por Mons. Paul S. Loverde, Obispo de la Diócesis de Arlington | 13 Jun, 2013 | Catequesis Magisterio
Orientación para las parejas casadas y comprometidas.
El verdadero guardián y vigilante de la extraordinaria dignidad del ser humano es la familia, en particular, los esposos y las esposas, que ejercen una función tutelar de la santidad de la vida. La pornografía no solamente presenta un peligro para la promesa de fidelidad, que es el elemento fundamental del vínculo matrimonial, sino que amenaza el desarrollo moral y sexual de los niños, cuya educación se confía al cuidado vigilante de los padres. Los esposos y las esposas son los combatientes más inmediatos y directos en la lucha contra la pornografía.
Del mismo modo, los maridos deben amar a su mujer como a su propio cuerpo. El que ama a su esposa se ama a sí mismo. Nadie menosprecia a su propio cuerpo, sino que lo alimenta y lo cuida. Así hace Cristo por la Iglesia, por nosotros, que somos los miembros de su Cuerpo.
Efesios 5, 28-30
Si bien los esposos y las esposas comparten la misma dignidad como personas, no comparten las tentaciones por igual, sobre todo la tentación relacionada con el azote de la pornografía. Cabe reconocer que, en gran parte, aunque no exclusivamente, el uso de la pornografía está relacionado con los hombres. Si un matrimonio comienza a desmoronarse por la pornografía, esta última será introducida muy probablemente por el esposo.
Esposos, tengan presente que su solemne promesa de fidelidad, que es la base de la formación de su familia, se deteriora por cualquier uso de la pornografía. Esfuércense por honrar la promesa que hicieron al comienzo de su vida matrimonial. Las épocas en que la intimidad sea difícil son oportunidades para practicar el amor de sacrificio de un esposo, que solamente su noble vocación ilustra con máxima perfección.
La búsqueda de consuelo en la ilusión de la pornografía corromperá gradualmente su comprensión de sí mismo, su percepción de su amada esposa y el modelo que presenta a sus hijos. Es absurdo creer que esta preocupación secreta se puede contener y aislar de la vida familiar. Poco a poco, el egocentrismo y la falta de respeto de sí mismo y de otros, que son el fundamento de este vicio, se manifestarán dentro de su relación con la familia.
Las esposas que descubran que sus cónyuges han sucumbido a la pecaminosa atracción de las imágenes o historias pornográficas deben ser cariñosas y perdonarlos, pero también deben ser severas para exigirle al esposo que vuelva a su verdadera vocación matrimonial. La traición de un cónyuge por algo que es apenas una ilusión es una experiencia amarga, sin embargo, en este caso el mejor antídoto es el amor, acompañado de apoyo y orientación.
El campo de la orientación psicológica, cuando se realiza con la debida comprensión de la persona humana y de la ley natural, también puede ser de gran ayuda. Muchos han descubierto que no pueden luchar contra la impureza solos y que la asistencia de un orientador o un terapeuta representa una enorme diferencia (que, a veces, es definitiva).
Los esposos y las esposas deben ejercer constante vigilancia para asegurarse de que la plaga de la pornografía no entre a la vida de sus hijos. Esta vigilancia comienza con un control prudencial de los medios de comunicación disponibles en la casa. Aliente a sus hijos a usar revistas, películas y libros que eleven el espíritu y dejen un mensaje constructivo. Cuando los padres ejercen control sobre los medios de comunicación, deben dar a los hijos normas comprensibles y razones morales para recomendar y rechazar el contenido de los mensajes transmitidos por los medios de comunicación. Sean siempre claros y coherentes al explicar estas normas y demuestren su importancia al aceptarlas ustedes mismos.
Insistan en tener controles estrictos y claros sobre el uso de internet por cualquier niño. El uso de internet en la casa debe ocurrir siempre en los lugares de reunión de la familia. No se debe dar acceso a los niños, ni siquiera a los de mayor edad, en la privacidad de su habitación. Los controles tecnológicos tanto en los computadores como en la televisión deben ser parte ordinaria del uso de los medios de comunicación por la familia.
Lo que es más importante, los esposos y las esposas proporcionan las enseñanzas más claras y seguras de castidad por medio del amor, la devoción y el propio sacrificio que demuestren en su relación mutua. Recuerden siempre que el Señor les ha confiado a ustedes por su propia vida en común el medio perfecto de llevar a sus hijos a comprender la intimidad humana, de una forma verdadera y madura.
Encomiéndense a sí mismos y encomienden a sus hijos siempre al cuidado de San José, el esposo perfecto.
Proteged, oh providentísimo Custodio de la Sagrada Familia la escogida descendencia de Jesucristo. Amantísimo Padre, apartad de nosotros toda mancha de error y corrupción. Asistidnos propicio, desde el cielo, fortísimo libertador nuestro en esta lucha con el poder de las tinieblas y, como en otro tiempo librasteis al Niño Jesús del inminente peligro de la muerte, así, ahora, defended la Iglesia Santa de Dios de las asechanzas de sus enemigos y de toda adversidad, y a cada uno de nosotros protegednos con perpetuo patrocinio, para que, a ejemplo vuestro y sostenidos por vuestro auxilio, podamos santamente vivir y piadosamente morir y alcanzar en el cielo la eterna felicidad. Amén.
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Fuente original: Pornografía: un ataque al templo de Dios vivo
por Mons. Paul S. Loverde, Obispo de la Diócesis de Arlington | 13 Jun, 2013 | Catequesis Magisterio
Me dirijo con particular preocupación a los jóvenes que son mis hermanos y hermanas en Cristo. Temo que todo el peso de la rendición de nuestra cultura a la pornografía recaiga sobre sus hombros, tanto en la actualidad como en los años venideros. No solamente se han convertido ustedes en blanco de esta empresa delictiva como fuente de lucro financiero, sino que deberán sufrir el empobrecimiento de la noción de intimidad proveniente de una cultura que ha confundido el amor con la autogratificación.
Ante todo, sepan que Dios los ha destinado al amor verdadero y plenamente humano que halla su centro, no en manipular a otros sino en compartir y florecer en comunión con el ser amado.
Nadie te menosprecie por tu poca edad; has de ser dechado de los fieles en el hablar, en el trato, en la caridad, en la fe y en la castidad.
1 Timoteo 4, 12
Muchos miembros de la sociedad han aceptado la falsa expectativa de que los jóvenes no pueden controlar sus deseos naturales y practicar la virtud de la intimidad casta. Esta creencia de que es poco práctico e incluso poco natural evitar la impureza y la complacencia en la fantasía pornográfica, es una mentira y está muy lejana del pensamiento de la Iglesia. La aceptación de esa mentira de inmadurez se convierte en la excusa para dejar de lado la vital importancia del fortalecimiento de las virtudes de la modestia y la castidad, que ocupan un lugar central en su futura felicidad.
El crecimiento de la intimidad que se encuentra en el centro de la experiencia de la juventud comienza en la familia. Ahí, en el misterio del amor y del sacrificio humano, ustedes comienzan a explorar la alegría de la intimidad y la confianza. En la sagrada comunidad de la familia, ustedes aprenden que su valor no depende de su utilidad ni de su éxito, sino del hecho de que a ustedes se les valora como personas irremplazables y sagradas. También en esta sagrada comunidad de la familia es donde se aprende y se practica por primera vez el perdón, que es un elemento central en nuestra lucha contra el pecado.
Recuerden siempre su importante función en la comunidad de su familia. Respeten la función que Dios les ha dado a sus padres de guiar su vida. Cooperen en sus esfuerzos por velar por su seguridad y guiar sus decisiones. Esto es sumamente importante en sus decisiones de usar varios medios de comunicación y de tomar parte en actividades de recreo. A medida que ustedes desarrollen un sentido sano de privacidad, no se dejen llevar equívocamente a aceptar el secreto. La privacidad es la comprensión sana y necesaria de que partes de su experiencia, es decir, sus pensamientos, sueños y aspiraciones, son singularmente propios y deben compartirse solamente cuando ustedes decidan hacerlo en intimidad. Sin embargo, el secreto es el enemigo de la intimidad y es un acto de violencia contra los vínculos de la familia. El secreto es el rechazo del amor.
Lancen una mirada a sus hermanos y hermanas y recuerden su responsabilidad hacia ellos. Si son mayores, anímenlos con elogios de su éxito. Recuérdenles que ustedes desean imitarlos en su virtud. Si son menores, ayúdenles con la experiencia que ustedes han adquirido de su propia lucha.
Estad siempre prontos a dar satisfacción a cualquiera que os pida razón de la esperanza en que vivís.
1 Pedro 3, 15
El crecimiento en la intimidad no termina con la familia. Para los jóvenes, la formación de los lazos de una amistad íntima marca el final de la niñez y el comienzo de la vida adulta. La formación de esas amistades ejerce un gran deseo de aceptación y pertenencia. A menudo descritas como «presión de los compañeros», estas expectativas de amistad no son solamente una fuente de la tentación de experimentar con un comportamiento destructor, sino también una oportunidad de compartir cosas de valor verdadero y perdurable. No cedan cuando se les pida que compartan imágenes impuras por un deseo de lograr esa aceptación. Rechacen el camino fácil de la conversación impura, el vestido inmodesto y el entretenimiento pornográfico. Estén listos a explicar a sus amigos por qué han optado ustedes por evitar este mal. Más bien ofrezcan el ejemplo del dominio de sí mismos. Así como la demostración de esa clase de dominio en el atletismo, la música y las actividades académicas es motivo de admiración natural de los compañeros, su demostración también en la pureza será motivo de admiración de los amigos que enfrentan incertidumbre y tentaciones de la misma clase.
Cualquier lucha humana, incluso la lucha por lograr pureza y modestia, viene acompañada de la posibilidad de fracaso.
A menudo se logra el dominio de sí mismo por medio del fracaso y de la persistencia en el triunfo. Ustedes no deben descorazonarse si sucumben a las tentaciones que les rodean. Sean persistentes en su meta y levántense con calma de su derrota temporal. Los jóvenes tienen gran afinidad por el Sacramento de la Penitencia. Por causa de su comprensión innata de la tragedia del fracaso, los jóvenes aspiran naturalmente a tener una forma de regresar al estado de gracia. Aprovechen esta oportunidad de reconciliación y participen regularmente en el Sacramento de la Penitencia.
Recuerden que Dios los ha creado para tener perfecta intimidad con Él. Su lucha contra el pecado, ya sea contra la pornografía o contra otras tentaciones de la vida, es en realidad su preparación para esta verdadera intimidad para la cual su Padre amoroso los ha creado. En cualquier vocación a la cual los invite el Señor, el éxito de su batalla contra la impureza contribuirá a la verdadera felicidad que se encuentra en la intimidad de esa llamada.
Tengan siempre la confianza de pedir ayuda en estas luchas al amado San José, el verdadero padre espiritual de todos nosotros.
Amantísimo padre San José, que cuidaste y protegiste al Niño Jesús mientras crecía en gracia y sabiduría, cuídame y cuida a mi familia y a mis amigos en nuestra lucha para llevar una vida de amor y amistad. Intercede para que pueda ser yo ejemplo de un verdadero discípulo de tu amado Hijo y para que todos mis pensamientos, palabras y obras sean motivo de inspiración para quienes amo. Que siempre aspire a ver en ti un ejemplo de la verdadera intimidad humana y a tratar a otros con respeto y cortesía, pensando siempre en el bien de los demás y no en el placer propio. Defiéndeme de las tentaciones de la impureza y permíteme servir de ejemplo de modestia y castidad. Guíame en mi peregrinaje para que pueda descubrir la vocación para la cual me ha creado Dios y en esa vocación descubrir la alegría que tu experimentaste en tu Sacratísima Familia. Amén.
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Fuente original: Pornografía: un ataque al templo de Dios vivo
por Mons. Paul S. Loverde, Obispo de la Diócesis de Arlington | 13 Jun, 2013 | Novios Magisterio
Procedan en todo sin murmuraciones ni discusiones: así serán irreprochables y puros, hijos de Dios sin mancha, en medio de una generación extraviada y pervertida, dentro de la cual ustedes brillan como haces de luz en el mundo.
Filipenses 2, 14-15
Los cristianos no deben sorprenderse de ser parte de una cultura que, de muchas formas, es contraria al Evangelio y rechaza la virtud cristiana. Eso mismo ocurrió en la época de San Pablo y, hasta cierto punto, ha sucedido en cada generación de creyentes.
Pero los cristianos de cada generación son llamados a vivir de conformidad con la verdad de Jesucristo y a mantenerse separados de los aspectos de la cultura que sean contrarios a esa verdad. Una forma muy eficaz que los creyentes pueden utilizar para combatir la plaga de la pornografía es dando testimonio de su vida.
La cultura está formada por los actos de elección de un pueblo libre. Es importante que escojamos objetivos que eleven la moral y afirmen la vida y contribuyan al bien común y al florecimiento de todas las personas. Dentro de sus capacidades, cada persona debe hacer todo lo posible por aportar formas de entretenimiento sanas y castas que todos puedan compartir. En los campos del arte, la literatura y la música, nunca debemos comprometer nuestra propia dignidad cristiana para adaptarnos a las expectativas de una cultura decadente.
Es preciso formar estrechos lazos de amistad cristiana con el fin de recibir apoyo mutuo y de afirmar nuestros principios. Cuando sea conveniente, usen esos vínculos de amistad para explorar y forjar la cultura a su alrededor. De hecho, en esos lazos de amistad y vínculos familiares se puede encontrar la auténtica intimidad humana.
Hoy en día los cristianos viven en una era sin precedentes en cuanto a la capacidad de comunicarse y de encontrar información. Por medio de la televisión, el cine, internet, los teléfonos inalámbricos…, nos encontramos con un volumen casi ilimitado de información al alcance de la mano en cualquier momento del día o de la noche.
Por desgracia, una gran cantidad de la información disponible en Internet es de naturaleza pornográfica. Para algunas personas ese acceso instantáneo a imágenes impuras es una tentación difícil de superar. No se debe justificar la presencia de una serpiente en la casa por los beneficios que pueda traer. Es preciso recordar nuestra obligación moral de no colocarnos a sabiendas ni deliberadamente en una ocasión de pecado. La inconveniencia de perder el acceso instantáneo a la información será superada con creces por la capacidad de vivir una vida íntegra y pura.
El crecimiento espiritual es imposible de lograr sin un reconocimiento sincero de la culpa y sin reconciliación. Todos los cristianos deben aprovechar la gracia del Sacramento de la Penitencia y hacer de este sacramento de misericordia la piedra angular de la lucha contra la pornografía.
Por último, nunca subestimen la eficacia de la oración cristiana. Recen por las víctimas de la pornografía para que su inapreciable dignidad humana pueda ser sanada y restituida. Ofrezcan actos concretos de penitencia por medio de obras espirituales y ayuno por las personas que manipulan a otras en este delito de la pornografía y que comparten la complicidad de su distribución. Por medio de estos actos de reparación, ofrezca un sacrificio aceptable y agradable ante los ojos de Dios.
Encomiende siempre a la Iglesia a la protección de San José
Oh glorioso san José, tú fuiste escogido para ser el padre putativo de Jesús, el castísimo esposo de María, siempre Virgen, y la cabeza de la Sagrada Familia. Has sido escogido también por el Vicario de Cristo como el Patrono celestial y el Protector de la Santa Iglesia fundada por Cristo. Protege al Sumo Pontífice y a todos los obispos y sacerdotes en comunión con él. Amado San José, sé mi padre, protector y guía en el camino de la salvación. Obtenme la pureza de corazón y el amor para fortalecer mi vida espiritual. Que siguiendo tu ejemplo, todos mis actos sean ofrecidos para mayor gloria de Dios, en unión con el Divino Corazón de Jesús, el Inmaculado Corazón de María y tu propio corazón de Padre. Por último, ruega para que pueda yo compartir la paz y el gozo de tu santa muerte. Amén.
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Fuente original: Pornografía: un ataque al templo de Dios vivo
por Mons. Paul S. Loverde, Obispo de la Diócesis de Arlington | 13 Jun, 2013 | Catequesis Magisterio
Qué se puede hacer: una palabra para el sector público.
Las autoridades públicas tienen la responsabilidad de defender y ennoblecer las normas de las comunidades a las cuales sirven. La protección de una empresa delictiva multimillonaria que destruye la vida de las personas que aparecen en el material pornográfico y de los integrantes del público previsto bajo la excusa de la protección de la libertad de expresión, no es un servicio, sino un acto de complicidad. Las autoridades públicas deben trabajar incansablemente para promulgar y cumplir leyes que contribuyan a una cultura que respete la vida de todos los ciudadanos.
Esta empresa delictiva, conocida como la industria de la pornografía, es un delito contra las personas indefensas y carentes de apoyo a las cuales destruye, y es una afrenta contra un pueblo civilizado. La continua tolerancia de este veneno tóxico e insidioso que se esconde bajo el disfraz de libertad de expresión y libertad de conciencia contribuye a la degradación de nuestra cultura y a la victimización de nuestros propios niños.
Los ciudadanos libres tienen el derecho y la responsabilidad de formar una cultura que apoye la vida, la dignidad y la nobleza de cada persona. Los ciudadanos deben unirse para exigir leyes que impongan restricciones razonables en la presentación del cuerpo humano y de la intimidad humana.
Como quiera que la «mentalidad» pornográfica ha invadido incluso los principales medios de comunicación, con el resultado obvio de que lo que ahora se ofrece en la televisión se acerca cada vez más a lo que son contenidos pornográficos, los ciudadanos deben exigir que las autoridades públicas —cuyo servicio consiste en reglamentar dichos medios de comunicación— tomen medidas inmediatas y eficaces. Contrariamente a la afirmación hecha en la defensa presentada por algunos medios de comunicación al servicio de sus propios intereses, esas medidas no son censura, sino más bien la exigencia de que se acabe de una vez con la explotación de las personas y la degradación de la moralidad pública.
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Fuente original: Pornografía: un ataque al templo de Dios vivo
por Mons. Paul S. Loverde, Obispo de la Diócesis de Arlington | 13 Jun, 2013 | Catequesis Magisterio
Falso argumento: «La oposición cristiana a la pornografía proviene del odio del cuerpo expresado por los cristianos».
Huid de la fornicación. Cualquier otro pecado que cometa el hombre, está fuera del cuerpo; pero el que fornica, contra su cuerpo peca. Por ventura, ¿no sabéis que vuestros cuerpos son templos del Espíritu Santo, que habita en vosotros, y el cual habéis recibido de Dios, y que ya no sois de vosotros, puesto que fuisteis comprados a gran precio? Glorificad a Dios y llevadle en vuestro cuerpo.
1 Corintios 6, 18-20
Los defensores de los derechos de la «libertad de expresión» de quienes practican la pornografía a menudo presentan la defensa de la pureza por parte de la Iglesia como algo puritano más que pastoral. Los defensores de esta empresa delictiva se presentan como defensores de un verdadero humanismo y señalan que las enseñanzas cristianas sobre castidad son «antihumanas». La Iglesia se presenta como una entidad que odia el cuerpo humano y, por lo tanto, que reacciona contra la naturaleza humana.
Esta mentira se ha enunciado tantas veces a lo largo de la historia de la Iglesia que muchos la aceptan como un elemento central del pensamiento cristiano. De hecho, la verdad es exactamente la contraria. La Iglesia siempre ha condenado la doble comprensión del espíritu como bueno y del cuerpo como malo. Dios creó todas las cosas, tanto el espíritu como la materia, y vio que su obra era buena (véase Gen 1). La resurrección del cuerpo es nuestra esperanza, y nuestro reconocimiento del cuerpo como parte integrante de la persona humana es la base de la castidad cristiana.
La Iglesia no plantea una oposición entre cuerpo y alma sino que señala la necesidad de integridad del cuerpo y del alma para que haya una totalidad verdadera, que afirme la vida. Lejos de denigrar el cuerpo humano y de tratar la sexualidad como algo malo, la Iglesia afirma la santidad del cuerpo. Por causa de esta santidad, el acto conyugal se reconoce como algo de carácter sacramental y sagrado que la Iglesia busca proteger.
Por otra parte, los partidarios de la pornografía defienden esa dicotomía entre el cuerpo y el alma. Cuando se considera el cuerpo como algo sin consecuencia para la persona, se tiene poco respeto por la forma en que se presenta. Se supone que el cuerpo es algo aparte de la persona y, por lo tanto, sin consecuencias duraderas.
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Fuente original: Pornografía: un ataque al templo de Dios vivo
por Mons. Paul S. Loverde, Obispo de la Diócesis de Arlington | 13 Jun, 2013 | Catequesis Magisterio
Falso argumento: «La pornografía puede ser una ayuda para el proceso de maduración emocional y sexual».
A menudo el uso de la pornografía se considera como una parte «natural» del proceso de maduración, una forma mediante la cual los jóvenes pueden llegar a entenderse como personas sexuales. Los padres, quizá al recordar sus propias dificultades, pueden hacerse los ciegos en cuanto al uso de la pornografía por parte de sus hijos. En lugar de alentar a los jóvenes a lograr un dominio y respeto de sí mismos, esta actitud presenta a los jóvenes un futuro que depende del capricho y de la oportunidad.
Por su naturaleza, la pornografía anima a una expresión de la sexualidad humana que no solo es deformada sino también gravemente limitada y evidentemente falsa. El uso de pornografía entre los jóvenes les impide comprender la sexualidad humana integrada con la propia expresión y la intimidad, que es la plena expresión de la persona humana. En lugar de crecer para apreciar la santidad de la persona, los jóvenes atrapados en la red de la pornografía comienzan a relacionarse con otros y consigo mismos como objetos.
El dominio de sí mismo es un elemento indispensable de la seguridad emocional. Sin el dominio proveniente del control de sí mismos y, cuando sea necesario, de la lucha con los patrones de comportamiento destructor de sí mismos, incluso con la pornografía, los jóvenes en proceso de maduración se encuentran en la atemorizante situación de ser incapaces de controlarse y de controlar el mundo. Una persona joven que ha abandonado la esperanza de dominio de sí misma también es incapaz de controlar lo que les hace a otros.
La pornografía no puede ayudar a adquirir madurez porque todo lo que ofrece es una mentira sobre la persona humana: la posibilidad de explotar a otra persona. El uso de la pornografía entre los jóvenes dificulta más su auténtico desarrollo sexual y emocional debido a la falsa manera de presentar la interacción humana. Se debe orientar a los jóvenes para que luchen por alcanzar la madurez del control propio y de la modestia, y para que, de esa forma, puedan convertirse en personas plenamente integradas, respetuosas de otros y de sí mismas.
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Fuente original: Pornografía: un ataque al templo de Dios vivo
por Mons. Paul S. Loverde, Obispo de la Diócesis de Arlington | 13 Jun, 2013 | Catequesis Magisterio
Falso argumento: «El uso moderado de la pornografía puede ser terapéutico».
Algunos defienden la postura de que los actos sexuales, en general, y el uso de la pornografía, en particular, satisfacen la más básica de las necesidades humanas. Esta postura propone que la pornografía puede proporcionar una cierta medida de satisfacción humana y de consuelo para quienes encuentran que la intimidad en el matrimonio es imposible o, por lo menos, inexistente. Se citan ejemplos de cónyuges separados por la distancia, hombres y mujeres solteros que todavía no pueden casarse, esposos y esposas carentes repentinamente de intimidad conyugal por causa de la edad o de enfermedad. En cada uno de estos casos, el logro de un cierto grado de satisfacción humana (es decir, sexual), aun si es inferior a la verdadera intimidad conyugal, se ofrece como alivio temporal para una persona que anhela el contacto humano.
Esta opinión presupone que la actividad sexual en sí o el acto de ver a otros que participan en ella es de alguna manera de la misma naturaleza que la verdadera intimidad humana. De hecho, la intimidad a la que aspiran todas las personas es la antítesis de la experiencia explotadora y deshumanizante del uso de imágenes pornográficas. En lugar de proporcionar consuelo o satisfacción, el uso de pornografía no solo conduce inevitablemente a experiencias insatisfactorias repetidas, sino que exige una intensificación del estímulo. Cada intensificación y cada experiencia degradan y desensibilizan al espectador con respecto a la belleza y la nobleza de la persona humana.
En lugar de proporcionar un cierto toque de intimidad humana, el uso continuo de imágenes pornográficas limita las posibilidades de la persona y aun la capacidad de lograr intimidad con otra persona. ¿Cómo es posible iniciar una relación de amor y respeto cuando la preparación para este encuentro humano se basa únicamente en una «necesidad» carnal? ¿Cómo se puede lograr la confianza necesaria para la verdadera intimidad si los actos están determinados por deseos secretos? El uso de material pornográfico deteriora las verdaderas cualidades humanas que hacen posible la intimidad: en particular, el respeto, la confianza y la disposición a sacrificarse por el otro.
Las mismas personas que presentan la satisfacción de las necesidades biológicas como intimidad también presentan la fidelidad como un sacrificio demasiado oneroso para cumplirlo. Todas las parejas casadas viven periodos en los que la intimidad conyugal no es posible. Para algunas, estas épocas pueden ser prolongadas. Presentar esa privación como excusa para el uso de material pornográfico es degradar la promesa de fidelidad en la cual se basa cualquier matrimonio. Aceptar la pornografía como sustituto de la intimidad conyugal es una admisión tácita de que el cónyuge es un medio de satisfacer «necesidades» biológicas en lugar de un compañero en la comunión del amor humano.
Algunas personas luchan con tentaciones compulsivas y, a veces, obsesivas de impureza. En un intento erróneo por controlar esas tentaciones, pueden recurrir al uso de pornografía como «el menor de dos males». Este uso de la pornografía se justifica erróneamente como una «válvula de escape» que permite satisfacer estos deseos compulsivos de una forma que no es nociva puesto que solo afecta a la persona. En esta racionalización se entiende equívocamente el verdadero daño causado por el pecado.
Si bien proporciona un aparente alivio de las tentaciones, el uso de pornografía por esas personas solamente sirve para alimentar más sus impulsos obsesivos.
De una forma similar, algunas personas luchan contra las tentaciones que son peligrosas y destructoras: atracción por personas del mismo sexo, atracción por personas jóvenes y fantasías sádicas. Con la esperanza de mantener estas tentaciones en secreto, dichas personas suelen recurrir a la pornografía como forma de controlar sus impulsos. Este engaño alimenta las tentaciones en lugar de reprimirlas. La discontinuidad entre la persona pública y la persona privada se amplía hasta el punto en que la fantasía no se puede separar de la realidad. De hecho, es a menudo el uso de esta pornografía «fetichista» la que solidifica la tentación en lugar de aliviarla. El uso repetido de imágenes y fantasías pornográficas transforma la tentación en una clase de profecía que por su propia naturaleza contribuye a cumplirse. El que recurrió a la pornografía para escapar de la tentación se convierte en la encarnación de esa tentación.
No puede haber un uso «moderado» de la pornografía como tampoco puede haber un uso «moderado» del odio o del racismo. Presentar esa posibilidad es aceptar una caída en el mal, paso a paso. Cualquier alivio aparente será efímero y las consecuencias duraderas harán que la resistencia futura sea aún más difícil y que posiblemente se intensifique hasta convertirse en una adicción.
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Fuente original: Pornografía: un ataque al templo de Dios vivo
por Mons. Paul S. Loverde, Obispo de la Diócesis de Arlington | 13 Jun, 2013 | Catequesis Magisterio
Falso argumento: «No hay víctimas, por lo tanto, nadie sale dañado».
Esta justificación de la pornografía, suele comenzar con una consideración de la actividad como un intercambio privado entre los espectadores y los productores y distribuidores del material. En esa consideración, hay «libre» elección por parte de adultos que realizan un acto por su propia voluntad para atender una «necesidad» y recibir compensación por ello. La ilusión inherente en esta racionalización está en creer que todos los participantes terminan el intercambio como las mismas personas que entraron en un principio, sin sufrir ningún daño. Al igual que todas las racionalizaciones, esta es una ilusión.
La primera ilusión está en que la visualización de hombres y mujeres en relaciones íntimas no los perjudica como personas. A menudo eso no es verdad ni siquiera en un plano físico. Al aprovecharse de las personas vulnerables y necesitadas, la industria de la pornografía a menudo las incita a tener patrones de comportamiento más arraigados y peligrosos hasta que el daño físico es inevitable.
Con todo, la misma naturaleza de la pornografía lleva a cometer un acto de violencia contra la dignidad de la persona humana. Al tomar un aspecto esencial de la persona, la sexualidad humana, y convertirlo en un producto para operaciones de trueque y venta —empleado y desechado por otras personas desconocidas— la industria de la pornografía comete el más violento atentado contra la dignidad de esas víctimas.
El eros, degradado a puro «sexo», se convierte en mercancía, en simple «objeto» que se puede comprar y vender; más aún, el hombre mismo se transforma en mercancía. En realidad, éste no es propiamente el gran sí del hombre a su cuerpo. Por el contrario, de este modo considera el cuerpo y la sexualidad solamente como la parte material de su ser, para emplearla y explotarla de modo calculador. Una parte, además, que no aprecia como ámbito de su libertad, sino como algo que, a su manera, intenta convertir en agradable e inocuo a la vez. En realidad, nos encontramos ante una degradación del cuerpo humano, que ya no está integrado en el conjunto de la libertad de nuestra existencia, ni es expresión viva de la totalidad de nuestro ser, sino que es relegado a lo puramente biológico.
Papa Benedicto XVI, Deus Caritas Est, 5
Cada año, miles de hombres y mujeres se ven atraídos a la industria de la pornografía por la promesa de dinero fácilmente adquirido. La industria se aprovecha de los más vulnerables: los pobres, los maltratados y marginados, y aun los niños. Esta explotación de los débiles es un pecado grave. Ya sea que la necesidad, la confusión o el alejamiento impulsen a los hombres y las mujeres a convertirse en objetos pornográficos, su elección, con toda seguridad, no puede verse como un acto libre. Los productores y distribuidores de pornografía dejan a su paso un amplio camino de hombres y mujeres destruidos y desvalorizados.
Son cada vez más numerosas las víctimas jóvenes y aun los niños. Cuando ellos, que son los más vulnerables e inocentes de nuestra sociedad, se convierten en víctimas de las exigencias deshumanizantes de una industria que desea destruir la inocencia por razones de lucro, ese es un acto de violencia incalificable.
Deshumanización del espectador
Los culpables dentro de la industria son fáciles de identificar, pero no están solos. Toda la industria pornográfica existe para obtener lucro… y no puede haber lucro sin clientes. Quienes buscan y usan imágenes pornográficas son participantes activos en la victimización de otros. Quienes ven materiales pornográficos no se pueden separar de la responsabilidad moral relacionada con la victimización y la degradación de los hombres, mujeres y niños presentados en esos materiales, y los espectadores mismos sufren degradación.
Es erróneo pensar que el efecto singular de los actos pecaminosos de elección moral es el daño que causan a otros.
Obviamente, el efecto inmediato de optar por participar en la visualización de material pornográfico es la violencia espiritual y emocional cometida contra aquellos cuyas imágenes se ven. Con todo, el efecto personal y existencial en la persona que opta por ver imágenes pornográficas está en el centro de esos actos pecaminosos.
La persona humana, la única criatura con sentido moral, establece o destruye progresivamente su carácter con cada acto de elección moral. Por lo tanto, uno se convierte en persona virtuosa por el propio acto de practicar la virtud y en persona depravada por practicar actos de vicio. Cuando uno opta por ver pornografía, incluso si al principio es contra su voluntad, se convierte en la clase de persona dispuesta a usar a otros como puros objetos de placer, sin tener en cuenta su dignidad inherente como hombre o mujer creado a imagen de Dios. A medida que se arraiga más el hábito de la pornografía, se hacen más pronunciadas las características de una persona que degrada a otras, las convierte en objeto y deja un legado de violencia contra su dignidad.
En esta transformación, a veces, gradual y, a veces, repentina del carácter humano, ejerce el pecado su mayor influencia en las personas y en la cultura. Los jóvenes manipulan y abandonan con más facilidad a los amigos para satisfacer sus deseos temporales y a menudo egoístas. Los cónyuges comienzan a valorar a su pareja en una escala de lo que reciben de la relación en lugar de hacerlo por su fidelidad conyugal con el don de sí mismos. Los adultos jóvenes ven el matrimonio apenas como un contrato no vinculante que puede anularse si los beneficios del estado matrimonial ya no satisfacen sus deseos y expectativas cada vez más irreales y aun perversos. Los sacerdotes y los consagrados juzgan su ministerio sobre la base de la satisfacción y del adelanto en el plano personal más que a partir del sacrificio. El uso generalizado de la pornografía naturalmente lleva a la degradación de la sociedad humana porque envilece a las personas que se someten a ella.
La pornografía hace de la intimidad una mentira. Al distorsionar la propia característica humana que promete poner fin al aislamiento, la pornografía lleva al usuario no a la intimidad, sino a un alejamiento aún más profundo. El propósito divino de la sexualidad humana es satisfacer el anhelo de comunión con otro y traer a la persona al vínculo del amor que da vida y la nutre.
En esta experiencia humana de intimidad con otro, se ha preconcebido el destino eterno del ser humano de perfecta comunión con su Creador.
Jesús, en respuesta, les dijo: «¿No habéis leído que aquel que al principio creó el linaje humano, creó un solo hombre y una sola mujer y que dijo: por lo tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre y habrá de unirse con su mujer, y serán dos en una sola carne? Así que ya no son dos, sino una sola carne».
Mateo 19, 4-6
La falsa promesa de intimidad ofrecida por la pornografía lleva más bien a un alejamiento aún más profundo que paraliza la capacidad del usuario de experimentar verdadero contacto humano íntimo. El usuario de pornografía, al anhelar humana intimidad con aquellas personas cuyas imágenes son empleadas, ¿cuánto más lo será contra la dignidad humana de la persona a quien se le prometió la exclusividad del afecto? El uso de la pornografía es una violación del compromiso matrimonial. Incluso si el cónyuge la tolera, ¿cómo no dejar de sentir el rechazo y la traición cuando la propia pareja comprometida recurre a la ilusión y a una felicidad efímera en imágenes pornográficas? Este rechazo, si no es corregido, a menudo lleva a la destrucción permanente del compromiso conyugal.
Como sucede con la naturaleza de todo pecado, quienes más sufren son los inocentes. Los niños, que se esfuerzan naturalmente en imitar e incorporar el amor de sus padres con capacidad para dar de sí mismos, en lugar de ese amor encuentran tensión, traición y egoísmo. Es comprensible entonces que lleguen a creer que el amor verdadero, un amor de sacrificio y con el don de sí mismo, sea una ilusión.
Es una vana esperanza creer que un cónyuge, usuario de pornografía, podrá mantener en secreto este pecado y también que el material propiamente dicho podrá permanecer oculto. Si los niños encuentran este mismo material que ha causado daño a su familia, entenderán la sexualidad de una forma no prevista por sus padres. En lugar de aprender y experimentar la nobleza de la persona humana creada a imagen y semejanza de Dios, experimentan la degradación de la persona humana reducida a un producto, a un objeto.
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Fuente original: Pornografía: un ataque al templo de Dios vivo
por Mons. Paul S. Loverde, Obispo de la Diócesis de Arlington | 13 Jun, 2013 | Catequesis Magisterio
Los cristianos son intrínsecamente un pueblo aparte. La realidad del Bautismo nos convierte en una comunidad llamada al desierto, en un pueblo consagrado para establecer una relación con el Creador de todas las cosas. Con todo, al igual que el pueblo de Israel que fue llamado a salir de Egipto, los miembros de la Iglesia también se encuentran inextricablemente vinculados a la misma cultura de la muerte de la que Dios los ha libertado.
En el desierto, los israelitas comenzaron a protestar contra Moisés y Aarón.
«Ojalá el Señor nos hubiera hecho morir en Egipto, les decían, cuando nos sentábamos delante de las ollas de carne y comíamos pan hasta saciarnos. Porque ustedes nos han traído a este desierto para matar de hambre a toda esta asamblea».
Éxodo 16, 2-3.
Entonces no es sorprendente que asumamos actitudes comunes en el mundo seglar y estemos confusos con respecto a la verdadera naturaleza del pecado. Esta confusión puede llegar a ser mortal cuando la empleamos para justificar nuestra propia culpabilidad o para buscar una «definición diluida» de la naturaleza maléfica de los pecados que nos tientan. En ningún otro punto es esto más evidente que en la confusión que experimentan algunos cristianos sobre la verdadera naturaleza de la pornografía.
Los jóvenes cristianos luchan por vivir con las exigencias de su condición de apóstoles bajo las presiones de la cultura que los rodea. Este proceso de integración se dificulta más en una cultura que, en la última generación, ha abandonado la virtud de la castidad.
Los cónyuges, sobre todo los esposos, que luchan por crecer en la fidelidad inherente a su vocación conyugal, encuentran tentaciones para escapar y buscar falso consuelo en imágenes y fantasías.
Los sacerdotes y los consagrados, que se han comprometido a llevar una vida de castidad y celibato, se encuentran en medio de una cultura que considera el celibato como una meta imposible de cumplir y que atenta contra la salud. En un momento de duda, pueden buscar falso consuelo en la impureza. Sus faltas son aún más graves por causa del escándalo que acarrean a la Iglesia.
Como consecuencia de estas fantasías, los hombres y mujeres solteros se distraen de la tarea más importante de percibir: la llamada de Dios en su vida. Al pasar de pensamientos impuros a imágenes y a mal comportamiento sexual en la realidad, minan la base de la confianza y la fidelidad que se necesita para la felicidad futura.
Ninguna persona que viva en nuestra cultura puede separarse totalmente de este azote de la pornografía. Todos se ven afectados en mayor o menor grado, aun quienes no participan directamente en el uso de la pornografía. Con todo, si las personas que se han dejado llevar por este vicio contestaran con sinceridad si son mejores o más felices por causa de la pornografía, solamente las más indiferentes darían una respuesta afirmativa. Una evaluación sincera revela que el uso de la pornografía causa debilidad espiritual, social y emocional.
Entonces, ¿por qué sucumben tantos a una tentación tan obviamente contraria al bien de la persona humana? Por lo menos en parte, es por causa de la duda y la confusión ocasionada por los falsos argumentos de quienes justifican este comportamiento. A esos falsos argumentos me referiré ahora antes de ofrecer orientación.
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Fuente original: Pornografía: un ataque al templo de Dios vivo