San Vicente, diácono y mártir, con recursos audiovisuales

San Vicente, diácono y mártir, con recursos audiovisuales

Fue San Vicente uno de los mas ilustres mártires de la Iglesia de España, en quien se hizo mas visible cuanto puede la gracia de Jesucristo.

Nació en Huesca de una de las mejores y más distinguidas casas del país. Desde niño le entregaron sus padres al gobierno y a la dirección de Valerio obispo de Zaragoza, que le crió en toda piedad haciéndole instruir así en los misterios como en las obligaciones de la religión, sin olvidar el estudio de las ciencias humanas. En poco tiempo aprovecho mucho Vicente; y viendo el santo prelado los progresos que hacia en todo, le ordeno diacono de su Iglesia, encargándole el ministerio de la predicación, que no podía ejercitar el santo obispo por razón de su avanzada edad. Desempeñóle Vicente con dignidad y con feliz suceso porque predicando tanto con las obras como con las palabras, no solo enseñaba y fortalecía a los fieles, sino que también convertía a la fe mucho numero de gentiles.

Hacia el fin del año de 303, que fue el principio de la persecución que los emperadores Daciano y Maximiniano movieron en España, queriendo Daciano gobernador de la provincia de Tarragona, a cuya jurisdicción pertenecía a Zaragoza y Valencia ampliar su celo y su actividad en que fuesen obedecidos los decretos de los emperadores, mando prender a Valerio y a Vicente dando orden para que fuesen conducidos a Valencia cargados de cadenas. Lisonjeabase con la esperanza de que se desalanterarian con las fatigas y con los malos tratamientos que había encargado se le hiciesen en el camino; y le adquirirían la gloria de haber preso a los dos mayores héroes cristianos que se conocían a la sazón en la nación española. Pero quedo no poco admirado cuando los vio en su presencia tan frescos y robustos como si nada hubieran padecido, a pesar de las diligencias que se había hecho para matarlos de hambre en tan prolijo y penoso viaje.

Sugiriole a Daciano que para persuadir a unos hombres de aquel carácter tendrían por fuerza los buenos términos que la severidad y las amenazas. Con esta idea dirigía primero la palabra a Valerio, le presento que su avanzada edad estaba pidiendo de justicia algún descanso, y sus muchos achaques una vejes dulce y tranquila; que uno y otro lo hallaría obedeciendo a las ordenes justas de los emperadores.

Volviendo después a Vicente le dijo con afectada blandura: «tu hijo mío estoy seguro que no degeneras de la nobleza de tu sangre». Tienes talentos y eres noble por lo que espero te harás acreedor a las honras que la generosidad de los emperadores se dignaran dispensarte. Eres joven, eres galán, eres generoso, eres discreto, puedes esperar los grandes favores con que te brinda la fortuna la cual se te presenta colmada de gracias y de dichas. Para merecerlas no has menester más diligencias que abandonar la religión de tus padres ven hijo mío, ríndete a lo que ordenan los emperadores y te expongas por una obstinación a una muerte anticipada y afrentosa.

El santo viejo Valerio padecía alguna dificultad en la lengua y no podía explicarse bastante expedición por lo que ordenó a Vicente que respondiese por los dos.

Tomando este la palabra hablo a Daciano con valerosa intrepidez declarándole bajo concepto que hacían de los demonios transformados en dioses del imperio añadió «no creas que las amenazas de la muerte nos han de acobardar, ni las desdobles honras de la vida pueden movernos a faltar a nuestra obligación; porque as tener entendido que no hay cosa tan estimable ni tan dichosa en el mundo que se acerque de mil leguas al consuelo y a la honra de morir por Jesucristo».

Vacilo Daciano de la generosa libertad del santo diacono, se contento con desterrar a Valerio y descargo toda su cólera sobre San Vicente. Dio orden a los verdugos para que empleasen los tormentos más crueles y para que inventasen también los más terribles que pudiesen discurrir, a fin de vengar a los dioses del desprecio que se les habían hecho; y fueron ejecutadas sus ordenes con la mayor exactitud y en la mayor puntualidad.

Poniéndole al punto sobre la canasta aplicándole los cordeles, y comienzan a tirarle de piernas y las manos, jugando el artificio de aquella horrible maquina con tanta violencia que luego se oyó el ruido y se percibió la dislocación de todos los huesos de suerte apenas se mantenían los miembros unidos al cuerpo sino por pedazos de los nervios viendo el tirano que el santo se reía de aquel tormento, mando que rasgasen las espaldas con uñas o garfios acerados; lo que se ejecuto de un modo tan cruel, que se le descubrieron las costillas hasta el espinazo. Esperaba Daciano que el santo mártir lanzaría por lo menos un suspiro o dejaría corre alguna lágrima; pero queriendo el Señor dar a entender a los hombres que sabe muy bien cuando quiere endulzar las penas y trabajos que se padecen por su amor hizo que el santo sufriese este segundo suplicio contacta constancia y con tanta alegría como había sufrido el primero quedo atónito el tirano al ver aquella asombrosa tranquilidad del Santo Mártir en que los mas vivos dolores pero cuando le oyó hacer como burla y chacota de la maldad de los verdugos, y que al él mismo le desafiaba que le hiciese sufrir todo lo que se le antojase espumaba de cólera, teniéndolo por especie de insulto.

Sabiendo que las yagas en dejándose enfriar son mas dolorosas si se vuelven abrir ordeno que fuese despedazado de nuevo, lo que se hizo con tanta crueldad arranquandole crecidos pedazos de carne, dejaban ver patentes las entrañas donde corrían arroyos de sangra por todas partes, y solo se miraba un esqueleto que vivía en fuerza de milagro. Comprendió bien el tirano que en aquella constancia estaba alguna cosa sobre natural y que nunca podría vencer una fuerza tan superior a la suya mando que se cesasen los tormentos; pero, sin querer manifestarse vencido le ordeno que a lo menos le entregase los libros Sagrados para arrojarlos al fuego, ofreciéndole la vida si le obedecía en esto.

Vicente, con modo grato, pero santamente intrépido respondió al juez que el fuego con que amenazaba a los libros estaría mejor empleado en el mismo Santo para acabar el sacrificio en las llamas; y también me veo obligado a prevenirte añadió el invicto mártir, que algún día arderás tu por toda la eternidad en las del infierno sino a renuncias al culto de los falsos dioses.

Apurado todo el sufrimiento de Daciano al oír tan no esperada respuesta y no pudiendo contener la indignación en el pecho, mando que al instante le extendiesen en una cama de hierro ardiendo aplicándole por todo el cuerpo laminas o planchas encendidas.

Renovoce la alegría de Vicente a vista del nuevo tormento que le esperaba. Todo su gusto era pasar de un suplicio a otro, del eculio o del potro a las parrillas, las cuales se componían de unas barras atravesadas, no de plano, sino de esquinas, abiertas en forma de sierra y salpicadas a trechos de púas agudas a manera de rayo. Su elevaron era de una cuarta escasa, y se colocaban sobre cartones encendidos que estaba continuamente avivando los verdugos. Llenavanse todos de horror al ver aquel cuerpo medio desollado amarrado con cadenas a la parrilla cubierto de planchas ardiendo por la parte superior, mientras por la inferior le derretía el bracero. La grasa que el Santo cuerpo destilaba añadía mucha fuerza a la violencia del fuego y como si aquel conjunto de tormentos no bastase a causarle un dolor agudísimo y cruel, cuidaban los verdugos de avivársele, llenándole de sal las yagas y las heridas.

Permanecía Vicente inmóvil los ojos fijos en el cielo y el semblante risueño, adorando y bendiciendo sin cesar al Señor en aquella postura de inmolación y de victima. Pero como la mano del Todopoderoso se descubría tan visiblemente en la alegría y en la constancia de Santo Mártir no podía permanecer expuesto por mucho tiempo a los ojos del publico un espectáculo que tanto desacreditaba el culto de los ídolos todos admiraban la fuerza prodigiosa del paciente y hasta los mismos gentiles clamaban que aquello no podía ser sin gran milagro: de suerte que se vio precisado Daciano a mandar retirar al invicto mártir diacono. Encerrándole en un oscuro calabozo donde le tendieron para descansar sobre pedazos de hierro con severa prohibición de que no se le diese el menor alimento ni el mas ligero alivio pero el Señor tubo providencia de su ciervo, porque de repente bajo una celestial luz que despidió las tinieblas del calabozo, y al mismo tiempo derramo Dios en el alma de aquel héroe una divina dulzura, un consuelo de superior orden que le inundo de alegría hallase de repente restituido a su antigua robustez y mejorado en su natural hermosura exhalando de cuerpo un suavizo olor que llenaba de fragancia aquel lugar hediondo.

Bajaron a hacerle compañía escuadrones de espíritus angélicos y se dejaron percibir los celestiales cánticos con que entonaban alabanzas al Señor de manera que aquella horrorosa prisión se convirtió en paraíso de delicias. La fragancia, la música y el resplandor llenaron de admiración a los guardias pero quedaron atónitos cuando vieron a Vicente sin la más leve señal de los tormentos pasados y convertidos en rosas los pedazos de hierro de que estaba alfombrado el calabozo no era fácil resistir a tanto tropel de prodigios convirtieronse a Cristos el alcaide con los guardias; y llegando la noticia a Daciano lo que pasaba, tomo (fuese desesperación o despique) una resolución bien extraña manda que al punto saque al Santo del calabozo ordena que le acuesten en la cama mas blanda y mas regalada que se pueda disponer y da providencia para que se le cuide sin perdonar a regalo ni a remedio. Publicase en toda la ciudad este decreto: acuden los fieles en tropas a la cárcel; conducen al santo como en triunfo en las calles; pero Vicente en el regalado lecho que se tenia prevenido, cuando, como si fuera el aquel mayor de los tormentos, espiro y volo su alma al cielo a recibir la corona y el premio de su victoria sucediendo esto el día 22 de enero del año 304 o 305.

Rabioso y fuera de si Daciano al verse vencido y confundido por aquel héroe Cristiano mando que fuese su cadáver y que sacándole al campo le arrojasen en un barranco donde sirviese de pasto a las aves y a las fieras; pero envió Dios un cuervo de grandeza extraordinaria que le hizo centinela y le defendió de los demás animales ordeno el tirano que le echase en alta mar, porque no le diesen culto y careciese de ese consuelo la devoción de los fieles; pero el Señor que se burla de todos los artificios de la humana prudencia, condujo a la orilla al Santo Cuerpo; y acudiendo los Cristianos, le enterraron secretamente fuera de las murallas de Valencia en el mismo lugar donde hoy es venerado en una magnifica iglesia en el año 542 sitio y tomo a Zaragoza Gildeberto, Rey de Francia y se contento con llevarse la estola que había servido al Santo diacono, y se la entrego a San German Obispo de Paris conservase esta preciosa reliquia en la Iglesia de San German, que Antiguamente se llamaba de San Vicente.

Martirio de San Vicente Mártir a través del frontal de Liesa (Huesca, España)

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Santa Inés, patrona de los adolescentes, con recursos audiovisuales

Santa Inés, patrona de los adolescentes, con recursos audiovisuales

Santa Inés, admirada de todo el mundo y tan celebrada en toda la Iglesia, nació en Roma, hacia el fin del tercer siglo, de padres nobles, ricos y virtuosos. Las grandes dotes que desde luego descubrieron en su hija, contribuyeron no poco a aumentar el desvelo con que se aplicaron a cuidar de su educación.

Criáronla en gran amor a la religión cristiana, y desde sus más tiernos años formó Inés una idea cabal del estado feliz de la virginidad.

Las instrucciones de sus padres sólo sirvieron para fomentar las impresiones de la gracia. El Espíritu Santo había inspirado en aquel tierno corazón unos sentimientos tan nobles y tan cristianos, que a los diez años de su edad parecía haber llegado a una consumada y eminente perfección. Amó a Dios, dice San Ambrosio, desde que pudo conocerl

Viola un día por accidente Procopio, hijo de Sinfronio, gobernador de Roma, y quedó tan ciegamente enamorado de ella, que resolvió tomarla por esposa. Informado el padre de la calidad y de las grandes prendas de la doncella, aprobó mucho el pensamiento de su hijo; pero era menester el consentimiento de Inés. El primer paso que dio Procopio fue enviarle un rico regalo, declarándole al mismo tiempo el fin de sus honestos deseos. Pero el desaire que le hizo en no recibirlo, y el desprecio con que se lo volvió, no produjeron otro efecto que el de aumentar su pasión. Sirvióse de cuantos artificios pudo y de cuantos medios, discurrió para conquistarla: ruegos, promesas, amenazas, todo lo empleó; pero todo inútilmente.e, y se puede decir que le conoció desde que nació. Las diversiones de la niñez eran únicamente los ejercicios de la devoción más tierna. Fue niña en los años, pero no en las inclinaciones ni en los sentimientos. Su rara hermosura añadía nuevos realces a su modestia. Era extraordinaria su piedad, y la extrema ternura con que amó a la Reina de las vírgenes, casi desde la cuna, la inspiró un amor y una estimación tan grande de la virginidad, que apenas tenía uso de razón, cuando se resolvió a no admitir nunca otro esposo que a sólo Jesucristo. No tenía más que trece años, cuando su hermosura y su raro mérito hacían gran ruido en la corte.

El último recurso de que se valió fue buscar modo para hablarla él mismo, no dudando que al cabo se rendiría a sus ternuras y a sus solicitaciones. Pero todo cuanto pudo sugerirle una pasión ciega, vehemente y persuasiva, sólo sirvió para desengañarle de la ineficacia de sus mayores esfuerzos; porque, animada Inés de un espíritu y de una firmeza muy superior a sus años, le dijo con resolución: Apártate de mí, aguijón del pecado, tentador importuno y ministro del padre de las tinieblas. No te canses en aspirar a la mano de una doncella, que ya está prometida a un Esposo inmortal, único Dueño de todo el Universo, y que sólo dispensa sus favores a las vírgenes puras y castas.

Una resolución tan majestuosa y una respuesta tan desengañada como poco prevenida, llenó a Procopio de desesperación. Exaltada furiosamente su pasión, se dejó poseer de una cruel melancolía. El padre, que le amaba con extremo, resolvió valerse de su autoridad para lograr el beneplácito de los padres y el consentimiento de la hija. La llamó a su casa, y, habiéndola recibido con toda la atención que correspondía a su calidad y a su mérito:

No ignorarás, le dijo, el fin para que te he llamado. Mi hijo desea apasionadamente ser dichoso mereciendo tu mano. Tu nobleza y la noticia que tengo de todas tus 3 buenas prendas me hacen aprobar gustoso su acertada elección. Paréceme que tampoco tú podrás aspirar a mejor partido; y no me persuado que serás tan enemiga de ti misma, que no abraces al instante esta proposición. Inés, a quien el Cielo había dotado de prudencia y discreción superiores a sus pocos años, respondió con singular modestia, pero con igual resolución: que conocía bien la grande honra y la mucha merced que se le hacía en pensar en ella; pero que ya tenía escogido Esposo mucho más noble y más rico que Procopio; que, a la verdad, las riquezas de tal Esposo no eran de este mundo; pero por lo mismo eran mucho más preciosas, y que la virginidad, que ella estimaba más que todas las coronas del universo, era la única dote que su Esposo la pedía. Quedó confuso el gobernador, mostrando no entender quién era aquel Esposo de quien Inés le hablaba; y un caballero, que se hallaba presente, le dijo: Señor, esta doncella es cristiana, y desde su niñez está criada en las extravagancias de esta secta; con que no dudéis que ese divino Esposo de quien habla es el Dios de los cristianos.

Entonces, mudando el gobernador de tono y de modales: Ya veo ahora, dijo a Inés, qué es lo que te tiene trastornada la razón y alucinado el espíritu. Déjate, hija mía, de esas ideas frívolas de virginidad; déjate de esos supersticiosos fantasmones con que esa secta llena las cabezas de todos los que la siguen. Sean nuestros dioses desde hoy en adelante el único objeto de tus cultos; sean sus máximas la regla de tus dictámenes y de tus operaciones. No hagas obstinación de la ceguedad; tiende los brazos a la fortuna que te los alarga, brindándote con una elevación de tanta honra para ti.

Reflexiona bien lo que desprecias, y hazte cargo de que, si lo abrazas, ocuparás un lugar distinguido en la ciudad cabeza del Universo; poseerás grandes riquezas; serás 4una de las primeras señoras del mundo, y harás dichoso a todo tu linaje. Por lo demás, añadió en tono impetuoso y severo, sólo tienes veinticuatro horas de término para tomar resolución: escoge ser la primera dama de Roma, ó expirar infamemente en los más crueles tormentos.

« Señor, le replicó Santa Inés, no he menester tanto tiempo para determinarme, porque mi resolución ya está tomada; desde luego os declaro que no admitiré jamás a otro esposo que a Jesucristo, así como nunca reconoceré a otro Dios que al soberano Creador de Cielo y Tierra. Y me admiro tengáis valor para proponer a una persona de razón que adore a unos dioses de palo y de piedra. No penséis atemorizarme con la amenaza de los mayores suplicios; porque, si reconozco en mí alguna ambición, es únicamente la de añadir la corona de mártir a la de virgen. Niña soy, y soy flaca; pero confío en la gracia de mi Señor Jesucristo, que me dará fuerzas para morir por su amor.»

Atónito quedó el gobernador al oír respuesta tan animosa; pero, volviendo de su primer asombro, quiso hacer la última tentativa. Como la Santa mostraba tanto amor a la virginidad, le pareció que nada la intimidaría tanto como amenazarla con que haría fuese violada su entereza; y así le dijo: Escoge una de dos: ó casarte con Procopio, ó ser deshonrada en el lugar infame de las malas mujeres, antes de expirar en los tormentos.

«Tengo colocada toda mi confianza en mi divino Esposo Jesucristo, respondió la Santa. El es poderoso para librarme de tus violencias, y El es tan celoso de la pureza de sus esposas, que no permitirá les quiten un tesoro que dimana de Él, y que está debajo de su custodia. Vuestros dioses hediondos y malvados os inspiran semejantes infamias; pero el Dios de la pureza, a quien yo sirvo, sabrá librarme de vuestros impíos intentos.»

Rebosando Sinfronio en cólera y furor, mandó que al instante la cargasen de cadenas. Al punto trajeron los ministros una multitud de argollas, grillos y esposas, que con el ruido y con la vista hacían estremecer; pero Inés no mudó de color ni de semblante ni de lenguaje en presencia de los verdugos y de los instrumentos. Se mantuvo serena en medio de aquel funesto aparato; y oprimida con el peso de las cadenas estaba libre, porque no se habían hecho aquellos hierros para un cuerpecillo tan pequeño. Enternecíanse todos, sin poder contener las lágrimas, hasta los mismos paganos; pero Inés no podía disimular su alegría, agobiada por las cadenas.

Lleváronla como arrastrando al templo, para que ofreciese sacrificio a los ídolos; pero esto sólo sirvió para que confesase más públicamente a Jesucristo en presencia de mayor concurso. Moviéronla por fuerza la mano; mas ella hizo la señal de la cruz, levantando, por decirlo así, este trofeo sobre los mismos altares de los demonios.

Confuso el gobernador con la constancia de aquella doncellita, sin darse por vencido, se puso más furioso.

Creyendo, y con razón, que el lugar infame de las mujeres perdidas la causaría más horror que la misma muerte, la hizo conducir a él; pero un ángel la defendió y, desprendiéndose de lo alto una celestial luz, convirtió aquel hediondo lugar en oratorio, santificado con las oraciones y con los votos de la santa virgen.

Sólo Procopio, más osado que los demás, se atrevió a entrar con resolución de profanarle; pero al instante cayó muerto a los pies de la Santa. Llenó de consternación a todo caso tan espantoso. Traspasado de dolor el prefecto con la muerte de su hijo, mudó las bravatas en súplicas y en ruegos, y pidió a Inés que resucitase a Procopio. Apenas levantó los ojos y las 6manos al Cielo, cuando volvió a la vida el infeliz y ya dichoso mancebo, porque volvió publicando en alta voz que todos los dioses de los gentiles eran vanos y quiméricos, y que no había otro verdadero Dios sino el que adoraban los cristianos.

Como había sido interesado el gobernador en aquel evidente milagro, no pudo menos de mostrarse favorable a Santa Inés; pero los sacerdotes de los ídolos, que habían concurrido a la voz de aquella maravilla, conmovieron tanto al pueblo contra la santa virgen, tratándola de hechicera, de maga y de sacrílega, que el gobernador, temiendo una sedición, si la libraba, y no atreviéndose a condenar a muerte a la que había dado a su hijo la vida, tomó el partido de retirarse y entregar la causa a Aspasio su teniente. Intimidado éste con los gritos del pueblo, que clamaba contra Inés como contra una maga y hechicera, dio sentencia de que fuese quemada viva.

Preparase la hoguera, llénase el pueblo de expectación y arde en furiosa impaciencia de ver reducida a cenizas a aquella dichosa víctima; pero el fuego la respetó reverente. Divididas las llamas en dos partes, la dejaron intacta en medio del brasero, como se conservaron ilesos los tres mancebos hebreos en el horno de Babilonia; pero, remolinadas después las mismas llamas por uno y otro lado, abrasaron a muchos de los circunstantes que hacían el oficio de verdugos.

En fin, obstinándose siempre los sacerdotes y el pueblo en atribuir tantas maravillas a industria y al artificio del demonio, y temiendo el teniente algún alboroto, mandó que un verdugo la degollase en el mismo lugar donde había de ser quemada. Impaciente entonces la Santa con el ansia de unirse siempre en el Cielo con su divino Esposo, le suplicó que se dignase consumar su 7 sacrificio; y volviéndose al verdugo, que se iba acercando a ella con una especie de temblor y miedo reverencial, le alentó a que cumpliese con su oficio, diciéndole con valor: «Date prisa a destruir este cuerpo que ha tenido la desgracia de agradar a otros ojos que a los de mi divino Esposo Jesucristo, el cual fue siempre el único Dueño de mi corazón. No temas darme una muerte que comienza a ser para mí el principio de una vida eterna»; y levantando amorosamente los ojos hacia el Cielo:

«Recibid, Señor, exclamó, a esta alma que tanto os costó, y a la cual amáis Vos tanto». Al acabar de decir estas palabras, el verdugo, con mano trémula, la pasó la espada por el pecho, y al instante expiró.

No pudo estorbar el furor de los paganos que el cuerpo de la Santa fuese enterrado como con una especie de triunfo. Los muchos milagros que desde luego se obraron en su sepultura aumentaron la devoción de los fieles, y desde entonces se hizo célebre el nombre de Santa Inés en todo el orbe cristiano. El concurso a su sepulcro fue siempre muy numeroso, no solamente de los fieles, sino también de los mismos paganos, que se mezclaban con ellos para entrar a la parte en los milagrosos favores de la Santa.

El más acabado elogio y resumen de la vida de esta Santa nos lo suministra San Jerónimo diciendo: «La vida de Inés ha sido alabada en las iglesias, en las letras y en las lenguas de todos los pueblos, pues venció Juntamente a su edad y al tirano, y consagró por medio del martirio el honor de la castidad».

Dos templos existen en Roma con la advocación de esta virgen mártir. El uno en la plaza Navone, construido en el sitio que ocupó la prisión de la Santa, y en el que obró el milagro de la resurrección de Procopio. El otro templo es una de las siete basílicas primitivas de Roma, situado fuera de la ciudad, en el sitio que ocupó la sepultura de Santa Inés, sobre las catacumbas de la vía Nomentana, construida en tiempo de Constantino el Grande.

A esta basílica son llevados el 21 de Enero todos los años, para ser bendecidos, dos corderos, cuya lana sirve para los palios que los papas remiten a los arzobispos como signo de Jurisdicción sobre los obispos sufragáneos.

Las religiosas de Santa Inés tienen el privilegio de cuidar de estos corderos, uno de los cuales se sirve en la mesa del Papa el día de Pascua, y de tejer con su lana los palios mencionados. Casi todas las reliquias de Santa Inés se conservan en la basílica de la Vía Nomentana. En Francia hay algunas, y en Manresa, en España, hay también algunas desde el año 1372.

P. Juan Croisset, SJ

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Otros recursos en la red

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Recursos audiovisuales

Santa Inés, por el Colegio Erain (España)

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Vida de Santa Inés, por Ricardo Jesús

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Vida de Santa Inés, por miembros del grupo Scout de la Parroquia de Santa Inés de Bello de Antioquia (Colombia)

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Un gran asceta egipcio: Macario de Alejandría, el Grande

Un gran asceta egipcio: Macario de Alejandría, el Grande

El nombre de Macario, de origen griego, significa ‘aquel que ha encontrado la felicidad’, y no puede ser más apropiado para este gran santo de la Iglesia copta de Alejandría.

Macario, al que llamarían el Grande, nació en el alto Egipto, hacia el año 300, y pasó su juventud como pastor. Movido por una intensa gracia, se retiró del mundo a temprana edad, confinándose en una estrecha celda, donde repartía su tiempo entre la oración, las prácticas de penitencia y la fabricación de esteras.

Una mujer le acusó falsamente de que había intentado hacerle violencia. A resultas de ello, Macario fue arrastrado por las calles, apaleado y tratado de hipócrita disfrazado de monje. Todo lo sufrió con paciencia, y aun envió a la mujer el producto de su trabajo, diciéndose: «Macario, ahora tienes que trabajar más, pues tienes que sostener a otro». Pero Dios dio a conocer su inocencia: la mujer que le había calumniado no pudo dar a luz, hasta que reveló el nombre del verdadero padre del niño. Con ello, el furor del pueblo se tornó en admiración por la humildad y paciencia del santo. Para huir de la estima de los hombres, Macario se refugió en el vasto y melancólico desierto de Scete, cuando tenía alrededor de treinta años. Ahí vivió sesenta años y fue el padre espiritual de innumerables servidores de Dios que se confiaron a su dirección y gobernaron sus vidas con las reglas que él les trazó. Todos vivían en ermitas separadas. Sólo un discípulo de Macario vivía con él y se encargaba de recibir a los visitantes. Un obispo egipcio mandó a Macario que recibiera la ordenación sacerdotal a fin de que pudiese celebrar los divinos misterios para sus ermitaños. Más tarde, cuando los ermitaños se multiplicaron, fueron construidas cuatro iglesias, atendidas por otros tantos sacerdotes.

Las austeridades de Macano eran increíbles. Sólo comía una vez por semana. En una ocasión, su discípulo Evagrio, al verle torturado por la sed, le rogó que tomase un poco de agua; pero Macario se limitó a descansar brevemente en la sombra, diciéndole: «En estos veinte años, jamás he comido, bebido, ni dormido lo suficiente para satisfacer a mi naturaleza». Su cuerpo estaba debilitado y tembloroso; su rostro, pálido. Para contradecir sus inclinaciones, no rehusaba beber un poco de vino, cuando otros se lo pedían, pero después se abstenía de toda bebida durante dos o tres días. En vista de lo cual, sus discípulos decidieron impedir que los visitantes le ofrecieran vino. Macario empleaba pocas palabras en sus consejos, y recomendaba el silencio, el retiro y la continua oración -sobre todo esta última- a toda clase de personas. Acostumbraba decir: «En la oración no hace falta decir muchas cosas ni emplear palabras escogidas. Basta con repetir sinceramente: Señor, dame las gracias que Tú sabes que necesito. O bien: Dios mío, ayúdame». 

Enviaron una vez a san Macario unas uvas muy frescas y sabrosas: tuvo ganas de comer de ellas, mas para vencer aquel gusto y apetito no las quiso tocar; antes las envió a otro monje que estaba enfermo; recibiólas éste con agradecimiento, y por mortificarse tampoco las comió, sino enviólas a otro monje; y en suma las uvas anduvieron de mano en mano por todos los monjes Y volvieron a san Macario, el cual dio gracias al Señor por la virtud de todos aquellos santos.

Para vencer el sueño que le estorbaba la oración, estuvo veinte noches sin acostarse debajo de tejado; y viéndose una vez tentado del espíritu de la fornicación, pasó seis meses desnudo en carnes en un lugar donde había innumerables y grandes mosquitos, los cuales dejaron su cuerpo tan lastimado, que parecía un leproso. Caminó veinte días por un desierto sin comer bocado, y estando fatigado y desmayado le proveyó el Señor milagrosamente de sustento. Una vez cavando en un pozo le mordió un áspid: tomóle el santo en las manos e hízole pedazos sin recibir lesión alguna.

Su mansedumbre y paciencia eran extraordinarias, y lograron la conversión de un sacerdote pagano y de muchos otros.

Macario ordenó a un joven que le pedía consejos que fuese a un cementerio a insultar a los muertos y a alabarlos. Cuando volvió el joven, Macario le preguntó qué le habían respondido los difuntos. «Los muertos no contestaron a mis insultos, ni a mis alabanzas», le dijo el joven. «Pues bien, —le aconsejó Macario—, haz tú lo mismo y no te dejes impresionar ni por los insultos, ni por las alabanzas. Sólo muriendo para el mundo y para ti mismo, podrás empezar a servir a Cristo». A otro le aconsejó: «Está pronto a recibir de la mano de Dios la pobreza, tan alegremente como la abundancia; así dominarás tus pasiones y vencerás al demonio». Como cierto monje se quejara de que en la soledad sufría grandes tentaciones para quebrantar el ayuno, en tanto que en el monasterio lo soportaba gozosamente, Macario le dijo: «El ayuno resulta agradable cuando otros lo ven, pero es muy duro cuando está oculto a las miradas de los hombres». Un ermitaño que sufría de fuertes tentaciones de impureza, fue a consultar a Macario. El santo, después de examinar el caso, llegó el convencimiento de que las tentaciones se debían a la indolencia del ermitaño; así pues, le aconsejó que no comiera nunca antes de la caída del sol, que se entregara a la contemplación durante el trabajo, y que trabajara sin cesar. El otro siguió estos consejos y se vio libre de sus tentaciones. Dios reveló a Macario que no era tan perfecto como dos mujeres casadas que vivían en la ciudad. El santo fue a visitarlas para averiguar los medios que empleaban para santificarse, y descubrió que nunca decían palabras ociosas ni ásperas; que vivían en humildad, paciencia y caridad, acomodándose al humor de sus maridos, y que santificaban todas sus acciones con la oración, consagrando a la gloria de Dios todas sus fuerzas corporales y espirituales.

Un hereje de la secta de los hieracitas, que negaban la resurrección de los muertos, había inquietado en su fe a varios cristianos. Sozomeno, Paladio y Rufino relatan que San Macario resucitó a un muerto para confirmar a esos cristianos en su fe. Según Casiano, el santo se limitó a hacer hablar al muerto y le ordenó que esperase la resurrección en el sepulcro. Lucio, obispo arriano que había usurpado la sede de Alejandría, envió tropas al desierto para que dispersaran a los piadosos monjes, algunos de los cuales sellaron con su sangre el testimonio de su fe. Los principales ascetas. Isidoro, Pambo, los dos Macarios y algunos otros, fueron desterrados a una pequeña isla del delta del Nilo, rodeada de pantanos. El ejemplo y la predicación de los hombres de Dios convirtió a todos los habitantes de la isla, que eran paganos. Lucio autorizó más tarde a los monjes a retornar a sus celdas. Sintiendo que se acercaba a su fin, Macario hizo una visita a los monjes de Nitria y les exhortó, con palabras tan sentidas, que estos se arrodillaron a sus pies llorando. «Sí, hermanos, —les dijo Macario—, dejemos que nuestros ojos derramen ríos de lágrimas en esta vida, para que no vayamos al sitio en que las lágrimas alimentan el fuego de la tortura».

Acreditó nuestro Señor su santidad con el don de milagros, y entre muchos enfermos que curó, vino a él un clérigo de misa, que estaba con un cáncer en la cabeza, tan disforme, que se la comía toda; mas el santo monje puso las manos sobre él, y le envió sano a su casa.

Siendo ya viejo, se fue disimulado al monasterio de San Pacomio, en el cual vivían a la sazón mil y cuatrocientos monjes. Siete días tardaron en recibirle, alegando que por su vejez no podría llevar los trabajos que llevaban los jóvenes. Mas fue tal la austeridad de su vida, que espantó a todos los religiosos, pareciéndoles que era más que hombre.

Finalmente, lleno de virtudes y merecimientos, murió de edad muy avanzada por el año 394, dejando a los monjes preciosísimos documentos de altísima perfección. La vida de este santo la escribió Paladio, que moró tres años con él en la soledad. Macario fue llamado por Dios a los noventa años, después de haber pasado sesenta en el desierto de Scete. Según el testimonio de Casiano, Macario fue el primer anacoreta de este vasto desierto. Algunos autores sostienen que fue discípulo de San Antonio, quien vivía a unos quince días de viaje del sitio en donde estaba Macario.

San Macario es conmemorado en el canon de la misa en los ritos copto y armenio.

Fuente catholic.net y la Verdadera Libertad.

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Plática sobre San Macario, en Lazos de Amor Mariano

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Vida de san Antonio, abad, con recursos de animación

Vida de san Antonio, abad, con recursos de animación

Conocemos la vida del abad Antonio, cuyo nombre significa «floreciente» y al que la tradición llama el Grande, principalmente a través de la biografía redactada por su discípulo y admirador, San Atanasio, a fines del siglo IV. Este escrito, fiel a los estilos literarios de la época y ateniéndose a las concepciones entonces vigentes acerca de la espiritualidad, subraya en la vida de Antonio (más allá de los datos maravillosos), la permanente entrega a Dios en un género de consagración, del cual él no es históricamente el primero, pero sí el prototipo, y esto no sólo por la inmensa influencia de la obrita de Atanasio.

En su juventud, Antonio, que era egipcio e hijo de acaudalados campesinos, se sintió conmovido por las palabras de Jesús, que le llegaron en el marco de una celebración eucarística:

«Si quieres ser perfecto, ve y vende todo lo que tienes y dalo a los pobres…»

Así lo hizo el rico heredero, reservando sólo parte para una hermana, a la que entregó, parece, al cuidado de unas vírgenes consagradas. Llevó inicialmente vida apartada en su propia aldea, pero pronto se marchó al desierto, adiestrándose en las prácticas eremíticas junto a un cierto Pablo, anciano experto en la vida solitaria. En su busca de soledad y persiguiendo el desarrollo de su experiencia, llegó a fijar su residencia entre unas antiguas tumbas. ¿Por qué esta elección? Era un gesto profético, liberador. Los hombres de su tiempo (como los de nuestros días) temían desmesuradamente a los cementerios, que creían poblados de demonios. La presencia de Antonio entre los abandonados sepulcros era un claro mentís a tales supersticiones y proclamaba, a su manera, el triunfo de la resurrección. Todo (aún los lugares que más espantan a la naturaleza humana) es de Dios, que en Cristo lo ha redimido todo; la fe descubre siempre nuevas fronteras dónde extender la salvación.

El trabajo manual, la oración y la lectura constituyeron en adelante su principal ocupación. A los 54 años de edad, hacia el año 305, abandonó su celda en la montaña y fundó un monasterio en Fayo. El monasterio consistía originalmente en una serie de celdas aisladas, pero no podemos afirmar con certeza que todas las colonias de ascetas fundadas por San Antonio, estaban concebidas de igual manera. Más tarde, fundó otro monasterio llamado Pispir, cerca del Nilo. San Antonio exhortaba a sus hermanos a preocuparse lo menos posible por su cuerpo, pero se guardaba bien de confundir la perfección, que consiste en el amor de Dios, con la mortificación. Aconsejaba a sus monjes que pensaran cada mañana que tal vez no vivirían hasta el fin del día, y que ejecutaran cada acción, como si fuera la última de su vida.

«El demonio, decía, teme al ayuno, la oración, la humildad y las buenas obras, y queda reducido a la impotencia ante la señal de la cruz».

Pronto la fama de su ascetismo se propagó y se le unieron muchos fervorosos imitadores, a los que organizó en comunidades de oración y trabajo. Dejando sin embargo esta exitosa obra, se retiró a una soledad más estricta en pos de una caravana de beduinos que se internaba en el desierto. No sin nuevos esfuerzos y desprendimientos personales, alcanzó la cumbre de sus dones carismáticos, logrando conciliar el ideal de la vida solitaria con la dirección de un monasterio cercano, e incluso viajando a Alejandría para terciar en las interminables controversias arriano-católicas que signaron su siglo. Ahí predicó la consustancialidad del Hijo con el Padre, acusando a los arrianos a confundirse con los paganos «que adoran y sirven a la creatura más bien que al Creador», ya que hacían del Hijo de Dios una creatura.

Sobre todo, Antonio, fue padre de monjes, demostrando en sí mismo la fecundidad del Espíritu. Una multisecular colección de anécdotas, conocidas como «apotegmas» o breves ocurrencias que nos ha legado la tradición, lo revela poseedor de una espiritualidad incisiva, casi intuitiva, pero siempre genial, desnuda como el desierto que es su marco y sobre todo implacablemente fiel a la sustancia de la revelación evangélica. Se conservan algunas de sus cartas, cuyas ideas principales confirman las que Atanasio le atribuye en su «Vida».

Antonio murió muy anciano, hacia el año 356, en las laderas del monte Colzim, próximo al mar Rojo; al ignorarse la fecha de su nacimiento, se le ha adjudicado una improbable longevidad, aunque ciertamente alcanzó una edad muy avanzada. La figura del abad delineó casi definitivamente el ideal monástico, que perseguirían muchos fieles de los primeros siglos. No siendo hombre de estudios, no obstante, demostró con su vida lo esencial de la vida monástica, que intenta ser precisamente una esencialización de la práctica cristiana; una vida bautismal despojada de cualquier aditamento. Para nosotros, Antonio encierra un mensaje aún válido y actual: el monacato del desierto continúa siendo un desafío, el del seguimiento extremo de Cristo, el de la confianza irrestricta en el poder del Espíritu de Dios.

Las imágenes representan generalmente a San Antonio con una cruz en forma de T, una campanita, un cerdo, y a veces un libro. La liturgia bizantina invoca el nombre de San Antonio en la preparación eucarística, y el rito copto.

Fuentes: Textos de EWTN – Fe y de Aciprensa.
Artículo original en Amor Eterno.

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Otras fuentes en la red

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Biografías animadas de san Antonio, abad.

San Antonio, abad, película de Nazaret TV

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San Antonio, abad, en «Un nombre, un santo»

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San Silvestre I, papa, con recursos audiovisuales

San Silvestre I, papa, con recursos audiovisuales

San Silvestre, con ese aire de despedida del año viejo, tiene una significación especial en la historia de la Iglesia, no ya sólo por sus virtudes, sino también por la época difícil y maravillosa, a su vez, que le tocó vivir.

Debido a esta circunstancia, no es extraño que su venerable figura haya ido recogiendo a través de los siglos una multitud de leyendas piadosas, haciendo difícil distinguir entre ellas lo que pueda haber de falso o de verdadero. De San Silvestre nos hablan, casi por encima, los primeros historiadores cristianos: Eusebio de Cesarea, Sócrates y Sozomeno.

Más noticias encontramos en la relación de los papas que trae el Catalogo Liberiano y, sobre todo, en la multitud de detalles con que adorna su vida el famoso Pontifical Romano. Fue compuesta esta obra en diversos tiempos y por diversos autores, y en lo que toca a San Silvestre, recoge de lleno sus célebres actas, elaboradas durante el siglo v, y que, a pesar de ser admitidas por algunos Padres antiguos, fueron siempre consideradas como espúreas por la Iglesia de Roma.

El hecho de mezclar lo verídico con lo fabuloso, dieron a las actas de San Silvestre un gran predicamento durante toda la Edad Media, aunque pronto fueron cayendo en desuso, teniendo en cuenta, sobre todo, los dos hechos principales que en ellas se mencionan: la curación y conversión de Constantino y la donación que el emperador hace al papa Silvestre, no ya sólo de Roma, sino también de Italia y, como algunos llegaron a suponer, de todo ei Imperio de Occidente. Baronio, el autor de los Anales eclesiásticos, supone la autenticidad de las mismas y recurre al testimonio del papa Adriano I, que en el siglo Vlll las tiene como tales en una carta a los emperadores Constantino e Irene, cuando la lucha por las imágenes. Son citadas a su vez en la primera decretal del concilio II de Nicea, y autores no muy lejanos de la época, como San Gregorio de Tours y el obispo Hincmaro, traen a colación el bautismo de Constantino cuando narran el no menos famoso de Clodoveo.

La leyenda del bautismo parece estar tomada de una vida romanceado de San Silvestre, cuya fecha y patria se desconocen, pero que bien pudieran ser de la segunda mitad del siglo v. Duchesne la hace venir de Oriente, por el camino que trajeron todas las que se referían a la invención de la santa cruz, a Santa Elena y al mismo Constantino. Para otros, sin embargo, toda la leyenda tiene un carácter netamente romano.

Eusebio, el nada escrupuloso panegirista del emperador, nos dice con toda sencillez que Constantino fue bautizado al fin de su vida en Helenópolis de Bitinia, y nada menos que por un obispo arriano, Eusebio de Nicomedia. De ser cierto lo de las actas, no lo hubiera pasado por alto de ninguna de las maneras, pues vendría muy bien para exaltar la figura de aquel emperador, a quien hace lo posible por presentar como un príncipe simpatizante en todos sus hechos con el cristianismo. La costumbre, sin embargo, de aquellos tiempos, y, sobre todo, las disposiciones en que se encontraba el mismo Constantino, parecen convencer en seguida de lo contrario. Es verdad que manifiesta una verdadera simpatía por la nueva religión, pero no por eso deja de vivir en su juventud el paganismo depurado de su padre, Constancio Cloro. Cuando se proclama emperador en el año 306, adopta con la diadema el culto a la tetrarquía romana, y especialmente el de Júpiter y Hércules. Su contacto con los cristianos le lleva a un monoteísmo especial, que se concreta en el culto del sol invictus. Mas tarde, cuando vence a su rival Majencio en el 312, Constantino aparece identificado del todo con el cristianismo; pero este es supersticioso y con gran reminiscencia pagana. De hecho, nunca abandona las atribuciones de pontífice máximo, concibe el cristianismo como una religión imperial, semejante a la anterior, y en su misma vida no ofrece nunca las características de un auténtico convencido.

Algo semejante ocurre en lo que se refiere a la «Donación Constantiniana». Ya el emperador Otón III, por el siglo Xl, afirmaba que, a pesar de ser tan popular, habia de tenerse el documento como falso. Esto lo demuestra con buenas razones el humanista del siglo xv Lorenzo Valla, y hoy aparece claro cómo la noticia se inventó entre los siglos Vlll y IX con el fin de justificar en Roma la donación que de las tierras conquistadas a los lombardos hacen a diversos papas Pipino el Breve y Carlomagno.

Sólo teniendo en cuenta estas apreciaciones podemos conocer lo que de verdad hay sobre San Silvestre, sin temor a desvirtuar por ello su recia personalidad.

Nace San Silvestre alrededor del año 270, en época de relativa paz para la Iglesia. Su padre, Rufino, le pone desde niño bajo la dirección del prudente y piadoso presbitero romano Cirino, y en seguida se empieza a distinguir por una abnegada caridad, ofreciendo su casa a todos los peregrinos que acudían a visitar la tumba de los apostoles. En una ocasión llama a su puerta Timoteo de Antioquía, gran apóstol de la palabra y de santa vida. Pronto se dan cuenta de ello los paganos, y una noche, cuando vuelve cansado a la casa de Silvestre. es apresado por las turbas y condenado a morir entre los más horribles tormentos. Silvestre no se atemoriza ante el peligro, y poco después, aprovechando las sombras de la noche, se apodera de las reliquias y les da honrosa sepultura.

Sospechando el prefecto de Roma, Tarquinio Perpena de aquel celoso muchacho, y creyendo que acaso guardaba las riquezas que suponia tener Timoteo le manda llamar a su presencia, y entre ambos se entabla este diálogo, que nos han conservado las actas:

—Adora al instante a nuestros dioses—le dice el prefecto—-y deposita en sus altares los tesoros de Timoteo, si es que quieres salvar tu vida.

Silvestre no titubea, y más sabiendo la pobreza en que había vivido el mártir de Cristo.

—¡Insensato!—le dice—, yerras si piensas ejecutar tus amenazas, porque esta misma noche te será arrancada el alma, y así reconocerás que el único verdadero Dios es el que tú persigues; el mismo que adoramos los cristianos.

Tarquinio se enfurece y manda encerrar al joven; pero en la misma noche una espina que se le atraviesa en la garganta pone fin a su vida, y con ello Silvestre es puesto en libertad.

Sea lo que fuere del hecho, la verdad es que Silvestre era apreciado en la Roma de entonces por su humildad y apostolado, y muy pronto, a los treinta años, es ordenado sacerdote por el papa San Marcelino. Horas difíciles eran aquellas para la Iglesia. Desde el año 286, el emperador Diocleciano había asociado al Imperio al nada escrupuloso Maximiano Hercúleo, y poco más tarde ambos augustos adoptan como césares a Constancio Cloro para las Galias y Bretaña y al cruel Galerio para el Oriente. A qué obedeció la nueva postura de Diocleciano, se desconoce en parte; pero pronto se iba a organizar en su reinado una terrible persecución, que llevaba el intento de deshacer desde sus cimientos toda la Iglesia.

Por otra parte, no faltaban disensiones entre los mismos fieles, y sobre todo se hacia más acuciante el peligro de una nueva secta, el donatismo, que iba teniendo grandes prosélitos entre los cristianos de Africa. Silvestre toma parte por la ortodoxia, creándose pronto enemigos, pero esto no impide para que la Iglesia de Roma tenga puestos sus ojos en aquel varón de Dios, «puro, de piedad ferviente, mortificado y humilde», como le retratan las actas, y a quien había de designar para suceder al papa San Melquiades en la silla de San Pedro.

San Silvestre es elegido papa el 31 de enero del año 314, siendo cónsules Constantino y Volusiano y en el año noveno del imperio de Constantino. Largo va a ser su pontificado—veintitrés años, diez meses y once días—y lleno de grandes acontecimientos. Un año antes, en febrero del 313, había sido decretada la libertad de la Iglesia por el edicto de Milán, y desde entonces cuenta con el apoyo decidido del emperador y con la simpatía de los numerosos prosélitos que se presentan cada dia.

El paganismo, sin embargo, no podía acomodarse al nuevo sesgo que tomaban las cosas. Y de ser cierto lo del bautismo de Constantino que nos cuentan las actas, habríamos de encajarlo precisamente en estos primeros años del nuevo papa. Parece ser que, en una de las ausencias del emperador, los magistrados de Roma se aprovecharon para iniciar de nuevo la persecución. Silvestre mismo tiene que salir de la ciudad, y se refugia con sus sacerdotes en el monte Soracte o Syraptim, llamado después de San Silvestre, y que dista unas siete leguas de Roma. Cuando vuelve Constantino, se encuentra de manos con una tragedia dentro de su misma familia, pues nada menos que a Crispo, su hijo y heredero, se le acusaba de haber cometido adulterio con su segunda mujer, Fausta. Llevado de la cólera, el emperador manda darle muerte: pero es castigado de improviso con una repugnante lepra, que le cubre todo el cuerpo. En seguida acuden a palacio los médicos más renombrados, que se ven impotentes en procurarle remedio, y como última solución, y para aplacar la ira de los dioses, le proponen bañe su cuerpo en la sangre todavía caliente de una multitud de niños sacrificados con este fin. Cuando se van a hacer los preparativos y ya el cortejo imperial iba a subir las gradas del Capitolio, Constantino se conmueve ante los gemidos de las madres de los inocentes, que piden misericordia, y ordena se retire inmediatamente el sacrificio. Aquella misma noche se le aparecen en sueños dos venerables ancianos, Pedro y Pablo, que le recomiendan busque al obispo Silvestre, que está escondido, el cual les mostrará el verdadero baño de salvación que le curaría.

A la mañana siguiente aparece por las calles de Roma, y conducido con toda pompa por la guardia pretoriana, Silvestre, el perseguido. El encuentro con el emperador es benévolo. Entablan un diálogo de pura formación cristiana, y al fin el Pontífice le increpa con toda solemnidad: «Si así es, ¡oh príncipe!, humillaos en la ceniza y en las lágrimas, y durante ocho días deponed la corona imperial, y en el retiro de vuestro palacio confesad vuestros pecados, mandad que cesen los sacrificios de los ídolos, devolved la libertad a los cristianos que gimen en los calaboros y en las minas, repartid abundantes limosnas, y veréis cumplidos vuestros deseos».

Constantino lo promete todo, se fija el día para el bautismo, y, llegados por fin ante el baptisterio de San Juan de Letrán, se despoja el emperador de todas sus vestiduras, entra en la piscina, es bautizado por San Silvestre, y cuando sale, ante la expectación de todos, aparece completamente curado. De ahora en adelante, dicen las actas, Constantino será el gran favorecedor de los cristianos, y, no contento con eso, va a dejar al Papa su sede de Roma, retirándose con toda su corte a Constantinopla.

Toda esta historia nos indica, al menos, la gran preponderancia que iba tomando la Iglesia frente al Estado. De ello se ha de aprovechar San Silvestre para reconstruir iglesias devastadas y enmendar las corrompidas costumbres. Entre las nuevas leyes que bajo la égida del Pontífice iba a dar el emperador, sobresalen: la validez de la emancipación de esclavos realizada ante la Iglesia, el descanso dominical, contra los sodomitas; la educación de los hijos, revocación del destierro a que estaban condenados los cristianos, restitución de sus bienes, revocación de las leyes Julia y Popea contra el celibato, reconociendo de este modo la posibilidad de un celibato santo dentro del cristianismo: varios decretos asegurando el foro judicial de los clérigos, prohibición de los agoreros, de los juegos en que iban mezclada la inmoralidad y el engaño, etc., etc. Roma iba, de este modo, muriendo a su tradición pagana, para renacer poco a poco a la nueva Roma cristiana.

La gran labor pastoral en que se ve encuadrado el pontificado de San Silvestre ofrece unas facetas características, primicias todas ellas de la Iglesia, que se abre a nuevos horizontes, libre ya de trabas y de postergaciones.

Es su tiempo, la era de los grandes concilios, donde se fijan en detalle los cánones de la fe, el culto divino adquiere una grandeza insospechada, se establece una disciplina eclesiástica cuna de nuestro Derecho, y se extiende cada vez más la supremacía de la Iglesia de Roma. En el mismo año en que es elegido Papa, manda San Silvestre sus legados al concilio de Arlés, donde se resuelve la cuestión de los donatistas, que habían apelado otra vez en la causa de Ceciliano. Este concilio, juntamente con el primero ecumenico de Nicea (a. 325), son los dos puntales del esfuerzo dogmático de tiempos de San Silvestre. Mucho se ha discutido sobre la participación que en ellos tuvo el Pontífice de Roma, ya que tanto uno como otro fueron convocados a instancias del emperador Constantino: pero, a través de lo que en ellos se determina, no ofrece duda la presencia moral del Papa en las decisiones consulares. En Nicea, junto al presidente del concilio, Osio de Córdoba, se sientan los legados pontificios Vito y Vicente, y, de ser cierto el documento que recoge el Líber Pontiticalis, todos los obispos, al final de la asamblea, escriben una carta a Silvestre, donde le dan cuenta de las decisiones adoptadas.

Más claro y conmovedor es el testimonio de los Padres del concilio de Arlés. En esta asamblea, como en todas las que celebra Constantino, se ve, es cierto, una sumisión del episcopado al poder civil; pero al mismo tiempo un afecto y una gran sumisión al Papa. Es éste el que ha de dar su última palabra sobre los donatistas, quien ha de comunicar a las iglesias lo establecido en el concilio, y el que, en fin, ha de hacer poner en práctica sus acuerdos, sobre todo el que se refiere a la celebración de la Pascua. Dicen así en la segunda carta que le envían: «Al amadisimo papa Silvestre, Marino, Agnecio… Unidos en el común vínculo de caridad y de unidad de la madre Iglesia católica y reunídos en la ciudad de Arlés por la voluntad del piisimo emperador, te saludamos a ti, gloriosisimo Papa, con toda nuestra reverencia»,

Y añaden: «Ojalá, hermano dilectísimo, hubierais estado presente a este gran espectáculo, pues creemos que contra ellos (los donatistas ) se hubiera dado una sentencia más severa, y de ese modo, uniéndote tú mismo a nuestro juicio, nuestra asamblea hubiera exultado con mayor alegria. Pero, como no pudiste separarte de aquellas tierras en las cuales se asientan también los apóstoles, y cuya sangre testifica sin intermisión la gloria de Dios, por eso te mandamos…»

Esta presencia del Papa se extendió a su vez en la serie de concilios y sínodos que se fueron celebrando en su tiempo: sínodo de Roma (a. 315), concilios de Alejandría, Palestina, segundo de Alejandría, de Laodicea, Ancira, Nicomedia, Cartago, Cesarea de Palestina, etc.

En todos ellos y en otros decretos del mismo Papa se fue creando una liturgia nueva, que, unida a los cánones disciplinares, sirvieron de base a la reorganización interior de la Iglesia. Acaso se pueda rechazar como inventada posteriormente la famosa Constitución de San Siluestre, donde se encuentran una serie de prescripciones sobre los clérigos; pero no podemos dar de lado otras muchas, que sin duda se debieron al celo pastoral de nuestro santo. Citemos algunas:

Solamente el obispo puede preparar el santo crisma y servirse de él para confirmar a los bautizados.

Los diáconos usen dalmática y manipulo en el servicio del altar.

Queda prohibido el uso de la seda o paño de color para el santo sacrificio de la misa. Deben emplearse telas de lino, o sea corporales, que representen la sindone en que fue envuelto el cuerpo de Cristo.

Ningún laico tenga la osadía de presentarse como acusador contra un clérigo.

Ningun clérigo puede ser citado ante un tribunal laico para ser juzgado.

Los días de semana, menos el sábado y el domingo, se llaman ‘ferias». En cuanto a la recepción de las órdenes sagradas, determina el tiempo que ha de transcurrir entre una y otra: veinte años para el lectorado, treinta días para el exorcistado, cinco años para el acolitado, otros cinco para el subdiaconado, diez para el de custodio de los mártires, siete para el diaconado y tres, por fin, para el sacerdocio. Normas precisas da también respecto a la vida de los clérigos. Deben ser castos y han de procurar el grado sin ambición y sin ansia de lucro, y solamente pueden ser nombrados aquellos que sean elegidos en unanimidad por el pueblo y la clerecía. Los presbíteros han de tener una reputación bien probada, de modo que, aun los que están fuera de la Iglesia, puedan dar fiel testimonio de ellos. Otras prescripciones abundan; v. gr., sobre el ayuno, los réditos de la Iglesia, que han de dividirse en cuatro apartados; el culto divino, etc.

Y como detalle, esta nota disciplinar en el trato con los pecadores, que nos dice mucho de la delicadeza y caridad de San Silvestre: ‘En primer lugar—dice—se les ha de llamar paternalmente y se les ha de esperar siete dias, sin que se les prohiba nada de las cosas de la Iglesia. A este compás de espera se le deben añadir otros siete días, vedándoseles ya todo acceso a los divinos oficios. Siguen otros dos días, en los cuales, si no se arrepintieran, se les separa de la paz y comunión de la santa Iglesia. Otros dos días más, y, por fin, añadiendo todavía uno, y viendo que ya su caso es desesperado, se le debe condenar con el anatema».

En cuanto se refiere al culto divino, nunca conoció Roma, podemos decir, fuera del tiempo del Renacimiento, otra época de tanto esplendor y grandeza. El Pontifical Romano nombra en primer lugar una iglesia del título de Equitio, que mandó construir San Silvestre junto a las termas de Trajano, hoy llamada de los Santos Silvestre y Martín, y que fue como su primera sede y el sitio donde hacía las ordenaciones. Seis veces ordenó en el mes de diciembre, y de aquí salieron 40 presbíteros, 26 diáconos y 65 obispos, que se fueron repartiendo por diversas tierras.

En seguida empiezan las famosas fundaciones constantinianas de San Juan de Letrán, en el monte Cello—in aedibus Laterani—, de San Pedro, en el Vaticano, San Pablo, en la vía Ostiense, y Santa Cruz de Jerusalén, situada en el atrio Sessoriano, muy cerca del templo de Venus y Cupido, como réplica, dice Baronio, a la estatua de Venus que mandó poner Adriano en la cumbre del Calvario. En la misma Roma se levantan a su vez la basílica de Santa Inés, a instancias de la hija de Constantino: la de San Lorenzo, en el campo Verano; la de San Pedro y Marcelino, en la vía Labicana, y otras más en otras ciudades de Italia, como Ostia, Capua y Nápoles.

El papa San Dámaso, cuando termina de dar sus noticias sobre San Silvestre, acaba con esta sencilla frase: Qui catholicus et confessor quievit.

Católico, porque supo mantener la luz de su fe en un tiempo de fuertes herejías. Ecuménico, porque lleva su acción de Arlés a Nicea, de Cartago a Viena del Delfinado. Y, a la vez, confesor, es decir, santo, tomando la palabra en el sentido que se le daba entonces.

Y esta gran confesión o santidad la supo llevar, sobre todo, con una caridad y mansedumbre que fue puesta a prueba muchas veces por aquel que se decía favorecedor del cristianismo. Es sabido cómo a Constantino le aquejaba el prurito de quererse inmiscuir en todos los problemas interiores y exteriores de la Iglesia. Por su mandato se reúnen los obispos en Arlés, convoca el concilio de Nicea, reíne sínodos, lleva a su tribunal la causa de los donatistas e interviene con toda su autoridad en la condena de los arrianos. Alguien ha querido ver cierta timidez en San Silvestre frente al emperador; pero creemos que es desconocer todo lo delicado de aquellos primeros años del cristianismo libre cuando se le atribuye tal especie. San Siivestre asiste a un renacer de la Iglesia, demasiado frágil todavía en lo que a efectos civiles se refiere, y, por otra parte, Constantino sigue siendo el hombre de carácter fogoso, con muchos matices paganos, que a veces le llevan hasta el crimen. La persecución no se habia superado del todo, ya que hasta el 324, con la muerte de Licinio, aún se sigue martirizando en el Oriente y aún en las tierras de Constantino brotan de vez en cuando gritos de rebeldía pagana.

Por otra parte, la solución de aquellos primeros conflictos politico-religiosos de las primeras herejías dependía casi siempre del emperador, pues solían convertirse en verdaderas luchas intestinas, con gran peligro para la tranquilidad del Imperio. No es extraño, por tanto, que San Silvestre, aun consciente de su autoridad, tuviera que ceder muchas veces para no convertir en desfavorables unas posiciones que eran en gran manera ventajosas para la Iglesia. En eso precisamente estuvo su santidad: en saber sufrir los excesos del despotismo por bien de la comunidad, pasando muchas veces al segundo lugar, aunque en lo que tocaba a su ministerio siempre se mantuviera decisivo.

Ni las actas ni la leyenda nos dicen más de su vida. Pero bastante dice ya aquella floración de vida cristiana en que empieza a vivir Roma; el culto divino, que se engrandece con las basílicas; la nueva disciplina eclesiástica y el ejemplo de aquel varón venerable, que iba señalando a todos el nuevo sendero que se abria.

San Silvestre muere el 31 de diciembre del año 337. Fue sepultado en el cementerio de Priscila, en la vía Salaria, en una basílica donde estaba enterrado el papa San Marcelo, y que desde entonces se llamó de San Silvestre. Por el año 1890 se creyó identificar sus ruinas en el transcurso de unas excavaciones, y por fin lo logra en 1907 el arqueólogo Marucchi. Reconstruida una iglesia sobre los primitivos cimientos, fue inaugurada el 31 de diciembre del mismo año, reinando en la Iglesia el santo Pio X.

La Iglesia, por su parte, le ha venerado ya desde antiguo, incluyendo su nombre, juntamente con el de San Gregorio Magno, en la letania de los Santos, y desde tiempos de San Pío V se ha venido celebrando su fiesta con rito doble aun dentro de la octava de Navidad.

Francisco Martín Hernández

Fuente: Artículo en mercaba.org

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Otros recursos en la red

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Recursos audiovisuales

San Silvestre, poema de Rubén Darío

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Lectura espiritual sobre San Silvestre I

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San Silvestre I, papa, por Encarni Llamas en DiócesisTV

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Visita virtual al Templo Expiatorio de la Sagrada Familia

Visita virtual al Templo Expiatorio de la Sagrada Familia

El Templo Expiatorio de la Sagrada Familia es una iglesia monumental iniciada el 19 de marzo de 1882 a partir del proyecto del arquitecto diocesano Francisco de Paula del Villar (1828-1901). A finales de 1883, se encargó a Gaudí la continuación de las obras, labor que no abandonó hasta su muerte, en 1926. A partir de entonces, varios arquitectos han continuado la obra siguiendo la idea original de Gaudí.

El edificio está situado en el centro de Barcelona, y con los años se ha convertido en uno de los signos de identidad más universales de la ciudad y del país. Anualmente es visitado por millones de personas, y también son muchas las que estudian su contenido arquitectónico y religioso.

El templo siempre ha sido expiatorio; es decir, desde sus inicios, hace ahora más de 131 años, se construye a partir de donativos. En este sentido, el propio Gaudí dijo: «El Templo Expiatorio de la Sagrada Familia lo hace el pueblo y se refleja en él. Es una obra que está en las manos de Dios y en la voluntad del pueblo.»La construcción continúa y se podría terminar durante el primer tercio del siglo XXI.

Si quieres realizar una visita virtual, pincha en este enlace.

Los Santos Inocentes, con recursos audiovisuales

Los Santos Inocentes, con recursos audiovisuales

Recordemos aquel trozo de pequeña historia política: ante el reyezuelo Herodes aparecieron un día tres sabios, preguntándole, incautos como buenos sabios, dónde estaba el rey que acababa de nacer. Herodes, disimulando el terror para utilizarles a ellos mismos como manera de cortar el peligro, convocó doctores que le dijesen dónde anunciaban las profecías el nacimiento del futuro rey redentor—»liberador», diríamos modernamente—, y se dispuso a luchar con los presagios y con los profetas. Aquellos sabios, sin infundir sospechas por su misma buena fe, le servirían para descubrir el escondrijo del niño. Pero—ya lo recordáis—los sabios, avisados en sueños, volvieron por otros caminos hacia su patria. Y Herodes contó los días, nervioso, irritado consigo mismo por su estupidez. Al fin se decidió a explorar, y se convenció de la decepción: se habían ido. Su remedio fue frío, feroz, burocrático, con estilo del siglo xx: calculó los tiempos, la tardanza del viaje de los Magos, la ida a Belén. Ia espera; añadió un «margen de seguridad», redondeó; salían dos años.

Entonces decretó: que murieran todos los niños de esa comarca nacidos en los últimos dos años. Fue como una leva militar, dos «reemplazos» de niños para morir, arrancados a sus madres; algunos ya andando, diciendo sus primeras palabras balbucidas: otros muertos sobre los pechos maternos. Que dentro de unos años se notara un extraño fenómeno —un vacio de edad entre los mozos, menos brazos para la siega, una escasez de novios para las muchachas—, esto era un detalle administrativo sin importancia. Lo que importaba era durar en el mando, no ser depuesto del trono. Todavia, tiempo después, algún espia herodiano recorreria la región sonsacando, preguntando por los niños, preguntando si alguien confiaba en un futuro rey, si tal vez, ahora mismo… Pero habia un vacio tranquilizador. El baño de sangre parecía haber borrado el peligro.

Esos son los Santos Inocentes, los mártires sin culpa. Pero—nos dice nuestro instinto respondón—también sin mérito. Tendemos a pensar que la bienaventuranza es sólo el pago debido a trabajos y sufrimientos conscientes y voluntarios, y que el niño pequeño todavía no es quién para la gloria. «Angelitos al cielo», decimos como fórmula hueca de consuelo, pero nos resistimos a pensar que allí sean, no cabecitas tontas con alas, no juegos inconscientes, sino personas enteras, que acaso gozarán de Dios mejor que muchos sabios y muchos grandes hombres. Pero ¿es que cuenta tanto la diferencia del crecer, si no es a los tristes efectos de ser más responsables de nuestras maldades? «El que no se haga semejante a uno de estos pequeñuelos no entrará en el reino de los cielos.» ¿Acaso hemos ido mucho más allá del niño en comprender a Dios, en saber por qué hacemos lo que hacemos en la vida? A veces es al contrario; hemos enredado, con nuestro orgullo de creer que sabemos explicarlo todo, la clara simplicidad del mundo que teníamos al llegar, donde todo era tan natural y tan enterizo, risa y miedo, cariño y horror, y el sentir que dependemos de algo, al fondo de la vida, nunca bien visible.

El niño tiene también su manera de gloria. San Pablo dice que hay diferencias entre la gloria de las almas como entre la luz de las estrellas: y acaso podemos entender que no sólo es que haya más o menos luz, sino que la luz es diversa, pura y quieta en alguna estrella pequeña: parpadeante y de colores en alguna estrella grande y agitada. El niño todavía está hecho, sin más, para la gloria, sin tener que curarse del arrastre vivido para brillar en luz: su gloria no tendrá ciertas profundidades—ciertos «gozos accidentales», diría la teología—del alma que llega de un largo viaje dolorido, pero será también gloria total, «de mayor». El niño crecerá para Dios en su madurez eterna. Y es que nuestros «méritos»—esa palabra que deberia hacernos ruborizar cada vez que la usamos—valen porque sirven para que Cristo nos dé los suyos. Como los jornaleros del Evangelio, acaso nos irrita pensar que lo que se nos dará tras de tanto peligro y esfuerzo, ya lo tienen unos niñitos que ni siquiera pudieron ser tentados y que apenas tuvieron tiempo de ser buenos y malos. Otra vez Cristo responde «Y a ti qué te importa? ¿No es acaso un enorme regalo el que os hago a todos, en cuanto no os negáis a ello? ¿Por qué no iban a tener los pequeños esa suerte? ¿Creéis que vais a tocar a menos? Tal vez os molesta ya la compañía de los niños en la tierra, porque os señala la vaciedad de lo que creéis vuestros «méritos» de mayores, y porque os desconciertan con sus grandes preguntas, que vosotros empequeñecéis y contestáis con una bobada superficial. Y os desazona pensar que la gloria no es simplemente un asunto de los de «personas mayores», como vuestros oficios, vuestras visitas y vuestras costumbres; que es algo tan arrollador y abierto que seguramente los niños, como en el campo, pueden estar más a gusto allí que vosotros, Pero así hay que hacerse todos: puros e infatigables, como niños jugando, para disfrutar del gran recreo definitivo.

Pero el niño—lo sabemos—, si no se le aplica la redención de Cristo, queda al margen, sin pena ni gloria; no hereda la condena adánica, pero tampoco se puede agarrar a la mano que abre la gloria. Es el caso del niño sin bautizar. Pero, así como hay un «bautismo de sangre», aun sin agua sacramental, para los hombres que reciban la muerte por amor de Dios, también lo puede haber para los niños. Ya sabemos que no hace falta que el niño crezca y diga su voluntad para ser llevado a la pila por el bautismo y entrar en la Iglesia de Cristo; así, tampoco hizo falta que crecieran para que el bautismo de muerte, recibido en ignorancia, les hiciera cristianos en el último momento. Asi entraron en tropel a la gloria para jugar, atónitos, con Dios.

Desde ellos, casi continuamente, de vez en cuando, la historia ha dado «inocentes al cielo». Cada vez que en el mundo hay una guerra o una matanza por las cosas de Dios, hay mártires inconscientes, involuntarios, que mueren revestidos, sin saberlo, de la sangre de Cristo. Basta que no estén enemistados con Dios: un bombardeo, un fusilamiento en masa, convierte en héroes de gloria incluso a quienes, preguntados uno por uno, tal vez se hubiesen acobardado. Tienen derecho al titulo de compañeros de Cristo en su martirio, a través de los siglos, y no se les negará sólo porque ellos no lo hayan pedido. Ocurre lo mismo con la patria: tan héroe es el que dió su sangre acudiendo a alistarse voluntario como el que fue quizá de mala gana, porque tocaba su turnno. Sus nombres no se distinguen en las listas y las lápidas.

Hay aquí un profundo y olvidado consuelo. La historia camina sobre mieses de cadáveres que nos parecerían muertos en vano, a ciegas, como animales en cataclismo; pero de entre tanta carnicería a veces se elevan ejércitos enteros de almas santas, transfiguradas súbitamente de su mediocridad y de su olvido por el sagrado azar de que les tocó caer por causa de Cristo, como una de las infinitas pavesas que brotan del largo incendio traído por la palabra de Dios.

«De la boca de los que no saben hablar sacaste tu alabanza», dice el profeta Jeremías anunciando la gloria evangélica de los niños. Y nosotros hemos de inclinarnos sobre la matanza de los Santos Inocentes para meditar cómo ahí está la mejor gloria que el hombre da a Dios muriendo: todos sus trabajos, todas sus reflexiones y sus convicciones quedan como diminuto añadido al lado de la gran entrega de la vida, ni siquiera pensada, simplemente porque se estaba en las manos de Dios y al morir se ha caído en ese gran abismo de luz que todo lo transfigura. No es preciso que nos alcance la muerte violenta por la causa divina para morir por Dios, para que nuestra muerte se una a la de Cristo, elevándonos de la miseria en que pasamos los días: nos basta ser obscuros siervos, preparados y fieles, y que nuestra vida esté echada siempre ante Él, para que nuestra muerte, por plácida que sea, ocurra «en acto de servicio» y transfigure nuestro pasado vivir como en renovado bautismo sangriento.

José María Valverde (mercaba.org)

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Otras fuentes en la red

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Recursos audiovisuales

Los Santos Inocentes, reflexión del evangelio del día por el Hno. Marcelo Caballero

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El martirio de los Santos Inocentes, fragmento de la película Jesús de Nazareth

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Los Santos Inocentes, por Encarni Llamas en DiócesisTV

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Conoce al Papa Francisco en cuatro minutos

Conoce al Papa Francisco en cuatro minutos

Con el fin de ayudar a los católicos de todo el mundo a conocer más y mejor al Papa Francisco, (antes, cardenal Jorge Mario Bergoglio), el equipo de Catholic Link ha realizado esta producción audiovisual animada para todos (se puede ver este vídeo en 15 idiomas), sobre todo para los niños.

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Conoce al Papa Francisco en cuatro minutos


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Fuente original: Catholic Link 

Catholic Link es un portal católico auspiciado por el Movimiento de Vida Cristiana


¿Quién es el Papa Francisco? – Primer documental sobre el Santo Padre

¿Quién es el Papa Francisco? – Primer documental sobre el Santo Padre

Este vídeo de 45 minutos lleva por título ¿Quién es el Papa Francisco? Contiene entrañables imágenes y grabaciones inéditas de la vida del hasta hace poco Cardenal Bergoglio. Sus gestos y anécdotas transmiten el excepcional carisma del papa argentino que está rompiendo todos los esquemas. Además, este DVD ofrece como extra una entrevista suya realizada por el canal internacional EWTN.

El documental recoge opiniones de los provinciales de la Compañía de Jesús en Argentina y España, así como de periodistas y profesores de universidades pontificias. Un obispo español cuenta sus impresiones de los ejercicios espirituales que le predicó el Cardenal Bergoglio.

El video recoge desde las imágenes más impresionantes del cónclave que derrotó todas las quinielas, y los detalles más emotivos de las primeras apariciones del Papa Francisco, salpicados de humor, sencillez y cercanía, hasta la escena de Angela Merkel y otros gobernantes haciendo cola para felicitarle.

Después del éxito del documental «El Cónclave: cómo se elige un papa», realizado por Goya Producciones y emitido por numerosas televisiones nacionales y extranjeras, la productora nos ofrece un trabajo de alta calidad técnica, con un guión y una realización que mantienen la atención en todo momento.

Para obtener el video directamente desde internet

Para solicitar más información pueden escribir a goya@goyaproducciones.es

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DVD ¿Quién es el Papa Francisco?

Trailer


Sinopsis

Nadie le conocía hasta el 13 de marzo. ¿Quién es este Papa inesperado que ha sorprendido al mundo? ¿Cómo ha sido su vida? ¿Qué piensa? ¿Cómo actúa? ¿Es combativo? ¿Va a dar un vuelco a la Iglesia?

Todas estas cuestiones y muchas más se responden en el primer gran documental realizado sobre el carismático nuevo Pontífice. Se titula ¿Quién es el Papa Francisco?

Ha sido realizado en un tiempo récord por Goya Produciones, tras un intenso trabajo de investigación, haciendo acopio de imágenes emotivas y sorprendentes desde su niñez hasta su entronización como Papa. Un guión ágil y un montaje brillante mantienen el interés durante los 45 minutos.

El programa muestra al entonces cardenal Bergoglio fustigando a las mafias del trabajo esclavo y la prostitución en Buenos Aires, arengando a los jóvenes, lavando los pies a pobres, circulando en metro y autobús por Buenos Aires, o pagando su hotel después de ser Papa. Estas y otras anécdotas salpicadas de humor transmiten el excepcional carisma del papa argentino que está rompiendo todos los esquemas.

El documental recoge opiniones de los provinciales de la Compañia de Jesús en Argentina y España, así como de periodistas y profesores de universidades pontificias. Un obispo español cuenta cómo quedó marcado por los ejercicios espirituales que le predicó el Cardenal Bergoglio.

El DVD recoge las imágenes más impresionantes del cónclave que derrotó todas las quinielas, y los detalles más entrañables de las primeras apariciones del Papa Francisco hasta la escena de Angela Merkel y otros gobernantes haciendo cola para felicitarle.


Ficha técnica

TITULO: ¿Quién es el Papa Francisco?

GÉNERO: Inspiracional. Documental.

PÚBLICO: Recomendado para todos los públicos

PRODUCTORA: Goya Producciones

DURACIÓN: 45 min. aprox. + 15 min. de entrevista

IDIOMAS: Español

CALIFICACIÓN DE EDADES: Todos los públicos

FORMATO VENTA: DVD

VENTA DVD: a partir del 3 de abril de 2013.

DISTRIBUIDORA: Goya Producciones.

DISPONIBILIDAD: a partir del 2 de abril.

CÓDIGO EAN: 8426262606163

PVP: 9,95 €

PRECIO SIN IVA: 8,223 €


Equipo técnico

DIRECCIÓN Y PRODUCCIÓN: Andrés Garrigó.

GUIÓN: Andrés Garrigó y Josemaría Muñoz.

REALIZACIÓN: Josemaría Muñoz.

FOTOGRAFÍA Y POSPRODUCCIÓN: Daniel Fernández Vidou.

GRABACIONES: Chechu García, Josemaría Muñoz.

EDICIÓN: Chechu García y José Luis Martínez Castilla.

LOCUCIÓN: Nacho Aramburu.

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