a la contemplación. En ambos casos, el catequista debe procurar que la sesión tenga unidad y no parezca una sucesión de partes desconectadas.
Conviene también repetir varias veces, con palabras semejantes, la idea central de la sesión: Jesús camina con nosotros, nos habla en su Palabra y se nos da en la Eucaristía. Los niños recuerdan mejor cuando un mensaje importante aparece varias veces en el desarrollo, pero sin pesadez.
Finalmente, esta sesión puede ser muy buena para preparar una participación más consciente en la Misa dominical. Sería ideal que el catequista invitara a los niños a fijarse el domingo siguiente en esos dos momentos: cuando Jesús les habla en la liturgia de la Palabra y cuando se acerca en la Comunión.
13. Orientaciones para los padres
Los padres tienen un papel insustituible en la preparación para la Primera Comunión. El relato de Emaús puede ayudarles mucho a entender que la fe de sus hijos no crece solo en la sala de catequesis, sino también en casa. Jesús resucitado quiso entrar en una casa, sentarse a la mesa y quedarse con los suyos. También hoy quiere entrar en la vida de cada familia.
Sería muy conveniente que los padres leyesen este Evangelio con sus hijos en algún momento de la semana. No hace falta hacer una explicación larga. Basta con leer el texto, preguntar qué les llama la atención y repetir juntos la petición: “Quédate con nosotros, Señor”. Los niños recuerdan mucho mejor la fe cuando perciben que también en su hogar Jesús es amado y nombrado.
Los padres pueden reforzar la catequesis ayudando a sus hijos a descubrir que la Misa no es una obligación externa, sino un encuentro real con Cristo. Cuando la familia vive el domingo con sentido cristiano, la preparación para la Comunión deja de ser una actividad pasajera y se convierte en un verdadero camino de fe.
También es útil que los padres hablen a sus hijos con sencillez sobre la alegría de comulgar, sobre el respeto en la iglesia, sobre el silencio, la oración y la acción de gracias después de recibir a Jesús. Todo eso prepara el corazón de un modo muy concreto.
La familia puede preguntarse al terminar esta sesión: “¿Qué cosas nos entristecen o nos distraen?”, “¿Cómo podemos dejar que Jesús camine más con nosotros?”, “¿Rezamos juntos alguna vez?”, “¿Vivimos la Misa como una costumbre o como un encuentro?”. Estas preguntas, hechas con calma y sin dureza, pueden abrir un diálogo muy bueno.
14. Oración final
Puede concluirse la sesión con todos reunidos alrededor de la mesa preparada o de la imagen de Jesús. El catequista invita a hacer silencio y dice lentamente:
Señor Jesús,
tú caminaste con los discípulos de Emaús
cuando estaban tristes y no sabían qué hacer.
Camina también con nosotros.
Quédate con nosotros, Señor,
cuando estamos alegres y cuando estamos tristes,
cuando rezamos y cuando nos distraemos,
cuando vamos a Misa y cuando volvemos a casa.
Háblanos en tu Palabra,
enciende nuestro corazón,
abre nuestros ojos
y enséñanos a reconocerte
al partir el pan.
Prepáranos para recibirte bien
en la Primera Comunión.
Haznos niños que te amen,
que te escuchen,
que te reciban con fe
y que sepan anunciarte con alegría.
Amén.
Después puede rezarse despacio un Padrenuestro y, si se desea, terminar con la jaculatoria repetida por todos: “Quédate con nosotros, Señor”.
15. Conclusión
La catequesis sobre los discípulos de Emaús ofrece a los niños de Primera Comunión una síntesis preciosa de la vida cristiana. Jesús no abandona a los suyos, sino que sale a su encuentro, escucha sus penas, les explica las Escrituras y se da a conocer al partir el pan. En ese camino se resume también la experiencia de la Iglesia y el corazón mismo de la Misa.
Los niños pueden comprender, con la ayuda de esta sesión, que la Primera Comunión no es un simple acto social, sino un encuentro profundo con el Señor resucitado. Él sigue caminando hoy con nosotros. Sigue hablando. Sigue entrando en nuestra casa. Sigue dándose en la Eucaristía.
Si esta verdad queda sembrada en su corazón, la sesión habrá dado fruto. Y si además aprenden a repetir con fe la oración de los discípulos —“Quédate con nosotros”—, habrán recibido una de las súplicas más bellas y más necesarias de toda la vida cristiana.
por Guillermo Mirecki | 3 Abr, 2026 | Portada, Sin categoría
Camino de la Luz desde la Resurrección hasta Pentecostés,
Introducción
La Iglesia reza el Vía Lucis para contemplar la gloria de Jesucristo resucitado y acompañarlo en los acontecimientos pascuales que van desde la mañana de la Resurrección hasta la venida del Espíritu Santo. Si el Vía Crucis nos ayudaba a entrar en el misterio del amor redentor manifestado en la Cruz, el Vía Lucis nos introduce en la alegría profunda de la vida nueva, en la esperanza cristiana y en el envío misionero de la Iglesia.
Este texto está redactado en clave catequética, familiar y eclesial, siguiendo una estructura apta para la oración en casa, en parroquia o en encuentros de catequesis: antífona, lectura evangélica, meditación, petición, oración breve y oración final.

I estación: Cristo vive. ¡Ha resucitado!
Antífona
V/ Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.
R/ Como anunciaron las Escrituras. Aleluya.
V/ Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
R/ Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
Lectura evangélica (Mt 28, 1-7)
«No está aquí; ha resucitado, como había dicho».
Meditación. La Pascua abre definitivamente la historia a la esperanza. Cristo no ha vencido solo para sí mismo, sino para introducirnos a nosotros en una vida nueva. San Juan Pablo II enseñó que el Resucitado es el centro de la historia y del cosmos; Benedicto XVI habló de la Resurrección como de una explosión de luz que inaugura una creación nueva; Francisco insiste en que no somos un pueblo de sepulcros, sino un pueblo de vida; y el magisterio reciente sigue llamando a contemplar en Cristo resucitado la victoria del amor sobre toda oscuridad. La tumba vacía no es una ausencia: es el primer anuncio de una presencia nueva.
Petición. Señor Jesús, fortalece la fe pascual de tu Iglesia, renueva a las familias cristianas para que vivan como hogares de vida, y sostén a quienes se sienten cansados, heridos o vencidos, para que descubran que tu Resurrección abre siempre un camino nuevo.
V/ Roguemos al Señor.
R/ Te rogamos, óyenos.
Oración breve. Señor resucitado, haznos vivir como hijos de la luz. Amén.
Padre Nuestro
Ave María
Gloria
II estación: El encuentro con María Magdalena
Antífona
V/ Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.
R/ Como anunciaron las Escrituras. Aleluya.
V/ Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
R/ Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
Lectura evangélica (Jn 20, 10-18)
«Jesús le dijo: “¡María!” Ella se volvió y le dijo: “Rabbuní”».
Meditación. Cristo resucitado llama personalmente. La Pascua no es una teoría, sino un encuentro. María Magdalena pasa del llanto a la misión porque se sabe conocida y amada. Francisco recuerda que la fe es siempre un encuentro con Jesucristo vivo; Benedicto XVI subrayó que el cristianismo nace del encuentro con una Persona; san Juan Pablo II hizo de este encuentro el centro de la nueva evangelización; y la enseñanza de la Iglesia nos repite que el Señor resucitado sigue pronunciando nuestro nombre. La vocación cristiana empieza ahí: cuando el corazón escucha y reconoce la voz del Maestro.
Petición. Señor, concede a tu Iglesia la gracia de llevar a cada alma hacia un encuentro personal contigo; fortalece a nuestras familias para que sean lugar donde se escuche tu voz, y levanta a quienes lloran, dudan o se sienten solos, para que descubran que Tú los llamas por su nombre.
V/ Roguemos al Señor.
R/ Te rogamos, óyenos.
Oración breve. Señor, abre nuestro corazón para reconocerte cuando nos llamas. Amén.
Padre Nuestro
Ave María
Gloria
III estación: Jesús se aparece a las mujeres
Antífona
V/ Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.
R/ Como anunciaron las Escrituras. Aleluya.
V/ Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
R/ Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
Lectura evangélica (Mt 28, 8-10)
«Jesús les salió al encuentro y les dijo: “Alegraos”».
Meditación. La alegría cristiana nace de la presencia del Resucitado. No es una emoción superficial, sino el fruto de una certeza: Cristo vive y permanece. San Juan Pablo II repitió muchas veces que la Pascua funda la alegría de la Iglesia; Benedicto XVI mostró que la esperanza cristiana transforma la existencia; Francisco insiste en una alegría evangelizadora que nace del Evangelio; y el magisterio reciente sigue recordándonos que la Iglesia está llamada a ser signo de la alegría que viene de Dios. El Resucitado sale al encuentro de quienes lo buscan y las convierte en primeras mensajeras de la Pascua.
Petición. Señor Jesús, llena a tu Iglesia de alegría sobrenatural, haz de nuestras familias un espacio de paz, gratitud y esperanza, y concede a quienes viven desanimados o sin horizonte el don de experimentar que tu presencia vuelve fecunda la vida.
V/ Roguemos al Señor.
R/ Te rogamos, óyenos.
Oración breve. Señor, que tu alegría habite en nosotros y nos haga testigos tuyos. Amén.
Padre Nuestro
Ave María
Gloria
IV estación: El camino de Emaús
Antífona
V/ Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.
R/ Como anunciaron las Escrituras. Aleluya.
V/ Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
R/ Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
Lectura evangélica (Lc 24, 26-27)
«Y comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a Él en todas las Escrituras».
Meditación. El Resucitado se hace compañero de camino y maestro del corazón. Cristo no desprecia nuestra lentitud ni nuestras tristezas: camina con nosotros, escucha, corrige y enciende de nuevo la esperanza. Benedicto XVI subrayó que la Palabra de Dios abre la inteligencia de la fe; san Juan Pablo II presentó a Cristo como compañero del hombre; Francisco recuerda que Dios entra en nuestros caminos concretos; y el magisterio reciente sigue invitando a dejar que la Escritura nos interprete a nosotros. La Iglesia vive cuando sus hijos vuelven a sentir arder el corazón al escuchar al Señor.
Petición. Señor, acompaña a tu Iglesia en sus fatigas y búsquedas; guía a las familias cuando atraviesan incertidumbres, y concede a los jóvenes, a los esposos, a los ancianos y a cuantos caminan con dudas el don de descubrirte presente en la Palabra y en la historia.
V/ Roguemos al Señor.
R/ Te rogamos, óyenos.
Oración breve. Señor, quédate con nosotros y abre nuestra inteligencia para comprender tus caminos. Amén.
Padre Nuestro
Ave María
Gloria
V estación: La fracción del Pan
Antífona
V/ Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.
R/ Como anunciaron las Escrituras. Aleluya.
V/ Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
R/ Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
Lectura evangélica (Lc 24, 30-31)
«Tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron».
Meditación. En la fracción del Pan, el Resucitado se hace presente de modo sacramental y permanente. La Eucaristía es el corazón palpitante de la Iglesia. San Juan Pablo II la llamó fuente y culmen de la vida cristiana; Benedicto XVI la presentó como sacramento del amor; Francisco recuerda que es alimento para el camino; y el magisterio reciente sigue insistiendo en que la Iglesia vive de la Eucaristía. Reconocer a Cristo al partir el Pan significa aprender a vivir de Él, con Él y para Él.
Petición. Señor Jesús, renueva en tu Iglesia el asombro eucarístico; fortalece a las familias para que vivan de la misa dominical y de la comunión frecuente, y atrae a los alejados hacia la mesa donde Tú mismo te entregas como alimento de vida eterna.
V/ Roguemos al Señor.
R/ Te rogamos, óyenos.
Oración breve. Señor, danos hambre de tu presencia y amor fiel a la Eucaristía. Amén.
Padre Nuestro
Ave María
Gloria
VI estación: El Resucitado se aparece a los discípulos
Antífona
V/ Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.
R/ Como anunciaron las Escrituras. Aleluya.
V/ Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
R/ Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
Lectura evangélica (Lc 24, 38-39)
«Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona».
Meditación. El Resucitado se presenta con sus llagas glorificadas. No es otro distinto del Crucificado: es el mismo Señor, vencedor de la muerte, que lleva eternamente las señales de su amor. San Juan Pablo II contempló en las llagas de Cristo el manantial de la misericordia; Benedicto XVI recordó que el Resucitado no borra la Cruz, sino que la transfigura; Francisco insiste en que Dios toca nuestras heridas para sanarlas; y la enseñanza reciente de la Iglesia sigue mostrando que las llagas gloriosas son luz para las heridas del mundo. La Pascua no niega el dolor: lo redime.
Petición. Señor Jesús, sana las heridas de tu Iglesia, consuela a las familias que llevan cruces pesadas, y transforma nuestras fragilidades, heridas y cicatrices en lugares donde pueda resplandecer tu misericordia y tu paz.
V/ Roguemos al Señor.
R/ Te rogamos, óyenos.
Oración breve. Señor, haz de nuestras heridas un espacio para tu gracia. Amén.
Padre Nuestro
Ave María
Gloria
VII estación: El Resucitado da poder para perdonar los pecados

Antífona
V/ Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.
R/ Como anunciaron las Escrituras. Aleluya.
V/ Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
R/ Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
Lectura evangélica (Jn 20, 22-23)
«Recibid el Espíritu Santo. A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados».
Meditación. El perdón de los pecados es uno de los grandes dones pascuales. Cristo resucitado comunica a la Iglesia el ministerio de la reconciliación, para que su misericordia alcance a todas las generaciones. San Juan Pablo II llamó a redescubrir la grandeza de la misericordia divina; Benedicto XVI recordó que el perdón no es debilidad, sino fuerza del amor; Francisco insiste constantemente en una Iglesia que perdona y acompaña; y el magisterio reciente sigue mostrando el sacramento de la reconciliación como lugar privilegiado del encuentro con Cristo. La Pascua no solo consuela: perdona y recrea.
Petición. Señor, renueva en tu Iglesia el amor al sacramento de la penitencia; sana en nuestras familias las divisiones, rencores y heridas antiguas, y danos un corazón humilde que sepa pedir perdón, ofrecer perdón y vivir reconciliado en la verdad y en la caridad.
V/ Roguemos al Señor.
R/ Te rogamos, óyenos.
Oración breve. Señor, danos un corazón reconciliado y misericordioso. Amén.
Padre Nuestro
Ave María
Gloria
VIII estación: La fe de Tomás
Antífona
V/ Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.
R/ Como anunciaron las Escrituras. Aleluya.
V/ Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
R/ Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
Lectura evangélica (Jn 20, 27-28)
«Trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».
Meditación. Tomás representa a tantos creyentes que necesitan ser conducidos pacientemente desde la duda hasta la confesión de fe. Cristo no humilla al que busca sinceramente: se le acerca, le muestra sus llagas y lo lleva a la adoración. Benedicto XVI enseñó que la fe atraviesa también la noche; san Juan Pablo II insistió en que la fe y la razón no se oponen; Francisco acompaña constantemente a quienes viven procesos complejos; y el magisterio reciente invita a sostener con ternura pastoral a quienes buscan con sinceridad. La fe madura no nace de la autosuficiencia, sino del encuentro con la verdad viva de Cristo.
Petición. Señor Jesús, fortalece la fe de tu Iglesia, acompaña a quienes dudan o buscan sinceramente, sostén a nuestras familias cuando atraviesan pruebas de fe, y danos paciencia, humildad y esperanza para caminar siempre hacia una adhesión más plena a Ti.
V/ Roguemos al Señor.
R/ Te rogamos, óyenos.
Oración breve. Señor mío y Dios mío, afianza nuestra fe. Amén.
Padre Nuestro
Ave María
Gloria
IX estación: La pesca milagrosa
Antífona
V/ Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.
R/ Como anunciaron las Escrituras. Aleluya.
V/ Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
R/ Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
Lectura evangélica (Jn 21, 7.11.13)
«Es el Señor».
Meditación. La fecundidad apostólica nace de la obediencia a la palabra del Resucitado. Cuando Cristo guía, incluso lo aparentemente estéril da fruto abundante. San Juan Pablo II alentó una nueva evangelización confiada; Benedicto XVI recordó que sin Cristo nada podemos hacer; Francisco insiste en una Iglesia en salida que confía más en la gracia que en sus propios cálculos; y el magisterio reciente sigue presentando la misión como fruto del encuentro vivo con el Señor. La barca de Pedro sigue siendo fecunda cuando escucha y obedece a Cristo.
Petición. Señor, guía la misión de tu Iglesia, haz fecunda la labor apostólica de tantas familias cristianas, catequistas, sacerdotes y misioneros, y danos confianza para trabajar contigo incluso cuando nuestros esfuerzos parezcan pobres o estériles.
V/ Roguemos al Señor.
R/ Te rogamos, óyenos.
Oración breve. Señor, enséñanos a obedecer tu palabra y a trabajar en tu nombre. Amén.
Padre Nuestro
Ave María
Gloria
X estación: Pedro, el guía
Antífona
V/ Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.
R/ Como anunciaron las Escrituras. Aleluya.
V/ Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
R/ Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
Lectura evangélica (Jn 21, 15)
«Simón, hijo de Juan, ¿me amas?»
Meditación. Cristo no anula la fragilidad de Pedro: la purifica y la convierte en fundamento visible de la unidad. El ministerio petrino nace del amor y del perdón, no del orgullo ni de la autosuficiencia. San Juan Pablo II vivió el ministerio de Pedro como servicio universal de caridad; Benedicto XVI lo entendió como obediencia humilde a Cristo; Francisco lo ejerce como cercanía pastoral y llamado constante a la misericordia; y el magisterio reciente sigue mostrando que la autoridad en la Iglesia es siempre servicio. Cristo reconstruye a Pedro para que confirme a sus hermanos.
Petición. Señor Jesús, fortalece al Papa, sostén a los pastores de tu Iglesia, renueva la comunión eclesial en la verdad y en la caridad, y haz de nuestras familias lugares donde la autoridad se viva como servicio humilde, paciente y esperanzado.
V/ Roguemos al Señor.
R/ Te rogamos, óyenos.
Oración breve. Señor, guarda a tu Iglesia en la unidad y en la caridad apostólica. Amén.
Padre Nuestro
Ave María
Gloria
XI estación: El envío de los discípulos
Antífona
V/ Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.
R/ Como anunciaron las Escrituras. Aleluya.
V/ Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
R/ Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
Lectura evangélica (Mt 28, 19-20)
«Id y haced discípulos a todos los pueblos».
Meditación. La Iglesia es enviada, no encerrada en sí misma. El Resucitado confía a sus discípulos la misión de anunciar, bautizar y enseñar, prometiendo su presencia hasta el fin del mundo. San Juan Pablo II impulsó con fuerza la nueva evangelización; Benedicto XVI recordó que la fe crece cuando se comunica; Francisco llama a una Iglesia en salida, misionera y cercana; y el magisterio reciente no deja de insistir en que todo bautizado está llamado a ser discípulo misionero. La Pascua se vuelve misión.
Petición. Señor, haz de tu Iglesia una comunidad misionera, renueva el ardor apostólico de sacerdotes, consagrados y laicos, y concede a nuestras familias el deseo y el valor de anunciarte con la palabra, con el ejemplo y con la caridad cotidiana.
V/ Roguemos al Señor.
R/ Te rogamos, óyenos.
Oración breve. Señor, envíanos y acompáñanos en la misión. Amén.
Padre Nuestro
Ave María
Gloria
XII estación: Retorno al Padre
Antífona
V/ Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.
R/ Como anunciaron las Escrituras. Aleluya.
V/ Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
R/ Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
Lectura evangélica (Hch 1, 11)
«Este Jesús, que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, vendrá de la misma manera».
Meditación. La Ascensión no es ausencia, sino plenitud. Cristo entra en la gloria del Padre llevando consigo nuestra humanidad redimida. San Juan Pablo II contempló en la Ascensión la exaltación del hombre en Cristo; Benedicto XVI explicó que el cielo no es un lugar lejano, sino la comunión con Dios; Francisco insiste en que el Señor no abandona a su Iglesia; y el magisterio reciente sigue llamándonos a vivir con esperanza, con los pies en la tierra y el corazón orientado al cielo. La Ascensión abre la historia a la esperanza definitiva.
Petición. Señor Jesús, mantén viva en tu Iglesia la esperanza del cielo, consuela a las familias que lloran a sus difuntos, y enséñanos a vivir en medio del mundo sin perder nunca de vista la meta eterna a la que nos llamas.
V/ Roguemos al Señor.
R/ Te rogamos, óyenos.
Oración breve. Señor, orienta nuestra vida hacia el Padre y sostén nuestra esperanza. Amén.
Padre Nuestro
Ave María
Gloria
XIII estación: La espera del Espíritu
Antífona
V/ Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.
R/ Como anunciaron las Escrituras. Aleluya.
V/ Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
R/ Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
Lectura evangélica (Hch 1, 14)
«Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y con María, la madre de Jesús».
Meditación. La Iglesia aprende a esperar orando. Antes de la misión está la perseverancia; antes de la palabra está la escucha; antes de la acción está la súplica humilde. María ocupa aquí un lugar central: no sustituye al Espíritu, pero enseña a recibirlo. San Juan Pablo II presentó a María como Madre de la Iglesia; Benedicto XVI subrayó la importancia de la oración perseverante; Francisco insiste en una Iglesia que no confía en sí misma, sino en Dios; y el magisterio reciente sigue mostrando que toda fecundidad apostólica nace de la oración. La Iglesia se prepara de rodillas.
Petición. Señor, haz de tu Iglesia una comunidad orante, guarda a las familias en la perseverancia de la oración compartida, y concede a los cansados, a los que esperan decisiones importantes, a los que sufren y a los que buscan tu voluntad la gracia de una esperanza paciente y confiada.
V/ Roguemos al Señor.
R/ Te rogamos, óyenos.
Oración breve. Señor, enséñanos a perseverar contigo en la oración. Amén.
Padre Nuestro
Ave María
Gloria
XIV estación: El Resucitado envía el Espíritu prometido
Antífona
V/ Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.
R/ Como anunciaron las Escrituras. Aleluya.
V/ Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
R/ Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
Lectura evangélica (Hch 2, 2-4)
«Se llenaron todos del Espíritu Santo».
Meditación. Pentecostés es la plenitud visible de la Pascua en la Iglesia. El Espíritu Santo convierte la espera en misión, el temor en valentía, el cenáculo en punto de partida para la evangelización. San Juan Pablo II vio en el Espíritu el alma de la Iglesia; Benedicto XVI explicó que Él unifica sin uniformar; Francisco invoca continuamente una renovación misionera en el Espíritu; y el magisterio reciente sigue llamándonos a dejarnos conducir por Él para anunciar a Cristo con audacia y alegría. El fuego del Espíritu no destruye: purifica, ilumina y envía.
Petición. Señor, derrama tu Espíritu sobre tu Iglesia para que sea santa, unida y misionera; renueva a las familias cristianas para que sean pequeñas Iglesias domésticas llenas de fe y de caridad, y concede al mundo entero una nueva efusión de esperanza, verdad y paz.
V/ Roguemos al Señor.
R/ Te rogamos, óyenos.
Oración breve. Ven, Espíritu Santo, y renueva la faz de la tierra. Amén.
Padre Nuestro
Ave María
Gloria
Oración final breve
Señor y Dios nuestro, fuente de alegría y de esperanza, hemos vivido con tu Hijo los acontecimientos de su Resurrección y Ascensión hasta la venida del Espíritu Santo; llena del Espíritu Santo a tu Iglesia, manifiesta al mundo los tesoros de tu amor, y haznos partícipes de la resurrección eterna. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
por Guillermo Mirecki | 3 Abr, 2026 | Primera comunión Dinámicas
El sepulcro vacío y el nacimiento de la fe
1. Introducción
En esta catequesis vamos a contemplar una escena muy importante del Evangelio: el momento en que los discípulos descubren que el sepulcro de Jesús está vacío. María Magdalena va muy temprano, cuando todavía es de noche. Ve que la piedra ha sido quitada y corre a avisar a los discípulos. Pedro y Juan corren también, entran en el sepulcro… y descubren algo sorprendente: Jesús no está allí.
Pero no es una ausencia triste. Es el comienzo de algo nuevo. Uno de los discípulos entra, ve… y cree. Es el nacimiento de la fe en la Resurrección.
2. Objetivos
Objetivo general: Descubrir que Jesús ha resucitado y aprender a creer en Él.
Objetivos específicos:
- Conocer el relato del sepulcro vacío.
- Comprender que Jesús vive.
- Descubrir que creer es confiar en Jesús.
- Aprender a buscar a Jesús en la vida.
3. Sentido catequético
Este Evangelio enseña algo muy importante: la fe comienza cuando el corazón se abre a Dios. El discípulo no ve a Jesús todavía, pero ve los signos y cree. Esto es también lo que nos pasa a nosotros: no vemos a Jesús con los ojos, pero podemos creer en Él con el corazón.
Para los niños de Primera Comunión, este paso es fundamental: aprender a creer en Jesús presente en la Eucaristía.

4. Observamos la imagen
El catequista muestra la imagen y deja un momento de silencio.
Preguntas:
- ¿Quién aparece primero?
- ¿Qué ve María Magdalena?
- ¿Qué hacen los discípulos?
- ¿Qué encuentran dentro del sepulcro?
El catequista ayuda a los niños a seguir la historia como si fuera un camino.
5. Explicación sencilla
María Magdalena va al sepulcro porque ama a Jesús. Pero se encuentra con algo inesperado: la piedra está quitada. Piensa que alguien se ha llevado el cuerpo. Corre a avisar a los discípulos.
Pedro y Juan corren al sepulcro. Juan llega primero, pero entra después. Cuando entra, ve las vendas… y cree.
Esto es muy importante: empieza a entender que Jesús ha resucitado.
El Evangelio dice:
«Entonces entró también el otro discípulo, vio y creyó.» (Juan 20, 8)
6. Actividades
Actividad 1: Seguimos la historia
Objetivo: Comprender el relato paso a paso.
Desarrollo: El catequista cuenta la historia apoyándose en la imagen.
Microguion:
“María corre… los discípulos corren… entran… miran… y comienzan a creer.”
Actividad 2: ¿Qué habrías hecho tú?
Objetivo: Implicar al niño.
Desarrollo: Los niños responden qué harían si vieran el sepulcro vacío.
Actividad 3: Creo en Jesús
Objetivo: Aplicar la fe.
Desarrollo: Cada niño dice una frase: “Creo en Jesús porque…”
7. Lectio divina
Texto:
«Entonces entró también el otro discípulo, vio y creyó.» (Juan 20, 8)
Pasos:
Leer: Se proclama despacio.
Meditar: ¿Qué significa creer?
Orar: “Jesús, ayúdame a creer en ti”.
Contemplar: Mirar la imagen en silencio.
8. Orientaciones
Es importante no presentar la fe como una idea, sino como un encuentro con Jesús vivo. El niño debe comprender que Jesús no está en el sepulcro, sino vivo.
Conecta siempre con la Eucaristía: el que vive es el que recibimos en la Comunión.
9. Oración final
Señor Jesús,
aunque no te vea,
creo en ti.
Ayúdame a confiar en tu amor
y a seguirte siempre.
Amén.
10. Mensaje final
Jesús vive. Aunque no lo veas, puedes creer en Él y encontrarlo en la Comunión.