Catequesis sobre la Divina Misericordia

Catequesis sobre la Divina Misericordia

Jesús, en Ti confío


1. Objetivo

Ayudar a los adolescentes que se preparan para la Confirmación a descubrir que la Divina Misericordia no es una devoción sentimental ni una idea piadosa aislada, sino una revelación central del corazón de Cristo resucitado, que perdona, sana, llama a la conversión, fortalece al pecador y lo envía a vivir como testigo de ese amor en el mundo. Esta catequesis quiere mostrar que la Misericordia de Dios no rebaja la verdad ni elimina la exigencia del Evangelio, sino que hace posible la conversión verdadera y sostiene al cristiano en su combate espiritual.

El objetivo inmediato es que el joven comprenda que la Confirmación no puede vivirse como un rito social ni como el final de una etapa, sino como una gracia del Espíritu Santo para vivir más profundamente unido a Cristo. Y uno de los caminos más fecundos para esa unión es entrar en el misterio de la Misericordia divina tal como ha sido mostrado en la Sagrada Escritura, profundizado por la Iglesia y recordado con fuerza providencial a través de santa Faustina Kowalska y del magisterio contemporáneo, especialmente el de san Juan Pablo II.

El objetivo último es mover a los confirmandos a una decisión interior: dejar de mirar la misericordia como permiso para seguir igual y empezar a verla como llamada a ponerse de pie, confesarse, volver a Dios, confiar realmente en Cristo y convertirse en instrumentos de reconciliación en la familia, en la parroquia y en el mundo.


2. Introducción

La palabra misericordia puede entenderse mal con mucha facilidad. En algunos ambientes se la presenta como una especie de indulgencia blanda, como si Dios, por ser misericordioso, no tomara en serio el pecado, la verdad, el juicio moral o la necesidad de conversión. En otros casos, se la reduce a una emoción religiosa pasajera, a una devoción privada sin conexión con la vida sacramental, con la Pascua de Cristo o con la transformación real del corazón. Ambas reducciones son profundamente insuficientes y, en el fondo, falsifican el rostro de Dios.

La Divina Misericordia, tal como la Iglesia la contempla, es mucho más seria, más profunda y más bella. No consiste en que Dios renuncie a la verdad, sino en que la verdad de su amor entra en la miseria del hombre para levantarlo. No consiste en que el pecado deje de importar, sino en que Cristo, muerto y resucitado, abre al pecador un camino real de perdón, sanación y vida nueva. No consiste en una emoción dulzona, sino en la victoria del Corazón de Cristo sobre el pecado, la desesperación y la muerte.

Por eso, la Divina Misericordia está íntimamente unida a la Pascua. No es casual que la Iglesia celebre el Domingo de la Divina Misericordia en la octava de Pascua. Cristo resucitado muestra sus llagas y sopla el Espíritu para el perdón de los pecados. Las heridas gloriosas del Resucitado no son un detalle secundario: son la fuente visible de la misericordia. San Juan Pablo II lo expresó con claridad al presentar el segundo domingo de Pascua como el día en que se manifiesta plenamente que el amor es más fuerte que el pecado y la muerte. Ahí está el centro de la catequesis que queremos ofrecer a los jóvenes.

La pregunta decisiva para ellos, y también para sus familias, no es si la misericordia es una idea hermosa, sino esta: ¿me dejo alcanzar de verdad por la misericordia de Cristo o sigo defendiendo mis pecados, mis heridas y mis resistencias como si Él no pudiera transformarlas?


3. Base bíblica, espiritual y eclesial

La Divina Misericordia no nace en el siglo XX ni comienza con santa Faustina. Su raíz es bíblica y cristológica. El Antiguo Testamento revela ya un Dios rico en misericordia, paciente, lento a la ira y grande en amor. Pero es en Jesucristo donde la misericordia divina alcanza su manifestación plena. Él no solo habla del Padre misericordioso, sino que lo hace visible en su persona, en su trato con los pecadores, en su compasión hacia los débiles, en su perdón desde la cruz y en el don del Espíritu para la remisión de los pecados.

El Evangelio de san Juan tiene aquí una importancia decisiva. Cuando Cristo resucitado se aparece a los discípulos en el cenáculo, no les reprocha su cobardía como primera palabra, sino que les da la paz; después les muestra las manos y el costado, y sopla sobre ellos diciendo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados” (Jn 20,22-23, Biblia CEE). En esta escena se unen de manera admirable la Pascua, las llagas, el Espíritu y el perdón. La misericordia no es una teoría: es el Resucitado que entra en la historia herida de sus discípulos para restaurarla.

Santa Faustina recibe en este marco eclesial una misión particular: recordar al mundo, con una intensidad nueva, la confianza en la misericordia de Cristo y la necesidad de acudir a Él. Sus revelaciones privadas no añaden una nueva doctrina a la fe católica, pero ayudan a contemplar con fuerza renovada una verdad que pertenece al corazón del Evangelio. La Iglesia, al discernir positivamente esta misión, no absolutiza la experiencia privada, sino que reconoce en ella una ayuda providencial para volver a Cristo, sobre todo en una época marcada por heridas profundas, desesperanza y pecado.

El magisterio reciente ha acogido y desarrollado esta línea con notable densidad. San Juan Pablo II hizo de la misericordia uno de los grandes ejes de su pontificado, especialmente en Dives in misericordia, donde explicó que la misericordia no rebaja la justicia, sino que la plenifica en el amor redentor. Benedicto XVI insistió en que la misericordia se comprende plenamente contemplando el costado abierto de Cristo y el amor que se dona hasta el extremo. El papa Francisco, especialmente en Misericordiae vultus, ha recordado que Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre y que la Iglesia solo es fiel a sí misma cuando vive y anuncia esa misericordia sin perder la verdad del Evangelio. Y León XIV, en continuidad con sus predecesores, ha seguido subrayando la necesidad de una Iglesia que acerque al hombre a Cristo con verdad, caridad y esperanza. Todo ello confirma que el tema de la misericordia no es marginal, sino central.


4. Santa Faustina Kowalska y la misión de anunciar la Misericordia

Santa Faustina Kowalska, religiosa polaca del siglo XX, no fue elegida por Dios por su brillantez humana, sino precisamente por su pequeñez, su humildad y su disponibilidad. Esta clave es muy importante para la Confirmación, porque ayuda a los jóvenes a comprender que Dios no espera instrumentos perfectos, sino corazones dóciles. Faustina no aparece como una figura poderosa según los criterios del mundo, sino como un alma sencilla a la que el Señor confía una misión inmensa: recordar al mundo que su misericordia es más grande que toda miseria humana.

En su Diario, santa Faustina recoge con insistencia las palabras de Cristo sobre la confianza. No basta saber que Dios es misericordioso; hay que confiar. Y esta confianza no es pasividad ni autoengaño. Es abandono real del corazón en Cristo, apertura a la conversión, reconocimiento del propio pecado y decisión de volver a Él. Jesús no le revela la misericordia para tranquilizar al pecador en su pecado, sino para arrancarlo de la desesperación y traerlo de nuevo al amor del Padre.

Uno de los rasgos más profundos de la espiritualidad de Faustina es precisamente que la misericordia siempre aparece unida a la verdad. Quien se acoge a la misericordia no se justifica a sí mismo, sino que se pone bajo la mirada de Cristo. Quien confía, no banaliza el pecado, sino que lo entrega. Quien reza “Jesús, en Ti confío”, no está pronunciando una fórmula mágica ni afectiva, sino haciendo un acto espiritual serio: reconocer que solo Cristo puede rehacer de verdad una vida rota.

San Juan Pablo II vio con lucidez la relevancia providencial de esta misión. En la canonización de santa Faustina y en la institución litúrgica del Domingo de la Divina Misericordia, mostró que este mensaje no debía quedar reducido a un círculo devocional, sino que estaba llamado a iluminar la vida de toda la Iglesia. En él se unían el drama del pecado humano, la experiencia histórica del mal en el siglo XX y la respuesta definitiva de Cristo resucitado. Esta lectura sigue siendo plenamente actual para los jóvenes de hoy, que viven a menudo entre la banalización del pecado y la desesperación silenciosa.


5. Profundización teológica y catequética

Para una catequesis de Confirmación, es esencial explicar que la misericordia no es lo contrario de la exigencia cristiana, sino su posibilidad. El Evangelio pide conversión, pureza de corazón, perdón, caridad, lucha contra el pecado, confesión de la fe y perseverancia. Todo esto sería insoportable si el hombre tuviera que alcanzarlo por sus solas fuerzas. Pero la misericordia de Dios no elimina la meta; da la gracia para caminar hacia ella. La misericordia no rebaja la santidad; levanta al pecador para que no renuncie a ella.

San Juan Pablo II insistió en que la misericordia es el nombre del amor cuando este sale al encuentro de la miseria humana. Esta definición es particularmente fecunda. Misericordia no significa simple benevolencia ni tolerancia moral. Significa que el amor de Dios entra en contacto con lo herido, con lo culpable, con lo desordenado y con lo desesperado, no para confirmarlo en su estado, sino para restaurarlo desde dentro. Esta restauración se realiza de manera eminente en el misterio pascual, en los sacramentos y en la vida de la Iglesia.

En este punto, la relación entre Divina Misericordia y sacramento de la Reconciliación debe quedar muy clara. Los jóvenes necesitan entender que la misericordia no es una emoción privada ni una imagen hermosa, sino una gracia real que actúa sacramentalmente. Cuando Cristo resucitado da a los apóstoles el poder de perdonar los pecados, está estableciendo el cauce visible y eclesial de su misericordia. Por eso, una catequesis sobre la Divina Misericordia que no conduzca a valorar la confesión quedaría incompleta. La confianza en Jesús debe desembocar, tarde o temprano, en el valor de dejarse perdonar de verdad por Él.

También debe explicarse con firmeza que la misericordia no elimina la justicia, sino que la supera en el amor. Dios no hace como si el mal no existiera. La cruz de Cristo desmiente cualquier comprensión superficial de la misericordia. Si el pecado fuera irrelevante, el Hijo de Dios no habría tenido que entregarse. Precisamente porque el pecado es real y destruye al hombre, la misericordia se manifiesta como amor redentor que paga el precio de nuestra reconciliación. Benedicto XVI desarrolló esta verdad mostrando que la misericordia de Dios no es una concesión barata, sino el fruto del amor crucificado.

Francisco, por su parte, ha insistido en que la Iglesia debe vivir la misericordia como el centro de su credibilidad evangélica. Pero esa misericordia solo es auténtica si conduce al encuentro con Cristo, a la verdad sobre el hombre, al perdón de los pecados y a la vida nueva. Presentar la misericordia como permiso para seguir igual sería traicionar su esencia. La misericordia cristiana hiere el orgullo, desarma la autosuficiencia y abre la puerta a la conversión.

Para la Confirmación, todo esto tiene una consecuencia pastoral decisiva. El joven confirmado está llamado a vivir según el Espíritu Santo. Y el Espíritu no actúa sobre una falsa autosuficiencia, sino sobre un corazón que reconoce su necesidad. La Divina Misericordia enseña precisamente eso: que el cristiano maduro no es el que presume de no necesitar perdón, sino el que se deja perdonar, sanar y rehacer. Solo así podrá también convertirse en testigo de misericordia en medio de un mundo duro, herido y muchas veces desesperado.


6. Lectura catequética de la primera imagen

La primera imagen presenta a Jesús de la Divina Misericordia manifestándose a santa Faustina de rodillas ante Él, en el contexto de un altar con sagrario. Esta composición es teológicamente muy rica. La santa no ocupa el centro, porque la devoción no termina en ella, sino en Cristo. Está arrodillada, en actitud de acogida, escucha y adoración. Esto ya enseña algo importante al confirmando: la misericordia no se domina, se recibe. No se analiza desde fuera, se acoge desde la humildad.

El fondo del altar y del sagrario remite con fuerza a la presencia real de Cristo y a la vida litúrgica de la Iglesia. La Divina Misericordia no es una experiencia separada del misterio eucarístico ni del espacio sacramental. El joven debe comprender que la misericordia de Cristo no se busca al margen de la Iglesia, sino en ella, en su oración, en su liturgia, en sus sacramentos, en su adoración y en su vida. Los rayos que salen del pecho de Jesús dirigen visualmente la mirada hacia el misterio de su costado abierto, es decir, hacia la fuente misma de la redención.

El aura suave que brota del cuerpo de Cristo y la que rodea a la santa ayudan a expresar, de forma catequéticamente equilibrada, la diferencia entre la santidad recibida por participación y la santidad de Cristo como fuente. Cristo es el origen; la santa es la receptora y testigo. Esta imagen enseña, por tanto, una verdad central: la Iglesia no inventa la misericordia; la recibe del Señor para anunciarla fielmente.


7. Lectura catequética de la segunda imagen

La segunda imagen, centrada solo en Jesús de la Divina Misericordia, tiene una fuerza icónica y contemplativa especial. Aquí desaparece cualquier mediación visible para que el foco se concentre totalmente en el Señor. La mano levantada en gesto de bendición y la otra señalando el pecho desde el cual brotan los rayos rojos y blancos resumen toda una teología de la redención, del perdón y de la confianza. El Cristo resucitado no se presenta como juez lejano, sino como Señor vivo que sale al encuentro del pecador y le abre el corazón.

El hecho de que aparezca de pie, sereno, con las llagas gloriosas implícitas en la irradiación de su pecho, permite conectar muy bien esta imagen con el segundo domingo de Pascua y con el Evangelio de santo Tomás. La misericordia no está separada de la verdad de la resurrección. No es una imagen devocional desligada del Evangelio, sino una forma visual de contemplar a Cristo resucitado como fuente del perdón y de la paz. La imagen puede ayudar mucho a los jóvenes a rezar, a callar y a mirar, algo que hoy resulta especialmente necesario.

Desde el punto de vista catequético, esta segunda imagen es ideal para trabajar la confianza personal. Mientras la primera subraya la recepción eclesial del mensaje a través de santa Faustina, esta segunda puede usarse para confrontar directamente al joven con Cristo. No con una idea de Cristo, ni con un recuerdo cultural, sino con el Señor vivo que le dice, en el fondo, que no se cierre, que no desespere y que no tenga miedo de volver a Él.


8. Textos bíblicos completos para proclamar

Juan 20,19-23 (CEE)
«Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros”. Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”».

Juan 20,24-29 (CEE)
«Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”. Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo”. A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: “Paz a vosotros”. Luego dijo a Tomás: “Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente”. Contestó Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!”. Jesús le dijo: “¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto”».

Salmo 102,8-13 (CEE)
«El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia; no está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas. Como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre los que lo temen; como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos. Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por los que lo temen».


9. Actividades catequéticas

Actividad 1: La verdad de mis heridas ante Cristo Misericordioso

Tiempo: 20 minutos.
Materiales: papel, bolígrafo, un ambiente de silencio real, la segunda imagen de Jesús de la Divina Misericordia colocada en un lugar visible.
Objetivo: ayudar a cada confirmando a reconocer sus heridas, pecados, resistencias o zonas oscuras no para recrearse en ellas, sino para ponerlas bajo la mirada de Cristo Misericordioso.

Desarrollo: El catequista debe comenzar con sobriedad, sin prisas. Conviene decir algo como esto: “La misericordia de Jesús no es para la teoría. Es para la miseria real. Si no reconocemos nuestra verdad, no podremos entrar de verdad en su misericordia”. Después se pide un minuto de silencio absoluto. A continuación, cada participante escribe privadamente respuestas a estas preguntas: ¿qué parte de mi vida me cuesta más presentar a Dios?, ¿qué pecado o actitud estoy justificando sin querer cambiar?, ¿qué herida me hace desconfiar de Dios o de mí mismo?, ¿creo de verdad que Jesús puede entrar ahí?

El catequista debe explicar que esta actividad no es un ejercicio psicológico ni una exposición pública. Se trata de hacer verdad delante de Cristo. Una vez que todos han escrito, se invita a contemplar la imagen de Jesús de la Divina Misericordia en silencio durante unos minutos. Después puede proclamarse lentamente la frase del Señor a santa Faustina que resume bien el sentido de este momento: “Cuanto más grande es el pecador, tanto más derecho tiene a mi misericordia”. A continuación, se deja otro breve silencio para releer lo escrito desde la confianza, no desde la desesperación.

Orientación para el catequista: hay que evitar dos errores: banalizar el mal o dramatizarlo sin esperanza. El punto de llegada no es la culpa cerrada sobre sí misma, sino la apertura confiada al Señor.

Fruto esperado: que el joven pase de una visión abstracta de la misericordia a una experiencia inicial de confrontación humilde y confianza real.


Actividad 2: Misericordia y verdad en la vida familiar

Tiempo: 20 minutos.
Materiales: ninguno, aunque puede ayudar tener la primera imagen visible y una vela encendida cerca.
Objetivo: ayudar a las familias a descubrir si en el hogar se vive una misericordia auténtica, unida a la verdad, o si se ha caído en dos extremos igualmente dañinos: la dureza sin perdón o la permisividad sin verdad.

Desarrollo: El catequista introduce la actividad explicando que la misericordia cristiana no consiste en dejar pasar todo ni en vivir instalados en el reproche. En la familia, misericordia significa amar de tal modo que se diga la verdad, se corrija lo necesario, se pida perdón y se ofrezca perdón sin humillar. Después, en pequeños grupos familiares o mixtos, se dialoga en torno a varias preguntas: cuando en casa alguien falla, ¿cómo se reacciona habitualmente?, ¿predomina el enfado, el silencio, la humillación, la indiferencia o la reconciliación?; ¿sabemos pedir perdón de verdad?; ¿sabemos corregir sin destruir?; ¿el ambiente de la familia ayuda a volver a levantarse o hace que uno se cierre más?

Esta actividad debe trabajarse con profundidad y sin permitir respuestas decorativas. El catequista puede ayudar recordando que una familia cristiana no es una familia donde nunca hay fallos, sino una familia donde la misericordia de Dios se hace visible en la forma de tratarse. Es importante subrayar que la misericordia en la casa se manifiesta en cosas muy concretas: el tono de voz, la paciencia, la rapidez para perdonar, la sinceridad al pedir perdón, la capacidad de corregir con amor y no con desprecio.

Orientación para el catequista: esta actividad puede tocar heridas reales. Conviene conducirla con mucha delicadeza y firmeza, evitando tanto el moralismo como la exposición innecesaria de intimidades.

Fruto esperado: que la familia descubra que la Divina Misericordia no pertenece solo al templo o a la devoción, sino que debe transformar la manera de vivir en casa.


Actividad 3: Paso concreto hacia la misericordia sacramental

Tiempo: 15 minutos.
Materiales: papel pequeño para cada participante.
Objetivo: mover a una decisión concreta y verificable que conecte la catequesis con la vida sacramental, especialmente con la confesión y la confianza en Cristo.

Desarrollo: El catequista explica con claridad que la misericordia de Jesús no puede quedarse en emoción ni en admiración estética ante una imagen. Debe conducir a un paso concreto. Entonces invita a cada joven a escribir una resolución muy precisa que pueda vivir en los próximos días. Esa resolución debe tener una relación directa con la misericordia recibida o dada. Algunos ejemplos pueden ser: prepararme bien para confesarme, dejar de justificar un pecado concreto, reconciliarme con alguien, empezar a rezar cada día “Jesús, en Ti confío”, acercarme con más verdad a la Eucaristía, corregir mi dureza con alguien de casa.

Después de unos minutos, quien quiera puede compartir brevemente su resolución, pero sin convertirlo en un desfile de respuestas piadosas. El catequista debe cuidar especialmente que las decisiones no sean genéricas, como “ser mejor”, sino precisas y evaluables. La pedagogía espiritual exige concreción. La misericordia de Dios es inmensa, pero pide una respuesta real.

Orientación para el catequista: conviene insistir en que el compromiso debe ser humilde, realista y serio. No hace falta que sea espectacular; sí que debe ser verdadero.

Fruto esperado: pasar de la reflexión a la decisión, y de la decisión a una práctica concreta de vida cristiana.


Actividad 4: Lectio divina profunda ante el Cristo de la Divina Misericordia

Tiempo: 20 minutos.
Texto: Juan 20,19-23, pudiendo añadirse Juan 20,24-29 en una segunda lectura.
Objetivo: favorecer un encuentro orante con Cristo resucitado, de modo que los confirmandos descubran que la misericordia brota de sus llagas gloriosas, comunica paz, perdón y envío, y reclama una respuesta de fe confiada.

Desarrollo: La primera imagen, con santa Faustina de rodillas ante Jesús, puede presidir este momento. El catequista prepara el clima con recogimiento. Se proclama lentamente Juan 20,19-23. Después se deja un breve silencio y se vuelve a proclamar el texto. Si se considera oportuno, se añade una lectura pausada de Juan 20,24-29, para iluminar la relación entre misericordia y la experiencia de Tomás. A continuación, se guarda un silencio real de varios minutos. Aquí es importante no tener miedo al silencio: la Palabra y la imagen deben bajar al corazón.

Luego el catequista propone tres preguntas para la meditación interior, sin necesidad de responderlas en voz alta inmediatamente: ¿qué paz me está ofreciendo hoy Cristo resucitado?, ¿qué pecado o herida me cuesta más dejar tocar por su misericordia?, ¿a quién me envía el Señor como testigo de su misericordia? Después de otro breve silencio, puede invitarse a cada participante a formular interiormente una oración muy breve, o a escribir una frase dirigida al Señor.

La lectio puede concluir con una oración común sencilla, repetida por todos: “Jesús, en Ti confío”. Después, si se desea, se puede rezar una breve parte de la Coronilla o al menos su invocación central. Lo importante es que este momento no se viva como una explicación bíblica más, sino como un encuentro real con el Resucitado.

Orientación para el catequista: no monopolizar el momento con demasiadas palabras. La lectio no necesita mucha explicación, sino un marco sobrio, una proclamación cuidada y un silencio verdadero.

Fruto esperado: que la misericordia deje de ser solo un concepto y se convierta en una experiencia espiritual más personal y eclesial.


10. Oraciones finales

Oración personal a Jesús Misericordioso


Señor Jesús, Divina Misericordia del Padre, vengo a Ti con mi pobreza, con mis pecados, con mis heridas y con mis resistencias. Tú conoces lo que más me cuesta mostrarte, lo que escondo, lo que justifico y lo que me avergüenza. No permitas que me encierre en mí mismo ni que desconfíe de tu amor. Mira mis miserias con tu misericordia, toca lo que está herido, perdona lo que está manchado, fortalece lo que está débil y levanta lo que ha caído. Hazme comprender que tu misericordia no me humilla, sino que me devuelve la dignidad de hijo. Jesús, en Ti confío. Amén.

Oración familiar a la Divina Misericordia


Señor Jesús, entra en nuestra familia con la luz de tu misericordia. Tú conoces nuestros cansancios, nuestras heridas, nuestras discusiones, nuestras durezas y nuestros miedos. No permitas que vivamos juntos sin aprender a perdonarnos. Danos la gracia de decir la verdad con caridad, de corregir sin humillar, de pedir perdón sin orgullo y de ofrecer perdón sin rencor. Haz de nuestra casa un lugar donde tu misericordia se vea en el tono, en el trato, en la paciencia y en la reconciliación. Que no vivamos de apariencias, sino de gracia. Jesús, en Ti confío. Amén.

Oración tradicional de la Divina Misericordia


Padre Nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.


Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.


Creo en Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos. Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén.


Por su dolorosa Pasión, ten misericordia de nosotros y del mundo entero.


Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten piedad de nosotros y del mundo entero.


Jesús, en Ti confío.


11. Conclusión

La Divina Misericordia no es una devoción secundaria ni un refugio sentimental para almas temerosas. Es el corazón mismo del Evangelio contemplado desde la Pascua de Cristo. Jesús resucitado muestra sus llagas, comunica la paz, concede el perdón y llama a la confianza. Quien entra de verdad en este misterio no sale tranquilizado para seguir igual, sino tocado para convertirse, reconciliarse, confesarse, perdonar y vivir de otro modo.

Para los confirmandos, esta catequesis debe quedar como una llamada muy concreta. Confirmarse no es recibir un sello exterior, sino dejar que el Espíritu Santo fortalezca una vida entera. Y no hay vida cristiana madura sin experiencia humilde de la misericordia. El joven que aprende a decir con verdad “Jesús, en Ti confío” no está repitiendo una fórmula piadosa, sino entrando en una relación real con Cristo. Si esa relación se deja profundizar, podrá sostener la fe, sanar las heridas y convertir al confirmado en testigo de la misericordia que ha recibido.


12. Consejos para catequistas y familias

Para los catequistas: no presentéis la Divina Misericordia como una devoción aislada ni como una emoción piadosa. Llevad siempre a Cristo resucitado, a la confesión, a la verdad sobre el pecado y a la confianza real. Cuidad mucho el silencio y la interioridad, porque aquí no basta explicar: hay que ayudar a entrar en el misterio.

Para las familias: prolongad esta catequesis en casa con sencillez. Puede ayudar rezar juntos “Jesús, en Ti confío”, hablar del perdón en la vida familiar, preparar bien la confesión y colocar una imagen de la Divina Misericordia en un lugar visible del hogar. Lo importante no es multiplicar gestos devocionales sin vida, sino dejar que la misericordia transforme la manera de vivir.

Para los jóvenes: no tengáis miedo de vuestra verdad cuando la lleváis a Cristo. Él no se escandaliza de vuestra miseria. Lo que sí os destruye es cerraros, justificaros o desesperar. La misericordia no os humilla: os rehace. Y quien se deja rehacer por Cristo puede empezar de nuevo de verdad.

San Clemente Romano: recursos para la catequesis

San Clemente Romano: recursos para la catequesis

Después de la muerte de Nerón, la Iglesia gozó durante algún tiempo de paz y tranquilidad. Vespasiano y Tito, los más amables de los césares en expresión de San Agustín, trataron con mayor toleráncia a la religión cristiana y prescindieron en la práctica del principio de persecución establecido por Nerón.

Impulsado por el soplo divino y la fuerza misma de la verdad, el cristianismo penetró profundamente en los centros más vitales del Imperio romano; es más, en el mismo corazón del Imperio la nueva doctrina iba consiguiendo nuevas conquistas, no ya como hasta entonces, entre la gente sencilla y las clases humildes, sino también en la más alta sociedad aristocrática; en la misma corte se había abierto paso el Evangelio de Cristo.

La unidad de la Iglesia en el obispo de Roma, suprema autoridad como sucesor de San Pedro, era una realidad. La jerarquía se desarrollaba por medio de los obispos, presbíteros, diáconos, doctores, profetas… El culto, basado en la celebración de la llamada liturgia o fracción del pan y compuesto por lecturas del Antiguo y Nuevo Testamento, por homilías y oraciones, constituía el punto céntrico de las reuniones cristianas y servía de fuerza propulsora para el apostolado y constancia en la fe.

Sobre este horizonte lleno de luz y de sol asomaban nubes de tormenta; la escisión y el desorden empezaban a desgarrar a algunas comunidades cristianas. En la Iglesia de Corinto, por ejemplo, acababa de surgir un conflicto ruidoso.

Con su población mezcla de elementos muy heterogéneos, comerciantes, marinos, burgueses y esclavos, situada entre los mares Egeo y Jónico, Corinto era en la antigüedad uno de los centros principales del comercio mediterráneo. Erigida en colonia romana, adquirió bien pronto un carácter cosmopolita; la ligereza de costumbres que encontramos en todo el paganismo helénico degeneraba en Corinto en un libertinaje que llegó a ser proverbial y que chocaba incluso a los mismos paganos. La comunidad cristiana, fundada por San Pablo y visitada por San Pedro, se encontraba a fines del siglo I en una situación religiosa moral bastante delicada. Los judíos, aunque convertidos, permanecían en todo momento muy vinculados a la ley mosaica. Los griegos, ligeros, charlatanes empedernidos y partidistas por temperamento, pronto dieron libre cursc en la nueva comunidad a sus defectos naturales. Más peligrosos eran todavía los miembros que se creían en posesión de carismas o gracias extraordinarias, porque pretendían administrar y ordenar todo en su Iglesia,

Al abandonar San Pablo la ciudad de Corinto no confió a los carismáticos el gobierno de su comunidad; allí, como en otras partes, se había constituido un colegio de presbíteros que con prudencia ejercía sus funciones; pero el sentido práctico de estos pastores, su constante preocupación por evitar todo escollo, no agradaba a los audaces carismáticos, quienes no dudaron en desacreditarlos por todos los medios a su alcance; hubo alborotos, disputas; varios miembros del colegio presbiteral fueron depuestos, y, dada la situación geográfica de Corinto, el desorden podía propagarse a otras ciudades de Grecia. El espíritu helénico, particularista y muy pagado de sí mismo, se sometía con dificultad a la ley fundamental que establece la jerarquía como principio de doctrina y gobierno. Cuarenta años antes, San Pablo tuvo que amonestar vivamente a los corintias por su exclusivismo al manifestarse como seguidores de Pedro, Pablo o Apolo.

Para conjurar este peligro y aplastar el cisma en sus comienzos se necesitaba algo más que las exhortaciones de un doctor o un profeta; era necesaria la decisión de un jefe supremo y juez soberano. La Iglesia de Roma, con plena conciencia de su misión, se creyó en la obligación de intervenir, y así envió a la Iglesia de Corinto, por medio de Claudio Efebo, Valerio Brito y Fortunato, una carta escrita en griego, lengua de la Iglesia en aquel tiempo, llena de sabiduría y suave autoridad, en la que recomendaba la caridad fraterna y el respeto y obediencia a los superiores.

Esta carta, este grande y admirable escrito, en frase de Eusebio de Cesarea; este documento precioso, que Orígenes cita con veneración y que los primeros cristianos equiparaban a las Sagradas Escrituras, no lleva, sin embargo, nombre de ningún autor; el documento se presenta en su solemne encabezamiento como escrito por la Iglesia de Dios que peregrina en Roma a la Iglesia de Dios que peregrina en Corinto. Sin embargo, una tradición muy firme y muy antigua, casi contemporánea a la misma carta, la atribuya al obispo de Roma más famoso del siglo I, Clemente, tercer sucesor de San Pedro, después de Lino y Anacleto: esto mismo se deduce de la lectura misma de la carta de los corintios. Sólo el obispo podía hablar de esa manera en nombre de su Iglesia.

El nombre de San Clemente es uno de los más ilustres y venerados de la antigüedad cristiana. Poco tiempo después de su muerte su figura aparece rodeada de una aureola maravillosa; mientras los fieles invocan su autoridad, los herejes buscan abrigo a la sombra de tan venerado nombre. Se le cita en el canon de la misa; aparece en los más antiguos calendarios; pero, como sucede con frecuencia, la celebridad le ha perjudicado al envolverle en las nubes de la leyenda, que nos impiden observar la fisonomía verdadera de su alma. Sus actas son una de ,aquellas novelas edificantes que tanto apasionaban en la Edad Media; pueden, sin embargo, recogerse en ellas rasgos auténticos que parecen eco de las tradiciones históricas. La antigua leyenda le emparentó con la familia imperial; modernamente se ha intentado identificarle con el célebre primo de Domiciano, el cónsul Tito Flavio Clemente, a quien el emperador mandó eiecutar por crimen de «ateísmo», es decir, cristianismo. Es muy posible que fuera un liberto o hijo de liberto de la casa Flavia. Muy probablemente no procedía del paganismo, sino del judaísmo, y tal vez se trate, en opinión de Orígenes, del Clemente a quien San Pablo cita en la carta a los filipenses como colaborador suyo. Pero como, en expresión de fray Luis de León, «las escrituras que por los siglos duran nunca las dicta la boca, del alma salen», tenemos en nuestras manos su carta, esa admirable carta en la que podemos con absoluta confianza y seguridad contemplar al trasluz el alma grande de este tercer obispo de Roma, Clemente. Se descubre en esta carta un alma que vive de una fe cristiana muy profunda, que se apoya en la revelación divina del Antiguo y Nuevo Testamento, que recurre a la oración, en la que caldea su alma sedienta de Dios y la fortalece para las luchas que ha de sostener. Testigo del pensar y del sentir de su tiempo, acoge en su seno las aspiraciones literarias, artísticas y filosóficas más nobles de sus contemporáneos, y como no se arredra ante la naturaleza, obra de Dios, tampoco teme la especulación y el arte humano, que son, en su última raíz, tanteos del alma para encontrar y llegar a Dios. Frente al paganismo que le rodea, demuestra una comprensión simpáticamente acogedora por todo lo noble y bueno que en él existe. No sólo conoce la mitología, sino que llega a proponer a la imitación y admiración de los cristianos corintios los ejemplos de abnegación heroica de ilustres paganos.

En el Pontífice que está a la cabeza de la Iglesia de Roma alienta la simpatía más verdadera, más noblemente humana, transformada y elevada por la fe cristiana. La lengua, acostumbrada a la oración, ha tomado un acento litúrgico. La admirable oración que cierra la epístola es uno de los documentos que nos dan a conocer mejor la antigua liturgia; en ella se oye la voz de un obispo que, al final de su exhortación, se vuelve hacia Dios, como acostumbraba hacer al término de sus homilías. En efecto, este documento es una homilía. Clemente sabe que allá en Corinto la leerán en la asamblea de hermanos y se dirige a esos cristianos ausentes, como se dirigiría a sus cristianos de Roma exhortándoles, reprendiéndoles, pero al mismo tiempo llevándoles a orar a Dios con él.

Haciendo alusión a los desórdenes que reinan en Corinto y recordando la necesidad de someterse al orden establecido por Dios en todas las cosas, pero principalmente en su Iglesia, «es preciso, dice, someterse con humildad al orden establecido; hermanos seamos humildes de espíritu, depongamos la soberbia y toda arrogancia, haciendo lo que es justo y recto». Lo que constituye la belleza de la creación, del «cosmos», y realza su hermosura es precisamente la armonía y el orden que existe en todas las cosas. «El océano tiene sus leyes, las estaciones se suceden unas a otras apaciblemente; el gran artífice, el obrero del mundo ha querido que todo sea ordenado en una conformidad perfecta». El mismo designio se observa en el funcionamiento del organismo humano: «la cabeza no es nada sin los pies, pero a su vez los pies serían inútiles sin la cabeza; los más pequeños miembros son necesarios o útiles al conjunto y todos conspiran y se ordenan de consuno a la conservación de todo el cuerpo». Recuerda que en el Antiguo Testamento, Dios, autor directo de la ley, había instituido una jerarquía compuesta de cuatro grados: laicos, levitas, sacerdotes y el sumo sacerdote, y que los apóstoles, habiendo recibido las instrucciones de Nuestro Señor Jesucristo, que hablaba de parte de Dios, su Padre, fueron a anunciar el Evangelio, y escogían los que habían sido primicias de su apostolado, y habiéndoles probado por el Espíritu Santo, los establecía obispos y diáconos de los que debían de creer».

El obispo de Roma no duda, en fin, comparar la disciplina eclesiástica con la disciplina militar. Es verdad, dice Clemente, que la sociedad cristiana no es solamente un ejército, sino más bien un rebaño guiado par Cristo; más aún: es el mismo Cuerpo de Cristo. «El rebaño debe vivir en paz bajo la obediencia y tutela de los presbíteros y los miembros del Cuerpo de Cristo no deben estar separados de su cabeza. Abandonemos, pues, las investigaciones hueras y vanas y sigamos el canon venerable y glorioso de nuestra tradición.»

Después de una bella oración termina Clemente su carta con estas palabras, reveladoras de su autoridad firme y serena: «alegría y regocijo nos proporcionaréis si, obedeciendo a lo que os acabamos de escribir impulsados por el Espíritu Santo, cortáis de raíz la impía cólera de vuestra envidia conforme a la súplica con que en esta carta hemos hecho por la paz y la concordia; y lo hemos hecho así para que sepáis que toda nuestra preocupación ha sido y sigue siendo que cuanto antes volváis a recobrar la paz».

En el mismo amanecer del cristianismo, el Romano Pontífice ha tenido conciencia de su autoridad, como sucesor de San Pedro, y al sentirse en posesión de ese derecho ha actuado, en virtud de su suprema jurisdicción, en la solución de uno de los primeros conflictos que surgieron en la naciente Iglesia. Esta actuación en la época y circunstancias concretas ha proporcionado a Clemente un lugar destacado en la historia de la Iglesia.

La carta del Pontífice tuvo tan grata acogida que setenta años más tarde, según testimonio de Dionisio de Corinto, se leía los domingos en la asamblea de los fieles. Roma ordenó y fue obedecida.

La carta, sin fecha, fue escrita al término de una persecución, la de Domiciano, según se desprende de sus primeras frases: «Hemos estado afligidos por una serie de calamidades que han caído sobre nosotros de una manera imprevista». Nadie podía prever, en efecto, que la ambición del poder transformara tan violentamente a «uno de los más» honrados gobernantes», como dice Suetonio, en un monstruo que hizo temblar a los cristianos. Asesinatos, deportaciones de toda clase de gentes fueron efectos de la persecución.

Clemente pudo salvar su vida en aquella tormenta, pero pronto la entregó en holocausto por su fe. El año 100 gobernaba el Imperio uno de lbs más grandes y mejores emperadores, Trajano. Soldado hijo de soldado de un patriotismo ardiente, pero estrecho, tenia un sentido tan vivo de las prerrogativas del Estado que consideraba la unidad del Imperio como una especie de divinidad a la que había que sacrificar todo. Como esta unidad descansaba sobre la unidad del culto religioso, fue fácil prever desde el comienzo de su reinado la amenaza de una nueva persecución

Sin violencia, al amparo de una legislación ilógica, como hace notar Tertuliano, se hizo perseguidor de la Iglesia, y, una de sus víctimas fue Clemente.

Según actas griegas del siglo iv de carácter muy legendario y de valor histórico, a causa de una sedición popular fue desterrado al Quersoneso, la Crimea de nuestros ,días, y como se negase a sacrificar fue arrojado al mar con una áncora atada al cuello.

Ni San lreneo, ni Eusebio, ni San jerónimo, que hablan de este ilustre Papa, dicen nada de su martirio. Sin embargo, la tradición del martirio de San Clemente aparece sólidamente establecida desde fines del siglo iv en Roma.

La figura de San Clemente quedará a los ojos de la historia como la de un noble campeón de la unidad cristiana.

En un momento difícil y decisivo supo mantener enérgicamente los derechos de la primacía romana y cumplió su. misión con la suavidad y dulzura del pastor de todo el rebaño de Cristo.

Artículo de Pedro Alcorta Maíz en mercaba.org.

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Otros recursos en la red

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Catequesis de SS Benedicto XVI sobre san Clemente Romano

San Clemente, obispo de Roma en los últimos años del siglo I, es el tercer sucesor de Pedro, después de Lino y Anacleto. El testimonio más importante sobre su vida es el de san Ireneo, obispo de Lyón hasta el año 202. Él atestigua que Clemente «había visto a los apóstoles», «se había encontrado con ellos» y «todavía resonaba en sus tímpanos su predicación, y tenía ante los ojos su tradición» («Adversus haereses» 3, 3, 3). Testimonios tardíos, entre los siglos IV y VI, atribuyen a Clemente el título de mártir.

La autoridad y el prestigio de este obispo de Roma eran tales que se le atribuyeron varios escritos, pero su única obra segura es la «Carta a los Corintios». Eusebio de Cesarea, el gran «archivero» de los orígenes cristianos, la presenta con estas palabras: «Nos ha llegado una carta de Clemente reconocida como auténtica, grande y admirable. Fue escrita por él, de parte de la Iglesia de Roma, a la Iglesia de Corinto… Sabemos que desde hace mucho tiempo y todavía hoy es leída públicamente durante la reunión de los fieles » (Historia Eclesiástica, 3,16). A esta carta se le atribuía un carácter casi canónico. Al inicio de este texto, escrito en griego, Clemente se lamenta por el hecho de que «las imprevistas calamidades, acaecidas una después de otra» (1,1), le hayan impedido una intervención más inmediata. Estas «adversidades» han de identificarse con la persecución de Domiciano: por ello, la fecha de composición de la carta hay que remontarla a un tiempo inmediatamente posterior a la muerte del emperador y al final de la persecución, es decir, inmediatamente después del año 96.

La intervención de Clemente –estamos todavía en el siglo I– era solicitada por los graves problemas por los que atravesaba la Iglesia de Corinto: los presbíteros de la comunidad, de hecho, habían sido después por algunos jóvenes contestadores. La penosa situación es recordada, una vez más, por san Ireneo, que escribe: «Bajo Clemente, al surgir un gran choque entre los hermanos de Corinto, la Iglesia de Roma envió a los corintios una carta importantísima para reconciliarles en la paz, renovar su fe y anunciar la tradición, que desde hace poco tiempo ella había recibido de los apóstoles» («Adversus haereses» 3, 3, 3). Podríamos decir que esta carta constituye un primer ejercicio del Primado romano después de la muerte de san Pedro. La carta de Clemente retoma temas muy sentidos por san Pablo, que había escrito dos grandes cartas a los corintios, en particular, la dialéctica teológica, perennemente actual, entre indicativo de la salvación e imperativo del compromiso moral. Ante todo está el alegre anuncio de la gracia que salva. El Señor nos previene y nos da el perdón, nos da su amor, la gracia de ser cristianos, hermanos y hermanas suyos. Es un anuncio que llena de alegría nuestra vida y que da seguridad a nuestro actuar: el Señor nos previene siempre con su bondad y la bondad es siempre más grande que todos nuestros pecados. Es necesario, sin embargo, que nos comprometamos de manera coherente con el don recibido y que respondamos al anuncio de la salvación con un camino generoso y valiente de conversión. Respecto al modelo de san Pablo, la novedad está en que Clemente da continuidad a la parte doctrinal y a la parte práctica, que conformaban todas las cartas de Pablo, con una «gran oración», que prácticamente concluye la carta.

La oportunidad inmediata de la carta abre al obispo de Roma la posibilidad de exponer ampliamente la identidad de la Iglesia y de su misión. Si en Corinto se han dado abusos, observa Clemente, el motivo hay que buscarlo en la debilitación de la caridad y de otras virtudes cristianas indispensables. Por este motivo, invita a los fieles a la humildad y al amor fraterno, dos virtudes que forman parte verdaderamente del ser en la Iglesia. «Somos una porción santa», exhorta, «hagamos, por tanto, todo lo que exige la santidad» (30, 1). En particular, el obispo de Roma recuerda que el mismo Señor «estableció donde y por quien quiere que los servicios litúrgicos sean realizados para que todo, cumplido santamente y con su beneplácito, sea aceptable a su voluntad… Porque el sumo sacerdote tiene sus peculiares funciones asignadas a él; los levitas tienen encomendados sus propios servicios, mientras que el laico está sometido a los preceptos del laico» (40, 1-5: obsérvese que en esta carta de finales del siglo I aparece por primera vez en la literatura cristiana aparece el término «laikós», que significa «miembro del laos», es decir, «del pueblo de Dios»).

De este modo, al referirse a la liturgia del antiguo Israel, Clemente revela su ideal de Iglesia. Ésta es congregada por el «único Espíritu de gracia infundido sobre nosotros», que sopla en los diversos miembros del Cuerpo de Cristo, en el que todos, unidos sin ninguna separación, son «miembros los unos de los otros» (46, 6-7). La neta distinción entre «laico» y la jerarquía no significa para nada una contraposición, sino sólo esta relación orgánica de un cuerpo, de un organismo, con las diferentes funciones. La Iglesia, de hecho, no es un lugar de confusión y de anarquía, donde cada uno puede hacer lo que quiere en todo momento: cada quien en este organismo, con una estructura articulada, ejerce su ministerio según su vocación recibida.

Por lo que se refiere a los jefes de las comunidades, Clemente explicita claramente la doctrina de la sucesión apostólica. Las normas que la regulan se derivan, en última instancia, del mismo Dios. El Padre ha enviado a Jesucristo, quien a su vez ha enviado a los apóstoles. Éstos luego mandaron a los primeros jefes de las comunidades y establecieron que a ellos les sucedieran otros hombres dignos. Por tanto, todo procede «ordenadamente de la voluntad de Dios» (42). Con estas palabras, con estas frases, san Clemente subraya que la Iglesia tiene una estructura sacramental y no una estructura política. La acción de Dios que sale a nuestro encuentro en la liturgia precede a nuestras decisiones e ideas. La Iglesia es sobre todo don de Dios y no una criatura nuestra, y por ello esta estructura sacramental no garantiza sólo el ordenamiento común, sino también la precedencia del don de Dios, del que todos tenemos necesidad.

Finalmente, la «gran oración», confiere una apertura cósmica a los argumentos precedentes. Clemente alaba y da gracias a Dios por su maravillosa providencia de amor, que ha creado el mundo y que sigue salvándolo y santificándolo. Particular importancia asume la invocación para los gobernantes. Después de los textos del Nuevo Testamento, representa la oración más antigua por las instituciones políticas. De este modo, tras la persecución, los cristianos, aunque sabían que continuarían las persecuciones, no dejan de rezar por esas mismas autoridades que les habían condenado injustamente. El motivo es ante todo de carácter cristológico: es necesario rezar por los perseguidores, como lo hizo Jesús en la cruz. Pero esta oración tiene también una enseñanza que orienta, a través de los siglos, la actitud de los cristianos ante la política y el Estado. Al rezar por las autoridades, Clemente reconoce la legitimidad de las instituciones políticas en el orden establecido por Dios; al mismo tiempo, manifiesta la preocupación que las autoridades sean dóciles a Dios y «ejerzan el poder que Dios les ha dado con paz y mansedumbre y piedad» (61, 2). César no lo es todo. Emerge otra soberanía, cuyo origen y esencia no son de este mundo, sino «de lo alto»: es la de la Verdad que tiene el derecho ante el Estado de ser escuchada.

De este modo, la carta de Clemente afronta numerosos temas de perenne actualidad. Es aún más significativa, pues representa desde el silo I la solicitud de la Iglesia de Roma, que preside en la caridad a todas las demás Iglesias. Con el mismo Espíritu, elevemos también nosotros las invocaciones de la «gran oración», allí donde el obispo de Roma asume la voz del mundo entero: «Sí, Señor, haz que resplandezca en nosotros tu rostro con el bien de la paz; protégenos con tu mano poderosa… Nosotros te damos gracias, a través del sumo Sacerdote y guía de nuestras almas, Jesucristo, por medio del cual sea gloria y alabanza a ti, ahora, y de generación en generación, por los siglos de los siglos. Amén» (60-61).

Ciudad del Vaticano, Audiencia del miércoles 7 marzo de 2007

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Recursos audiovisuales

San Clemente I, Papa, por Encarni Llamas, en DiocesisTV

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San Clemente Romano Santidad, fe y obras, en catolicosfirmesensufe.org

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San Clemente Romano (Padres de la Iglesia): Obras, Papado y Una Iglesia, por corazones.org

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Basílica de San Clemente en Roma

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