Catequesis familiar: San Hermenegildo, rey y mártir

Catequesis familiar: San Hermenegildo, rey y mártir

La fe que no se vende, la verdad que no se abandona y la victoria que nace del martirio


1. Objetivo

Ayudar a las familias y a los adolescentes a descubrir, a través de la vida y martirio de san Hermenegildo, que la fe católica no es una costumbre heredada ni una opinión adaptable según la conveniencia, sino una verdad por la que vale la pena perder privilegios, seguridades e incluso la propia vida. Esta catequesis quiere mostrar que la santidad no consiste solo en tener sentimientos religiosos, sino en permanecer fiel a Cristo cuando la fidelidad cuesta de verdad, cuando se vuelve incómoda y cuando el precio puede ser muy alto.

El objetivo inmediato es que los participantes comprendan que san Hermenegildo no fue mártir por rebeldía política ni por orgullo personal, sino por una cuestión de conciencia y de fidelidad doctrinal. Su testimonio enseña que la verdad sobre Cristo y sobre la Iglesia no se negocia. El objetivo más profundo es mover a cada familia a preguntarse hasta qué punto su fe permanece firme cuando el entorno, las presiones afectivas o la comodidad empujan en dirección contraria. De este modo, la sesión no se queda en admirar a un príncipe del pasado, sino que se convierte en examen y llamada para el presente.


2. Introducción

Una de las tentaciones más frecuentes en la vida cristiana es creer que la fe puede mantenerse intacta aunque, en la práctica, uno la acomode continuamente a lo que le conviene. Se piensa que creer basta, aunque luego se ceda en lo esencial para evitar conflictos. Se imagina que la fidelidad a Cristo puede convivir pacíficamente con la cobardía moral, con la confusión doctrinal o con el deseo constante de no desagradar a nadie. Sin embargo, la historia de los santos desmiente esa ilusión. La fe verdadera no se limita a existir dentro del corazón; pide ser vivida con coherencia cuando llega la hora de la prueba.

San Hermenegildo es particularmente importante porque su combate no surgió en un ámbito lejano o marginal, sino en el centro mismo del poder, de la familia y de la vida pública. Era príncipe, hijo de rey, heredero, hombre destinado a gobernar. No parecía una figura llamada al martirio, y precisamente por eso su testimonio es tan fuerte. No murió retirado del mundo, sino dentro de un conflicto donde estaba en juego la confesión íntegra de la fe. Su historia enseña que la verdad de Cristo puede exigir una ruptura interior muy costosa y que la fidelidad no se demuestra cuando todo favorece, sino cuando la obediencia a Dios obliga a elegir.

La pregunta que atraviesa toda esta sesión es directa y muy seria: ¿qué no estoy dispuesto a perder por Cristo? Esta pregunta vale para los padres, para los hijos, para los catequistas y de un modo muy especial para los adolescentes, porque en la juventud comienza a definirse si la fe será una convicción real o una simple herencia sociológica.


3. Hagiografía

San Hermenegildo vivió en el siglo VI, en el contexto del reino visigodo, cuando la vida política y la vida religiosa estaban estrechamente unidas y cuando la unidad doctrinal no era un asunto secundario, sino una cuestión que afectaba profundamente a la vida de los pueblos. Era hijo del rey Leovigildo y, por tanto, miembro de la más alta dignidad del reino. Su condición de príncipe hace aún más significativa su historia, porque muestra que la gracia de Dios no actúa solo en los humildes escondidos o en los monjes retirados, sino también en quienes están situados en lugares de responsabilidad, de poder y de conflicto.

El gran drama espiritual de san Hermenegildo se sitúa en el contexto de la tensión entre el arrianismo, profesado por buena parte de la élite visigoda, y la fe católica. La cuestión no era una diferencia menor o una simple sensibilidad religiosa. Estaba en juego la confesión verdadera sobre Jesucristo. El arrianismo desfiguraba la fe en la divinidad del Hijo, y por tanto afectaba al centro mismo del misterio cristiano. Convertirse a la fe católica no era entonces un simple cambio de ambiente espiritual, sino una decisión de enorme alcance doctrinal, eclesial y político.

La tradición cristiana presenta a Hermenegildo como un príncipe que, tocado por la gracia y ayudado por el influjo católico que lo rodeó, especialmente a través del testimonio de personas cercanas y de la acción pastoral de san Leandro, fue comprendiendo la verdad de la fe católica y abrazándola con sinceridad. Esta conversión no puede leerse como un episodio superficial ni como una estrategia política. Fue una adhesión de conciencia. Y precisamente ahí empezó su cruz. Cuando la fe se vuelve real, deja de ser un adorno y comienza a exigir.

Su conflicto con el entorno, y en particular con su propio padre, no se explica bien si se reduce a una simple lucha por el poder. En el fondo, lo que estaba en juego era si podía mantenerse la fidelidad a Cristo sin someterla a las exigencias del reino, del linaje y de la obediencia humana mal entendida. Hermenegildo tuvo que elegir entre la seguridad, la sucesión, la paz aparente y la verdad. Esa elección fue decisiva. Y lo fue de un modo especialmente dramático porque tocó la relación entre padre e hijo, entre autoridad y conciencia, entre vínculo familiar y obediencia a Dios.

La tradición del martirio de san Hermenegildo se concentra de modo especial en el momento en que rechaza recibir la comunión de manos arrianas. Este detalle es de una densidad teológica inmensa. No se trata de un gesto de terquedad, sino de un acto supremo de confesión doctrinal. Hermenegildo comprendió que no podía aceptar una falsa comunión, porque la comunión sacramental expresa la verdad de la fe y de la Iglesia. Prefirió la muerte antes que participar en una mentira religiosa. En ese punto se ve la pureza de su conciencia cristiana y la profundidad de su conversión.

El martirio de san Hermenegildo aparece así como la culminación de una fidelidad doctrinal, eclesial y personal. No murió por una emoción religiosa, sino por la verdad de Cristo. No murió por orgullo humano, sino por obedecer a Dios antes que a los hombres. No murió separado de la Iglesia, sino justamente por permanecer unido a ella en la integridad de la fe. Por eso su testimonio fue recibido con gran veneración por la tradición católica, especialmente en España, como el de un rey mártir cuya corona verdadera no fue la del poder terreno, sino la del testimonio.

La Iglesia ha contemplado siempre su vida no como una derrota política, sino como una victoria espiritual. Ahí está una de las grandes enseñanzas catequéticas del santo. Desde una mirada puramente mundana, Hermenegildo perdió casi todo: posición, seguridad, libertad y vida. Pero desde la fe ganó lo esencial: permaneció en Cristo, no traicionó la verdad y recibió la palma del martirio. Esa lógica evangélica, que tanto cuesta aceptar, es la que hace de su historia una verdadera escuela de vida cristiana.


4. Carismas, virtudes y misión

San Hermenegildo no fue pastor ni monje, sino laico, príncipe y hombre de gobierno. Y precisamente por eso su santidad ilumina con fuerza la vocación de los cristianos que deben vivir su fe en medio del mundo, con responsabilidades, afectos, deberes civiles y decisiones complejas. Su principal rasgo espiritual es la rectitud de conciencia. No se dejó arrastrar por la conveniencia, por la presión del ambiente ni por el temor a la ruptura. Supo reconocer la verdad y supo permanecer en ella.

Otra virtud central en él es la fortaleza. No una fortaleza agresiva, sino una fortaleza interior, nacida de la convicción. La firmeza cristiana no consiste en ser duro ni en imponer la propia voluntad, sino en mantenerse unido a Dios cuando apartarse de Él resultaría más fácil. Hermenegildo muestra que la verdadera fortaleza está íntimamente unida a la humildad, porque solo quien reconoce que debe obedecer a una verdad superior puede resistir con paz ante la presión humana.

También brilla en él la pureza doctrinal. Hoy este punto necesita explicarse bien. No se trata de fanatismo ni de obsesión por discusiones religiosas, sino de la conciencia de que Cristo no puede ser deformado sin dañar al mismo tiempo la vida cristiana entera. Cuando la verdad sobre el Señor se oscurece, se oscurece también el camino de la salvación. San Hermenegildo entendió que no toda apariencia de religión es verdadera, y que la unidad auténtica no puede construirse sacrificando la verdad revelada.

Su misión, contemplada desde la Iglesia, es la de un testigo que enseña que la santidad puede exigir ruptura, pérdida y combate. Pero no un combate político o mundano, sino el combate de la fe, de la fidelidad y de la conciencia. Para las familias cristianas, su testimonio recuerda que amar a los propios hijos no consiste en enseñarles a evitar siempre el conflicto, sino en educarlos para preferir la verdad a la comodidad y la obediencia a Dios a cualquier otra obediencia.


5. Profundización teológica

La historia de san Hermenegildo se deja iluminar con especial claridad por esa palabra de los Hechos de los Apóstoles que resume la ley suprema de la conciencia cristiana: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. Esta frase no autoriza caprichos, rebeldías temperamentales ni subjetivismos religiosos. Expresa, más bien, que la verdad de Dios no puede someterse al poder humano, ni a la presión afectiva, ni al cálculo de conveniencia. Cuando lo que se exige al cristiano contradice la fe recibida, la obediencia a Dios se convierte en el deber primero.

En san Hermenegildo esta obediencia se manifiesta en un ámbito especialmente doloroso: la relación entre familia, autoridad y fe. Esa dimensión hace su testimonio aún más actual. Muchas veces el combate cristiano no se libra solo frente a enemigos externos, sino dentro de los vínculos más cercanos, cuando la fidelidad a Cristo parece amenazar la paz familiar, la aceptación del grupo o la estabilidad de una situación. El santo enseña que la caridad familiar es real, pero no absoluta; no puede colocarse por encima de Dios.

Su rechazo de la comunión arriana posee una importancia teológica enorme, porque la Eucaristía no es un símbolo intercambiable ni una mera señal de acuerdo externo. La comunión sacramental expresa la verdad de la Iglesia y de la fe. Aceptar una comunión falsa habría significado aceptar una unidad que no era verdadera y participar en una deformación del misterio de Cristo. Hermenegildo comprendió que el amor a la paz no puede llevar a una paz basada en la mentira religiosa. Esta es una lección de gran valor para nuestro tiempo, en el que a menudo se exalta una falsa tolerancia que termina vaciando el contenido de la fe.

La tradición de la Iglesia ve en los mártires una manifestación eminente de la soberanía de la verdad divina sobre todas las seguridades humanas. El mártir no busca la muerte, pero la acepta antes que renegar de Cristo. En este sentido, san Hermenegildo enseña que la corona verdadera no es la del poder ni la del éxito histórico, sino la de la fidelidad. Su triunfo no consiste en haber vencido en el plano político, sino en no haberse dejado arrancar del Señor.

Para la catequesis familiar y de confirmación, esta teología debe traducirse a una verdad muy concreta: no todo vale para evitar problemas, no toda paz es verdadera, no toda unidad es santa. A veces la fidelidad exige aceptar una pérdida. Y, sin embargo, esa pérdida aparente puede ser el camino de la verdadera victoria. Los jóvenes necesitan oír esto con claridad, porque viven en una cultura que absolutiza la aceptación social y que considera intolerable cualquier forma de exclusión o conflicto. San Hermenegildo enseña lo contrario: quien se mantiene en la verdad puede perder mucho, pero no pierde lo esencial.


6. Lectura catequética de la primera imagen

La primera imagen, centrada en el martirio de san Hermenegildo, presenta de modo muy elocuente el momento en que la fidelidad se vuelve definitiva. El santo aparece en el interior de una prisión, en época visigoda, en actitud de oración y firmeza, no de desesperación. No domina la escena el verdugo, aunque esté presente. Domina la paz del mártir. Esta inversión visual es catequéticamente muy valiosa, porque enseña que el poder de la violencia no es el centro de la historia; el centro está en quien permanece unido a Dios.

La cruz sostenida por el santo, la luz que cae sobre él y la ambientación sobria de la prisión muestran que el martirio no es un accidente absurdo, sino un momento de confesión. El cristiano que contempla esta imagen debe entender que la fe verdadera se prueba en el silencio, en la oscuridad y en la hora de la decisión. La cadena no expresa derrota, sino el límite de la libertad humana; la mirada elevada del santo expresa, en cambio, la libertad interior que ninguna cárcel puede destruir.

Clave catequética: el mártir puede ser despojado de poder, de honra y de libertad, pero no de la verdad a la que se ha unido.


7. Lectura catequética de la segunda imagen

La segunda imagen representa el triunfo de san Hermenegildo. Aquí ya no aparece el conflicto visible del martirio, sino su significado último. La palma y la cruz indican que la victoria no ha venido del poder mundano, sino de la perseverancia. La imagen debe leerse con una clave profundamente pascual: lo que parecía derrota ha sido elevado a gloria. El santo ya no aparece bajo la mirada de sus enemigos, sino bajo la luz de Dios.

Esta imagen es especialmente importante para no dejar la catequesis encerrada en el dolor. El martirio cristiano nunca se comprende bien si no se une a la resurrección y a la recompensa eterna. El joven y la familia deben aprender que la fidelidad no es puro sufrimiento, sino camino de gloria. La corona verdaderamente decisiva no es la visigoda, sino la que Dios concede al que persevera.

Clave catequética: el cristiano no lucha solo para resistir; lucha para alcanzar la comunión eterna con Dios.


8. Lectura catequética de la tercera imagen

La tercera imagen presenta a san Hermenegildo en pose magisterial, con la catedral al fondo y un bodegón simbólico a sus pies. Aquí no se acentúa tanto el momento histórico del martirio como su valor permanente como maestro de conciencia. La catedral recuerda la dimensión eclesial de su testimonio. El libro, la palma, la espada y el resto de los elementos simbólicos condensan las virtudes que marcaron su vida: verdad, martirio, combate espiritual y seriedad ante el juicio de Dios.

Esta imagen puede ayudar a las familias a pasar de la admiración histórica a la recepción espiritual. Hermenegildo no es solo un príncipe del pasado, sino un santo que hoy sigue enseñando. Su gesto, su porte y los símbolos a sus pies convierten la escena en una especie de catequesis visual sobre la rectitud de conciencia y la fidelidad.

Clave catequética: los santos no solo hicieron cosas heroicas; siguen enseñando a la Iglesia cómo vivir.


9. Textos bíblicos completos

Hechos 5,29 (CEE)
«Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres».

Mateo 10,32-33 (CEE)
«A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos».

Apocalipsis 2,10 (CEE)
«Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida».


10. Actividades catequéticas

Actividad 1: ¿Qué estoy dispuesto a perder?

Tiempo: 20 minutos.
Materiales: papel, bolígrafo y un clima de silencio real.
Objetivo: confrontar a cada participante con la seriedad de la fidelidad cristiana, ayudándole a reconocer qué seguridades, aceptaciones o comodidades dominan todavía su corazón.

Desarrollo: El catequista introduce con una idea clara: “San Hermenegildo perdió casi todo, pero no quiso perder a Cristo. Vamos a preguntarnos qué no estamos dispuestos a perder nosotros”. Se guarda un minuto de silencio real. Después, cada participante escribe privadamente sus respuestas a estas preguntas: ¿qué me dolería más perder por seguir a Cristo de verdad?, ¿qué me hace ceder con más facilidad: el miedo al rechazo, el deseo de quedar bien, la comodidad, la presión familiar o social?, ¿en qué punto de mi vida intento conciliar a Cristo con algo que sé que no es fiel?

Una vez escrito, se proclama Apocalipsis 2,10. Se deja otro breve silencio para releer lo que cada uno ha escrito bajo la luz de esa palabra. Si el grupo está maduro, puede haber una puesta en común moderada, pero sin forzar intimidades. El catequista debe ayudar a concretar y a evitar respuestas vagas. La fuerza de la actividad está en pasar de una admiración externa del mártir a un examen verdadero del corazón.

Orientación para el catequista: no presentar la fidelidad como un heroísmo lejano, sino como algo que empieza en renuncias reales y concretas. Conviene señalar que el problema no es tener miedo, sino dejar que el miedo decida por nosotros.

Fruto esperado: que los participantes identifiquen su punto débil principal frente a la fidelidad.


Actividad 2: La fe dentro de la familia y de los afectos

Tiempo: 20 minutos.
Materiales: ninguno.
Objetivo: ayudar a las familias a descubrir que la fe se pone a prueba también dentro de los vínculos más cercanos y que la caridad verdadera no puede construirse contra Dios.

Desarrollo: El catequista explica que el caso de san Hermenegildo es especialmente fuerte porque su lucha no fue solo exterior, sino también familiar. A partir de ahí, cada familia dialoga con serenidad sobre estas cuestiones: ¿hay cosas que evitamos decir o hacer por miedo a romper una falsa paz?; ¿en casa ayudamos a crecer en la fe o más bien la debilitamos con relativismo, cansancio o tibieza?; ¿qué pasa cuando un hijo, un padre o un hermano quiere ser más fiel a Cristo?; ¿se le apoya o se le frena porque “no exagere”?

El catequista debe hacer ver que el amor familiar, cuando es auténtico, ayuda a obedecer a Dios y no a apartarse de Él. Conviene insistir en que la presión afectiva puede ser muy fuerte y muy sutil. A veces no se trata de prohibiciones abiertas, sino de bromas, frenos, silencios o actitudes que desaniman a vivir la fe con decisión. Esta actividad puede ser muy fecunda si se lleva con profundidad y sin sentimentalismos.

Orientación para el catequista: evitar tanto el dramatismo innecesario como la superficialidad. No se trata de sembrar sospechas en la familia, sino de ayudar a purificar los vínculos para que conduzcan más claramente a Dios.

Fruto esperado: que la familia perciba si su ambiente favorece o dificulta una fidelidad cristiana verdadera.


Actividad 3: Un compromiso de conciencia recta

Tiempo: 15 minutos.
Materiales: un papel pequeño para escribir un compromiso.
Objetivo: traducir la catequesis en un acto concreto de fidelidad, evitando que todo quede en admiración o emoción pasajera.

Desarrollo: El catequista explica que la conciencia cristiana se fortalece cuando uno actúa con verdad en cosas concretas. Después invita a cada participante, o a cada familia, a escribir un compromiso sencillo, pero real y verificable. Debe ser un acto que exprese fidelidad a Cristo en un punto concreto. Puede consistir en prepararse seriamente para una buena confesión, dejar de ocultar la fe por vergüenza, cortar una incoherencia moral, sostener una práctica cristiana abandonada, o defender la verdad con caridad en un contexto donde se suele callar.

Después, quien lo desee puede compartirlo. El catequista debe ayudar a evitar formulaciones imprecisas como “voy a ser mejor” o “voy a rezar más”. Es mejor algo pequeño y real: “voy a dejar de justificar esta incoherencia”, “voy a recuperar la oración diaria”, “voy a dejar de callar cuando se ofende la fe”, “voy a prepararme para recibir bien los sacramentos”.

Orientación para el catequista: recordar que la fidelidad no crece por entusiasmo, sino por hábitos de verdad y decisiones reales.

Fruto esperado: que la sesión desemboque en un paso concreto de crecimiento.


Actividad 4: Lectio divina sobre la fidelidad hasta la muerte

Tiempo: 20 minutos.
Texto: Apocalipsis 2,10 y Mateo 10,32-33.
Objetivo: favorecer un encuentro orante con el Señor para comprender que la fidelidad cristiana no se sostiene con fuerza humana, sino con gracia recibida en la escucha y en la perseverancia.

Desarrollo: Puede colocarse visible la imagen del triunfo de san Hermenegildo o la del martirio. El catequista prepara el clima con sobriedad. Se proclama primero Apocalipsis 2,10, lentamente, y después Mateo 10,32-33. Se guarda un silencio real de varios minutos. Después se propone a los participantes que mediten estas preguntas: ¿qué fidelidad me está pidiendo Cristo hoy?, ¿en qué punto tengo más miedo de declararme suyo?, ¿qué significaría para mí recibir de Él la verdadera corona?

Tras otro breve tiempo de oración silenciosa, cada participante puede escribir una frase dirigida al Señor o repetir interiormente una invocación sencilla, como por ejemplo: “Señor, dame una fe fiel” o “Hazme tuyo de verdad”. La lectio concluye con una oración común.

Orientación para el catequista: no ahogar este momento con demasiadas explicaciones. La lectio debe permitir que la Palabra y las imágenes trabajen juntas en el corazón.

Fruto esperado: que la verdad del martirio deje de parecer lejana y se convierta en una llamada espiritual personal.


11. Oraciones finales

Oración personal


Señor Jesucristo, Rey verdadero y Señor de mi vida, Tú conoces mis miedos, mis vacilaciones y mis apegos. Sabes cuántas veces quiero seguirte sin perder nada, amarte sin renunciar a nada y confesarte sin que me cueste. Arranca de mí esa falsedad. Dame una fe limpia, fuerte y obediente. Por intercesión de san Hermenegildo, enséñame a preferirte a Ti por encima del poder, del miedo, de la aceptación y de cualquier falsa paz. Que nunca acepte una mentira religiosa por comodidad ni abandone tu verdad por temor. Hazme fiel hasta el final. Amén.

Oración familiar


Señor, mira nuestra familia y purifica nuestros afectos. No permitas que nos queramos de una manera que nos aparte de Ti. Haz que en nuestra casa la fe sea más fuerte que el respeto humano, que la verdad sea más valiosa que la comodidad y que el amor nos ayude a obedecerte mejor. Danos valentía para sostenernos mutuamente en el bien, humildad para corregirnos con caridad y fortaleza para no ceder cuando seguirte nos cueste. Por intercesión de san Hermenegildo, haz de nuestro hogar una pequeña iglesia doméstica donde tu verdad sea amada y vivida. Amén.

Oración a san Hermenegildo


San Hermenegildo, rey y mártir, tú que preferiste perderlo todo antes que traicionar la fe verdadera, ruega por nosotros. Enséñanos a obedecer a Dios antes que a los hombres, a amar la Iglesia con pureza de corazón y a no buscar una paz falsa basada en la mentira. Ayuda a nuestros jóvenes a ser fuertes en la verdad; ayuda a nuestros padres a educar en una fe seria; ayuda a nuestros catequistas a enseñar sin rebajar el Evangelio. Alcánzanos la gracia de una conciencia recta y de una fidelidad perseverante. Amén.


12. Conclusión

San Hermenegildo enseña que la fe verdadera no se acomoda indefinidamente a la conveniencia. Llega un momento en que hay que elegir, y esa elección revela si Cristo es realmente el Señor. Su vida muestra que la fidelidad puede costar la paz aparente, la aprobación del entorno, los privilegios y hasta la vida, pero también muestra que ninguna pérdida sufrida por amor a la verdad queda sin respuesta en Dios.

La gran lección catequética del santo es que la victoria cristiana no consiste en conservar el poder, sino en conservar la fe. Quien permanece en Cristo, aunque parezca derrotado, ya ha vencido. Esta verdad debe quedar muy grabada en el corazón de las familias y de los jóvenes, porque solo así podrá crecer una vida cristiana sólida, libre de tibieza y verdaderamente orientada hacia Dios.


13. Consejos para catequistas y familias

Para los catequistas: presentad a san Hermenegildo no como una figura meramente histórica, sino como un testigo de la conciencia cristiana, de la pureza doctrinal y de la fidelidad en medio de presiones afectivas y sociales. No suavicéis el conflicto interior de su vida, porque ahí está precisamente su fuerza catequética.

Para los padres: enseñad a vuestros hijos que la fe no puede depender del ambiente ni del respeto humano. Ayudadles a amar la verdad y a no negociar lo esencial por quedar bien o por vivir más cómodamente.

Para los jóvenes: no esperéis a grandes persecuciones para ser fieles. La fidelidad empieza hoy, cuando dejáis de justificar lo que sabéis que os aparta de Cristo y cuando aprendéis a permanecer en la verdad aunque eso os haga perder algo.

 

San Alejandro, el gran defensor de la Divinidad de Cristo

San Alejandro, el gran defensor de la Divinidad de Cristo

San Alejandro, patriarca de Alejandría, tiene una especial significación en la historia de la Iglesia a principios del siglo IV, por haber sido el primero en descubrir y condenar la herejía de Arrio y haber iniciado la campaña contra esta herejía, que tanto preocupó a la Iglesia durante aquel siglo. A él cabe también la gloria de haber formado y asociado en el gobierno de la Iglesia alejandrina a San Atanasio, preparándose de este modo un digno sucesor, que debía ser el portavoz de la ortodoxia católica en las luchas contra el arrianismo.

Nacido Alejandro hacia el año 250, ya durante el gobierno de Pedro de Alejandría se distinguió de un modo especial en aquella Iglesia. Los pocos datos que poseemos sobre sus primeras actividades nos han sido transmitidos por los historiadores Sócrates, Sozomeno y Teodoreto de Ciro, a los que debemos añadir la interesante información de San Atanasio. Así, pues, en general, podemos afirmar que las fuentes son relativamente seguras.

El primer rasgo de su vida, en el que convienen todos los historiadores, nos lo presenta como un hombre de carácter dulce y afable, lleno siempre de un entrañable amor y caridad para con sus hermanos y en particular para con los pobres. Esta caridad, unida con un espíritu de conciliaci6n, tan conforme con los rasgos característicos de la primitiva Iglesia, proyectan una luz muy especial sobre la figura de San Alejandro de Alejandría, que conviene tener muy presente en medio de las persistentes luchas que tuvo que mantener más tarde contra la herejía; pues, viéndolo envuelto en las más duras batallas contra el arrianismo, pudiera creerse que era de carácter belicoso, intransigente y acometedor. En realidad, San Alejandro era, por inclinación natural, todo lo contrario; pero poseía juntamente una profunda estima y un claro conocimiento de la verdadera ortodoxia, unidos con un abrasado celo por la gloria de Dios y la defensa de la Iglesia, lo cual lo obligaba a sobreponerse constantemente a su carácter afable, bondadoso y caritativo, y a emprender las más duras batallas contra la herejía.

De este espíritu de caridad y conciliación, que constituyen la base fundamental de su carácter, dio bien pronto claras pruebas en su primer encuentro con Arrio. Este comenzó a manifestar su espíritu inquieto y rebelde, afiliándose al partido de los melecianos, constituido por los partidarios del obispo Melecio de Lycópolis, que mantenía un verdadero cisma frente al legítimo obispo Pedro de Alejandría. Por este motivo Arrio había sido arrojado por su obispo de la diócesis de Alejandría. Alejandro, pues, se interpuso con todo el peso de su autoridad y prestigio, y obtuvo, no sólo su readmisión en la diócesis, sino su ordenación sacerdotal por Aquillas, sucesor de Pedro en la sede de Alejandría.

Muerto, pues, prematuramente Aquillas el año 313, sucedióle el mismo Alejandro, y por cierto son curiosas algunas circunstancias que sobre esta elección nos transmiten sus biógrafos. Filostorgo asegura que Arrio, al frente entonces de la iglesia de Baucalis, apoyó decididamente esta elección, lo cual se hace muy verosímil si tenemos presente la conducta observada con él por Alejandro. Mas, por otra parte, Teodoreto atestigua que Arrio había presentado su propia candidatura a Alejandría frente a Alejandro, y que, precisamente por haber sido éste preferido, concibió desde entonces contra él una verdadera aversión y una marcada enemistad.

Sea de eso lo que se quiera, Arrio mantuvo durante los primeros años las más cordiales relaciones con su obispo, el nuevo patriarca de Alejandría, San Alejandro. Este desarrolló entre tanto una intensa labor apostólica y caritativa en consonancia con sus inclinaciones naturales y con su carácter afable y bondadoso. Uno de los rasgos que hacen resaltar los historiadores en esta etapa de su vida, es su predilección por los cristianos que se retiraban del mundo y se entregaban al servicio de Dios en la soledad. Precisamente en este tiempo comenzaban a poblarse los desiertos de Egipto de aquellos anacoretas que, siguiendo los ejemplos de San Pablo, primer ermitaño, de San Antonio y otros maestros de la vida solitaria, daban el más sublime ejemplo de la perfecta entrega y consagración a Dios. Estimando, pues, en su justo valor la virtud de algunos entre ellos, púsoles al frente de algunas iglesias, y atestiguan sus biógrafos que fue feliz en la elección de estos prelados.

Por otra parte se refiere que hizo levantar la iglesia dedicada a San Teonás, que fue la más grandiosa de las construidas hasta entonces en Alejandría. Al mismo tiempo consiguió mantener la paz y tranquilidad de las iglesias del Egipto, a pesar de la oposición que ofrecieron algunos en la cuestión sobre el día de la celebración de la Pascua y, sobre todo, de las dificultades promovidas por los melecianos, que persistían en el cisma, negando la obediencia al obispo legítimo. Pero lo más digno de notarse es su intervención en la cuestión ocasionada por Atanasio en sus primeros años. En efecto, niño todavía, había procedido Atanasio a bautizar a algunos de sus camaradas, dando origen a la discusión sobre la validez de este bautismo. San Alejandro resolvió favorablemente la controversia, constituyéndose desde entonces en protector y promoviendo la esmerada formación de aquel niño, que debía ser su sucesor y el paladín de la causa católica.

Pero la verdadera significación de San Alejandro de Alejandría fue su acertada intervención en todo el asunto de Arrio y del arrianismo, y su decidida defensa de la ortodoxia católica. En efecto, ya antes del año 318, comenzó a manifestar Arrio una marcada oposición al patriarca Alejandro de Alejandría. Esta se vio de un modo especial en la doctrina, pues mientras Alejandro insistía claramente en la divinidad del Hijo y su igualdad perfecta con el Padre, Arrio comenzó a esparcir la doctrina de que no existe más que un solo Dios, que es el Padre, eterno, perfectísimo e inmutable, y, por consiguiente, el Hijo o el Verbo no es eterno, sino que tiene principio, ni es de la misma naturaleza del Padre, sino pura criatura. La tendencia general era rebajar la significación del Verbo, al que se concebía como inferior y subordinado al Padre. Es lo que se designaba como subordinacianismo, verdadero racionalismo, que trataba de evitar el misterio de la Trinidad y de la distinción de personas divinas. Mas, por otra parte, como los racionalistas modernos, para evitar el escándalo de los simples fieles, ponderaban las excelencias del Verbo, si bien éstas no lo elevaban más allá del nivel de pura criatura.

En un principio, Atrio esparció estas ideas con la mayor reserva y solamente entre los círculos más íntimos. Mas como encontrara buena acogida en muchos elementos procedentes del paganismo, acostumbrados a la idea del Dios supremo y los dioses subordinados, e incluso en algunos círculos cristianos, a quienes les parecía la mejor manera de impugnar el mayor enemigo de entonces, que era el sabelianismo, procedió ya con menos cuidado y fue conquistando muchos adeptos entre los clérigos y laicos de Alejandría y otras diócesis de Egipto. Bien pronto, pues, se dio cuenta el patriarca Alejandro de la nueva herejía e inmediatamente se hizo cargo de sus gravísimas consecuencias en la doctrina cristiana, pues si se negaba la divinidad del Hijo, se destruía el valor infinito de la Redención. Por esto reconoció inmediatamente como su deber sagrado el parar los pasos a tan destructora doctrina. Para ello tuvo, ante todo, conversaciones privadas con Arrio; dirigióle paternales amonestaciones, tan conformes con su propio carácter conciliador y caritativo; en una palabra, probó toda clase de medios para convencer a buenas a Arrio de la falsedad de su concepción.

Mas todo fue inútil. Arrio no sólo no se convencía de su error, sino que continuaba con más descaro su propaganda, haciendo cada día más adeptos, sobre todo entre los clérigos. Entonces, pues, juzgó San Alejandro necesario proceder con rigor contra el obstinado hereje, sin guardar ya el secreto de la persona. Así, reunió un sínodo en Alejandría el año, 320, en el que tomaron parte un centenar de obispos, e invitó a Arrio a presentarse y dar cuenta de sus nuevas ideas. Presentóse él, en efecto, ante el sínodo, y propuso claramente su concepción, por lo cual fue condenado por unanimidad por toda la asamblea.

Tal fue el primer acto solemne realizado por San Alejandro contra Arrio y su doctrina. En unión con los cien obispos de Egipto y de Libia lanzó el anatema contra el arrianismo. Pero Arrio, lejos de someterse, salió de Egipto y se dirigió a Palestina y luego a Nicomedia, donde trató de denigrar a Alejandro de Alejandría y presentarse a si mismo como inocente perseguido. Al mismo tiempo propagó con el mayor disimulo sus ideas e hizo notables conquistas, particularmente la de Eusebio de Nicomedia.

Entre tanto, continuaba San Alejandro la iniciada campaña contra el arrianismo. Aunque de natural suave, caritativo, paternal y amigo de conciliación, viendo, la pertinacia del hereje y el gran peligro de su ideología, sintió arder en su interior el fuego del celo por la defensa de la verdad y de la responsabilidad que sobre él recaía, y continuó luchando con toda decisión y sin arredrarse por ninguna clase de dificultades. Escribió, pues, entonces algunas cartas, de las que se nos han conservado dos, de las que se deduce el verdadero carácter de este gran obispo, por un lado lleno de dulzura y suavidad, mas por otro, firme y decidido en defensa de la verdadera fe cristiana.

Por su parte, Arrio y sus adeptos continuaron insistiendo cada vez más en su propaganda. Eusebio de Nicomedia y Eusebio de Cesarea trabajaban en su favor en la corte de Constantino. Se trataba de restablecer a Arrio en Alejandría y hacer retirar el anatema lanzado contra él. Pero San Alejandro, consciente de su responsabilidad, ponía como condición indispensable la retractación pública de su doctrina, y entonces fue cuando compuso una excelente síntesis de la herejía arriana, donde aparece ésta con todas sus fatales consecuencias.

Por su parte, el emperador Constantino, influido sin duda por los dos Eusebios, inició su intervención directa en la controversia. Ante todo, envió sendas cartas a Arrio y a Alejandro, donde, en la suposición de que se trataba de cuestiones de palabras y deseando a todo trance la unión religiosa, los exhortaba a renunciar cada uno a sus puntos de vista en bien de la paz. El gran obispo Osio de Córdoba, confesor de la fe y consejero religioso de Constantino, fue el encargado de entregar la carta a San Alejandro y juntamente de procurar la paz entre los diversos partidos. Entre tanto Arrio había vuelto a Egipto, donde difundía ocultamente sus ideas y por medio de cantos populares y, sobre todo, con el célebre poema Thalia trataba de extenderlas entre el pueblo cristiano.

Llegado, pues, Osio a Egipto, tan pronto como se puso en contacto con el patriarca Alejandro y conoció la realidad de las cosas, se convenció rápidamente de la inutilidad de todos sus esfuerzos. Así se confirmó plenamente en un concilio celebrado por él en Alejandría. Sólo con un concilio universal o ecuménico se podía poner término a tan violenta situación. Vuelto, pues, a Nicomedia, donde se hallaba el emperador Constantino, aconsejóle decididamente esta solución. Lo mismo le propuso el patriarca Alejandro de Alejandría. Tal fue la verdadera génesis del primer concilio ecuménico, reunido en Nicea el año 325.

No obstante su avanzada edad y los efectos que había producido en su cuerpo tan continua y enconada lucha, San Alejandro acudió al concilio de Nicea acompañado de su secretario, el diácono San Atanasio. Desde un principio fue hecho objeto de los mayores elogios de parte de Constantino y de la mayor parte de los obispos, ya que él era quien había descubierto el virus de aquella herejía y aparecía ante todos como el héroe de la causa por Dios. Como tal tuvo la mayor satisfacción al ver condenada solemnemente la herejía arriana en aquel concilio, que representaba a toda la Iglesia y estaba presidido por los legados del Papa.

Vuelto San Alejandro a su sede de Alejandría, sacando fuerzas de flaqueza, trabajó lo indecible durante el año siguiente en remediar los daños causados por la herejía. Su misión en este mundo podía darse por cumplida. Como pastor, colocado por Dios en una de las sedes más importantes de la Iglesia, había derrochado en ella los tesoros de su caridad y de la más delicada solicitud pastoral, y habiendo descubierto la más solapada y perniciosa herejía, la había condenado en su diócesis y había conseguido fuera condenada solemnemente por toda la Iglesia en Nicea. Es cierto que la lucha entre la ortodoxia y arrianismo no terminó con la decisión de este concilio, sino que continuó cada vez más intensa durante gran parte del siglo IV. Pero San Alejandro había desempeñado bien su papel y dejaba tras sí a su sucesor en la misma sede de Alejandría, San Atanasio, quien recogía plenamente su herencia de adalid de la causa católica.

Según todos los indicios, murió San Alejandro el año 326, probablemente el 26 de febrero, si bien otros indican el 17 de abril. En Oriente su nombre fue pronto incluido en el martirologio. En el Occidente no lo fue hasta el siglo IX.

Bernardino Llorca, SI, en mercaba.org

San Leandro de Sevilla, con recursos audiovisuales

San Leandro de Sevilla, con recursos audiovisuales

Una de las más impresionantes figuras de la Historia de Sevilla del siglo VI es San Leandro. Vive en la segunda mitad de este siglo y le toca sufrir la oposición entre las culturas hispano-romana y visigótica, entre el catolicismo de los dominados por el rey Leovigildo y el arrianismo de los dominadores bárbaros. Nace en Cartagena ca. 540, de familia noble.

Su padre era hispano-romano y, por motivos probablemente políticos, tuvo que salir de su tierra estableciéndose en Sevilla. De sus cuatro hijos, todos son santos de la Iglesia Católica: el mayor, Leandro, otros dos varones, Fulgencio que fue obispo de Écija e Isidoro, obispo de Sevilla y Florentina, religiosa contemplativa.

A la muerte de su padre, San Leandro asumió la dirección de la familia, ocupándose de la educación de su hermano Isidoro. A éste le dedicaría más adelante un tratado para que no temiera la muerte. Terminada la educación de sus hermanos, San Leandro abrazó la vida monástica y se dedicó a difundir el catolicismo entre los visigodos en contra del arrianismo del rey.

Desde el monasterio es elevado a la sede episcopal hispalense, donde sigue su preocupación contra la herejía arriana, que Leovigildo quiso hacer extensiva a toda Hispania. Pero el plan real sufre un duro golpe cuando su hijo Hermenegildo se convierte al catolicismo. El padre le había hecho gobernador de la Bética, cuya capital era Sevilla. Aquí, San Leandro e Infunda, esposa católica de Hermenegildo, logran que éste se convierta a la fe católica. Todos los autores contemporáneos atribuyen su conversión a la predicación y consejos de San Leandro. Así, San Gregorio Magno afirma: «Poco ha que Hermenegildo, hijo de Leovigildo, rey de los visigodos, se ha convertido de la herejía arriana por la predicación de Leandro, obispo de Sevilla».

San Buenaventura y San Leandro (Museo Bellas Artes Sevilla)Estalla la guerra entre Leovigildo y Hermenegildo, siendo éste derrotado por su padre y más tarde asesinado. San Leandro tiene que sufrir el destierro marchando a Constantinopla. El rey veía en él el principal responsable de la conversión y rebelión de su hijo y, por tanto, el principal obstáculo en su intento de unificación político-religiosa de Hispania sobre la base de la fe arriana.

Desde el exilio, San Leandro siguió combatiendo el arrianismo. Viendo Leovigildo la imposibilidad de de unificar la península en el arrianismo levantó el destierro a los obispos católicos. Su otro hijo, Recaredo, en contacto con San Leandro, se convierte al catolicismo en el III Concilio de Toledo presidido por el arzobispo hispalense. De esta forma, la población española adquiere la convicción de que forma un pueblo, una nación.

Pero la influencia de San Leandro en la sociedad hispana no termina en ese Concilio. En el 590 convoca y preside el I Concilio de Sevilla, contribuyendo, además, con su sabiduría, al resurgimiento literario. La escuela de Sevilla, creada por él, fue la más ilustre de todas las de España y el centro de la restauración científica visigótica. Allí se estudiaba griego, hebreo, himnos, poemas clásicos, etc. Los principales doctores visigóticos eran helenistas, y lo era también San Leandro. De esta escuela salió su más insigne discípulo, su hermano San Isidoro.

De San Leandro dice Isidoro que era «suave en el hablar, grande en el ingenio y clarísimo en la vida y doctrina». De San Leandro se dice, igualmente, que fue un hombre distinguido por su elegancia y brillantez. Con aires de pensador, citaba a los filósofos griegos y recordaba la filosofía de Séneca.

La elocuencia del metropolitano hispalense ha sido comparada con la de San Juan Crisóstomo. Al morir sobre el año 600 dejó concluida definitivamente la cuestión arriana. Su gran personalidad y santidad fue reconocida por la Iglesia Universal y su influencia histórica por todos los tratados de nuestra Historia.

Artículo original de Francisco Santiago en conociendosevilla.org.

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