por Guillermo Mirecki | 27 Abr, 2026 | La Biblia
Juan 10, 22-30. Martes de la 4.ª semana del Tiempo de Pascua. Pidamos al Señor la gracia de la docilidad y que el Espíritu Santo nos ayude a defendernos de este otro «mal espíritu» de la suficiencia, del orgullo, de la soberbia, de la cerrazón del corazón al Espíritu Santo.
Se celebraba entonces en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Era invierno, y Jesús se paseaba por el Templo, en el Pórtico de Salomón. Los Judíos lo rodearon y le preguntaron: «¿Hasta cuándo nos tendrás en suspenso? Si eres el Mesías, dilo abiertamente». Jesús les respondió: «Ya se lo dije, pero ustedes no lo creen. Las obras que hago en nombre de mi Padre dan testimonio de mí, pero ustedes no creen, porque no son de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy Vida eterna: ellas no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mis manos. Mi Padre, que me las ha dado, es superior a todos y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre. El Padre y yo somos una sola cosa».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede
Lecturas
Primera lectura: Libro de los Hechos de los Apóstoles, Hch 11, 19-26
Salmo: Sal 87(86), 1-7
Oración introductoria
Jesús, creo que eres el que dices ser: Hijo de Dios y Redentor de todos los hombres. Gracias por concederme el don de la fe. Viniste al mundo para que las ovejas perdidas, pudiéramos encontrarte. Gracias. Me diste el conocimiento de saber quién soy y lo que valgo… todo un Dios se hizo hombre para salvarme. Sal hoy a mi encuentro en esta oración para mostrarme el camino que debo seguir.
Petición
Ayúdame, Señor, a saber escucharte siempre que me llames.
Meditación del Santo Padre Francisco
El Espíritu Santo siempre está en acción. Corresponde al cristiano acogerlo o no. Pero la diferencia está y se ve: si se le acoge con docilidad, de hecho, se vive en la alegría y en la apertura a los demás; en cambio un modo de actuar cerrado, de «aristocracia intelectual», que pretende comprender las cosas de Dios sólo con la cabeza, conduce a una separación de la realidad de la Iglesia. A tal punto que ya no se cree, ni siquiera ante un milagro. Son estas las dos actitudes, opuestas entre sí, que el Papa Francisco presentó en la misa que celebró el [día de hoy] en la capilla de la Casa Santa Marta.
Las lecturas de la liturgia (Hechos de los apóstoles 11, 19-26 y Juan 10, 22-30), como explicó el obispo de Roma, «muestran un díptico: dos grupos de personas». En el pasaje de los Hechos se encuentran, ante todo, quienes «se habían dispersado con motivo de la persecución que se desató» tras el martirio de Esteban. «Se habían dispersado» pero «llevaron por todas partes la semilla del Evangelio», dirigiéndose, sin embargo, sólo a los judíos. «Y luego, de modo natural», continuó el Pontífice, «algunos de ellos, gente de Chipre y de Cirene, al llegar a Antioquía, se pusieron a hablar también a los griegos, anunciándoles que Jesús es el Señor». Y «así, lentamente, abrieron las puertas a los griegos, a los paganos».
Cuando esta noticia llegó a la Iglesia de Jerusalén, mandaron a Bernabé a Antioquía «para realizar una visita de inspección» y verificar personalmente lo que estaba sucediendo. Los Hechos refieren que «todos se alegraron» y que «una multitud considerable se adhirió al Señor».
En pocas palabras, afirmó el Papa, para evangelizar a «esta gente no dijo: vayamos primero a los judíos, luego a los griegos, luego a los paganos y más tarde a todos», sino que «se dejó conducir por el Espíritu Santo: fue dócil al Espíritu Santo». Obrando así, «una cosa surge de la otra», y luego «la otra, la otra también», y así «acaban abriendo las puertas a todos». Incluso «a los paganos —precisó— que, en su mentalidad, eran impuros». Esos cristianos «abrían las puertas a todos» sin hacer distinciones.
Y «este —explicó el Pontífice— es el primer grupo de personas» que presenta la liturgia. Quienes lo componen son personas «dóciles al Espíritu Santo», que «van adelante como lo hizo Pablo», con una «cierta naturalidad». Porque, destacó, «algunas veces el Espíritu Santo nos impulsa a hacer cosas grandes, como impulsó a Felipe a bautizar a ese señor de Etiopía» y «como impulsó a Pedro a ir a bautizar a Cornelio». Otras «veces el Espíritu Santo nos conduce suavemente». Por ello la verdadera virtud, afirmó, «está en dejarse conducir por el Espíritu Santo: no poner resistencia al Espíritu Santo, ser dóciles al Espíritu Santo». Seguros, sin embargo, de que «el Espíritu Santo actúa hoy en la Iglesia, actúa hoy en nuestra vida». Tal vez, continuó el Papa, «alguno de vosotros podrá decirme: ¡nunca lo he visto! Presta atención a lo que sucede, a lo que te viene a la mente, a lo que surge en el corazón: cosas buenas, es el Espíritu quien te invita a ir por ese camino». Pero, cierto, «es necesaria la docilidad al Espíritu Santo».
He aquí, luego, el segundo grupo de personas del «díptico» propuesto por la liturgia. Un grupo, explicó el obispo de Roma, compuesto por «intelectuales que se acercan a Jesús en el templo: los doctores de la ley». Son hombres que tenían «siempre un problema porque no acababan de comprender, daban vueltas sobre las mismas cosas, porque creían que la religión era una cosa sólo de cabeza, de ley, de hacer mandamientos, de cumplir mandamientos y nada más». Ellos, continuó el Pontífice, «no imaginaban que existiese el Espíritu Santo». Y, así, —se lee en el Evangelio de Juan— «rodeándolo, le preguntaban: ¿hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente». A lo que «Jesús respondió con toda naturalidad: «Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí»». Como si dijera: «Mirad a quienes recibieron un milagro, mirad las cosas que yo hago, las palabras que digo». Esos hombres, en cambio, miraban «sólo lo que tenían en la cabeza». Y así, «daban vueltas con argumentaciones, querían discutir». Para ellos, en efecto, «todo estaba en la cabeza, todo es intelecto».
La cuestión, afirmó el Pontífice, es que «en esta gente no está el corazón, no está el amor a la belleza, no está la armonía. Es gente que sólo quiere explicaciones». Pero si también «tú les das explicaciones» he aquí que inmediatamente «ellos, no convencidos, vuelven con otra pregunta». De este modo «dan vueltas, dan vueltas, como dieron vueltas alrededor de Jesús toda la vida, hasta el momento en que lograron detenerlo y matarlo». Se trata, continuó, de personas que «no abren el corazón al Espíritu Santo» y que «creen que las cosas de Dios se pueden comprender sólo con la cabeza, con las ideas, con las propias ideas: son orgullosos, creen saberlo todo y lo que no entra en su inteligencia no es verdad». Hasta el punto que «puedes resucitar a un muerto delante de ellos, pero no creen».
En el Evangelio se ve que «Jesús va más allá y dice algo muy fuerte: ¿por qué no creéis? Vosotros no creéis porque no formáis parte de mis ovejas. Vosotros no creéis porque no sois del pueblo de Israel, habéis salido del pueblo». Y continuó: «Os consideráis puros, y no podéis creer así». El Señor evidencia claramente su actitud que «cierra el corazón»: por esto «negaron al pueblo». Jesús les dijo: «Vosotros sois como vuestros padres que mataron a los profetas». Porque «cuando llegaba un profeta que decía algo que no les gustaba, lo mataban».
El verdadero problema, destacó el Pontífice, es que «esta gente se había separado del pueblo de Dios y por ello no podía creer». En efecto, «la fe es un don de Dios, pero la fe viene si tú estás en su pueblo; si tú estás ahora en la Iglesia; si tú eres ayudado por los sacramentos, por la asamblea; si tú crees que esta Iglesia es el pueblo de Dios». En cambio, «esta gente se había separado, no creía en el pueblo de Dios: creía sólo en sus cosas y así había construido todo un sistema de mandamientos que arrojaban fuera a la gente y no la dejaban entrar en la Iglesia, en el pueblo». Con esta actitud «no podían creer» y este es el pecado de «resistir al Espíritu Santo».
He aquí, ratificó el Papa, estos «dos grupos de gente». Por una parte están «los de la dulzura: la gente dulce, humilde, abierta y dócil al Espíritu Santo». Por otra parte, en cambio, está la «gente orgullosa, suficiente, soberbia, alejada del pueblo, aristocrática intelectualmente, que ha cerrado las puertas y resiste al Espíritu Santo». Su actitud «no es terquedad, es algo más: es tener el corazón duro». Y esto es incluso «más peligroso». Jesús les alerta diciendo expresamente: «Vosotros tenéis el corazón endurecido»; y lo dijo «también a los discípulos de Emaús».
Precisamente «mirando a estos dos grupos», concluyó el Papa Francisco, «pidamos al Señor la gracia de la docilidad al Espíritu Santo para seguir adelante en la vida, ser creativos, ser alegres». Los duros de corazón, en cambio, no son alegres sino que están siempre serios. Y, advirtió el Pontífice, «cuando hay tanta seriedad no está el Espíritu de Dios». Por lo tanto, al Señor «pidamos la gracia de la docilidad y que el Espíritu Santo nos ayude a defendernos de este otro mal espíritu de la suficiencia, del orgullo, de la soberbia, de la cerrazón del corazón al Espíritu Santo».
Santo Padre Francisco: Aquellos que abren las puertas
Meditación del martes, 13 de mayo de 2014
Meditación del Santo Padre Benedicto XVI
Jesús habla de sí como del buen Pastor que da la vida eterna a sus ovejas (cf. Jn 10, 28). La imagen del pastor está muy arraigada en el Antiguo Testamento y es muy utilizada en la tradición cristiana. Los profetas atribuyen el título de «pastor de Israel» al futuro descendiente de David; por tanto, posee una indudable importancia mesiánica (cf. Ez 34, 23). Jesús es el verdadero pastor de Israel porque es el Hijo del hombre, que quiso compartir la condición de los seres humanos para darles la vida nueva y conducirlos a la salvación. Al término «pastor» el evangelista añade significativamente el adjetivo kalós, hermoso, que utiliza únicamente con referencia a Jesús y a su misión. También en el relato de las bodas de Caná el adjetivo kalós se emplea dos veces aplicado al vino ofrecido por Jesús, y es fácil ver en él el símbolo del vino bueno de los tiempos mesiánicos (cf. Jn 2, 10).
«Yo les doy (a mis ovejas) la vida eterna y no perecerán jamás» (Jn 10, 28). Así afirma Jesús, que poco antes había dicho: «El buen pastor da su vida por las ovejas» (cf. Jn 10, 11). San Juan utiliza el verbo tithénai, ofrecer, que repite en los versículos siguientes (15, 17 y 18); encontramos este mismo verbo en el relato de la última Cena, cuando Jesús «se quitó» sus vestidos y después los «volvió a tomar» (cf. Jn 13, 4. 12). Está claro que de este modo se quiere afirmar que el Redentor dispone con absoluta libertad de su vida, de manera que puede darla y luego recobrarla libremente.
Cristo es el verdadero buen Pastor que dio su vida por las ovejas —por nosotros—, inmolándose en la cruz. Conoce a sus ovejas y sus ovejas lo conocen a él, como el Padre lo conoce y él conoce al Padre (cf. Jn 10, 14-15). No se trata de mero conocimiento intelectual, sino de una relación personal profunda; un conocimiento del corazón, propio de quien ama y de quien es amado; de quien es fiel y de quien sabe que, a su vez, puede fiarse; un conocimiento de amor, en virtud del cual el Pastor invita a los suyos a seguirlo, y que se manifiesta plenamente en el don que les hace de la vida eterna (cf. Jn 10, 27-28).
Santo Padre Benedicto XVI: Sobre el concepto del «pastor»
Homilía del IV Domingo de Pascua, 29 de abril de 2007
Catecismo de la Iglesia Católica, CEC
II La revelación de Dios como Trinidad
El Padre revelado por el Hijo
238 La invocación de Dios como «Padre» es conocida en muchas religiones. La divinidad es con frecuencia considerada como «padre de los dioses y de los hombres». En Israel, Dios es llamado Padre en cuanto Creador del mundo (Cf. Dt 32,6; Ml 2,10). Pues aún más, es Padre en razón de la Alianza y del don de la Ley a Israel, su «primogénito» (Ex 4,22). Es llamado también Padre del rey de Israel (cf. 2 S 7,14). Es muy especialmente «el Padre de los pobres», del huérfano y de la viuda, que están bajo su protección amorosa (cf. Sal 68,6).
239 Al designar a Dios con el nombre de «Padre», el lenguaje de la fe indica principalmente dos aspectos: que Dios es origen primero de todo y autoridad transcendente y que es al mismo tiempo bondad y solicitud amorosa para todos sus hijos. Esta ternura paternal de Dios puede ser expresada también mediante la imagen de la maternidad (cf. Is 66,13; Sal 131,2) que indica más expresivamente la inmanencia de Dios, la intimidad entre Dios y su criatura. El lenguaje de la fe se sirve así de la experiencia humana de los padres que son en cierta manera los primeros representantes de Dios para el hombre. Pero esta experiencia dice también que los padres humanos son falibles y que pueden desfigurar la imagen de la paternidad y de la maternidad. Conviene recordar, entonces, que Dios transciende la distinción humana de los sexos. No es hombre ni mujer, es Dios. Transciende también la paternidad y la maternidad humanas (cf. Sal 27,10), aunque sea su origen y medida (cf. Ef3,14; Is 49,15): Nadie es padre como lo es Dios.
240 Jesús ha revelado que Dios es «Padre» en un sentido nuevo: no lo es sólo en cuanto Creador; Él es eternamente Padre en relación a su Hijo único, que recíprocamente sólo es Hijo en relación a su Padre: «Nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11,27).
241 Por eso los Apóstoles confiesan a Jesús como «el Verbo que en el principio estaba junto a Dios y que era Dios» (Jn 1,1), como «la imagen del Dios invisible» (Col 1,15), como «el resplandor de su gloria y la impronta de su esencia» Hb 1,3).
242 Después de ellos, siguiendo la tradición apostólica, la Iglesia confesó en el año 325 en el primer Concilio Ecuménico de Nicea que el Hijo es «consubstancial» al Padre (Símbolo Niceno: DS 125), es decir, un solo Dios con él. El segundo Concilio Ecuménico, reunido en Constantinopla en el año 381, conservó esta expresión en su formulación del Credo de Nicea y confesó «al Hijo Único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado no creado, consubstancial al Padre» (Símbolo Niceno-Constantinopolitano: DS 150).
El Padre y el Hijo revelados por el Espíritu
243 Antes de su Pascua, Jesús anuncia el envío de «otro Paráclito» (Defensor), el Espíritu Santo. Este, que actuó ya en la Creación (cf. Gn 1,2) y «por los profetas» (Símbolo Niceno-Constantinopolitano: DS 150), estará ahora junto a los discípulos y en ellos (cf. Jn 14,17), para enseñarles (cf. Jn 14,16) y conducirlos «hasta la verdad completa» (Jn 16,13). El Espíritu Santo es revelado así como otra persona divina con relación a Jesús y al Padre.
244 El origen eterno del Espíritu se revela en su misión temporal. El Espíritu Santo es enviado a los Apóstoles y a la Iglesia tanto por el Padre en nombre del Hijo, como por el Hijo en persona, una vez que vuelve junto al Padre (cf. Jn 14,26; 15,26; 16,14). El envío de la persona del Espíritu tras la glorificación de Jesús (cf. Jn 7,39), revela en plenitud el misterio de la Santa Trinidad.
245 La fe apostólica relativa al Espíritu fue proclamada por el segundo Concilio Ecuménico en el año 381 en Constantinopla: «Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre» (DS 150). La Iglesia reconoce así al Padre como «la fuente y el origen de toda la divinidad» (Concilio de Toledo VI, año 638: DS 490). Sin embargo, el origen eterno del Espíritu Santo está en conexión con el del Hijo: «El Espíritu Santo, que es la tercera persona de la Trinidad, es Dios, uno e igual al Padre y al Hijo, de la misma sustancia y también de la misma naturaleza […] por eso, no se dice que es sólo el Espíritu del Padre, sino a la vez el espíritu del Padre y del Hijo» (Concilio de Toledo XI, año 675: DS 527). El Credo del Concilio de Constantinopla (año 381) confiesa: «Con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria» (DS 150).
246 La tradición latina del Credo confiesa que el Espíritu «procede del Padre y del Hijo (Filioque)». El Concilio de Florencia, en el año 1438, explicita: «El Espíritu Santo […] tiene su esencia y su ser a la vez del Padre y del Hijo y procede eternamente tanto del Uno como del Otro como de un solo Principio y por una sola espiración […]. Y porque todo lo que pertenece al Padre, el Padre lo dio a su Hijo único al engendrarlo a excepción de su ser de Padre, esta procesión misma del Espíritu Santo a partir del Hijo, éste la tiene eternamente de su Padre que lo engendró eternamente» (DS 1300-1301).
247 La afirmación del Filioque no figuraba en el símbolo confesado el año 381 en Constantinopla. Pero sobre la base de una antigua tradición latina y alejandrina, el Papa san León la había ya confesado dogmáticamente el año 447 (cf. Quam laudabilitier: DS 284) antes incluso que Roma conociese y recibiese el año 451, en el concilio de Calcedonia, el símbolo del 381. El uso de esta fórmula en el Credo fue poco a poco admitido en la liturgia latina (entre los siglos VIII y XI). La introducción del Filioque en el Símbolo Niceno-Constantinopolitano por la liturgia latina constituye, todavía hoy, un motivo de no convergencia con las Iglesias ortodoxas.
248 La tradición oriental expresa en primer lugar el carácter de origen primero del Padre por relación al Espíritu Santo. Al confesar al Espíritu como «salido del Padre» (Jn 15,26), esa tradición afirma que éste procede del Padre por el Hijo (cf. AG 2). La tradición occidental expresa en primer lugar la comunión consubstancial entre el Padre y el Hijo diciendo que el Espíritu procede del Padre y del Hijo (Filioque). Lo dice «de manera legítima y razonable» (Concilio de Florencia, 1439: DS 1302), porque el orden eterno de las personas divinas en su comunión consubstancial implica que el Padre sea el origen primero del Espíritu en tanto que «principio sin principio» (Concilio de Florencia 1442: DS 1331), pero también que, en cuanto Padre del Hijo Único, sea con él «el único principio de que procede el Espíritu Santo» (Concilio de Lyon II, año 1274: DS 850). Esta legítima complementariedad, si no se desorbita, no afecta a la identidad de la fe en la realidad del mismo misterio confesado.
Catecismo de la Iglesia Católica
Diálogo con Cristo
Señor, me muestras el camino que debo seguir, si quiero ser feliz. Sin embargo, desconfío en que realmente Tú lleves mi carga. Necesito verte y escucharte, no con mis sentidos sino con mi espíritu, para que cuando vengan los problemas te busque inmediatamente en la oración, porque eres la roca sobre el cual puedo edificar mi vida.
Propósito
Al terminar el día, o cuando pueda disponer de un tiempo, hacer una reflexión sobre mis actividades y, sobre todo, de mis actitudes en el día: ¿seguí la voluntad de Dios?
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Evangelio del día en «Catholic.net»
Evangelio del día en «Evangelio del día»
Evangelio del día en «Orden de Predicadores»
Evangelio del día en «Evangeli.net»
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por Guillermo Mirecki | 12 Abr, 2026 | Primera comunión Dinámicas, Sin categoría
Sesión de catequesis de Primera Comunión sobre Juan 3, 1-8
Basada en el diálogo de Jesús con Nicodemo y en dos imágenes catequéticas sobre el nuevo nacimiento
1. Introducción
El diálogo entre Jesús y Nicodemo, al comienzo del capítulo tercero del Evangelio de san Juan, es uno de los pasajes más hondos de todo el Nuevo Testamento para comprender la vida cristiana como nueva creación. No estamos ante una conversación superficial, sino ante una enseñanza decisiva sobre el modo en que el hombre entra en la vida de Dios. Nicodemo se acerca de noche. Este detalle no es secundario. La noche, en el cuarto Evangelio, no expresa solo una hora del día, sino una situación espiritual: búsqueda sincera, sí, pero todavía oscura; respeto hacia Jesús, sí, pero aún sin una fe plena; deseo de comprender, sí, aunque todavía con categorías demasiado humanas.
Jesús lleva a Nicodemo mucho más lejos de lo que este esperaba. No le ofrece simplemente un consejo moral ni una explicación intelectual, sino una revelación sobre el nuevo nacimiento. Le dice que nadie puede ver el Reino de Dios si no nace de nuevo, y aclara después que ese nacer de nuevo significa nacer del agua y del Espíritu (Jn 3, 3.5). Con estas palabras, la Iglesia ha reconocido siempre una referencia profundísima al Bautismo, sacramento por el cual el hombre es regenerado, limpiado del pecado y hecho hijo de Dios. Esta enseñanza es especialmente fecunda para la catequesis de Primera Comunión, porque ayuda a los niños a comprender que la vida cristiana no consiste solo en aprender cosas de Jesús, sino en haber sido hechos nuevos por Él y en vivir según el Espíritu que hemos recibido.
Las dos imágenes catequéticas que acompañan esta sesión permiten recorrer muy bien el texto. La imagen horizontal ayuda a seguir la conversación entre Jesús y Nicodemo y muestra el itinerario completo del pasaje. La imagen vertical, centrada en la última viñeta, subraya el núcleo más profundo: nacer del agua y del Espíritu. Esa segunda imagen tiene una fuerza contemplativa especial, porque une a Jesús, a Nicodemo, el símbolo del agua y la figura de la paloma, ayudando a los niños a entrar en el misterio con más calma y recogimiento. Toda la sesión debe conducir a una verdad sencilla y grande: Jesús quiere que vivamos como hijos de Dios, renovados por la gracia y abiertos a la acción del Espíritu Santo.
2. Objetivos de la sesión
Objetivo general: Que los niños descubran que la vida cristiana es un nuevo nacimiento realizado por Dios en el Bautismo, y que esa vida nueva debe crecer en ellos por la acción del Espíritu Santo, preparándolos para vivir la Eucaristía con más profundidad.
Objetivos específicos:
- Conocer el diálogo entre Jesús y Nicodemo en Juan 3, 1-8.
- Comprender, con un lenguaje adaptado, qué significa “nacer de nuevo”.
- Descubrir la relación entre el agua, el Espíritu Santo y el Bautismo.
- Ayudar a los niños a valorar su propio Bautismo como comienzo real de la vida cristiana.
- Relacionar la vida nueva del Bautismo con la preparación para la Primera Comunión.
- Fomentar el deseo de vivir como hijos de Dios, abiertos a la gracia y a la acción del Espíritu.
3. Edad orientativa y duración
Edad orientativa: niños de 7 a 10 años, especialmente en preparación para la Primera Comunión.
Duración total orientativa: entre 75 y 90 minutos.
4. Materiales
- La imagen catequética horizontal sobre Jn 3, 1-8.
- La imagen vertical centrada en el nuevo nacimiento del agua y del Espíritu.
- Una Biblia.
- Una vela y una cruz para el lugar de catequesis.
- Un cuenco o recipiente con agua limpia.
- Cartulinas o folios.
- Lápices, colores y rotuladores.
- Si es posible, una concha bautismal o una fotografía de una pila bautismal para reforzar visualmente la sesión.
5. Fuentes doctrinales y bíblicas
El texto base es Juan 3, 1-8. En él se narra la visita nocturna de Nicodemo a Jesús y el diálogo sobre la necesidad de nacer de nuevo. Jesús responde con palabras de enorme densidad teológica: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios» (Jn 3, 3) y, más adelante, «El que no nazca del agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios» (Jn 3, 5). Después añade: «Lo nacido de la carne es carne, lo nacido del Espíritu es espíritu» (Jn 3, 6), y culmina con la imagen del viento, que sopla donde quiere y manifiesta la libertad y la acción misteriosa del Espíritu (Jn 3, 8).
La Iglesia ha leído siempre este texto en estrecha relación con el Bautismo. El Catecismo enseña que el Bautismo es el fundamento de toda la vida cristiana, el pórtico de la vida en el Espíritu y la puerta que abre el acceso a los demás sacramentos (CEC, 1213). También enseña que por el Bautismo somos liberados del pecado, regenerados como hijos de Dios, incorporados a Cristo y hechos miembros de la Iglesia (CEC, 1213; 1262-1270). Esta doctrina ilumina de modo muy directo la catequesis de Primera Comunión, porque la Eucaristía no se entiende plenamente si no se comprende antes que el cristiano ya ha comenzado una vida nueva en el Bautismo.
Los Padres de la Iglesia reflexionaron abundantemente sobre este pasaje. San Juan Crisóstomo subrayó que Nicodemo, aunque se acerca de noche, da ya un paso importante al buscar a Cristo, y que Jesús, lejos de quedarse en la cortesía inicial, lo eleva inmediatamente a las realidades más altas (Homilías sobre san Juan). San Agustín explica que nacer del agua y del Espíritu no significa una mejora exterior, sino una verdadera regeneración interior en la que Dios hace nuevo al hombre (Tratados sobre el Evangelio de San Juan). Todo esto debe integrarse con serenidad en la sesión, sin hacer listas de citas aisladas, sino mostrando cómo la Iglesia entera ha entendido estas palabras de Jesús como una revelación del Bautismo y de la vida nueva en el Espíritu.
6. Sentido catequético de la sesión
Este texto tiene una enorme fuerza catequética porque ayuda a pasar de una comprensión meramente exterior de la religión a una comprensión sacramental y espiritual. Nicodemo representa, de algún modo, a todo hombre que se acerca a Jesús con buena voluntad, pero todavía sin entender del todo qué significa seguirlo. Él reconoce que Jesús viene de Dios, pero aún piensa con categorías demasiado humanas. Por eso entiende mal la expresión “nacer de nuevo” y la interpreta de forma material. Jesús, en cambio, lo conduce a un nivel mucho más alto: la vida nueva no consiste en volver a empezar biológicamente, sino en ser recreado por la gracia de Dios.
Para niños de Primera Comunión, esto es muy importante. A esa edad pueden entender ya, con palabras sencillas, que un cristiano no es solo alguien que sabe rezar o que va a catequesis, sino alguien que ha recibido una vida nueva de Dios. Esa vida comenzó en el Bautismo, aunque lo recibieran siendo pequeños, y ahora debe crecer. La Primera Comunión no es un hecho aislado, sino un paso dentro de esa vida nueva. El niño no empieza a ser de Jesús solo cuando comulga por primera vez; ya pertenece a Cristo desde el Bautismo, y la Comunión viene a alimentar esa vida que ya ha sido sembrada.
La imagen del agua y del Espíritu resulta muy pedagógica si se presenta bien. El agua limpia, refresca y da vida; el Espíritu Santo transforma por dentro y mueve el alma hacia Dios. Pero el catequista debe evitar una explicación superficial o simbólica en exceso. No se trata solo de “cosas que significan algo bonito”, sino de una acción real de Dios en el sacramento. Jesús no habla aquí de un sentimiento nuevo, sino de un verdadero nacimiento espiritual. En esta sesión conviene insistir varias veces, con lenguaje adecuado, en que Dios hace algo real en el alma del bautizado.
Además, este pasaje es muy útil para enseñar a los niños que la vida cristiana no se reduce a la costumbre. Uno puede estar cerca de la religión y, sin embargo, no haber comprendido todavía lo esencial, como le ocurre a Nicodemo al comienzo. El cristianismo no es primero una serie de normas, sino una vida nueva que procede de Dios. De ahí nace luego la oración, la obediencia, la caridad y la vida sacramental. Si esta verdad queda clara, la preparación a la Primera Comunión gana en profundidad y en unidad.
7. Observamos la imagen catequética horizontal

El catequista presenta primero la imagen horizontal como una secuencia narrativa completa. Conviene dejar unos segundos de silencio para que los niños la observen entera antes de empezar a explicarla. Después, debe recorrerse poco a poco, no deprisa. La primera viñeta presenta a Nicodemo acercándose a Jesús. El catequista puede subrayar que Nicodemo no es un enemigo abierto, sino un hombre serio, con inquietud religiosa, que busca comprender. La noche ayuda a representar su situación interior: quiere la verdad, pero todavía no ve del todo.
En las viñetas siguientes aparece el núcleo del diálogo. Jesús habla del Reino de Dios y de la necesidad de nacer de nuevo. Nicodemo se extraña, porque piensa de manera muy humana. La imagen ayuda mucho a percibir esta distancia entre ambos: Jesús habla desde la luz de Dios y Nicodemo escucha todavía desde categorías terrenas. Finalmente, en la última viñeta, se abre la escena hacia el agua y el Espíritu. Esa apertura visual es importante, porque muestra que Jesús no se queda en una conversación cerrada, sino que conduce hacia una realidad más grande, misteriosa y vivificante.
Preguntas orientativas para trabajar la imagen:
- ¿Quién viene a hablar con Jesús y en qué momento del día lo hace?
- ¿Qué cara tiene Nicodemo? ¿Parece seguro o confundido?
- ¿Qué quiere enseñar Jesús cuando habla de nacer de nuevo?
- ¿Qué aparece en la última viñeta y por qué creéis que es importante?
Microguion para el catequista:
“Mirad la historia como un camino: búsqueda, pregunta, dificultad para entender y apertura al misterio de Dios.”
“Nicodemo viene de noche. Quiere entender, pero todavía no ve con claridad.”
“Jesús no se queda en una explicación pequeña. Lo lleva a lo más importante: la vida nueva que Dios da.”
“La última viñeta nos prepara para hablar del Bautismo y del Espíritu Santo.”
Es importante que el catequista no use la imagen solo para repetir el texto, sino para hacer que los niños entren en la escena y comprendan el movimiento interior del pasaje.
8. Observamos la imagen vertical sobre el Espíritu

La imagen vertical debe utilizarse de manera distinta. Mientras la imagen horizontal sirve para narrar todo el pasaje, esta segunda imagen concentra la atención en el misterio central: nacer del agua y del Espíritu. El formato vertical ayuda a crear un clima más contemplativo. Jesús ocupa un lugar principal, Nicodemo escucha con atención y la presencia del agua y de la paloma orienta toda la escena hacia la acción de Dios.
El catequista debe invitar a los niños a mirar los elementos con calma: la expresión de Jesús, la actitud de escucha de Nicodemo, el agua que aparece en la escena y la paloma como signo del Espíritu Santo. No se trata de explicar de inmediato todos los símbolos, sino de dejar que la imagen prepare el corazón para comprender que lo que Jesús dice es misterioso y, a la vez, verdadero.
Preguntas orientativas para esta segunda imagen:
- ¿Qué elementos aparecen que no estaban tan claros antes?
- ¿Por qué creéis que se ve el agua?
- ¿Qué significa la paloma en esta escena?
- ¿Qué os parece que Jesús quiere enseñar a Nicodemo aquí?
Microguion para el catequista:
“Ahora ya no miramos toda la historia, sino el corazón del mensaje.”
“Jesús enseña algo que no se ve con los ojos del cuerpo, pero que es real.”
“El agua nos recuerda el Bautismo; la paloma nos recuerda al Espíritu Santo.”
“Dios quiere hacer nuevo al hombre por dentro.”
Esta imagen es especialmente adecuada para preparar la transición entre la observación y la explicación doctrinal del nuevo nacimiento bautismal.
9. Explicación del Evangelio para niños
Nicodemo era un hombre importante y religioso, pero aun así necesitaba que Jesús le enseñara algo nuevo. Esto ya es muy importante: nadie es tan sabio que no necesite que Jesús le hable. Nicodemo vino de noche, quizá porque tenía vergüenza, quizá porque quería hablar con calma, quizá porque todavía estaba buscando la luz. Jesús no lo rechaza. Lo recibe y le enseña algo sorprendente: para ver el Reino de Dios hay que nacer de nuevo.
Nicodemo entiende la frase de forma material y se sorprende. Piensa en volver a nacer como nace un bebé. Pero Jesús está hablando de otra cosa. Está hablando de un nacimiento interior, de una vida nueva que Dios da. Por eso aclara que hay que nacer del agua y del Espíritu. Con esas palabras, Jesús está anunciando el Bautismo, por el cual Dios limpia el alma, perdona el pecado y nos hace sus hijos.
Podemos explicárselo así a los niños: cuando fuiste bautizado, Dios hizo en ti algo que no se ve con los ojos, pero que es real. Te hizo suyo, te dio su gracia, te unió a Jesús y puso en tu alma una vida nueva. Esa vida tiene que crecer. Y por eso vas a catequesis, rezas, aprendes a amar a Jesús y te preparas para la Primera Comunión. La Comunión viene a alimentar esa vida que Dios ya sembró en ti.
Jesús añade también que el Espíritu es como el viento: no lo vemos, pero notamos su acción. Esto ayuda mucho a los niños a comprender que no todo lo real se ve con los ojos. Tampoco vemos la gracia, pero es real. No vemos al Espíritu como vemos una persona, pero actúa en el alma. El niño debe salir de esta explicación con una idea clara: la vida cristiana no es solo portarse bien; es vivir de una vida nueva que Dios da.
10. Desarrollo de la sesión y actividades
Actividad 1. “Nicodemo busca a Jesús” (15-18 minutos)
Objetivo: Ayudar a los niños a descubrir que buscar a Jesús es siempre un buen comienzo, aunque todavía no se entienda todo.
Texto base: «Había un fariseo llamado Nicodemo… este fue a ver a Jesús de noche» (cf. Jn 3, 1-2).
Desarrollo detallado: El catequista comienza mostrando la primera parte de la imagen horizontal y explica que Nicodemo se acerca con respeto, pero también con oscuridad interior. Después pregunta a los niños qué cosas hacen ellos cuando quieren entender algo importante: preguntar, escuchar, acercarse a quien sabe más, observar. A continuación relaciona esto con la vida de fe: también en la fe tenemos que acercarnos a Jesús, escuchar su palabra y no quedarnos solo con lo que ya pensamos.
Luego cada niño puede dibujar o escribir una situación en la que él mismo busca a Jesús: cuando reza, cuando va a Misa, cuando hace una pregunta en catequesis, cuando pide ayuda para hacer el bien. Después, si se desea, algunos comparten su respuesta.
Indicaciones para el catequista: No conviene ridiculizar a Nicodemo por venir de noche. Hay que presentarlo como un hombre que ya está dando un paso importante. Esto ayuda mucho a niños que a veces tienen miedo de preguntar o de reconocer que no entienden algo de la fe. La catequesis debe enseñarles que buscar a Jesús con sinceridad ya es un bien.
Microguion orientativo:
“Nicodemo no lo entiende todo, pero da un paso: va a ver a Jesús.”
“También nosotros tenemos que aprender a acercarnos a Él.”
“La fe crece cuando uno busca, pregunta y escucha con humildad.”
Actividad 2. “Nacer de nuevo” (18-20 minutos)
Objetivo: Comprender que Jesús no habla de volver a empezar físicamente, sino de recibir una vida nueva de Dios.
Texto base: «El que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios» (Jn 3, 3).
Desarrollo detallado: El catequista lee la frase de Jesús y pregunta a los niños cómo creen que la entendió Nicodemo. Se recogen las respuestas. Luego se explica que Nicodemo piensa en nacer otra vez de manera material, pero Jesús está hablando de algo más grande. A continuación, el catequista puede plantear una comparación muy sencilla: una semilla parece pequeña y escondida, pero cuando recibe lo que necesita, nace una vida nueva. Del mismo modo, en el Bautismo Dios hace nacer en nosotros una vida nueva que luego tiene que crecer.
Después los niños escriben en un folio la frase: “Jesús quiere que viva como hijo de Dios”. Bajo esa frase, pueden dibujar o escribir dos o tres cosas que muestran esa vida nueva: rezar, obedecer, amar, perdonar, ir a Misa, decir la verdad.
Indicaciones para el catequista: Aquí es esencial evitar una explicación demasiado biológica o demasiado abstracta. No se trata de decir simplemente que “hay que cambiar”, ni de quedarse en que el Bautismo “significa algo bonito”. Hay que enseñar que Dios actúa de verdad en el alma. El niño puede entender esto si se le habla con claridad y sencillez.
Microguion orientativo:
“Jesús no habla de volver a nacer como un bebé.”
“Habla de una vida nueva que Dios pone en el alma.”
“El Bautismo no solo recuerda algo: hace algo real en nosotros.”
Actividad 3. “El agua y el Espíritu” (18-20 minutos)
Objetivo: Relacionar el agua y el Espíritu Santo con el Bautismo y ayudar a los niños a valorar el sacramento que ya han recibido.
Texto base: «El que no nazca del agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios» (Jn 3, 5).
Desarrollo detallado: El catequista coloca en un lugar visible un recipiente con agua. Luego muestra la imagen vertical y pregunta qué elementos aparecen. A continuación explica que el agua en el Bautismo no es solo un símbolo vacío: Dios la usa como signo eficaz de limpieza, nueva vida y gracia. Después habla del Espíritu Santo como quien da la vida nueva del alma y nos une a Cristo.
Se puede invitar a los niños a acercarse por turnos al recipiente, no como gesto sacramental, sino pedagógico, y a recordar en silencio que fueron bautizados. Mientras tanto, el catequista puede decir en voz pausada: “Dios te llamó por tu nombre”, “Dios te hizo hijo suyo”, “Dios puso en ti su gracia”. Después, cada niño escribe su nombre en una cartulina o tarjeta y debajo la frase: “Soy hijo de Dios por el Bautismo”.
Indicaciones para el catequista: Conviene hacer esta actividad con mucho respeto y sin teatralizaciones innecesarias. No se trata de “repetir” el Bautismo, sino de recordarlo y valorarlo. Si el grupo lo permite, puede preguntarse a los niños si saben cuándo fueron bautizados o si conocen alguna fotografía de aquel día. Eso ayuda a enlazar la catequesis con la memoria familiar.
Microguion orientativo:
“El agua del Bautismo no es agua cualquiera.”
“Dios la usa para limpiarnos del pecado y darnos vida nueva.”
“El Espíritu Santo actúa en nosotros aunque no lo veamos con los ojos.”
Actividad 4. “Preparados para la Primera Comunión” (15-18 minutos)
Objetivo: Relacionar la vida nueva del Bautismo con la Eucaristía, mostrando que la Comunión alimenta lo que Dios ya comenzó en el alma.
Texto base: se apoya en todo el pasaje, especialmente en el tema del nuevo nacimiento.
Desarrollo detallado: El catequista explica que la Primera Comunión no empieza la vida cristiana, sino que alimenta la vida nueva recibida en el Bautismo. Después pregunta a los niños: “Si Dios ya puso una vida nueva en mí, ¿qué necesita esa vida para crecer?”. Se recogen respuestas: oración, Misa, confesión, hacer el bien, amor a Jesús. Luego cada niño dibuja un árbol pequeño, una planta o una vela encendida, y alrededor escribe qué cosas ayudan a crecer en la gracia.
Al final, el catequista une todas las respuestas y explica que la Eucaristía es el alimento más grande de esa vida nueva, porque en ella recibimos a Jesús mismo.
Indicaciones para el catequista: Esta actividad debe evitar dos errores: presentar la Primera Comunión como si fuera el comienzo absoluto de todo, o tratar el Bautismo como si fuera solo un recuerdo lejano. La clave es mostrar continuidad: Bautismo, crecimiento en la fe, confesión y Eucaristía. El niño debe percibir que pertenece a Jesús desde hace tiempo, y que ahora se prepara para una unión más profunda con Él.
Microguion orientativo:
“Tu vida cristiana comenzó en el Bautismo.”
“Ahora esa vida tiene que crecer.”
“En la Primera Comunión, Jesús viene a alimentar lo que Él mismo sembró en ti.”
11. Lectio divina infantil
Después de la explicación y de las actividades, conviene terminar con un momento breve de lectio divina adaptada a niños. Puede proclamarse de nuevo Jn 3, 1-8, o bien centrarse en Jn 3, 5-8. El catequista debe leer despacio, dejando pausas, y luego invitar a los niños a guardar un pequeño silencio. Después puede formular una pregunta muy sencilla: “¿Qué palabra de Jesús recuerdas más?” o “¿Qué te enseña hoy Jesús sobre tu Bautismo?”
A continuación todos pueden repetir juntos una frase breve, como por ejemplo: “Jesús, hazme vivir como hijo de Dios” o “Espíritu Santo, ayúdame a seguir a Jesús”. Esta parte no debe prolongarse demasiado, pero sí vivirse con serenidad real. El objetivo es que el Evangelio no quede solo explicado, sino también rezado.
12. Relación con la Primera Comunión y la vida sacramental
Este pasaje es especialmente importante para la preparación a la Primera Comunión porque muestra con claridad que la vida cristiana nace de Dios y no de nuestras solas fuerzas. En el Bautismo, el niño fue hecho hijo de Dios, unido a Cristo y habitado por la gracia. Pero esa vida nueva necesita ser alimentada. Y eso ocurre de modo pleno en la Eucaristía. Por eso la Primera Comunión no es una fiesta aislada ni un acto social, sino la continuación y el crecimiento de la vida bautismal.
También conviene explicar que el Espíritu Santo sigue actuando en la vida del cristiano. No solo actuó el día del Bautismo. Sigue guiando, iluminando, dando fuerza y ayudando a vivir como discípulos de Jesús. La Comunión, la confesión, la oración y la vida de la Iglesia son ámbitos en los que esa gracia sigue creciendo. El niño debe captar una idea muy clara: fui hecho nuevo en el Bautismo, y Jesús quiere seguir haciéndome crecer en su amistad.
13. Orientaciones amplias para el catequista
El catequista debe preparar esta sesión con especial cuidado doctrinal, porque el texto es profundo y puede empobrecerse fácilmente si se reduce a frases vagas sobre “cambiar” o “ser mejor”. El centro no es solo la mejora moral, sino la acción real de Dios que hace nuevo al hombre. Conviene insistir en esto con claridad, pero usando un lenguaje accesible a los niños.
Las dos imágenes deben ser usadas de modo distinto y complementario. La horizontal sirve para recorrer el diálogo completo y mostrar el proceso de Nicodemo. La vertical concentra la atención en el núcleo doctrinal y espiritual del pasaje. Esa diferencia de función debe ser clara en la sesión. No se trata de mostrar dos veces lo mismo, sino de dejar que una imagen prepare la comprensión narrativa y la otra favorezca la contemplación del misterio.
También conviene cuidar mucho el tono. Nicodemo no debe ser presentado como un personaje torpe al que Jesús corrige con dureza, sino como un hombre en camino. Esto ayuda a los niños a comprender que no pasa nada por no entender todo enseguida, siempre que uno quiera escuchar a Jesús. La catequesis debe fomentar preguntas sinceras y, al mismo tiempo, conducir con firmeza hacia la verdad revelada.
En las actividades, el catequista debe evitar el moralismo y la superficialidad. La vida nueva del Bautismo se manifiesta en las obras, sí, pero no se reduce a ellas. Primero está el don de Dios, después la respuesta humana. Si este orden se mantiene claro, la sesión resultará mucho más profunda y unitaria.
14. Orientaciones para los padres
Los padres pueden reforzar mucho esta catequesis hablando con sus hijos sobre el Bautismo. Si recuerdan la fecha, el lugar o algunos detalles, sería muy bueno compartirlos. También pueden enseñarles alguna fotografía de aquel día o recordar quiénes fueron sus padrinos. Esto ayuda al niño a percibir que su vida cristiana tiene una historia real y concreta.
Sería igualmente útil que en casa repitieran alguna frase breve de esta sesión durante la semana, por ejemplo: “Soy hijo de Dios por el Bautismo”, “Jesús, hazme vivir como hijo tuyo” o “Espíritu Santo, ayúdame”. Esto ayuda a que la catequesis no quede encerrada en el aula o en el salón parroquial, sino que entre en la vida familiar.
Los padres pueden también relacionar esta sesión con la Misa dominical y con la preparación inmediata a la Primera Comunión, recordando a sus hijos que Jesús ya vive en ellos por la gracia y que la Eucaristía viene a alimentar esa amistad.
15. Oración final
Señor Jesús,
tú hablaste a Nicodemo
y le enseñaste que hay que nacer
del agua y del Espíritu.
Gracias porque en el Bautismo
me hiciste hijo de Dios.
Gracias porque me diste tu gracia
y comenzaste en mí una vida nueva.
Espíritu Santo,
ayúdame a vivir como cristiano,
a amar a Jesús,
a rezar con fe
y a prepararme bien
para recibir la Primera Comunión.
Amén.
16. Conclusión
El diálogo de Jesús con Nicodemo ofrece a los niños de Primera Comunión una enseñanza preciosa y decisiva: la vida cristiana es una vida nueva que Dios regala. No nace solo del esfuerzo humano, sino del agua y del Espíritu, es decir, del Bautismo y de la gracia divina. Desde ahí se comprende mejor toda la preparación a la Eucaristía. El niño no se acerca a la Comunión como alguien que empieza de cero, sino como alguien que ya ha sido hecho hijo de Dios y ahora va a recibir el alimento que fortalece esa vida nueva.
Si esta sesión consigue que los niños valoren su Bautismo, comprendan mejor la acción del Espíritu Santo y se preparen para la Primera Comunión con más fe y gratitud, habrá dado un fruto verdadero. Y si además aprenden a mirar a Jesús como Nicodemo, con deseo sincero de comprender y de dejarse enseñar, la catequesis habrá abierto en ellos un camino muy fecundo.
por CeF sobre materiales varios | 6 Ene, 2026 | Primera comunión Dinámicas
Os ofrecemos una selección de vídeos accesibles en interne sobre el Bautismo de Jesús. Hemos querido elegir todo tipo de formatos, para que catequistas y padres elijan el más adecuado para los niños a quienes atienden.
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En dibujos animados
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En dibujos animados 3D
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Otra versión en dibujos animados
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{denvideo http://www.youtube.com/watch?v=agrJ_gaHOfM} |
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En la película Jesús de Nazaret
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En la película Rey de reyes
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Microdocumental
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por Catecismo de la Iglesia Católica | 6 Ene, 2026 | Catequesis Magisterio
1262 Los distintos efectos del Bautismo son significados por los elementos sensibles del rito sacramental. La inmersión en el agua evoca los simbolismos de la muerte y de la purificación, pero también los de la regeneración y de la renovación. Los dos efectos principales, por tanto, son la purificación de los pecados y el nuevo nacimiento en el Espíritu Santo (cf Hch 2,38; Jn 3,5).
Para la remisión de los pecados…
1263 Por el Bautismo, todos los pecados son perdonados, el pecado original y todos los pecados personales así como todas las penas del pecado (cf DS 1316). En efecto, en los que han sido regenerados no permanece nada que les impida entrar en el Reino de Dios, ni el pecado de Adán, ni el pecado personal, ni las consecuencias del pecado, la más grave de las cuales es la separación de Dios.
1264 No obstante, en el bautizado permanecen ciertas consecuencias temporales del pecado, como los sufrimientos, la enfermedad, la muerte o las fragilidades inherentes a la vida como las debilidades de carácter, etc., así como una inclinación al pecado que la Tradición llama concupiscencia, o metafóricamente fomes peccati: «La concupiscencia, dejada para el combate, no puede dañar a los que no la consienten y la resisten con coraje por la gracia de Jesucristo. Antes bien «el que legítimamente luchare, será coronado» (2 Tm 2,5)» (Concilio de Trento: DS 1515).
«Una criatura nueva»
1265 El Bautismo no solamente purifica de todos los pecados, hace también del neófito «una nueva creatura» (2 Co 5,17), un hijo adoptivo de Dios (cf Ga 4,5-7) que ha sido hecho «partícipe de la naturaleza divina» (2 P 1,4), miembro de Cristo (cf 1 Co 6,15; 12,27), coheredero con Él (Rm 8,17) y templo del Espíritu Santo (cf 1 Co 6,19).
1266 La Santísima Trinidad da al bautizado la gracia santificante, la gracia de la justificación que :
— le hace capaz de creer en Dios, de esperar en Él y de amarlo mediante las virtudes teologales;
— le concede poder vivir y obrar bajo la moción del Espíritu Santo mediante los dones del Espíritu Santo;
— le permite crecer en el bien mediante las virtudes morales.
Así todo el organismo de la vida sobrenatural del cristiano tiene su raíz en el santo Bautismo.
Incorporados a la Iglesia, Cuerpo de Cristo
1267 El Bautismo hace de nosotros miembros del Cuerpo de Cristo. «Por tanto […] somos miembros los unos de los otros» (Ef 4,25). El Bautismo incorpora a la Iglesia. De las fuentes bautismales nace el único pueblo de Dios de la Nueva Alianza que trasciende todos los límites naturales o humanos de las naciones, las culturas, las razas y los sexos: «Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo» (1 Co 12,13).
1268 Los bautizados vienen a ser «piedras vivas» para «edificación de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo» (1 P 2,5). Por el Bautismo participan del sacerdocio de Cristo, de su misión profética y real, son «linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz» (1 P 2,9). El Bautismo hace participar en el sacerdocio común de los fieles.
1269 Hecho miembro de la Iglesia, el bautizado ya no se pertenece a sí mismo (1 Co 6,19), sino al que murió y resucitó por nosotros (cf 2 Co 5,15). Por tanto, está llamado a someterse a los demás (Ef 5,21; 1 Co 16,15-16), a servirles (cf Jn 13,12-15) en la comunión de la Iglesia, y a ser «obediente y dócil» a los pastores de la Iglesia (Hb 13,17) y a considerarlos con respeto y afecto (cf 1 Ts 5,12-13). Del mismo modo que el Bautismo es la fuente de responsabilidades y deberes, el bautizado goza también de derechos en el seno de la Iglesia: recibir los sacramentos, ser alimentado con la palabra de Dios y ser sostenido por los otros auxilios espirituales de la Iglesia (cf LG 37; CIC can. 208-223; CCEO, can. 675,2).
1270 Los bautizados «renacidos [por el bautismo] como hijos de Dios están obligados a confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios por medio de la Iglesia» (LG 11) y de participar en la actividad apostólica y misionera del Pueblo de Dios (cf LG 17; AG 7,23).
Vínculo sacramental de la unidad de los cristianos
1271 El Bautismo constituye el fundamento de la comunión entre todos los cristianos, e incluso con los que todavía no están en plena comunión con la Iglesia católica: «Los que creen en Cristo y han recibido válidamente el Bautismo están en una cierta comunión, aunque no perfecta, con la Iglesia católica […]. Justificados por la fe en el Bautismo, se han incorporado a Cristo; por tanto, con todo derecho se honran con el nombre de cristianos y son reconocidos con razón por los hijos de la Iglesia católica como hermanos del Señor» (UR 3). «Por consiguiente, el bautismo constituye un vínculo sacramental de unidad, vigente entre los que han sido regenerados por él» (UR 22).
Sello espiritual indeleble…
1272 Incorporado a Cristo por el Bautismo, el bautizado es configurado con Cristo (cf Rm 8,29). El Bautismo imprime en el cristiano un sello espiritual indeleble (character) de su pertenencia a Cristo. Este sello no es borrado por ningún pecado, aunque el pecado impida al Bautismo dar frutos de salvación (cf DS 1609-1619). Dado una vez por todas, el Bautismo no puede ser reiterado.
1273 Incorporados a la Iglesia por el Bautismo, los fieles han recibido el carácter sacramental que los consagra para el culto religioso cristiano (cf LG 11). El sello bautismal capacita y compromete a los cristianos a servir a Dios mediante una participación viva en la santa Liturgia de la Iglesia y a ejercer su sacerdocio bautismal por el testimonio de una vida santa y de una caridad eficaz (cf LG 10).
1274 El «sello del Señor» (San Agustín, Epistula 98, 5), es el sello con que el Espíritu Santo nos ha marcado «para el día de la redención» (Ef 4,30; cf Ef 1,13-14; 2 Co 1,21-22). «El Bautismo, en efecto, es el sello de la vida eterna» (San Ireneo de Lyon, Demonstratio praedicationis apostolicae, 3). El fiel que «guarde el sello» hasta el fin, es decir, que permanezca fiel a las exigencias de su Bautismo, podrá morir marcado con «el signo de la fe» (Plegaria Eucarística I o Canon Romano), con la fe de su Bautismo, en la espera de la visión bienaventurada de Dios —consumación de la fe— y en la esperanza de la resurrección.
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Documento original de la Santa Sede.
La celebración del misterio cristiano
SEGUNDA SECCIÓN:
LOS SIETE SACRAMENTOS DE LA IGLESIA
CAPÍTULO PRIMERO
LOS SACRAMENTOS DE LA INICIACIÓN CRISTIANA
ARTÍCULO 1
EL SACRAMENTO DEL BAUTISMO
por San Gregorio Nacianceno, obispo y doctor de la Iglesia (330-390) | 2 Ene, 2026 | Postcomunión Historias de la Biblia

San Gregorio Nacianceno, el Demóstenes cristiano
Cristo es iluminado: dejémonos iluminar junto con él; Cristo se hace bautizar: descendamos al mismo tiempo que él, para ascender con él.
Juan está bautizando, y Cristo se acerca; tal vez para santificar al mismo por quien va a ser bautizado; y, sin duda, para sepultar en las aguas a todo el viejo Adán, santificando el Jordán antes de nosotros y por nuestra causa; y así, el Señor, que era espíritu y carne, nos consagra mediante el Espíritu y el agua.
Juan se niega, Jesús insiste. Entonces: Soy yo el que necesito que tú me bautices, le dice la lámpara al Sol, la voz a la Palabra, el amigo al Esposo, el mayor entre los nacidos de mujer al Primogénito de toda la creación, el que había saltado de júbilo en el seno materno al que había sido ya adorado cuando estaba en él, el que era y habría de ser precursor al que se había manifestado y se manifestará. Soy yo el que necesito que tú me bautices; y podría haber añadido: «Por tu causa.» Pues sabía muy bien que habría de ser bautizado con el martirio; o que, como a Pedro, no sólo le lavarían los pies.
(más…)
por Guillermo Mirecki | 12 Abr, 2025 | La Biblia
Juan 3, 1-8. Lunes de la 2.ª semana del Tiempo de Pascua. La voluntad del Espíritu no es arbitraria. Es la voluntad de la verdad y del bien. Por eso no sopla por cualquier parte, girando una vez por acá y otra vez por allá; su soplo no nos dispersa, sino que nos reúne, porque la verdad une y el amor une.
Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo, que era uno de los notables entre los judíos. Fue de noche a ver a Jesús y le dijo: «Maestro, sabemos que tú has venido de parte de Dios para enseñar, porque nadie puede realizar los signos que tú haces, si Dios no está con él». Jesús le respondió: «Te aseguro que el que no renace de lo alto no puede ver el Reino de Dios». Nicodemo le preguntó: «¿Cómo un hombre puede nacer cuando ya es viejo? ¿Acaso puede entrar por segunda vez en el seno de su madre y volver a nacer?». Jesús le respondió: «Te aseguro que el que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace de Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: «Ustedes tienen que renacer de lo alto». El viento sopla donde quiere: tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu».
Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede
Lecturas
Primera lectura: Libro de los Hechos de los Apóstoles. Hch 4, 23-31
Salmo: Sal 2, 1-3.4-6.7-9
Oración introductoria
Dame, Señor, esa sana inquietud de Nicodemo de buscar comprender siempre la verdad. Permite que esta oración ilumine mi entendimiento y fortalezca mi voluntad, para dejarme llevar por el camino de la santificación. Confío plenamente en Ti, Tú sabes lo que necesito.
Petición
Espíritu Santo, Tú eres mi luz, ilumíname.
Meditación del Santo Padre Benedicto XVI
El Espíritu Santo, al dar vida y libertad, da también unidad. Son tres dones inseparables entre sí. […] permitidme decir aún unas palabras sobre la unidad. Para comprenderla puede ser útil una frase que, en un primer momento, parece más bien alejarnos de ella. A Nicodemo que, buscando la verdad, va de noche con sus preguntas, Jesús le dice: «El Espíritu sopla donde quiere» (Jn 3, 8). Pero la voluntad del Espíritu no es arbitraria. Es la voluntad de la verdad y del bien. Por eso no sopla por cualquier parte, girando una vez por acá y otra vez por allá; su soplo no nos dispersa, sino que nos reúne, porque la verdad une y el amor une.
El Espíritu Santo es el Espíritu de Jesucristo, el Espíritu que une al Padre y al Hijo en el Amor que en el único Dios da y acoge. Él nos une de tal manera, que san Pablo pudo decir en cierta ocasión: «Todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Ga 3, 28). El Espíritu Santo, con su soplo, nos impulsa hacia Cristo. El Espíritu Santo actúa corporalmente, no sólo obra subjetivamente, «espiritualmente». A los discípulos que lo consideraban sólo un «espíritu», Cristo resucitado les dijo: «Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu —un fantasma— no tiene carne y huesos como veis que yo tengo» (Lc 24, 39). Esto vale para Cristo resucitado en cualquier época de la historia.
Cristo resucitado no es un fantasma; no es sólo un espíritu, no es sólo un pensamiento, no es sólo una idea. Sigue siendo el Encarnado. Resucitó el que asumió nuestra carne, y sigue siempre edificando su Cuerpo, haciendo de nosotros su Cuerpo. El Espíritu sopla donde quiere, y su voluntad es la unidad hecha cuerpo, la unidad que encuentra el mundo y lo transforma.
Santo Padre Benedicto XVI
Homilía del sábado, 3 de junio de 2006
Catecismo de la Iglesia Católica, CEC
El Espíritu Santo, el don de Dios
733 «Dios es Amor» (1 Jn 4, 8. 16) y el Amor que es el primer don, contiene todos los demás. Este amor «Dios lo ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5).
734 Puesto que hemos muerto, o, al menos, hemos sido heridos por el pecado, el primer efecto del don del Amor es la remisión de nuestros pecados. La comunión con el Espíritu Santo (2 Co 13, 13) es la que, en la Iglesia, vuelve a dar a los bautizados la semejanza divina perdida por el pecado.
735 Él nos da entonces las «arras» o las «primicias» de nuestra herencia (cf. Rm 8, 23; 2 Co 1, 21): la vida misma de la Santísima Trinidad que es amar «como él nos ha amado» (cf. 1 Jn 4, 11-12). Este amor (la caridad que se menciona en 1 Co 13) es el principio de la vida nueva en Cristo, hecha posible porque hemos «recibido una fuerza, la del Espíritu Santo» (Hch 1, 8).
736 Gracias a este poder del Espíritu Santo los hijos de Dios pueden dar fruto. El que nos ha injertado en la Vid verdadera hará que demos «el fruto del Espíritu, que es caridad, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza»(Ga 5, 22-23). «El Espíritu es nuestra Vida»: cuanto más renunciamos a nosotros mismos (cf. Mt 16, 24-26), más «obramos también según el Espíritu» (Ga 5, 25):
«Por el Espíritu Santo se nos concede de nuevo la entrada en el paraíso, la posesión del reino de los cielos, la recuperación de la adopción de hijos: se nos da la confianza de invocar a Dios como Padre, la participación de la gracia de Cristo, el podernos llamar hijos de la luz, el compartir la gloria eterna (San Basilio Magno, Liber de Spiritu Sancto, 15, 36: PG 32, 132).
Catecismo de la Iglesia Católica
Propósito
Al iniciar el día, pedir al Espíritu Santo que sea mí guía.
Diálogo con Cristo
Gracias, Espíritu Santo, por darme tu gracia para poder escuchar tus inspiraciones y la fuerza para poder seguirlas; porque bien sabes que a veces las escucho pero no las sigo. Perdona mi pasividad y ayúdame a caminar siempre por el sendero de la voluntad del Padre, y a obedecerte con la misma docilidad de Jesucristo. Permite que sepa colaborar siempre y dócilmente contigo, para que puedas moldear mi vida.
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Evangelio del día en «Catholic.net»
Evangelio del día en «Evangelio del día»
Evangelio del día en «Orden de Predicadores»
Evangelio del día en «Evangeli.net»
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por Catequesis en Familia | 22 Dic, 2016 | La Biblia
Mateo 3, 13-17. Fiesta del Bautismo del Señor. Gracias a Dios, también nosotros hemos recibido este don maravilloso.
Entonces Jesús fue desde Galilea hasta el Jordán y se presentó a Juan para ser bautizado por él. Juan se resistía, diciéndole: «Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti, ¡y eres tú el que viene a mi encuentro!». Pero Jesús le respondió: «Ahora déjame hacer esto, porque conviene que así cumplamos todo lo que es justo». Y Juan se lo permitió. Apenas fue bautizado, Jesús salió del agua. En ese momento se abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse hacia él. Y se oyó una voz del cielo que decía: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección».
Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede
Lecturas
Primera lectura: Libro de Isaías, Is 42, 1-4.6-7
Salmo: Sal 29(28), 1-2.3-4.9-10
Segunda lectura: Libro de los Hechos de los Apóstoles, Hch 10, 34-38
Oración introductoria
Jesús, qué alegría y qué don tener este tiempo de oración para poder estar contigo a solas. Quiero descubrirte y conocerte de modo más profundo. Quiero esperar en Ti más firmemente. Quiero amarte más. Sólo Tú puedes darme estos dones.
Petición
Jesús, dame la gracia para que puedas permanecer siempre en mí.
Meditación del Santo Padre Francisco
Leer la meditación en Catequesis en Familia.
Leer la meditación en la página web de la Santa Sede.
Catecismo de la Iglesia Católica, CEC
Resumen
1275 La iniciación cristiana se realiza mediante el conjunto de tres sacramentos: el Bautismo, que es el comienzo de la vida nueva; la Confirmación, que es su afianzamiento; y la Eucaristía, que alimenta al discípulo con el Cuerpo y la Sangre de Cristo para ser transformado en Él.
1276 «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado» (Mt 28,19-20).
1277 El Bautismo constituye el nacimiento a la vida nueva en Cristo. Según la voluntad del Señor, es necesario para la salvación, como lo es la Iglesia misma, a la que introduce el Bautismo.
1278 El rito esencial del Bautismo consiste en sumergir en el agua al candidato o derramar agua sobre su cabeza, pronunciando la invocación de la Santísima Trinidad, es decir, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
1279 El fruto del Bautismo, o gracia bautismal, es una realidad rica que comprende: el perdón del pecado original y de todos los pecados personales; el nacimiento a la vida nueva, por la cual el hombre es hecho hijo adoptivo del Padre, miembro de Cristo, templo del Espíritu Santo. Por la acción misma del bautismo, el bautizado es incorporado a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, y hecho partícipe del sacerdocio de Cristo.
1280 El Bautismo imprime en el alma un signo espiritual indeleble, el carácter, que consagra al bautizado al culto de la religión cristiana. Por razón del carácter, el Bautismo no puede ser reiterado (cf DS 1609 y 1624).
1281 Los que padecen la muerte a causa de la fe, los catecúmenos y todos los hombres que, bajo el impulso de la gracia, sin conocer la Iglesia, buscan sinceramente a Dios y se esfuerzan por cumplir su voluntad, pueden salvarse aunque no hayan recibido el Bautismo (cf LG 16).
1282 Desde los tiempos más antiguos, el Bautismo es dado a los niños, porque es una gracia y un don de Dios que no suponen méritos humanos; los niños son bautizados en la fe de la Iglesia. La entrada en la vida cristiana da acceso a la verdadera libertad.
1283 En cuanto a los niños muertos sin bautismo, la liturgia de la Iglesia nos invita a tener confianza en la misericordia divina y a orar por su salvación.
1284 En caso de necesidad, toda persona puede bautizar, con tal que tenga la intención de hacer lo que hace la Iglesia, y que derrame agua sobre la cabeza del candidato diciendo: «Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo».
Catecismo de la Iglesia Católica
Propósito
Darme el tiempo para hacer una visita al Santísimo para agradecer a Cristo su amor.
Diálogo con Cristo
Qué hermoso saber que tengo un Padre que me ama y está cerca de mí, que se interesa por mi bien, y que me ha dado en Jesucristo el modelo de vida al que debo aspirar. Además, con la gracia de su Espíritu Santo, puedo tener la sabiduría y la fortaleza para responder con prontitud a su llamado. ¿Qué más puedo pedir? ¿Hay acaso un regalo mayor? Por eso quiero vivir con este lema: Hacer siempre lo que Dios quiera y para ello me propongo ser fiel a mis compromisos de vida espiritual.
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Evangelio del día en «Catholic.net»
Evangelio del día en «Evangelio del día»
Evangelio del día en «Orden de Predicadores»
Evangelio del día en «Evangeli.net»
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por CEF | Varios en Internet | 9 Ene, 2016 | Postcomunión Dinámicas
En el Bautismo somos consagrados por el Espíritu Santo. La palabra «cristiano» significa esto, significa consagrado como Jesús, en el mismo Espíritu en el que fue inmerso Jesús en toda su existencia terrena. Él es el «Cristo», el ungido, el consagrado, los bautizados somos «cristianos», es decir consagrados, ungidos. Y entonces, queridos padres, queridos padrinos y madrinas, si queréis que vuestros niños lleguen a ser auténticos cristianos, ayudadles a crecer «inmersos» en el Espíritu Santo, es decir, en el calor del amor de Dios, en la luz de su Palabra. Por eso, no olvidéis invocar con frecuencia al Espíritu Santo, todos los días. «¿Usted reza, señora?» —«Sí» —«¿A quién reza?» —«Yo rezo a Dios» —Pero «Dios», así, no existe: Dios es persona y en cuanto persona existe el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. «¿Tú a quién rezas?» —«Al Padre, al Hijo, al Espíritu Santo». Normalmente rezamos a Jesús. Cuando rezamos el «Padrenuestro», rezamos al Padre. Pero al Espíritu Santo no lo invocamos tanto. Es muy importante rezar al Espíritu Santo, porque nos enseña a llevar adelante la familia, los niños, para que estos niños crezcan en el clima de la Trinidad santa. Es precisamente el Espíritu quien los lleva adelante. Por ello no olvidéis invocar a menudo al Espíritu Santo, todos los días. Podéis hacerlo, por ejemplo, con esta sencilla oración: «Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor». Podéis hacer esta oración por vuestros niños, además de hacerlo, naturalmente, por vosotros mismos.
Papa Francisco
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En este artículo os ofrecemos recursos catequéticos para todas las edades con motivo de la Fiesta del Bautismo del Señor, fin del tiempo de la Navidad.
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por SS Francisco | 6 Ene, 2016 | Catequesis Magisterio
Hemos escuchado en la primera lectura que el Señor se preocupa por sus hijos como un padre: se preocupa de dar a sus hijos un alimento sustancioso. A través del profeta Dios dice: «¿Por qué gastar dinero en lo que no alimenta y el salario en lo que no da hartura?» (Is 55, 2). Dios, como un buen papá y una buena mamá, quiere dar cosas buenas a sus hijos. ¿Y qué es este alimento sustancioso que nos da Dios? Es su Palabra: su Palabra nos hace crecer, nos hace dar buenos frutos en la vida, como la lluvia y la nieve hacen bien a la tierra y la hacen fecunda (cf. Is 55, 10-11). Así vosotros, padres, y también vosotros, padrinos y madrinas, abuelos, tíos, ayudaréis a estos niños a crecer bien si les dais la Palabra de Dios, el Evangelio de Jesús. ¡Y darlo también con el ejemplo! Todos los días, adquirid el hábito de leer un pasaje del Evangelio, pequeño, y llevad siempre con vosotros un pequeño Evangelio en el bolsillo, en la cartera, para poder leerlo. Y este será el ejemplo para los hijos, ver a papá, a mamá, a los padrinos, al abuelo, a la abuela, a los tíos, leer la Palabra de Dios.
Vosotras mamás dad a vuestros hijos la leche —incluso ahora, si lloran por hambre, amamantadlos, tranquilos. Damos gracias al Señor por el don de la leche, y rezamos por las madres —son muchas, lamentablemente— que no están en condiciones de dar de comer a sus hijos. Recemos y tratemos de ayudar a estas madres. Así, pues, lo que hace la leche en el cuerpo, la Palabra de Dios lo hace en el espíritu: la Palabra de Dios hace crecer la fe. Y gracias a la fe somos engendrados por Dios. Es lo que sucede en elBautismo. Hemos escuchado al apóstol Juan: «Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios» (1 Jn 5, 1). En esta fe son bautizados vuestros hijos. Hoy es vuestra fe, queridos padres, padrinos y madrinas. Es la fe de la Iglesia, en la cual estos pequeños reciben el Bautismo. Pero mañana, con la gracia de Dios, será su fe, su personal «sí» a Jesucristo, que nos dona el amor del Padre.
Decía: es la fe de la Iglesia. Esto es muy importante. El Bautismo nos introduce en el cuerpo de la Iglesia, en el pueblo santo de Dios. Y en este cuerpo, en este pueblo en camino, la fe se transmite de generación en generación: es la fe de la Iglesia. Es la fe de María, nuestra Madre, la fe de san José, de san Pedro, de san Andrés, de san Juan, la fe de los Apóstoles y de los mártires, que llegó hasta nosotros, a través del Bautismo: una cadena de trasmisión de fe. ¡Es muy bonito esto! Es un pasar de mano en mano la luz de la fe: lo expresaremos dentro de un momento con el gesto de encender las velas en el gran cirio pascual. El gran cirio representa a Cristo resucitado, vivo en medio de nosotros. Vosotras, familias, tomad de Él la luz de la fe para transmitirla a vuestros hijos. Esta luz la tomáis en la Iglesia, en el cuerpo de Cristo, en el pueblo de Dios que camina en cada época y en cada lugar. Enseñad a vuestros hijos que no se puede ser cristiano fuera de la Iglesia, no se puede seguir a Jesucristo sin la Iglesia, porque la Iglesia es madre, y nos hace crecer en el amor a Jesucristo.
Un último aspecto surge con fuerza de las lecturas bíblicas de hoy: en el Bautismo somos consagrados por el Espíritu Santo. La palabra «cristiano» significa esto, significa consagrado como Jesús, en el mismo Espíritu en el que fue inmerso Jesús en toda su existencia terrena. Él es el «Cristo», el ungido, el consagrado, los bautizados somos «cristianos», es decir consagrados, ungidos. Y entonces, queridos padres, queridos padrinos y madrinas, si queréis que vuestros niños lleguen a ser auténticos cristianos, ayudadles a crecer «inmersos» en el Espíritu Santo, es decir, en el calor del amor de Dios, en la luz de su Palabra. Por eso, no olvidéis invocar con frecuencia al Espíritu Santo, todos los días. «¿Usted reza, señora?» —«Sí» —«¿A quién reza?» —«Yo rezo a Dios» —Pero «Dios», así, no existe: Dios es persona y en cuanto persona existe el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. «¿Tú a quién rezas?» —«Al Padre, al Hijo, al Espíritu Santo». Normalmente rezamos a Jesús. Cuando rezamos el «Padrenuestro», rezamos al Padre. Pero al Espíritu Santo no lo invocamos tanto. Es muy importante rezar al Espíritu Santo, porque nos enseña a llevar adelante la familia, los niños, para que estos niños crezcan en el clima de la Trinidad santa. Es precisamente el Espíritu quien los lleva adelante. Por ello no olvidéis invocar a menudo al Espíritu Santo, todos los días. Podéis hacerlo, por ejemplo, con esta sencilla oración: «Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor». Podéis hacer esta oración por vuestros niños, además de hacerlo, naturalmente, por vosotros mismos.
Cuando decís esta oración, sentís la presencia maternal de la Virgen María. Ella nos enseña a invocar al Espíritu Santo, y a vivir según el Espíritu, como Jesús. Que la Virgen, nuestra madre, acompañe siempre el camino de vuestros niños y de vuestras familias. Así sea.
Homilía del Papa Francisco en la Fiesta del Bautismo del Señor,
Capilla Sixtina, domingo, 11 de enero de 2015